XXI

Así que había ocurrido lo que era de prever y no se había podido impedir. Frieda le había abandonado. No tenía por qué ser algo definitivo, tampoco era tan malo, podía volver a conquistarla, se dejaba influir fácilmente por extraños, ante todo por esos ayudantes que consideraban el puesto de Frieda comparable con el suyo y, como habían abandonado el servicio, también habían inducido a Frieda a hacerlo, pero K sólo tenía que aparecer ante ella, recordarle todo lo que hablaba en su favor y sería suya una vez más y llena de arrepentimiento, sobre todo si fuese capaz de justificar la vi-sita a las muchachas con un éxito obtenido gracias a ellas. Sin embargo, y pese a esas reflexiones con las que intenta-ba tranquilizarse respecto a Frieda, no lograba calmarse. Hacía poco se había preciado de Frieda ante Olga y la ha-bía llamado su único apoyo, bueno, ese apoyo no había sido de lo más sólido, ni siquiera había sido necesario el ataque de un poderoso para robárselo a K, bastó ese desagradable ayudante, ese trozo de carne que a veces daba la impresión de ni siquiera estar vivo.
Jeremías ya había comenzado a alejarse, K le llamó:
—Jeremías —dijo—, quiero ser sincero contigo: respóndeme honradamente una pregunta. Entre nosotros ya no existe una relación entre señor y sirviente, por lo que no sólo te alegras tú, sino también yo, así que no tenemos ninguna razón para engañarnos. Aquí, ante tus ojos, rompo la vara que reservaba para ti, pues no he escogido el camino del jardín por miedo, sino para sorprenderte y dejar caer la vara más de una vez sobre tus espaldas. Bien, no me lo tomes a mal, todo eso es historia, si no fueras un sirviente que se me ha impuesto oficialmente, sino sólo un conocido, nos hubiésemos entendido muy bien, aunque algunas veces tu aspecto me moleste un poco. Y ahora podríamos recobrar el tiempo perdido.
—¿Así lo crees? —dijo el ayudante, y se frotó los cansa-dos ojos mientras bostezaba—. Podría explicarte todo el asunto de una forma más detallada, pero no tengo tiempo, tengo que ir a ver a Frieda, la niña me espera, aún no se ha puesto a trabajar, el posadero, convencido por mis palabras —ella quería concentrarse en seguida en el trabajo, proba-blemente para olvidar— le ha dado un periodo para que se recupere y al menos ese tiempo queremos pasarlo juntos. En lo que respecta a tu proposición, ciertamente no tengo ningún motivo para mentirte, pero tampoco para confiarte algo. Mi caso es diferente al tuyo. Mientras estaba en rela-ción de servicio contigo, para mí eras, naturalmente, una persona muy importante, no por tus atributos, sino a causa del encargo oficial, y lo habría hecho todo por ti, lo que hubieses querido, pero ahora me resultas indiferente. Tam-poco el que rompas la vara me afecta algo, sólo me recuer-da al señor tan brutal que he tenido y que no ha sabido ga-narse mi favor.
—Hablas conmigo —dijo K— con la seguridad de que ya no vas a tener ningún motivo para temerme. Pero en reali-dad no es así. Es probable que aún no te hayas liberado por completo de mí, aquí no se resuelven estos asuntos con tanta celeridad.
—A veces aún más rápido —objetó jeremías.
—A veces —dijo K—, nada indica que eso haya ocurrido esta vez, al menos ni tú ni yo disponemos por ahora de una cancelación por escrito. El procedimiento se ha puesto en marcha y yo aún no he intervenido con mis conexiones, aunque lo haré. Si la solución fuese desfavorable para ti, aún no habrás hecho lo suficiente para ganarte el favor de tu señor, quizá me haya precipitado al romper la vara. Y a Frieda, es cierto, te la has llevado para ti, de lo que puedes presumir todo lo que quieras, pero con todo el respeto por tu persona, y aunque tú no tengas ninguno conmigo, unas palabras mías a Frieda bastarían para destruir las mentiras con que la has embaucado. Y sólo mentiras podrían apartar a Frieda de mí.
—Tus amenazas no me asustan —dijo Jeremías—. Tú no quieres tenerme como ayudante, todo lo contrario, me te-mes como ayudante, temes a los ayudantes en sí mismos, sólo por miedo golpeaste al bueno de Artur.
—Tal vez —dijo K—, ¿le ha hecho por ello menos daño? Es posible que te muestre con más frecuencia mi miedo de esa misma manera. Ya veo que ä ti eso de ayudar no te procura muchas alegrías, así que obligarte a cumplir con tu deber me divertirá mucho más, prescindiendo de todo el miedo. Y además ahora me las arreglaré para sólo tomarte a ti a mi servicio, sin Artur, así podré prestarte más atención.
