XXII

Entonces K vio, al mirara su alrededor, en la lejanía, en una de las esquinas del corredor, a Frieda; ella hizo como si no le reconociera, se limitaba a mirarle fijamente, en la ma-no llevaba una taza y varios platos vacíos. K le dijo al sir-viente, quien, sin embargo no le prestó ninguna atención —cuanto más se hablaba con el sirviente, más ausente se mostraba—, que volvería en seguida, y corrió hacia Frieda. Al llegar a donde estaba la cogió por los hombros, como si recuperase su posesión, le hizo algunas preguntas insignifi-cantes y miró sus ojos con actitud examinadora. Pero su as-pecto tenso no cambió, intentó algo confusa colocar algunos platos sobre una taza y dijo:
—¿Qué quieres de mí? Vete con ellas…, bueno, ya sabes cómo se llaman, precisamente vienes de su casa, puedo verlo en tu mirada.
K cambió rápidamente de tema, la entrevista no tenía que producirse de manera tan repentina y comenzando por lo peor, por lo más desventajoso para él.
—Pensaba que estarías en la taberna—dijo.
Frieda le miró asombrada y pasó suavemente la mano que le quedaba libre por su frente y su mejilla. Era como si hubiese olvidado su aspecto y quisiese volver a tomar con-ciencia de él, también sus ojos tenían la expresión velada de un recuerdo ganado con esfuerzo.
—He sido readmitida en la taberna —dijo lentamente, como si careciese de importancia lo que pudiese decir, pero condujese a una conversación con K y eso fuese lo más importante—. Este trabajo no es para mí, lo puede hacer cualquiera; cualquiera que sepa poner una cara amable o hacer la cama y que no tema las molestias causadas por los huéspedes, sino que ella misma dé pie a ellas, puede ser una criada. Pero en la taberna, eso es muy distinto. Acabo de ser readmitida en la taberna, aunque la abandoné de una forma no muy honrosa; tengo que reconocer, sin embargo, que he tenido protección. Pero el posadero está contento de que tenga protección y así le fuese posible readmitirme. Incluso sucedió que tuvo que animarme para que aceptara el puesto; si piensas en los recuerdos que me trae la taberna, lo comprenderás. Finalmente, he aceptado el puesto. Aquí sólo estoy como ayudante, Pepi ha pedido que no la avergüencen teniendo que abandonar en seguida la taberna; por esa razón, y porque ha trabajado con diligencia y ha cumplido con su deber en los límites de su capacidad, le hemos concedido un plazo de veinticuatro horas.
—Todo eso está muy bien dispuesto —dijo K—, ahora bien, tú abandonaste una vez la taberna por mi causa, ¿y ahora que estamos a punto de casarnos regresas a ella?
—No habrá ninguna boda —dijo Frieda.
—¿Porque te he sido infiel? —preguntó K.
Frieda asintió en silencio.
—Mira, Frieda —dijo K—, sobre esa supuesta infidelidad ya hemos hablado con frecuencia y siempre has tenido que reconocer finalmente que se trataba de una sospecha injusta. Desde entonces no ha cambia do nada por mi parte, todo es tan inocente como era y como no puede ser de otra manera. Así que algo ha tenido que cambiar de tu parte, ya sea por insinuaciones ajenas o por otros motivos. En todo caso, conmigo cometes una injusticia, pues, ¿qué ocurre con esas dos muchachas? Una de ellas, la morena —me avergüenzo por tener que defenderme, pero tú así lo quieres—, la morena no me resulta menos desagradable que a ti, si puedo alejarme de ella, lo haré, y ella lo facilitará, pues no se puede ser más reservada de lo que ella es.
—¡Así es! —exclamó Frieda, sus palabras parecían brotar contra su voluntad. K se alegró de verla tan desorientada, era diferente a como quería ser.
