XVII

EL SECRETO DE AMALIA

Juzga por ti mismo —dijo Olga—, además, suena muy simple, no se comprende cómo puede tener tanta importancia. Hay un funcionario en el castillo que se llama Sortini.
—Ya he oído hablar de él —dijo K—; participó en mi contratación.
—Eso no me lo creo —dijo Olga—, Sortini apenas aparece públicamente. ¿No te equivocarás con Sordini, escrito con «d»?
—Tienes razón —dijo K—, era Sordini.
—Sí —dijo Olga—, Sordini es muy conocido, uno de los funcionarios más diligentes y del que se habla mucho, Sortini, por el contrario, es muy reservado y desconocido para la mayoría. Hace más de tres años que le vi por primera y última vez. Fue el 3 de julio en una fiesta de la compañía de bomberos, el castillo también había participado y había donado una nueva bomba de incendios. Sortini, que al parecer se ocupa en parte de asuntos relativos a los bomberos y a la protección contra incendios, aunque quizá sólo había venido en representación —los funcionarios se representan mutuamente con frecuencia y por eso resulta difícil distinguir las competencias de unos y otros—, participó en la ceremonia de entrega de la bomba de incendios; naturalmente, también habían venido otros del castillo, funcionarios y sirvientes, y Sortini estaba, como corresponde a su carácter, siempre en un segundo plano. Es un hombre pequeño, débil y pensativo; algo que llamaba la atención a todo el que se fijaba en él era la forma en que se arrugaba su frente, todas las arrugas —y eran una gran cantidad, aunque no supera los cuarenta— se plegaban como un abanico desde la parte superior de la frente hasta la raíz de la nariz, no he visto nunca nada parecido. Bueno, entonces se celebraba aquella fiesta. Nosotras, Amalia y yo, habíamos esperado ese día con gran alegría, habíamos arreglado los vestidos de domingo, especialmente el vestido de Amalia era muy bonito, con su blusa blanca que se ahuecaba en la pechera adornada de encajes, una fila sobre la otra; nuestra madre había empleado para ello todos sus encajes, yo tenía envidia y lloré casi toda la noche anterior a la fiesta. Sólo cuando al día siguiente vino a visitarnos la posadera de la posada del puente…
—¿La posadera de la posada del puente? —preguntó K.
—Sí —dijo Olga—, era muy amiga nuestra, así que llegó, tuvo que reconocer que Amalia estaba en ventaja y me prestó, para calmarme, su propio collar de granates de Bohemia. Pero cuando ya estábamos listas, Amalia delante de mí, y nuestro padre dijo: «Hoy, recordad lo que os digo, Amalia encuentra novio», entonces, no sé por qué, me quité el collar, que era todo mi orgullo, y se lo puse a Amalia, sin sentir ya nada de envidia. Me incliné ante su victoria y creí que todos tendrían que inclinarse ante ella; quizá nos sorprendió entonces que su aspecto fuese diferente al usual, pues en realidad no era hermosa, pero su mirada sombría, que ha mantenido desde aquella vez, se elevaba por encima de nosotros y nos sentíamos inclinados literal e involuntariamente ante ella. Todos lo notaron, también Lasemann y su esposa cuando vinieron a recogernos.
—¿Lasemann? —preguntó K.
—Sí, Lasemann —dijo Olga—, éramos una familia muy apreciada y la fiesta, por ejemplo, no habría empezado de verdad hasta que no hubiésemos llegado nosotros, pues mi padre era el tercer director de ejercicios de la compañía de bomberos.
—¿Tan robusto era aún tu padre? —preguntó K.
—¿Mi padre? —preguntó Olga como si no comprendiese del todo—, hace tres años era en cierto modo un hombre joven, en un incendio en la posada de los señores, por ejemplo, corrió con un funcionario a cuestas, con el pesado Galater. Yo misma estuve allí, en realidad no había peligro de incendio, sólo un poco de leña seca junto a una chimenea comenzó a humear, pero Galater tuvo miedo, gritó auxilio por la ventana, vinieron los bomberos y mi padre tuvo que cargarlo aunque el fuego ya estaba extinguido. Bueno, Galater es un hombre difícil de mover y en esos casos hay que tener precaución. Lo cuento sólo por mi padre, no han pasado ni tres años desde entonces y mira ahora cómo está ahí sentado.
