Un Asilo

7.

Debía de ser seguramente una apartada calle de suburbio aquella en la que el automóvil se detuvo, pues en torno reinaba tranquilidad y en el borde de la acera había niños que jugaban en cuclillas. Un hombre con un montón de ropa vieja sobre los hombros lanzaba sus pregones a voz en cuello, atento a las ventanas de las casas. Karl, por su cansancio, se sintió molesto al descender del automóvil, al pisar el asfalto bañado por el calor y la claridad del sol matinal.
-¿Vives aquí realmente? -exclamó, dirigiéndose hacia el interior del automóvil.
Robinsón, que durante todo el viaje había dormido pacíficamente, farfulló alguna afirmación indefinida y pareció esperar que Karl lo levantara y le ayudara a descender del vehículo.
-Entonces, ya no tengo nada que hacer aquí. Que sigas bien -dijo Karl, y se dispuso a echar a andar cuesta abajo por aquella calle que descendía en ligero declive.
-Pero, Karl, ¿cómo se te ocurre? -exclamó Robinsón, y tan alarmado estaba ya que se le vio de pie en el coche, bastante erguido, aunque con las rodillas un poco trémulas todavía.
-Sí, tengo que irme, pues -dijo Karl habiendo observado la rápida mejoría de Robinsón.
-¿En mangas de camisa? -preguntó éste.
-Ya sabré ganarme una chaqueta -respondió Karl; miró a Robinsón moviendo la cabeza en señal de confianza y de optimismo, saludó levantando la mano y se hubiera marchado realmente si entonces no hubiese exclamado el chófer:
-¡Un poquito de paciencia todavía, señor!
Resultó -circunstancia fastidiosa- que el chófer pretendía un pago suplementario, pues la espera delante del hotel aún no estaba abonada.
-Y claro -exclamó desde el automóvil Robinsón en confirmación de lo justificado de esa pretensión-; he tenido que esperarte allí tanto tiempo… Tendrás que darle algo más.
-Por supuesto -dijo el chófer.
-Pues, siempre que tenga algo -dijo Karl metiéndose las manos en los bolsillos del pantalón, a pesar de que sabía que era inútil.
-Sólo puedo exigírselo a usted -dijo el chófer apostándose allí, esparrancado-. A este hombre enfermo no puedo pedirle nada.
Desde la puerta de la casa aproximóse un muchacho joven, de nariz carcomida, que se puso a escuchar a unos pasos de distancia. Precisamente un agente de policía recorría en ese momento esa calle; le llamó la atención el hombre en manga de camisa y se detuvo con la cara gacha.
Robinsón, quien también había advertido la presencia del agente de policía, cometió la tontería de gritarle desde la otra ventanilla:
-¡No es nada, no es nada! -como si a un agente de policía se le pudiese ahuyentar igual que a una mosca.
También los chicos que habían estado observando al agente repararon ahora, por el hecho de haberse él detenido, en Karl y en el chófer, y acudieron rápidamente. Una mujer vieja, de pie en la puerta de enfrente, se quedó mirando con la vista clavada en el grupo.
-¡Rossmann! -exclamó entonces'una voz desde lo alto.
Era Delamarche quien le gritaba desde el balcón del último piso. A él, por lo demás, sólo podía distinguírsele apenas, contra aquel cielo de color azul blanquecino. Al parecer tenía puesta una bata y observaba la calle con unos gemelos de teatro. Junto a él se veía abierta una sombrilla roja, debajo de la cual, según parecía, estaba sentada una mujer.
-¡Hola! -gritó, y tuvo que hacer un esfuerzo máximo para que se le comprendiera-: ¿Está Robinsón también?
-Sí -contestó Karl, apoyado vigorosamente, desde el coche por otro «sí», mucho más sonoro, de Robinsón.
-¡Hola! -se oyó por respuesta-. ¡Voy en seguida!
Robinsón se asomó por la ventanilla del coche.
-¡He aquí un hombre! -dijo, y este elogio de Delamarche iba destinado a Karl, al chófer, al agente de policía y a todo aquel que deseara oírlo.
Allá arriba, en el balcón, hacia el que todos, por distracción, seguían dirigiendo las miradas a pesar de que Delamarche ya lo había abandonado, levantóse ahora, bajo la sombrilla, realmente una mujer; era corpulenta y llevaba un vestido rojo, nada entallado; cogió los gemelos del antepecho del balcón y con su ayuda miró a las personas que estaban abajo y que sólo poco a poco apartaban de ella la mirada.
Aguardando a Delamarche, miró Karl en dirección a la puerta principal y más allá al patio, atravesado por una hilera casi ininterrumpida de dependientes de comercio, cada uno de los cuales llevaba sobre su hombro un cajoncito pequeño pero por lo visto muy pesado. El chófer se había acercado a su coche y, para aprovechar el tiempo, limpiaba con un trapo los focos. Robinsón se palpó los miembros, pareció asombrado de lo poco que le dolían, a pesar de toda la atención que les prestaba, y comenzó a quitarse, cuidadosamente y con la cara muy agachada, uno de los gruesos vendajes de su pierna.
El agente de policía, sosteniendo delante de sí, cruzado, su bastoncito negro, esperaba tranquilamente con la gran paciencia que necesitan tener los agentes de policía, ya estén cumpliendo su servicio usual, ya alguna comisión especial, acechando a alguien.
El muchacho de la nariz carcomida se sentó sobre una de las piedras angulares de la puerta y estiró las piernas. Los chicos se aproximaron a Karl poco a poco, a pequeños pasos; pues éste, a pesar de que no les hacía caso, les parecía el más importante de todos debido a las mangas azules de su camisa.
Por el tiempo que transcurrió hasta la llegada de Delamarche pudo apreciarse la gran altura de aquella casa. Y Delamarche, por cierto, hasta venía muy apresurado, con la bata casi sin atar.
-¡Aquí estáis vosotros entonces! -exclamó, contento y severo a un tiempo. Con los grandes pasos que daba, descubríanse cada vez, durante un instante, sus prendas interiores de color.
Karl no comprendía del todo por qué se paseaba Delamarche así -en plena ciudad, en aquella enorme casa de vecindad y en la vía pública-, tan cómoda y negligentemente vestido como si se hallara en su casa de campo.
Como Robinsón, también Delamarche había cambiado muchísimo. Su cara oscura, bien afeitada, escrupulosamente limpia, formada por músculos de rudo trazo, ofrecía un aspecto orgulloso e infundía respeto. El fuerte resplandor de sus ojos, ahora siempre ligeramente entornados, resultaba sorprendente. Su bata morada era, por cierto, vieja, estaba manchada y resultaba demasiado amplia para él; pero de esa fea prenda sobresalía arriba, hinchándose, una imponente corbata oscura de pesada seda.
-¿Y bien? -preguntó a todos en conjunto.
El agente de policía se arrimó un poco y se apoyó en la caja del motor del automóvil. Karl explicó con breves palabras la situación:
-Robinsón está ligeramente maltrecho; pero si se esfuerza un poco sin duda podrá subir la escalera. Aquí el chófer pretende todavía un pequeño pago suplementario, además del importe del viaje que ya he pagado. Y ahora me voy. Buenos días.
-Tú no te vas -dijo Delamarche.
-Ya se lo dije yo también -informó Robinsón desde el coche.
-Sí que me voy -dijo Karl, y dio unos cuantos pasos. Pero ya Delamarche estaba a sus espaldas, empujándolo de vuelta con violencia.
-¡Digo que te quedes! -exclamó.
-Pero déjenme ustedes -dijo Karl, y se preparaba a conseguir su libertad con los puños si fuera necesario, aunque bien poco éxito podía esperar frente a un hombre como Delamarche. Pero allí estaba el agente de policía y también el chófer y de vez en cuando pasaban grupos de obreros por aquella calle que, por lo demás, era verdaderamente tranquila; ¿acaso tolerarían que Delamarche cometiera una injusticia con él? No hubiera querido estar a solas con Delamarche en su cuarto, ¿pero aquí?
En ese momento Delamarche estaba pagándole tranquilamente al chófer y éste, con repetidas reverencias, se guardó la suma inmerecidamente elevada y por gratitud se acercó a Robinsón, evidentemente para discutir con él la mejor manera de sacarlo del coche. Karl vio que no lo vigilaban; quizá le resultaría más fácil a Delamarche tolerar calladamente que se marchase. Si la pelea podía evitarse era, desde luego, mejor, y por eso entró Karl en la calzada dispuesto sencillamente a alejarse lo más pronto posible. Los chicos se volvieron hacia Delamarche para advertirle de la fuga de Karl; pero ni siquiera tuvo que intervenir él personalmente, pues el agente de policía, con el bastón tendido hacia adelante, dijo:
-¡Alto! ¿Cómo te llamas? -preguntó; y poniendo el bastón bajo el brazo sacó lentamente una libreta.
Karl lo miró entonces por primera vez con mayor detenimiento; era un hombre vigoroso, pero tenía ya casi totalmente blanca la cabeza.
-Karl Rossmann -dijo.
-Rossmann -repitió el agente, sin duda sólo porque era un hombre tranquilo y escrupuloso; pero Karl, teniendo que habérselas, como era el caso, por primera vez con las autoridades norteamericanas, vio ya en esa repetición, cierta manifestación de sospecha. Y en efecto su asunto no debía de tener muy buena cara, pues hasta Robinsón, que tan ocupado estaba con sus propias penas, suplicaba desde el coche a Delamarche, con ademanes mudos y vivaces, que socorriese a Karl. Pero Delamarche lo rechazó negando bruscamente con la cabeza y se quedó mirando sin hacer nada, metidas las manos en sus bolsillos excesivamente grandes.
El muchacho que estaba sentado sobre la piedra angular del vano de la puerta explicó a una señora, que en ese momento salía, toda la historia desde el principio. Los chicos formaron un semicírculo detrás de Karl y se quedaron mirando al agente de policía, quietos, levantando los ojos.
-Veamos tus documentos -dijo el agente
Esto era, sin duda, sólo una formalidad; pues no llevando chaqueta, como era el caso, mal podría llevar documentos consigo. Por eso Karl se quedó callado, prefiriendo más bien contestar explícitamente la pregunta siguiente y disimular así, en lo posible, la carencia de documentos.
Pero la pregunta siguiente fue:
-¿De manera que no tienes documentos?
Entonces Karl tuvo que responder:
-No los llevo conmigo.
-Esto sí que es grave -dijo el agente. Miró pensativo a la redonda y se puso a tamborilear con dos dedos sobre su libreta.
-¿Tienes algún dinero ganado? -interrogó finalmente el agente de policía.
-Fui ascensorista -dijo Karl.
-Fuiste ascensorista, de manera que ya no lo eres; y si es así, ¿de qué vives ahora?
-Ahora me buscaré otro empleo.
-Pero, ¿te acaban de despedir entonces, ahora mismo?
-Sí, hace una hora.
-¿Repentinamente?
-Sí -dijo Karl alzando una mano como para excusarse.
No podía ponerse a contar allí toda la historia y, aunque hubiera sido posible, parecía no obstante del todo inútil querer repeler la amenaza de una injusticia con la narración de otra injusticia ya sufrida. Y si no le habían hecho justicia la bondad de la cocinera mayor ni la comprensión del camarero mayor, no podía él esperar que se la hiciera aquella reunión callejera.
-¿Y te han despedido sin chaqueta? -preguntó el agente.
-Sí, pues -dijo Karl; de manera que también en los Estados Unidos era característico de las autoridades que preguntaran expresamente lo que estaba a la vista. (¡Cuánta mala sangre se había hecho su padre por esas preguntas insistentes e inútiles de las autoridades, con motivo de la tramitación de su pasaporte!) Karl sentía unas ganas tremendas de escaparse, de esconderse en alguna parte, para ya no tener que escuchar ninguna clase de preguntas. Y ahora para colmo, pronunció el agente de policía aquella pregunta que Karl más temiera, y en inquietante previsión de la cual, él se había conducido hasta ese momento probablemente con mayor cautela de la que de otro modo habría demostrado.
-¿Y en qué hotel estabas empleado?
Agachó la cabeza y no contestó; esa pregunta no la contestaría de ninguna manera. No debía suceder, no, que escoltado por un agente de policía volviera él al Hotel Occidental, que allí se organizaran interrogatorios con intervención de sus amigos y enemigos, que la cocinera mayor abandonara del todo la buena opinión, ya bastante debilitada, que se había formado de Karl, viéndolo a él, a quien suponía en la Pensión Brenner, nuevamente de regreso, detenido por un agente de policía, en camisa, sin su tarjeta de visita; mientras que el camarero mayor tal vez sólo meneara la cabeza comprendiéndolo todo; y el portero mayor, a su vez, hablara de la mano de Dios que por fin había alcanzado al pícaro.
-Estuvo empleado en el Hotel Occidental -dijo Delamarche colocándose junto al agente.
-¡No! -exclamó Karl y dio una patada en el suelo-. ¡No es cierto!
Delamarche lo miró frunciendo burlescamente la boca, como diciendo que él podría revelar muchas cosas todavía. La inesperada irritación de Karl promovió una gran agitación entre los chicos, que se trasladaron hasta donde estaba Delamarche, prefiriendo contemplar a Karl desde allí con toda atención. Robinsón había sacado completamente la cabeza fuera del coche. Tan grande era su interés que se mantenía del todo quieto; sólo algún parpadeo de vez en cuando era su único movimiento. El muchacho de la puerta palmoteaba de puro placer, pero la señora que estaba junto a él le dio un codazo para que se quedara quieto. Los mozos de cuerda, que tenían en ese momento su descanso para tomar el desayuno, aparecieron todos con grandes tazones de café negro, que revolvían con largos panes. Algunos de ellos se sentaron en el borde de la acera y todos sorbían el café muy ruidosamente.
-Según parece conoce usted a este muchacho -dijo el agente de policía a Delamarche.
-Más de lo que pudiera serme grato -dijo éste-. En cierta oportunidad he sido muy bueno con él, pero muy mal me lo ha pagado; cosa que usted comprenderá muy fácilmente, aun basándose sólo en ese brevísimo interrogatorio a que acaba de someterlo.
-Sí -dijo el agente-; parece un muchacho porfiado.
-Y lo es -dijo Delamarche-, pero ésta ni siquiera es la peor de sus cualidades.
-¿Cómo así? -preguntó el agente de policía.
-Sí -dijo Delamarche que ahora había tomado la palabra, entusiasmándose y comunicando al mismo tiempo, con las manos en los bolsillos, un movimiento ondulatorio a toda su bata-, es una buena pieza, éste. Mi amigo, el que está en el coche, y yo lo habíamos recogido casualmente en plena miseria; no tenía él entonces ni el menor asomo de conocimiento de las condiciones de América, pues acababa de llegar de Europa; de allí también lo echaron por inútil; y bien, lo arrastramos con nosotros, le permitimos vivir a nuestro lado, lo instruimos acerca de todas las cosas; queríamos conseguirle un empleo; nos proponíamos hacer de él todavía, contra todas las señales que nos defraudaban, un hombre; pero desapareció cierta vez durante la noche; se marchó, y en circunstancias que realmente prefiero callar. ¿Ha sido así o no? -preguntó finalmente Delamarche, zarandeando a Karl por la manga de la camisa.
-¡Atrás, chicos! -gritó el agente de policía, pues éstos, agolpándose, se habían adelantado tanto que poco faltó para que Delamarche tropezase cayendo por encima de uno de ellos.
Entretanto, también los mozos de cuerda, que hasta ese momento habían tenido en poco el interés que ese interrogatorio ofrecía, comenzaban a prestar mayor atención congregándose en fila cerrada a espaldas de Karl, quien ahora no hubiera podido dar un solo paso atrás; además sonaba ahora en sus oídos, ininterrumpidamente, el barullo de las voces de aquellos mozos de cuerda, quienes, más que hablar, chapurreaban algún lenguaje inglés completamente incomprensible, acaso entremezclado con voces eslavas.