—Precisamente te gusta por su aspecto reservado, a la más desvergonzada de todas la llamas reservada y tú lo crees sinceramente; por muy inverosímil que parezca, no di-simulas, ya lo sé. La posadera de la posada del puente dice de ti: «No le puedo soportar, pero tampoco lé puedo aban-donar, una no puede dominarse ante la mirada de un niño pequeño, que aún no puede andar bien y se atreve a alejar-se, hay que intervenir».
Acepta por esta vez su consejo —dijo K sonriendo—, pero a esa muchacha, ya sea reservada o una desvergonzada, la podemos dejar a un lado, no quiero saber nada de ella.
—Pero, ¿por qué la llamas «reservada»? —preguntó Frieda inflexible.
K tomó ese interés por una señal favorable.
¿Acaso lo has experimentado o quieres rebajar a otras? —dijo ella.
—Ni lo uno ni lo otro —dijo K—, la llamo así por agradeci-miento, porque me facilita hacer caso omiso de ella y por-que, aun cuando ella me hablase con más frecuencia, no lo-graría que regresase, lo que sería una gran pérdida para mí, pues tengo que ir a causa de nuestro futuro común, como ya sabes. Y por esta razón también tengo que hablar con la otra joven, a quien aprecio por su aptitud, prudencia y desin-terés, pero de quien nadie puede afirmar que sea seductora.
—Los criados son de otra opinión —dijo Frieda.
—Tanto en ese como en otros muchos aspectos —dijo K—. ¿De los caprichos de los criados quieres deducir mi infidelidad?
Frieda se calló y toleró que K tomase la taza de su mano, la pusiera en el suelo, la cogiese del brazo y comenzasen a caminar de un lado a otro en el reducido espacio.
—No sabes lo que es la fidelidad —dijo ella, resistiéndose un poco a su proximidad—, el modo en que te comportas con esas muchachas no es lo más importante; el hecho de que vayas a la casa de esa familia, el olor de la habitación en tu ropa ya suponen una vergüenza insoportable para mí. Y, por añadidura, te vas de la escuela sin decirme nada, y te quedas con ellas parte de la noche, y cuando alguien pre-gunta por ti, dejas que ellas nieguen que estás allí, que lo nieguen apasionadamente, sobre todo la reservada, que no tiene rival. Luego sales furtivamente de la casa por un cami-no secreto, quizá para proteger el honor de esas mucha-chas, ¡el honor de esas muchachas! ¡No, no hablemos más del asunto!
—De éste no —dijo K—, pero sí de otro muy diferente, Frieda. De éste ya no hay nada más que decir. Tú conoces el motivo de por qué debo ir. No me resulta fácil, pero tengo que superarlo. No deberías ponérmelo más difícil de lo que es. Hoy había pensado ir un instante y preguntar si Barnabás, quien tenía que haberme traído un mensaje importante desde hacía tiempo, por fin había llegado. No había llegado aún, pero tenía que venir muy pronto, como se me aseguró y también era creíble. No quería que viniese a la escuela para que no te molestase con su presencia. Pero las horas pasaron y, por desgracia, no vino. Sin embargo, vino otro a quien odio. No tenía ganas de dejarme espiar, así que salí por el jardín vecino, pero tampoco quería esconderme de él, sino que salí libremente a la calle y me dirigí hacia él, con una flexible vara de mimbre, como tengo que confesar. Eso es todo, sobre ello ya no hay nada más que decir, pero sí sobre otra cosa muy diferente. ¿Qué ocurre con los ayudantes, cuya mención me resulta tan repugnante como a ti la de esa familia? Compara tu relación con ellos y mi comportamiento con esa familia. Comprendo tu aversión contra esa familia y puedo compartirla. Sólo voy a su casa por mi asunto, a veces casi me parece que cometo una injusticia con ellos, que los utilizo. Lo contrario ocurre contigo y con los ayudantes. No has negado que te persiguen y has reconocido que sientes cierta atracción por ellos. No me enojé contigo por ese motivo, he comprendido que ahí había fuerzas en juego que te superan, estaba feliz de que al menos te defendieras y sólo porque te he dejado unas horas, confiando en tu fidelidad, y también con la esperanza de que la casa estaba irremisiblemente cerrada y los ayudantes se habían dado definitivamente a la fuga —me temo que los sigo subestimando—, sólo porque te dejé unas horas y ese jeremías —por cierto, un tipo envejecido y enfermizo— ha osado asomarse a la ventana, sólo por eso tengo que perderte, Frieda, y oír como saludo: «No habrá ninguna boda». A mí sería a quien le correspondería hacerte reproches y, sin embargo, no los hago, sigo sin hacerlos.
