XXIV

Probablemente también le hubiera resultado indiferente haberse pasado la habitación de Erlanger, si Erlanger no hubiese estado en la puerta abierta y le hubiese hecho una seña, una única y pequeña seña con el dedo índice. Erlanger ya estaba dispuesto a irse, llevaba un abrigo de piel negro abrochado hasta el cuello. Un sirviente le daba en ese mismo momento los guantes y mantenía en la otra ma-no un gorro de piel.
—Tendría que haber venido mucho antes —dijo Erlanger.
K quiso disculparse, pero Erlanger mostró al parpadear con cansancio que renunciaba a sus disculpas.
—Se trata de lo siguiente —dijo—, en la taberna trabajaba antes una tal Frieda, sólo conozco su nombre, a ella no la conozco, no me interesa. Esa tal Frieda le sirvió a Klamm alguna vez la cerveza, ahora parece haber allí otra muchacha. Bien, ese cambio carece, naturalmente, de importancia, probablemente para todos, con toda seguridad para Klamm. Pero cuanto más grande es un trabajo, y el trabajo de Klamm es el más grande, menos fuerza resta para defenderse contra el mundo exterior, en consecuencia cualquier cambio banal puede perturbar seriamente las cosas más importantes. El más pequeño cambio en la mesa, la limpieza de una mancha existente allí desde siempre, todo eso puede perturbar del mismo modo que una nueva criada. Ahora bien, todo eso perturba, como perturbaría a cualquier otro con cualquier trabajo, pero no a Klamm, eso es imposible. Sin embargo, estamos obligados a velar por el bienestar de Klamm de tal forma que apartemos de él perturbaciones que para él no son tales —probablemente para él no haya ninguna—, cuando nos llaman la atención como un potencial foco de perturbación. Y no por él, no por su trabajo apartamos esas perturbaciones, sino por nosotros, por nuestra conciencia y tranquilidad. Por esta razón, Frieda tiene que regresar inmediatamente a la taberna: quizá por el hecho de regresar, perturbe, pero entonces la volveremos a echar; provisionalmente, sin embargo, tiene que regresar. Usted vive con ella, según me han dicho, así que consiga que regrese de inmediato. Es evidente que aquí no se deben tomar en consideración sentimientos personales, por eso no pienso discutir nada sobre este asunto. Ya estoy haciendo más de lo necesario si menciono que en el caso de que cumpla en esta pequeñez, le podría ser útil en otro momento. Esto es todo lo que tenía que decirle.
Se despidió de K con una inclinación de cabeza, se puso el gorro de piel que le ofreció el sirviente y, seguido por éste, bajó rápidamente por el corredor aunque cojeando algo.
A veces allí se impartían órdenes que eran muy fáciles de cumplir, pero esa facilidad no alegró a K. No sólo porque la orden afectaba a Frieda se había emitido como una orden, aunque a K le hubiera sonado como una burla, sino ante todo porque en ella se reflejaba la inutilidad de todos sus esfuerzos. Sobre él pasaban las órdenes, las favorables y las desfavorables, y también las favorables tenían un núcleo desfavorable, pero en todo caso todas pasaban por encima de él y él se encontraba en una situación de inferioridad que le impedía acometerlas o enmudecerlas y tener la posibilidad de hacerse oír. Si Erlanger te hace señas para que no hables, ¿qué puedes hacer? Y si no hiciera señas, ¿qué podrías decirle? Ciertamente, K era consciente de que su cansancio le había perjudicado más que lo desfavorable de las circunstancias, pero ¿por qué una persona, que había creído poder confiar en su cuerpo y que sin esa convicción jamás se habría puesto en camino, no había podido pasar una noche sin dormir y otras durmiendo mal?, ¿por qué sintió allí ese cansancio incontrolable, donde nadie estaba cansado o, donde, más bien, todos estaban continuamente cansados sin que eso perjudicase su trabajo, sí, incluso parecía que lo fomentaba?
De eso se podía deducir que era un cansancio diferente al de K. Allí se encontraba el cansancio en medio de un trabajo feliz, era algo que daba la sensación de ser cansancio pero que en realidad era una tranquilidad indestructible, una paz indestructible. Cuando se está algo cansado al mediodía, eso pertenece al feliz curso del día. Los señores aquí disfru-tan de un continuo mediodía, se dijo K.
Y con esa idea coincidía que ya a las cinco de la mañana todo se tornase animado a los lados del corredor. Esa confusión de voces en las habitaciones tenía algo de extremadamente alegre. Una vez sonaba como el júbilo de los niños que se preparan para irse de excursión, otras veces como el amanecer en el gallinero, como la alegría de estar en consonancia con el día que despierta, incluso en un momento uno de los señores imitó el canto de un gallo. El corredor, sin embargo, aún estaba vacío, pero las puertas ya estaban en movimiento, una y otra vez se abría alguna de ellas y se cerraba en seguida, el corredor zumbaba por el abrir y cerrar de puertas, K también vio por arriba, en el resquicio que dejaban las paredes sin llegar al techo, cómo aparecían las cabezas desgreñadas y volvían a desaparecer. Desde el fondo venía lentamente un carrito, llevado por un sirviente, que contenía expedientes. Un segundo sirviente caminaba a su lado, tenía una lista en la mano y comparaba los números de las puertas con el de los expedientes. El carrito se detenía ante la mayoría de las puertas; por regla general se abría entonces la puerta y los expedientes correspondientes, a veces sólo una hoja —en estos casos se producía una pequeña conversación entre la habitación y el corredor, probablemente se le hacían reproches al sirviente—, eran entregados en la habitación. Si la puerta permanecía cerrada, se colocaban cuidadosamente ante ella. En esos casos a K le pareció como si no cesase el movimiento en las puertas contiguas, sino que aumentase. Tal vez los otros se asomaban para mirar llenos de ansiedad los expedientes acumulados incomprensiblemente ante la puerta, no podían comprender que alguien que sólo tenía que abrir la puerta para apoderarse de sus expedientes no lo hiciese; quizá incluso fuese posible que más tarde se repartiesen definitivamente los expedientes abandonados entre los demás señores, quienes en ese momento, asomándose continuamente, querían convencerse de si los expedientes seguían ante la puerta y si, por tanto, aún podían albergar esperanzas. Por lo demás, esos expedientes abandonados en el suelo solían ser gruesos legajos y K supuso que se habían dejado allí provisionalmente por cierta fanfarronería o maldad o por un justificado orgullo frente a los colegas. Algo fortaleció esa suposición: que a veces, y precisamente cuando él no miraba, el paquete, después de haber estado allí en exhibición un buen rato, era retirado repentinamente y a toda prisa, quedando la puerta tan inmóvil como antes. También las puertas vecinas se tranquilizaban en ese caso, decepcionadas o también satisfechas de que ese motivo de irritación hubiese desaparecido, pero poco después volvían a entrar en movimiento.
K contemplaba todo eso no sólo con curiosidad, sino también con interés. Casi se sentía en medio de esa agitación, miraba aquí y allá y seguía, aunque a prudente distancia y para observar su labor de reparto, a los sirvientes, quienes, por cierto, ya con frecuencia se habían dado la vuelta con mirada severa, cabeza inclinada y gesto huraño. Esta labor, conforme avanzaba, se producía con mayor lentitud, o la lista río coincidía, o los expedientes no eran bien distinguidos por los sirvientes, o los señores poní-an objeciones por otros motivos, en todo caso se llegaron a repetir algunos repartos, entonces el carrito retrocedía y el sirviente negociaba sobre la devolución a través del resqui-cio de la puerta. Esas negociaciones causaban grandes difi-cultades, ocurría con frecuencia que, cuando se trataba de una devolución, puertas que habían estado con anterioridad muy animadas, ahora permaneciesen inexorablemente ce-rradas, como si no quisiesen saber nada del asunto. Enton-ces comenzaban las verdaderas dificultades. Aquel que cre-ía tener derecho a los expedientes, era extremadamente impaciente, hacía mucho ruido en su habitación, daba pal-madas, pataleaba, y gritaba una y otra vez a través del res-quicio de la puerta un número determinado de expediente. En esas situaciones el carrito quedaba abandonado. Mien-tras uno de los sirvientes estaba ocupado en tranquilizar al impaciente, el otro luchaba ante la puerta cerrada para la devolución. Los dos lo tenían difícil. El impaciente se volvía más impaciente con los intentos de calmarle, ya no podía oír las palabras vacías del sirviente, no quería consuelo, quería expedientes, uno de esos señores llegó a derramar un vaso de agua sobre el sirviente. El otro sirviente, de superior ran-go jerárquico, aún lo tenía más difícil. Si el señor condes-cendía en negociar, se producían discusiones complejas en las que el sirviente se remitía a su lista y el señor a sus no-tas y precisamente a los expedientes que en teoría tenía que devolver, pero que mantenía con fuerza en la mano de tal manera que ni siquiera una esquina de él quedaba ex-puesta a la ansiosa mirada del sirviente. El sirviente, para buscar nuevas pruebas, también tenía que regresar al carri-to que siempre había rodado un poco más debido a la incli-nación del corredor, o tenía que ir a la habitación del señor que reclamaba sus expedientes para intercambiar las obje-ciones del actual poseedor con las del otro. Esas negocia-ciones duraban mucho tiempo, a veces llegaban a un acuerdo, el señor cedía una parte de los expedientes o reci-bía otra como indemnización, ya que sólo se había produci-do una confusión, pero también sucedía que alguien tuviera que renunciar sin más a todos los expedientes requeridos, ya fuese porque el sirviente le acorralase con sus pruebas, ya porque se cansase de tanto negociar, pero entonces no le devolvía los expedientes al sirviente, sino que los arrojaba en una pronta decisión por el corredor, lo que provocaba que se soltasen las cintas, las hojas volasen y los sirvientes tuvieran que esforzarse en ordenarlo todo otra vez. Pero el problema resultaba proporcionalmente más difícil cuando el sirviente no recibía ninguna respuesta a su petición de devo-lución; en ese caso permanecía ante la puerta cerrada, pe-día, suplicaba, citaba su lista, se remitía a reglamentos, todo en vano, ningún sonido salía de la habitación y, al parecer, el sirviente no tenía ningún derecho a entrar en la habitación sin permiso. A veces el sirviente llegaba a perder en esa si-tuación el dominio de sí mismo, se iba hacia su carrito, se sentaba, sin más recursos, sobre los expedientes, se lim-piaba el sudor de la frente y durante un rato no emprendía nada que no fuese bambolear los pies. El interés por esos incidentes era grande, por todas partes se oían cuchicheos en cuanto una puerta se quedaba tranquila y, curiosamente, seguían los acontecimientos por el resquicio de la pared con rostros embozados con toallas, que, por lo demás, no podí-an estar un rato en calma. En medio de toda esa agitación a K le resultó llamativo que la puerta de Bürgel permaneciese cerrada durante ese tiempo y que, aunque los sirvientes habían realizado el reparto de expedientes en esa parte del corredor, no le hubiesen entregado ninguno. Quizá seguía durmiendo, lo que, con ese ruido, hubiese significado un sueño muy sano, pero ¿por qué no había recibido ningún expediente? Sólo muy pocas habitaciones y, además, pro-bablemente deshabitadas, habían sido evitadas de esa ma-nera. En cambio, en la habitación de Erlanger ya había un nuevo e intranquilo huésped, Erlanger debió de ser prácti-camente desalojado por él en plena noche; eso no se adap-taba mucho al carácter frío y experimentado de Erlangen, pero el hecho de que hubiese esperado a K en el umbral de la puerta hablaba en esa dirección.