-Gracias por la información -dijo el agente saludando militarmente a Delamarche-; de todas maneras me lo llevaré y lo haré conducir nuevamente al Hotel Occidental.
Pero Delamarche dijo:
-¿Me permitiría usted rogarle que dejara a ese muchacho por el momento a mi cargo? Tendría que ajustar con él ciertas cuentas todavía. Me comprometo a llevarlo luego, yo mismo, al hotel.
-No puedo hacerlo -dijo el agente de policía. Delamarche dijo:
-Aquí tiene usted mi tarjeta -le tendió una tarjetita de visita.
El agente de policía la miró con gesto aprobatorio; pero, a pesar de todo y sonriendo amablemente, dijo: -No, es inútil.
Por más que Karl hasta aquel momento se cuidara de Delamarche, ahora veía en él la única salvación posible. Era por cierto sospechosa la manera que tenía éste de pretender obtener a Karl del agente, pero sería de todas maneras más fácil inducir a Delamarche a que no lo llevase de regreso al hotel, que no al agente de policía. Y aunque Karl volviera al hotel de la mano de Delamarche, ya sería mucho menos grave que si esto sucediera en compañía del agente. Claro que, por el momento, Karl no debía dejar traslucir, con todo, que en efecto deseaba quedarse con Delamarche; pues, de otro modo, todo estaba perdido. Y observó inquieto la mano del agente de policía, que en cualquier instante podía levantarse para atraparlo.
-Por lo menos debería yo saber por qué lo han despedido tan repentinamente -acabó por decir el agente de policía, mientras que Delamarche apartaba la vista con gesto fastidiado, estrujando entre las puntas de los dedos la tarjeta de visita.
-¡Pero si no está despedido! -exclamó Robinsón con la subsiguiente sorpresa general, y apoyándose en el chófer se asomó del coche lo más que pudo-. Al contrario; ¡si él tiene allí un buen empleo! En el dormitorio es el superior de todos los ascensoristas y puede llevar allí a quien quiera. Sólo que siempre está terriblemente ocupado y si se quiere algo de él hay que esperar muchísimo: está constantemente metido en el despacho del camarero mayor, o de la cocinera mayor, y es realmente persona de confianza. No está despedido de ninguna manera. No sé por qué habrá dicho tal cosa. ¿Cómo es posible que esté despedido? Yo me he lastimado gravemente allá en el hotel y a él le encargaron traerme a mi casa, y puesto que en ese momento andaba sin chaqueta, se vino conmigo sin ella. No podía yo esperar hasta que fuese a buscarla.
-Pues entonces… -dijo Delamarche extendiendo los brazos, en un tono como si le reprochara al agente de policía una falta de perspicacia, de conocimiento de los hombres, y era como si esas dos palabras suyas introdujesen una incontrovertible claridad en el carácter vago de la declaración de Robinsón.
-Pero, ¿será esto realmente cierto? -preguntó el agente de policía con voz ya menos categórica-. ¿Y si es cierto, por qué pretende el muchacho haber sido despedido?
-Debes contestar tú -dijo Delamarche.
Karl miró al agente de policía, cuyo deber era restablecer allí el orden, entre gente extraña que sólo pensaba en sí misma; y algo de sus preocupaciones generales se le contagió también a Karl. Él no quería mentir y mantenía las manos tras su espalda, estrechamente entrelazadas.
En la puerta de la casa apareció un capataz y golpeó las manos en señal de que los mozos de cuerda debían ya volver a su trabajo. Arrojaron éstos de sus tazones el poso de café y, mudos y con paso vacilante, se retiraron y entraron en la casa.
-Así no llegamos a ningún fin -dijo el agente de policía, y quiso agarrar a Karl de un brazo. Pero éste involuntariamente retrocedió un poco, sintió detrás de sí el espacio libre que se había formado al retirarse los mozos de cuerda, se volvió y después de algunos grandes saltos iniciales, echó a correr. Los chicos prorrumpieron en un grito único y, con los bracitos extendidos, corrieron también unos pasos.
-¡Deténganlo! -gritó el agente de policía, y corrió tras Karl, cuesta abajo, por aquella larga calle casi desierta, profiriendo con regularidad la misma exclamación. Su silenciosa carrera revelaba un gran vigor y mucha ejercitación.
Fue una suerte para Karl que la persecución aconteciera en un barrio obrero. Los obreros no hacen causa común con la autoridad. Karl corría por el centro de la calzada, pues allí tenía menos obstáculos que en ninguna otra parte y veía, ahora, a obreros que de vez en cuando se quedaban plantados en la acera, mirándolo tranquilamente, mientras el agente les lanzaba su «¡deténganlo!», extendiendo al correr -él se mantenía inteligentemente sobre la lisa acera- su bastón contra Karl, en forma constante.
Karl tenía pocas esperanzas de escapar y las perdió casi por completo cuando el agente de policía -puesto que se aproximaban a calles transversales que seguramente tenían también sus patrullas policíacas- se puso de pronto a emitir silbidos, unos silbidos en verdad ensordecedores. La ventaja de Karl era meramente su liviana vestimenta: volaba o más bien se precipitaba cuesta abajo por aquella calle cuyo declive se hacía cada vez más pronunciado, sólo que a menudo, distraído por el sueño que tenía, daba brincos demasiado altos, que resultaban inútiles y le hacían perder tiempo. Pero además el agente de policía tenía su meta siempre frente a sí, sin tener nada qué pensar; para Karl, en cambio, la carrera era en verdad cosa secundaria; él debía reflexionar, escoger entre varias posibilidades, debía decidirse siempre de nuevo, una y otra vez.
Su plan, un tanto desesperado, era evitar por el momento las calles transversales, ya que no era posible saber qué podían ocultar; quizá si tomara por alguna de ellas correría derechamente a algún puesto de guardia; en tanto que fuera posible, no quería él apartarse de aquella calle, cuya perspectiva podía uno abarcar con la mirada hasta muy lejos y que sólo muy, muy abajo, terminaba en un puente, del que apenas se veía el comienzo, ya que un poco más allá desaparecía en una bruma de agua y sol. Precisamente y después de tomar esta decisión, se disponía Karl a concentrar sus fuerzas para correr más ligero, a fin de pasar con especial velocidad la primera calle transversal, cuando, no muy lejos delante de sí, vio a un agente de policía en acecho, agazapado contra la oscura pared de una casa que permanecía en la sombra, dispuesto a lanzarse sobre Karl en el momento oportuno. Ahora ya no le quedaba otra salida sino la calle transversal, y cuando desde allí hasta lo llamaron por su nombre en forma absolutamente inofensiva -aunque primero esto le pareciera una ilusión, pues ya todo este tiempo sentía un zumbido en los oídos-, no vaciló más, y, queriendo sorprender en lo posible a los agentes, giró sobre una sola pierna, y en ángulo recto dobló por esa calle.
Había dado dos saltos apenas -ya había olvidado el hecho de que hubieran gritado su nombre; ahora silbaba también el otro agente, y se notaba su vigor intacto y fresco y a lo lejos algunos transeúntes de esa calle transversal parecían apretar el paso-, cuando de una pequeña puerta de calle surgió una mano que, asiendo a Karl, lo atrajo con estas palabras a un oscuro zaguán:
-¡Ahora quieto!
Era Delamarche, jadeante sin poder tomar aliento, con las mejillas encendidas y los cabellos pegados en torno de la cabeza. Llevaba la bata bajo el brazo y estaba vestido con sólo la camisa y los calzoncillos. Cerró en seguida la puerta, que en realidad no era una verdadera puerta de calle, sino sólo una insignificante entrada secundaria.
-Un momento -dijo luego apoyándose en la pared, con la cabeza erguida y respirando pesadamente.
Karl yacía casi en sus brazos y apretaba, medio desmayado, su cara contra el pecho del otro.
-Por ahí corren los señores -dijo Delamarche prestando atención de pronto y señalando la puerta con el dedo.
Realmente pasaron en ese momento, corriendo, los dos agentes de policía; en la calle desierta resonaba su correr como si se golpease acero contra piedra
-Tú estás bastante rendido -dijo Delamarche a Karl, que luchaba todavía por recobrar el aliento, sin poder proferir una palabra. Delamarche lo sentó cuidadosamente en el suelo, se arrodilló junto a él, le pasó la mano por la frente varias veces y se quedó observándolo.
-Ya estoy bien -dijo Karl y, haciendo un supremo esfuerzo, se levantó.
-Vamos entonces -dijo Delamarche después de ponerse nuevamente su bata; y fue empujando hacia adelante a Karl, que por la extrema debilidad mantenía aún gacha la cabeza.
De tiempo en tiempo Delamarche lo zarandeaba, tratando de reanimarlo.
-¿Y tú pretendes estar cansado? -dijo-. Pero si podías correr al aire libre como un caballo, mientras que yo tenía que escurrirme a hurtadillas a través de esos malditos patios y pasillos. Pero por suerte soy corredor yo también. -De puro orgullo propinó a Karl un golpe impetuoso en la espalda-. De tiempo en tiempo una carrera semejante con la policía es un buen ejercicio.
-Ya estaba fatigado cuando empecé a correr -dijo Karl.
-No hay excusas que valgan; no sabes correr -dijo Delamarche-. Si no fuera por mí, ya hace rato que te hubieran prendido.
-También yo lo creo -dijo Karl-. Le estoy reconocido.
-Sin duda -dijo Delamarche.
Anduvieron por un pasillo largo y estrecho, pavimentado de piedras oscuras, lisas. De vez en cuando abríase a derecha e izquierda un nacimiento de escalera, o bien surgía la perspectiva de otro pasillo más largo. Apenas se veía alguna persona adulta; sólo había niños que jugaban en las escaleras desiertas. En una barandilla apoyábase una muchachita que lloraba tanto que toda la cara le brillaba por las lágrimas. Apenas hubo divisado a Delamarche, cuando echó a correr escaleras arriba, boquiabierta y jadeante; se calmó sólo cuando estuvo muy arriba y cuando después de volverse varias veces se hubo convencido de que nadie la seguía ni quería seguirla.
-A ésta hace un momento la derribé al correr -dijo Delamarche riendo y amenazándola con el puño; por lo cual ella, dando gritos, prosiguió su carrera hacia arriba.
También los patios que atravesaron estaban casi todos desiertos. Sólo aquí o allá un dependiente de comercio empujaba una carretilla de dos ruedas, una mujer llenaba una jarra con el agua que extraía con una bomba, un cartero cruzaba el patio con paso reposado, un viejo con mostacho blanco permanecía sentado cruzado de piernas ante una puerta de vidrio y fumaba su pipa. Delante de una empresa de transportes descargaban cajones y los caballos, desocupados, volvían las cabezas con indiferencia: un hombre de guardapolvo, con un papel en la mano, vigilaba todo el trabajo; en una oficina se veía a través de la ventana abierta a un empleado sentado frente a su escritorio; tenía apartada la vista del mismo y miraba pensativo hacia afuera, por donde, en ese preciso momento, pasaban Karl y Delamarche.
-No es posible desear un barrio más tranquilo -dijo Delamarche-; por la noche hay mucho barullo durante unas horas, pero durante el día las cosas transcurren de una manera ejemplar.
Karl asentía con la cabeza; le parecía demasiado grande aquella tranquilidad.
-En ninguna otra parte podría yo vivir -dijo Delamarche-, pues Brunelda no soporta ningún ruido, absolutamente ninguno. ¿Conoces a Brunelda? Pues ya la verás, en todo caso te recomiendo que te conduzcas lo más quedamente que te sea posible.
Cuando llegaron a la escalera que conducía a la vivienda de Delamarche, el automóvil ya había partido, y el muchacho de la nariz carcomida, sin que lo asombrara en manera alguna la reaparición de Karl, anunció que él había cargado con Robinsón y lo había subido por la escalera. Delamarche no hizo más que aprobar con la cabeza, como si el muchacho fuese su sirviente y no hubiera hecho otra cosa que cumplir con su deber natural, y arrastró consigo escaleras arriba a Karl, que vaciló un poco mirando hacia la calle que resplandecía al sol.
-Ya estamos arriba -dijo Delamarche repetidas veces mientras subían por la escalera, mas su predicción no se cumplía en absoluto pues siempre se sumaba un tramo más, que subía alterando sólo imperceptiblemente la dirección.
Una vez hasta se detuvo Karl, en verdad no tanto por el cansancio como por el sentirse desarmado frente a semejante extensión de la escalera.
-El departamento queda muy alto, es cierto -dijo Delamarche cuando prosiguieron su marcha-; pero esto también tiene sus ventajas. Sale uno muy rara vez y se queda el día entero en bata; llevamos, pues, una vida muy cómoda. Naturalmente, teniendo que subir hasta semejante altura, tampoco vienen visitas.
«¿De dónde habrían de venir las visitas?», pensó Karl.
Por fin en uno de los descansos de la escalera, ante la puerta cerrada de un departamento, apareció Robinsón, y ahora efectivamente habían llegado. La escalera ni siquiera había alcanzado su fin: continuaba perdiéndose a través de la penumbra y no había nada que pareciera señalar su pronta conclusión.
-¡Ya sabía yo -dijo Robinsón en voz baja, como si todavía lo afligieran las dolencias- que Delamarche lo traería! ¡Rossmann, qué sería de ti sin Delamarche!
Robinsón estaba de pie, en paños menores, y sólo intentaba en la medida en que esto resultaba posible envolverse en la manta que le habían dado en el Hotel Occidental. No se podía comprender por qué no entraba en el departamento en vez de ponerse en ridículo, ante la gente que, tal vez, podía pasar.
-¿Está durmiendo ella? -preguntó Delamarche.
-Creo que no -dijo Robinsón-, pero con todo he preferido esperar hasta que vinieras tú.
-Primero tenemos que ver si está durmiendo -dijo Delamarche inclinándose hasta el ojo de la cerradura. Después de haber mirado largo rato a través del mismo, se incorporó y dijo-: No se la ve bien; está bajada la persiana. La veo sentada en el canapé, pero tal vez esté durmiendo.
-Pero, ¿está enferma? -preguntó Karl, pues Delamarche se quedaba inmóvil como si necesitara consejo. Pero ahora éste a su vez, y en tono áspero, preguntó:
-¿Enferma?
-Es que él no la conoce -dijo Robinsón disculpándolo.
Unas puertas más allá habían salido al pasillo dos mujeres; se enjugaban las manos con sus delantales, contemplaban a Delamarche y a Robinsón, y parecía que de ellos hablaban. De una de las puertas salió de un salto una muchacha, una muchacha muy joven todavía, de lustrosa cabellera rubia y se estrechó entre las dos señoras, colgándose de sus brazos.
-¡Qué mujeres asquerosas! -dijo Delamarche en voz baja, evidentemente sólo por consideración a la durmiente Brunelda-. Uno de estos días las denunciaré a la policía y ya me dejarán en paz durante años. No las mires -dijo luego siseando a Karl, quien no veía nada malo en mirar a las mujeres, ya que de todas maneras había que esperar allí, en el pasillo, el despertar de Brunelda.
Karl movió la cabeza disgustado, como diciendo que él no tenía por qué aceptar amonestaciones de Delamarche, y para demostrarlo más decididamente aún quiso acercarse a las mujeres, pero entonces Robinsón con las palabras: «¡Cuidado, Rossmann!» lo retuvo por la manga; y Delamarche, ya irritado por Karl, se puso tan furioso con motivo de una sonora risotada de la muchacha que, tomando gran impulso y agitando brazos y piernas, echó a correr hacia las mujeres. Éstas, como llevadas por el viento, desaparecieron cada una por su puerta.