Y una vez más a K le pareció conveniente desviar un poco a Frieda del tema y le pidió que trajera algo de comer, pues no había comido nada desde el mediodía. Frieda, al parecer también aligerada por la petición, asintió y se fue a buscar algo, no por el corredor donde K suponía la cocina, sino por otro lateral, bajando dos escalones. Al poco rato regresó con un surtido de fiambres y una botella de vino, pero eran los restos de una comida, lo que había quedado había sido or-denado fugazmente para que no se notara, incluso queda-ban trozos de piel y la botella no estaba llena. Pero K no dijo nada y se puso a comer con apetito.
¿Has estado en la cocina? —preguntó.
—No, en mi habitación —dijo ella—. Aquí abajo tengo una habitación.
—Tendrías que haberme llevado contigo —dijo K—, bajaré y me sentaré un poco para comer.
—Te traeré una silla —dijo Frieda, y ya se había puesto en camino.
—Gracias —dijo K impidiendo que se fuese—. Ni voy a ba-jar ni necesito una silla.
Frieda soportó la situación con insolencia, inclinó la cabeza y se mordió los labios.
—Pues sí, está abajo —dijo—. ¿Esperabas otra cosa? Está en mi cama, se ha constipado, tiembla de frío y apenas ha comido. En el fondo todo es culpa tuya, si no hubieses espantado a los ayudantes y no hubieras ido detrás de esa gente, ahora mismo podríamos estar sentados pacíficamente en la escuela. Pero has destrozado nuestra felicidad. ¿Acaso crees que Jeremías, mientras estaba de servicio, se habría atrevido a secuestrarme? En ese caso desconoces el orden que rige aquí. Quería venir conmigo, se ha atormentado, me ha espiado, pero sólo era un juego, del mismo modo en que juega un perro hambriento y no se atreve a saltar a la mesa. A mí me ocurrió lo mismo. Me sentí atraída por él, es mi camarada de juegos de la infancia—jugábamos juntos en la ladera de la montaña del castillo, fueron tiempos felices, tú nunca me has preguntado por mi pasado—, pero nada era importante mientras jeremías estuviese impedido por el servicio, pues él conocía mi deber como tu futura esposa. Pero entonces expulsaste a los ayudantes y, por añadidura, te precias de ello, como si hubieses hecho algo por mí, sólo en cierto sentido es verdad. En el caso de Artur tuviste éxito, aunque sólo provisionalmente, él es delicado, no tiene la pasión de Jeremías, que no teme ninguna dificultad, también es verdad que casi le has destrozado con tu puñetazo nocturno, aquel puñetazo que también diste contra nuestra felicidad; ha huido al castillo para quejarse y aunque regresará pronto, ahora ya no está aquí. Jeremías, sin embargo, se quedó. Cuando está de servicio teme hasta un guiño del señor, pero cuando no lo está, no teme a nada ni a nadie. Vino y me tomó; abandonada por ti y dominada por mi viejo amigo, no pude ofrecer resistencia. No había cerrado la puerta de la escuela, aun así rompió el cristal de la ventana y me sacó. Huimos hasta aquí, el posadero le respeta; además, nada le puede resultar más agradable a los huéspedes que tener semejante camarero, así que fuimos aceptados, él no vive en mi habitación, sino que tenemos una habitación común.
