XVI

K se quedó atrás con un rostro de sorpresa, Olga se rió de él y lo llevó hasta el banco al lado de la calefacción; parecía feliz de poder sentarse con él a solas, pero era una felicidad pacífica, no turbada por los celos. Y precisamente esa au-sencia de celos y, por tanto, también de toda severidad, sentó bien a K; encantado miró en esos ojos azules, ni ten-tadores ni imperiosos, sino tímidamente tranquilos y tímida-mente fijos. Era como si no le hubiesen hecho más recepti-vo, pero sí más sagaz para las advertencias de Frieda y de la posadera. Y él rió con Olga cuando ella se sorprendió de que hubiese llamado bondadosa precisamente a Amalia; Amalia podía ser muchas cosas, pero bondadosa, no, desde luego. K se vio obligado a aclarar que esa alabanza iba diri-gida en realidad a ella, a Olga, pero que Amalia era tan do-minante que no sólo se apoderaba de todo lo que se men-cionaba en su presencia, sino que uno se lo asignaba volun-tariamente.
—Eso es cierto —dijo Olga poniéndose más seria—, más cierto de lo que supones. Amalia es más joven que yo, tam-bién más joven que Barnabás, pero ella es la que decide en la familia, para bien y para mal; aunque también es cierto que ella soporta más que los demás, tanto lo bueno como lo malo.
K lo consideró exagerado, Amalia acababa de decir que, por ejemplo, no se ocupaba de los asuntos del hermano y que Olga, por el contrario, estaba enterada de todo.
—¿Cómo podría explicarlo? —dijo Olga—. Amalia no se preocupa ni de Barnabás ni de mí; en realidad no se preocupa de nadie salvo de nuestros padres, los cuida noche y día, ahora les ha preguntado si deseaban algo y se ha ido a la cocina para prepararles la comida, por ellos ha superado su cansancio y se ha levantado, pues desde el mediodía se siente mal y está aquí echada en el banco. Pero, a pesar de que no se preocupa por nosotros, dependemos de ella como si fuese la mayor, y si nos aconsejara en nuestras cosas, seguiríamos con toda seguridad sus consejos, pero no lo hace, le somos extraños. Tú tienes mucha experiencia con los hombres, vienes de fuera, ¿no te parece especialmente inteligente?
—Me parece especialmente triste —dijo K—, pero ¿cómo puede ser compatible con vuestro respeto por ella que, por ejemplo, Barnabás cumpla un servicio de mensajero que Amalia desaprueba o tal vez, incluso, desprecia?
—Si supiera que otra cosa podría hacer, abandonaría in-mediatamente el servicio de mensajero que no le satisface nada.
—¿No es zapatero? —preguntó K.
—Sí, claro —dijo Olga—, él trabaja de vez en cuando para Brunswick y si quisiera tendría trabajo noche y día y ganaría bastante.
—Bueno —dijo K—, entonces tendría algo que podría sus-tituir el servicio de mensajero.
—¿El servicio de mensajero? —preguntó Olga asombra-da—. ¿Acaso lo ha asumido por las ganancias?
—Puede ser—dijo K—, pero mencionaste que no le satis-face.
—No le satisface y por muchos motivos —dijo Olga—, pero se trata de un servicio del castillo, así y todo una especie de servicio del castillo, al menos eso se podría creer.
—¿Cómo? —dijo K—. ¿Incluso de eso dudáis?
—Bueno —dijo Olga—, en realidad, no, Barnabás va a las oficinas, trata a los criados de igual a igual, ve desde lejos a algunos funcionarios, recibe cartas relativamente importan-tes, incluso le confían mensajes orales, eso ya es mucho y podemos estar orgullosos de todo lo que ha alcanzado sien-do tan joven.
K asintió, ya no pensaba en volver a casa. —¿También tiene una librea propia? —preguntó. —¿Te refieres a la cha-queta? No, ésa se la hizo Amalia antes de que le nombra-sen mensajero. Pero te acercas a un punto delicado. Hace tiempo que tendría que haber recibido, no una librea, que no hay en el castillo, pero sí un traje de la administración, eso se le ha asegurado, pero a este respecto en el castillo son muy lentos y lo peor es que nadie sabe qué significa esa lentitud; puede significar que el asunto está en trámite, pero también puede significar que el trámite administrativo aún no ha comenzado, esto es, que aún está en una fase preliminar y, finalmente, también puede significar que el trámite ya ha terminado, pero que por algún motivo se ha retirado esa promesa y que Barnabás jamás recibirá el traje. Sobre ello no se puede saber nada con más exactitud o quizá sólo cuando transcurra mucho tiempo. Tal vez conozcas el dicho de aquí: «Las decisiones administrativas son más tímidas que una jovencita».
