XII

LOS AYUDANTES

Cuando todos abandonaron la habitación, K dijo a los ayu-dantes:
—¡Fuera de aquí!
Asombrados por esa orden repentina, obedecieron, pero en cuanto K cerró con llave la puerta detrás de ellos, gimo-tearon y llamaron a la puerta:
—¡Estáis despedidos! —gritó K—, jamás os volveré a to-mar a mi servicio.
Pero no quisieron aceptar esa decisión y golpearon con las manos y los puños en la puerta.
—¡Queremos regresar contigo, señor! —gritaron, como si K fuese la tierra prometida y ellos no pudiesen llegar hasta ella. Pero K no tenía ninguna compasión, esperó impaciente hasta que el ruido insoportable obligó a intervenir al maes-tro. Ocurrió pronto.
—¡Deje entrar a sus malditos ayudantes! —gritó.
—¡Los he despedido! —respondió K, y tuvo el desagrada-ble efecto colateral de mostrar lo que ocurría cuando alguien era lo suficientemente fuerte no sólo para despedir a otro, sino para ejecutar el despido. El maestro intentó aplacar bondadosamente a los ayudantes, sólo tenían que esperar allí con calma, al final K los volvería a admitir. Después de decir estas palabras, se fue. Y quizá se hubiesen calmado si K no les hubiera vuelto a gritar que estaban definitivamente despedidos y que no tenían ninguna esperanza de ser re-admitidos. A continuación, volvieron a hacer ruido como al principio. De nuevo vino el maestro, pero esta vez no habló con ellos, se limitó a alejarlos de allí con la temida palmeta.
Al poco rato aparecieron ante la ventana de la clase de gimnasia, golpearon en los cristales y gritaron, pero sus pa-labras eran incomprensibles. No permanecieron allí mucho tiempo, en la profunda capa de nieve no podían saltar como lo requería su intranquilidad. Así que corrieron hacia la verja del jardín y se subieron sobre su parte inferior, desde donde, aunque sólo desde la lejanía, disfrutaban de una mejor vista sobre la habitación; allí, encaramados a las verjas, se ba-lanceaban a un lado y a otro, pero de repente se quedaban quietos y doblaban las manos en actitud de súplica hacia K. Eso lo hicieron durante mucho tiempo, sin considerar la in-utilidad de sus esfuerzos; estaban como cegados, ni siquie-ra oyeron cómo K corrió las cortinas para liberarse de su vi-sión.
En la penumbra de la habitación K fue hacia las barras pa-ra ver a Frieda. Ante su mirada ella se levantó, se arregló el pelo, se secó el rostro y se puso en silencio a hacer el café. Aunque ella lo sabía todo, K le informó formalmente de que había despedido a los ayudantes. Ella se limitó a asentir con la cabeza. K se sentó en un pupitre y observó sus cansados movimientos. Siempre había sido la frescura y la tenacidad lo que había embellecido la futilidad de su cuerpo, ahora esa belleza había desaparecido. Unos días viviendo con K lo habían logrado. El trabajo en la taberna no había sido fácil, pero más conveniente para ella. ¿O había sido el distancia-miento de K la causa real de su decadencia? La cercanía de Klamm la había hecho tan irresistiblemente seductora; se-ducido por ella, K la había tomado para sí y ahora se mar-chitaba entre sus brazos .
—Frieda—dijo K.
Ella dejó en seguida el molinillo de café y se acercó a K en el pupitre.
—¿Estás enfadado conmigo? —preguntó ella.
—No —dijo K—, creo que no puedes hacer otra cosa. Has vivido satisfecha en la posada de los señores, debí dejarte allí.
—Sí —dijo Frieda, y miró ante sí con tristeza—, tendrías que haberme dejado allí. No valgo lo suficiente para vivir contigo. Liberado de mí, quizá podrías conseguir todo lo que quieres. En consideración a mí te sometes a ese maestro ti-ránico, asumes este puesto miserable, solicitas fatigosa-mente una entrevista con Klamm. Todo lo haces por mí, pe-ro yo te lo pago mal.
—No —dijo K, y la rodeó consolador con su brazo—, todo eso no son más que pequeñeces que a mí no me dañan y en realidad a Klamm sólo le quiero ver por ti. ¡Y todo lo que tú has hecho por mí! Antes de conocerte, aquí estaba com-pletamente extraviado, nadie me aceptaba, y cuando los obligaba me despedían a toda prisa. Y si pudiese haber en-contrado tranquilidad con alguien, eran personas de las que tenía que huir, como por ejemplo Barnabás.
—Huiste de ellos, ¿verdad, querido? —exclamó Frieda con viveza y después de oír el dubitativo «sí» de K volvió a caer en su apatía. Pero K tampoco poseía la tenacidad para ex-plicar qué es lo que gracias a Frieda había tomado un cami-no favorable. Soltó lentamente el brazo que la rodeaba y se quedaron un rato sentados y en silencio, hasta que Frieda, como si el brazo de K le hubiese transmitido calor, dijo:
—No soportaré esta vida. Si quieres que siga contigo, te-nemos que emigrar, a cualquier lado, al sur de Francia o a España.