-Así tengo que despejar a menudo los pasillos -dijo Delamarche volviendo con paso lento; entonces se acordó de la resistencia de Karl y dijo-: Y de tu parte espero una conducta muy diferente, ¡pues de otro modo podrías llegar todavía a conocerme!
Y entonces una voz llamó desde el cuarto, en un tono suave y cansado:
-¿Delamarche?
-Sí -respondió éste mirando afablemente hacia la puerta-, ¿podemos entrar?
-¡Oh, sí! -se oyó entonces.
Delamarche, después de haber rozado con una mirada a los dos que esperaban tras él, abrió lentamente la puerta.
Entraron en una oscuridad total. La cortina de la puerta del balcón -ventana no había ninguna- estaba bajada hasta el suelo y era muy poco translúcida, pero además contribuía mucho al oscurecimiento del cuarto el hecho de que se viera repleto de muebles y de ropas colgadas y dispersas. La atmósfera era sofocante y, realmente, se olía el polvo, acumulado allí en rincones, manifiestamente inaccesibles a mano alguna. Lo primero que notó Karl al entrar fueron tres armarios apostados uno tras otro, sin interrupción.
En el canapé, acostada, estaba la mujer que antes había mirado desde el balcón. Su vestido rojo se le había torcido un poco por abajo y, formando una larga punta, colgaba hasta el suelo; por el otro lado se le veían las piernas casi hasta las rodillas; tenía medias de lana, gruesas y blancas; no llevaba zapato alguno.
-¡Qué calor, Delamarche! -dijo; apartó la cara de la pared y sostuvo la mano negligentemente en suspenso, tendiéndosela a Delamarche. Éste la tomó y la besó.
Karl sólo miraba su papada que, al volver la cabeza, rodaba con ella.
-¿No quieres que haga subir la cortina? -preguntó Delamarche.
-No; todo menos eso -dijo con los ojos cerrados y como desesperada-; así empeoraría más aún.
Karl se aproximó al pie del canapé para examinar mejor a aquella mujer; le maravillaban sus quejas, pues el calor no era nada extraordinario.
-Espera, voy a ponerte un poco más cómoda -dijo Delamarche temeroso. Le desabrochó unos botones cerca del cuello y abrió el vestido de manera que quedaron libres el cuello y el nacimiento del pecho; apareció también la puntilla, delicada y amarillenta, de la camisa.
-¿Quién es éste? -dijo súbitamente la mujer señalando con el dedo a Karl-; ¿por qué me clava así los ojos?
-Tú mira en seguida cómo hacerte útil -dijo Delamarche empujando a Karl a un lado, y tranquilizó a la mujer con estas palabras-: No es más que el muchacho que he traído para tu servicio.
-¡Pero si yo no quiero ninguno! -exclamó-. ¿Por qué traes gente extraña a mi casa?
-Pero si siempre estás deseando a alguien para tu servicio -dijo Delamarche arrodillándose, pues en el canapé, con ser muy ancho, no quedaba el menor lugar junto a Brunelda.
-¡Ay, Delamarche! -dijo ella-, tú no me entiendes y no me entiendes.
-Pues entonces realmente no te entiendo -dijo Delamarche y tomó entre sus dos manos la cara de ella-; pero no ha pasado nada. Si tú así lo quieres, se marchará al instante.
-Ya que está, que se quede, pues -dijo ella, sin embargo.
Karl, debido a su cansancio, le agradeció tanto esas palabras, que en el fondo acaso no eran siquiera amables, que -pensando siempre confusamente en aquella escalera interminable que tal vez ya hubiera tenido que bajar de nuevo- pasó por encima de Robinsón, que dormía pacíficamente sobre su manta, y, a despecho de todo ese disgustado agitar de manos de Delamarche, dijo:
-Le agradezco de todas maneras que me permita usted quedarme un rato más aquí. Ya van seguramente veinticuatro horas que no duermo, no obstante haber trabajado bastante y haber tenido diversos disgustos. Estoy terriblemente cansado. Ni siquiera sé bien dónde me encuentro. Pero cuando haya dormido unas horas podrá usted echarme sin consideración y me iré gustosamente.
-Puedes quedarte tranquilamente -dijo la mujer; y con ironía añadió-: Como ves, tenemos lugar de sobra.
-Tienes que irte, entonces -dijo Delamarche-; no podemos emplearte.
-No, no, que se quede -dijo la mujer, ahora ya en serio.
Y Delamarche, como ejecutando ese deseo, le dijo a Karl:
-Bueno, pues, acuéstate por fin en alguna parte.
-Puede acostarse sobre las cortinas, pero tiene que quitarse los zapatos para no romper nada.
Delamarche enseñó a Karl el lugar a que se refería. Entre la puerta y los tres armarios había un gran montón de los más diversos cortinajes de ventana. Si se hubieran doblado todos en regla, si se hubieran colocado abajo las cortinas más pesadas y arriba las más livianas y si, finalmente, se hubieran sacado las diversas tablas y anillas de madera metidas en el montón, aquel conjunto se habría convertido en un cómodo lecho; pero así como estaba no era más que una masa oscilante en la cual se deslizaba uno. Sin embargo, Karl se acostó instantáneamente, pues estaba demasiado cansado y no podía efectuar preparativos especiales para dormir y debía, además, cuidarse también de no causar allí demasiadas molestias en atención a sus huéspedes.
Ya estaba casi sumido en el sueño propiamente dicho cuando oyó un fuerte grito; se incorporó y vio a Brunelda, erguida, sentada en el canapé; extendía los brazos en amplio movimiento y rodeaba con ellos a Delamarche, que seguía arrodillado ante ella. Karl, penosamente impresionado por el espectáculo, se recostó nuevamente y se hundió en las cortinas a fin de continuar durmiendo. Le parecía fuera de toda duda que no aguantaría allí ni dos días, pero tanto más necesario era dormir primero debidamente, para poder tomar luego las decisiones del caso con la mente lúcida, con prontitud y precisión.
Pero Brunelda ya había advertido los ojos de Karl, grandemente abiertos de cansancio, que ya la asustaron una vez, y clamó:
-Delamarche, no aguanto más de calor, estoy ardiendo, tengo que desnudarme, tengo que bañarme; ¡manda a esos dos afuera, fuera del cuarto, a donde quieras: al pasillo, al balcón, con tal que no los vuelva a ver! Está una en su propia casa y la estorban continuamente… ¡Si estuviera sola contigo, Delamarche! ¡Ay Dios mío, todavía siguen aquí! Cómo se despereza ese desvergonzado Robinsón, en ropa interior, en presencia de una dama. Y este chico extraño, hace un momento me miró como un salvaje y ahora, ¡cómo ha vuelto a acostarse para engañarme! Fuera con ellos, Delamarche, pronto; los siento como una carga, me pesan sobre el pecho y si ahora perezco será por su culpa.
-En el acto estarán fuera; puedes ir desnudándote -dijo Delamarche. Se acercó a Robinsón y poniéndole un pie sobre el pecho comenzó a sacudirlo. Al mismo tiempo increpó a Karl-: ¡Rossmann, a levantarse! ¡A salir los dos al balcón! ¡Y ay de vosotros si entráis antes de que se os llame! Vamos pronto, Robinsón. -Sacudía a Robinsón con más fuerza-. Y tú, Rossmann, cuidado que no te caiga yo encima a ti también. -Y dos veces golpeó ruidosamente las manos.
-¡Cuánto tardan! -exclamó Brunelda desde el canapé. Mantenía, en la posición sentada, muy separadas las piernas, para proporcionar así mayor espacio a su cuerpo excesivamente obeso; y sólo con el mayor esfuerzo y múltiples intentos de cogerlas, y descansando con frecuencia, pudo asir las medias por su parte superior y bajárselas un poco, mas no podía desnudarse del todo: eso tenía que hacerlo Delamarche, y ella lo esperaba ya con impaciencia.
Totalmente aturdido por el cansancio, abandonó Karl el montón de cortinas, deslizándose hasta el suelo y se dirigió lentamente a la puerta del balcón; un trozo de género de cortina se le había enredado en el pie y él fue arrastrándolo sin reparar en él. Tan distraído estaba que al pasar frente a Brunelda hasta llegó a decirle
-Le deseo a usted muy buenas noches.
Luego pasó junto a Delamarche, el cual apartó ligeramente el cortinaje de la puerta, y siguió andando hasta llegar al balcón.
Tras Karl fue inmediatamente Robinsón, sin duda no menos necesitado de sueño, pues caminaba refunfuñando:
-Siempre y siempre lo maltratan a uno -dijo-; si no viene Brunelda también, yo no salgo al balcón.
Pero a pesar de esta aseveración salió sin la menor resistencia y, ya afuera, puesto que Karl se había desplomado en el sillón, se acostó en el acto sobre el piso de losas.
Cuando Karl despertó ya había caído la noche; ya estaban las estrellas en el cielo, y tras las altas casas de enfrente ascendía el claro de luna. Sólo después de mirar unas cuantas veces en torno de sí, para orientarse en aquel sitio desconocido, y después de aspirar unas cuantas veces el aire fresco cobró Karl conciencia del lugar en que estaba. Cuán imprudente había sido, cómo había desoído todos los consejos de la cocinera mayor, todas las advertencias de Therese, todos sus propios temores, ¡y se hallaba tranquilamente sentado en el balcón de Delamarche, y hasta se había quedado a dormir allí durante la mitad del día, como si tras la cortina no estuviera Delamarche, su gran enemigo! En el suelo se retorcía aquel haragán de Robinsón, zarandeaba a Karl por un pie y parecía que, en efecto, así lo había despertado, ya que estaba diciendo:
-¡Qué manera de dormir, Rossmann! ¡Lo que es la juventud despreocupada! ¿Hasta cuándo piensas seguir durmiendo? Yo te hubiera dejado dormir por más tiempo; pero, en primer lugar estoy aburriéndome demasiado aquí en el suelo y, en segundo lugar, tengo mucha hambre. Levántate un poco, te lo ruego: ahí abajo, dentro del sillón, he guardado algunas cosas para comer y me gustaría mucho sacarlas; también a ti te daré algo.
Y Karl, habiéndose levantado, se quedó mirando cómo se aproximaba aquél, sin levantarse, arrastrándose sobre el vientre, y cómo sacaba de debajo del sillón, con las manos extendidas, una bandeja plateada, aproximadamente de esas que sirven para presentar tarjetas de visita. Sobre esta bandeja había medio chorizo muy negro, algunos cigarrillos delgados, una lata de sardinas bastante llena todavía, en donde el aceite rebosaba, y una cantidad de bombones, en su mayor parte estrujados, que formaban una pelota. Luego apareció además un gran pedazo de pan y una especie de frasco de perfume que, no obstante, parecía contener algo muy distinto, pues Robinsón lo señaló con satisfacción especial y, relamiéndose, le envió a Karl un chasquido con la lengua.
-¿Lo ves, Rossmann? -dijo Robinsón mientras tragaba sardina tras sardina y se limpiaba las manos del aceite, de vez en cuando, con un paño de lana que por lo visto Brunelda había olvidado en el balcón-. ¿Lo ves, Rossmann? Aquí tiene uno que guardarse su comida si no quiere morirse de hambre. Sabes, muchacho: me han dejado completamente de lado. Y si lo tratan a uno sin cesar como a un perro, al fin llega uno a pensar que lo es de veras. Suerte que estás aquí, Rossmann; al menos puedo hablar con alguien; pues en esta casa nadie habla conmigo. Nos detestamos, y todo por esa Brunelda. Ella, claro está, es una hembra magnífica. Ven -y le hizo señas a Karl a fin de que se agachara para susurrarle luego al oído-: una vez la he visto desnuda. ¡Oh! -Y recordando ese placer se puso a estrujar y a golpear las piernas de Karl, hasta que éste, cogiéndole las manos y rechazándolas, exclamó:
-Robinsón, ¡pero estás loco!
-Es que tú eres un chico todavía, Rossmann -dijo Robinsón, y sacó un puñal que llevaba prendido de un cordón que hacía de collar, le quitó la vaina y cortó con él el duro chorizo-. Tienes que aprender muchas cosas todavía. Pero aquí, en nuestra casa, has llegado a una buena fuente de conocimientos. Siéntate, pues. ¿No quieres comer algo tú también? Pues tal vez el mirarme a mí te abra el apetito. ¿Y no quieres beber tampoco? Tú no quieres nada, pero nada. Y tampoco eres muy conversador que digamos. Pero da absolutamente lo mismo quedarse en el balcón con cualquiera con tal de que haya alguien. Porque yo me quedo muy a menudo en el balcón, ¿sabes? Esto le divierte mucho a Brunelda. Por cualquier cosa que se le ocurre: ya sienta frío, ya calor, ya quiera dormir, ya quiera peinarse, ya quiera aflojarse el corsé, ya quiera ponérselo, a mí me mandan siempre al balcón. A veces hace ella realmente lo que dice, pero la mayor parte de las veces se queda acostada igual que antes en el canapé, y no se mueve. Antes abría yo a menudo la cortina un poco, así, y espiaba; pero desde que cierta vez, en una ocasión semejante, me dio Delamarche (sé perfectamente que él no quería hacerlo, que lo hizo sólo accediendo a los ruegos de Brunelda), desde que me dio, pues, unos cuantos latigazos en la cara, ¿ves las estrías?, ya no me atrevo a espiar. Por eso me quedo aquí acostado en el balcón y no tengo más placer que la comida. Anteayer por la noche estaba aquí, solo; entonces llevaba yo todavía mi ropa elegante, la que por desgracia he perdido en tu hotel (esos perros, ¡le arrancan a uno del cuerpo esas ropas tan caras!), estaba acostado, pues, entonces, tan solo aquí; me quedé mirando hacia abajo a través de la balaustrada y sentí una tristeza tan grande por todo que me puse a sollozar. Y entonces casualmente, sin que yo lo notara al punto, salió Brunelda de la habitación y vino a verme, con su vestido rojo (es de entre todos, sin duda, el que mejor le queda), y se quedó mirándome un poco y al fin dijo: «Robinsón, ¿por qué lloras?» Luego, levantó su vestido y con el ribete me enjugó los ojos. Quién sabe qué más habría hecho, si no la hubiera llamado Delamarche, si no hubiera tenido que volver a entrar inmediatamente en la habitación. Como es natural, creía yo que había llegado mi hora y, a través del cortinaje, pregunté si ya podía entrar en el cuarto. Y, ¿qué crees tú que me dijo Brunelda? «¡No!», dijo y «¿Cómo se te ocurre?»
-Y, ¿por qué, si te tratan de esta manera, te quedas aquí? -preguntó Karl.
-Perdona Rossmann, tu pregunta no es muy inteligente -repuso Robinsón-. Ya te quedarás tú también, así te traten peor todavía. Por otra parte, tan mal no me tratan.
-No -dijo Karl-; yo ciertamente me voy y, si es posible, esta misma noche. No me quedo con ustedes.
-Y, ¿cómo, por ejemplo, te las arreglarás para marcharte esta noche? -preguntó Robinsón, que había recortado la miga de su pan y la empapaba, cuidadosamente, en el aceite de la lata de sardinas-. ¿Cómo quieres marcharte si ni siquiera puedes entrar en el cuarto?
-¿Y por qué no podemos entrar?