Después de esas observaciones más personales, se fijó de nuevo en el sirviente; respecto a ese sirviente no se consta-taba lo que le habían contado a K acerca de los sirvientes en general, de su inactividad, su vida cómoda, su arrogan-cia, también había excepciones entre los sirvientes o, lo que era más probable, había diferentes grupos entre ellos, pues allí había, como notó K, delimitaciones que hasta ese mo-mento no había percibido. En especial de ese sirviente le gustó mucho su inflexibilidad. En lucha contra esas habita-ciones obstinadas —a K le parecía una lucha contra las ha-bitaciones, pues sus habitantes apenas se dejaban ver—, el sirviente no cedía. Se fatigaba, sin duda, pero ¿quién no se hubiese fatigado? Al poco tiempo, sin embargo, ya se había recuperado, bajaba del carrito y avanzaba una vez más, con los dientes apretados, para conquistar la puerta. Y ocurría que fuese rechazado una y dos veces, y de una forma muy fácil, mediante el endemoniado silencio, pero aún no se da-ba por vencido. Como veía que no podía conseguir nada con un ataque frontal, lo intentaba de otra manera, por ejemplo, y si K lo comprendió correctamente, con astucia. Se distanciaba aparentemente de la puerta, dejaba que ago-tase su silencio, se dirigía hacia otras puertas, pero después de un rato regresaba, llamaba al otro sirviente, todo en voz alta y de forma llamativa, y comenzaba a apilar expedientes ante la puerta, como si hubiese cambiado de opinión y al señor no se le tuviesen que retirar legítimamente expedien-tes, sino en realidad darle más. Entonces seguía, pero man-tenía la puerta vigilada, y cuando el señor, como solía ocu-rrir, abría la puerta cuidadosamente para coger los expe-dientes, el sirviente estaba allí en dos saltos, introducía el pie entre la puerta y la pared y obligaba así al señor a nego-ciar con él cara a cara, lo que conducía por regla general a un acuerdo parcialmente satisfactorio. Y si no lo conseguía así o no le parecía el método adecuado para una puerta concreta, lo intentaba de otra forma. Entonces se dedicaba, por ejemplo, al señor que reclamaba los expedientes. Des-plazaba a un lado al otro sirviente, que sólo trabajaba me-cánicamente, y era más bien un estorbo, y comenzaba a convencer al señor con susurros, en secreto, introduciendo la cabeza en la habitación, probablemente le hacía prome-sas y le aseguraba el correspondiente castigo del otro señor en el próximo reparto, al menos señalaba con frecuencia hacia la puerta del oponente y reía, en lo que se lo permitía su cansancio. Pero también se daban casos, uno o dos, en los que renunciaba a más intentos, pero aquí también creía K que eso sólo era una renuncia aparente o, al menos, una renuncia con motivos justificados, pues seguía con toda tranquilidad, toleraba, sin mirar hacia atrás, el ruido del se-ñor perjudicado, y mostraba simplemente con un parpadeo más largo que sufría por el ruido. El señor, sin embargo, se tranquilizaba paulatinamente, al igual que el ininterrumpido llanto infantil se convierte poco a poco en sollozos aislados, aunque después de que hubiese enmudecido aún se oyese de vez en cuando un grito o un fugaz abrir y cerrar de esa puerta. En todo caso, se mostraba que también en esa opor-tunidad el sirviente había actuado correctamente. Finalmen-te sólo quedó un señor que no quería tranquilizarse, calló durante un largo tiempo, pero simplemente para recuperar-se, luego comenzó de nuevo, y no más débil que antes. No estaba muy claro por qué gritaba y se quejaba, quizá no fuese por el reparto de los expedientes. Mientras tanto, el sirviente había concluido su trabajo, sólo un expediente, en realidad, un papel, la página de un cuaderno de notas, había quedado por culpa del ayudante en el carrito y no se sabía a quién le correspondía.
«Ése podría ser mi expediente», se le pasó a K por la ca-beza. El alcalde siempre había hablado de ese «caso mi-núsculo». Y K, por muy ridícula y absurda que le pareciera esa suposición, intentó acercarse al sirviente que en ese momento mantenía pensativo la página en su mano. No era fácil, pues el sirviente no soportaba la proximidad de K, in-cluso en medio del trabajo más duro siempre había encon-trado tiempo para mirar hacia K impaciente y enojado, con movimientos bruscos de la cabeza. Sólo después de haber concluido el reparto parecía haberse olvidado algo de K, quizá porque se había tornado más indiferente; su extrema-do agotamiento lo hacía comprensible, tampoco se esforza-ba mucho con la nota, ni siquiera la leyó entera, sólo lo apa-rentó, y aunque probablemente habría procurado una gran alegría a uno de los señores al repartirle la nota, tomó otra decisión, ya estaba harto de repartir, así que hizo un gesto de silencio a su acompañante llevándose el dedo índice a la boca, rompió —K aún no había llegado hasta él— la nota en trozos pequeños y se los metió en el bolsillo. Se trataba de la primera irregularidad que K había visto en el trabajo ad-ministrativo, aunque también podía ser posible que lo hubie-se entendido erróneamente. Y aun cuando fuese una irregu-laridad, se podía disculpar, y bajo las condiciones en que se realizaba el trabajo, el sirviente no podía trabajar sin come-ter errores, una vez tenía que liberarse del enojo y la irrita-ción acumulados, y que eso se mostrase sólo en la acción de romper esa nota, parecía lo suficientemente inocente. Aún resonaba la voz por el corredor del señor que no había manera de tranquilizar y los colegas, que en otros aspectos no se comportaban precisamente con amabilidad entre ellos, parecían compartir la misma opinión en lo referente al ruido, era como si el señor hubiese adoptado la tarea de hacer ruido por todos aquellos que le animaban con gritos y gestos con la cabeza para que siguiera con el escándalo. Pero el sirviente ya no se preocupaba en absoluto de ello, había terminado su trabajo, señaló el asidero del carrito para que el otro sirviente lo agarrase y se fueron como habían venido, sólo que más satisfechos y con tal rapidez que el ca-rrito brincaba ante ellos. Sólo una vez se sobresaltaron y mi-raron hacia atrás, cuando el señor, que continuaba gritando, y ante cuya puerta permanecía K, porque le hubiera gustado saber qué quería realmente, al parecer comprobó que con los gritos no iba a llegar a ninguna parte y encontró el botón de un timbre, por lo que, entusiasmado con la posibilidad de liberar su enojo, en vez de gritar comenzó a tocar el timbre. A continuación, comenzó un gran murmullo en las otras habitaciones, al parecer de aprobación; el señor parecía es-tar haciendo algo que a todos les hubiera gustado hacer desde hacía tiempo y que habían omitido sólo por motivos desconocidos. ¿Era quizá a la servidumbre, tal vez a Frieda, a quien llamaba el señor con todo ese ruido? Ya podía tocar todo lo que quisiera. Frieda estaba ocupada en envolver a jeremías en paños calientes y aun cuando él estuviese sa-no, ella tampoco tendría tiempo, pues entonces estaría en sus brazos. Pero los timbrazos tuvieron un efecto inmediato. Ya se veía cómo el posadero venía corriendo desde la leja-nía, vestido de negro y abotonado hasta el cuello, como siempre; pero corría como si se olvidase de su dignidad; había extendido los brazos, como si le hubiesen llamado por haberse producido una gran desgracia y llegase para aga-rrarla y hacerla desaparecer en su pecho; y con cada irregu-laridad del timbre parecía dar un saltito y apresurarse aún más. Su esposa apareció a una gran distancia de él: tam-bién ella corría con los brazos extendidos, pero sus pasos eran cortos y afectados y K pensó que llegaría demasiado tarde, mientras tanto el posadero ya habría hecho todo lo necesario. Para dejar espacio al posadero, K se apretó co-ntra la pared. Pero el posadero se detuvo ante K como si ésa fuese su meta y la posadera le alcanzó en seguida y los dos le llenaron de reproches, que él, con las prisas y la sor-presa, no entendió, sobre todo porque el timbre del señor se injería e incluso otros timbres comenzaron a sonar, ahora ya no por necesidad, sino sólo por jugar y por el exceso de ale-gría. K, porque tenía mucho interés en comprender su cul-pabilidad, se mostró conforme con que el posadero le toma-se por el brazo y se lo llevase de aquel ruido que seguía aumentando, pues detrás de ellos —K no se volvió, ya que el posadero y sobre todo, en la otra parte, la posadera, no dejaban de hablarle— se abrían las puertas por completo, el corredor se animaba, pareció desarrollarse cierto tráfico, como en una animada callejuela, las puertas ante ellos pa-recían esperar impacientes a que K pasase de una vez por todas para poder dejar salir a los señores, y, mientras, no cesaban de tocar los timbres como si festejasen una victo-ria. Finalmente —ya se encontraban en el blanco y silencio-so patio—, y con lentitud, K pudo irse enterando de qué había ocurrido. Ni el posadero ni la posadera podían enten-der que K hubiese osado hacer semejante cosa. Pero ¿qué había hecho? Una y otra vez lo preguntó K, pero durante mucho tiempo no lo pudo averiguar, pues su culpabilidad era para los dos tan evidente que no podían pensar en su buena fe. Sólo muy lentamente se dio cuenta K de todo. No tenía derecho a estar en el corredor, por regla general sólo le era accesible excepcionalmente la taberna por un acto de gracia y salvo contraorden. Si había sido citado por un se-ñor, naturalmente tenía que comparecer en el lugar señala-do, pero siempre tenía que permanecer consciente —al me-nos tendría el habitual sentido común, ¿no?— de que esta-ba en un sitio al que no pertenecía, sólo porque un señor, en la mayoría de los casos contra su voluntad, puesto que así lo reclamaba y disculpaba un asunto administrativo, le había convocado. Así pues, tenía que aparecer rápidamente, so-meterse al interrogatorio, pero después desaparecer cuanto antes mejor. ¿No había tenido en el corredor el sentimiento de que aquél no era su sitio? Pero si lo había tenido, ¿cómo había podido vagar por allí como un tigre enjaulado? ¿Aca-so no había sido citado para un interrogatorio nocturno? ¿No sabía por qué se habían introducido los interrogatorios nocturnos? Los interrogatorios nocturnos —y aquí recibió K una nueva explicación de su sentido— tenían como finalidad escuchar rápidamente, en plena noche y con luz eléctrica, a aquellas partes cuya visión fuese insoportable para los se-ñores durante el día, con la posibilidad de olvidar toda esa fealdad mediante el sueño. El comportamiento de K, sin embargo, se había burlado de todas las medidas de precau-ción. Incluso los fantasmas desaparecían cuando amanecía, pero K se había quedado allí, con las manos en los bolsillos, como si esperase que, ya que él no se apartaba, todo el co-rredor con todas las habitaciones y sus ocupantes tenían que apartarse. Y eso habría ocurrido —de eso podía estar seguro— con toda certeza, si hubiese sido posible, pues la delicadeza de sentimientos de los señores no conoce lími-tes. Ninguno de ellos expulsaría a K o ni siquiera diría lo más evidente, que se tenía que ir, ninguno de ellos lo haría, a pesar de que mientras durase la presencia de K proba-blemente temblasen de excitación y les aguase la mañana, su momento preferido. En vez de dirigirse a K, preferirían sufrir, en lo que, si bien es cierto, también jugaría la espe-ranza de que K, finalmente, tendría que reconocer lo que saltaba a la vista y tendría que sufrir los mismos padeci-mientos de los señores hasta límites insoportables, tan terri-blemente inconveniente era su estancia allí, en el corredor, por la mañana y visible para todos. Pero se trataba de una vana esperanza. No sabían, o, en su amabilidad y toleran-cia, no querían saber, que hay corazones insensibles, duros, que no se ablandan con ningún respeto. ¿Acaso no busca la polilla nocturna, el pobre animal, cuando llega el día, un rin-cón silencioso y allí se aplana, prefiriendo desaparecer, siendo infeliz por no poder lograrlo? K, en cambio, se había situado allí donde era más visible y si pudiera mediante esa acción impedir que amaneciera, lo haría. No lo podía impe-dir, pero, desgraciadamente, sí lo podía retrasar o dificultar. ¿Acaso no había presenciado cómo se repartían los expe-dientes? Eso era algo que no podía presenciar nadie excep-to los interesados. Eso era algo que ni el posadero ni la po-sadera podían presenciar en su propia casa. Sólo recibían alguna información como, por ejemplo, ese mismo día, del sirviente. ¿No había notado las dificultades con que se to-paba la distribución de expedientes? Algo incomprensible, pues cada uno de los señores sólo servía a la causa, nunca pensaba en su ventaja personal y, por tanto, tenía que tra-bajar con todas sus fuerzas para que la distribución de ex-pedientes, esa labor tan importante y fundamental, se pro-dujera con celeridad, facilidad y sin errores. Y, ¿ni siquiera había supuesto lejanamente que el motivo principal de todas las dificultades era que el reparto de los expedientes se te-nía que realizar, por su culpa, con las puertas casi cerradas, sin la posibilidad de un trato directo entre los señores, quie-nes, naturalmente, podían entenderse en un instante, mien-tras que con la mediación del sirviente todo tenía que durar horas, nunca podía ocurrir sin quejas, lo que suponía un tormento duradero para señores y sirviente y que probable-mente tendría efectos perjudiciales para el trabajo posterior? Y ¿por qué no podían tratar directamente los señores entre ellos? Sí, ¿aún no lo comprendía K? La posadera no había conocido nada similar y el posadero lo confirmó también de su parte y eso que ya habían tenido que tratar con gente terca. Cosas que, en otro caso, no se osarían decir, había que decírselas abiertamente para que comprendiese lo más necesario. Muy bien, habría que decírselo: por su culpa, ex-clusivamente por su culpa, no habían salido los señores de sus habitaciones, pues a esas horas de la mañana, poco después del sueño, son demasiado vergonzosos y sensibles como para exponerse a las miradas ajenas; se sienten de-masiado desnudos para mostrarse, por más que ya estén completamente vestidos. Es difícil decir de qué se avergon-zaban, tal vez lo hacían, esos eternos trabajadores, por el sencillo hecho de haber dormido. Pero quizá más que de mostrarse, se avergonzaban de ver a gente extraña; lo que habían superado felizmente con ayuda de los interrogatorios nocturnos, la visión de las partes tan difícilmente soportable para ellos, no querían volver a afrontarlo de nuevo por la mañana , súbitamente, en toda su crudeza. A eso no le po-dían hacer frente. ¿Qué tipo de hombre había que ser para no respetar ese hecho? Bien, había que ser un hombre como K, alguien que, con su obtusa indiferencia y somno-lencia, pasase por alto todo, las leyes, así como la conside-ración humana más normal, a quien no le importase nada hacer casi imposible la distribución de los expedientes y da-ñar la reputación de la casa, que lograse lo hasta ahora in-audito de desesperar tanto a los señores que éstos comen-zasen a defenderse, que echasen mano de los timbres, en una superación de sí mismos impensable para personas comunes, y pidiesen ayuda para así poder expulsar a K, a quien no había otra manera de estremecer. ¡Ellos, los seño-res, pidiendo ayuda! El posadero y la posadera, con todo el personal, ¿acaso no habrían acudido a toda prisa, si hubie-sen osado aparecer por la mañana ante los señores, aun-que sólo fuese con el fin de traer ayuda, para luego desapa-recer inmediatamente? Temblando de indignación, descon-solados por la impotencia habían tenido que esperar allí, al inicio del corredor, y el sonido de los timbres no fue preci-samente para ellos un sonido de salvación. Bueno, ¡lo peor ya había pasado! ¡Si al menos pudieran echar un vistazo en el alegre alboroto de los señores finalmente liberados de K! Para K, sin embargo, no había pasado, con toda certeza tendría que responder de lo allí ocurrido.
