VII

EL MAESTRO

K se encontró arriba con el maestro. La habitación, para su alegría, apenas se podía reconocer, tan diligente había sido Frieda. Había aireado, había puesto la calefacción, fregado el suelo, hecho la cama; las cosas de las criadas, esa odiosa basura, habían desaparecido, incluidas las fotografías; la mesa, que había atraído las miradas por la costra de mugre formada en la tabla, había sido cubierta con un mantel blanco. Ahora ya se podía recibir a huéspedes; la poca ropa de K que Frieda había lavado con anterioridad y que colgaba ahora ante la calefacción para secarse, molestaba poco. El maestro y Frieda estaban sentados a la mesa, se levantaron cuando entró K, Frieda le saludó con un beso, el maestro se inclinó un poco. K, distraído y aún con la intranquilidad provocada por la conversación con la posadera, comenzó a disculparse por no haber podido visitar aún al maestro: parecía como si indicase que el maestro, impaciente por la espera de K, se hubiese decidido por hacer él mismo la visita. El maestro, sin embargo, con su actitud moderada, sólo pareció recordar lentamente que entre K y él se había convenido una suerte de visita.
—Usted es, entonces, señor agrimensor —dijo lentamente—, el forastero con el que hablé hace tiempo en la plaza de la iglesia.
—Sí —dijo brevemente K; lo que había tolerado entonces en su abandono, no lo iba a permitir en su habitación. Se volvió hacia Frieda y habló con ella sobre una visita importante que tenía que hacer inmediatamente y en la que tenía que aparecer lo mejor vestido posible. Frieda, sin preguntar más a K, llamó en seguida a los ayudantes, que estaban entretenidos en inspeccionar el nuevo mantel, ordenándoles que limpiaran el traje y los zapatos de K, que había comenzado a quitarse, y que los limpiaran concienzudamente en el patio. Ella misma tomó una camisa del cordel y corrió hacia la cocina para plancharla.
Ahora se encontraba K a solas con el maestro, que permanecía sentado y en silencio, dejó que esperase aún un poco más, se quitó la camisa y comenzó a lavarse ante la jofaina. Ahora, de espaldas al maestro, le preguntó sobre el motivo de su visita.
—Vengo por encargo del alcalde —dijo él.
K se mostró dispuesto a recibir el mensaje. Pero como las palabras de K apenas se podían oír por el chapoteo del agua, el maestro tuvo que acercarse y se apoyó en la pared junto a K. Éste se disculpó por su ocupación y por su intranquilidad con la excusa de la urgencia de la visita proyectada. El maestro no reparó en sus palabras y dijo:
—Fue descortés con el señor alcalde, un hombre mayor, honorable y con amplia experiencia.
—No sé si fui descortés —dijo K mientras se secaba—, pero que pensaba en otra cosa que en un comportamiento cortés, es cierto, pues se trataba de mi existencia que se ve amenazada por el ignominioso funcionamiento de una administración cuyas particularidades no tengo que expresar, pues usted mismo es un miembro activo de sus organismos. ¿Se ha quejado sobre mí el alcalde?
—¿De quién otro se podría quejar? —dijo el maestro—. Y si lo hubiera, ¿se quejaría de él alguna vez? Me he limitado a levantar un acta, según su dictado, sobre su conversación y, a través de ella, he tenido suficiente noticia sobre la bondad del señor alcalde y sobre su tipo de respuestas.
Mientras K buscaba el peine, que Frieda tenía que haber guardado en alguna parte, dijo:
—¿Cómo? ¿Un acta? ¿Redactada en mi ausencia por alguien que ni siquiera estuvo en la entrevista? No está mal. Y ¿por qué un acta? ¿Acaso fue un acto administrativo?
—No —dijo el maestro—, fue semioficial, también el acta es sólo semioficial, se hizo porque en nuestros asuntos tiene que reinar un orden severo. En todo caso ya está redactada y no resulta muy honrosa para usted.
K, que ya había encontrado el peine sobre la cama, dijo más tranquilo:
—Pues muy bien, ¿ha venido sólo a anunciármelo?
