XIII

HANS

Después de un rato, llamaron débilmente a la puerta.
—¡Barnabás! —gritó K, arrojó la escoba y en pocas zanca-das ya estaba ante la puerta.
Horrorizada más por el nombre que por otra cosa, Frieda le contempló. Con las manos inseguras K no podía abrir el vie-jo cerrojo.
—Ya abro —repetía en vez de preguntar quién era el que llamaba. A continuación tuvo que ver cómo el que entraba por la puerta abierta no era Barnabás, sino un niño que ya con anterioridad había querido hablar con K. Pero K no tenía ganas de acordarse de él.
—¿Qué buscas aquí? —dijo—. La clase es ahí al lado.
—Vengo de allí —dijo el niño, y miró tranquilamente a K con sus grandes ojos castaños, muy recto y con los brazos pegados al cuerpo.
—¿Qué quieres? Dímelo rápido —dijo K, y se inclinó un poco hacia abajo, pues el niño hablaba en voz baja.
—¿Puedo ayudarte? —preguntó el niño.
—Nos quiere ayudar—dijo K a Frieda, y luego al niño—: ¿Cómo te llamas?
—Hans Brunswick—dijo el niño—, alumno de cuarto curso, hijo de Otto Brunswick, maestro zapatero en la calle Made-lein.
—Así que te llamas Brunswick—dijo K, y se dirigió a él en un tono más amable. Resultó que Hans, por los arañazos sangrientos con que la maestra había castigado a K, se había irritado tanto que había decidido apoyarle. Por su pro-pia cuenta se había escabullido de la clase contigua como un desertor, exponiéndose a un gran castigo. Podía deberse a las ideas infantiles que le dominaban. A ellas también co-rrespondía la seriedad que se desprendía de todos sus ac-tos. Su timidez sólo le había molestado al principio, luego se habituó a K y a Frieda y cuando le dieron un café se animó y tomó confianza, siendo sus preguntas vehementes y pene-trantes, como si quisiera enterarse rápidamente de lo más importante para luego poder tomar decisiones por su propia cuenta en favor de K y Frieda. También había algo imperio-so en su carácter, pero estaba tan mezclado con la inocen-cia infantil, que, medio en broma medio en serio, se dejaba someter. En todo caso acaparó toda la atención, habían de-jado el trabajo y el desayuno se prolongaba. A pesar de que estaba sentado ante un pupitre, K en la mesa del maestro y Frieda en una silla a su lado, parecía que Hans era el maes-tro, como si examinase y juzgase las respuestas; una ligera sonrisa en su rostro parecía indicar que sabía muy bien que sólo se trataba de un juego, no obstante, más seria era su actitud ante el asunto, aunque quizá no era una sonrisa lo que se reflejaba en sus labios, sino la felicidad de la niñez. Sorprendentemente tarde reconoció que ya conocía a K, desde que éste estuvo en la casa de Lasemann. K se alegró de ello.
—¿Tú jugabas entonces a los pies de la mujer? —preguntó K.
—Sí —dijo Hans—, es mi madre.
