VI

SEGUNDA CONVERSACIÓN CON LA POSADERA

El posadero le esperaba ante la posada. Sin ser pregunta-do no habría osado hablar, por eso fue K quien le preguntó qué quería.
—¿Tienes ya una nueva vivienda? —preguntó el posadero, mirando al suelo.
—¿Preguntas por encargo de tu esposa? —dijo K—. De-pendes mucho de ella, ¿no?
—No —dijo el posadero—, no pregunto por encargo de ella. Pero está muy excitada y se siente muy desgraciada por tu culpa, no puede trabajar, tampoco sale de la cama y no cesa de suspirar y de quejarse.
—¿Crees que debo visitarla? —preguntó K.
—Te lo pido —dijo el posadero—, quería recogerte en casa del alcalde, oí allí a través de la puerta, pero estabais en plena conversación, no quería molestar, además me pre-ocupaba mi esposa, así que regresé corriendo, pero ella no me dejó entrar en la habitación, por lo que no me quedó otro remedio que esperarte.
—Entonces vamos deprisa—dijo K—, la tranquilizaré pron-to.
—Ojalá sea posible —dijo el posadero.
Atravesaron la luminosa cocina, donde trabajaban tres o cuatro criadas, separadas las unas de las otras, en ocupaciones casuales, y que se quedaron estáticas al ver a K. Ya en la cocina se podían oír los suspiros de la posadera. Se encontraba en una pequeña dependencia sin ventanas, separada de la cocina sólo por un tabique de madera. Había únicamente espacio para una gran cama de matrimonio y un armario. La cama estaba situada de tal modo que desde ella se podía ver toda la cocina y se podía vigilar todo el trabajo que se realizaba en ella. Por el contrario, desde la cocina apenas se podía ver algo de esa dependencia: en su interior reinaba una gran oscuridad, sólo el cobertor rojo brillaba un poco. Cuando ya se había entrado y la vista se había acostumbrado a la oscuridad, se podían distinguir algunos detalles.
—Por fin viene usted —dijo la posadera con voz débil. Ya-cía sobre la espalda con los miembros extendidos, era evi-dente que la respiración le causaba molestias, pues había arrojado el edredón. En la cama presentaba un aspecto más juvenil que vestida, pero el gorro de dormir de fino encaje que llevaba, a pesar de que era muy pequeño y no se ajus-taba debido a su peinado, despertaba la compasión al des-tacar el decaimiento de su rostro.
—¿Cómo iba a venir? —dijo K con suavidad—.
No me ha llamado. —No tendría que haberme dejado es-perar tanto —dijo la posadera con la obstinación del enfer-mo—. Siéntese —dijo, y señaló el borde de la cama—. Los demás podéis iros.
Junto a los ayudantes también habían entrado las criadas.
—¿También yo debo irme, Gardena? dijo el posadero.
K era la primera vez que oía el nombre de la esposa.
—Naturalmente —dijo ella con lentitud, y como si estuviese entre tenida con otros pensamientos, añadió—: ¿Por qué ibas a quedarte precisamente tú?
Pero cuando todos se habían retirado a la cocina, incluidos los ayudantes, que esta vez obedecieron en seguida, quizá porque les interesaba una de las criadas, Gardena demostró estar lo suficientemente atenta como para comprobar que desde la cocina se podía oír todo lo que allí se hablara, pues esa estancia carecía de puerta, así que ordenó que todos desalojasen la cocina. Esto ocurrió en seguida.
—Por favor, señor agrimensor—dijo entonces Gardena—, en la parte delantera del armario cuelga un chal, alcánceme-lo. Quiero taparme con él, no soporto el edredón, tengo difi-cultades para respirar.
Y cuando K le hubo entregado el chal, ella dijo:
—Ve usted, éste es un bonito chal, ¿verdad?
A K le pareció un chal de lana común y corriente, lo palpó una vez más por cortesía, pero no dijo nada.