—A pesar de todo eso que me cuentas —dijo K— no la-mento haber expulsado a los ayudantes de su trabajo. Si la relación era como tú la describes, esto es, tu fidelidad sólo se hallaba condicionada por el vínculo laboral de los ayu-dantes, entonces está bien que todo haya finalizado. La feli-cidad del matrimonio en medio de dos depredadores que só-lo se humillan bajo el látigo no hubiese sido mucha. Enton-ces le quedo agradecido a esa familia que ha contribuido su parte en separarnos.
Se callaron y comenzaron a caminar otra vez uno al lado del otro sin que fuese posible distinguir quién había dado el primer paso. Frieda, cercana a K, parecía enojada porque él no la volvió a tomar del brazo.
—Y así todo estaría arreglado —continuó K—, y podríamos despedirnos, tú podrías irte con tu señor Jeremías, que probablemente aún siente el frío del jardín de la escuela y a quien tú, en consideración a ello, ya le has abandonado demasiado tiempo, y yo podré regresar a la escuela o, como allí sin ti no tengo nada que hacer, a cualquier otro sitio donde me acojan. Si, no obstante, aún vacilo, es por un buen motivo: aún dudo un poco de lo que me has contado. De Jeremías tengo la impresión contraria. Mientras estaba de servicio, estaba detrás de ti y no creo que el servicio le hubiese impedido por mucho tiempo asaltarte. Ahora, en cambio, desde que considera que ha sido liberado del servicio, es diferente. Disculpa si me lo aclaro de esta manera: desde que tú has dejado de ser la novia de su señor, ya no eres para él tan seductora como antes. Puedes ser su amiga de los años de infancia, pero él —realmente sólo le conozco por una conversación que he mantenido con él esta noche— no creo que dé mucha importancia a esos sentimientos. No sé por qué te parece un carácter apasionado. Su forma de pensar me parece más bien fría. Ha recibido, en relación conmigo, un encargo de Galater, que tal vez no me sea favorable; él se esfuerza en ejecutarlo, con cierta pasión servicial, como debo reconocer —aquí no es demasiado rara—, y en su misión queda incluida la ruptura de nuestra relación; él quizá lo ha intentado de formas diferentes, una de ellas fue que intentó atraerte con sus lascivas ignominias, otra, y aquí le ha ayudado la posadera, al fabular acerca de mi infidelidad; su ataque ha tenido éxito, cualquier recuerdo de Klamm puede haber ayudado, pero ha perdido el puesto, aunque quizá precisamente en el momento en que ya no lo necesitaba, ahora recolecta los frutos de su trabajo y te saca por la ventana de la escuela, con eso su trabajo ha terminado y, abandonado por el celo servicial, aparece cansado, hubiese preferido estar en el lugar de Artur, que desde luego no se queja, sino que se dedica a alabarse y a conseguir nuevos encargos, pero alguien tiene que quedarse atrás para observar el desarrollo de los acontecimientos. Para él sustentarte es un deber desagradable y pesado. En él no hay ni una huella de amor hacia ti, me lo ha confesado con toda sinceridad, como amante de Klamm, naturalmente, le resultas respetable e instalarse en tu habitación y sentirse como un pequeño Klamm, le viene de perlas, pero eso es todo, tú, ahora, no significas nada para él, haberte conseguido aquí un alojamiento no es más que una medida complementaria de su encargo principal; él también ha permanecido para que no te inquietes, pero sólo provisionalmente, mientras no reciba nuevas del castillo y su constipado no se haya curado del todo.
—¡Cómo le calumnias! —dijo Frieda golpeando sus pe-queños puños uno contra el otro.
¿Calumniar? —dijo K—. No, no le quiero calumniar. Tal vez cometa con él una injusticia, eso es posible. Lo que he dicho de él no se basa en rasgos superficiales, se puede in-terpretar de otra manera. Pero ¿calumniar? Calumniar sólo podría tener un objetivo: luchar contra el amor que sientes por él. Si fuese necesario y la calumnia fuese un medio ade-cuado, no dudaría en calumniarle. Nadie podría condenarme por eso, está en tal ventaja respecto a mí por su mandante, que yo, dependiendo sólo de mí, podría calumniar un poco. Sería un medio de defensa proporcionalmente inocente y, al fin y al cabo, impotente. Así que deja tranquilos los puños.