Mientras, habían llegado a la taberna, el motivo por el que el posadero, a pesar de su enojo, había conducido a K hasta allí, no estaba del todo claro, tal vez se había dado cuenta de que el cansancio de K le haría imposible abandonar la casa. Sin esperar una invitación a que se sentara, K se desplomó sobre uno de los barriles. Allí, en la oscuridad, se sentía bien. En toda la estancia sólo brillaba una débil lámpara eléctrica colocada sobre los grifos de los barriles. También fuera reinaba una profunda oscuridad, parecía que nevaba copiosamente. Había que estar agradecido por permanecer allí, en la habitación templada, y tomar medidas para no ser expulsado. El posadero y la posadera aún estaban ante él, como si de su presencia siguiera emanando cierto peligro, como si con su falta de formalidad no se pudiera excluir que saliese de repente e intentase volver a penetrar en el corredor. También ellos estaban cansados del susto nocturno y del temprano despertar, especialmente la posadera, que llevaba puesto un traje sedoso de color marrón, de falda amplia, no muy bien abotonado —¿de dónde lo había sacado con las prisas?—, y que mantenía la cabeza apoyada en el hombro de su esposo, secándose los ojos con un pañuelo de tela fina mientras lanzaba miradas enojadas a K. Para tranquilizar al matrimonio, K dijo que todo lo que le habían contado era nuevo para él, que, a pesar de su ignorancia, no habría permanecido tanto tiempo en el corredor, donde realmente no tenía nada que hacer y, con toda seguridad, no había pretendido atormentar a nadie, sino que todo había ocurrido por su extremado cansancio. Les agradecía que hubiesen puesto fin a esa escena tan desagradable. Si tenía que responder por su conducta, lo haría agradecido, pues así podría impedir una interpretación errónea de ella. Sólo el cansancio y nada más había sido el culpable. Ese cansancio, sin embargo, procedía de que aún no estaba acostumbrado al esfuerzo de los interrogatorios. No hacía mucho tiempo que había llegado. Con un poco más de experiencia, no volvería a pasar. Tal vez se tomaba demasiado en serio los interrogatorios, pero eso no podía representar ninguna desventaja. Había tenido que soportar dos interrogatorios consecutivos, uno en la habitación de Bürgel y el segundo en la de Erlanger, especialmente el primero le había agotado, el segundo, es cierto, no había durado mucho, Erlanger sólo le había pedido un favor, pero los dos juntos había sido más de lo que podía soportar, tal vez para otro, como por ejemplo, para el señor posadero, algo parecido también hubiese sido demasiado. Del segun-do interrogatorio salió tambaleándose. Casi se podría decir que había quedado sumido en un estado de embriaguez: había visto y oído a aquellos señores por primera vez y también les había tenido que responder. Por lo que sabía, todo había salido bien, pero entonces ocurrió esa desgracia, que, sin embargo, no se le podía atribuir como un compor-tamiento culpable en vista de lo precedente. Por desgracia sólo Erlanger y Bürgel se habían dado cuenta de su estado y, con toda seguridad, le habrían protegido y evitado todo lo posterior, pero Erlanger se tuvo que ir inmediatamente des-pués del interrogatorio, al parecer para dirigirse al castillo, y Bürgel, probablemente cansado por el interrogatorio —¿cómo habría podido entonces resistirlo K sin salir perjudi-cado?— se había dormido e incluso se había saltado toda la distribución de los expedientes. Si K hubiese tenido otra po-sibilidad, la habría puesto en práctica con alegría y habría renunciado a todas las observaciones prohibidas, y esto le hubiese resultado más fácil puesto que en realidad no había estado en disposición de ver nada y por eso los señores más sensibles se habrían podido mostrar ante él sin sentir vergüenza alguna.
La mención de los dos interrogatorios, sobre todo el de Erlanger, y el respeto con el que K había hablado de los dos señores, ablandó al posadero. Pareció querer cumplir la pe-tición de K de poner una tabla sobre los barriles y dejarle dormir allí hasta la tarde, pero la posadera estaba claramen-te en contra; ajustándose inútilmente el vestido, cuyo desor-den parecía haber descubierto en ese momento, sacudía una y otra vez la cabeza; al parecer estaba a punto de des-encadenarse de nuevo la vieja disputa sobre la pureza de la casa . Para K, debido a su cansancio, la conversación del matrimonio adoptada una importancia desmesurada. Ser expulsado de allí le parecía una desgracia que superaba to-do lo experimentado hasta entonces. Eso no podía ocurrir, ni siquiera si los dos se ponían de acuerdo contra él. Les si-guió acechando acurrucado sobre el barril, hasta que la po-sadera, con su hipersensibilidad, que a K le había llamado la atención hacía tiempo, se echó repentinamente a un lado —probablemente ya había hablado con el posadero de cosas diferentes— y gritó:
—¿No ves cómo me mira? ¡Haz que salga de aquí de in-mediato!
K, sin embargo, aprovechando la oportunidad y completa-mente convencido, casi hasta la indiferencia, de que perma-necería allí, dijo:
—No te miro a ti, sino tu vestido.
¿Por qué mi vestido? —preguntó la posadera irritada.
K se encogió de hombros.
—Ven —dijo la posadera a su esposo—, está borracho, el muy bruto. Deja que duerma aquí la borrachera.
Y ordenó a Pepi, que al oír cómo se dirigía a ella salió de la oscuridad, cansada y desgreñada, sosteniendo con negli-gencia una escoba, que le arrojase a K un cojín cualquiera.

25

Cuando K despertó, creyó al principio que apenas había dormido; la habitación estaba igual, vacía y templada, todas las paredes ocultas por la oscuridad, la lámpara sobre los grifos de los barriles, y una ventana que mostraba la noche. Pero cuando se estiró, cayó el cojín y tanto la tabla como los barriles crujieron; Pepi acudió en seguida y entonces se en-teró de que ya era de noche y que había dormido más de doce horas. La posadera había preguntado por él varias ve-ces durante el día, también Gerstäcker, quien, por la maña-na, cuando K hablaba con la posadera, había esperado allí con una cerveza, pero luego no se atrevió a molestarle, había regresado para verle, también Frieda había venido y había permanecido un instante al lado de K, pero no había venido por él, sino porque tenía cosas que preparar allí, pues por la noche tenía que reanudar su antigua labor.
—¿Ya no te quiere? —le preguntó Pepi, mientras le traía un café y un pastel. Pero no lo preguntó con maldad como antes, sino con tristeza, como si mientras tanto hubiese co-nocido la maldad del mundo, frente a la cual fracasa toda maldad propia y se torna absurda. Habló a K como una compañera de infortunios, y cuando él probó el café y ella creyó ver que no lo consideraba lo suficientemente dulce, corrió y le trajo el azucarero. Su tristeza, sin embargo, no le había impedido aderezarse más que la última vez, se había trenzado cuidadosamente el pelo, pequeños rizos caían so-bre la frente y las sienes y, alrededor del cuello, llevaba una cadena que colgaba hasta el escote de la blusa. Cuando K, satisfecho por haber dormido bien y por poder tomar un buen café, cogió disimuladamente una de las trenzas e in-tentó soltarla, Pepi le dijo cansada:
—Déjame —y se sentó frente a él en un barril.