K se dio cuenta ahora de que Amalia estaba de nuevo en la habitación, pero se encontraba alejada, en la mesa de los padres, allí alimentaba a la madre, que no podía mover sus brazos reumáticos y al mismo tiempo dirigía la palabra al padre para que tuviese un poco de paciencia con la comida, que iría con él en seguida para darle de comer. Pero no tuvo éxito con su advertencia, pues el padre, ansioso por tomarse la sopa, superó su debilidad física e intentó ya sorberla de la cuchara, ya beberla del plato, y gruñía enojado al no conseguir ni lo uno ni lo otro, la cuchara quedaba vacía mucho antes de llegar a la boca, mientras que la barba colgante se sumergía en la sopa, goteando y salpicando hacia todas partes menos hacia la dirección adecuada.
—¿Eso han hecho tres años de él? —preguntó K, pero aún no sentía ninguna compasión por los ancianos ni para la esquina de la mesa familiar, sólo aversión.
—Tres años —dijo lentamente Olga—, o, con más exactitud, unas horas en una fiesta. La fiesta se celebró en una pradera ante el pueblo, al lado del arroyo, ya había una gran aglomeración de personas cuando llegamos, también habían venido de los pueblos vecinos, el ruido causaba una gran confusión. Primero nuestro padre nos condujo, naturalmente, a la bomba de incendios, rió de alegría al verla, una nueva bomba le hacía feliz; comenzó a tocarla y a explicarnos cómo funcionaba, no toleraba ninguna contradicción ni tampoco ninguna reserva, si había algo que ver debajo de la bomba, todos nos teníamos que agachar y casi arrastrarnos por debajo de ella; Barnabás, que intentó resistirse, recibió un pescozón. Sólo a Amalia no le importaba la bomba, permanecía muy recta delante de ella con su bonito vestido y nadie osaba decirle nada, yo fui hacia ella alguna vez y la tomé del brazo, pero ella callaba. Aún hoy no puedo aclararme cómo ocurrió que, mientras estábamos en la bomba de incendios, cuando nuestro padre se apartó de ella, nos dimos cuenta de que allí permanecía Sortini, quien parecía haber estado todo el tiempo detrás de la bomba, apoyado en una palanca. Había un ruido terrible, no usual en todas las fiestas; el castillo había regalado a los bomberos unas trompetas, unos instrumentos especiales de los que con un mínimo esfuerzo, del que hasta un niño podría ser capaz, se emitían los más estruendosos sonidos; al oírlo se podía creer que los turcos ya habían llegado y era imposible acostumbrarse, a cada nuevo soplido seguía un estremecimiento. Y como eran trompetas nuevas, todos querían tocarlas, y como era una fiesta popular, se consentía. Precisamente a nuestro alrededor, tal vez los había atraído Amalia, había algunos trompetistas, era difícil mantener los sentidos en esas circunstancias y si además, según las órdenes de nuestro padre, había que prestar atención a la bomba de incendios, eso era lo máximo que se podía rendir, así que no nos dimos cuenta durante mucho tiempo de la presencia de Sortini, a quien tampoco conocíamos de antes.