Y K tomó la mano de Frieda en la suya; ella quiso impedir-lo, pero sonriendo y sin aplicar mucha fuerza.
—Pero no tengo que calumniar—dijo K—, pues tú no le amas, sólo le crees y me quedarás agradecida si te libero de esa ilusión. Si alguien quisiera apartarte de mí, sin violencia, pero con una cuidadosa estrategia, entonces lo tendría que hacer por mediación de los dos ayudantes. Jóvenes aparentemente buenos, cándidos, alegres, irresponsables, procedentes del castillo, a lo que se añade un poco de recuerdos infantiles, todo eso es muy agradable, sobre todo porque yo soy todo lo contrario, siempre detrás de asuntos que no te resultan del todo comprensibles, que te son enojosos, que me llevan a frecuentar gente que te parece odiosa y algo de eso lo proyectas en mi persona, a pesar de mi inocencia. Todo esto no es más que la explotación perversa y, sin embargo, muy astuta de los defectos en nuestra relación. Toda relación tiene defectos, incluso la nuestra. A fin de cuentas, los dos procedemos de mundos distintos y, desde que nos conocemos, la vida de cada uno de nosotros ha tomado un camino completamente insólito, aún nos sentimos inseguros, todo es demasiado nuevo. No hablo de mí, eso no es tan importante, en el fondo yo me he considerado agasajado desde el principio, desde la primera vez que pusiste tus ojos en mí: acostumbrarse a ser agasajado no es difícil. Tú, sin embargo, sin considerar lo restante, fuiste arrancada de las manos de Klamm, no puedo valorar lo que eso significa, pero paulatinamente me he ido haciendo una idea, uno vacila, no puede orientarse, y aunque hubiese estado dispuesto a acogerte otra vez, no me hallaba presente y cuando lo estaba te retenían tus ensueños o algo más vivo, como la posadera, en suma, hubo momentos en que, pobre niña, apartaste la mirada de mí, en que la dirigiste hacia algo indefinido y en esos periodos intermedios se te tenían que presentar en la misma dirección de tu mirada las personas adecuadas y ellas te perdieron, sucumbiste a la ilusión de que, lo que eran instantes, fantasmas, viejos recuerdos, en el fondo vida pasada y ya transcurrida, eso creíste que aún era tu vida real del presente. Un error, Frieda, nada más que la última dificultad y, bien visto, la más despreciable, que impide nuestra unión final. Vuelve en ti, serénate; si también pensaste que los ayudantes habían sido enviados por Klamm —no es cierto, vienen de Galater— y si también pudieron hechizarte con ayuda de ese truco hasta tal punto que creíste encontrar en su suciedad y lascivia huellas de Klamm, como alguien cree ver una piedra preciosa perdida hace tiempo en un montón de estiércol, mientras que en realidad no podría encontrarla aun si estuviera allí, en realidad no se trata más que de jóvenes del tipo de los sirvientes del establo, sólo que no tienen su salud, les pone enfermos un poco de aire fresco y acaban en la cama, la cual, si bien es cierto, saben buscar con sagacidad servil.
Frieda había apoyado su cabeza en el hombro de K, con los brazos entrelazados siguieron caminando en silencio de un lado a otro.
—Si hubiéramos emigrado en seguida —dijo Frieda lenta-mente, calmada, casi sintiéndose cómoda, como si supiera que sólo le estaba permitido un corto plazo de tranquilidad en el hombro de K y quisiese disfrutarlo hasta el último ins-tante—, si hubiéramos emigrado aquella misma noche, aho-ra podríamos estar seguros en cualquier lado, siempre jun-tos, con tu mano siempre lo suficientemente cerca para to-carla; cómo necesito tu proximidad, cómo me siento aban-donada sin tu presencia desde que te conozco; tu presencia, créeme, es el único objeto de mis sueños, ningún otro.