Y K no tuvo que pedirle que le hablara de su dolor, ella misma comenzó a hablar de él, con la mirada fija en la cafe-tera, como si necesitase una distracción incluso durante el relato, como si, aun ocupándose de su propio dolor, no pu-diese entregarse por completo a él, pues eso superaría sus fuerzas. Para empezar, K se enteró de que en realidad él tenía la culpa en la desgracia de Pepi, pero que ella no le guardaba rencor por eso. Y asintió fervientemente para im-pedir cualquier contradicción de K. Primero se había llevado a Frieda de la taberna y posibilitado así el ascenso de Pepi. Nada imaginable, de no ser eso, habría podido impulsar a Frieda a renunciar a su puesto; ella se sentaba allí, en el mostrador, como la araña en el centro de su tela, tenía ten-didos sus hilos por todas partes, que sólo ella conocía. Qui-tarlos sin su consentimiento habría sido imposible, sólo el amor por un inferior, esto es, algo que no era compatible con su posición, la podía apartar de su puesto. ¿Y Pepi? ¿Había pensado alguna vez ganarse ese puesto? Ella era una simple criada, tenía un empleo insignificante y con po-cas perspectivas. Por supuesto, tenía sueños de un gran fu-turo, como cualquier otra muchacha, nadie podía prohibirse soñar, pero no pensaba seriamente en prosperar, se había conformado con lo logrado. Y de repente desapareció Frieda de la taberna, ocurrió de forma tan repentina que el posade-ro no tenía disponible una sustituta adecuada, buscó y su mirada recayó en Pepi, quien, ciertamente, se había adelan-tado. En aquel tiempo amaba a K como no había amado a nadie en su vida, se había sentado meses enteros en su cuarto oscuro y diminuto y estaba preparada a pasar allí años y, en el peor de los casos, toda su vida, siempre inad-vertida y, de repente, apareció K, un héroe, un liberador de mujeres jóvenes y le había abierto el camino hacia arriba. Él, por supuesto, no sabía nada de ella, no lo había hecho por ella, pero eso no disminuyó en nada su gratitud; en la noche anterior a su ascenso —la contratación aún era inse-gura, pero muy probable—, pasó horas hablando con él, su-surrándole en el oído su agradecimiento. Y en sus ojos aún aumentó su acto por el hecho de que era precisamente Frieda la carga que había puesto sobre sus hombros, algo incomprensiblemente desprendido residía en esa acción: que para alzar a Pepi, convirtiese a Frieda en su amante, a Frieda, una muchacha fea, envejecida y escuálida, con un cabello corto y ralo, además una muchacha insidiosa, que siempre tenía algún secreto, lo que sin duda guardaba relación con su aspecto; si su cuerpo y su rostro eran deplorables, debía de tener algún secreto que nadie podía comprobar, por ejemplo su supuesta relación con Klamm. E incluso a Pepi le habían asaltado pensamientos como que era posible que K amase realmente a Frieda, quizá no se engañase o sólo engañase a Frieda y el único resultado de ello fuera el ascenso de K, luego él se daría cuenta de su error o no querría ocultarlo por más tiempo y entonces sólo vería a Pepi y no a Frieda, lo que no tenía por qué ser pura imaginación de Pepi, pues ella podía competir muy bien con Frieda, mujer frente a mujer, lo que nadie podía negar, y ante todo había sido la posición de Frieda y el brillo que ella le había sabido dar lo que había cegado momentáneamente a K. Y Pepi, entonces, había soñado que K, cuando ella tuviera el puesto, vendría a ella y ella tendría la elección entre prestar oídos a K y perder el puesto o rechazarle y seguir ascendiendo. Y ella estaba dispuesta a renunciar a todo, a inclinarse hacia él y mostrarle el verdadero amor que jamás podría encontrar con Frieda y que era independiente de todos los empleos de honor de este mundo. Pero luego todo sucedió de un modo distinto. ¿Y quién era el culpable? Sobre todo K y, luego, también era cierto, la astucia de Frieda. Pero ante todo K, pues ¿qué quería? ¿Qué tipo de hombre tan extraño era? ¿A qué aspiraba? ¿Qué eran esas cosas tan importantes que le preocupaban y que le impulsaban a olvidar lo más próximo, lo mejor, lo más bello? Pepi era la víctima, todo era una necedad y todo estaba perdido, y quien tuviese la fuerza de incendiar toda la posada de los señores, pero hasta los cimientos, sin que quedase una huella, ardiendo como un papel en la chimenea, ése sería hoy el elegido de Pepi. Sí, Pepi llegó a la taberna hacía cuatro días, poco antes de la comida. No era ningún trabajo fácil ése, se podía decir que casi era un trabajo asesino, pero no era poco lo que se podía alcanzar con él. Pepi tampoco había vivido antes al día y aunque nunca, en sus pensamientos más osados, había aspirado a ese puesto, sin embargo sí había realizado numerosas observaciones, conocía las exigencias del puesto, desde luego no lo había asumido sin estar preparada. Y no se podía asumir sin estar preparada, porque en otro caso se perdería en las primeras horas, sobre todo si se intentaba realizar el trabajo como lo haría una criada. Como criada una se olvidaba de Dios y de los hombres, se trataba de un trabajo como en una mina, al menos en el corredor de los secretarios así era. Día tras día no se veía allí, aparte de las pocas personas convocadas que iban rápidamente de un lado a otro sin atreverse a mirar, a ningún ser humano, excepto las dos o tres criadas que estaban igual de amargadas que Pepi. Por las mañanas no se podía salir de la habitación, a esas horas los secretarios querían estar solos, entre ellos, la comida se la llevaban los sirvientes de la cocina, por regla general las criadas no tenían nada que ver con eso, tampoco durante las horas de la comida nos podíamos mostrar en el corredor. Sólo cuando los señores trabajaban, las criadas podían limpiar, pero, naturalmente, no en las habitaciones ocupadas, sino en las vacías, y ese trabajo se tenía que realizar en silencio para no molestar a los señores. Pero ¿cómo era posible limpiar en silencio cuando los señores vivían varios días en las habitaciones? A todo ello se añadían los sirvientes, esa chusma, que no paraban de trastocarlo todo, así, cuando las criadas podían entrar en la habitación, ésta se encontraba en un estado que ni siquiera un diluvio podría limpiarla. Cierto, se trataba de señores, pero había que superar la repugnancia para limpiar sus habitaciones. Las criadas no tenían mucho trabajo, pero era duro. Y nunca una palabra amable, sólo reproches, especialmente éste, el más frecuente y atormentador: que al limpiar habían desaparecido expedientes. En realidad no se perdía nada, cualquier papel, por pequeño que fuese, se entregaba al posadero, pero era cierto que se perdían expedientes, aunque no por obra de las criadas. Y entonces se formaban comisiones y las criadas tenían que abandonar sus habitaciones y la comisión registraba las camas; las criadas no tenían ninguna propiedad, sus pocos objetos personales cabían en un cesto, pero la comisión buscaba durante horas. Por supuesto que no encontraba nada, ¿cómo podrían llegar hasta allí expedientes? Pero el resultado volvía a ser insultos y amenazas procedentes de la decepcionada comisión y transmitidos por el posadero. Y nunca se encontraba la tranquilidad, ni de día ni de noche. Había ruido casi toda la noche y ruido desde el amanecer. Si al menos no hubiera que vivir allí, pero era obligatorio, pues había periodos en que era competencia de las criadas llevar pequeñeces, según los pedidos, de la cocina, sobre todo por la noche. Siempre de repente el puño golpeando la puerta de la criada, el dictado del pedido, bajar a la cocina, sacudir al mozo de cocina que duerme, poner el pedido en el suelo ante la puerta de la criada, donde lo recogía uno de los sirvientes, qué triste era todo eso. Pero no era lo peor. Lo peor era cuando no se producía ningún pedido, cuando en lo más profundo de la noche, cuando todos tendrían que estar durmiendo y la mayoría dormía de verdad, alguien comenzaba a andar de puntillas ante la puerta de las criadas. Entonces las criadas se levantaban de un salto —las camas eran literas, había poco espacio, la habitación de las criadas no era más que un gran armario con tres nichos—, escuchaban atentamente en la puerta, se arrodillaban, se abrazaban atemorizadas. Y continuamente se oía al furtivo ante la puerta. Todas habrían sido felices si finalmente hubiese entrado en la habitación, pero no ocurría nada, nadie entraba. Y había que reconocer que en ello no se tenía que ver necesariamente un peligro, quizá sólo era alguien que iba de un lado a otro ante la puerta, reflexionaba si quería hacer un pedido y luego no se decidía. Tal vez sólo era eso, o tal vez fuera algo muy diferente. En realidad no conocíamos a los señores, apenas los habíamos visto. En todo caso las criadas se morían de miedo y, cuando por fin ya no se oía nada, se apoyaban en la pared y no tenían más fuerzas para subir hasta sus camas. Ésta era la vida que le esperaba otra vez a Pepi, esa misma noche ocuparía de nuevo su plaza en la habitación de las criadas. Y ¿por qué? A causa de K y Frieda. De vuelta a esa vida de la que acababa de escapar, de la que había escapado, sí, con ayuda de K, pero también con un gran esfuerzo, pues en ese servicio las criadas se descuidaban, incluso las más cuidadosas. ¿Para quién se tendrían que acicalar? Nadie las miraba, en el mejor de los casos el personal de la cocina; a quien eso le bastase, se podía acicalar. El resto del tiempo lo pasábamos en nuestro cuarto o en las habitaciones de los señores, y entrar en ellas con vestidos limpios habría sido absurdo y un derroche. Y siempre bajo la luz eléctrica y con un aire pesado —siempre se estaba caldeando—, y, en realidad, siempre cansadas. La mejor forma de pasar la tarde libre era durmiendo tranquilamente y sin miedo en algún rincón de la cocina. ¿Para qué acicalarse entonces? Sí, apenas nos vestíamos. Y de repente Pepi fue destinada a la taberna, donde, presuponiendo que se afirmara en el puesto, precisamente sería necesario todo lo contrario, siempre se encontraría expuesta a las miradas de los demás, entre los que se encontrarían muchos señores muy atentos y exigentes y donde siempre habría que dar la impresión más agradable posible. Y Pepi podía decir que no había omitido nada. No se preocupó de lo que vendría después. Ella sabía muy bien que tenía las capacidades necesarias para ocupar ese puesto, de eso estaba muy segura, y esa misma convicción la seguía teniendo ahora y nadie se la podía quitar, ni siquiera ese día, el día de su derrota. Sólo era difícil el modo en que podría mantenerse al principio, pues no dejaba de ser una criada pobre, sin vestidos ni joyas, y porque los señores no tenían la paciencia de esperar para ver cómo se iba evolucionando, sino que en seguida, sin transición ninguna, querían tener una camarera como estaba mandado, en otro caso la rechazaban. Se podría pensar que sus exigencias no eran grandes, pues Frieda las podía satisfacer, pero eso no era cierto. Pepi había reflexionado sobre ello, también se había encontrado a menudo con Frieda y durante un tiempo había dormido con ella. No era fácil seguir las huellas de Frieda y quien no tenía mucho cuidado ¿y qué señores lo tenían?