—Ahí está Sortini —murmuró Lasemann a mi padre, yo estaba a su lado. Mi padre inclinó la cabeza y nos hizo un gesto excitado para que nosotros también nos inclinásemos ante él. Sin conocerle personal mente, nuestro padre siempre había venerado a Sortini como un especialista en servicios contra incendios, y había hablado con frecuencia de él en casa, así que para nosotros fue sorprendente y un acontecimiento muy importante verle en la realidad. Pero Sortini no se interesaba por nosotros, eso no era ninguna peculiaridad de Sortini, la mayoría de los funcionarios aparecen públicamente con actitud de indiferencia, también estaba cansado, sólo su deber le mantenía allí abajo; no son los peores funcionarios los que encuentran especialmente pesados esos deberes representativos; otros funcionarios y sirvientes, ya que estaban allí, se mezclaron con el pueblo, pero él permaneció al lado de la bomba de incendios y a todo el que se intentaba aproximar con cualquier solicitud o lisonja lo rechazaba con su silencio. Así ocurrió que él se percató más tarde de nosotros que nosotros de él. Sólo cuando nos inclinamos llenos de respeto y nuestro padre nos intentó disculpar miró hacia nosotros y nos contempló a uno detrás del otro con mirada cansada: era como si suspirase porque al lado de uno apareciese otro, hasta que se detuvo en Amalia, a la que tuvo que mirar hacia arriba, pues era mucho más alta que él. Entonces se desconcertó, saltó sobre el pértigo para estar más cerca de ella, nosotros lo interpretamos mal al principio y quisimos acercarnos todos a él encabezados por mi padre, pero él nos detuvo y nos hizo una señal para que nos fuéramos. Eso fue todo. Bromeamos mucho con Amalia diciéndole que realmente ya había encontrado un novio, en nuestra inconsciencia estuvimos alegres toda la tarde, pero Amalia estaba más silenciosa que de costumbre. «Se ha enamorado locamente de Sortini», dijo Brunswick, que siempre es algo grosero y no tiene comprensión para naturalezas como la de Amalia, pero esa vez su comentario nos pareció cierto, ese día nos divertimos mucho y cuando llegamos a casa a medianoche estábamos embriagados, incluso Amalia lo estaba, con el dulce vino del castillo.
—¿Y Sortini? —preguntó K.
—Sí, Sortini —dijo Olga—, a Sortini le vi con frecuencia durante la fiesta, sentado en un pértigo, tenía los brazos cruzados sobre el pecho y así permaneció hasta que vino a recogerle el coche del castillo. Ni siquiera fue a las maniobras de los bomberos, donde mi padre se distinguió entre todos los hombres de su edad, precisamente con la esperanza de que Sortini se fijase en él.
—¿Y no habéis oído más de él? —dijo K—, pareces tener una gran veneración por Sortini.
—Sí, veneración —dijo Olga—, sí, y también oímos de él. A la mañana siguiente nos despertó de nuestro sueño festivo un grito de Amalia, los demás volvieron a dormirse, pero yo estaba completamente despierta y corrí hacia ella, estaba al lado de la ventana y sostenía una carta en la mano que un hombre le acababa de entregar a través de la ventana, el hombre esperaba una respuesta. Amalia ya la había leído —era corta— y la mantenía en una de sus manos, bajada y lánguida; cómo la amaba siempre que estaba tan cansada. Me agaché a su lado y leí la carta. Apenas había terminado de leerla, Amalia, después de dirigirme una rápida mirada, la cogió, pero no la quiso leer otra vez, sino que la rompió y arrojó los trozos al rostro del hombre que esperaba fuera y cerró la ventana. Ésa fue aquella decisiva mañana. La llamo decisiva, pero todo instante de la tarde anterior fue igual de decisivo.
—Y ¿qué decía la carta? —preguntó K.
—¡Ah!, sí, aún no lo he contado —dijo Olga—; la carta era de Sortini, e iba dirigida a la joven con el collar de granates. No puedo reproducir el contenido. Era un requerimiento para que fuese a su habitación en la posada de los señores y, además, Amalia tenía que ir en seguida, pues Sortini tenía que partir en una media hora. La carta estaba escrita con las expresiones más vulgares que he oído y sólo pude deducir la intención del conjunto. Quien no conociera a Amalia y sólo hubiese leído esa carta, consideraría deshonrada a la muchacha a la que alguien había tenido la osadía de escribir así, por más que a ella ni siquiera la hubiesen rozado. Y no era ninguna carta de amor, en ella no había ninguna palabra lisonjera, más bien Sortini estaba enojado por el hecho de que le hubiese afectado tanto la visión de Amalia y de que le hubiese distraído de sus asuntos. Más tarde nos lo explicamos de la siguiente manera: era probable que Sortini hubiese querido llegar al castillo, pero sólo a causa de Amalia se quedó en el pueblo, y por la mañana, furioso porque durante la noche no había logrado olvidarse de Amalia, había escrito la carta. Al principio uno tenía que escandalizarse con la carta, incluso quien tuviese la sangre más fría, pero después, en otra persona que no fuese Amalia, habría prevalecido el miedo por el tono amenazador, en Amalia, en cambio, prevaleció el enojo. Ella no conoce el miedo, ni para ella ni para los demás. Y mientras yo me refugiaba en la cama y me repetía la frase final interrumpida: «o vienes ahora mismo o…», Amalia permaneció en el banco al lado de la ventana y miró hacia afuera como si esperara a otros mensajeros y estuviese dispuesta a tratarlos como al primero.
