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EN LA CALLE

K salió a la escalera exterior azotada por el fuerte viento y miró hacia la oscuridad. Un tiempo malo, malísimo. De algu-na manera, en consonancia con él se acordó de cómo la posadera se había esforzado en que se plegase al interro-gatorio y cómo había logrado resistirse. No había sido nin-gún esfuerzo externo, en secreto le había alejado del acta, al final no sabía si había resistido o se había resignado. Una naturaleza intrigante, aparentemente trabajando sin sentido como el viento, según encargos lejanos y extraños de los que nunca se tenía noticia.
Apenas había caminado unos pasos por la carretera cuan-do vio en la lejanía dos luces oscilantes. Ese signo de vida le alegró y se apresuró a llegar hasta ellas, que también ve-nían a su encuentro. No supo por qué se sintió tan decep-cionado al reconocer a los dos ayudantes que marchaban hacia él, probablemente los había enviado Frieda, y los faro-les que le liberaban de las tinieblas haciendo ruido a su al-rededor eran de su propiedad; no obstante, estaba decep-cionado, había esperado encontrarse con algún extraño, no con esos viejos conocidos que le resultaban una carga. Pero no sólo venían los ayudantes, de la oscuridad, entre ellos, surgió Barnabás.
—¡Barnabás! —exclamó K, y le ofreció su mano—. ¿Me buscabas?
La sorpresa del encuentro le hizo olvidar al principio el eno-jo que le causó una vez.
—Sí —dijo Barnabás con el mismo tono amable de siem-pre—, y con una carta de Klamm.
——¡Una carta de Klamm! —dijo K alzando la cabeza y tomando deprisa la carta de la mano de Barnabás—. ¡Ilumi-nad! —le dijo a los ayudantes que se apretaban contra él a derecha e izquierda y levantaban los faroles.
K tuvo que doblar repetidas veces el gran pliego de la carta para protegerlo del viento. A continuación leyó: «¡Al agri-mensor en la posada del puente! Los trabajos de agrimensu-ra que ha realizado hasta el presente son dignos de mi re-conocimiento. También los trabajos de los ayudantes son dignos de alabanza. Sabe estimularlos muy bien a trabajar. ¡No desmaye en su celo profesional! ¡Conduzca sus traba-jos a un buen fin! Una interrupción me enojaría. Por lo de-más, esté confiado, la cuestión salarial se decidirá en breve. No le pierdo de vista».
K dejó de mirar la carta cuando los ayudantes, lectores más lentos, gritaron tres hurras para celebrar las buenas no-ticias e hicieron oscilar los faroles.
—Calma —dijo, y dirigiéndose a Barnabás—: Es un malen-tendido.
Barnabás no le comprendió.
—Es un malentendido —repitió K.
Y el cansancio de la tarde volvió a apoderarse de él, el camino hasta la escuela le parecía aún más largo y detrás de Barnabás se encontraba toda su familia y los ayudantes se apretaban contra él, así que tuvo que distanciarlos con los codos; cómo había podido Frieda enviárselos; si él había ordenado que permanecieran con ella. El camino a casa lo habría encontrado él solo y lo habría recorrido con más faci-lidad que en esa compañía. Por añadidura, uno de ellos se había puesto alrededor del cuello un pañuelo, cuyos extre-mos ondeaban con el viento y golpeaban el rostro de K, mientras que el otro los retiraba de su rostro con sus dedos puntiagudos y juguetones sin, ciertamente, mejorar la situa-ción. Los dos, incluso, parecían haberle tomado el gusto a esa actividad, del mismo modo en que les entusiasmaba el viento y la inestabilidad de la noche.
—¡Vamos! —gritó K—. Si habéis venido a mi encuentro, ¿por qué no habéis traído mi bastón? ¿Con qué si no os voy a llevar hasta casa?
Se escondieron detrás de Barnabás, pero tampoco esta-ban tan asustados, pues en otro caso no habrían mantenido los faroles a derecha e izquierda de su protector. Él, sin em-bargo, se desprendió de ellos.