—No puedo emigrar —dijo K—, he venido para permane-cer aquí. Permaneceré aquí —e incurriendo en una contra-dicción que no hizo el esfuerzo de aclarar, añadió como si hablase consigo mismo—: ¿Qué podría haberme tentado a venir a este páramo a no ser el deseo de quedarme?
A continuación, dijo:
—Pero tú también quieres quedarte aquí, es tu tierra. Sólo que echas de menos a Klamm y eso hace que te desespe-res.
—¿Que echo de menos a Klamm? —dijo Frieda—, aquí hay Klamm en exceso, demasiado Klamm; para escapar de él quiero salir de aquí. No echo de menos a Klamm, sino a ti. Por ti quiero irme, porque no puedo tener suficiente de ti, aquí, donde todos tiran de mí. Cómo me gustaría quitarme esta bonita máscara y con el cuerpo miserable poder vivir contigo en paz.
K sólo prestó atención a una cosa.
—¿Klamm está aún en contacto contigo? —preguntó en seguida—. ¿Te llama?
—No sé nada de Klamm —dijo Frieda—, hablo de otros, por ejemplo de los ayudantes.
—¡Ah!, los ayudantes —dijo K sorprendido—. ¿Te acosan?
—¿Acaso no lo has notado? —preguntó Frieda.
—No —dijo K, e intentó recordar en vano algún detalle—. Son jóvenes impertinentes y ávidos, pero que te hayan im-portunado, eso no lo he advertido.
—¿No? —dijo Frieda—. ¿No notaste que no había manera de sacarlos de nuestra habitación en la posada del puente, ni cómo vigilaban celosos nuestra relación, o cómo uno de ellos, finalmente, se echó a mi lado en el jergón de paja, o cómo han testimoniado contra ti para expulsarte, perderte y así poder estar a solas conmigo? ¿No has notado nada de eso?
K miró a Frieda sin responder. Esas acusaciones contra los ayudantes eran verdaderas, pero también podían interpre-tarse de forma inocente, como fruto del carácter ridículo, in-fantil, inquieto y falto de dominio de los dos. Y ¿no hablaba contra la acusación de Frieda que hubiesen intentado siem-pre ir a todas partes con K en vez de quedarse con Frieda? K mencionó algo parecido.
—¡Pura hipocresía! —dijo Frieda—. Pero ¿no has podido darte cuenta? Entonces ¿por qué los has despedido si no es por estos motivos?
Y se fue hacia la ventana, apartó un poco las cortinas, miró hacia afuera y llamó a K. Aún se encontraban los ayudantes en la verja. Aunque estaban visiblemente cansados, de vez en cuando, haciendo acopio de todas sus fuerzas, seguían extendiendo los brazos con actitud suplicante hacia la es-cuela. Uno de ellos, para no tener que aferrarse continua-mente había ensartado la chaqueta en una de las barras de la verja. —¡Pobres! ¡Pobres! —exclamó Frieda .
—¿Que por qué los he expulsado? —preguntó K—. La causa directa has sido tú.
—¿Yo? —preguntó Frieda sin apartar la vista de los ayu-dantes.
—Sí, porque has tratado con demasiada amabilidad a los ayudantes —dijo K—, por perdonarles su comportamiento maleducado, reírte de sus necedades, acariciar su pelo, te-ner continuamente compasión de ellos, J os pobres, los po-bres», vuelves a decir, y, finalmente, el último incidente, co-mo para ti mi precio no era muy alto, me quisiste sacrificar para rescatar del castigo a los ayudantes.
—Eso es —dijo Frieda—, de eso es precisamente de lo que hablo, eso es lo que me hace infeliz, lo que me separa de ti, aunque no conozco mayor felicidad para mí que estar contigo, continuamente, sin interrupción, sin fin; sueño que en la tierra no hay ningún lugar tranquilo para nuestro amor, ni en el pueblo ni en ningún otro sitio, y por eso me imagino una tumba, profunda y estrecha, en la que nos mantenemos abrazados como oprimidos por unas tenazas, yo oculto mi rostro en ti, tú el tuyo en mí y nadie nos ve más. Pero aquí… ¡mira a los ayudantes! Sus manos suplicantes no se dirigen a ti, sino a mí.
—Y no soy yo quien los observa —dijo K—, sino tú.
—Claro, yo —dijo Frieda casi enojada—, de eso es de lo que estoy hablando todo el rato, ¿a qué se debería si no que los ayudantes me persiguieran, por más que puedan ser emisarios de Klamm?