—No —dijo el maestro—, pero no soy ningún autómata y tenía que expresarle mi opinión. Mi encargo, sin embargo, es una prueba más de la bondad del señor alcalde. Hago hincapié en que para mí esa bondad resulta inexplicable y que cumplo su encargo sólo como una obligación de mi puesto y por veneración al señor alcalde.
K, lavado y peinado, estaba ahora sentado a la mesa esperando la camisa y el traje, sentía poca curiosidad por lo que el maestro le iba a comunicar, también había influido en él la baja opinión que la posadera tenía del alcalde.
—¿Son más de las doce? —dijo pensando en el camino que aún tenía que recorrer, luego recapacitó—: Quería cumplir un encargo del alcalde, ¿no?
—Bueno —dijo el maestro encogiéndose de hombros como si quisiera desprenderse de cualquier responsabilidad—. El señor alcalde teme que usted, si la decisión sobre su asunto se prolonga durante mucho tiempo, emprenda algo irreflexivo por su propia cuenta. Yo, por mi parte, no sé por qué teme eso, mi opinión es que usted puede hacer lo que quiera. No somos sus ángeles protectores y tampoco tenemos ninguna obligación de seguirle en todos los caminos que elija. Pero en fin, el señor alcalde es de otra opinión. Cierto es que no puede acelerar la decisión sobre la competencia de la administración; sin embargo, desea tomar una decisión, provisional aunque generosa, en su radio de acción que dependerá de usted aceptarla o no: le ofrece provisionalmente el puesto de bedel de la escuela.
K, al principio, apenas prestó atención a lo que se le ofrecía, pero el hecho de que se le ofreciera algo no le parecía insignificante. Indicaba que, según la opinión del alcalde, era capaz de poner en práctica medidas para su defensa, y para defenderse de ellas quedaban justificados algunos sacrificios de la comunidad. Y qué importancia se le daba al asunto. El maestro, que ya había esperado allí un buen rato y que antes había redactado el acta, debía de haber sido enviado a toda prisa por el alcalde.
Cuando el maestro comprobó que con su mensaje sólo había conseguido que K se tornase meditabundo, continuó:
—Yo puse mis objeciones. Le dije que hasta ahora no había sido necesario ningún bedel en la escuela: la esposa del sacristán limpia de vez en cuando y la señorita Gisa, la maestra, lo inspecciona; yo tengo ya preocupaciones suficientes con los niños como para enojarme ahora con un bedel. El señor alcalde opuso que, sin embargo, la escuela está muy sucia. Yo le contesté, como era verdad, que no está tan mal y añadí: ¿será mejor si tomamos a ese hombre como bedel? Seguro que no, aparte de que él no entiende de esos trabajos, la escuela consta exclusivamente de dos grandes clases sin ninguna otra estancia, el bedel tiene, por tanto, que vivir con su familia en una de las clases, dormir, incluso es posible que cocinar, eso no puede aumentar, naturalmente, la limpieza. Pero el señor alcalde insistió y dijo que ese puesto podía significar la salvación para usted y que, por consiguiente, se esforzaría todo lo posible para cumplirlo a la perfección; además, el señor alcalde opinó que con usted ganábamos también las fuerzas de su esposa y de sus ayudantes, de tal forma que no sólo la escuela, sino también el jardín podrían mantenerse con una limpieza y orden ejemplares. Todo eso lo pude refutar con facilidad. Finalmente, el señor alcalde no pudo aducir más en su favor, se rió y dijo que usted es el agrimensor y que, por tanto, trazaría muy bien los macizos de flores en el jardín de la escuela. Bueno, contra las bromas no hay objeciones, así que vine aquí para transmitirle esa proposición.
—Se preocupa inútilmente, señor maestro —dijo K—, jamás se me ocurriría aceptar ese puesto.
—Estupendo —dijo el maestro—, lo rechaza sin reservas.
Tomó el sombrero y se marchó.