—Ésa es una buena observación —dijo K, quien la tomó con más seriedad que Olga—, una buena observación, es posible que las decisiones compartan otras características con jovencitas.
—Tal vez —dijo Olga—, aunque no sé muy bien a qué te refieres. Quizá lo hayas dicho como una alabanza. Pero en lo que respecta al traje oficial, es una de las preocupaciones de Barnabás y como compartimos las preocupaciones, también lo es mía. ¿Por qué no recibe un traje oficial? Nos preguntamos en vano. Ahora bien, no se trata de un asunto fácil. Los funcionarios, por ejemplo, parecen no tener ningún traje oficial; por lo que sabemos aquí y por lo que cuenta Barnabás, los funcionarios llevan trajes normales pero bonitos. Por lo demás, ya has visto a Klamm. Bueno, Barnabás no es un funcionario, ni siquiera, naturalmente, uno de la categoría más baja, tampoco tiene la audacia de querer serlo. Pero tampoco criados superiores, que no aparecen nunca por el pueblo, según el informe de Barnabás, tienen trajes oficiales. Eso es un consuelo, se podría pensar, pero resulta engañoso, pues ¿acaso es Barnabás un criado superior? No, por más afecto que se le tenga, eso no se puede decir, no es un criado superior, el mero hecho de que venga al pueblo, incluso de que viva aquí, es una prueba en contra, los criados superiores son más reservados que los funcionarios, quizá con razón, quizá son incluso superiores a algunos funcionarios, hay algunos indicios de ello, trabajan menos y, según Barnabás, resulta un espectáculo maravilloso ver a ese grupo de hombres fuertes y seleccionados andar lentamente por los pasillos, Barnabás siempre ronda a su alrededor. En suma, no se puede afirmar que Barnabás sea un criado superior. Así que podría ser uno de los inferiores, pero éstos tienen trajes oficiales, al menos cuando bajan al pueblo, no es una librea en el propio sentido del término, también presentan muchas diferencias, pero de todas formas siempre se reconoce en seguida por el traje a los criados del castillo, tú ya has visto a esa gente en la posada de los señores. Lo más llamativo en los trajes es que la mayoría de las veces son muy ajustados, un campesino o un artesano no los podría utilizar. Bueno, pues Barnabás no tiene ese traje, eso no sólo es vergonzoso, sino indigno, se podría soportar, pero —sobre todo en las horas sombrías y, a veces, no es raro, Barnabás y yo las tenemos— nos hacen dudar de todo. ¿Es un servicio del castillo el que presta Barnabás? Nos preguntamos entonces; cierto, va a las oficinas, pero ¿son las oficinas el castillo? Y aun cuando las oficinas pertenezcan al castillo, ¿son las oficinas el lugar donde Barnabás puede entrar? Él entra en oficinas, pero sólo son una parte de todas ellas, después hay barreras y detrás hay más oficinas. No se le prohibe seguir avanzando, pero no puede seguir avanzando cuando ya ha encontrado a sus superiores, le han despachado y despedido. Además, allí siempre te observan, al menos así se cree. E incluso si siguiese avanzando, ¿de qué serviría si allí no tiene ningún trabajo administrativo y sería un intruso? Esas barreras no te las tienes que imaginar como una determinada frontera, sobre ello Barnabás siempre me llama la atención. En las oficinas también hay barreras, por las que él pasa, por lo tanto también hay barreras que atraviesa y que no se distinguen de aquellas por las que no ha pasado, y no puede afirmarse de antemano que detrás de esas últimas barreras no haya otras oficinas en esencia iguales a aquellas en las que Barnabás ya ha estado. Sólo en esas horas sombrías lo cree así. Y luego la duda se extiende, no se puede evitar. Barnabás habla con funcionarios y recibe mensajes, pero ¿qué tipo de funcionarios y qué tipo de mensajes? Ahora, como él dice, ha sido asignado a Klamm y recibe personalmente de él los encargos. Bueno, eso ya sería mucho, incluso hay criados superiores que no han llegado tan lejos, casi es demasiado, eso es lo angustioso. Piensa, ser asignado directamente a Klamm, hablar con él de tú a t. Pero ¿es así? Bien, así es, pero ¿por qué duda entonces Barnabás de que el funcionario al que se designa con el nombre de Klamm sea realmente Klamm?