Así que ésos son los funcionarios —dijo K algo vacilante—, esos ejemplares sólo se pueden encontrar entre ellos. ¿Qué hizo tu padre? Espero que se quejase de Sortini con todo vigor en el lugar competen te, si no escogió el camino más corto y seguro hasta la posada de los señores. Lo más repugnante de la historia no es la vejación a Amalia, eso se podía enmendar, no sé por qué le concedes tanta importancia; ¿por qué iba Sortini con semejante carta a comprometer para siempre a Amalia? Según lo que has contado, se podría creer eso, pero precisamente eso resulta imposible, era fácil conseguir una satisfacción para Amalia y en unos días se habría olvidado el caso; Sortini no comprometió a Amalia, sino que él mismo fue quien se comprometió. Me espanta la posibilidad de que pueda producirse tal abuso de poder. Lo que en este caso no resultó, porque, para decirlo con claridad, era completamente transparente y encontró en Amalia a un enemigo más fuerte, en miles de otros casos con unas circunstancias algo más desfavorables podría resultar perfectamente y, además, sin que lo supiese nadie, ni siquiera la afectada.
—Silencio —dijo Olga—, Amalia nos está mirando.
Amalia había terminado de dar de comer a sus padres y ahora desvestía a la madre, acababa de soltarle la falda, puso los brazos de la madre alrededor de su cuello, la levantó un poco y le quitó la falda volviendo a sentarla con cuidado. El padre, siempre insatisfecho con que la madre fuese atendida en primer lugar, lo que sólo ocurría porque ella estaba más desvalida que él, intentaba desvestirse él mismo, tal vez para castigar a la hija por su supuesta lentitud, pero a pesar de que comenzó con lo más accesorio y ligero, las desproporcionadas zapatillas para sus pies, no lo conseguía de ningún modo y entre fuertes resoplidos tuvo que renunciar y recostarse otra vez con rigidez en la silla.
—No te das cuenta de lo esencial —dijo Olga—, puedes tener razón en todo, pero lo esencial fue que Amalia no se dirigió a la posada de los señores; la manera en que trató al mensajero, eso podía pasarse por alto, ya se encubriría de alguna manera, pero que no fuese significó que sobre la familia cayese una maldición y entonces el tratamiento del mensajero también fue imperdonable, sí, incluso para la opinión pública ocupó el primer plano.
—¡Cómo! —exclamó K, y bajó en seguida la voz, ya que Olga levantó la mano suplicante—. ¿No dirás tú, su hermana, que Amalia tuvo que obedecer a Sortini e ir a la posada?
—No —dijo Olga—, Dios me libre de esa sospecha, ¿cómo puedes creer eso? No conozco a nadie que obrase con tanta justicia congo Amalia. Si bien es cierto que, en el caso de que hubiese ido a la posa da, también le hubiese dado la razón; pero, que no fuese, fue un acto heroico. En lo que a mí respecta, reconozco sinceramente que si hubiese recibido una carta como ésa habría ido. No habría podido soportar el miedo ante las consecuencias, sólo Amalia podía soportarlo. También había algunas salidas, otra, por ejemplo, se habría maquillado y habría dejado pasar un buen rato, luego habría llegado a la posada de los señores y se habría enterado de que Sortini había partido, quizá que había salido inmediatamente después de enviar al mensajero, algo que incluso habría sido muy probable, pues los caprichos de los señores son fugaces. Pero a Amalia no se le ocurrió hacer eso ni nada parecido, se sintió demasiado ofendida y respondió sin reservas. Si sólo hubiese obedecido en apariencia, si sólo hubiese traspasado el umbral de la posada a tiempo, se habría podido evitar la fatalidad, aquí tenemos abogados muy listos que saben hacer todo lo que uno quiere de nada, pero en este caso ni siquiera había la necesaria nada, todo lo contrario, sólo había la humillación de la carta de Sortini y la ofensa al mensajero.