Poco después llegó Frieda con el rostro turbado: traía la camisa sin planchar, y no respondió ninguna pregunta. Para distraerla, K le contó lo del maestro y la oferta; apenas lo hubo escuchado, arrojó la camisa sobre la cama y volvió a irse. Regresó al poco tiempo, pero con el maestro, que presentaba un aspecto mohíno y ni siquiera saludó. Frieda le pidió un poco de paciencia —era evidente que se lo había pedido ya varias veces en el camino hasta allí—, se llevó a K por una puerta lateral, de la que él no sabía nada, hacia una habitación contigua y finalmente le contó, excitada y sin aliento, lo que le había ocurrido. La posadera, furiosa porque se había humillado ante K con confesiones y, lo que era más enojoso, con condescendencia referente a una entrevista de K con Klamm, y sin conseguir otra cosa que, como ella dijo, un rechazo frío y, además, poco sincero, había decidido no tolerar por más tiempo a K en su casa; si tiene conexiones con el castillo, que las utilice rápidamente, pues hoy mismo, ahora, tiene que abandonar la casa y sólo por una orden directa de la administración y obligada por la fuerza le volvería a acoger, pero ella tiene la esperanza de que no se llegue a eso, pues también ella tiene conexiones con el castillo y sabrá hacerlas valer. A fin de cuentas, él sólo ha sido admitido en la posada por el descuido del posadero y ni siquiera en una situación de necesidad, pues esta misma mañana se ha preciado de tener otro alojamiento dispuesto. Frieda, naturalmente, se puede quedar, pero si quiere mudarse con K, la posadera será muy desgraciada, sólo por ese pensamiento se había desplomado, llorando, ante el horno de la cocina, la pobre mujer que padece del corazón, pero cómo puede actuar de otro modo, si se trata, al menos en su imaginación, del honor del recuerdo de Klamm. Así piensa la posadera. Frieda, ciertamente, seguirá a K a donde él quiera, por la nieve o el hielo, sobre eso no cabía ninguna duda, pero en todo caso su situación era muy mala, por eso ha saludado con gran alegría la oferta del maestro; por más que no sea un puesto muy adecuado para K, era temporal, se podía ganar tiempo y se podrían encontrar fácilmente otras posibilidades, aunque la decisión final fuese desfavorable.
—¡En caso de necesidad emigramos! —exclamó finalmente Frieda colgada del cuello de K—. ¿Qué nos mantiene aquí en el pueblo? Temporalmente, ¿verdad, cariño?, aceptamos la oferta, he vuelto a traer al maestro, tú le dices «trato hecho», nada más, y nos trasladamos a la escuela.
—Malo —dijo K sin tomarlo muy en serio, pues el alojamiento le importaba poco, también tenía mucho frío en ropa interior allí, en la buhardilla, que, expuesta, era atravesada por una corriente de aire hela do—. ¿Ahora que has arreglado tan bien la habitación tenemos que mudarnos? Sólo aceptaría ese puesto de mala gana, muy a disgusto, ya la humillación ante ese maestrillo me resulta desagradable y ahora se convierte en mi superior. Si pudiera permanecer un poco más aquí, quizá esta misma tarde cambiase mi situación. Si al menos tú permanecieras aquí, podríamos esperar y darle al maestro una respuesta incierta. Para mí siempre encontraré un alojamiento, aunque sea en casa de Bar…
Frieda le tapó la boca con la mano.
—Eso no —dijo angustiada—, por favor no vuelvas a decirlo. En lo demás, te seguiré en todo. Si quieres, permaneceré aquí sola, por muy triste que sea para mí y si quieres rechazaremos la oferta, por muy errónea que me parezca esa decisión. Pues mira, si encontrases otra posibilidad, incluso esta misma tarde, bueno, entonces es evidente que renunciaríamos inmediatamente a la escuela, nadie podrá impedírnoslo. Y en lo que respecta a la humillación ante el maestro, déjame que yo me preocupe de eso y verás como no lo es, yo misma hablaré con él. Tú permanecerás en silencio, no tendrás nunca que hablar con él, si no quieres; yo seré en realidad su subordinada y ni siquiera yo lo seré, pues conozco sus debilidades. Así que no se perderá nada si aceptamos el puesto, mucho, sin embargo, si lo rechazamos, ante todo no encontrarías un alojamiento, ni siquiera para ti mismo, si hoy no logras alcanzar el castillo, al menos uno por el que yo, tu futura esposa, no tuviera que avergonzarme. Y si no encuentras ningún alojamiento, reclamarás de mí que duerma aquí en una habitación cálida mientras sé que tú estás vagando allá afuera, en plena noche y helado de frío.