¿Acaso crees dijo jeremías— que tengo miedo de todo eso?
—Pues sí, sí lo creo —dijo K—. Un poco de miedo sí que tienes y si eres listo, mucho miedo. ¿Por qué no te has ido ya con Frieda? Di, ¿la amas?
¿Que si la amo? Es una chica buena y lista, una antigua amante de Klamm, así que respetable en todo caso. Y si ella me pide continuamente que la libere de ti, ¿por qué no de-bería hacerle ese favor, especialmente cuando al hacerlo no te causo ningún daño a ti, pues te consuelas con las maldi-tas mujeres de los Barnabás?
—Ahora veo tu miedo —dijo K—, un miedo lamentable, intentas atraparme con tus mentiras. Frieda sólo ha pedido una cosa, que la liberen de los perrunos y lascivos ayudantes que se han tornado incontrolables, por desgracia no he tenido tiempo para cumplir completamente sus deseos y ahora ya están aquí las secuelas de mi negligencia.
—¡Señor agrimensor! ¡Señor agrimensor! —gritó alguien en la calle. Era Barnabás. Venía jadeante, pero no olvidó in-clinarse ante K.
—Lo he conseguido —dijo.
¿Qué has conseguido? —preguntó K—. ¿Has llevado mi petición a Klamm?
—Eso no pude hacerlo —dijo Barnabás—, me he esforza-do mucho, pero fue imposible; me abrí camino, permanecí allí todo el día sin que nadie me requiriese, tan cerca del pupitre que incluso un escribiente a quien le quitaba la luz me empujó hacia un lado; me anuncié, lo que está prohibi-do, con la mano levantada cuando Klamm miró hacia arriba, fui el que más tiempo permaneció en la oficina, me quedé allí solo con el sirviente cuando tuve una vez más la oportu-nidad de ver a Klamm, pero no vino por mi causa, sólo que-ría comprobar rápidamente algo en un libro y se fue al ins-tante, finalmente el sirviente me expulsó, casi con la escoba, pues aún no tenía la intención de moverme de allí. Te con-fieso todo esto para que no te muestres insatisfecho de mi rendimiento.
¿De qué me sirve toda tu diligencia, Barnabás —dijo K—, si no conduce a ningún éxito?
—Pero tuve éxito —dijo Barnabás—. Cuando salí de mi oficina—yo la llamo mi oficina—, vi cómo venía lentamente un señor por el largo pasillo, todo lo demás ya estaba vacío, era muy tarde, decidí esperarle, era una buena oportunidad para permanecer allí, en realidad hubiese preferido permanecer allí para no tener que traerte la mala noticia. Pero mereció la pena esperar a ese señor, era Erlanger . ¿No le conoces? Es uno de los primeros secretarios de Klamm, un hombre pequeño y débil que cojea un poco. Me reconoció en seguida, es famoso por su memoria y su conocimiento de la naturaleza humana, se limita a contraer las cejas y eso le basta para reconocer a alguien, con frecuencia a personas que ni siquiera ha visto, de las que sólo ha oído o leído, a mí, por ejemplo, no creo que me hubiese visto nunca. Pero a pesar de que reconoce a cualquier persona, siempre pregunta como si estuviera inseguro. «¿No eres Barnabás?», me dijo. Y luego preguntó: «Tú conoces al agrimensor, ¿verdad?» Y, a continuación, dijo: «Es una feliz coincidencia. Ahora mismo me voy a la posada de los señores. El agrimensor me tiene que visitar allí. Vivo en la habitación N.° 15. Pero tendría que venir ahora, en seguida, allí tengo unas entrevistas y regresaré a las cinco de la mañana. Dile que es importante que hable con él».
De repente Jeremías salió corriendo. Barnabás, que por su agitación apenas le había prestado atención, preguntó:
¿Qué quiere Jeremías?
—Anticiparse a mí para ver a Erlanger —dijo K, que salió corriendo detrás de Jeremías, le alcanzó y le sostuvo por el brazo, diciendo:
¿Es el anhelo de ver a Frieda lo que ha causado esa des-pedida tan repentina? Yo no lo siento menos, así que iremos al mismo paso.
Ante la oscura posada de los señores se encontraba un pequeño grupo de hombres, dos o tres tenían linternas de mano, de tal forma que se podían reconocer algunos ros-tros. K sólo encontró a un conocido, a Gerstäcker, el coche-ro. Gerstäcker le saludó con la pregunta:
—¿Aún estás en el pueblo?
—Sí —dijo K—, he venido para quedarme.
—A mí me da igual —dijo Gerstäcker, tosió con fuerza y se volvió hacia los demás.
