Sobre Algunas Violaciones Legales

Sobre el terna de la violación, así como sobre otros más abstrusos, el legislador ha sabido contentar tanto a los espíritus simples como a los filósofos; a éstos por su sabiduría insondable, a aquéllos por su amable absurdidad. Ha acudido a su habitual procedimiento: ha prohibido expresamente la violación en ciertos casos designados, según todas las apariencias, al azar; en otros casos, no menos arbitrarios, la ha recomendado, sin motivo, de manera aún más expresa.
Esta contradicción se justifica si se considera que el legislador no responde más que de su capricho, o bien si se toma uno el trabajo de desentrañar, bajo ese capricho, una ley que sea el espíritu mismo de la Ley: el legislador, amigo del orden y de la armonía, experimenta un extremado goce en los movimientos de conjunto, aprueba no importa qué actos, siempre que sean cumplidos por una multitud. Recíprocamente, detesta ver al ser humano agitarse aisladamente. Es así que uno no podría, sin disgustarle, hacer la guerra por sí solo. Recordemos, a propósito, que se leerá más provechosamente el Código, restituyendo toda su amplitud a una expresión que se halla escrita en él abreviadamente: la ley. Se debe leer: la ley (del más fuerte). El contexto da fe de ello.
Ahora bien, como la violación es por excelencia el acto que requiere el más reducido número de colaboradores, se ofrece a sí mismo a las iras del legislador. Este, sin embargo, en su mansedumbre, lo autoriza a veces, hasta lo prescribe, en dos casos severamente reglamentados.
Se recordará sin duda un reciente misterio: una niñita desapareció al salir de la casa de sus padres con la intención de adquirir, para sustentarlos, un hígado de ternera. Raptada por unos nómadas, fue hallada dos días después en los lindes de un bosque. Los animales salvajes habían respetado la víscera, encerrada en una canasta, pero hay viejas supersticiones populares que aún tienen vigencia en la gente y la policía, a propósito de seres mitológicos que pueden hallarse en un rincón de un bosque y que reciben la denominación de sátiros. Luego ¿la niña había sido violada?
Es aquí donde resplandece la deslumbrante sagacidad del legislador. La violación está prohibida en todas partes a los nómadas, al menos en perjuicio de hijos de padres sedentarios, de la misma manera que les está prohibido estacionarse en el territorio de ciertas comunas (¡aunque sea bien evidente que si se estacionan no son nómadas!). No obstante el legislador era impotente en cuanto a verificar si algún nómada o sátiro había perpetrado el delito. ¿Qué se le preguntaba, entonces? Si la violación había tenido lugar o no. Resolvió pues hacer de manera que hubiera tenido lugar, con la intervención de una criatura de las suyas, persona como él sagaz, astuta, respetable y autorizada.
Es así que, sobre el cuerpo intacto de la niña, un médico -pues hay que llamarlo por su nombre- estuvo encargado del estupro oficial.
De igual manera, bajo la mirada benevolente de la ley, y frecuentemente con el apoyo -hay que confesarlo- de la Iglesia, seres lúbricos hay que raptan a jóvenes puras o tomadas por tales. Sospechosos personajes que reciben el afrentoso y obsceno nombre de testigos, les prestan ayuda. La Prensa, desde hace años, sostiene una campaña que debiera conducir al apresamiento de los delincuentes. Vanamente los periódicos dedican columnas enteras a dar los nombres, apellidos y guaridas de esas bandas de sátiros, bajo la rúbrica “anuncios de casamientos” o “casamientos” o “casamientos en el gran mundo”.
Digamos, para disculpa de la Iglesia, que ésta no bendice la violación más que cuando el delincuente se compromete, por declaración pública, hermosos escritos y retracción pública, a practicar otras, las cuales no serán ya violaciones, y a no mancillar a otras víctimas durante el resto de sus días.
Hemos dicho bastante sobre la incoherencia de la Justicia, para ayudar a comprender el símbolo cínico de su Balanza: cada uno de sus platillos tira para su lado; por desgracia, son ellos los que tienen razón, puesto que emplean el mejor método posible para establecer el equilibrio.

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