—Barnabás —dijo K, y le afectó profundamente que Bar-nabás no comprendiese que en tiempos tranquilos su cha-queta brillase, pero que cuando había problemas, no supu-siese ninguna ayuda; en él sólo se podía encontrar una re-sistencia muda, resistencia contra la que no se podía luchar, pues él mismo estaba indefenso, sólo brillaba su sonrisa, pero era de tan poca ayuda como las estrellas arriba contra la tormenta allí abajo.
—Mira lo que me escribe el señor —dijo K, y mantuvo la carta ante su rostro—. El señor está mal informado, no hago ningún trabajo de agrimensura y lo valiosos que son los ayudantes, bueno, eso ya lo sabes tú mismo. Y el trabajo que no hago no lo puedo interrumpir, ¡si ni siquiera puedo despertar el enojo del señor, cómo voy a ganarme su reco-nocimiento! Y confiado, desde luego, no lo estaré nunca.
—Yo lo intentaré arreglar —dijo Barnabás, que todo el tiempo había pasado la vista por la carta, pero no la había podido leer, ya que la tenía pegada al rostro.
—¡Ay! —dijo K—, me prometes que lo vas a arreglar, pero ¿puedo creerte realmente? ¡Necesito tanto a un mensajero digno de confianza, ahora más que nunca!
K se mordió los labios de impaciencia.
—Señor —dijo Barnabás con una ligera inclinación del cue-llo. K estuvo a punto de dejarse seducir y creer a Barna-bás—, yo lo arreglaré, también lo último que me pediste.
—¡Cómo! —gritó K—. ¿Aún no lo has arreglado? ¿No es-tuviste al día siguiente en el castillo?
—No —dijo Barnabás—, mi buen padre es viejo, ya lo has visto, y había mucho trabajo, tuve que ayudarle, pero ahora podré ir pronto al castillo.
—Pero ¿qué haces, ser descabellado? —exclamó K, y se dio una palmada en la frente—, ¿acaso no tienen prioridad ante todo los asuntos de Klamm? ¿Tienes el cargo superior de un mensajero y lo ejerces con tal desvergüenza? ¿A quién le preocupa el trabajo de tu padre? Mamm espera no-ticias y tú, en vez de precipitarte a llevárselas, prefieres sa-car la porquería del establo.
—Mi padre es zapatero —dijo Barnabás impertérrito—, te-nía encargos de Brunswick y yo soy el ayudante de mi pa-dre.
—¡Encargos—zapatos—Brunswick! —gritó K amargado, como si hiciese inservibles para siempre cada una de las palabras—. ¿Y quién necesita aquí zapatos en los caminos siempre vacíos, y qué me importan a mí todos los zapatos del mundo? Te he confiado un mensaje, no para que lo olvi-des en un banco de zapatero, sino para que lo lleves de in-mediato al señor.
K se tranquilizó un poco al ocurrírsele que probablemente Klamm no había permanecido todo el tiempo en el castillo, sino en la posada de los señores, pero Barnabás volvió a irritarle cuando comenzó a recitar el primer mensaje para demostrarle que no lo había olvidado.
—Basta, no quiero saber más—dijo K.
—No te enfades conmigo, señor—dijo Barnabás y, como si quisiera castigarle inconscientemente, apartó su mirada y bajó los ojos, pero no era más que consternación por los gri-tos de K.
—No me he enfadado contigo —dijo K, y su intranquilidad se volvió contra él mismo—, no contigo, pero resulta muy perjudicial para mí sólo tener un mensajero así para las co-sas importantes.
—Mira —dijo Barnabás, y pareció como si para defender su honor de mensajero dijera más de lo que podía—, Klamm no espera tus noticias, incluso se enoja cuando llego, «otra vez noticias», dijo él una vez, y la mayoría de las veces se levanta cuando me ve llegar desde lejos, se va a la habita-ción contigua y no me recibe. Tampoco está acordado que tenga que presentarme cada vez que tenga un mensaje; si fuese así, es obvio que me presentaría inmediatamente, pe-ro no se ha acordado nada al respecto, y si no me presenta-se nunca, tampoco me reclamarían que lo hiciese. Cuando llevo un mensaje lo hago voluntariamente.