Y entonces tuvo que hablar sobre su madre, pero lo hizo con dudas y sólo cuando le reiteraron la petición. Resultó que era un niño a través del cual a veces parecía hablar, especialmente en las preguntas, en un presentimiento del futuro, quizá también como consecuencia de la ilusión de los sentidos que afectaba a los intranquilos y tensos oyentes, casi un hombre enérgico, astuto y perspicaz, pero que poco después se manifestaba sin transición como un escolar que no comprendía algunas preguntas, otras las interpretaba mal, que con una desconsideración infantil hablaba en voz demasiado baja, aunque se le había llamado frecuentemen-te la atención sobre esa falta y que, finalmente, como con-suelo frente a algunas preguntas urgentes, se limitaba a ca-llar y, además, sin mostrar confusión alguna, como jamás podría hacerlo un adulto. Era como si, según su opinión, só-lo a él le estuviese permitido preguntar y que las preguntas de los otros infringieran algún reglamento o fuesen una pér-dida de tiempo. También podía mantenerse mucho tiempo sentado con el cuerpo recto, la cabeza inclinada hacia abajo y el labio inferior ligeramente desprendido. A Frieda le gustó tanto esa actitud, que le planteó con frecuencia preguntas de las que esperaba que le hiciesen callar de esa manera. A veces lo consiguió, pero a K le enojaba. En general pudieron saber poco, la madre estaba algo enferma, pero no pudieron averiguar de qué enfermedad se trataba; el niño que la se-ñora Brunswick mantenía en el regazo era la hermana de Hans y se llamaba Frieda (la coincidencia de nombres con la mujer que le preguntaba la tomó con mal humor), todos vivían en el pueblo, pero no en casa de Lasemann, allí sólo estaban de visita para que los bañasen, porque Lasemann tenía una gran bañera, en la cual bañarse y jugar procuraba un gran placer a los niños pequeños, entre los que Hans no se contaba; de su padre Hans habló con respeto o con mie-do, pero sólo cuando no hablaba al mismo tiempo de la ma-dre; en comparación con la madre el valor del padre parecía pequeño, por lo demás, todas las preguntas sobre la vida familiar, fuera cual fuese el método en plantearlas, quedaron sin respuesta; del oficio del padre se supo que era el zapa-tero más importante del lugar, nadie se le podía igualar, co-mo repitió con frecuencia y en respuesta a preguntas que no tenían nada que ver con eso, incluso le daba trabajo a otros zapateros, por ejemplo, al padre de Barnabás; en este últi-mo caso Brunswick lo hacía por compasión, al menos eso indicaba el gesto orgulloso de Hans, lo que impulsó a Frieda a acercarse a él de un salto y darle un beso. A la pregunta de si ya había estado en el castillo, respondió, después de habérsela repetido muchas veces, que «no», y la misma pregunta, pero referida a la madre, no se dignó responderla. Al final K se cansó. Seguir preguntando le pareció inútil, en eso el niño tenía razón, y además había algo vergonzoso en querer enterarse de secretos familiares a través de un niño inocente, y doblemente vergonzoso era que ni siquiera se enteraran de algo al respecto. Y cuando K para terminar le preguntó en qué se ofrecía para ayudar, no se maravilló al oír que sólo quería ayudarles en el trabajo para que el maestro y la maestra no se enojasen, con K. Éste le aclaró que no era necesaria su ayuda, que enojarse era un rasgo del carácter del maestro y que no podrían impedirlo ni con el trabajo mejor realizado. Pero el trabajo en sí no era difícil, esa vez simplemente se había retrasado por unas circuns-tancias casuales, además esos enojos no hacían el mismo efecto en K que en un escolar, se los sacudía de encima, le eran indiferentes, y tenía la esperanza de librarse del maes-tro muy pronto. Agradecía mucho que hubiese ofrecido su ayuda con el maestro y Hans podía regresar, esperaba que no lo castigasen por lo que había hecho. A pesar de que K no subrayó y se limitó a indicar fugazmente que se trataba de ayuda con el maestro la que él no necesitaba, dejaba abierta la pregunta sobre otro tipo de ayuda, Hans así lo de-dujo y preguntó si quizá K necesitaba otra ayuda, le encan-taría ayudarle y si él mismo no pudiera, se lo pediría a su madre y entonces seguro que podía resultar. También cuando el padre tenía preocupaciones, le preguntaba a la madre. Y la madre ya había preguntado una vez por K, ella apenas salía de casa, sólo excepcionalmente estuvo aquel día en casa de Lasemann; él, sin embargo, Hans, iba con frecuencia para jugar con sus hijos y una vez le preguntó la madre si tal vez el agrimensor se había encontrado allí. Pero a la madre, como estaba tan débil y cansada, no se le podía hablar mucho y él se limitó a decir que no había visto al agrimensor y ya no se habló más del