Resultó que todos esperaban a Erlanger. Este último ya había llegado, pero aún se entrevistaba con Momus antes de recibir a las partes. La conversación general se centraba en que no se podía esperar en la casa, sino fuera, de pie en la nieve. Aunque no hacía mucho frío, era desconsiderado dejar a aquellas personas quizá durante horas ante el edificio. Cierto, no era culpa de Erlanger, que más bien era muy transigente, apenas sabía nada de ello y con toda seguridad se habría enojado mucho si se lo hubiesen comunicado. Era culpa de la posadera, que en su enfermiza aspiración por la exquisitez, no soportaba que entrasen muchas personas al mismo tiempo en la posada de los señores. «Ya que es inevitable y tienen que venir», solía decir, «entonces, por amor de Dios, uno detrás de otro». Y finalmente había logrado que las personas que primero esperaban en el recibidor, más tarde en la escalera, luego en el pasillo y, por último, en la taberna, fueran expulsados a la calle. Y ni siquiera eso le bastó. Le parecía insufrible quedar «sitiada» en su propia casa, como ella se expresaba. Le resultaba incomprensible por qué había ese trajín de personas. «Para ensuciar la escalera», le contestó una vez un funcionario a su pregunta, quizá enojado, pero para ella fue una respuesta muy esclarecedora y solía citar esas palabras . Aspiraba, y en esto también se acomodaba a los gustos de los interesados, a que se construyera un edificio frente a la posada de los señores en el que pudieran esperar. Pero lo que más deseaba era que las entrevistas con las partes, así como los interrogatorios, se celebrasen fuera de la posada, pero a eso se oponían los funcionarios y cuando los funcionarios se oponían seriamente, la posadera no podía imponerse, por más que en las cuestiones accesorias, y debido a su celo incansable y femenino, ejerciese una especie de pequeña tiranía. Pero la posadera tendría que seguir tolerando previsiblemente las entrevistas y los interrogatorios en la posada, pues los señores del castillo, cuando estaban en el pueblo, se negaban a abandonar la posada para asuntos oficiales. Siempre tenían prisa, sólo estaban en el pueblo contra su voluntad, alargaban su estancia allí sólo para lo absolutamente necesario, no tenían nada de ganas y, por eso, no se podía exigir de ellos que, en consideración a la paz doméstica en la posada, se trasladasen temporalmente con todos sus escritos a cualquier otro edificio y así perder el tiempo. Los funcionarios preferían resolver los asuntos oficiales en la taberna o en su habitación, a ser posible durante la comida o desde la cama, antes de dormirse o por la mañana, cuando estaban demasiado cansados para levantarse y querían estirarse un poco en la cama. En cambio, la cuestión de la construcción de una sala de espera en otro edificio les parecía una solución ventajosa, aunque, ciertamente, se trataba de un castigo considerable para la posadera —se reían un poco sobre ello—, pues precisamente el asunto de la construcción de una sala de espera haría necesarias numerosas entrevistas y los pasillos de la casa no podrían quedar vacíos.
Sobre todas estas cosas se conversaba a media voz entre los que esperaban. A K le llamó la atención que, aunque la insatisfacción era grande, nadie reprochaba a Erlanger que convocase a los interesados en plena noche. Preguntó al respecto y recibió la información de que por esa medida habría que estarle más bien agradecido. A fin de cuentas, era exclusivamente su buena voluntad y la gran estima que tenía de su cargo lo que le impulsaba a venir al pueblo, él, si quisiera —y tal vez correspondiese mejor a los reglamentos—, podría enviar a un secretario subalterno y dejar que él rellenase las actas. Pero se niega la mayoría de las veces a hacer esto, quiere verlo y oírlo todo, pero para eso tiene que sacrificar sus noches, pues en su horario de trabajo no hay previsto ningún tiempo para viajes al pueblo. K objetó que Mamm venía al pueblo por el día y que incluso permanecía allí varios días, ¿acaso era Erlanger, que sólo tenía el cargo de secretario, más indispensable arriba? Algunos rieron bondadosamente, otros callaron confusos, estos últimos formaban la mayoría y apenas le contestaron algo a K. Sólo uno dijo algo vacilante que, naturalmente, Klamm era indispensable, tanto en el castillo como en el pueblo.
En ese momento se abrió la puerta de la posada y apare-ció Momus entre dos sirvientes con dos lámparas.
—Los primeros a los que dará audiencia el señor secreta-rio Erlanger —dijo— son Gerstäcker y K. ¿Están presentes?
Ellos se anunciaron, pero antes que ellos jeremías se des-lizó en el interior con las palabras:
—Soy camarero aquí.
Y fue saludado por un Momus sonriente con una palmada en el hombro.