-Y bien, mientras no suene la campanilla, no podemos entrar -dijo Robinsón abriendo la boca lo más que podía para devorar el grasiento pan y recogiendo a la vez, en una de sus manos, el aceite que goteaba del mismo, a fin de remojar de tiempo en tiempo el pan que todavía le quedaba en su mano ahuecada que servía de recipiente-. Aquí todo se ha vuelto más severo. Primero había sólo una cortina delgada, por cierto nada se podía ver a través de ella; pero por la noche, con todo, se distinguían las sombras. Pero esto le desagradaba a Brunelda y entonces tuve que convertir en cortina una de sus capas de teatro y colgarla allí en lugar de la cortina vieja. Ahora ya no se ve nada. Luego: antes podía yo preguntar siempre si ya me permitían entrar y, según las circunstancias, me contestaban sí o no; pero seguramente aprovechaba yo esto demasiado y preguntaba con demasiada frecuencia. Brunelda no podía soportarlo. Ella, a pesar de su gordura, es de constitución muy débil, tiene a menudo dolor de cabeza y casi siempre tiene gota en las piernas. Por eso dispuso que no volviera a preguntar y que, en cambio, en caso de poder yo entrar, oprimirían el botón de la campanilla de mesa. Suena tan fuerte que hasta me despierta cuando duermo. Una vez tuve aquí un gato, para divertirme; se escapó de susto al oír esta campanilla y no ha vuelto ya; bien, pues, hoy no sonó todavía porque cuando suena no sólo puedo, sino que en realidad ya debo entrar, y si esta vez no ha sonado en tanto tiempo, puede tardar muchísimo más todavía.
-Sí -dijo Karl-, pero no hay ninguna razón para que lo que es válido para ti, lo sea también para mí. Y, en general, una cosa semejante es válida sólo para quien la tolera.
-Pero -exclamó Robinsón-, ¿por qué no habría de ser válida también para ti? Es, desde luego, válida también para ti. Espera tranquilamente aquí conmigo hasta que suene la campanilla. Y luego puedes intentarlo; veremos si puedes marcharte.
-¿Por qué, realmente, no te marchas también de aquí? ¿Tan sólo porque Delamarche es, o más bien era, tu amigo? ¿Y es esto vida acaso? ¿No sería mejor estar ya en Butterford, a donde queríais ir vosotros primero? ¿O mejor aún en California, donde tú tienes amigos?
-Sí -dijo Robinsón-, nadie podía prever esto. -Antes de continuar contando alcanzó a decir todavía-: A tu salud, querido Rossmann -y tomó un largo trago del contenido del frasco de perfume-. Pues en aquel entonces, cuando tú tan villanamente nos abandonaste, nuestra situación era pésima. En los primeros días no fue posible conseguir ningún trabajo. Por otra parte, Delamarche no quería trabajar, pues de otro modo ciertamente lo habría conseguido; me mandaba siempre a mí a buscar algo, y yo no tengo suerte. Él no hizo más que andar merodeando por aquí y por allá, pero ya casi había llegado la noche y sólo había traído un portamonedas de mujer. Era de perlas y, por cierto, muy bonito; se lo regaló a Brunelda, pero adentro no había casi nada. Luego dijo que fuéramos a mendigar por las casas; esto, naturalmente, da oportunidad de encontrar muchas cosas útiles, de manera que fuimos a mendigar, y yo, para guardar mejor las apariencias, cantaba ante las puertas de las casas. Y teniendo suerte Delamarche como la tiene siempre, apenas nos hubimos detenido ante la segunda casa, un departamento muy rico en la planta baja, y junto a la puerta les hubimos cantado algo a la cocinera y al criado, cuando llegó la señora a la cual pertenecía ese departamento, Brunelda, que subía la escalera. Acaso iba demasiado ceñida y no podía subir por eso aquellos pocos escalones. Pero ¡qué lindo aspecto tenía, Rossmann! Llevaba un vestido blanquísimo y una sombrilla roja. Estaba que daban ganas de relamerse. Estaba como para bebérsela toda. ¡Dios mío, Dios mío, qué linda estaba! ¡Qué mujer! Dime, por todo lo que quieras, ¿cómo es posible que exista una mujer así? La muchacha y el sirviente corrieron en seguida a su encuentro, claro está, y casi la subieron llevándola en vilo. Nosotros nos quedamos inmóviles, a derecha y a izquierda de la puerta e hicimos un saludo muy cortés, como es costumbre aquí. Ella se detuvo un poco, porque todavía no tenía bastante aliento, ahora bien, no sé cómo ha sucedido eso en verdad; el sufrir hambre ya tanto tiempo me había trastornado el juicio y además, de cerca estaba más hermosa aún y tremendamente ancha y muy maciza por todas partes, efectos de un corsé especial, puedo mostrártelo luego, está en el armario. En pocas palabras, la toqué un poquito por detrás, pero sólo muy ligeramente, ¿sabes?, sólo la toqué así. Desde luego no puede tolerarse que un mendigo toque a una señora rica. Por cierto, esto casi no era tocar siquiera; pero al fin de cuentas y a pesar de todo era, sin embargo, tocar. Quién sabe qué malas consecuencias hubiera tenido eso si Delamarche no me hubiera dado, acto seguido, una bofetada, y una bofetada de tal categoría que necesité inmediatamente de mis dos manos, ya que las reclamaba mi mejilla.
-¡Las cosas que habéis hecho! -dijo Karl sentándose en el suelo fascinado completamente por aquella historia-. ¿Y era Brunelda?
-Sí, pues -dijo Robinsón-, era Brunelda.
-Pero, ¿no dijiste una vez que es cantante? -preguntó Karl.
-Por supuesto que es cantante, y una gran cantante -replicó Robinsón, que estaba haciendo correr sobre la lengua una gran masa de bombones y que, de vez en cuando, apretaba con el dedo algún trozo que había sido empujado fuera de la boca, obligándolo así a volver adentro-. Pero, naturalmente, entonces no lo sabíamos todavía; sólo veíamos que era una dama, muy rica y muy distinguida. Ella hizo como si nada hubiese sucedido y tal vez ni siquiera hubiera sentido nada, pues yo realmente sólo la había rozado con la punta de los dedos. Pero se quedó mirando a Delamarche sin quitarle los ojos de encima, y éste -como suele acertar siempre en todas las cosas- le devolvió esa mirada, mirándola a su vez también derecho a los ojos. Después de lo cual, ella le dijo: «Ven, entra por un ratito», e indicó con la sombrilla el departamento abierto, queriendo significar con ello que Delamarche la precediera. Luego entraron los dos y la servidumbre cerró la puerta tras ellos. A mí me olvidaron afuera y entonces pensé que tanto, tanto no iba a tardar en el asunto y me senté en la escalera para esperar a Delamarche. Pero en lugar de Delamarche salió un sirviente y me trajo un plato completamente lleno de sopa. «Una atención de Delamarche», me dije. El sirviente se quedó un rato de pie, a mi lado, y me contó algunas cosas sobre Brunelda; entonces comprendí qué importancia podía tener para nosotros esa visita a Brunelda. ¡Porque Brunelda era una mujer divorciada, tenía una gran fortuna y vivía con independencia absoluta! Su ex marido, un fabricante de chocolate, seguía por cierto amándola; pero ella no sentía trato alguno con él. Iba él muy a menudo al departamento, muy elegante siempre, ataviado como si fuera a un casamiento -todo esto es verdad palabra por palabra porque lo conozco yo mismo-, pero el criado, por grande que fuera el soborno, no se atrevía a preguntar a Brunelda si ella lo recibiría, pues varias veces se lo había preguntado y, cada vez, Brunelda le había arrojado a la cara lo que en ese preciso momento tenía a mano. Cierta vez hasta le tiró su calientapiés de agua caliente y en esa oportunidad le sacó un diente anterior. Sí, Rossmann, ¡estás abriendo la boca ahora!
-Y, ¿cómo conoces tú al marido? -preguntó Karl.
-A veces sube también hasta aquí -dijo Robinsón.
-¿Aquí arriba? -tan asombrado estaba Karl que dio una ligera palmada en el piso.
-Asómbrate, pues -continuó Robinsón-; yo mismo también me quedé asombrado cuando me lo contó entonces el criado. Imagínate, cuando no estaba Brunelda en la casa el hombre se hacía conducir a sus habitaciones por el sirviente y se llevaba siempre alguna cosita insignificante de recuerdo y, en cambio, dejaba siempre alguna cosa muy cara y fina para Brunelda; al criado le prohibía severamente decir de quién era. Pero cierta vez, cuando había llevado algo de porcelana -según decía el sirviente y lo creo-, algo realmente impagable, Brunelda debe de haberlo reconocido de alguna manera; pues lo arrojó al suelo inmediatamente y lo pisoteó y escupió encima e hizo algunas otras cosas más, de manera que el criado apenas pudo llevárselo de allí, tanto era el asco que le daba.
-Pero, ¿qué le ha hecho a ella ese hombre? -preguntó Karl.
-En realidad, no lo sé -dijo Robinsón-; pero creo que nada especial. Él mismo, por lo menos, no lo sabe, pues ya he hablado con él más de una vez al respecto. Me espera diariamente allí, en esa esquina; si voy, tengo que contarle las novedades; si no puedo ir, espera media hora y luego se va. Para mí constituía una buena ganancia de carácter extraordinario, pues pagaba esas noticias muy generosamente; pero desde que Delamarche se enteró del negocio, tengo que entregarle todo a él y por eso, ahora, voy allí con menor frecuencia.
-Pero, ¿qué quiere el hombre? -preguntó Karl-. ¿Qué es lo que quiere? Ya ve, pues, que ella no quiere nada con él.
-Sí -suspiró Robinsón. Encendió un cigarrillo y, entre grandes giros de su brazo, iba exhalando el humo hacia lo alto. Pero luego pareció cambiar de decisión y dijo: -¿Qué me importa eso? Lo único que yo sé es que él daría mucho dinero si le permitieran estar aquí en el balcón, acostado como nosotros.
Karl se levantó, se apoyó en la balaustrada y miró hacia abajo, hacia la calle. La luna ya era visible, pero aún no llegaba su luz hasta lo hondo de la calle. Esa calle, tan desierta durante el día, estaba atestada de gente, en especial delante de las puertas principales de las casas; estaban todos en movimiento; era un movimiento lento, torpe; destacábanse débilmente en la oscuridad las mangas de camisa de los hombres y los vestidos claros de las mujeres y todos andaban con la cabeza descubierta.
Los muchos balcones de los alrededores veíanse ahora ocupados en su totalidad; allí se reunían las familias a la luz de una bombilla eléctrica y, según el tamaño del balcón, permanecían o bien sentadas en torno de una mesita, o simplemente en sillas apostadas en hileras, o al menos, asomaban las cabezas de los cuartos. Los hombres se sentaban esparrancados, sacando los pies fuera de los balaustres, y leían diarios que casi llegaban hasta el suelo o jugaban a los naipes, en apariencia silenciosos, pero dando fuertes golpes en las mesas. Las mujeres tenían las faldas llenas de trabajo de costura y sólo de vez en cuando disponían de una breve mirada para las cosas que las rodeaban o para la calle. Una mujer rubia y de aspecto débil bostezaba sin cesar en el balcón vecino y al mismo tiempo ponía los ojos en blanco; levantaba a cada bostezo una prenda de ropa que estaba remendando, para cubrirse con ella la boca. Aun en los balcones más pequeños, se las componían los niños para correr y perseguirse mutuamente, lo que molestaba muchísimo a los padres.
En el interior de muchos cuartos había fonógrafos que emitían música de canto u orquestal, pero nadie se preocupaba gran cosa por esa música; sólo de vez en cuando el jefe de la familia hacía una seña, y alguien entraba corriendo en el cuarto para cambiar el disco. En muchas ventanas veíase a parejas de amantes completamente inmóviles; en una de las ventanas, enfrente mismo de Karl, hallábase una de esas parejas, de pie: el joven rodeaba con su brazo a la muchacha y oprimía con la mano su pecho.
-¿Conoces a alguien de la gente de al lado? -preguntó Karl a Robinsón, quien ahora también se había incorporado, después de envolverse, ya que estaba tiritando de frío, en la manta de Brunelda, que había sumado a la que ya usaba.
-Casi a nadie; precisamente eso es lo malo de mi situación -dijo Robinsón, y atrajo hacia sí a Karl, para poder susurrarle al oído-; de otra manera, no tendría, en verdad, de qué quejarme por el momento. Ya ves que Brunelda ha vendido por Delamarche todo lo que tenía y se ha mudado con todas sus riquezas aquí, a esta vivienda de suburbio, sólo para poder dedicarse por entero a él y para que nadie los moleste. Por otra parte, éste era también el deseo de Delamarche.
-¿Y ha despedido a la servidumbre? -preguntó Karl.
-Exactamente -dijo Robinsón-, ¿dónde quieres que alojen aquí a la servidumbre? Esos sirvientes son unos señores muy exigentes. Cierto día, en la casa de Brunelda, echó Delamarche a uno de esos sirvientes del cuarto, lo echó sencillamente a bofetadas; caían, una tras otra, hasta que el hombre estuvo afuera. Claro que los otros sirvientes se unieron a él y armaron un gran barullo delante de la puerta y entonces salió Delamarche (yo no era entonces sirviente, sino amigo de la casa, pero convivía, sin embargo, con los sirvientes) y preguntó: «¿Qué queréis?» El más viejo de los sirvientes, un tal Isidor, repuso: «Usted nada tiene que hablar con nosotros; nuestra ama es la señora». Como has de notarlo, probablemente, querían ellos muchísimo a Brunelda. Pero Brunelda, sin hacer caso de ellos, corrió hasta Delamarche (entonces, por cierto, no estaba todavía tan pesada como ahora), lo abrazó y lo besó delante de todos, llamándolo «queridísimo Delamarche». Y «echa de una vez a estos monos», dijo finalmente. Monos, era para los sirvientes; imagínate las caras que pusieron. Luego atrajo Brunelda la mano de Delamarche hacia el bolso que llevaba en el cinturón; Delamarche metió la mano y comenzó, pues, a pagar las cuentas de los sirvientes. La única participación de Brunelda en ese pago fue quedarse de pie, con el saquillo abierto que pendía de su cinturón. Muchas veces tuvo Delamarche que meter la mano allí, pues partía el dinero sin contarlo y sin examinar las pretensiones. Finalmente dijo: «Puesto que no queréis hablar conmigo, os digo en nombre de Brunelda que os larguéis inmediatamente». Así fueron despedidos. Hubo luego algunos pleitos todavía; Delamarche hasta tuvo que comparecer una vez ante la justicia, pero de eso no sé nada cierto. Sólo sé que inmediatamente después de haber despedido a los sirvientes le dijo Delamarche a Brunelda: «Y ahora, ¿te quedas sin servidumbre?» Ella dijo: «Pero ahí está Robinsón.» Por lo cual me dio Delamarche una palmada en el hombro y al mismo tiempo dijo: «Bueno, tú serás nuestro sirviente.» Y Brunelda me dio luego unas palmaditas en la mejilla. Si se presenta la ocasión, Rossmann, deja que alguna vez también a ti te palmotee la mejilla; quedarás asombrado de lo agradable que es eso.
-¿De manera que te convertiste en sirviente de Delamarche? -dijo Karl resumiendo.
Robinsón percibió el tono de compasión de esta pregunta y respondió:
-Sí, soy sirviente; pero sólo poca gente se da cuenta de ello. Ya lo ves, tú mismo no lo sabías, a pesar de que hace ya un buen rato que estás con nosotros. Ya has visto cómo andaba yo vestido cuando fui al hotel. Llevaba puesto lo más fino de lo más fino. ¿Se visten acaso así los sirvientes? Sólo que el asunto es éste: yo no puedo salir a menudo; necesitan tenerme a mano, pues en la casa hay siempre algo que hacer. Es que una sola persona no alcanza a cumplir tanto trabajo. Como tal vez lo habrás notado, tenemos muchísimas cosas dispersas en la habitación; lo que no pudimos vender con motivo de la gran mudanza, lo hemos traído. Claro que hay muchas cosas que hubieran podido regalarse, pero Brunelda no regala nada. Imagínate el trabajo que dio subir por la escalera hasta aquí todas esas cosas.
-Robinsón, ¿tú has subido todo eso? -preguntó Karl.