asunto. Pero al encon-trarle ahora en la escuela, le había tenido que hablar para poder informar luego a la madre. Pues eso es lo que más le gusta a la madre: cuando se obedecen sus deseos sin una orden expresa. A eso respondió K, después de una breve reflexión, que no necesitaba ninguna ayuda, tenía todo lo que necesitaba, pero era muy amable por parte de Hans que quisiera ayudarle y le agradecía sus buenas intencio-nes, era posible que más tarde pudiese necesitar algo, en-tonces se dirigiría a él, ya conocía su dirección. Por el con-trario, quizá K pudiese ayudarle un poco, sentía mucho que la madre de Hans estuviese enferma y que nadie compren-diese allí su sufrimiento; en un caso tan descuidado puede darse un grave empeoramiento de una ligera dolencia. Pero él, K, tenía conocimientos médicos y lo que aún era más va-lioso, experiencia en el tratamiento de los enfermos. Consi-guió triunfar cuando los médicos fracasaron. En casa siem-pre le habían llamado por sus poderes curativos «hierba amarga». En todo caso querría ver a la madre de Hans y hablar con ella. Quizá pudiese darle un buen consejo, sólo por él, por Hans, estaría encantado de poder hacerlo. Al principio los ojos de Hans brillaron con esa oferta, sedujeron a K para mostrarse más perentorio, pero el resultado fue in-satisfactorio, pues Hans contestó a las preguntas, y ni si-quiera se mostró triste al hacerlo, que su madre no podía recibir visitas de extraños, pues necesitaba reposo absoluto; a pesar de que K apenas habló con ella, tuvo que pasar después varios días en cama, lo que, ciertamente, ocurría con frecuencia. En aquella ocasión el padre se enojó mucho con K y jamás permitiría que K visitase a su madre, incluso aquella vez él quiso buscar a K para castigarle por su com-portamiento, pero la madre le convenció de lo contrario. An-te todo era su misma madre la que no quería hablar con na-die y su interés por K no significaba una excepción de la re-gla, todo lo contrario, a su mención ocasional de que tendría el deseo de verle, no le siguieron los hechos, con eso había manifestado claramente su voluntad. Sólo quería oír de K, pero no hablar con él. Por lo demás tampoco padecía de una enfermedad en el pleno sentido de la palabra, ella sabía muy bien el origen de su estado y a veces lo dejaba entre-ver, probablemente se debía al aire de allí, que ella no so-portaba, pero tampoco quería abandonar el lugar a causa del padre y de los niños, también estaba mejor que antes. Eso fue de lo que K se enteró; la capacidad mental de Hans aumentaba visiblemente, ya que protegía a su madre de K, de K, a quien supuestamente quería ayudar; incluso con la finalidad de proteger a la madre de K contradijo algunas de sus manifestaciones anteriores, por ejemplo respecto a la enfermedad. No obstante, K notó también que le seguía ca-yendo bien a Hans, sólo que sobre la madre olvidaba todo lo demás. Cualquiera que se colocase frente a la madre, se ponía en una posición injusta, ahora había sido K, pero tam-bién podía ser, por ejemplo, el padre. K quiso intentar esto último y dijo que era muy razonable por parte de su padre que protegiese así a su madre de toda molestia y si K hubiese sospechado algo en aquella ocasión, no habría osado dirigirse a ella y ahora pedía perdón por ello. Por el contrario, no podía entender del todo por qué el padre, si el origen del padecimiento estaba tan claro como Hans decía, impedía que la madre se recuperase cambiando de aires; se tenía que afirmar que se lo impedía, pues ella no quería irse por el padre y por los niños, pero se podría llevar a los ni-ños, tampoco tendría que estar ausente mucho tiempo ni tampoco muy lejos, ya arriba, en la montaña del castillo, el aire era mucho mejor. Los costes de esa excursión no debe-rían atemorizar al padre, a fin de cuentas era el mejor zapa-tero del lugar y con toda seguridad la madre tenía parientes o conocidos en el castillo que la acogerían encantados. ¿Por qué no dejaba que se fuera? No debería menospreciar ese padecimiento; K sólo había visto fugazmente a la ma-dre, pero su llamativa palidez y debilidad le impulsaron a di-rigirle la palabra, ya en aquella ocasión le sorprendió que el padre dejase a la esposa enferma en la atmósfera perjudi-cial de la habitación de los baños y que ni siquiera se mode-rase en sus conversaciones en voz alta. El padre no sabía de qué se trataba, por más que haya mejorado de la enfer-medad en los últimos tiempos, ese tipo de padecimientos tienen humores, pero si no se los combate con todas las fuerzas, se llega a un momento en que ya no puede ayudar nada. Si K no podía hablar con la madre, sería quizá venta-joso si al menos pudiese hablar con el padre y llamarle la atención sobre todo eso.