—Sí, es un bonito chal —dijo Gardena, y se tapó con él. Ahora yacía pacíficamente, todas las penas parecían haber-la abandonado, incluso recordó su cabello alborotado por su posición en la cama, así que se sentó un rato y arregló su peinado alrededor del gorro de dormir. Tenía un cabello abundante.
K se tornó impaciente y dijo:
—Encargó que me preguntasen, señora posadera, si ya había encontrado otro alojamiento.
—¿Encargué que le preguntasen? —dijo la posadera—. No, eso es un error.
—Su esposo me acaba de hacer esa pregunta.
—No me sorprende —dijo la posadera—, estoy reñida con él. Cuando yo no quería tenerle aquí, dejó que se quedara, ahora que estoy feliz de que viva aquí, continúa su juego. Siempre hace cosas parecidas.
—Entonces —dijo K—, ¿ha cambiado tanto su opinión so-bre mí? ¿En tan sólo una o dos horas?
—No he cambiado mi opinión —dijo débilmente la posade-ra—. Deme su mano, así. Y ahora prométame que será completamente sincero, yo también quiero serlo con usted.
—Bien —dijo K—, pero ¿quién va a comenzar?
—Yo —dijo la posadera; no daba la sensación de que con eso hubiese querido hacer una concesión a K, sino que pa-recía ansiosa por ser la primera en hablar.
Sacó una fotografía de debajo del colchón y se la dio a K.
—Fíjese en esa foto —le pidió.
Para verla mejor, K se adentró un poco en la cocina pero ni siquiera allí era fácil reconocer algo en la fotografía, pues, debido a su antigüedad, los tonos habían palidecido y pre-sentaba numerosas arrugas y manchas.
—No está en muy buenas condiciones —dijo K.
—Por desgracia, no —dijo la posadera—, cuando se llevan siempre encima durante años, les ocurre eso. Pero si se fija bien, lo podrá reconocer todo, seguro. Por lo demás, yo misma puedo ayudarle, dígame lo que ve, me alegra mucho oír algo de la fotografía. ¿Qué ve?
—A un hombre joven —dijo K.
—Correcto —dijo la posadera—. Y ¿qué hace?
—Parece descansar sobre una tabla, se estira y bosteza.
La posadera se rió.
—No, eso es completamente falso —dijo ella.
—Pero si aquí se ve la tabla y a él encima—insistió K.
—Fíjese mejor—dijo la posadera enojada—, ¿se le ve realmente tendido?
—No —dijo entonces K—, no está tendido, flota, y ahora lo veo, no es ninguna tabla, sino probablemente un cordón y el joven da un salto.
—Así es —dijo la posadera alegrándose—, salta, así se ejercitan los mensajeros oficiales, ya sabía que lo reconoce-ría. ¿Puede ver también su rostro?
—Del rostro veo muy poco —dijo K—, parece esforzarse mucho, la boca está abierta, los ojos entornados y el pelo ondea.
—Muy bien —dijo la posadera con un tono elogioso—, na-die que no le haya visto antes puede apreciar más. Pero era un joven hermoso, sólo lo vi fugazmente una vez y nunca le olvidaré.
—¿Quién era? —preguntó K.
—Era el mensajero —dijo la posadera—, a través del cual Klamm me llamó por primera vez.
—K no pudo oír muy bien, fue distraído por el ruido de un cristal. Encontró en seguida el origen de la perturbación. Los ayudantes permanecían en el patio exterior, saltando alter-nativamente sobre un pie y sobre el otro en la nieve. Simula-ron que se alegraban de ver a K, de la alegría le señalaron y repiquetearon con los dedos en la ventana de la cocina. An-te un gesto amenazador de K dejaron inmediatamente de hacerlo, intentaron apartarse mutuamente de allí, pero uno desplazaba al otro y al poco tiempo volvieron a estar los dos en el mismo sitio. K se apresuró a llegar al dormitorio, donde los ayudantes no podían verle desde el exterior y él también podía dejar de verlos. Pero el ruido suave y suplicante en la ventana aún le persiguió durante un buen rato.