—Bien —dijo K observando a Barnabás y apartando pre-meditadamente la vista de los ayudantes que, alternándose detrás de los hombros de Barnabás, surgían lentamente de su hundimiento y rápidamente, con un silbido que imitaba al viento, como si se asustasen ante la mirada de K, volvían a desaparecer, así se divirtieron un buen rato—, no sé cómo son las cosas con Klamm, que tú sepas reconocer cómo son allí, lo dudo e incluso si pudieras, tampoco podrías mejorar-las. Pero sí puedes transmitir un mensaje, y eso es lo que te pido. Un mensaje muy corto. ¿Podrás llevarlo mañana mis-mo y decirme la respuesta también mañana o al menos in-formarme de cómo ha sido recibido? ¿Puedes y quieres ha-cerlo? Para mí sería muy importante. Y tal vez tenga la oportunidad de agradecértelo o tal vez tienes ahora un de-seo que yo pueda cumplir.
—Claro que cumpliré tu encargo —dijo Barnabás.
—¿Y quieres esforzarte, cumplirlo lo mejor posible, trans-mitírselo personalmente a Klamm, recibir la respuesta del mismo Klamm y en seguida, mañana, aún por la mañana, quieres hacerlo?
—Lo haré lo mejor que pueda—dijo Barnabás—, pero eso es lo que hago siempre.
—No vamos a seguir discutiendo sobre eso —dijo K—. És-te es el mensaje: «El agrimensor solicita al señor director que le permita presentarse personalmente ante él, acepta por antelación toda condición que esté vinculada a esa auto-rización. Se ha visto obligado a realizar esta petición, porque hasta ahora todos los intermediarios han fracasado, como prueba aduce que hasta el momento no ha realizado ningún trabajo de agrimensura; con desesperada vergüenza ha leí-do, por tanto, la última carta del señor director, sólo una en-trevista personal podría ayudar a solucionar la situación. El agrimensor conoce las molestias que puede causar, así que se esforzará por reducirlas todo lo que pueda, sometiéndose a cualquier limitación de tiempo, incluso a una fijación del número de palabras, si se considera necesaria, que pueda emplear durante la entrevista, incluso cree poder contentar-se con sólo diez palabras. Con gran respeto y extremada impaciencia, espera la decisión».
K había hablado concentrado en las palabras y olvidándo-se de sí mismo, como si estuviese ante la puerta de Klamm y hablase con el vigilante de la puerta.
—Es más largo de lo que había pensado —dijo al cabo—, pero tienes que transmitirlo oralmente, no quiero escribir una carta, seguiría el infinito camino de los expedientes.
Así, K garabateó en un papel sobre la espalda de uno de los ayudantes, mientras el otro iluminaba, pero K pudo es-cribirlo según el dictado de Barnabás que lo había memori-zado todo y lo repetía como un escolar, sin preocuparse del texto erróneo que los ayudantes le intentaban soplar.
—Tu memoria es extraordinaria —dijo K, y le dio el papel—, ahora, por favor, muéstrate extraordinario en el resto. ¿Y los deseos? ¿No tienes ninguno? Te digo sinceramente que me tranquilizaría, respecto al destino de mi mensaje, si tu-vieras alguno.
Al principio Barnabás permaneció callado, luego dijo:
—Mis hermanas te envían saludos.
—Tus hermanas —dijo K—, sí, esas jóvenes fuertes y al-tas.
—Las dos te envían un saludo, pero especialmente Amalia —dijo Barnabás—, hoy me ha traído esta carta del castillo para ti.
Interesado en esta información, K preguntó:
—¿No podría llevar ella también mi mensaje al castillo? ¿O no podríais ir los dos juntos y buscar suerte cada uno por su lado?
—Amalia no puede entrar en las oficinas —dijo Barnabás—, si no lo haría encantada.
—Mañana es probable que vaya a visitaros —dijo K—, pe-ro ven tú antes a buscarme con la respuesta. Te espero en la escuela. Saluda de mi parte a tus hermanas.
La promesa de K pareció hacer muy feliz a Barnabás y, después de estrecharse las manos como despedida, llegó incluso a rozar fugazmente el hombro de K. Éste sintió son-riente ese roce como si fuera un distintivo, como si ahora to-do fuese como al principio, cuando Barnabás entró por pri-mera vez en la posada con todo su esplendor en la presen-cia de los campesinos. Ya más calmado, durante el camino de regreso dejó que los ayudantes hicieran lo que quisiesen.

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