— caía en sus engaños. Nadie sabía mejor que Frieda lo lamentable que era su aspecto; cuando, por ejemplo, se veía por primera vez cómo se soltaba el pelo, había que juntar las manos de pena, una muchacha como ella, si las cosas se hiciesen bien, no podría ser ni criada. Ella también lo sabía y por ello había llorado más de una noche, se había abrazado a Pepi y se había tapado la cara con su pelo. Pero cuando estaba de servicio, desaparecían todas sus dudas, se consideraba la más bella y sabía convencer a cualquiera de la mejor manera. Y mentía deprisa y estafaba para que la gente no tuviera tiempo de contemplarla correctamente. Por supuesto que eso no podía durar mucho, la gente tenía ojos y, al final, terminarían por tener razón. Pero en el instante en que percibía un peligro semejante, ya tenía preparado otro artificio, por ejemplo, en los últimos tiempos, su relación con Klamm. ¡Su relación con Klamm! Si no lo creía, lo podía confirmar, podía visitar a Klamm y preguntarle. Qué astuta era, qué astuta. Y si no se atrevía a presentarse ante Klamm con semejante pregunta y ni siquiera lograba una cita con cuestiones infinitamente más importantes, o Klamm fuese completamente inaccesible para él —sólo para él y para los que eran como él, pues Frieda, por ejemplo, se plantaba an-te él de un brinco cuando quería—, si eso era así, a pesar de ello aún lo podía confirmar, no necesitaba más que espe-rar. Klamm no toleraría durante mucho tiempo un rumor tan falso, él estaba perfectamente informado de todo lo que se contaba de él en la taberna y en las habitaciones, todo eso poseía para él la mayor importancia y si era falso, lo rectifi-caría. Pero si no lo rectificaba, entonces no había nada que rectificar y todo era verdad. Lo único que se veía es que Frieda llevaba la cerveza a la habitación de Klamm y regre-saba con el pago, pero lo que no se veía, eso es lo que con-taba Frieda y había que creerla. Pero no contaba nada, no iba a divulgar esos secretos, no, los mismos secretos se di-vulgaban por sí mismos y ya que se habían divulgado, ya no temía hablar de ellos ella misma, pero con modestia, sin afirmar nada, se remitía a lo conocido por todos. Sin embar-go, no lo contaba todo, por ejemplo que Klamm, desde que ella estaba en la taberna, bebía menos cerveza que antes, no mucha menos, pero significativamente menos, de eso no decía nada, podía obedecer a distintos motivos, podía ser que fuese una temporada en la que a Klamm le agradase menos la cerveza o, quizá, se olvidaba de la cerveza por Frieda. En todo caso, y por muy sorprendente que pudiera parecer, Frieda era la amante de Klamm. Pero lo que satis-facía a Klamm, ¿por qué no podrían admirarlo los demás? Y así Frieda, en un abrir y cerrar de ojos, se había convertido en una belleza, en una muchacha hecha a la medida de la taberna, casi demasiado bella, demasiado poderosa, quizá incluso fuera demasiado buena para la taberna. Y, en efec-to, a muchos les resultaba extraño que siguiese en la taber-na; el empleo de camarera en la taberna era mucho, desde esa perspectiva parecía muy creíble la relación con Klamm; ahora bien, si la camarera de la taberna era la amante de Klamm, ¿por qué la dejaba tanto tiempo en la taberna? ¿Por qué no la ascendía? Se le podía repetir mil veces a la gente que aquí no existía ninguna contradicción, que Klamm tenía distintos motivos para obrar así, o que, tal vez, que el as-censo de Frieda estaba al caer, todo eso producía poco efecto, la gente tenía determinadas ideas y no se dejaba desviar de ellas mucho tiempo por complejo que fuera el ar-tificio que se empleaba. Nadie había dudado que Frieda fue-ra la amante de Klamm, incluso aquellos que posiblemente lo sabían mejor, ya estaban demasiado cansados para du-dar. «¡Por todos los diablos, sé la amante de Klamm!», pen-saron, «pero si ya lo eres, lo queremos confirmar con tu as-censo». Pero nadie pudo notar ni confirmar nada, y Frieda permaneció en la taberna como hasta entonces y aún esta-ba contenta en secreto de que así fuera. Pero entre la gente perdió en prestigio, eso lo tuvo que notar, ella solía notar cosas antes de que se manifestasen. Una muchacha real-mente bella y encantadora, una vez que se había adaptado a la taberna, no debía emplear artimañas; mientras fuera be-lla, permanecería camarera en la taberna, siempre y cuando no se produjese alguna desgraciada casualidad. Una mu-chacha como Frieda, sin embargo, tenía que estar conti-nuamente preocupada por su puesto, era evidente que no lo mostraba, más bien solía quejarse y renegar de su trabajo, pero observaba permanentemente en secreto el ambiente. Y así comprobó que la gente se tornaba indiferente, la apari-ción de Frieda ya no suponía ningún motivo que mereciera la pena para levantar la mirada, ni siquiera los sirvientes se fijaban en ella, comprensiblemente se sentían atraídos por Olga y otras mujeres parecidas, también comprobó en el comportamiento del posadero que ella cada vez era menos imprescindible, y tampoco podía inventar más historias de Klamm, todo tenía límites, y así la buena de Frieda se deci-dió por algo nuevo. ¡Todos lo adivinaron! Pepi lo sospechó, pero, por desgracia, no lo adivinó. Frieda se decidió por pro-vocar un escándalo, ella, la amante de Klamm, se quiso arrojar en los brazos de un cualquiera; en lo posible, en los del más ínfimo. Eso causaría sensación, de eso se hablaría largo tiempo y, finalmente, se acordarían de lo que significa-ba ser la amante de Klamm y de lo que significaba rechazar ese honor en la embriaguez de un nuevo amor. Lo único di-fícil era encontrar el hombre adecuado con el que se pudiera jugar una partida tan astuta. No podía ser un conocido de Frieda, tampoco uno de los sirvientes, probablemente uno de ellos la habría mirado con los ojos muy abiertos y habría seguido su camino, ante todo no habría sabido mantener la seriedad, y habría resultado imposible difundir, ni con toda la elocuencia, que Frieda había sido asaltada por él, que no había sabido defenderse y que se había rendido a él en un momento de inconsciencia. Y aunque se tratase de la per-sona más ínfima, tendría que ser alguien del que se pudiera hacer creíble que, a pesar de su carácter obtuso y grosero, sólo anhelaba a Frieda y que no tenía otro deseo que —¡Cielo Santo!— casarse con ella. Pero aun siendo el hombre más vulgar, en lo posible inferior a un criado, muy inferior a un criado, al menos tenía que ser uno que no fuese objeto de risa de todas las muchachas, alguien en quien otra mujer con sentido común pudiese encontrar algo atractivo. Pero ¿dónde se podía encontrar a un hombre semejante? Cual-quier otra mujer probablemente lo habría buscado en vano durante toda la vida, la suerte de Frieda, sin embargo, con-dujo tal vez al agrimensor a la taberna precisamente la no-che en que le vino el plan a la cabeza. ¡El agrimensor! Sí, ¿en qué pensaba K? ¿Qué cosas tan especiales ocupaban su mente? ¿Quería lograr algo especial? ¿Un buen empleo, una distinción? ¿Quería algo similar? Bueno, entonces ten-dría que haberse conducido de un modo diferente desde el principio. Era un don nadie, resultaba lamentable contemplar su situación. Era agrimensor, eso quizá fuese algo, al me-nos había aprendido una profesión, pero cuando no se sabe qué emprender con ello, no significa nada. Y encima presen-taba exigencias; sin tener ningún respaldo, presentaba exi-gencias, no directamente, pero se notaba que tenía preten-siones, eso era irritante. ¿Sabría que incluso una criada le hacía una concesión cuando hablaba con él? Y con todas sus pretensiones la primera noche cayó en la trampa más burda. ¿Acaso no se avergonzaba? ¿Qué fue lo que le atra-jo tanto de Frieda? Ahora podía reconocerlo. ¿Le había po-dido gustar realmente esa cosa amarillenta y escuchimiza-da? ¡Ah!, no, ni siquiera la había mirado, ella sólo le dijo que era la amante de Klamm, en él eso sonó a novedad y ya es-taba perdido. Pero entonces ella se tenía que mudar, ya no había sitio para ella en la posada de los señores. Pepi la vio la mañana antes de la mudanza, todo el personal se había reunido allí, había curiosidad por verlo. Y tan grande era aún su poder que se compadecían de ella, todos, también sus enemigos; tan exitoso resultó su cálculo al principio; haberse arrojado en los brazos de un tipo semejante les parecía a todos algo incomprensible, un golpe del destino; las peque-ñas mozas de cocina, que naturalmente admiraban a todas las camareras de la taberna, estaban inconsolables. Incluso Pepi estaba afectada, ni siquiera ella se pudo dominar, aun-que dirigía su atención a algo diferente. Le llamó la atención la escasa tristeza que mostraba Frieda. En el fondo se tra-taba de una terrible desgracia que le había afectado, y ella hacía como si fuese muy desgraciada, pero no lo suficiente, ese juego no podía engañar a Pepi. ¿Qué la mantenía tan íntegra? ¿Acaso la felicidad del nuevo amor? Bueno, esa consideración caía por sí misma. Pero ¿qué podía ser en-tonces? ¿Qué le daba la fuerza incluso para tratar a Pepi, que ya entonces era considerada su sucesora, con la fría amabilidad de siempre? Pepi no tenía tiempo para reflexio-nar sobre ello, tenía demasiado que hacer con los preparati-vos para el nuevo empleo. Probablemente debería ocuparlo en unas horas y no tenía ningún peinado bonito, ningún ves-tido elegante y de tela fina, ningunos zapatos decentes. To-do eso había que conseguirlo en unas horas, si no podía aparecer con corrección, era mejor renunciar al trabajo, pues entonces lo perdería en la primera media hora. Bueno, lo logró en parte. Para peinarse tenía un talento especial, una vez incluso la llamó la posadera para que la peinara, posee una habilidad especial en las manos, si bien ella tenía una abundante cabellera que se amoldaba a todos los de-seos. También consiguió ayuda para el vestido. Sus dos compañeras se mantuvieron fieles, también suponía para ellas cierto honor cuando una criada de su grupo era nom-brada camarera de la taberna; además Pepi, más tarde, cuando tuviese poder, podría conseguirles alguna ventaja. Una de ellas tenía desde hacía tiempo una tela muy cara, era su tesoro, y con frecuencia dejaba que las demás la admiraran; soñaba con emplearla alguna vez de forma es-pléndida y —lo que fue un bonito gesto de su parte—, ahora que la necesitaba Pepi, la sacrificó. Y las dos la ayudaron gustosas a coser, si hubiesen cosido para ellas mismas, no habrían invertido tanto celo. Incluso fue un trabajo muy ale-gre y dichoso. Estaban sentadas cada una en su cama, una sobre la otra, cosían y cantaban y se pasaban las partes concluidas y los accesorios de costura. Cuando Pepi pensa-ba en ello le llegaba al corazón que todo hubiese sido en vano y que ahora tuviese que regresar con sus amigas con las manos vacías. Qué desgracia y cuánta imprudencia, so-bre todo por parte de K. Cómo se alegraron todas del vesti-do. Pareció el colmo del éxito, y cuando posteriormente aún se encontró espacio para un lazo, desapareció la última du-da. ¿Y acaso no era bonito el vestido? Ya estaba un poco arrugado y sucio, Pepi no tenía un segundo vestido, así que había tenido que llevar ése día y noche, pero aún se podía comprobar lo bello que había sido, ni siquiera la condenada de los Barnabás había podido ponerse uno mejor. Y además se podía ajustar y aflojar, arriba y abajo, según el gusto; que fuese un solo vestido, pero tan modificable, supuso una gran ventaja y realmente fue su invención. Cierto, para ellas no era difícil la costura, Pepi no se vanagloriaba de ello, a las muchachas jóvenes y sanas les quedaba todo bien. Más di-fícil fue conseguir la ropa interior y los zapatos, y aquí co-menzó el fracaso. También en esto ayudaron las amigas, pero no pudieron conseguir mucho, sólo ropa basta que re-mendaron y, en vez de zapatos de tacón alto, hubo que con-formarse con unos zapatos de andar por casa, que era pre-ferible esconder antes que mostrar. Consolaron a Pepi, Frieda tampoco iba muy bien vestida y a veces se paseaba tan desaliñada que los clientes preferían dejarse servir por los mozos antes que por ella. Así era en realidad, pero Frieda podía hacerlo, ella gozaba del favor de los demás; cuando una dama se muestra vestida con descuido, se vuelve más seductora, pero ¿con una novata como Pepi? Y, además, Frieda no podía vestirse bien, carecía de gusto. Si alguien tenía la piel amarillenta no le cabía otro remedio que aguantarse, pero no tenía, como Frieda, que ponerse una blusa escotada color crema para dañar los ojos de los de-más. Y aun en el caso de que no hubiese sido así, era de-masiado mezquina para vestirse bien, todo lo que ganaba, lo ahorraba, nadie sabía para qué. Mientras estaba de servi-cio no necesitaba dinero, lograba salir de problemas con mentiras y trucos, Pepi no quería imitar su ejemplo y por eso estaba justificado que se acicalase tanto para hacerlo paten-te y desde el principio. Si hubiese podido emplear más me-dios, podría haber salido victoriosa a pesar de la astucia de Frieda y de la necedad de K. Todo comenzó muy bien. Los conocimientos necesarios ya los había adquirido antes. Apenas llegada a la taberna, ya se había adaptado. Nadie echaba de menos a Frieda. Sólo el segundo día hubo algu-nos huéspedes que preguntaron por ella. No se cometieron errores, el posadero estaba satisfecho, todo el primer día permaneció en la taberna por miedo, luego ya sólo fue de vez en cuando, finalmente lo dejó todo en manos de Pepi, ya que la caja coincidía, además, los ingresos, por término medio, incluso habían