K, que durante todo el tiempo había permanecido con los brazos cruzados sobre el pecho y con las manos golpeándose la espalda para así calentarse un poco, dijo:
—Entonces no nos queda otra solución que aceptar, ¡vamos!
En la habitación se apresuró a acercarse a la calefacción, del maestro no se preocupó; éste estaba sentado a la mesa, sacó el reloj y dijo:
—Ya se ha hecho tarde.
—Pero ya nos hemos puesto completamente de acuerdo, señor maestro —dijo Frieda—, aceptamos el puesto.
—Bien —dijo el maestro—, pero el puesto se ha ofrecido sólo al señor agrimensor, él es quien debe manifestarse al respecto.
Frieda acudió en ayuda de K.
—Cierto —dijo ella—, él acepta el puesto, ¿verdad, K?
Así K pudo limitar su declaración a un simple «sí», que ni siquiera fue dirigido al maestro, sino a Frieda.
—Entonces —dijo el maestro—, sólo me queda enumerarle sus deberes laborales, para que coincidamos en ello de una vez por todas. Señor agrimensor, tiene que limpiar y calentar diariamente las dos clases, así como efectuar pequeñas reparaciones en el edificio, en el mobiliario y en los aparatos gimnásticos, debe mantener el camino a través del jardín despejado de nieve, realizar servicios de mensajero para mí y para la maestra y en la temporada cálida se encargará de los trabajos del jardín. Entre sus derechos se encuentran los siguientes: podrá vivir en una de las clases, según su elección; sin embargo, cuando no se den clases simultáneas en las dos habitaciones, y usted viva precisamente en la habitación donde se da clase, tendrá que trasladarse naturalmente a la otra habitación. En la escuela no puede cocinar, por eso tanto usted como los suyos recibirán la comida aquí, en la posada, a costa de la comunidad. Menciono sólo de pasada, pues usted, como un hombre instruido, ya debe de saberlo, que tendrá que comportarse de un modo digno para una escuela y que, especialmente durante las horas de clase, los niños jamás serán testigos de escenas domésticas desagradables. En este ámbito aprovecho para recordarle que debe legitimar lo más rápidamente posible sus relaciones con la señorita Frieda. Sobre todo esto y otros detalles se redactará un contrato laboral que deberá firmar en cuanto se traslade a la escuela.
A K le parecía todo eso carente de importancia, como si no le afectase o no le vinculase a nada, sólo la jactancia del maestro le irritaba, por lo que dijo sin reflexionar:
—Bueno, se trata de las obligaciones usuales.
Para difuminar un poco esa observación, Frieda preguntó por el sueldo.
—Si se paga un sueldo —dijo el maestro— se considerará después de que transcurra un mes de prueba.
—Pero eso es muy duro para nosotros —dijo Frieda—, deberíamos casarnos prácticamente sin dinero, crear nuestro hogar de la nada. ¿No podríamos, señor maestro, mediante una solicitud a la comunidad, pedir un pequeño sueldo inmediato? ¿Lo aconsejaría usted?
—No —dijo el maestro, que dirigía sus palabras a K—, una solicitud así tendría que ser acompañada de mi recomendación para que pudiera tener éxito y yo no la recomendaré. La concesión de la plaza no es más que una deferencia frente a usted y las deferencias, cuando se es consciente de la propia responsabilidad pública, no se deben llevar demasiado lejos.
Entonces se inmiscuyó K, casi en contra de su voluntad.
—En lo que concierne a la deferencia, señor maestro —dijo—, creo que se equivoca. La deferencia, más bien, parte de mí.
—No —dijo el maestro sonriendo, ya había logrado que K hablase—, sobre eso estoy muy bien informado. Necesitamos un bedel en la escuela con tanta urgencia como un agrimensor. Bedeles y agrimensores no son más que una carga. Me costará muchos dolores de cabeza cómo voy a justificar esos costes ante la comunidad, lo mejor y lo más sincero sería arrojar el nombramiento sobre la mesa y no molestarse en justificarlo.