—Olga —dijo K—, ¿no pretenderás bromear? ¿Cómo pue-den existir dudas del aspecto de Klamm? Se conoce su as-pecto, yo mismo le he visto.
—Claro que no —dijo Olga—, y no bromeo, expreso mis preocupaciones más serias . Pero tampoco te las cuento para aligerar mi corazón y para cargar el tuyo con ellas, sino porque preguntaste por Barnabás, porque Amalia me encar-gó que te las contara y porque creo que te puede ser útil co-nocer las cosas con más exactitud. También lo hago por Barnabás, para que no pongas tantas esperanzas en él, no te decepcione y luego tenga que sufrir por tu decepción. Es muy sensible; por ejemplo, esta noche no ha dormido por-que ayer te mostraste insatisfecho con él, al parecer dijiste que era malo para ti tener sólo un mensajero como Barna-bás. Esas palabras le han quitado el sueño, tú mismo no habrás notado mucho de su excitación, los mensajeros del castillo tienen que saber dominarse. Pero él no lo tiene fácil, ni siquiera contigo. Según tu opinión, no le exiges mucho, pero te has traído contigo ciertas ideas propias de lo que es el servicio de un mensajero y te guías en la valoración de sus servicios por esas exigencias. Pero en el castillo tienen otras ideas de ese servicio y no coinciden con las tuyas, aun cuando Barnabás se sacrificara del todo por el servicio, a lo que a veces, por desgracia, parece dispuesto. Habría que someterse, no se podría decir nada, si la cuestión sólo fuese si es realmente el servicio de un mensajero lo que él hace. Frente a ti, naturalmente, no puede dejar traslucir ninguna duda, para él hacer eso supondría enterrar su propia exis-tencia, infringir groseramente las leyes a las que él cree es-tar sometido, e incluso conmigo tampoco habla libremente, le tengo que arrancar sus dudas con besos y caricias e in-cluso en ese caso se resiste a reconocer que las dudas son dudas. Tiene algo de Amalia en la sangre. Y es seguro que no me dice todo, a pesar de que soy su única persona de confianza. Pero a veces hablamos sobre Klamm, yo aún no he visto a Klamm, ya sabes, Frieda no me aprecia y no me habría permitido que le mirase, no obstante su aspecto es bien conocido en el pueblo, algunos le han visto, todos han oído de él y de esos testimonios visuales, de rumores y de algunas opiniones falsas se ha formado una imagen de Klamm que coincide en los rasgos básicos. Pero sólo en los rasgos básicos. En lo demás es mudable y quizá ni siquiera tan mudable como el aspecto real de Klamm. Su aspecto es distinto cuando viene al pueblo y cuando lo abandona; dife-rente antes de beber una cerveza y diferente después; dife-rente despierto, diferente dormido, diferente solo, diferente en conversación y, lo que resulta comprensible tras todo es-to, casi completamente diferente en el castillo. Y se han constatado varias diferencias en el mismo pueblo, diferen-cias en la altura, la actitud, la corpulencia, el bigote, sólo respecto a los trajes coinciden los informes, siempre lleva el mismo traje, un traje negro con largos faldones. Ahora bien, todas esas diferencias no obedecen a ningún juego de ma-gia, sino que son muy comprensibles, surgen del estado de ánimo en ese instante, del grado de excitación, de las innu-merables estratificaciones de la esperanza o de la desespe-ración, en las que se encuentra el espectador, quien, por lo demás, la mayoría de las veces sólo puede verle fugazmen-te. Te cuento todo esto como con frecuencia me lo ha con-tado Barnabás y, en general, uno puede tranquilizarse al oír-lo cuando no se está interesado personalmente en el asun-to. Nosotros no podemos tranquilizarnos, para Barnabás es una cuestión vital si habla con Klamm o no.
—No lo es menos para mí —dijo K, y se acercaron más el uno al otro.