Alguien gritó en el corredor lateral: era jeremías, estaba fuera, en el escalón inferior, vestido sólo con una camisa, pero se había envuelto con un chal de Frieda. Como allí es-taba, con el pelo desgreñado, la barba rala, deslucida, los ojos cansados, suplicantes y expresando reproche, con las mejillas coloradas pero caídas, con las piernas desnudas temblando de frío, de tal forma que los largos flecos del chal temblaban con ellas, parecía un enfermo escapado del hos-pital, frente a quien no se podía pensar en otra cosa que en llevarlo de nuevo a la cama. Así lo entendió también Frieda, se soltó de K y en un instante ya estuvo abajo con él. Su cercanía, el modo cuidadoso con que le envolvió mejor en el chal, la prisa con que quería llevarle a la habitación, pareció fortalecerle algo, era como si en ese momento reconociese a K.
—¡Ah, el agrimensor! —dijo él, acariciando la mejilla de Frieda para pagarle su atención, pero ella no quería permitir ninguna conversación—. Perdone la molestia. No me siento bien, eso disculpa. Creo que tengo fiebre, tengo que tomar té y sudar. La condenada verja del jardín, de eso me tendré que arrepentir, y luego vagando de noche. Uno sacrifica su salud, sin notarlo, por cosas que no merecen la pena. Pero usted, señor agrimensor, no se deje estorbar por mí, venga con nosotros a nuestra habitación, haga una visita de enfermo y dígale a Frieda lo que le falte por decir. Cuando dos que están acostumbrados a estar juntos se separan, tienen, naturalmente, tanto que contarse en el último momento que un tercero es imposible que pueda comprenderlo, incluso cuando yace en la cama y espera el té que le han prometido. Pero entre, yo me mantendré en silencio.
—Basta, basta —dijo Frieda, y tiró violentamente de su brazo—. Tiene fiebre y no sabe lo que dice. K, no vengas, te lo pido. Es nuestra habitación, de jeremías y mía, te prohibo que entres. Me persigues, ay, K, ¿por qué me persigues? Jamás, jamás regresaré contigo, me dan escalofríos cuando pienso en esa posibilidad. Ve con tus mujercitas, se sientan junto a la calefacción con sólo la camisa, a tu lado, como me han contado, y cuando alguien viene a buscarte, le echan de allí. Allí estarás como en casa, si tanto te atrae. Siempre he intentado apartarte de allí, con poco éxito, pero al menos lo he intentado, pero ya es demasiado tarde, eres libre, ante ti se abre una vida feliz, a causa de la primera quizá tengas que luchar un poco con los sirvientes, pero en lo que res-pecta a la segunda, no hay nadie en el cielo ni en la tierra que pueda disputártela. La unión ha sido bendecida de an-temano. No digas nada en contra, lo puedes refutar todo, pero al final no has refutado nada. Date cuenta, Jeremías, ¡lo ha refutado todo!
Se entendieron con gestos de la cabeza y sonrisas.
—Pero —continuó Frieda—, aceptando que lo hubieses re-futado todo, ¿qué habrías logrado que me importase a mí? Lo que allí suceda es asunto vuestro, tuyo y de ellas, no mío. Lo mío es cuidar de jeremías hasta que vuelva a estar sano como estaba antes, antes de que K le atormentase por mi culpa.
—Entonces ¿no quiere venir, señor agrimensor? —preguntó Jeremías, pero fue apartado finalmente por Frieda, quien ni siquiera se volvió más hacia K. Abajo se veía una puerta pequeña, aún más pequeña que la del corredor: no sólo Jeremías, también Frieda tenía que inclinarse para en-trar, en el interior parecía haber claridad y una temperatura agradable, aún se escucharon algunos susurros, probable-mente palabras cariñosas para que Jeremías se acostara, luego cerraron la puerta.

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