—Otra vez los ayudantes —dijo a la posadera como disculpa, y señaló hacia afuera. Ella, sin embargo, no le prestó atención, le había quitado la foto, la había visto, alisado y vuelto a guardar debajo del colchón. Sus movimientos se habían tornado más lentos, pero no por cansancio, sino bajo la carga del recuerdo. Había querido contarle la historia a K, pero ésta le había hecho olvidar a K. Jugaba con el borde del chal. Sólo transcurrido un rato miró hacia arriba, se pasó la mano sobre los ojos y dijo:
—También este chal es de Klamm, y el gorro de dormir. La fotografía, el chal y el gorro: ésos son los tres recuerdos que me quedan de él. No soy joven como Frieda, ni tan ambicio-sa, ni tampoco tan delicada, ella es muy delicada; en suma, sé resignarme con la vida que me ha tocado, pero tengo que reconocer que sin estas tres cosas no habría soportado tan-to tiempo aquí, sí, probablemente no habría soportado ni un día. Estos tres recuerdos quizá le parezcan pobres, pero ya ve, Frieda, que ya lleva tratando con Klamm tanto tiempo, no posee ningún recuerdo, se lo he preguntado, ella es de-masiado entusiasta y también demasiado difícil de conten-tar, yo, por el contrario, que sólo estuve tres veces con Klamm —después no me volvió a llamar, no sé por qué—, presintiendo la brevedad de mi trato con él, me traje estos recuerdos. Cierto, hay que ocuparse personalmente de ello, Klamm, por sí mismo, no da nada, pero cuando se ve algo adecuado, se puede pedir.
K se sentía incómodo con esas historias, por más que le afectaran.
—¿Cuánto tiempo ha pasado de todo eso? —preguntó suspirando.
—Más de veinte años —dijo la posadera—, mucho más de veinte años.
—Así que tanto tiempo se mantiene fidelidad a Klamm —dijo K—. ¿Es consciente, señora posadera, de que con esas confesiones me causa hondas preocupaciones cuando pienso en mi futuro matrimonio?
La posadera encontró una impertinencia que K se inmiscu-yera en sus asuntos y le miró sesgada e iracunda.
—No se enoje, señora posadera —dijo K—, no digo una palabra contra Klamm, pero por el poder de los acontecimientos mantengo ciertas relaciones con Klamm, eso no lo puede negar ni el más grande admirador de Klamm. En consecuencia, cuando se le nombra siempre pienso en mí, es algo que no puedo evitar. Por lo demás, señora posadera —aquí K tomó su mano vacilante—, recuerde lo mal que terminó nuestra última conversación y que ahora queremos separarnos en paz.
—Tiene razón —dijo la posadera, e inclinó la cabeza—, pe-ro respéteme. No soy más sensible que otros, todo lo con-trario, todos tienen zonas sensibles, yo sólo tengo ésta.
—Por desgracia, también es la mía —dijo K—, pero podré dominarme. Ahora acláreme, señora posadera, cómo puedo soportar en el matrimonio esa horrible fidelidad a Klamm, presuponiendo que Frieda también la comparta.
—¿Horrible fidelidad? —repitió la posadera enojada—. ¿Se trata de fidelidad? Yo soy fiel a mi esposo, ¿pero a Klamm? Klamm me hizo una vez su amante, ¿puedo perder alguna vez ese rango? ¿Y que cómo lo puede soportar con Frieda? Ay, señor agrimensor, ¿quién es usted para atreverse a rea-lizar semejante pregunta?
—¡Señora posadera! —dijo K con tono admonitorio.