—Pero ¿qué fatalidad? —dijo K—, ¿qué abogados? No se podía acusar ni castigar a Amalia por la actuación delictiva de Sortini.
—Claro que sí —dijo Olga—, sí que se podía, aunque no mediante un proceso propiamente dicho ni directamente, pero se la castigaba de otra manera, a ella y a toda su familia, y ahora empiezas a saber lo grave que es esa pena. A ti te parece injusto y monstruoso, ésa es una opinión completamente aislada en el pueblo, para nosotros es muy favorable y nos debería consolar, y así sería si no se basase visiblemente en errores . Te lo puedo demostrar muy fácilmente, perdona si hablo al hacerlo de Frieda, pero entre Frieda y Klamm, sin tener en cuenta en qué ha derivado finalmente su relación, ha ocurrido algo muy similar a lo ocurrido entre Amalia y Sortini y, sin embargo, tú lo encuentras ahora muy correcto, aunque al principio te pareciera terrible. Y eso no es por efecto de la costumbre, nadie puede quedar tan embotado por la costumbre cuando se trata simplemente de enjuiciar, aquí se trata de una acumulación de errores.
—No, Olga—dijo K—, no sé por qué metes a Frieda en este asunto, el caso era completamente distinto, no confundas tantas cosas esencialmente diferentes y sigue contando.
—Por favor —dijo Olga—, no me tomes a mal si insisto en la comparación, incurres en un error respecto a Frieda cuando crees defenderla contra una comparación. No es necesario defenderla, sino sólo alabarla. Cuando comparo los casos no estoy diciendo que sean iguales, en realidad se relacionan entre sí como el blanco y el negro, y el blanco es Frieda. En el peor de los casos uno se puede reír de Frieda como yo lo he hecho en la taberna de manera tan descortés —después me he arrepentido mucho—, pero aunque quien ríe aquí es perverso o envidioso, al menos puede reírse, pero a Amalia, cuando no se mantiene un parentesco sanguíneo con ella, sólo se la puede despreciar. Por eso son dos casos esencialmente distintos, como dices, pero también similares.
—Tampoco son similares —dijo K, y sacudió enojado la cabeza—, deja a Frieda a un lado. Frieda no recibió ninguna carta de ese jaez como Amalia de Sortini, y Frieda ha amado realmente a Klamm, y quien lo dude, puede preguntarle, le sigue amando hoy.
—¿Son esas grandes diferencias? —preguntó Olga—. ¿Acaso no crees que Klamm pudo escribirle una carta similar a Frieda? Cuando los señores se levantan del escritorio son así, no saben orientarse en el mundo; en su despreocupación dicen las cosas más groseras, no todos, pero muchos. La carta a Amalia pudo haber sido plasmada en el papel de forma irreflexiva y en completa despreocupación por lo escrito. ¡Qué sabemos nosotros de los pensamientos de los señores! ¿Acaso no has escuchado tú mismo o has oído contar el tono que Klamm empleaba con Frieda? De Klamm se sabe que es muy grosero, al parecer no habla nada durante horas y de repente dice tal grosería que uno se estremece. De Sortini, sin embargo, no se sabe nada parecido, quizá porque es un completo desconocido. En realidad de él sólo se sabe que su nombre es muy similar al de Sordini; si no existiese esa similitud de nombres, probablemente no se le conocería. También como especialista en servicios contra incendios se le confunde probablemente con Sordini, quien es el verdadero especialista y que se aprovecha de la similitud de los nombres para cargar sobre Sortini los deberes de representación y así no ser molestado en su trabajo. Pero si un hombre tan torpe en los asuntos mundanos como Sortini se enamora repentinamente de una joven del pueblo, la