aumentado respecto al periodo de Frieda. Pepi introdujo novedades. Frieda había cedido algu-nos de sus derechos, no por diligencia, sino por avaricia, ansias de dominio, y por miedo; también controlaba a los criados, al menos esporádicamente, sobre todo cuando al-guien miraba. Pepi, sin embargo, adjudicó ese trabajo a los mozos, que para eso servían mejor. Gracias a esa medida, se disponía de más tiempo para las habitaciones de los se-ñores, los huéspedes fueron servidos con rapidez y, aun así, pudo conversar algo con ellos, no como Frieda que, al pare-cer, sólo se reservaba para Klamm y consideraba cada pa-labra, cada aproximación de otro como una ofensa a Klamm. Esa táctica, sin embargo, también era astuta, pues cuando dejaba que alguien se aproximara a ella, se tenía que interpretar como un gran privilegio. Pepi, en cambio, odiaba esos artificios, además, al principio no eran útiles. Pepi se mostraba amigable con todos y todos le pagaban con amabilidad. Todos estaban visiblemente alegres por el cambio; cuando por fin los agotados señores se podían sen-tar un rato para tomarse una cerveza se les podía cambiar con una palabra, una mirada, un encogerse de hombros. Tantas veces pasaban las manos por los rizos de Pepi, que se tenía que renovar el peinado diez veces al día; nadie se resistía a la seducción ejercida por esos rizos y trenzas, ni siquiera K, tan irreflexivo en otras cosas. Tantos días exito-sos, excitantes y llenos de trabajo. ¡Si no hubiesen pasado tan rápido! ¡Si hubiesen sido más! Cuatro días eran dema-siado poco, por más que se realizase un esfuerzo hasta el agotamiento, quizá habría bastado el quinto día, pero cuatro habían sido demasiado pocos. Cierto, Pepi ya había adqui-rido en cuatro días amigos y bienhechores, si hubiese podi-do confiar en todas las miradas; se puede decir que nadaba, cuando traía las jarras de cerveza, en un mar de amistad; un escribiente llamado Bratmeier estaba loco por ella, le había regalado esa cadena y el colgante y en el colgante estaba su retrato, lo que había sido una osadía; sí, ocurrieron mu-chas cosas, pero sólo fueron cuatro días, en cuatro días, si se lo proponía, Pepi casi podía hacer que se olvidasen de Frieda, aunque no del todo, y se habrían olvidado de ella aún antes, si no hubiese mantenido precavidamente su nombre en todos los labios a causa de su gran escándalo, con él era como si fuese nueva para todos, sólo por curiosi-dad les hubiera gustado verla; lo que se había convertido para ellos en algo aburrido hasta la saciedad, había adquiri-do un nuevo acicate gracias a los merecimientos del indife-rente K; por ello no habrían renunciado a Pepi, mientras es-tuviese allí y destacase por su presencia, pero en su mayo-ría eran señores mayores, aferrados a sus costumbres; an-tes de que se acostumbrasen a una nueva camarera tenían que pasar unos días, por muy beneficioso que hubiese sido el cambio; contra la voluntad de los señores siempre duraba unos días, quizá sólo cinco días, pero cuatro no bastaban; Pepi, a pesar de todo, seguía siendo considerada como una camarera provisional. Y luego quizá la desgracia más gran-de, en esos cuatro días Klamm, a pesar de que durante los dos primeros días estuvo en el pueblo, no bajó de su habita-ción. Si hubiese bajado, habría sido el ensayo decisivo, un ensayo que ella al menos no temía, todo lo contrario, por el que se alegraba. No se hubiese convertido —ésas eran co-sas de las que era mejor no hablar— en la amante de Klamm, ni tampoco habría mentido para tenerse por una, pero hubiese sabido dejar la jarra de cerveza en la mesa con la misma simpatía que Frieda, le habría saludado ama-blemente sin la impertinencia de Frieda y se habría despe-dido con la misma amabilidad, y si Klamm hubiese buscado algo en los ojos de una joven, lo habría encontrado en los ojos de Pepi hasta la saciedad. Pero ¿por qué no bajó? ¿Por casualidad? Eso fue lo que creyó Pepi entonces. Du-rante los dos días le esperó a cada momento. «Ahora ven-drá Klamm» —pensaba continuamente y corría hacia un la-do y a otro sin otro motivo que la intranquilidad de la espera y el anhelo de ser la primera en verle cuando entrara. Esa continua decepción la fatigó mucho, quizá por eso rindiera menos de lo que era capaz. Se deslizaba, cuando tenía un poco de tiempo, hasta el corredor, cuyo acceso le estaba terminantemente prohibido al personal, allí se ocultó en un rincón y esperó. «Si ahora viniese Klamm —pensaba—, si pudiese recoger al señor en su habitación y llevarlo hasta la taberna en mis brazos. Soportaría esa carga sin derrum-barme, aun cuando fuese mucho más pesada». Pero no fue. En esos corredores de arriba reinaba tal silencio, un silencio imposible de imaginar si no se ha estado allí. Reinaba tal si-lencio que no se podía soportar mucho tiempo, el silencio terminaba por ahuyentarte. Diez veces fue Pepi ahuyentada, diez veces volvió a subir. Era absurdo. Klamm bajaría cuan-do quisiese bajar, pero si no quería, Pepi no podría sacarle por mucho que se asfixiara en el rincón sufriendo fuertes palpitaciones. Era absurdo, pero si no bajaba, todo era ab-surdo. Y no bajó. Hoy sabía Pepi por qué Klamm no había bajado. Frieda se habría divertido mucho si hubiese visto a Pepi arriba, en el corredor, escondida en un rincón y con las dos manos en el corazón. Klamm no bajó porque Frieda no lo consintió. No lo logró con sus súplicas, sus súplicas no llegaban hasta Klamm, pero esa araña tenía conexiones que nadie conocía. Cuando Pepi le decía algo a un huésped, lo decía abiertamente, también lo podía oír la mesa vecina; Frieda, sin embargo, no tenía nada que decir, ponía la cer-veza en la mesa y se iba; sólo susurraban sus enaguas de seda, lo único en lo que invertía dinero. Pero si alguna vez decía algo, no lo decía abiertamente, sino que se lo susu-rraba al cliente, se inclinaba de tal manera que en la mesa vecina se aguzaban los oídos. Lo que decía era probable-mente insignificante, aunque no siempre; ella tenía conexio-nes, apoyaba las unas en las otras y aunque la mayoría de ellas fracasaban —¿quién se preocuparía largo tiempo de Frieda?—, de vez en cuando había alguna que persistía. Así que comenzó a aprovecharse de esas conexiones. K le pro-porcionó la posibilidad para ello, en vez de sentarse a su la-do y vigilarla, él apenas se quedó en casa, vagó por todas partes, sostuvo entrevistas aquí y allá, a todo le prestó aten-ción menos a Frieda, y, para darle aún más libertad, se mu-dó de la posada del puente a la escuela. Todo eso había si-do un buen inicio para una luna de miel. Bueno, Pepi era con toda seguridad la última que podía reprochar a K que no hubiese logrado soportar a Frieda. Con ella no se podía aguantar mucho tiempo. Pero ¿por qué no la había abando-nado, por qué había regresado con ella una y otra vez, por qué había despertado la impresión en sus peregrinaciones de que luchaba por ella? Era como si, a través de su contac-to con Frieda, hubiese descubierto su insignificancia, como si quisiese hacerse digno de Frieda, como si quisiese trepar y para ello renunciase a la convivencia para luego poderse resarcir de los sacrificios realizados. Mientras, Frieda no había perdido el tiempo, había permanecido sentada en la escuela, adonde ella seguramente había conducido a K, y observaba la posada de los señores y observaba a K. Tenía a su disposición mensajeros excepcionales, los ayudantes de K, que —lo que era incomprensible, incluso conociendo a K resultaba incomprensible— se los dejaba a ella. Ella se los enviaba a sus viejos amigos, hacía que la recordasen, se quejaba de que un hombre como K la mantenía encerrada, acosaba a Pepi, anunciaba su próxima llegada, pedía ayu-da, juraba que no había traicionado a Klamm, hacía como si hubiese que proteger a Klamm y no se le debiera permitir en ningún caso que bajase a la taberna. Lo que ella vendía a algunos como la protección de Klamm, ante el posadero lo interpretaba como su éxito personal, y llamaba la atención acerca de que Klamm ya no bajaba. ¿Cómo podría bajar, si abajo era Pepi la que servía? Aunque era cierto que el po-sadero no tenía culpa alguna, esa Pepi era, en todo caso, la mejor sustituta que había podido encontrar, pero no era su-ficiente, ni siquiera para unos días. K no sabía nada de toda esa actividad de Frieda; cuando no vagaba por ahí, yacía ignorante a sus pies, mientras ella contaba las horas que aún la separaban de la taberna. Pero los ayudantes no sólo le prestaban ese servicio de mensajería, también colabora-ban para poner celoso a K, para mantenerlo en calor. Frieda conocía a los ayudantes desde su infancia, no tenían ningún secreto entre ellos, pero en honor a K comenzaron a an-helarse mutuamente y surgió el peligro de que se convirtiera en un gran amor. Y K hizo cualquier cosa para satisfacer a Frieda, incluso lo más contradictorio, dejó de ponerse celoso por los ayudantes y sin embargo toleraba que los tres per-manecieran juntos mientras él emprendía solo sus peregri-naciones. Era como si fuese el tercer ayudante de Frieda. Entonces Frieda, basándose en sus observaciones, se deci-dió a dar el gran golpe, decidió regresar. Y realmente era el momento oportuno, resultaba admirable cómo Frieda, la muy astuta, lo reconoció y aprovechó, esa fuerza en la ob-servación y en la decisión constituía el inimitable arte de Frieda; si Pepi lo tuviera, qué diferente habría sido el curso de su vida. Si Frieda hubiese permanecido un día o dos más en la escuela, ya no podrían haber expulsado a Pepi, sería definitivamente camarera, amada por todos, habría ganado el dinero suficiente para completar su ajuar, sólo uno o dos días y Klamm ya no habría podido ser apartado con ninguna intriga de la taberna, habría bajado, bebido, se habría senti-do cómodo y, si acaso hubiese percibido la ausencia de Frieda, estaría muy satisfecho con el cambio; sólo uno o dos días más y todo habría quedado olvidado, Frieda con su es-cándalo, con sus conexiones, con los ayudantes, nada de eso habría sido recordado. ¿Quizá entonces podría aferrar-se mejor a K y, presuponiendo que fuese capaz de ello, aprender a quererle? No, tampoco eso, pues K no necesita-ba más de un día para hartarse de ella, para reconocer có-mo le embaucaba de la manera más miserable, con todo, con su supuesta belleza, su supuesta fidelidad y, sobre to-do, con el supuesto amor de Klamm, sólo un día, nada más, necesitaba para expulsar de la casa a esa sucia compañía de ayudantes, ni siquiera K necesitaba más. Y, sin embargo, entre esos dos peligros, cuando ya comenzaba a cerrarse la tumba sobre ella, K, en su simpleza, aún le dejaba abierta la última y estrecha vía, y ella escapaba. De repente —nadie lo había esperado, iba contra la naturaleza—, era ella la que ahuyentaba a K, quien la seguía queriendo y persiguiendo, y bajo la útil presión de los amigos y ayudantes aparecía ante el posadero como una salvadora, más seductora que antes a causa del escándalo, deseada notoriamente tanto por los inferiores como por los superiores, aunque habiendo su-cumbido sólo un instante ante el más inferior de todos, a quien rechazaba como estaba mandado para permanecer inalcanzable como antes, sólo que antes todo eso se duda-ba con razón, pero ahora reinaba el convencimiento. Así que regresaba, el posadero vacilaba mientras miraba a Pepi de soslayo —¿debía sacrificarla, a ella, que tan bien había trabajado?—, pero al poco tiempo ya se había dejado con-vencer, había demasiado que hablaba en favor de Frieda y, ante todo, quería volver a ganar a Klamm para la taberna. Y así se llegaba a esa misma noche. Pepi no esperaría a que llegase Frieda y a que hiciese un triunfo de la ocupación del puesto. Ya le había dado al posadero la caja, se podía ir. La cama en la habitación de las criadas ya estaba preparada para ella, allí la saludarían sus llorosas amigas, se quitaría el vestido, las cintas del pelo y lo arrojaría todo en algún lu-gar donde quedase bien escondido y no le recordasen inne-cesariamente tiempos pasados que deberían olvidarse para siempre. Luego tomaría la fregona y el cubo e iría a trabajar con los dientes apretados. Pero antes le tenía que contar todo a K para que él, que sin ayuda no se habría dado cuen-ta de nada, viese claramente lo mal que había tratado a Pepi y lo infeliz que la había hecho. Aunque, ciertamente, también de él se había abusado .