K quedó afectado por las desfavorables novedades de Ol-ga, pero encontró una compensación en que allí había per-sonas a las que, al menos aparentemente, les iba casi como a él mismo, a las que se podía unir, con las que se podía entender, y no sólo en un poco como era el caso de Frieda. Si bien es cierto que fue perdiendo paulatinamente la espe-ranza en un éxito del mensaje de Barnabás, cuanto peor le iba a Barnabás allá arriba, en el castillo, más próximo se sentía K a él; jamás hubiera pensado que del pueblo pudiera partir un empeño tan desgraciado como era el de Barnabás y el de su hermana. Aún no estaba aclarado, ni mucho me-nos, y, finalmente, podía dar un vuelco, no había que dejar-se seducir por el carácter inocente de Olga para creer en la sinceridad de Barnabás.
—Barnabás conoce muy bien los informes sobre el aspecto de Klamm —siguió Olga—, ha reunido muchos y los ha comparado, quizá demasiados. Una vez vio o creyó ver a Klamm en el pueblo por la ventanilla de un coche, así que se consideró capacitado para reconocerle y, sin embargo —¿cómo puedo aclararlo?—, cuando fue a una de las oficinas del castillo y entre varios funcionarios le señalaron a uno di-ciendo que ése era Klamm, no le reconoció y aún después tuvo que acostumbrarse a que debía de ser Klamm. Pero si le preguntas a Barnabás en qué se diferenciaba ese hombre de las nociones usuales que circulan de Klamm, no puede responder, aún más, responde y describe al funcionario en el castillo, pero esa descripción coincide exactamente con la descripción de Klamm que nosotros conocemos. «Entonces, Barnabás», le digo, «¿por qué dudas?, ¿por qué te atormen-tas de esa manera? A lo que él contesta, en un visible apu-ro, enumerando las particularidades del funcionario en el castillo, las cuales parecen más fruto de la invención que de la observación, y que, además, son tan minúsculas —afectan, por ejemplo, a una determinada forma de asentir con la cabeza o de abotonarse el chaleco— que es imposi-ble tomarlas en serio. Todavía más importante me parece la manera en que Klamm trata con Barnabás. Mi hermano me lo ha descrito con frecuencia, incluso me lo ha dibujado. Normalmente, Barnabás es conducido a un gran despacho de las oficinas, pero no es el despacho de Klamm, ni siquie-ra pertenece a una sola persona. Esa habitación está dividi-da en toda su longitud por un pupitre para escribir de pie, que se prolonga de un extremo al otro; el espacio estrecho, por donde apenas pueden pasar dos personas al mismo tiempo, es el de los funcionarios, y luego hay uno amplio pa-ra los interesados, los espectadores, los criados y los men-sajeros. Sobre el pupitre hay grandes libros abiertos, uno junto al otro, y ante la mayoría de ellos hay funcionarios le-yendo. Pero no permanecen siempre ante el mismo libro; aunque no los intercambian, cambian de puesto, lo que más sorprende a Barnabás es cómo en esos cambios de puesto tienen que apretarse para pasar a causa de la estrechez del espacio. En la parte delantera, junto al pupitre, hay mesas muy bajas a las que se sientan los escribientes, quienes, cuando lo desean los funcionarios, escriben según el dicta-do de estos últimos. Una y otra vez se asombra Barnabás de cómo ocurre. No obedece a una orden expresa del fun-cionario, tampoco se dicta en voz alta, apenas se nota que se está dictando, más bien parece como si el funcionario si-guiese leyendo como antes, sólo que al mismo tiempo mur-mura y el escribiente lo escucha. Con frecuencia dicta el funcionario en voz tan baja, que el escribiente, sentado, no puede oír nada, entonces tiene que levantarse, captar lo dic-tado, y volverse a sentar rápidamente para escribirlo, vol-verse a levantar, etc. ¡Qué extraño es todo eso! Casi incom-prensible. Barnabás tiene tiempo suficiente para observarlo todo, pues tiene que esperar en el espacio para los espec-tadores horas y, a veces, durante todo el día, hasta que la mirada de Klamm recae en él. Y aun cuando Klamm le ha visto y Barnabás ha adoptado la posición de atención, no se ha decidido nada, pues Klamm puede volver a dirigir su mi-rada al libro y olvidarle, así ocurre frecuentemente. ¿Qué ti-po de servicio de mensajero es ése tan carente de impor-tancia? Me pongo triste cada vez que Barnabás dice por la mañana temprano que se va al castillo. Ese camino, proba-blemente inútil, ese día, probablemente perdido, esa espe-ranza, probablemente vana. ¿Para qué todo eso? Y aquí se acumula el trabajo de zapatero que nadie hace y que Brunswick urge que se haga.