manifestación de ese sentimiento adopta otras formas que si se enamora el aprendiz de carpintero de la esquina. También hay que tener en cuenta que entre un funcionario y la hija de un zapatero existe una gran distancia que debe superarse de alguna manera; Sortini lo intentó de esa manera, otros podrán hacerlo de otra. Cierto es que se dice que todos pertenecemos al castillo y que no existe ninguna distancia y por lo tanto que no hay nada que superar y eso quizá sea verdad por regla general, pero por desgracia hemos tenido la oportunidad de ver que, cuando realmente llega la hora de la verdad, no es así. En todo caso, después de lo expuesto la actuación de Sortini te resultará más comprensible y menos terrible y, en realidad, si se compara con la de Klamm, mucho más comprensible aún e incluso cuando se ha estado involucrado, más soportable. Cuando Klamm escribe una carta de amor es más desagradable que la carta más grosera de Sortini. Compréndeme bien, aquí no me aventuro a enjuiciar a Klamm, me limito a comparar, ya que tú rechazas la comparación. Klamm es como un comandante con las mujeres, ordena a una o a otra que vayan, no tolera ningún retraso y así como ordena que vengan, ordena que se vayan. ¡Ay!, Klamm ni siquiera haría el esfuerzo de escribir una carta. Y en comparación con esto sigue siendo horrible que Sortini, que vive completamente retirado y cuyas relaciones con las mujeres son al menos desconocidas, se siente una vez y escriba con su bella caligrafía de funcionario una carta repugnante. Y si de esta circunstancia no resulta ninguna diferencia a favor de Klamm, sino todo lo contrario, ¿acaso debería hacerlo el amor de Frieda? La relación de las mujeres con los funcionarios es, créeme, muy difícil o, más bien, muy fácil de enjuiciar. Aquí nunca falta amor. No hay un amor funcionarial desgraciado. A este respecto no supone ninguna alabanza cuando se dice de una muchacha —aquí no hablo, ni mucho menos, sólo de Frieda— que ella se entregó al funcionario porque le amaba. Ella le amaba y se ha entregado a él, así ha sido, pero en ello no hay nada que alabar. Amalia, sin embargo, no ha amado a Sortini, objetas. Bueno, no le ha amado, pero a lo mejor sí que le ha amado, ¿quién puede decidir? Ni siquiera ella misma. ¿Cómo puede creer haberle amado cuando le ha rechazado con tanta fuerza, como probablemente no ha sido rechazado ningún funcionario? Barnabás dice que aún tiembla por el movimiento con que hace tres años cerró la ventana. Eso también es verdad y por eso no se le puede preguntar acerca de ello; ha terminado con Sortini, y sólo sabe eso; si le ama o no, eso no lo sabe. Nosotros, sin embargo, sabemos que las mujeres no pueden hacer otra cosa que amar a los funcionarios cuando ellos las miran, sí, incluso aman a los funcionarios ya desde antes, por mucho que quieran negarlo, y Sortini no sólo miró a Amalia, sino que saltó el pértigo cuando la vio, y lo saltó con sus articulaciones rígidas debido a su trabajo sedentario. Pero tú dirás que Amalia es una excepción. Sí, eso es lo que es, eso lo demostró cuando se negó a ir con Sortini, ésa es suficiente excepción; pero que además no amase a Sortini, eso ya es casi demasiada excepción, eso sería ya inimaginable. Aquella tarde nos quedamos completamente cegados, pero que a través de toda la niebla creyésemos percibir algo del enamoramiento de Amalia muestra un poco de sentido. Ahora bien, cuando se confrontan todos estos datos, ¿qué diferencia queda entre Frieda y Amalia? Sólo que Frieda hizo lo que Amalia se negó a hacer.