—Ya sé —dijo la posadera aplacándose—, pero mi esposo no ha planteado esas preguntas. No sé a quién se puede llamar más desgraciada, si a mí en aquel tiempo o a Frieda ahora. Frieda, que abandona a Klamm por petulancia o yo, a quien no volvió a llamar. Quizá sea Frieda, aunque no parezca saberlo aún en toda su trascendencia. Pero en aquellos tiempos mi desgracia dominaba exclusivamente mis pensamientos, pues una y otra vez tenía que preguntarme y hoy tampoco dejo de preguntarme: ¿por qué ocurrió? ¡Tres veces te llamó Klamm, pero no hubo nunca una cuarta vez! ¿Qué es lo que me ocupaba más entonces? ¿De qué otra cosa iba a hablar con mi esposo, con el que me casé poco después? Durante el día no teníamos tiempo, habíamos adquirido esta posada en un estado lamentable y teníamos que intentar levantarla. ¿Y en la noche? Durante muchos años nuestros pensamientos nocturnos giraban en torno a Klamm y a los motivos de su cambio de opinión. Y cuando mi esposo se quedaba dormido en esas conversaciones, le despertaba y seguíamos hablando.
—Ahora, si me lo permite —dijo K—, le plantearé una pre-gunta algo brusca.
La posadera permaneció en silencio.
—Así que no puedo preguntar —dijo K—, también eso me basta.
—Cierto —dijo la posadera—, también eso le basta, espe-cialmente eso. Usted lo interpreta todo mal, también el si-lencio. Pero no puede hacer otra cosa. Le permito que pre-gunte.
—Si todo lo interpreto mal —dijo K—, quizá también inter-prete mal mi pregunta, quizá no sea tan brusca. Sólo quería saber cómo conoció a su esposo y cómo llegó esta posada a su posesión.
La posadera arrugó la frente, pero dijo con indiferencia:
—Esa es una historia muy simple. Mi padre era herrero y Hans, mi actual esposo, que era mozo de caballerías de un terrateniente, venía con frecuencia a ver a mi padre. Fue después de mi último encuentro con Klamm, yo era muy desgraciada y en realidad no debería haberlo sido, pues todo se había producido con corrección y que no pudiese volver a ver a Klamm, era la decisión de Klamm, es decir, era correcta, sólo los motivos seguían siendo oscuros; podría haberlos investigado, pero no debería haber sido desgraciada; sin embargo lo era y no podía trabajar, pasaba el día sentada en nuestro jardín. Allí me vio Hans, se sentó a mi lado, no me quejé, pero él sabía de qué se trataba, y como es un buen chico se puso a llorar conmigo. Y cuando el posadero de entonces, a quien se le había muerto la esposa, renunciando al negocio, pues ya era un hombre viejo, pasó un día por delante de nuestro jardín y nos vio allí sentados, se detuvo y nos ofreció sin dudarlo el arrendamiento de la posada. Como nos tenía confianza, no quiso recibir ningún anticipo y fijó un arrendamiento muy barato. No quería representar una carga para mi padre, todo lo demás me resultaba indiferente y así, pensando en la posada y en el trabajo que quizá podría procurarme algo de olvido, le di mi mano a Hans. Ésa es la historia.
Durante un momento reinó el silencio, luego dijo K:
—La manera de actuar del posadero fue espléndida pero imprudente, ¿o tenía algún motivo para tener confianza en los dos?
—Conocía muy bien a Hans —dijo la posadera—, era su tío.
—Entonces resulta evidente —dijo K— que la familia de Hans tenía interés en establecer vínculos con usted.
—Tal vez —dijo la posadera—, no lo sé, no me preocupó.
—Pero tuvo que ser así —dijo K—, cuando la familia estu-vo dispuesta a realizar semejante sacrificio y poner en sus manos la posada sin garantía alguna.
—No supuso ninguna imprudencia como luego se mostró —dijo la posadera—. Me puse manos a la obra, como era fuerte, la hija del herrero, no necesitaba criada ni mozo, estaba en todas partes, en la sala, en la cocina, en el establo, en el patio, cocinaba tan bien que incluso le quité clientes a la posada de los señores. Aún no ha estado al mediodía en el comedor, no conoce a nuestros huéspedes de esas horas, antaño aún eran más, desde entonces he perdido a muchos. Y el resultado fue que no sólo pudimos pagar sin problemas el arrendamiento, sino que transcurridos algunos años pudimos comprar la posada y hoy casi no tenemos deudas. El siguiente resultado, sin embargo, fue que me destrocé, me puse enferma del corazón y ahora soy una mujer mayor. Quizá crea que soy mucho mayor que Hans, pero en realidad sólo es dos o tres años más joven y, además, no envejecerá nunca, pues con su trabajo —fumar en pipa, escuchar a los huéspedes, vaciar la pipa y de vez en cuando coger una cerveza—, con ese trabajo no se envejece.