—Bien —dijo K—, Barnabás tiene que esperar mucho tiempo antes de recibir un encargo, eso es comprensible, aquí parece haber un exceso de empleados, no todos pue-den recibir un encargo cada día, de eso no os podéis quejar, eso afecta a todos. Al cabo, Barnabás también recibe en-cargos, a mí ya me ha traído dos cartas.
—Es posible —dijo Olga— que no tengamos derecho a quejarnos, en especial yo, que conozco todo de oídas y que, al ser una mujer joven, no puedo comprenderlo muy bien, como Barnabás, que se calla algunas cosas. Pero ahora es-cucha lo referente a las cartas, con las cartas para ti, por ejemplo. Esas cartas no las recibe directamente de Klamm, sino del escribiente. Un día cualquiera, a una hora cualquie-ra—por eso el servicio es tan agotador, aunque parezca fá-cil, pues Barnabás siempre tiene que estar alerta—, el es-cribiente se acuerda de él y le hace una señal. Klamm no parece ser el causante, él sigue leyendo tranquilamente en su libro; algunas veces, sin embargo, aunque eso también lo hace con frecuencia, limpia su binóculo en el momento en que Barnabás se acerca y quizá le mira, suponiendo que pueda ver sin binóculo, Barnabás lo duda, pues Klamm tiene los ojos semicerrados, parece dormir y limpiar el binóculo en sueños. Mientras, el escribiente, entre los numerosos expe-dientes y cartas que tiene debajo de la mesa, busca una pa-ra ti: por el aspecto del sobre parece muy vieja, como si hu-biera estado allí largo tiempo. Pero, si es una carta tan vieja ¿por qué han hecho esperar tanto tiempo a Barnabás, y a ti también? Y, finalmente, a la carta, pues ya está anticuada. Y entonces Barnabás gana la fama de ser un mensajero lento y malo. El escribiente, sin embargo, se lo pone fácil, dice «de Klamm para K» y con eso despide a Barnabás. Enton-ces Barnabás regresa a casa, sin aliento, con la carta bajo su camisa, pegada al cuerpo, y nos sentamos aquí, en este banco, como ahora, y nos cuenta lo ocurrido y analizamos todos los pormenores y valoramos lo que ha conseguido, para, al final, concluir que ha logrado muy poco y aun esto resulta cuestionable, entonces Barnabás deja la carta, no tiene ganas de llevarla, pero tampoco tiene ganas de irse a dormir, se pone a trabajar con los zapatos y se pasa toda la noche sentado en el taburete. Así ocurre, K, y ésos son mis secretos y ya no te sorprenderás de que Amalia renuncie a ellos.
—¿Y la carta? —preguntó K.
—¿La carta? —dijo Olga—. Bueno, después de un tiempo, cuando he insistido lo suficiente a Barnabás, pueden haber pasado días o semanas, toma la carta y la va a entregar. En esas nimiedades es muy dependiente de mí. Cuando he su-perado la primera impresión de su relato de los hechos, me puedo calmar, algo de lo que él, probablemente porque sa-be más, no es capaz. Y así le puedo repetir: «¿Qué quieres realmente, Barnabás? ¿Con qué carrera, con qué objetivos sueñas? ¿Acaso quieres llegar tan lejos que nos tengas, que me tengas que abandonar? Mira a tu alrededor si algu-no de nuestros vecinos ha llegado tan lejos. Cierto, su situa-ción es diferente a la nuestra y no tienen ningún motivo para querer mejorar su situación, pero incluso sin comparar hay que comprender que contigo todo está en el buen camino. Te enfrentas a impedimentos, a decepciones y dudas, pero eso sólo significa lo que ya sabíamos de antemano, que no te van a regalar nada, que te vas a tener que ganar en dura lucha cada minucia, y ése es un motivo más para estar or-gulloso y no deprimirte. Y, además, Barnabás, también lu-chas por nosotros. ¿No significa eso algo para ti? ¿No te da nuevas fuerzas? ¿No te alegras de que yo esté feliz y orgu-llosa de tener un hermano como tú? ¿No te ofrece ninguna seguridad? En realidad, no me decepcionas en lo que has logrado en el castillo, sino en lo que yo he logrado contigo. Puedes ir al castillo, eres un continuo visitante de las ofici-nas, pasas días enteros en la misma estancia que Klamm, eres un mensajero reconocido oficialmente, puedes recla-mar un traje oficial, recibes muchas misivas para entregar, todo eso eres, todo eso puedes y, sin embargo, bajas del castillo y en vez de abrazarnos llorando de felicidad, parece abandonarte todo tu valor en cuanto me ves, entonces du-das de todo, sólo te tientan los zapatos; la carta, en cambio, esa garantía de nuestro futuro, la dejas tirada». Así hablo con él y después de habérselo repetido día tras día, coge suspirando la carta y se va. Pero es probable que no se de-ba al efecto de mis palabras, sino que se ve impulsado a volver al castillo y sin cumplir el encargo jamás osaría regre-sar.