—Puede ser —dijo K—; para mí, sin embargo, la diferencia principal es que Frieda es mi novia, y Amalia sólo me incumbe por ser la hermana de Barnabás, del mensajero del castillo, y que su destino quizá se entrelaza con su servicio. Si un funcionario hubiese cometido con ella una injusticia que clamase al cielo, como me pareció después de tu relato de los acontecimientos, me hubiera preocupado, pero esto más como un asunto público que como un sufrimiento personal de Amalia. Ahora, sin embargo, después de tu relato, cambia algo la imagen en una forma no del todo comprensible para mí, pero como eres tú quien lo narra, de una forma lo suficientemente digna de crédito y por eso quiero despreocuparme completamente del asunto, no soy ningún especialista en servicios contra incendios y qué me importa a mí Sortini. No obstante, me preocupa Frieda y me resulta extraño que tú, en quien confío plenamente y en quien siempre estaré dispuesto a confiar, intentes atacar a Frieda a través de Amalia y despertar en mí la sospecha. No supongo que lo hagas con intención, mucho menos con mala intención, si no ya hace tiempo que me habría ido. No lo haces intencionadamente, las circunstancias te llevan a ello, por amor a Amalia la quieres elevar sobre todas las mujeres y como tú misma no encuentras en Amalia algo elogiable, te ayudas empequeñeciendo a otras mujeres. El gesto de Amalia es extraño, pero conforme más cuentas de ese gesto, menos se puede decidir si ella ha sido grande o pequeña, lista o necia, heroica o cobarde; Amalia mantiene sus motivos encerrados en su corazón, nadie se los va a arrebatar. Frieda, por el contrario, no ha hecho nada extraño, sólo ha seguido los impulsos de su corazón, para todo aquel que se ocupe de ello con buena voluntad, queda claro, cualquiera lo puede comprobar, no hay ningún espacio para rumores. Pero yo ni quiero denigrar a Amalia ni defender a Frieda, sino sólo aclararte cómo pienso de Frieda y cómo todo ataque contra Frieda supone al mismo tiempo un ataque contra mi existencia. He venido aquí por propia voluntad y por propia voluntad me he quedado, pero todo lo que ha ocurrido hasta ahora y ante todo mis perspectivas de futuro —por muy sombrías que sean, en todo caso aún existen—, todo eso se lo agradezco a Frieda, eso no se puede discutir. Aquí fui acogido como agrimensor, pero eso sólo fue en apariencia, han jugado conmigo, me han expulsado de todas las casas, incluso hoy juegan conmigo, pero por muy complicado que sea todo esto, en cierto modo he ganado terreno y eso ya significa algo, ya tengo, por muy insignificante que sea, un hogar, un empleo real, tengo una novia que, cuando estoy ocupado en otros asuntos, me quita trabajo, me casaré con ella y seré miembro de la comunidad, además de la oficial, aún tengo una relación personal con Klamm, aunque todavía no la he empleado. ¿Acaso eso es poco? Y cuando llego a vuestra casa, ¿a quién saludáis? ¿A quién confías la historia de vuestra familia? ¿De quién tienes la esperanza, aunque sea la más improbable, de obtener ayuda? No de mí, del agrimensor, a quien, por ejemplo, hace una semana Lasemann y Brunswick expulsaron de su casa con violencia, sino que la esperas del hombre que ya posee algún instrumento de poder, pero ese instrumento de poder se lo agradezco a Frieda, a Frieda, que es tan modesta que si intentas preguntarle por algo similar no querrá saber nada de ello. Y, sin embargo, después de todo, parece que Frieda con su inocencia ha logrado más que Amalia con todo su orgullo, pues mira, tengo la impresión de que buscas ayuda para Amalia, y ¿de quién? De ninguna otra que de Frieda.
—¿He hablado tan mal de Frieda? —dijo Olga—, no lo pretendía y tampoco creo haberlo hecho, aunque es posible, nuestra situación es tal que nos enemistamos con todo el mundo, y si comenzamos a lamentarnos, esos lamentos nos arrastran y no sabemos adónde nos llevan. También tienes razón ahora, hay una gran diferencia entre nosotros y Frieda y es bueno acentuarla por un momento. Hace tres años éramos jóvenes pequeñoburguesas y Frieda era la huérfana, criada en la posada del puente; pasábamos a su lado sin dedicarle una mirada, seguramente éramos demasiado orgullosas, pero así nos habían educado. Pero en la noche que estuviste en la posada de los señores pudiste darte cuenta del actual estado de las cosas: Frieda con el látigo en la mano y yo con los criados. Pero es aún peor. Frieda puede despreciarnos, eso corresponde a su posición, las circunstancias reales obligan a ello. ¡Pero quién no nos desprecia! Quien se decide a despreciarnos, no hace más que sumarse a la gran mayoría. ¿Conoces a la sucesora de Frieda? Se llama Pepi. La conocí hace dos días, hasta entonces era una criada. Ella supera con certeza a Frieda en desprecio hacia mí. Me vio desde la ventana cómo venía a recoger la cerveza, corrió hacia la puerta y la cerró, tuve que suplicarle largo tiempo y prometerle el lazo que llevaba en el pelo antes de que me abriera. Pero cuando se lo di, lo arrojó a un rincón. Bueno, puede despreciarme, en parte dependo de su benevolencia y ella es la dependienta en la taberna de la posada de los señores, aunque también es cierto que sólo lo es provisionalmente y no tiene las cualidades necesarias para ser contratada allí por tiempo indefinido. Sólo hay que oír cómo el posadero habla con Pepi y comparar cómo hablaba con Frieda. Pero eso tampoco impide a Pepi despreciara Amalia, a Amalia, cuya mirada bastaría para sacar tan rápidamente de la habitación a la pequeña Pepi con todas sus trenzas y borlas como nunca podría conseguirlo con sus piernas cortas y gordas. Qué cotilleo más indignante tuve que oír ayer sobre Amalia, hasta que los clientes se ocuparon de mí de la forma que tú ya viste.