—¿Emisarios de Klamm? —dijo K, a quien sorprendió mu-cho esa designación, por muy natural que le pareciese al principio. —Emisarios de Klamm, claro —dijo Frieda—, aun-que lo sean, al mismo tiempo son jóvenes pueriles que ne-cesitan probar la palmeta para su educación. Qué jóvenes más feos y gamberros son y qué repugnante es el contraste entre sus rostros de adultos, casi de estudiantes, y su com-portamiento necio e infantil. ¿Acaso crees que no me doy cuenta? Me avergüenzo de ellos. Pero aquí radica el asunto, ellos no me repudian, sino que me avergüenzo de ellos. Siempre tengo que mirarlos. Cuando debiera enojarme con ellos, me tengo que reír. Cuando debiera golpearlos, tengo que acariciar su pelo. Y cuando yazco a tu lado por la no-che, no puedo dormir y tengo que ver cómo uno de ellos duerme enrollado en una manta y el otro permanece arrodi-llado ante la calefacción, vigilando que no se apague, y ten-go que inclinarme hasta casi despertarte. Y no es el gato lo que me asusta, ¡ay!, conozco gatos y también conozco esos sueños agitados y constantemente turbados en la taberna, no es el gato lo que me asusta, sino yo misma. Y no nece-sito a ese gato monstruoso, me estremezco con el menor ruido. Temí que te despertaras y todo llegase a su fin y en-tonces me levanté y encendí una vela para que te desperta-ses deprisa y me pudieses proteger.
—No sabía nada de todo eso —dijo K—, sólo por un pre-sentimiento de lo que me cuentas los he expulsado, ahora ya se han ido, ahora todo está bien.
—Sí, al fin se han ido —dijo Frieda, pero su rostro estaba atormentado, triste—, pero no sabemos quiénes son. Emisa-rios de Klamm, así los llamo yo jugando con mi imaginación, aunque tal vez lo sean. Sus ojos, esos ojos simples pero centelleantes, me recuerdan en cierto modo a los ojos de Klamm, sí, ésa es la mirada de Klamm, que a veces me con-templa a través de sus ojos. Y, por tanto, fue incorrecto cuando dije que me avergonzaba de ellos. Sólo quería que fuese así. Pero sé que en otro lugar y con otras personas el mismo comportamiento sería necio y repugnante, pero con ellos no es así, contemplo sus necedades con respeto y admiración. Pero si son los emisarios de Klamm, ¿quién nos liberará de ellos? Y ¿sería bueno que nos liberasen de ellos? ¿No tendrías que correr a recogerlos y alegrarte de que quisieran volver?
—¿Quieres que los vuelva a dejar entrar? —preguntó K.
—No, no —dijo Frieda—, no hay nada que quiera menos. Su mirada cuando entrasen, su alegría por volverme a ver, sus saltos de niños y sus abrazos de hombres, todo eso no podría soportarlo. Pero en cuanto pienso que, si permane-ces duro con ellos, quizá cierres el camino de Klamm hacia ti, deseo preservarte de las consecuencias que eso tendría. Entonces sí quiero que los dejes entrar. Entonces que en-tren lo más rápido posible. No tengas ninguna consideración conmigo, yo no importo. Me defenderé todo el tiempo que pueda y, si tuviera que perder, bueno, perderé, pero con la conciencia de que también ha ocurrido por ti.
—Con esas palabras no haces más que reforzar mi sen-tencia respecto a los ayudantes —dijo K—, jamás entrarán si puedo impedirlo. Que los he expulsado, demuestra que, bajo determinadas circunstancias, se los puede dominar y que, por tanto, no guardan ninguna relación esencial con Klamm. Ayer por la noche recibí una carta de Klamm de la que se puede deducir que está mal informado acerca de los ayudantes, de lo que también se puede deducir que le son completamente indiferentes, pues si no lo fueran habría po-dido recabar noticias cabales sobre ellos. Y que veas en ellos a Klamm no demuestra nada, pues aún, por desgracia, estás influida por la posadera y ves a Klamm por todas par-tes. Todavía eres la amante de Klamm y todavía no eres mi esposa. A veces eso me entristece profundamente, me pa-rece como si lo hubiese perdido todo, tengo la sensación de haber venido al pueblo, pero no lleno de esperanza, como estaba en realidad cuando llegué, sino con la conciencia de que sólo me esperan decepciones y que tendré que probar-las todas hasta la raíz. Aunque esto sólo ocurre a veces —añadió K sonriendo al ver cómo Frieda se venía abajo con sus palabras—, y en el fondo demuestra algo bueno: lo que significas para mí. Y si ahora reclamas que decida entre tú y los ayudantes, los ayudantes ya han perdido. Vaya pensa-miento, elegir entre los ayudantes y tú. Ahora quiero librar-me definitivamente de ellos. Quién sabe, por lo demás, si la debilidad que se ha apoderado de nosotros dos no proviene de que no hemos desayunado.
—Es posible —dijo Frieda sonriendo con cansancio y se puso a trabajar. También K volvió a coger la escoba.

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