—Pero tú tienes razón en todo lo que le has dicho —dijo K—, lo has resumido todo con una exactitud digna de admi-ración. ¡Con qué asombrosa claridad piensas!
—No —dijo Olga—, te dejas engañar, quizá también le en-gañe así a él. ¿Qué ha logrado? Puede entrar en una ofici-na, pero ni siquiera parece una oficina, más bien una ante-sala de las oficinas, quizá ni siquiera eso, quizá se trate de una habitación donde se tiene que mantener a todos aque-llos que no pueden entrar en las oficinas. Habla con Klamm, pero ¿se trata realmente de Klamm? ¿No será acaso al-guien que se parece a Klamm, tal vez un secretario que pre-senta alguna similitud con Klamm y que se esfuerza por pa-recérsele más y que se hace el importante imitando la acti-tud soñadora de Klamm? Esa parte de su carácter es la más fácil de imitar, algunos intentan imitarla, pero con el resto no se atreven. Y un hombre tan anhelado y tan difícilmente ac-cesible como lo es Klamm, adopta en la fantasía de la gente numerosas figuras. Klamm, por ejemplo, tiene aquí un se-cretario municipal llamado Momus. Ah, ¿lo conoces? Tam-bién él se mantiene reservado, pero le he visto varias veces. Un joven fuerte, ¿verdad? Y es probable que no se parezca en nada a Klamm. Y, sin embargo, podrás encontrar a gente en el pueblo que juraría que Momus es Klamm y ningún otro. Así trabaja la gente en su propia confusión. Y ¿tiene que ser diferente en el castillo? Alguien ha dicho a Barnabás que aquel funcionario era Klamm y, ciertamente, hay una similitud entre los dos, pero una similitud puesta en duda una y otra vez por Barnabás. Y todo habla en favor de sus dudas. ¿Acaso Klamm tendría que apretarse en una estan-cia pública con otros funcionarios con el lápiz detrás de la oreja? Eso resulta muy improbable. Barnabás, con algo de ingenuidad —eso es un rasgo que crea confianza—, suele decir: «El funcionario se parece mucho a Klamm; si se sen-tara en su propio despacho, ante su propia mesa y si en la puerta estuviera su nombre, ya no tendría ninguna duda». Eso es infantil y, sin embargo, sensato. Aún más sensato sería, sin embargo, que Barnabás, cuando se encuentre arriba, se informe por distintas personas de cómo funcionan allí las cosas, a fin de cuentas a su alrededor hay suficientes personas. Y si sus datos no fuesen más fiables que los de aquel, que, sin ser preguntado, le señaló a Klamm, de su di-versidad podría deducir algunos puntos de apoyo o compa-rativos. Esto no se me ha ocurrido a mí, sino a Barnabás, pero no se atreve a llevarlo a la práctica; por miedo a perder su puesto al infringir involuntariamente algún reglamento desconocido, no se atreve a hablar con nadie; así de inse-guro se siente; esa desgraciada inseguridad me aclara su posición con más eficacia que todas las descripciones. Qué incierto y amenazador le tiene que parecer todo, cuando ni siquiera osa abrir la boca para formular una pregunta ino-cente. Cuando pienso en ello, me acuso de dejarle solo en esas estancias desconocidas, donde reina una atmósfera en la que incluso él, que antes de pecar de cobarde lo haría de temerario, tiembla de miedo .