-¿Y quién sino yo? -dijo Robinsón-. Había también un obrero ayudante, un gran haragán; tuve que hacer la mayor parte del trabajo yo solo. Brunelda quedó abajo, junto al carro; Delamarche disponía arriba dónde había que poner las cosas y yo corría constantemente yendo y viniendo. Nos llevó dos días; muchísimo tiempo, ¿no es cierto? Pero tú ni siquiera sabes cuántas cosas hay aquí en este cuarto; todos los armarios están llenos y detrás de los armarios está todo repleto de cosas hasta el techo. Si se hubiera empleado a unas cuantas personas para el transporte bien pronto todo habría estado listo, pero Brunelda no quería confiárselo a nadie más que a mí. Estaba eso muy bien, pero yo en esa oportunidad me estropeé la salud para toda mi vida, y ¿qué otra cosa tenía yo, además de mi salud? Ahora, por el menor esfuerzo que haga, ya siento punzadas aquí, aquí y aquí. ¿Crees acaso que esos chicos del hotel, esos renacuajos (pues qué otra cosa son), hubieran podido vencerme alguna vez, si yo hubiera estado sano? Pero tenga lo que tuviere, a Delamarche y a Brunelda no les diré ni una palabra, trabajaré mientras pueda y cuando ya no pueda más, me echaré para morir; y sólo entonces, demasiado tarde, verán ellos que he estado enfermo y que, sin embargo, he seguido trabajando sin cesar, y que a su servicio me he matado trabajando. ¡Ay, Rossmann! -dijo finalmente y se enjugó los ojos con la manga de la camisa de Karl. Después de un breve rato, dijo-: ¿No sientes frío? Te quedas ahí, en camisa.
-Anda, Robinsón -dijo Karl-, a cada momento estás llorando. No creo que estés tan enfermo. Tú tienes el aspecto de un hombre bastante sano, pero como te quedas siempre aquí, acostado en el balcón, te imaginas muchas cosas y nada más. Quizá sientas a veces una punzada en el pecho, eso me ocurre a mí también, y a cualquiera. Si todos los hombres quisieran llorar, como tú, por cualquier cosa sin importancia, tendría que llorar toda esa gente que está en los balcones.
-Eso, mejor lo sé yo -dijo Robinsón que se restregaba los ojos con la punta de su colcha-. El estudiante que vive aquí al lado, con esa mujer que subarrienda la casa y que antes cocinaba también para nosotros, me dijo el otro día al llevar yo de vuelta la vajilla: «Oiga usted, Robinsón, ¿no está usted enfermo?» A mí me prohibieron hablar con esa gente, de manera que no hice más que dejar la vajilla y quise marcharme. Pero entonces él se me acercó y dijo: «Oiga, hombre, no lleve usted las cosas a tal extremo; usted está enfermo.» «Y bien, ¿qué debo hacer?, se lo ruego», pregunté. «Eso es asunto suyo», dijo él, y me volvió la espalda. Los otros que estaban allí, sentados a la mesa, se echaron a reír. Es que tenemos aquí enemigos en todas partes y por eso me retiré; era mejor.
-De manera que a la gente que se divierte a tu costa la crees y a la gente que quiere tu bien no la crees.
-Pero soy yo el que debe de saber cómo me siento -se encrespó Robinsón; mas acto seguido volvió al llanto.
-Es el caso que eres tú precisamente el que no sabe lo que tiene. Deberías de buscarte algún trabajo como es debido, en lugar de seguir aquí como un sirviente de Delamarche. Pues por cuanto puedo juzgar yo, según tus relatos y según lo que yo mismo he visto, lo de aquí no es servicio, es esclavitud. Ningún hombre podría soportarlo, ya lo creo. Y tú, en cambio, crees que por ser amigo de Delamarche no tienes derecho a abandonarlo. Esto es falso; si él no entiende ni ve la vida miserable que estás llevando, no tienes tú la menor obligación para con él.
-¿De manera que crees realmente, Rossmann, que podré reponerme si dejo este servicio?
-Ciertamente -dijo Karl.
-¿Ciertamente? -volvió a preguntar Robinsón.
-Pero ciertamente, sin duda -dijo Karl sonriendo.
-Pues entonces podría empezar a reponerme en seguida
-dijo Robinsón con la mirada fija en Karl.
-¿Cómo es eso? -preguntó éste.
-Pues porque tú deberás encargarte aquí de mi trabajo -respondió Robinsón.
-¿Y quién te ha dicho tal cosa? -preguntó Karl.
-¡Pero si éste es un viejo proyecto! Ya desde hace algunos días se habla de eso. La cosa comenzó al reñirme Brunelda por no mantener bastante limpio el departamento. Claro que prometí que sin demora lo arreglaría todo. Ahora bien, eso resulta muy difícil. Yo, por ejemplo, en mi estado, no puedo meterme en todos los rincones para quitar el polvo. Ni en el centro de la habitación puede uno moverse con libertad, ¡cuánto menos entonces entre los muebles y las cosas depositadas! Y si uno quiere limpiarlo bien todo, es necesario mover los muebles de su lugar, ¿y que yo solo haga eso? Además, todo eso debería hacerse en medio del mayor silencio ya que no se puede molestar a Brunelda, y ella apenas si abandona la habitación. De manera que he prometido por cierto limpiarlo todo, pero de hecho no lo he limpiado. Cuando Brunelda lo advirtió, le dijo a Delamarche que eso no podía seguir así y que habría que tomar un sirviente auxiliar. «No quiero, Delamarche -decía ella-, que alguna vez me reproches el no haber llevado bien la casa. Yo misma no puedo hacer ningún esfuerzo, sin duda reconocerás esto, y Robinsón no basta. Al comienzo estaba tan fresco y ágil que atendía a todo; pero ahora está constantemente cansado y se queda casi siempre sentado en un rincón. Y una habitación con tantas cosas como la nuestra, no se arregla sola, ni se mantiene arreglada por sí sola.» Y entonces Delamarche se puso a pensar qué era lo que podía hacerse en tal caso, pues a una persona cualquiera naturalmente no puede tomársela en una casa como ésta, ni siquiera para prueba, ya que desde todas partes nos están espiando. Pero como soy buen amigo tuyo y supe por Renell cómo tenías que afanarte en el hotel, te propuse a ti. Delamarche en seguida estuvo de acuerdo, a pesar de que aquella vez te habías insolentado con él, y yo, como es natural, quedé muy contento de poder serte tan útil. Pues para ti, este puesto está hecho como a medida: tú eres joven, fuerte y ágil, mientras que yo ya no valgo para nada. Sólo que debo advertirte, eso sí, que todavía no estás aceptado, de ninguna manera; si no le gustas a Brunelda, no nos sirves de nada. De modo que haz todo lo posible y esfuérzate mucho por resultarle agradable, y lo demás déjalo por mi cuenta.
-¿Y tú qué vas a hacer cuando yo sea sirviente aquí? -preguntó Karl; ¡se sentía tan libre!
El primer susto que le habían causado las noticias de Robinsón había pasado. Por lo tanto, Delamarche no tenía con él intenciones peores que las de hacerlo sirviente -pues si verdaderamente hubiera tenido peores intenciones, ese charlatán de Robinsón sin duda se las habría revelado-, y si así estaban las cosas, se atrevía Karl a llevar a cabo la despedida aun esa misma noche. No se le puede forzar a nadie a aceptar un empleo. Y mientras que antes le había preocupado a Karl la cuestión de si, después de haber sido despedido del hotel, encontraría un puesto conveniente y no inferior, en lo posible, lo bastante pronto como para salvarse del hambre, le parecía ahora que en comparación con éste que allí se le reservaba, que le resultaba en verdad repelente, cualquier otro empleo sería suficientemente bueno; y hasta la miseria de la desocupación le parecía preferible. Pero ni siquiera intentó hacérselo comprender a Robinsón, más aún porque Robinsón no podía juzgar ahora absolutamente nada, embargado como estaba por la esperanza de verse aligerado con el trabajo de Karl.
-De manera que -dijo Robinsón acompañando su discurso con placenteros ademanes (tenía los codos apoyados en la balaustrada)- primero te lo explicaré todo y te enseñaré las existencias. Tú eres culto y seguramente tienes buena letra también, de manera que podrás hacer en seguida una lista de todas las cosas que aquí tenemos. Hace rato que Brunelda desea tener esa lista. Si mañana por la mañana hace buen tiempo, rogaremos a Brunelda que se siente en el balcón y entre tanto podremos trabajar tranquilamente en la habitación sin molestarla. Pues en este sentido, Rossmann, debes tener cuidado ante todo. No molestar a Brunelda por nada del mundo. Ella lo oye todo; seguramente tiene oído tan sensible porque es cantante. Así, por ejemplo, tú sacas rodando el barril de aguardiente que está detrás del armario; esto hace ruido porque es pesado y porque allí hay dispersas por todas partes muchísimas cosas, de modo que, para sacarlo, no es posible hacerlo rodar de un solo tirón. Brunelda, por ejemplo, está tranquilamente acostada en el canapé, cazando moscas, porque éstas, en general, le molestan mucho. Tú, entonces, crees que no hace caso de ti y sigues haciendo rodar tu barril. Ella aún continúa tranquila. Pero en el momento en que menos te esperas tal cosa y cuando menos ruido haces, se incorpora ella de repente y se queda sentada y golpea el canapé con las dos manos que ni se la ve por el polvo que levanta (desde que estamos aquí no he sacudido el canapé; no puedo hacerlo, ella está siempre encima) y comienza a gritar horrorosamente, como un hombre, y así se queda gritando durante horas. Que cante ya se lo han prohibido los vecinos, pero nadie puede prohibirle que grite; ella tiene que gritar. Por otra parte esto ahora sucede ya sólo rara vez, pues Delamarche y yo nos hemos tornado muy prudentes y cautelosos. Además, el gritar le ha hecho mucho daño. Una vez se desmayó y yo (Delamarche no estaba en ese momento) tuve que llamar al estudiante de al lado; éste la roció con un líquido de una botella grande, lo que ciertamente produjo un buen efecto; pero el tal líquido tenía un olor insoportable. Aun ahora mismo se huele todavía si se acerca la nariz al canapé. El estudiante es, sin duda, enemigo nuestro, como todos aquí; tú también deberás andar con cuidado frente a todo el mundo y no meterte con nadie.
-Oye, Robinsón -dijo Karl-, pero es un servicio bien pesado éste; para bonito puesto me has recomendado.
-No te preocupes -dijo Robinsón, y movió la cabeza cerrando los ojos para disipar así todas las posibles preocupaciones de Karl-; el puesto tiene también sus ventajas, como no te las puede brindar ningún otro. Te quedas constantemente en la proximidad de una dama como Brunelda, duermes a veces en el mismo cuarto que ella, y esto, como bien puedes imaginártelo, supone por cierto múltiples encantos. Te pagarán espléndidamente, pues dinero hay a raudales. Yo, como amigo de Delamarche, no recibo nada; sólo cuando salgo, Brunelda me da siempre algo; pero a ti, naturalmente, te pagarán como a cualquier sirviente, puesto que tampoco eres otra cosa. Pero lo más importante para ti es el hecho de que yo he de facilitarte muchísimo el desempeño de tu labor. Al comienzo, desde luego, no. haré nada, ya que debo reponerme; pero no bien esté un poco repuesto, ya podrás contar conmigo. Y en general me quedaré yo con el servicio personal de Brunelda; esto es con las tareas de peinarla y vestirla, en cuanto no las atienda Delamarche. Tú sólo tendrás que ocuparte del arreglo de la habitación, de encargos y de los quehaceres domésticos más pesados.
-No, Robinsón -dijo Karl-; todo esto no me tienta.
-No hagas tonterías, Rossmann -dijo Robinsón muy cerca de la cara de Karl-; no desperdicies esta magnífica ocasión. ¿Dónde conseguirás en seguida un puesto? ¿Quién te conoce? ¿A quién conoces tú? Nosotros, dos hombres que ya hemos pasado por muchas cosas y que tenemos gran experiencia, anduvimos durante semanas sin conseguir trabajo. No es fácil, no; es hasta desesperadamente difícil.
Karl asintió asombrándose de cuán cuerdamente sabía hablar Robinsón. Para él, claro está, esos consejos no tenían validez; él no podía quedarse allí; en esa gran ciudad seguramente hallaría algún lugarcito para él. Durante toda la noche, eso lo sabía, estaban atestadas de gente todas las fondas, se necesitaba servidumbre para los huéspedes y en esto él ya tenía cierta práctica. Ya sabría incorporarse, pronto y sin llamar la atención, a cualquier establecimiento. Precisamente, en la casa de enfrente estaba instalada una pequeña fonda, de la cual surgía una música muy sonora. La entrada principal estaba cubierta tan sólo por una gran cortina amarilla que a veces, movida por una corriente de aire, flameaba poderosamente hacia afuera, hacia la calle.
Por lo demás, el ruido de la calle se había calmado muchísimo. La mayor parte de los balcones quedaban a oscuras; sólo a lo lejos se veía todavía, y aquí o allá, alguna luz aislada, pero apenas se quedaba uno mirándola un rato ya se levantaba allí también la gente y mientras todos se agolpaban por volver a la habitación un hombre acercaba la mano a la bombilla y, quedándose el último en el balcón, apagaba la luz después de echar a la calle una rápida mirada.
«Pero si ya está comenzando la noche -se dijo Karl-, y si me quedo aquí más tiempo todavía, ya seré uno de ellos.» Se volvió y se dispuso a descorrer la cortina que colgaba ante la puerta de la habitación.
-¿Qué es lo que quieres? -preguntó Robinsón interponiéndose entre Karl y la cortina.
-Irme, quiero irme -dijo Karl-. ¡Déjame! ¡Déjame!
-Pero no irás a estorbarlos -exclamó Robinsón-, ¡no se te vaya a ocurrir!
Rodeando con sus brazos el cuello de Karl, colgóse de él con todo su peso; entrelazó con sus piernas las de Karl y así lo arrastró en un momento al suelo. Pero entre los ascensoristas Karl había aprendido a pelear un poco; le asentó a Robinsón un puñetazo bajo el mentón, aunque sólo débilmente y con sumo cuidado. Robinsón alcanzó todavía a darle a Karl, rápidamente y sin ninguna consideración, un fuerte rodillazo en el vientre; pero luego, con las dos manos en el mentón, rompió a llorar a gritos, tanto que un hombre del balcón vecino, golpeando salvajemente las manos, ordenó: «¡Silencio!»
Un rato todavía se quedó Karl silenciosamente acostado, para sobreponerse al dolor que el golpe de Robinsón le había causado. Se limitaba a volver la cara hacia la cortina, que colgaba pesada y tranquila ante el cuarto, que, por lo visto, seguía a oscuras. ¡Pero si ya nadie parecía estar en ese cuarto!, quizá Delamarche había salido con Brunelda, con lo que Karl ya tendría plena libertad. Robinsón, que se conducía realmente como un perro guardián, estaba definitivamente descartado.
Resonaron entonces desde la calle, a lo lejos, en forma intermitente, tambores y clarines. Gritos aislados, proferidos por mucha gente, se reunieron pronto en una gritería general. Karl volvió la cabeza y vio cómo se volvían a animar todos los balcones. Se irguió lentamente, no podía levantarse del todo y tenía que apoyarse contra la balaustrada con todo su peso. Abajo sobre la acera, marchaban a grandes pasos unos muchachos jóvenes con los brazos extendidos y las gorras en alto, vueltas las caras hacia atrás. La calzada quedaba todavía libre. Algunos agitaban, sobre unos palos altos, farolillos de papel envueltos en humo amarillo. Precisamente surgían a la luz los tamborileros y los trompetas, en anchas filas, y Karl se asombraba de su gran cantidad cuando percibió voces detrás de sí. Se volvió y descubrió que Delamarche levantaba la pesada cortina y que luego surgía de la oscuridad del cuarto Brunelda, con el vestido rojo, con una mantilla de encaje sobre los hombros y una pequeña cofia oscura sobre el cabello, probablemente despeinado y sólo amontonado a la ligera con puntas que asomaban sueltas, aquí y allí. Sostenía en la mano un pequeño abanico desplegado, pero no lo movía, sólo lo estrechaba fuertemente contra sí.