«Tendré que prestar más atención a Jeremías» —se dijo K, aunque era consciente de que jeremías probablemente era menos peligroso que Artur, quien trabajaba contra él en el castillo. Tal vez fuese más astuto dejarse atormentar por los ayudantes que dejarlos vagar sin control para que pudie-sen intrigar libremente, para lo que, por cierto, parecían te-ner un talento especial.
Cuando K pasó al lado de Momus, éste hizo como si reco-nociese en él en ese momento al agrimensor.
—¡Ah, el señor agrimensor! —dijo—. El que no le gusta que le interroguen, se apresura ahora para llegar al interrogatorio. Conmigo hubiese sido entonces mucho más fácil, aunque, ciertamente, es difícil escoger los interrogatorios adecuados.
Cuando K quiso detenerse para contestar a esa alusión, Momus
dijo:
—¡Vaya! ¡Vaya! Aquella vez habría necesitado sus res-puestas, ahora no.
Sin embargo, K contestó, irritado por la conducta de Mo-mus.
—Sólo pensáis en vosotros. No responderé por el mero hecho de que se me interrogue de oficio, ni lo hice antes ni lo haré ahora.
Momus dijo:
—¿En quién tenemos que pensar entonces? ¿Quién sigue aquí? ¡Váyase!
En el pasillo le recibió un sirviente que le condujo por el camino ya conocido por K a través del patio, luego por la puerta y el corredor bajo y descendente. En los pisos supe-riores vivían al parecer sólo los funcionarios superiores, los secretarios, en cambio, vivían en ese corredor, también Erlanger, aunque era uno de los secretarios superiores. El sirviente apagó su lámpara, pues allí había luz eléctrica. Todo en el interior era pequeño pero construido con elegancia. Se había aprovechado el poco espacio disponible. El corredor tenía la altura justa para pasar por él sin inclinarse; en los laterales se sucedía una puerta tras otra; las paredes no llegaban hasta el techo, eso se debía probablemente a motivos de ventilación, pues las pequeñas habitaciones en ese corredor profundo y propio de un sótano no tenían ventanas. La desventaja de esas paredes incompletas era el alboroto en el corredor y en las habitaciones. Muchas de éstas parecían ocupadas, en la mayoría de ellas aún había personas despiertas, se oían voces, golpes de martillo, tintineos de cristal, pero no se tenía la impresión de que reinase una especial alegría. Las voces parecían sofocadas, apenas se entendía aquí y allá una voz, tampoco daban la sensación de ser conversaciones, probablemente alguien dictaba a alguien o le leía algo; precisamente en la habitación en la que se oía el ruido de copas y platos no se oía ninguna palabra y los martillazos recordaron a K algo que le habían contado, que algunos funcionarios, para recuperarse de los continuos es-fuerzos intelectuales, se ocupaban a ratos con carpintería, mecánica de precisión u otras actividades similares. El co-rredor estaba vacío, sólo ante una puerta se sentaba un se-ñor alto, pálido y delgado con un abrigo de piel, bajo el cual se podía ver el pijama, era probable que hubiese sentido la escasa ventilación en su habitación, así que había salido, se había sentado y leía el periódico, pero sin concentrarse, a veces dejaba de leer con bostezos, se inclinaba y miraba por el corredor, tal vez esperase a alguna de las partes a la que había citado y que se había olvidado de venir. Cuando pasaron a su altura, el sirviente le dijo a Gerstäcker en refe-rencia al señor sentado:
—¡El Pinzgauer!
Gerstäcker asintió.
—Hacía tiempo que no bajaba—dijo.
—Sí, hace mucho tiempo —confirmó el sirviente.
Finalmente llegaron ante una puerta que no era diferente de las demás y detrás de la cual, como informó el sirviente, vivía Erlanger. El sirviente se subió a los hombros de K y mi-ró por la parte de arriba en la habitación.
—Está en la cama —dijo el sirviente bajándose—, aunque vestido, pero creo que dormita. A veces le asalta un enorme cansancio aquí en el pueblo, por el cambio de la forma de vida. Tenemos que esperar. Cuando se despierte, llamará. No obstante, ha llegado a ocurrir que se ha quedado dormido durante toda su estancia en el pueblo y después de despertarse se ha ido inmediatamente al castillo. A fin de cuentas se trata de un trabajo voluntario el que aquí realiza.
—Es preferible que duerma hasta el final —dijo Gerstäc-ker—, pues si después de despertarse aún le queda algo de tiempo para trabajar se muestra muy enojado por haberse quedado dormido e intenta resolver las cuestiones con prisa y uno no puede decirlo todo.
¿Usted viene por la concesión de los transportes para el nuevo edificio? —preguntó el sirviente.
Gerstäcker asintió, llevó al sirviente a un lado y habló en voz baja con él, pero el sirviente apenas le escuchó, miró sobre Gerstäcker, pues le superaba en más de una cabeza, y se acarició lentamente y con seriedad el pelo.

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