Aquí me parece que llegas a lo decisivo —dijo K—. Eso es. Por lo que me has contado, creo verlo claro. Barnabás es demasiado joven para ese trabajo. Nada de lo que él cuenta se puede tomar en serio. Como arriba se muere de miedo, no puede observar nada y cuando se le obliga aquí a que in-forme, sólo se oyen cuentos confusos. El respeto a la admi-nistración es aquí innato, se os sigue insuflando durante to-da vuestra vida de las maneras más distintas y desde todas partes, y vosotros mismos ayudáis en ello en lo que podéis. En principio no digo nada en contra; cuando una administra-ción es buena, ¿por qué no se le debería tener respeto? Pe-ro no se puede enviar de repente al castillo a un joven poco instruido como Barnabás, que no ha salido del pueblo, y re-clamar de él informes fidedignos e investigar sus palabras como si fuesen una Revelación y hacer depender de su in-terpretación la propia felicidad. Nada puede ser más erró-neo. Cierto, yo también me he dejado confundir como tú y no sólo he puesto esperanzas en él, sino que también he sufrido decepciones, y siempre basándome en sus palabras, que ni siquiera estaban fundadas.
Olga callaba.
—No me resulta fácil —dijo K— conmover la confianza que tienes en tu hermano, pues ya veo cómo le quieres y lo que esperas de él. Pero debo hacerlo, incluso en interés de tu amor y de tus esperanzas. Pues mira, una y otra vez te im-pide algo —no sé lo que es— que reconozcas lo que Barna-bás no ha logrado pero que se le ha regalado. Puede ir a las oficinas o, si tú lo quieres, puede entrar en una antesala, bueno, pues sí, en una antesala, pero allí hay puertas que conducen a otras estancias, así como barreras que se pue-den atravesar cuando se tiene la habilidad para ello. Para mí, por ejemplo, esa antesala permanece inaccesible, al menos provisionalmente. No sé con quién habla Barnabás allí, tal vez ese escribiente sea el más bajo de los sirvientes, pero aun cuando sea el más bajo, puede conducir a su in-mediato superior y si no puede conducir hasta él, al menos le puede mencionar y, si no le puede mencionar, podrá indi-car a alguien que lo pueda mencionar. El supuesto Klamm puede que no tenga nada en común con el real, la similitud sólo puede existir en los ojos ciegos por la excitación de Barnabás, puede que él sea el más ínfimo de los funciona-rios, puede que ni siquiera sea funcionario, pero algún co-metido tiene que tener en ese pupitre, algo lee en su libraco, algo murmura al oído del escribiente, en algo piensa cuando dirige su mirada tras largo tiempo a Barnabás, y aun cuando nada de eso sea verdad y sus actos no signifiquen nada, al-guien le habrá puesto allí y lo habrá hecho con alguna inten-ción. Con todo esto quiero decir que en ello hay algo, algo que se ofrece a Barnabás, al menos algo, y que sólo es cul-pa de Barnabás si no puede alcanzar nada salvo miedo, du-das y desesperación. Y en todo esto he partido del caso más desfavorable, que es incluso el más improbable. Pues tenemos las cartas en la mano, en las que no confío mucho, pero más que en las palabras de Barnabás. _Puede también que sean cartas anticuadas y sin valor, que se han sacado de un montón de cartas igual de anticuadas y sin valor, se-leccionando a la buena de Dios y reflexionando tan poco como un canario en una feria empleado para que pique una papeleta de tómbola, puede que sea así, pero esas cartas tienen al menos una relación con mi trabajo, están dirigidas visiblemente a mí, aunque no estén destinadas a serme úti-les; como testimoniaron el alcalde y su esposa, eran de pu-ño y letra de Klamm y poseen, una vez más según el alcal-de, una gran importancia, si bien sólo privada y poco trans-parente.
—¿Dijo eso el alcalde? —preguntó Olga.
—Sí, eso dijo —respondió K.
—Se lo contaré a Barnabás —dijo rápidamente Olga—, eso le animará mucho.