Hans había escuchado con gran atención, había entendido la mayoría y había sentido con fuerza la amenaza implícita en el resto. A pesar de ello dijo que K no podía hablar con el padre, pues éste tenía una gran aversión hacia él y proba-blemente le trataría igual que el maestro. Dijo esto sonrien-do y con timidez al hablar de K y triste y con saña cuando habló del padre. Sin embargo, añadió que K quizá pudiese hablar con la madre, pero sin que lo supiera el padre. En-tonces Hans reflexionó con la mirada fija en un punto, como una mujer que quiere hacer algo prohibido y busca una po-sibilidad de realizarlo con impunidad. Poco después dijo que en un par de días quizá sería posible, pues el padre iba por la tarde a la pensión de los señores, ya que allí tenía algu-nas entrevistas, entonces él, Hans, vendría por la tarde y conduciría a K hasta su madre, presuponiendo que ella es-tuviese de acuerdo, lo que sería muy improbable. Ella no hacía nada contra la voluntad del padre, se sometía en todo a él, incluso en cosas cuya irracionalidad hasta él mismo, Hans, veía claramente. Ahora buscaba Hans ayuda contra el padre, era como si se hubiese engañado a sí mismo, pues había creído que quería ayudar a K, mientras que en realidad había querido averiguar si tal vez, como nadie del lugar había podido ayudar, ese forastero aparecido repenti-namente y mencionado incluso por la madre era capaz de hacerlo. Qué inconscientemente reservado, sí, casi solapa-do, era el niño, no había sido fácil de deducir de su presen-cia y de sus palabras, sólo se pudo notar después por la ca-sualidad y la intención dulas confesiones que habían aso-mado. Y entonces reflexionó con K en largas conversacio-nes qué dificultades habría que superar; eran, pese a la me-jor voluntad de Hans, dificultades casi insuperables; sumido en sus pensamientos y, sin embargo, buscando ayuda, mi-raba continuamente a K con ojos inquietos y parpadeantes. No podía decirle nada a la madre antes de la partida del pa-dre, si no éste se enteraría de todo y ya sería imposible, así que sólo más tarde podría mencionarlo, pero por considera-ción a la madre tampoco de repente y deprisa, sino lenta-mente y en el momento oportuno, entonces podría pedir permiso a la madre, luego vendría a recoger a K, pero ¿no sería ya demasiado tarde?, ¿no amenazaría la llegada inmi-nente del padre? Sí, en realidad era imposible. K, por el con-trario, demostró que no era imposible. No tenían que temer que no hubiese suficiente tiempo, bastaría una corta entre-vista, un breve encuentro, y no hacía falta que Hans viniese a buscar a K, éste esperaría escondido en algún lugar cerca de la casa y, con un signo de Hans, acudiría en seguida. No, dijo Hans, K no podía esperar cerca de la casa —una vez más le dominaba la sensibilidad por causa de su madre—, sin conocimiento de la madre K no podía ponerse en cami-no, Hans no podía aceptar un acuerdo secreto con K que fuese secreto para la madre, él tenía que recoger a K de la escuela y no antes de que la madre lo supiese y diese su consentimiento. Bueno, dijo K, entonces era realmente peli-groso, era posible que el padre le descubriese en la casa y aunque no ocurriese, la madre, por miedo, no dejaría que K la visitase y todo fracasaría por culpa del padre. Contra eso volvió a defenderse Hans y así siguió la disputa. Ya hacía tiempo que K había llamado a Hans para que viniese a la mesa y le había colocado entre sus rodillas, acariciándolo de vez en cuando para tranquilizarlo. Esa cercanía influyó en que Hans, a pesar de su resistencia temporal, consintiese en llegar a un acuerdo. Convinieron lo siguiente: Hans le di-ría al principio a su madre toda la verdad, sin embargo, para facilitarle el consentimiento, añadiendo que K también que-ría hablar con Brunswick, aunque no a causa de la madre, sino por sus asuntos. Eso también era verdad, a lo largo de la conversación a K se le había ocurrido que Brunswick, aunque fuese un hombre malo y peligroso, no podía ser realmente su enemigo, a fin de cuentas había sido, al me-nos según el informe del alcalde, el líder de aquellos que, fuese también por motivos políticos, habían reclamado la contratación de un agrimensor. Así pues, la llegada de K al pueblo tenía