—Qué temerosa eres —dijo K— sólo he puesto a Frieda en el lugar que le corresponde, pero no he querido denigraros como tú lo entiendes ahora. También para mí tenía vuestra familia algo especial, eso no lo he silenciado; pero no comprendo cómo ese «algo especial» puede dar motivos para el desprecio.
—¡Ay!, K —dijo Olga—, me temo que tú también llegarás a comprenderlo; ¿no puedes comprender de ninguna manera que la conducta de Amalia frente a Sortini fue la primera causa de ese desprecio?
—Eso sería demasiado extraño —dijo K—, por eso se puede admirar o condenar a Amalia, pero ¿despreciarla? Y si alguien por un sentimiento incomprensible para mí despreciase realmente a Amalia, ¿por qué extiende entonces el desprecio hacia vosotros, hacia la familia inocente? Que, por ejemplo, Pepi te desprecie, es imperdonable, y cuando regrese de nuevo a la posada de los señores se lo haré pagar con creces.
—Si quisieras hacer cambiar de opinión —dijo Olga— a todos los que nos desprecian, sería un trabajo muy duro, pues todo parte del castillo. Recuerdo muy bien las horas que siguieron a aquella mañana. Brunswick, que en aquella época era nuestro ayudante, había venido como todos los días, mi padre le había dado trabajo y le había enviado a casa, nosotros estábamos sentados desayunando, todos menos Amalia y yo estaban muy animados, nuestro padre seguía hablando de la fiesta, tenía varios planes respecto al cuerpo de bomberos; en el castillo tienen un servicio de incendios propio, que envió una delegación a la fiesta y con cuyos miembros se habló de varios aspectos; los señores del castillo habían visto el rendimiento de nuestro cuerpo de bomberos y habían hablado muy favorablemente de él, lo habían comparado con el del castillo y el resultado nos beneficiaba, se había hablado de la necesidad de una reorganización del servicio de incendios y para ello eran necesarios instructores del pueblo, se hablaba ya de algunos de ellos pero mi padre tenía la esperanza de que le eligieran a él. De todo eso hablaba y, como era su costumbre, abrazaba casi literalmente la mesa y cómo miraba por la ventana hacia el cielo, su rostro era tan joven y esperanzado, nunca después volví a verle así. Entonces, Amalia, con una superioridad que no conocíamos en ella, dijo que no había que confiar en esos discursos de los señores, ellos, con motivo de esos acontecimientos, solían decir algo amable, pero con poco o ningún significado, una vez dicho ya estaba olvidado para siempre, aunque, si bien es cierto, en la próxima oportunidad se volvía a caer en la trampa. Nuestra madre le reprendió esas palabras, nuestro padre se rió de sus ínfulas de experiencia, luego, sin embargo, se agachó, pareció buscar algo de cuya falta pareció percatarse en ese momento, pero no faltaba nada y dijo que Brunswick le había contado algo de un mensajero y de una carta rota y preguntó si sabíamos algo de ello, a quién le afectaba y qué había ocurrido. Nosotras nos mantuvimos en silencio, Barnabás, entonces joven como un corderillo, dijo algo tonto o impertinente, se habló de otra cosa y se olvidó el asunto.

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