—Su capacidad de trabajo resulta digna de admiración —dijo K—, de ello no cabe la menor duda, pero hablábamos de los tiempos anteriores a su matrimonio y entonces debió de ser extraño que la familia de Hans, sacrificando su dinero o, al menos, con la asunción de un riesgo tan grande como la entrega de la posada, hubiesen fomentado la boda y sin otra esperanza que la basada en su capacidad de trabajo, desconocida para ellos, y en la de Hans, cuya debilidad ya tendría que haber salido a la luz.
—Bueno, sí —dijo la posadera cansada—, ya sé adónde quiere ir a parar y el error en que se encuentra. De Klamm no había ninguna huella en todo eso. ¿Por qué habría tenido que cuidarse de mí o, mejor, cómo habría podido cuidarse de mí? Él ya no sabía nada de mí. Que no me hubiese vuelto a llamar era un signo de que me había olvidado. Cuando ya no llama, olvida por completo. No quería hablar de esto delante de Frieda. Tampoco es olvido, es más que eso, pues a quien se ha olvidado, se le puede volver a conocer. En el caso de Klamm eso no es posible. Cuando no manda llamar a alguien, no sólo le ha olvidado en lo que respecta al pasado, sino también en lo que respecta al futuro. Cuando me esfuerzo mucho, puedo ponerme en su lugar y leer sus pensamientos, unos pensamientos que aquí carecen de sentido y que quizá en el lugar de donde viene posean alguna validez. Posiblemente llegue a la osadía de pensar la extravagancia de que Klamm me había procurado a un Hans como esposo para que yo no tuviera ningún impedimento para verle cuando me llamase en el futuro. Bien, más allá no puede ir una extravagancia. ¿Dónde está el hombre que podría impedirme ir a ver a Klamm, cuando él me hiciese una señal? Absurdo, completamente absurdo, una misma se confunde cuando juega con esos absurdos.
—No —dijo K—, no queremos confundirnos, no había llegado tan lejos con mis pensamientos como usted supone, aunque, para decir la verdad, me encontraba en ese camino. Al principio me asombró que los parientes esperasen tanto de la boda y que esas esperanzas, efectivamente, se hiciesen realidad, si bien es cierto con el empeño de su corazón, de su salud. El pensamiento en una conexión entre esos hechos y Klamm se abrió paso en mi mente, pero no del modo tan grosero en que usted lo ha representado, sólo con la finalidad de volver a increparme, porque eso le causa placer. ¡Pues que lo disfrute! Mi pensamiento, sin embargo, era otro: al principio es Klamm la causa del matrimonio. Sin Klamm no habría sido usted infeliz, no habría permanecido pasiva en su jardín; sin Klamm no la hubiese visto Hans; sin su tristeza, el tímido de Hans jamás se habría atrevido a dirigirle la palabra; sin Klamm no habrían llorado juntos; sin Klamm, el buen tío posadero jamás les hubiera visto allí, pacíficamente sentados; sin Klamm usted no se habría mostrado indiferente frente a la vida, esto es, no se habría casado con Hans. Bueno, en todo esto ya hay suficiente Klamm, podríamos pensar, pero aún sigue. Si no hubiese buscado el olvido, no habría trabajado contra usted misma con tanta desconsideración, y tampoco habría mejorado tanto la posada. Así que también aquí aparece Klamm. Pero Klamm, aparte de eso, también fue la causa de su enfermedad, pues su corazón ya estaba agotado antes de su matrimonio por la desgraciada pasión que la consumió. Sólo queda la pregunta de qué fue lo que tanto tentó a los parientes de Hans para querer la boda. Usted misma mencionó una vez que ser la amante de Klamm significa una elevación en el rango que ya no se puede perder, así pues, bien pudo ser eso lo que les atrajo. Pero además creo que también fue la esperanza de que la buena estrella que la había conducido hasta Klamm —presuponiendo que se tratase de una buena estrella, pero usted así lo afirma— le seguiría perteneciendo, esto es, que permanecería con usted y no la abandonaría de forma tan repentina, como Klamm había hecho.