que haber sido favorable para él, pero enton-ces el enojoso encuentro el primer día y la aversión de la que Hans había hablado resultaban incomprensibles, quizá Brunswick se había enojado porque K no se había dirigido a él primero para solicitar ayuda, quizá había otro malentendi-do que podía ser aclarado con unas palabras. Una vez que ocurriera eso, K podría encontrar en Brunswick un respaldo contra el maestro, sí, incluso contra el alcalde, poniendo al descubierto todo el fraude administrativo, pues ¿qué otra cosa podía ser todo? El alcalde y el maestro le mantenían alejado de los órganos administrativos del castillo y le obli-gaban a aceptar el puesto de bedel. Si se producía una nueva lucha por K entre Brunswick y el alcalde, Brunswick tendría que poner a K de su parte, K sería huésped en la casa de Brunswick y sus instrumentos de poder se pondrían a su disposición, todo a despecho del alcalde, quien sabía muy bien hasta dónde podría llegar y, en todo caso, estaría frecuentemente cerca de la mujer. Así jugaba con sus sue-ños y ellos con él, mientras Hans, pensando exclusivamente en su madre, observaba preocupado el silencio de K, al igual que se hace con un médico sumido en sus pensamien-tos para encontrar un remedio en un caso grave. Con esa propuesta de K, que él quería hablar con Brunswick por la contratación como agrimensor, Hans se mostró conforme, aunque sólo porque gracias a eso su madre quedaba prote-gida del padre y, además, se trataba de un recurso excep-cional que esperaba no se produjese. Sólo preguntó cómo K aclararía al padre una visita tan tardía, y se conformó final-mente, aunque con un rostro algo sombrío, con que K diría que el insoportable puesto como bedel en la escuela y el tra-tamiento deshonroso del maestro le habían sumido en una repentina desesperación y había olvidado cualquier conside-ración.
Cuando lograron preparar todo, en lo que se podía prever, y la posibilidad de éxito ya no quedaba al menos excluida, Hans, liberado de la carga de la reflexión, se tornó más ale-gre y charló aún un rato de manera infantil, primero con K y luego con Frieda, que desde hacía tiempo estaba abstraída y ahora comenzó de nuevo a participar en la conversación. Entre otras cosas ella le preguntó qué quería ser de mayor, él no reflexionó mucho y dijo que quería ser un hombre co-mo K. Cuando le preguntó los motivos, no supo qué respon-der y a la pregunta de si quería ser bedel en una escuela, contestó negativamente. Sólo al seguir preguntándole reco-nocieron a través de qué caminos había llegado a expresar ese deseo. La situación presente de K no era en modo al-guno digna de envidia, sino triste y despreciable, él mismo habría preferido preservar a su madre de la mirada y de las palabras de K. Sin embargo, él había llegado hasta K y le había pedido ayuda y había sido feliz de que K consintiese, también creía reconocer lo mismo en otras personas, y ante todo la madre había mencionado a K. De esa contradicción surgió en él la creencia de que en ese momento K era aún un ser humillado y espantoso, pero que en un futuro, si bien casi inimaginable y lejano, él los superaría a todos. Y precisamente esa disparatada lejanía y el orgulloso desarrollo que debería conducir a ella tentaron a Hans. Incluso a ese precio quería tomar al K del presente. Lo especialmente infantil y al mismo tiempo astuto de ese deseo consistía en que Hans contemplaba desde lo alto a K como si fuera un joven cuyo futuro se expandiera más que el suyo propio, el de un niño. Y era con una seriedad sombría con la que él, obligado una y otra vez por las preguntas de Frieda, hablaba de esas cosas. Pero K le volvió a animar cuando dijo que él sabía lo que Hans le envidiaba, se trataba de su espléndido bastón de nudos que se encontraba sobre la mesa y con el que Hans había jugado distraído durante la conversación. Bueno, K sabía fabricar esos bastones y, si el plan resultaba exitoso, le haría a Hans uno más bonito. No quedó muy claro si Hans sólo había tenido en mente el bastón, tal fue su alegría sobre la promesa de K, y se despidió alegremente no sin antes estrechar con fuerza la mano de K y decir:
—Entonces hasta pasado mañana.

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