Karl se hizo a un lado, deslizándose a lo largo de la balaustrada, para dejar sitio a los dos. Seguramente nadie lo obligaría a quedarse allí y aunque Delamarche quisiera intentarlo, Brunelda lo dejaría partir inmediatamente, si él se lo pidiera, pues ella ni podía sufrirlo; le asustaban sus ojos. Pero apenas dio un paso hacia la puerta, lo advirtió ella, sin embargo, y dijo:
-¿Adónde vas, chiquillo?
Karl se detuvo ante las miradas severas de Delamarche, y Brunelda lo atrajo hacia sí.
-¿No quieres ver el desfile de abajo? -dijo Brunelda empujándolo hacia adelante, hacia la balaustrada-. ¿Sabes de qué se trata? -le oyó decir Karl a sus espaldas, y sin ningún éxito intentó un movimiento involuntario para sustraerse a su presión. Tristemente se quedó mirando hacia abajo, hacia la calle, como si allá estuviera el motivo de su tristeza.
Delamarche se apostó primero con los brazos cruzados a espaldas de Brunelda, pero luego corrió al cuarto y le trajo los gemelos de teatro. Abajo, tras los músicos, había aparecido la parte principal del cortejo. A horcajadas sobre los hombros de un hombre gigantesco iba sentado un señor del que no se veía, desde aquella altura, otra cosa que la calva, de un brillo mortecino, por encima de la cual mantenía en alto su sombrero de copa en saludo perpetuo. Alrededor de él llevaban, al parecer, grandes carteles de madera que, vistos desde el balcón, parecían completamente blancos; la disposición había sido tomada de manera que esos carteles se enderezaran verdaderamente, desde todos los lados, hacia el señor, el cual sobresalía, elevado entre ellos. Puesto que todo estaba en marcha, esa muralla de carteles que rodeaba al señor se aflojaba constantemente y volvía luego a ordenarse sin cesar. En un ámbito mayor, todo el ancho de la calle en torno del señor -aunque por la oscuridad sólo alcanzaba a dominarse un trecho insignificante de su extensión-, estaban los secuaces de aquel hombre que venían palmoteando y anunciando, en ampulosa cantilena, algo que era probablemente el apellido del señor, un apellido brevísimo pero incomprensible. Algunos individuos, distribuidos hábilmente entre la multitud, llevaban unos focos de automóvil que difundían una luz potente en sumo grado, y recorrían lentamente con la misma las casas, de abajo arriba y de arriba abajo, a ambos costados de la calle. A la altura donde se hallaba Karl ya no molestaba aquella luz; pero en los balcones más bajos se veía a la gente a la que alcanzaba ese rayo protegerse apresuradamente los ojos con las manos.
Delamarche, accediendo a los ruegos de Brunelda, trató de averiguar por la gente del balcón vecino qué significaba aquel acto. Karl tenía cierta curiosidad por saber si le contestarían y cómo. Y, en efecto, Delamarche tuvo que preguntar tres veces, sin recibir respuesta. Ya se inclinaba peligrosamente sobre la balaustrada. Brunelda golpeó levemente con el pie en el piso por el disgusto que le causaban aquellos vecinos. Karl sintió sus rodillas. Finalmente vino, con todo, alguna contestación; pero al mismo tiempo, en ese balcón atestado de gente, todos se echaron a reír estrepitosamente; a lo cual Delamarche respondió gritando algo tan alto, que si en ese momento no hubiera sido tan fuerte el ruido en toda la calle hubieran tenido que advertirlo, sorprendidos, todos a la redonda. Pero, de todas maneras, eso tuvo por efecto que la risa se acallara con una prontitud bien poco natural.
-En nuestro distrito elegirán juez mañana y el que llevan allá abajo es uno de los candidatos -dijo Delamarche al volver junto a Brunelda, completamente calmado-. ¡Cosa rara! -exclamó luego golpeándole a Brunelda cariñosamente la espalda-. Ya ni siquiera sabemos lo que sucede en el mundo.
-Delamarche -dijo Brunelda a propósito de la conducta de los vecinos-, cuánto me gustaría mudarme de casa, si no fuese tan fatigoso. Pero desgraciadamente no puedo animarme a hacerlo. -Y entre hondos suspiros, inquieta y distraída, jugueteaba con la camisa de Karl, que trataba de apartar tenazmente, y en lo posible sin llamar la atención, aquellas manecitas regordetas; cosa que por otra parte le resultó bastante fácil, pues Brunelda no estaba pensando en él; muy otros eran los pensamientos que la ocupaban.
Pero también Karl olvidó pronto a Brunelda y toleró sobre sus hombros la carga de sus brazos, pues los sucesos de la calle lo absorbían sobremanera. Por disposición de un pequeño grupo de hombres -que gesticulando marchaban justo delante del candidato y cuyas conversaciones debían de tener un significado especial, pues se veía que desde todas partes inclinábanse hacia ellos rostros atentos- se hizo un alto frente a la fonda. Uno de esos hombres competentes hizo, con la mano levantada, una señal, destinada tanto a la muchedumbre como al candidato. La muchedumbre enmudeció, y el candidato, intentando varias veces ponerse de pie sobre los hombros de su portador y cayendo reiteradamente en su asiento, pronunció un pequeño discurso durante el cual iba agitando, con pasmosa rapidez, su sombrero de copa alta. La escena se veía con toda claridad, pues durante su discurso caían sobre él los haces de luz de todos los focos de los automóviles, de manera que se hallaba en el centro de una estrella luminosa.
Pero por otra parte ya se notaba el interés que el asunto iba cobrando para toda la calle. En los balcones ocupados por los partidarios del candidato comenzaban a acompañar aquella cantilena de su apellido, coreándola, y a golpear maquinalmente las manos que se adelantaban por encima de la balaustrada. En los otros balcones, que hasta estaban en mayoría, levantóse un fuerte canto contrario, que ciertamente no tenía ningún efecto uniforme, puesto que se trataba de los secuaces de diversos candidatos. En cambio, todos los enemigos del candidato presente se unieron, además, en una rechifla general y en muchas partes hasta pusieron nuevamente en marcha los fonógrafos.
De balcón a balcón se dirimían diferencias políticas en medio de una gran excitación, realzada aún más por la hora nocturna. Los más ya vestían ropa de dormir y se habían limitado a cubrirse con unos abrigos; las mujeres se envolvían en grandes mantones oscuros; los niños, descuidados, trepaban -cosa que daba miedo- sobre los salidizos de los balcones y surgían, en número creciente, de los cuartos oscuros, en los cuales ya habían estado durmiendo.
De vez en cuando, objetos aislados, indefinibles, volaban en dirección a los adversarios, arrojados por los que se acaloraban extremadamente; a veces alcanzaban su blanco, pero las más veces caían a la calle y allí provocaban a menudo aullidos de furia. Si el ruido se hacía abajo demasiado recio a los ojos de los organizadores, los tamborileros y los trompeteros recibían la orden de intervenir y su toque atronador, ejecutado con el máximo de sus fuerzas que parecían infinitas, sofocaba todas las voces humanas hasta lo más alto de los techos de las casas. Y siempre cesaba ese toque tan repentinamente que apenas podía creerse y entonces la turbamulta de la calle, evidentemente ejercitada para ello, rugía hacia las alturas su estribillo partidario -a la luz de los focos de los automóviles se veían una por una las bocas ampliamente abiertas-, hasta que los adversarios, que entretanto se habían recobrado, lanzaban desde todos los balcones y ventanas su grita con decuplicado vigor, acallando así por completo al partido de abajo, después de su breve victoria. Al menos así se presentaban las cosas apreciadas desde aquella altura.
-¿Qué tal?, ¿te gusta, chiquillo? -preguntó Brunelda, la que, muy apretada contra Karl, se volvía hacia un lado y hacia otro a fin de abarcar, en lo posible, todo lo que se pudiera ver a través de los gemelos.
Karl sólo respondió meneando la cabeza. De paso se daba cuenta de que Robinsón ponía todo su celo en comunicar a Delamarche diversas cosas evidentemente relacionadas con la conducta de Karl; pero Delamarche no parecía dar a todo eso ninguna importancia, pues sólo trataba constantemente de hacer a un lado a Robinsón con la mano izquierda, pues con la derecha rodeada a su Brunelda.
-¿No quieres mirar a través de los gemelos?-preguntó Brunelda dándole a Karl unos golpecillos en el pecho para dar a entender que se dirigía a él.
-Veo bastante -dijo Karl.
-Pruébalo, pues -dijo ella-, así verás mejor.
-Tengo buena vista -respondió Karl-; lo veo todo.
No interpretó como una amabilidad que ella le aproximara los gemelos a los ojos, sino que tan sólo sintió una molestia; y realmente no dijo ella más que la sola palabra «¡tú!» en tono melodioso pero amenazante. Y ya tenía Karl los gemelos ante sus ojos y ahora, en efecto, no veía nada.
-Si no veo nada -dijo queriendo librarse de los gemelos; pero ella los sostuvo firmemente y él no podía desplazar ni hacia atrás ni hacia un lado su cabeza, que estaba encajada en el pecho de ella.
-Pero ahora sí, ahora ya ves -dijo haciendo girar el tornillo de los gemelos.
-No, pues, sigo sin ver nada -dijo Karl, y pensó que, sin quererlo, ya había exonerado en efecto a Robinsón: los caprichos insoportables de Brunelda se descargaban ahora sobre él.
-¿Y cuándo verás por fin? -dijo, y siguió haciendo girar el tornillo; ahora tenía Karl toda la cara sumergida en su pesado aliento-. ¿Ahora? -preguntó.
-¡No, no, no! -exclamó Karl, a pesar de que ya, en verdad, podía distinguir todas las cosas aunque con escasa nitidez. Pero en ese momento tenía Brunelda algo que hacer con Delamarche, ya sólo sostenía los gemelos flojamente ante la cara de Karl y éste podía, sin que ella lo notara, mirar a la calle por debajo de los gemelos. Un momento después ya no insistió Brunelda tampoco en su deseo y usó los gemelos para sí.
De la fonda había salido un mozo que, dejando el umbral y yendo y viniendo de un lado para otro, recogía los pedidos de los dirigentes. Se le veía estirarse mucho para ver bien el interior del local y llamar en su ayuda a todo el personal de servicio disponible. Durante esos preparativos, que por lo visto iban destinados a un gran convite al aire libre, el candidato no cesaba de hablar. Su portador, el hombre gigantesco que le servía exclusivamente a él, se volvía, después de algunas frases, hacia uno y otro lado, girando un poco sobre sí mismo para que el discurso pudiera llegar en todas las direcciones a la muchedumbre que los rodeaba.
El candidato se mantenía casi constantemente muy encorvado e intentaba dar a sus palabras la mayor fuerza de persuasión posible mediante movimientos esporádicos de una de sus manos -la que tenía libre- y del sombrero de copa que llevaba en la otra. Pero a veces, a intervalos casi regulares, se exaltaba, se levantaba con los brazos extendidos y ya no se dirigía con sus palabras a un grupo sino a la totalidad; hablaba dirigiéndose a los habitantes de las casas, elevaba su voz pretendiendo que llegara hasta las alturas de los pisos superiores y, no obstante, quedaba fuera de toda duda que ya en los pisos inferiores nadie podía oírlo; es más aún, que nadie hubiera querido escucharlo aunque se hubiera dado tal posibilidad, pues en cada ventana y en cada balcón había por lo menos un orador vociferante.
Entretanto algunos mozos llevaron de la fonda una tabla repleta de vasos llenos, resplandecientes; era una tabla del tamaño de una mesa de billar. Los jefes organizaron la distribución, que se llevó a cabo en forma de un desfile frente a la puerta de la fonda. Pero a pesar de que los vasos que estaban sobre la tabla volvían a ser llevados muchas veces, no alcanzaban para semejante multitud; dos filas de muchachos escanciadores tuvieron que partir, deslizándose a derecha y a izquierda de la tabla, a fin de abastecer a la muchedumbre más lejana. El candidato, desde luego, había dejado de hablar; aprovechó la pausa para reconfortarse. Apartado de la muchedumbre y de la luz cegadora, llevábalo su portador lentamente a un lado y a otro, y sólo algunos adeptos le acompañaban y le hablaban, levantando hacia él sus caras.
-Mira al chiquillo -dijo Brunelda-; de tanto mirar se olvida de dónde está. -Y sorprendió a Karl tomándole el rostro con ambas manos y haciéndolo volverse hacia ella de manera que así pudo mirarle a los ojos. Pero esto sólo duró un instante, pues inmediatamente sacudió Karl sus manos disgustado porque no lo dejaban un rato en paz, y al mismo tiempo muriéndose de ganas de irse a la calle y contemplarlo todo de cerca; intentó entonces librarse con todas sus fuerzas de la presión de Brunelda y dijo:
-Por favor, deje usted que me marche.
-Te quedarás con nosotros -dijo Delamarche, sin desviar la mirada de la calle y se limitó a extender una mano para impedir que Karl se marchara.
-Deja -dijo Brunelda rechazando la mano de Delamarche-, si ya se queda. -Y apretó a Karl más fuertemente todavía contra la balaustrada; para librarse habría tenido que luchar con ella. Y aunque hubiera logrado vencerla, ¡qué habría conseguido con ello! A su izquierda estaba Delamarche, a su derecha se había colocado ahora Robinsón; se hallaba literalmente aprisionado.
-Puedes estar contento de que no se te eche -dijo Robinsón, y palmoteó a Karl con una de sus manos que había pasado por debajo del brazo de Brunelda.
-¿Echarlo? -dijo Delamarche-; a un ladrón escapado no se le echa, se le entrega a la policía. Y esto puede pasarle ya mañana a primera hora, si es que no se queda quieto, absolutamente quieto.
A partir de ese instante ya no le alegró a Karl el espectáculo que se desarrollaba allá abajo, aunque seguía inclinado sobre la balaustrada, claro está que por fuerza, ya que Brunelda le impedía mantenerse erguido. Lleno de su propia pesadumbre, de sus preocupaciones personales, con la mirada distraída veía a la gente de abajo; grupos de unos veinte hombres se acercaban a la puerta de la fonda, cogían los vasos, se volvían y los agitaban en dirección al candidato -ocupado ahora con su propia persona- lanzando al mismo tiempo un saludo partidario; vaciaban los vasos y los colocaban nuevamente sobre la tabla -operación que debían de realizar con gran estrépito, aunque resultaba imperceptible desde aquella altura- para dejar su lugar a otro grupo que ya alborotaba de impaciencia. Por orden de los caudillos, la banda que hasta entonces tocara dentro de la fonda había salido a la calle; en medio de la oscura turbamulta resplandecían sus grandes instrumentos de viento, pero su música casi se perdía en el ruido general. Y ahora la calle, al menos del lado en que se encontraba la fonda, se veía atestada de gente en una gran extensión. Llegaban afluyendo desde arriba, por donde Karl llegó por la mañana en el automóvil, y desde abajo viniendo del puente. Acudían corriendo y aun las gentes de las casas no habían podido resistirse a la tentación de intervenir en ese asunto con sus propias manos; en los balcones y en las ventanas quedaban casi exclusivamente mujeres y niños mientras que los hombres se agolpaban para salir en las puertas de las casas. Y la música y el convite ya habían logrado su objeto, la asamblea era suficientemente numerosa; uno de los jefes políticos flanqueado por dos focos de automóvil hizo señas a la banda a fin de que cesara de tocar; emitió un fuerte silbido e inmediatamente se vio acudir, pues se había desviado un tanto, al portador con el candidato que llegaba a través de una brecha abierta en el gentío por los partidarios.