—¿Cree todo eso en serio? —preguntó la posadera.
—En serio —contestó rápidamente K— sólo creo que las esperanzas de los parientes de Hans no eran ni fundadas ni infundadas y también creo descubrir el error que usted ha cometido. Aparentemente todo parece haber acabado con éxito. Hans está bien situado, tiene una esposa espléndida, es respetado, la posada está libre de deudas. Pero en realidad no todo ha concluido con éxito, él habría sido mucho más feliz con una simple muchacha, de la que él hubiese sido su primer amor; si él, como le reprochan, a veces se queda en la taberna como perdido, es porque realmente se siente perdido —sin por ello ser desgraciado, desde luego, ya le conozco bastante para decirlo—, pero también es seguro que ese joven guapo y comprensivo habría sido más feliz con otra mujer, con lo que también digo, más independiente, más trabajador y masculino. Y usted, con toda certeza, no es feliz y, como dijo, sin los tres recuerdos no habría podido seguir viviendo y también está enferma del corazón. Así que, ¿fueron infundadas las esperanzas de sus parientes? No lo creo. La bendición recaía sobre usted, pero no supieron emplearla.
—¿Qué se ha omitido? —preguntó la posadera. Yacía bo-ca arriba con los miembros extendidos mirando al techo.
—Preguntarle a Klamm—dijo K.
—Entonces volveríamos a ocuparnos de su caso.
—O del suyo —dijo K—, nuestros asuntos parecen tocar-se
—¿Qué quiere usted de Klamm? —preguntó la posadera. Se había sentado erguida y sacudido la almohada para po-der apoyarse y miraba directamente a los ojos de K—. Le he contado sinceramente mi caso, del que podría aprender al-go. Dígame ahora usted con toda sinceridad lo que le quiere preguntar a Klamm. Sólo con esfuerzo he convencido a Frieda de que se vaya a su habitación y permanezca allí, temía que en su presencia no hablaría con la suficiente sin-ceridad.
—No tengo nada que ocultar —dijo K—. Para comenzar, sin embargo, tengo que llamarle la atención sobre algo. Klamm olvida en seguida, dijo. Eso, en primer lugar, me pa-rece muy improbable y, en segundo lugar, no se puede de-mostrar; es evidente que sólo se trata de una leyenda, in-ventada por la fantasía de las jovencitas que en ese mo-mento gozaban del favor de Klamm. Me asombra que crea una invención tan trivial.
—No es ninguna leyenda —dijo la posadera—, es más el producto de la experiencia.
—Entonces también se puede refutar con una nueva expe-riencia —dijo K—. Y también hay una diferencia entre su ca-so y el de Frieda. Aún no se ha producido el hecho de que Klamm no llame a Frieda, más bien sí que la ha llamado, pe-ro ella no ha obedecido la llamada. Es incluso posible que aún la esté esperando.
La posadera calló y paseó por K una mirada escrutadora. Luego dijo:
—Escucharé tranquilamente todo lo que tenga que decir. Hable con toda sinceridad y no tenga miramientos conmigo. Sólo le pido una cosa, no emplee el nombre de Klamm. Llámele «él» o de cualquier otra forma, pero no con su nombre .