Pepi había terminado de hablar. Se limpió, suspirando, al-gunas lágrimas de los ojos y de las mejillas y miró a K asin-tiendo con la cabeza, como si quisiese decir que en el fondo no se trataba de su desgracia, que ella la soportaría y para ello no necesitaría ni ayuda ni consuelo de nadie, y menos de K; ella, a pesar de su juventud, conocía la vida y su des-gracia sólo era una confirmación de sus conocimientos, en realidad se trataba de la desgracia de K: había querido pre-sentarle su propia imagen; después de la destrucción de to-das sus esperanzas, ella había considerado necesario ha-cerlo así .
—Qué imaginación más desbocada tienes, Pepi —dijo K—. No es verdad que hayas descubierto ahora todas esas co-sas, no son más que sueños producto de vuestra oscura y estrecha habitación de criadas, que allí abajo tienen su ra-zón de ser, pero que aquí, al aire libre de la taberna, resul-tan extraños. Con esos pensamientos no podías afirmarte aquí, eso es evidente. Incluso tu vestido y tu peinado, de los que tanto te vanaglorias, sólo son producto de la oscuridad y de las camas de vuestra habitación; allí pueden ser muy bo-nitos, aquí, sin embargo, todos se ríen de ellos ya sea en secreto o en público. ¿Y qué cuentas más? ¿Que han abu-sado de mí y me han estafado? No, querida Pepi, de mí han abusado tan poco como de ti y me han estafado tan poco como a ti. Es cierto que Frieda me ha abandonado o, como tú te expresas, se ha escapado con los ayudantes; vislum-bras un destello de la verdad, y es realmente muy improba-ble que se convierta en mi esposa, pero no es cierto que me haya hartado de ella o que la hubiera expulsado al día si-guiente o que me hubiera engañado como quizá una mujer engaña a un hombre. Vosotras, las criadas, estáis acostum-bradas a espiar a través del ojo de la cerradura y de esa costumbre deriváis la forma de pensar consistente en dedu-cir, de forma magistral pero completamente falsa, el todo de una pequeñez que realmente veis. La consecuencia de ello es que en este caso, por ejemplo, yo sé menos que tú. Tampoco puedo explicar tan detalladamente como tú por qué Frieda me ha abandonado. La explicación más probable me parece la que tú has insinuado pero sin sacarle el parti-do necesario: que la he descuidado. Eso es, por desgracia, cierto. La he descuidado, pero eso tuvo motivos especiales que no vienen ahora a cuento; sería feliz si regresara a mí, pero volvería a descuidarla en seguida. Así es. Cuando es-taba conmigo, me encontraba continuamente en mis pere-grinajes, tan ridiculizados por ti, ahora que se ha ido, no tengo casi ninguna ocupación, estoy cansado, tengo deseos de no ocuparme absolutamente de nada. ¿No tienes ningún consejo para mí, Pepi?
—Pues sí —dijo de repente, tornándose vivaz y cogiendo los hombros de K—, nosotros dos somos los estafados, permanezcamos juntos, ven conmigo abajo, con las demás.
—Mientras te quejes de haber sido estafada —dijo K—, no puedo llegar a un acuerdo contigo. Tú quieres seguir siendo estafada, porque eso te adula y te conmueve. Pero la ver-dad es que tú no eres la adecuada para este puesto. Cuán clara resulta tu ineptitud, que hasta yo, según tu opinión, el más ignorante, me doy cuenta de ella. Eres una buena chi-ca, Pepi, pero no es fácil reconocer lo que te digo; yo, por ejemplo, al principio te tomé por cruel y arrogante, pero no lo eres, sólo es este puesto que te confunde, ya que no eres apta para él. No quiero decir que el puesto sea demasiado elevado para ti, tampoco es un empleo tan extraordinario; quizá sea, si se mira con más detenimiento, más honorable que tu empleo anterior, pero en general la diferencia no es tan grande, los dos se asemejan tanto que se pueden con-fundir, sí, casi se podría afirmar que es preferible ser criada antes que camarera, pues abajo siempre se está entre se-cretarios, aquí, sin embargo, hay que tener contacto con el pueblo llano, por ejemplo conmigo, si bien también se puede servir a los superiores de los secretarios en sus habitacio-nes; está decretado que yo no pueda permanecer en ningún lado salvo aquí, en la taberna, y la posibilidad de tratar con-migo ¿podría ser algo extremadamente honroso? Sólo a ti te lo parece y quizá tengas motivos para ello. Pero precisa-mente por eso careces de la aptitud necesaria. Es un em-pleo como cualquier otro, para ti, sin embargo, es el Reino Celestial, en consecuencia todo lo haces con un celo des-mesurado, te acicalas como, según tú, se deben acicalar los ángeles —ellos, en realidad, son de otra manera—, tiemblas por el puesto, te sientes continuamente perseguida, buscas ganarte con desmesurada amabilidad a todos aquellos que te puedan servir de apoyo, pero con esa actitud los importu-nas y los repeles, pues ellos buscan paz en la taberna y no añadir a sus preocupaciones las de la camarera. Es posible que después de la salida de Frieda ninguno de los clientes se diese cuenta del suceso, ahora, sin embargo, sí lo saben y realmente anhelan a Frieda, pues ella lo ha conducido to-do de otro modo. Fuera cual fuese su carácter y el modo en que valorase su empleo, poseía una gran experiencia en su trabajo, era fría y sabía dominarse, tú misma lo has desta-cado, aunque sin haberte aprovechado del ejemplo. ¿Te has fijado alguna vez en su mirada? Ésa no era ya la mirada de una camarera, casi era la mirada de una posadera. Todo lo veía y, al mismo tiempo, captaba a cada una de las perso-nas, y la mirada que dejaba para ellas era lo suficientemente fuerte como para someterlas. Qué importaba que quizá fue-se un poco delgada, que estuviese un poco envejecida, que uno se pudiera imaginar un cabello más denso, ésas son pequeñeces comparadas con lo que realmente tenía y aque-llos a quienes hubiesen molestado esos defectos sólo habrían demostrado que les faltaba el sentido para captar lo importante. Esto no se le puede reprochar a Klamm y sólo es el falso punto de vista de una muchacha joven e inexper-ta lo que te impide creer en el amor de Klamm por Frieda. Klamm te parece —y con razón— inalcanzable y, por eso, crees que tampoco Frieda tendría que haber llegado hasta Klamm. Te equivocas. Yo confiaría exclusivamente en la pa-labra de Frieda, aun en el caso de que careciera de pruebas irrefutables. Por increíble que te parezca y aunque te resulte incompatible con tus ideas del mundo y del funcionariado, de la distinción y efecto de la belleza femenina, es verdad, como que estamos aquí sentados y tomo tu mano entre las mías, que así se sentaban, como si fuera la cosa más natu-ral del mundo, Klamm y Frieda, uno al lado del otro, y él ba-jaba voluntariamente, incluso se apresuraba a bajar, nadie espiaba en el corredor, descuidando el trabajo; el mismo Klamm tenía que hacer el esfuerzo de bajar y los fallos en el vestido de Frieda, que tanto te horrorizaban, a él no le mo-lestaban en absoluto. ¡No quieres creerla! Y no sabes cómo te descubres, cómo muestras tu inexperiencia. Ni siquiera alguien que no supiese nada de la relación con Klamm, ten-dría que reconocer en su carácter que se ha formado algo que es más que tú y yo y que toda la gente del pueblo y que sus conversaciones iban más allá de las bromas que son habituales entre clientes y camareras y que parecen ser la meta de tu vida. Pero te hago una injusticia. Tú reconoces muy bien las dotes de Frieda, te has dado cuenta de su ca-pacidad de observación, de su fuerza para decidir, de su in-fluencia sobre las personas, sólo que todo lo interpretas erróneamente, crees que todo lo emplea de forma egoísta para obtener ventaja, con maldad, sólo como un arma co-ntra ti. No, Pepi, aun cuando pudiese disparar esas flechas envenenadas, no podría dispararlas a una distancia tan cor-ta. ¿Y egoísta? Más bien podría decirse que, sacrificando lo que tenía y lo que podía esperar, nos ha dado la posibilidad de mantenernos en un puesto superior, pero los dos la hemos decepcionado y la hemos obligado a regresar aquí. No sé si es así, tampoco mi culpa me parece clara, única-mente cuando me comparo contigo surge en mi mente algo parecido, como si nosotros nos hubiésemos esforzado de un modo demasiado ruidoso, infantil e inexperto para ganar al-go que se podría obtener fácilmente con la tranquilidad y la objetividad de Frieda, pero que con lloros, arañazos y tiro-nes violentos, como un niño tira del mantel, no se puede ob-tener, más bien echar por tierra y hacerlo inalcanzable. No sé si esto será así, pero que hay más posibilidades de que sea así y no cómo tú lo has contado, eso lo sé con toda cer-teza.
—Muy bien —dijo Pepi—, estás enamorado de Frieda por-que se te ha escapado, no es difícil estar enamorado de ella cuando ya no está . Puede que todo sea como dices y puede que tengas razón, también al ridiculizarme. ¿Qué vas a hacer ahora? Frieda te ha abandonado. Ni con tu explica-ción ni con la mía tienes la esperanza de que regrese a ti e incluso si regresase alguna vez, en algún lugar tendrás que alojarte durante ese tiempo, hace frío y no tienes ni trabajo ni cama, ven con nosotras, mis amigas te gustarán, te aco-modaremos muy bien. Nos ayudarás en el trabajo, que en realidad es demasiado duro para unas jovencitas como no-sotras; no dependeríamos exclusivamente de nosotras mis-mas y por la noche ya no tendríamos miedo. ¡Ven con noso-tras! También mis amigas conocen a Frieda, te contaremos historias acerca de ella hasta que te hartes. ¡Pero ven! También tenemos fotos de Frieda y te las mostraremos. An-taño Frieda era más modesta que hoy, apenas la reconoce-rás, como mucho por sus ojos que ya en aquella época te-nían ese aspecto inquisitivo. ¿Vas a querer venir?
—¿Está permitido? Ayer se produjo ese gran escándalo porque fui descubierto en vuestro corredor.