—Pero él no necesita que le animen —dijo K—, animarle significa decirle que tiene razón, que tiene que continuar como hasta ahora, pero si sigue actuando precisamente como hasta ahora no logrará nada. No puedes animar a al-guien a que vea cuando tiene tapados los ojos por un pa-ñuelo, no podrá ver nunca; sólo cuando se le quite el pañue-lo podrá ver. Barnabás necesita ayuda, no que le animen. Piensa que allí arriba la administración se muestra en su inextricable grandeza; yo creía tener una idea aproximada de ella antes de venir aquí —qué ingenuo era todo—, pero allí está la administración y Barnabás se enfrenta a ella, na-die más, sólo él, tan sólo que es digno de lástima, y repre-sentaría demasiado honor para él si no permaneciese enco-gido toda su vida en una oscura esquina.
—No creas, K —dijo Olga—, que no valoramos en lo que vale la tarea que Barnabás ha asumido. No nos falta respeto por la administración, ya lo has dicho tú.
—Pero se trata de un respeto descaminado —dijo K—, un respeto en el lugar inadecuado, ese respeto degrada su objeto. ¿Acaso se puede llamar respeto cuando Barnabás abusa del regalo de poder entrar en esa estancia para pasar allí los días o cuando él baja y empequeñece o calumnia a alguien ante quien ha temblado, o cuando por desesperación o cansancio no lleva las cartas en seguida o no transmite inmediatamente los mensajes que le han sido confiados? Eso ya no es respeto. Pero el reproche va más lejos, también se extiende a ti, Olga, no te lo puedo ahorrar; has enviado a Barnabás al castillo, pese a que crees tener respeto por la administración, en plena juventud, con su debilidad y abandono o, al menos, no se lo has impedido .
—El reproche que me haces —dijo Olga— también me lo hago yo y desde hace tiempo. Aunque no se me puede re-prochar que haya enviado a Barnabás al castillo, no le he enviado, él fue por su cuenta, pero tendría que haberle rete-nido con todos los medios, con persuasión, astucia, con vio-lencia si hubiese sido necesario. Tendría que haberle rete-nido, pero si hoy fuese aquel día, aquel día decisivo, y sin-tiese la miseria de Barnabás y de mi familia como la sentí entonces y la siento ahora, y Barnabás, claramente cons-ciente de toda la responsabilidad y del peligro, volviese a desprenderse de mí sonriente y con dulzura para irse, tam-poco le retendría hoy, pese a todas las experiencias de este tiempo, tú mismo en mi lugar no podrías hacer otra cosa. No conoces nuestra miseria, por eso cometes una injusticia con nosotros, pero ante todo con Barnabás. Antaño teníamos más esperanza que hoy, pero tampoco era nuestra espe-ranza muy grande, grande sólo era nuestra miseria y así ha permanecido. ¿No te ha contado Frieda nada de nosotros?
—Sólo alusiones —dijo K—, nada en concreto, pero sólo vuestro nombre la irrita.
—¿Tampoco la posadera te ha contado nada?
—No, nada.
—Y ¿ninguna otra persona?
—Nadie.
—¡Naturalmente! ¿Cómo podrían contarte algo? Todos sa-ben algo sobre nosotros, o la verdad, en lo que les resulta accesible, o al menos algún rumor tomado de la calle o in-ventado por ellos mismos, y todos piensan en nosotros más de lo necesario, pero nadie lo contará, sienten aversión a tocar ese tema. Y tienen razón. Resulta difícil articularlo, in-cluso frente a ti, K, y ¿acaso no es posible que tú, si lo es-cuchas, te vayas y no quieras saber más de nosotros, aun-que a ti aparentemente no te afecte en nada? Entonces te habríamos perdido, a ti, que para mí significas, lo reconoz-co, más que el servicio que hasta ahora ha prestado Barna-bás en el castillo. Y, sin embargo, esa contradicción me atormenta toda la tarde, lo tienes que saber, en otro caso no puedes hacerte una idea de nuestra situación, pero enton-ces serías injusto con Barnabás, lo que me dolería espe-cialmente, y nos faltaría la necesaria unidad, ya no podrías ayudarnos ni aceptar nuestra ayuda extraoficial. Pero aún queda una pregunta: ¿realmente quieres saberlo?
—¿Por qué preguntas eso? —dijo K—. Si es necesario, quiero saberlo, pero ¿por qué preguntas así?
—Por superstición —dijo Olga—, te verás inmiscuido en nuestros asuntos, inocente como eres, al menos no más culpable que Barnabás.
—Cuenta rápido —dijo K—, no tengo miedo. Por pura pusi-lanimidad femenina lo haces peor de lo que es.

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