—Encantado —dijo K—, pero lo que quiero de él es difícil de decir. En principio quiero verle de cerca, luego quiero oír su voz y, a continuación, quiero saber qué opina de nuestra boda; el resto depende del curso de la conversación. Pue-den surgir muchas cosas mientras hablamos, pero lo más importante para mí es estar frente a él. Aún no he hablado directamente con ningún funcionario de verdad. Parece ser más difícil de lograr de lo que había creído. Ahora, sin em-bargo, tengo el deber de hablar con él como una persona particular, y eso es, según mi opinión, mucho más fácil de lograr; como funcionario tal vez sólo pudiera hablar con él en su despacho inaccesible, en el castillo o, lo que resulta cuestionable, en la posada de los señores; como persona particular, sin embargo, en cualquier parte de la casa, en la calle, donde consiga encontrarme con él. El hecho de que cuando lo logre, también tendré ante mí al funcionario, lo aceptaré encantado, pero no es mi primer objetivo .
—Bien —dijo la posadera, y presionó su rostro contra la almohada, como si dijera algo vergonzoso—, si logro con mis conexiones que se transmita su solicitud de una entre-vista con Klamm, prométame que no emprenderá nada por su cuenta hasta que llegue la respuesta.
—Eso no lo puedo prometer —dijo K—, aunque me gusta-ría complacer sus deseos. El asunto corre prisa, sobre todo después del resultado desfavorable de mi entrevista con el alcalde.
—Esa objeción es baladí —dijo la posadera—, el alcalde es una persona insignificante. ¿Acaso no lo ha notado? No podría permanecer un día en el puesto, si su esposa, que lo lleva todo, no estuviera allí.
—¿Mizzi? —preguntó K.
La posadera asintió.
—Estuvo presente—dijo K.
—¿Dijo algo? —preguntó la posadera.
—No —dijo K—, pero tampoco me dio la impresión de que pudiera.
—Bueno —dijo la posadera—, todo lo contempla errónea-mente aquí. En todo caso, lo que el alcalde ha dispuesto sobre usted no tiene ninguna importancia y con la esposa hablaré en su momento. Y si ahora le prometo que la res-puesta de Klamm llegará como mucho en una semana, ya no tiene ningún motivo para no transigir con mi petición.
—Todo eso no es decisivo —dijo K—, mi resolución está tomada e intentaría ejecutarla aunque llegase una respuesta negativa. Pero si tengo esa intención desde el principio, no puedo solicitar con anterioridad una entrevista. Lo que sin la solicitud permanece un intento quizá osado, pero de buena fe, después de una respuesta negativa se convertiría en una insubordinación manifiesta. Eso sería mucho peor.
—¿Peor? —dijo la posadera—. En todo caso se tratará de insubordinación. Y ahora haga lo que quiera. Acérqueme la falda.
Se puso la falda sin ninguna consideración a K y se apre-suró a entrar en la cocina. Ya desde hacía tiempo se oían ruidos en el comedor. Habían llamado en la ventana. Los ayudantes la habían abierto y gritado que tenían hambre. También habían aparecido otros rostros. Incluso se oía un canto bajo entonado por varias voces.
La conversación de K con la posadera había retrasado la comida: aún no estaba preparada y los huéspedes se habían reunido, si bien ninguno de ellos había osado infringir la prohibición de la posadera de pisar la cocina. Ahora, sin embargo, que los observadores anunciaron que la posadera ya llegaba, las criadas entraron en la cocina, y cuando K entró en el comedor, los numerosos comensales, más de veinte, hombres y mujeres, vestidos con provincialismo pero no como campesinos, se abalanzaron desde la ventana hacia las mesas para asegurarse su plaza. Sólo en una pequeña mesa, situada en un rincón, permanecía ya sentado un matrimonio con algunos niños; el hombre, un señor amable de ojos azules con cabello gris desgreñado y barba, estaba inclinado hacia los niños marcándoles el compás para su canción, que se esforzaba en mantener en un tono bajo. Quizá quería que se olvidaran del hambre con la canción. La posadera se disculpó ante los comensales con unas palabras pronunciadas con indiferencia, nadie le reprochó nada. Miró buscando al posadero, que ya había huido hace tiempo ante la dificultad de la situación. Entonces se fue lentamente hacia la cocina; para K, que se apresuró a buscar a Frieda en su habitación, ya no tuvo ni una mirada.

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