—A eso es a lo que me refiero —dijo K—, me tiene que contratar en contra de su voluntad; a pesar de que le va a causar dolores de cabeza, me tiene que contratar. Cuando alguien se ve obligado a contratar a otro y este otro se deja contratar, el último es quien hace el favor.
—Extraño —dijo el maestro—, ¿qué nos puede obligar a contratarle? La bondad del señor alcalde, su gran corazón, eso es lo que nos obliga. Usted deberá renunciar, señor agrimensor, de eso me doy buena cuenta, a algunas fantasías, antes de convertirse en un buen bedel. Y para la percepción de un sueldo, esas indicaciones, naturalmente, no crean la atmósfera adecuada. Por desgracia también noto que su comportamiento aún me dará mucho que hacer: durante todo el tiempo ha estado negociando conmigo, lo sigue haciendo y no lo puedo creer, en camisa y calzoncillos.
—¡Así es! —exclamó K sonriendo y dando una palmada—. ¿Dónde están esos terribles ayudantes?
Frieda corrió hacia la puerta. El maestro, que comprobó que K ya no estaba dispuesto a seguir hablando con él, le preguntó a Frieda cuándo querían trasladarse a la escuela.
—Hoy mismo —dijo Frieda.
—Entonces mañana por la mañana haré mi visita de inspección —dijo el maestro, saludó con la mano, quiso salir por la puerta, que Frieda mantenía abierta para él, pero chocó con las criadas que ya venían con sus pertenencias para acomodarse otra vez en la habitación. Así que el maestro tuvo que deslizarse entre ellas y Frieda le siguió.
—Tenéis mucha prisa —dijo K, que esta vez se mostró muy satisfecho con ellas—, aún estamos aquí y ya queréis volver.
Ellas no contestaron y retorcieron confusas sus hatillos de ropa, de los que sobresalían los conocidos trapos sucios.
—Ni siquiera habéis lavado vuestras cosas —dijo K, no lo dijo con maldad, sino con cierta simpatía. Ellas lo notaron, abrieron al mismo tiempo sus rudas bocas, mostraron sus hermosos y fuertes dientes, como los de un animal, y lanzaron una sonora carcajada.
—Venid —dijo K—, instalaos, es vuestra habitación.
Como aún dudaban —su habitación les parecía demasiado cambiada—, K tomó a una del brazo para conducirla hacia el interior. Pero la dejó inmediatamente, tanta sorpresa leyó en la mirada de las dos, después de haberse intercambiado un signo de inteligencia, mirada que no apartaron de él.
—Ya me habéis mirado suficiente tiempo —dijo K, defendiéndose de una sensación desagradable; tomó los zapatos y el traje, que Frieda, seguida de los ayudantes, acababa de traer, y se vistió. Una vez más le resultó incomprensible la paciencia que mostraba Frieda con los ayudantes. Los había encontrado, tras una larga búsqueda, en vez de limpiando los trajes en el patio como debían, en el comedor, pacíficamente sentados y comiendo, con el traje sucio y arrugado sobre las rodillas; ella misma tuvo que limpiarlo después y, sin embargo, ella, que sabía dominar a la gente de baja condición, ni siquiera se enojó con ellos, en su presencia habló de su burda negligencia como si contase una broma e incluso acarició a uno de ellos en la mejilla. K quería exponerle sus quejas al respecto más adelante. Ahora, sin embargo, ya era hora de irse.
—Los ayudantes se quedan aquí para ayudarte en el traslado —dijo K.
Ellos no se mostraron de acuerdo, alegres y satisfechos con la comida, preferían algo de movimiento. Sólo cuando Frieda dijo: «claro, os quedáis aquí», se sometieron.
—¿Sabes adónde voy? —preguntó K.
—Sí —dijo Frieda.
—¿Y no quieres detenerme? —preguntó K.
—Encontrarás tantos impedimentos —dijo ella—, ¡qué significarían para ti mis palabras!
Se despidió de K con un beso, le dio, como no había podido comer, un paquete con pan y salchichas, que había subido de la cocina, le recordó que ya no debía regresar allí, sino a la escuela, y le acompañó, con la mano en su hombro, hasta la puerta.

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