Apenas hubo llegado a la puerta de la fonda comenzó el candidato su nuevo discurso, en medio de la claridad de los focos de automóvil, dispuesto en tal forma que rodeaban al hombre en estrecho círculo. Pero ya todo resultaba mucho más difícil que antes; el portador ya no tenía la menor libertad para moverse, el hacinamiento era demasiado denso. Los partidarios más próximos, los que antes habían tratado de aumentar el efecto de las palabras del candidato mediante todos los recursos posibles, ahora debían esforzarse por permanecer en su proximidad; unos veinte se mantenían asidos al portador, empleando toda su fuerza. Pero ni aun ese hombre fuerte podía dar un solo paso que dependiese de su propia voluntad y ya nadie podía pensar en una posible influencia sobre la multitud por medio de avances o retrocesos adecuados, o bien por determinados giros del portador.
La muchedumbre se agitaba en constantes oleadas, sin dirección alguna; se recostaban unos sobre otros; ya nadie se mantenía erguido; el número de los adversarios parecía haber engrosado muchísimo con el nuevo público. El portador se había sostenido durante largo rato cerca de la puerta de la fonda, pero ahora se dejaba arrastrar por la corriente, al parecer sin ofrecer resistencia, calle arriba y calle abajo. El candidato hablaba sin cesar, pero ya no resultaba del todo claro saber si exponía su programa o si daba voces de socorro. Si no engañaban todos los indicios, había aparecido también un candidato opositor, o hasta varios; pues de vez en cuando veíase en medio de alguna luz, que de pronto se encendía, a un hombre de rostro pálido y puños cerrados, alzado por la muchedumbre, que pronunciaba un discurso saludado por múltiples exclamaciones.
-Pero, ¿qué es lo que sucede? -preguntó Karl y, muy confundido, sin poder tomar aliento, se dirigió a sus guardianes.
-Cómo se excita el chico con esto -dijo Brunelda a Delamarche, y tomó a Karl de la barbilla para atraer hacia sí su cabeza. Pero Karl no lo toleró y se sacudió (perdiendo realmente debido a los sucesos de la calle toda consideración) tan fuertemente que Brunelda no sólo lo soltó, sino que retrocedió de pronto dejándolo del todo libre.
-Ya has visto bastante -dijo, evidentemente enojada por la conducta de Karl-; vete al cuarto y prepara las camas y todo para la noche.
Extendió la mano en dirección al cuarto. Pero ésta era, por cierto, la dirección que Karl deseaba tomar desde hacía ya algunas horas; no replicó, pues, ni una sola palabra. En aquel momento se oyó desde la calle el estrépito de muchos vidrios haciéndose añicos. Karl no pudo dominarse y se acercó una vez más a la balaustrada con un rápido salto, para echar tan sólo fugazmente una mirada más hacia abajo. Había salido airosa una conspiración de los adversarios, decisiva tal vez: los focos de los automóviles de los secuaces, que con su fuerte luz conseguían que al menos los sucesos principales ocurriesen ante la totalidad del público, manteniendo con ello todas las cosas dentro de ciertos márgenes, habían sido destrozados todos simultáneamente. Rodeaba ahora al candidato y a su portador el mero e incierto alumbrado común que, en su repentina propagación, producía el efecto de una oscuridad total. Ni siquiera aproximadamente hubiera podido indicarse ya dónde se hallaba el candidato, y lo engañoso de las tinieblas se veía acrecentado aún más por un canto amplio, uniforme, entonado en aquel preciso momento, que venía de abajo, del puente.
-¿No te dije acaso lo que ahora tienes que hacer? -dijo Brunelda-. Apresúrate, estoy cansada -añadió; y levantó luego en alto los brazos, y su pecho se arqueó más todavía que de costumbre.
Delamarche, que seguía rodeándola con el brazo, se fue con ella arrastrándola a uno de los rincones del balcón. Robinsón los siguió para apartar los restos de su comida, que todavía estaban allí.
Karl debía aprovechar esta oportunidad favorable; ya no había tiempo para mirar abajo; de los sucesos de la calle aún vería bastante, y más que desde allá arriba, cuando bajara. En dos saltos atravesó la habitación alumbrada por una luz rojiza, pero la puerta estaba cerrada y quitada la llave. Era cuestión de encontrar ahora esa llave, ¡pero quién iba a encontrar una llave en medio de semejante desorden y más aún en un tiempo tan breve y precioso como el que Karl tenía a su disposición! En realidad, en ese momento ya debería de estar él en la escalera, ya debería de estar corriendo y corriendo. ¡Y en cambio estaba buscando la llave! La buscó en todos los cajones accesibles, revolvió las cosas sobre la mesa, en la cual había dispersos varios objetos de la vajilla, servilletas y el comienzo de algún bordado; fue atraído por un sillón donde se veía un montón de ropa vieja completamente enmarañada entre la cual posiblemente estaría la llave, sin que jamás se la pudiera encontrar allí, y finalmente se arrojó sobre el canapé, maloliente en verdad, a fin de palparlo en todos sus rincones y pliegues y encontrar así la llave. Luego cesó en su búsqueda y se detuvo en medio del cuarto.
«Sin duda -se dijo- Brunelda lleva la llave sujeta a su cinturón.» De él colgaban muchas cosas y toda búsqueda resultaría vana.
Y, ciegamente, cogió Karl dos cuchillos y los introdujo con fuerza entre las hojas de la puerta, uno arriba, otro abajo, a fin de obtener dos puntos de apoyo distintos y separados. Apenas hizo fuerza con los cuchillos, naturalmente, se quebraron sus hojas. Él no había querido otra cosa: los cabos, que ahora podía hacer penetrar mucho más firmemente, resistirían mucho mejor. Se puso entonces a forcejear empeñando todo su vigor, los brazos muy abiertos, apoyándose sobre las piernas muy separadas, gimiendo, y prestando con todo muchísima atención a la puerta. Sin duda no podría resistir: lo reconocía gozoso en el aflojamiento de los pasadores que claramente se percibía, pero cuanto más despacio sucediera esto tanto mejor sería. De ninguna manera debía saltar la cerradura, pues en tal caso llamaría la atención de los que estaban en el balcón; antes bien, era menester que la cerradura se soltase muy lentamente, y Karl procedía con máxima cautela en este sentido, acercando los ojos cada vez más a la cerradura.
-Mirad, mirad, ¿qué es lo que veo? -dijo entonces la voz de Delamarche.
Ya estaban los tres en la habitación; ya habían dejado caer tras ellos la cortina; su llegada debía de haber pasado inadvertida para Karl, que no los había oído; las manos se le bajaron con semejante aparición y soltó los cuchillos. Pero ni siquiera tuvo tiempo de pronunciar palabra alguna de explicación o excusa, pues en un ataque de furia que excedía en mucho el motivo que lo originaba, se arrojó Delamarche de un salto -el cordón suelto de su bata iba trazando una gran figura por los aires- sobre Karl. Solamente en el último instante, a decir verdad, logró Karl eludir el ataque; habría podido extraer los cuchillos de la puerta y utilizarlos en su defensa, pero no lo hizo. En cambio se agachó y levantándose de un salto agarró el ancho cuello de la bata de Delamarche, lo dobló hacia arriba y lo subió luego más todavía -esa bata ya le quedaba excesivamente grande a Delamarche-, y al fin, felizmente, logró sujetar a Delamarche por la cabeza. Éste, demasiado sorprendido, agitó primero las manos a ciegas y sólo un momento después se puso a golpear con los puños, mas sin emplear toda su fuerza todavía, la espalda de Karl, quien para proteger su rostro se había arrojado contra el pecho de Delamarche. Karl, aunque se retorciera de dolor y aunque los golpes se tornaran cada vez más fuertes, soportó los puñetazos. ¡Cómo no había de soportarlos viendo que tenía la victoria por delante! Con las manos en la cabeza de Delamarche, los pulgares sin duda puestos exactamente sobre los ojos, lo condujo empujándolo hacia el lugar donde los muebles se amontonaban en mayor confusión y con las puntas de sus pies intentó, además, enredar los de Delamarche en el cordón de su bata, para hacerlo caer de esa manera.
Pero puesto que no podía ocuparse sino exclusivamente y por entero de Delamarche -más aún porque sentía crecer su resistencia cada vez más, y porque aquel cuerpo se le oponía con una tensión cada vez mayor de los tendones-, olvidó, en efecto, que él no estaba solo con Delamarche. Pero con demasiada prontitud le fue recordado este hecho, pues repentinamente dejaron de obedecerle los pies: Robinson, que a sus espaldas se había arrojado al suelo, los separaba con fuerza y dando gritos. Karl, suspirando, soltó a Delamarche, que retrocedió un paso más todavía.
Brunelda ocupaba con todo su volumen el centro del cuarto y apostada allí, con las piernas ampliamente separadas y las rodillas dobladas, observaba los acontecimientos con ojos fulgurantes. Como si ella realmente participara de la lucha, respiraba hondamente, apuntaba con los ojos, y adelantaba los puños lentamente. Delamarche se bajó el cuello dejando nuevamente libre la vista y, claro está, ya no habría lucha, sino meramente un castigo. Tomó a Karl de la camisa, por delante; casi lo levantó del suelo y sin mirarlo, tanto era su desprecio, lo arrojó con la mayor violencia contra un armario que se hallaba a varios pasos de allí. En el primer momento creyó Karl que aquellos dolores punzantes que sentía en la espalda y en la cabeza, originados por el golpe contra el armario, procedían directamente de la mano de Delamarche.
-¡Canalla! -oyó todavía exclamar a Delamarche en voz alta, en medio de la oscuridad que se levantaba ante sus ojos temblorosos. Y al caer en el agotamiento que lo hizo desplomarse ante el armario resonaron aún en sus oídos, débilmente, estas palabras-: ¡Espera!, ¡ya verás!
Cuando recobró el conocimiento, lo rodeaba la oscuridad más completa; sería a altas horas de la noche todavía. Desde el balcón llegaba al cuarto, por debajo de la cortina, un leve resplandor del claro de luna. Oíase la tranquila y pausada respiración de los tres durmientes; la más ruidosa de todas, y con mucho, era la de Brunelda, que resoplaba mientras dormía tal como lo hacía a veces también al hablar; pero no era fácil establecer en qué dirección se hallaba cada uno de los durmientes: todo el cuarto estaba lleno del estruendo de su respiración.
Sólo al cabo de haber examinado un poco su derredor, pensó Karl en sí mismo y se asustó muchísimo, pues aun cuando se sentía encorvado y completamente rígido por tantos dolores, no había pensado, sin embargo, que podía haber sufrido alguna grave lesión sangrienta. Pero ahora sentía que una carga pesaba sobre su cabeza, y todo el rostro, el cuello y el pecho bajo la camisa estaban húmedos como de sangre. Necesitaba luz para examinar su estado detenidamente; tal vez lo habían golpeado hasta convertirlo en un inválido, y en tal caso sin duda le gustaría a Delamarche despedirlo, pero realmente ¿qué haría él entonces? Ya no le quedaría ninguna perspectiva. Acordóse del muchacho de la nariz carcomida que había visto en el zaguán y por un instante hundió su cara entre las manos.
Involuntariamente dirigió luego la mirada a la puerta y a tientas y andando en cuatro patas se dirigió hacia ella. Pronto las puntas de sus dedos palparon un zapato y un poco más lejos una pierna. Éste era por lo tanto Robinsón, ¿quién sino él dormiría con los zapatos puestos? Se le había ordenado que se acostase transversalmente ante la puerta para cerrar el paso e impedir así la fuga de Karl. ¿Pero acaso ignoraban ellos el estado en que éste se encontraba? Por lo pronto ni siquiera deseaba fugarse; tan sólo deseaba llegarse a la luz. De manera que si no podía salir por la puerta, era fuerza que saliese al balcón.
Encontró la mesa de comedor en un sitio que por lo visto era completamente distinto del que ocupaba al anochecer; en el canapé, al que se acercó Karl desde luego con suma cautela, no había nadie, cosa que le sorprendió; y en cambio tropezó en el centro del cuarto con prendas de ropa, mantas, cortinas, almohadas y alfombras apiladas en alto, aunque fuertemente prensadas. Pensó, primero, que sólo se trataría de un montoncillo similar al que por la noche había encontrado sobre el sofá, y que podía haberse caído al suelo; mas para su asombro, al seguir arrastrándose notó que allí había toda una carretada de tales cosas; probablemente habían sido sacadas de los armarios para pasar la noche y durante el día volverían a ser guardadas en ellos.
Arrastrándose dio vuelta a todo el montón y pronto reconoció que el todo constituía una especie de lecho sobre el cual, muy en lo alto, según pudo comprobar palpándolo todo cautelosamente, descansaban Delamarche y Brunelda.
Ya sabía, pues, dónde dormían todos, y se apresuró a llegar al balcón. Era un mundo enteramente distinto ese del otro lado de la cortina al cual se incorporó Karl rápidamente. Al aire fresco de la noche, bajo el pleno resplandor de la luna, se paseó varias veces por el balcón. Miró hacia la calle; estaba completamente tranquila; de la fonda surgían todavía los sones de la música, pero sólo como a la sordina; delante de la puerta un hombre barría la acera. En esa calle donde pocas horas antes no habían podido distinguirse, en medio de la salvaje algarabía general, los gritos de un candidato electoral de mil otras voces, oíase ahora claramente el raspar de la escoba sobre el pavimento. Le llamó la atención a Karl el ruido que produjo una mesa al ser movida en el balcón vecino y vio que allí alguien estaba sentado y estudiaba. Era un hombre joven con una barbilla en punta, que retorcía constantemente durante su estudio; leía acompañando su lectura con rápidos movimientos de los labios. Estaba sentado dándole la cara a Karl, ante una mesita cubierta de libros; había quitado del muro la bombilla y la había colocado entre dos grandes libros, de modo que lo bañaba totalmente su brillante luz.
-Buenas noches -dijo Karl, porque creía haber notado que el joven le había dirigido una mirada.
Pero esto sin duda había sido un error, pues el joven que hasta aquel momento no parecía haberlo advertido siquiera, protegió con una mano sus ojos, para disminuir la luz y establecer quién era el que de pronto lo estaba saludando; luego, puesto que seguía sin ver nada levantó la bombilla para iluminar también con ella un poco el balcón vecino.
-Buenas noches -dijo también él; miró durante un instante muy fijamente hacia el otro y luego añadió-: ¿Y qué más?
-¿Le molesto? -preguntó Karl.
-Ciertamente, ciertamente -dijo el hombre llevando la lamparilla a su lugar anterior.
Con estas palabras, por cierto, quedaba rechazado todo contacto; pero no abandonó Karl aquel lado del balcón donde permanecía lo más cerca posible del hombre. Se quedó mirando, calladamente, cómo leía éste en su libro, cómo volvía las hojas, cómo buscaba alguna cosa en otro libro que consultaba siempre con suma rapidez y cómo tomaba notas a menudo en un cuaderno, inclinándose todas las veces tanto sobre él que resultaba una proximidad realmente inusitada.
¿Sería ese hombre un estudiante? Todo esto daba realmente la impresión de que estudiaba. No era muy distinta la manera de cómo -hacía ya ahora mucho tiempo de ello- solía sentarse Karl, en su casa, ante la mesa de sus padres, haciendo sus ejercicios mientras su padre leía el diario o bien efectuaba asientos en algún libro o escribía cartas para alguna sociedad y su madre se ocupaba en un trabajo de costura y extraía el hilo de la tela levantando muy alto la mano. Para no molestar a su padre, Karl ponía sobre la mesa sólo el cuaderno y los utensilios de escritorio y distribuía los libros necesarios sobre sillas, a su derecha y a su izquierda. ¡Qué calma había reinado allí! ¡Qué rara vez penetraba en aquel aposento gente extraña! Ya de chiquillo le gustaba a Karl seguir a su madre y quedarse mirando cuando echaba la llave por la noche a la puerta principal de la casa. Ni siquiera se imaginaba ella que Karl había llegado ahora hasta a querer violar con cuchillos ¡puertas ajenas!