—Porque fuiste descubierto, pero si estás en nuestra habi-tación, jamás te descubrirán. Nadie sabrá nada de ti, sólo nosotras tres. ¡Ah!, será muy divertido. Ya me parece la vida allí mucho más soportable que hace un momento. Tal vez no pierda tanto al tener que irme. Tampoco nos hemos abu-rrido las tres allí abajo, hay que dulcificar el amargor de la vida, ya se nos amarga lo suficiente la existencia durante la juventud para que la lengua no se empalague, pero nosotras tres nos mantenemos unidas, vivimos lo mejor posible se-gún las circunstancias; especialmente te gustará Henriette, pero también Emilie, ya les he hablado de ti, esas historias se escuchan con incredulidad, como si fuera de la habita-ción en realidad no pudiese ocurrir nada, allí se está caliente y es un lugar estrecho: nos apretamos todas juntas, pero aunque dependemos de nuestra mutua compañía no nos hemos hartado las unas de las otras, todo lo contrario, cuando pienso en mis amigas, casi me parece justo que re-grese con ellas; ¿por qué tendría que llegar más lejos que ellas?, precisamente era eso lo que nos mantenía unidas, que las tres teníamos el futuro cerrado de la misma manera y ahora yo he perforado el muro y me he separado de ellas; cierto, no las he olvidado, y mi principal preocupación era cómo podía hacer algo por ellas; mi propio puesto aún era inseguro —lo inseguro que era, no lo sabía—, y, sin embar-go, ya hablé con el posadero sobre Henriette y Emilie. Res-pecto a Henriette el posadero no estuvo del todo inflexible, pero respecto a Emilie, que es mucho mayor que nosotras, tiene la edad aproximada de Frieda, no me dio ninguna es-peranza. Pero imagínate, no quieren salir de allí, saben que es una vida miserable la que llevan, pero ya se han resigna-do, esas pobres almas; creo que las lágrimas que derrama-ron se debieron más a que tenía que abandonar la habita-ción, a que tenía que salir al frío —a nosotras nos parece frío todo lo que está fuera de la habitación— y a que tenía que tratar con grandes personas extrañas en grandes espa-cios y con ninguna otra meta que ganarme la vida, lo que también había logrado en nuestro hogar común. Probable-mente no se asombrarán si ahora regreso, y sólo para tran-sigir un poco conmigo llorarán y lamentarán mi destino. Pero entonces te verán a ti y se darán cuenta de que fue una buena cosa que me fuera. Que ahora tengamos un hombre como ayudante y protector las hará felices y estarán encan-tadas de que todo tenga que permanecer en secreto y que a través de ese secreto estaremos más unidas que antes. ¡Oh, por favor, ven, ven con nosotras! No tendrás ninguna obligación, no quedarás vinculado para siempre a nuestra habitación, como nosotras. Si al llegar la primavera puedes encontrar un alojamiento en cualquier lado y no te gusta es-tar con nosotras, te puedes ir, sólo que tendrás que guardar el secreto y no traicionarnos, pues entonces sería nuestra última hora en la posada de los señores; y aun así, cuando estés con nosotras, tendrás que tener cuidado de no mos-trarte en ningún lado que consideremos peligroso y tendrás que seguir nuestros consejos; eso es lo único que te vincu-lará y a eso te tendrás que atener, como es nuestro caso, en lo demás eres completamente libre; el trabajo que te asig-nemos no será difícil, no temas por ello. Así que ¿vienes?
—¿Cuánto queda hasta que llegue la primavera? —preguntó K. —¿La primavera? —repitió Pepi—. Aquí el in-vierno es largo y monótono. Pero de eso no nos quejamos aquí abajo, contra el invierno estamos aseguradas. Bueno, en su momento llega la primavera y el verano, pero en el re-cuerdo, la primavera y el verano parecen tan breves que ca-si se diría que son poco más de dos días, e incluso en esos días, también en el más bello, cae alguna vez algo de nieve.
En ese momento se abrió la puerta, Pepi se estremeció, sus pensamientos se habían alejado demasiado de la taberna, pero no era Frieda, sino la posadera. Se quedó asombrada al ver que K seguía allí. K se disculpó diciendo que la había estado esperando y, al mismo tiempo, le agradeció que le hubiese permitido pernoctar allí. La posadera no entendió por qué K la estaba esperando. K dijo que había tenido la impresión de que la posadera aún quería hablar con él; pedía disculpas si había sido un error, además, ya se tenía que ir, había abandonado por mucho tiempo la escuela, de la que era bedel, de todo tenía la culpa la citación del día anterior, aún tenía poca experiencia en esas cosas, no volvería a causarle tantas molestias, como el día anterior. Y se inclinó dispuesto a salir. La posadera le miró como si soñase. Debido a esa mirada, K se quedó más tiempo del que quería. Entonces ella sonrió un poco y sólo con el rostro asombrado de K volvió, en cierta manera, en sí misma; era como si hubiese esperado una respuesta a su sonrisa y, al no recibirla, se hubiese despertado.
Ayer tuviste la osadía de decir algo sobre mi vestido.
K no podía acordarse.
—¿No lo recuerdas? A la osadía le sigue la cobardía.
K se disculpó con su cansancio del día anterior, era posible que hubiese dicho algún disparate, en todo caso ya no re-cordaba nada. ¿Qué habría podido decir de los vestidos de la posadera? ¿Que eran tan bellos como no los había visto en su vida? Al menos aún no había visto a ninguna posade-ra que trabajase con esos vestidos.
—Déjate de comentarios —dijo rápidamente la posadera—, no quiero oír más una palabra tuya acerca de mis vestidos, no te incumben en absoluto, te lo prohibo de una vez por to-das.
K se inclinó una vez más y se dirigió hacia la puerta.
—Pero ¿qué significa eso —exclamó la posadera detrás de él— de que jamás has visto a una posadera con esos vesti-dos durante el trabajo? ¿Qué significan esos absurdos co-mentarios? Son completamente absurdos, ¿qué quieres de-cir?
K se dio la vuelta y pidió a la posadera que no se excitase. Naturalmente que el comentario era absurdo. Además, él no entendía nada de vestidos. En su situación cualquier vestido sin manchas le parecía un lujo. Sólo se había quedado asombrado al ver a la señora posadera, abajo, en el corre-dor, con un vestido de noche tan bello entre tantos hombres apenas vestidos, nada más.
—Ah, muy bien —dijo la posadera—, ya pareces comenzar a recordar tu comentario de ayer. Y lo completas con otro absurdo. Es cierto que no entiendes nada de vestidos. Así que deja de juzgar—te lo pido seriamente— cuáles son lujo-sos o cuáles son inadecuados y otras cosas por el estilo —aquí pareció como si tuviese un escalofrío—, no vuelvas a decir nada sobre mis vestidos, ¿lo oyes?
Y cuando K quería darse la vuelta en silencio, ella pregun-tó:
—¿De dónde sabes tú algo de vestidos?
K se encogió de hombros, no sabía nada.
—No sabes nada —dijo la posadera—, entonces no debe-rías pretender que sabes. Ven a la oficina, te mostraré algo, entonces dejarás para siempre tus insolencias.
La posadera salió por la puerta, Pepi se acercó a K de un salto; con el pretexto de cobrar la cuenta de K, llegaron rá-pidamente a un acuerdo; era muy fácil, pues K conocía el patio, cuya puerta conducía a la calle lateral, al lado de la puerta había otra mucho más pequeña, detrás de ella esta-ría Pepi en una hora y la abriría cuando golpease en ella tres veces.
La oficina privada estaba situada frente a la taberna, sólo había que atravesar el pasillo; la posadera ya había entrado en la habitación iluminada y esperaba a K con impaciencia. Hubo una nueva molestia. Gerstäcker había esperado en el pasillo y quiso hablar con K. No era fácil desembarazarse de él, también la posadera ayudó y reprochó a Gerstäcker su impertinencia.
—¿Adónde entonces? ¿Adónde? —aún se pudo oír a Gerstäcker cuando se cerró la puerta y las palabras se mez-claron desagradablemente con sollozos y toses.
Era una habitación pequeña y demasiado caldeada. Un pupitre de pie y una caja fuerte quedaban adosados a las paredes más cortas, en las más largas había un armario y una otomana. Casi todo el espacio era ocupado por el arma-rio, no sólo porque llenaba toda la pared más larga, sino porque también su anchura estrechaba la habitación: se ne-cesitaban dos puertas corredizas para abrirlo del todo. La posadera hizo una señal hacia la otomana, indicando que K se sentara, ella se sentó en una silla giratoria al lado del pu-pitre.
—¿Ni siquiera has aprendido el oficio de sastre? —preguntó la posadera.
—No, nunca—dijo K.
—¿Qué eres en realidad?
—Agrimensor.
—¿Qué es eso?
K se lo explicó. La explicación la hizo bostezar.
—No dices la verdad. ¿Por qué no dices la verdad?
—Tampoco tú la dices.
—¿Yo? Ya comienzas otra vez con tus insolencias. Y si no la dijera, ¿acaso tendría que responder de ello ante ti? Y ¿en qué no digo la verdad?
—No sólo eres posadera, como pretendes.
—¡Hombre! Estás lleno de descubrimientos. Entonces ¿qué soy? Tus insolencias rompen todos los límites.
—No sé lo que eres además, sólo sé que eres una posade-ra y que llevas vestidos que no son propios de una posadera y como, por lo que sé, no los lleva nadie aquí en el pueblo.
—Bueno, ahora llegamos al meollo del asunto, no lo pue-des silenciar, tal vez no seas insolente, sólo eres como un niño que sabe cualquier tontería y que es imposible obligarle a que se la calle. Habla entonces. ¿Qué tienen de especial estos vestidos?
—Te enojarás si lo digo.
—No, me reiré, no es más que cháchara infantil. ¿Cómo son los vestidos?
—Tú eres la que lo quieres saber. Bien, son de un buen material, lujosos, pero están anticuados, sobrecargados, a veces retocados, gastados y no le van ni a tu edad, ni a tu figura, ni a tu posición. Me llamaron la atención la primera vez que te vi, hace una semana, aquí en el pasillo.
—Aquí lo tenemos. Son anticuados, sobrecargados y ¿qué más? ¿De dónde pretendes saber todo eso?
—Simplemente lo veo. Para eso no se necesita ninguna instrucción.
—Eso lo ves tú, así, sin más. No tienes que preguntar en ninguna parte y sabes lo que está de moda. Me vas a ser indispensable, pues tengo una debilidad por los vestidos bonitos. Y ¿qué opinarías si te digo que todo este armario está lleno de vestidos?
Corrió una de las puertas y se pudieron ver los vestidos comprimidos que ocupaban todo el armario, la mayoría eran vestidos oscuros, azules, marrones y negros, todos cuida-dosamente colgados y estirados.
—Éstos son los vestidos para los que no tengo espacio en mi habitación, allí aún tengo dos armarios llenos, dos arma-rios, cada uno tan grande como éste. ¿Te asombras?
—No, había esperado algo similar, ya dije que no sólo eres posadera, aspiras a algo más.
—Sólo aspiro a vestirme bien y tú eres o un loco o un niño o un hombre muy malo y muy peligroso. ¡Vete, vete ya!
K ya estaba en el pasillo y Gerstäcker le volvía a coger del brazo, cuando la posadera gritó:
—¡Mañana recibo un vestido nuevo, quizá te llame!
Gerstäcker, sacudiendo enojado la mano, como si quisiera callar a la posadera desde lejos, exhortó a K a que lo acom-pañase. En principio no quiso dar ninguna explicación. Ape-nas prestó atención a la objeción de K de que tenía que re-gresar a la escuela. Sólo cuando K se resistió a seguir, Gerstäcker le dijo que no debía preocuparse, que en su ca-sa tendría todo lo que necesitaba, podía renunciar al puesto de bedel, pero tenía que ir con él ya, le había estado espe-rando todo el día, su madre ni siquiera sabía dónde estaba. K preguntó, lentamente y cediendo, por qué quería darle alojamiento y comida. Gerstäcker sólo respondió fugazmen-te, necesitaba a K como ayudante con los caballos, él tenía otros negocios, pero ahora no tenía que hacerse arrastrar así y procurarle dificultades innecesarias. Si quería un suel-do, le daría un sueldo. Pero K se mantuvo quieto a pesar de todos los esfuerzos de Gerstäcker. No entendía nada de ca-ballos. Eso tampoco era necesario, dijo Gerstäcker con im-paciencia, y cruzó enojado las manos para intentar conven-cer a K de que avanzase.
—Sé por qué me quieres llevar contigo —dijo finalmente K.
A Gerstäcker le era indiferente lo que K supiera.
—Porque crees que puedo conseguir algo para ti con Erlanger.
—Cierto —dijo Gerstäcker—. ¿Qué otra cosa podía querer yo de ti?
K se rió, se colgó del brazo de Gerstäcker y se dejó guiar a través de la noche.
La sala en la casa de Gerstäcker estaba apenas iluminada por el fuego de la chimenea y por una vela, a cuya luz leía alguien acurrucado en un rincón bajo las torcidas y salientes vigas de cubierta. Era la madre de Gerstäcker. Ofreció a K una mano temblorosa y le indicó que se sentara junto a ella; hablaba con esfuerzo, apenas se la podía entender, pero lo que decía…

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