¡Y qué objeto habían tenido todos sus estudios! ¡Si ya lo había olvidado todo! Si se hubiera tratado de continuar aquí sus estudios tal cosa le hubiera resultado muy difícil. Se acordó de que una vez en su casa había estado enfermo durante un mes; qué esfuerzos le costó en aquel entonces orientarse luego nuevamente en medio de los estudios interrumpidos. ¡Y ahora hacía tanto tiempo que, fuera de ese texto de correspondencia comercial escrito en inglés, no habia leído ningún libro!
-Oiga usted, joven -oyó Karl que de pronto lo interpelaban-, ¿no podría usted apostarse en cualquier otra parte? Su modo de quedarse mirando me molesta terriblemente. A las dos de la noche ya puede uno pedir, al fin y al cabo, que lo dejen trabajar tranquilo en el balcón. ¿Quiere usted algo de mí?
-¿Estudia usted? -preguntó Karl.
-Sí, sí, pues -dijo el hombre empleando esos momentos ya perdidos para el estudio en arreglar sus libros de acuerdo con un orden nuevo.
-Si es así, no quiero molestarle -dijo Karl-; de todas maneras ya vuelvo al cuarto. Buenas noches.
El hombre ni siquiera dio respuesta; apoyando pesadamente la frente en su mano derecha, con súbita decisión recomenzó su estudio al ver eliminada aquella molestia.
Y entonces Karl, ya delante de la cortina, recordó por qué había salido afuera; si, en verdad, no sabía todavía absolutamente cuál era su estado. ¿Qué era lo que pesaba sobre su cabeza? Se la palpó y quedó asombrado: no tenía ninguna lesión sangrienta tal como temiera en la oscuridad del cuarto; lo que entonces tocaba no era más que un vendaje, húmedo aún, puesto en forma de turbante. Era, a juzgar por los restos de encaje que todavía le colgaban, alguna vieja pieza de ropa de Brunelda, con la que seguramente Robinsón le había envuelto a la ligera la cabeza. Sólo que olvidó retorcer el trapo y, por tanto, durante el desvanecimiento de Karl el agua se había derramado por la cara y bajo la camisa del muchacho, cosa que lo había alarmado tremendamente.
-Parece que todavía sigue usted aquí -dijo el hombre mirando entre parpadeos hacia el otro balcón.
-Pero ahora ya me voy de veras -dijo Karl-, sólo quería mirar un poco por aquí, pues la habitación está completamente a oscuras.
-Pero, ¿quién es usted? -dijo el hombre; puso su portaplumas sobre el libro abierto que tenía delante y se acercó a la balaustrada-. ¿Cómo se llama usted? ¿Cómo vino usted a parar entre esa gente? ¿Hace mucho ya que está usted aquí? ¿Y qué es lo que quiere mirar? Encienda, pues, su bombilla, para que se le pueda ver.
Karl así lo hizo, pero antes de contestar corrió aún más la cortina de la puerta, a fin de que nada se notara en el interior.
-Perdone usted -dijo luego susurrando- que hable en voz tan baja. Si me oyeran esos de allí adentro tendría otra vez un escándalo.
-¿Otra vez? -preguntó el hombre.
-Sí -dijo Karl-, precisamente esta noche he tenido una gran riña con ellos. Debo de tener todavía por aquí un chichón terrible -y palpó por detrás de su cabeza.
-¿Y que riña fue ésa? -preguntó el hombre y, como Karl no contestara en seguida, agregó-: A mí puede usted contarme confiadamente todo lo que le oprima el corazón con respecto a esos señores, pues odio a los tres, y muy especialmente a su gran señora. Por otra parte me admiraría que no le hubiesen instigado ya contra mí. Yo me llamo Josef Mendel y soy estudiante.
-Sí -dijo Karl-, ciertamente ya me han hablado de usted; pero sin referirme nada malo. Usted ha atendido una vez a la señora Brunelda, ¿no es cierto?
-Es verdad -dijo el estudiante riendo-. ¿Todavía conserva el canapé ese olor?
-¡Oh, sí! -dijo Karl.
-Esto sí que me alegra -dijo el estudiante pasándose la mano por el cabello-. Y ¿por qué le hacen chichones a usted?
-Fue una riña -dijo Karl, y pensó en cómo podría explicárselo al estudiante. Luego se interrumpió y preguntó-: Pero, ¿no le molesto a usted?
-En primer lugar -dijo el estudiante- ya me ha molestado usted y, por desgracia, soy tan nervioso que necesito mucho tiempo para volver a orientarme. Desde que ha comenzado usted sus paseos en el balcón ya no adelanta nada mi estudio. Pero, en segundo lugar, hago siempre una pausa a las tres. De manera que puede seguir contándome tranquilamente su asunto. Por otra parte, también me interesa.
-Es muy sencillo -dijo Karl-. Delamarche quiere hacerme sirviente de su casa y yo no quiero. Si hubiera sido por mí, me habría marchado ya. Él no quiso dejarme, me cerró la puerta con llave, yo quise forzarla y así se produjo luego la riña. Me siento muy desdichado por encontrarme todavía aquí.
-¿Acaso tiene usted otro empleo? -preguntó el estudiante.
-No -dijo Karl-; pero no me importa, con tal que pueda marcharme de aquí.
-Pero oiga usted -dijo el estudiante-, ¿no le importa no tener empleo?
Los dos se quedaron callados durante un rato.
-¿Por qué no quiere quedarse con esa gente? -preguntó luego el estudiante.
-Delamarche es un mal hombre -dijo Karl-; ya lo conozco de antes. Una vez hemos marchado juntos durante un día y bien contento estaba yo cuando ya no me hallaba a su lado. ¿Y ahora quiere usted que me haga su sirviente?
-¡Si todos los sirvientes fueran tan delicados al escoger a sus amos como lo es usted! -dijo el estudiante y, al parecer, se sonrió-. Mire usted, yo durante el día soy vendedor en la tienda de Montly, un vendedor de última categoría, ya casi se podría decir un mandadero. Ese Montly es, sin duda, un canalla; pero esto me tiene completamente sin cuidado y sólo me pone furioso el hecho de que me paguen tan miserablemente. De manera que vea usted en mí un ejemplo.
-¿Cómo? -dijo Karl-, ¿es usted vendedor durante el día y de noche estudia?
-Sí -dijo el estudiante-; de otro modo nada podría hacer. Ya he intentado de todo y esta manera de vivir es, no obstante, la mejor de todas. Hace años era yo solamente estudiante, tanto durante el día como durante la noche, ¿sabe usted?; pero procediendo así casi me he muerto de hambre. Dormía en una vieja y sucia cueva y no me atrevía a acercarme a las aulas con el traje que llevaba entonces. Pero eso ya ha pasado.
-Y ¿cuándo duerme usted? -preguntó Karl, y miró admirado al estudiante.
-¡Ah, sí, dormir! -dijo el estudiante-. Ya dormiré cuando concluya mis estudios. Mientras tanto bebo café, café negro.
Volviéndose sacó de debajo de su mesa de estudio una gran botella; se sirvió de ella café negro en una tacita y la vertió dentro de sí, tal como se tragan apresuradamente los medicamentos, para sentir lo menos posible su sabor.
-Buena cosa el café -dijo el estudiante-. Lástima que esté usted lejos y que no pueda ofrecerle un poco.
-A mí no me gusta el café -dijo Karl.
-A mí tampoco -dijo riendo el estudiante-. Pero ¿qué haría yo sin él? Sin el café no me dejaría Montly en el puesto ni un instante. Yo digo siempre Montly; aunque él, naturalmente, ni sospecha mi existencia en el mundo. No sé a ciencia cierta cómo me conduciría yo en la tienda si no tuviera también allí, siempre lista, mi botella, del mismo tamaño que ésta; pues jamás hasta ahora he osado suspender el café. Pero, créamelo, bien pronto estaría yo durmiendo echado detrás del mostrador. Por desgracia allí lo sospechan y me llaman «Café negro»: una broma estúpida que seguramente ya me ha perjudicado en mi carrera.
-Y ¿cuándo terminará usted sus estudios? -preguntó Karl.
-Eso va despacio -dijo agachando la cabeza el estudiante. Abandonó la balaustrada y se sentó a la mesa nuevamente; apoyó los codos sobre el libro abierto y revolviéndose con las manos el cabello dijo luego-: Podrá llevarme todavía de uno a dos años.
-Yo también quise estudiar -dijo Karl, como si tal circunstancia le diese derecho a pretender una confianza mayor aún que la que el estudiante, que ya enmudecía, le había demostrado hasta entonces.
-¡Ah! -dijo el estudiante, y no se sabía con certeza si ya estaba otra vez leyendo en su libro o si sólo clavaba distraídamente en él los ojos-, quédese usted contento por haber abandonado el estudio. Yo mismo, desde hace años, estudio ya tan sólo para ser consecuente. El estudio me da muy pocas satisfacciones y menos aún promesas para el futuro. ¡Qué esperanzas de progreso podría yo abrigar! América está llena de curanderos.
-Yo quería hacerme ingeniero -se apresuró a decir Karl al estudiante que en el otro balcón ya no parecía prestar ninguna atención.
-Y ahora, ¡a hacerse criado de esa gente! -dijo el estudiante levantando fugazmente la mirada-, esto desde luego le duele.
Semejante deducción del estudiante era ciertamente un error; pero acaso podría serle útil en su relación con el estudiante. Por eso preguntó:
-¿No podría quizá obtener yo también un empleo en la tienda?
Esta pregunta arrancó por completo al estudiante de su libro; ni siquiera se le cruzó por la mente el pensamiento de que él podría ser útil a Karl cuando éste solicitara el puesto.
-Inténtelo usted -dijo-; o mejor será que ni lo intente. El haber obtenido mi puesto en Montly ha sido hasta ahora el mayor éxito de mi vida. Si tuviera que elegir entre mis estudios y el puesto, me decidiría desde luego por el puesto. Todo mi empeño se encamina sencillamente a no permitir que surja la necesidad de semejante elección.
-Muy difícil es obtener un puesto allí -dijo Karl más bien para sí mismo.
-¡Oh, qué ha pensado usted! -dijo el estudiante-; aquí es más fácil llegar a ser juez de distrito que portero en la casa de Montly.
Karl se quedó callado. Ese estudiante, por cierto mucho más experimentado que él, que odiaba a Delamarche por cualesquiera razones que Karl todavía ignoraba, que en cambio no le deseaba nada malo, no hallaba para él ni una sola palabra de aliento, ningún estímulo que lo animara a abandonar a Delamarche. Y, para colmo, aún no conocía siquiera el peligro que amenazaba a Karl de parte de la policía y del cual sólo su estancia en la casa de Delamarche lo protegía hasta cierto punto.
-Ha visto usted esta noche la demostración de abajo, ¿verdad? Si uno no conociera las condiciones, podría pensar que ese candidato, se llama Lobter, tendrá al menos alguna esperanza o que siquiera entrará en consideración, ¿no es cierto?
-No entiendo nada de política -dijo Karl.
-Lo cual no deja de ser una falta -dijo el estudiante-; pero, aparte de ello, tiene usted ojos y oídos. Sin duda el hombre ha demostrado tener sus amigos y enemigos; esto no puede habérsele escapado a usted. Y ahora piense lo que significa esto: ese hombre, en mi opinión, no tiene la menor esperanza de salir elegido. Yo, por casualidad, lo sé todo acerca de él; aquí con nosotros vive uno que lo conoce. No es un hombre incapaz; de acuerdo con sus opiniones políticas y con su pasado político, sería él precisamente el juez más adecuado para el distrito. Pero nadie piensa que podrá resultar electo; será derrotado en la forma más espléndida que pueda darse. Habrá tirado unos cuantos dólares por la campaña electoral y eso será todo.
Karl y el estudiante se miraron durante un rato calladamente. El estudiante meneó sonriendo la cabeza y con una mano apretó sus ojos fatigados.
-Y bien, ¿todavía no se irá usted a dormir? -preguntó luego-; ahora debo ponerme a estudiar. Vea usted cuánto trabajo me queda todavía. -Hojeó rápidamente medio libro para que Karl se formara una idea del trabajo que aún lo esperaba.
-Buenas noches, entonces -dijo Karl inclinándose.
-Venga alguna vez a visitarnos -dijo el estudiante, ya de nuevo sentado ante su mesa-; naturalmente, sólo si tiene ganas. Encontrará usted aquí siempre una gran reunión. De nueve a diez de la noche tendré tiempo también para usted.
-¿De manera que usted me aconseja quedarme en casa de Delamarche? -preguntó Karl.
-Indudablemente -dijo el estudiante inclinando ya la cabeza sobre sus libros. Parecía que ni siquiera hubiera podido ser él quien dijera esa palabra; resonó en los oídos de Karl como si la hubiera pronunciado una voz más profunda que la del estudiante.
Lentamente se acercó a la cortina y echó aún otra mirada hacia el estudiante, que ya en medio de su haz de luz permanecía sentado en completa inmovilidad, rodeado por grandes tinieblas. Luego se deslizó al cuarto. Lo acogieron las respiraciones reunidas de los tres durmientes. Fue buscando el canapé a lo largo de la pared y una vez que lo hubo encontrado se tendió tranquilamente sobre él, como si éste fuera su lecho acostumbrado. Ya que el estudiante, que conocía bien las condiciones del lugar y también a Delamarche, y que además era hombre culto, le había aconsejado que se quedase allí, él no tenía ya escrúpulos por el momento. No tenía él tampoco aspiraciones tan altas como las del estudiante; quizá ni aun en su casa paterna hubiera logrado llevar a buen término sus estudios; y si esto ya en su propia casa parecía apenas posible, nadie podía pedirle que lo hiciese allí, en un país extraño. Pero la esperanza de encontrar un puesto en el cual pudiera resultar útil y donde se reconociera su utilidad sería seguramente mayor si, por lo pronto, aceptaba el empleo de sirviente en la casa de Delamarche, esperando, al abrigo de la seguridad que este empleo le daba, una ocasión favorable. En esta misma calle parecía haber muchas oficinas de categoría inferior y mediana que tal vez en caso necesario no serían tan severas en la selección de su personal.
Con gusto, si fuera menester, se haría dependiente de comercio, pero a la postre no era imposible tampoco que lo emplearan sólo para trabajos auxiliares de oficina y que un día se sentara ante su escritorio como un verdadero empleado y que, libre de preocupaciones, se quedara mirando durante un rato a través de la ventana abierta, como aquel empleado que él había visto por la mañana cuando atravesaba los patios. Lo tranquilizó, al cerrar los ojos, el pensamiento de que él de todas maneras era joven y que alguna vez Delamarche lo dejaría libre; pues este hogar realmente no parecía estar hecho para la eternidad. Y una vez que Karl tuviese un puesto semejante en una oficina no se ocuparía de ninguna cosa más que de sus trabajos y no disgregaría sus fuerzas como el estudiante. Si fuera necesario, emplearía también la noche para la oficina, cosa que al comienzo, de todas maneras, le pedirían considerando su escasa preparación comercial. Y él no pensaría sino en los intereses del negocio a cuyo servicio estuviera, y se sometería a todos los trabajos sin excepción, aun a aquellos que otros empleados de la oficina rechazaran considerándolos indignos de ellos. Hacinábanse en su cabeza los buenos propósitos como si su futuro jefe estuviese allí presente y los leyera, uno a uno, en su rostro.
Sumido en tales pensamientos Karl se quedó dormido y sólo lo perturbó, en su primera somnolencia, un tremendo suspiro de Brunelda, la cual, hostigada al parecer por pesados sueños, daba vueltas en su lecho.

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