Sexto Cuaderno

Debí preguntarme antes cómo era el asunto de esta escalera, cuál era su extraña condición, qué cabía esperar y cómo había que conducirse. No había oído hablar nunca de esta escalera, me dije a modo de justificación, cuando en los libros y en los diarios se registran todas las cosas de este mundo. De esta escalera, sin embargo, ningún indicio. Pero tal vez sí, me contesté a mí mismo, será que has leído mal. A menudo estabas distraído, saltabas párrafos, te contentabas además sólo con los títulos, quizás en alguna parte se hablaba de esta escalera y la cosa se te escapó. Me detuve un instante y medité acerca de esta objeción. Me pareció, entonces, recordar que una vez, en un libro para niños, había leído acerca de una escalera parecida a aquella. No era mucho, tal vez sólo la mención de su existencia, que no me servía ni ayudaba en nada.
Cuando el ratoncito, que en el mundo de los ratones era amado como ningún otro, cayó una noche en una trampa mortal y, dando un grito agudísimo, sacrificó su vida por la visión de un pedazo de tocino, todos los ratones de los alrededores fueron atrapados en sus cuevas por un temor convulsivo, y parpadeando involuntariamente se miraron entre sí, unos a otros, mientras las colas barrían el suelo con un celo insensato. Después salieron, vacilantes, empujándose, atraídos todos por aquel lugar de muerte. Y ahí estaba tendido, aquel pequeño y querido ratoncito, el fierro sobre la nuca, las zarpitas apretadas contra el vientre, rígido el débil cuerpecito que bien se merecía un pequeño pedazo de tocino. Los padres que estaban también ahí contemplaban los restos de su criatura.
Una vez, en una tarde de invierno, después de distintos disgustos por cuestiones de trabajo, mi negocio me pareció tan odioso (todo comerciante sabe de esos momentos), que decidí cerrar enseguida el local por ese día, si bien brillaba aún una clara luz invernal y fuese cualquier cosa menos tarde. Estas resoluciones del libre arbitrio dan siempre buenos resultados…
Poco después de su ascenso al trono, aun antes de conceder la amnistía habitual, el joven príncipe visitó una cárcel. Entre otras cosas, preguntó, tal como se esperaba, por el que estaba allí hacía más tiempo. Era uno que había matado a su mujer, lo habían condenado a reclusión perpetua y estaba entonces en el vigésimo tercer año de cárcel. El príncipe quiso verlo, lo condujeron a la celda del condenado que, como medida de precaución, había sido encadenado ese día.
Cuando volví a casa aquella noche, encontré un huevo enorme. Era casi tan alto como la mesa y de volumen proporcional. Oscilaba lentamente de aquí para allá. Era muy raro, sujeté el huevo entre las piernas y lo corté en dos cautelosamente con el cortaplumas. Ya estaba maduro para quebrarse. La cáscara toda quebrada, cayó al suelo y salió un pájaro parecido a una cigüeña aún sin plumas, que batía el aire con alas demasiado cortas. "¿Qué quieres en nuestro mundo?", hubiera tenido ganas de preguntarle, me agaché delante del ave y la miré a los ojitos que parpadeaban tímidamente. Pero se fue y se puso a saltar a lo largo de las paredes, agitando ruidosamente las alas como si le dolieran las patas. "Ayudaos los unos a los otros", pensé, destapé mi cena, que estaba sobre la mesa, y llamé con una seña al ave, la que, ahí delante insinuaba el pico entre mis escasos libros. Acudió enseguida, se acomodó en una silla (se ve que ya empezaba a tomar confianza), comenzó, con respiración sibilante, a oler una tajada de salchichón que le había puesto delante, pero se limitó después a ensartarla con el pico, para rechazarla enseguida. "Cometí un error", pensé. "Claro que no se sale del huevo para ponerse enseguida a comer salchichón. Haría falta la experiencia de una mujer." Y miré al animal con mucha atención, para ver si sus deseos en cuestión de alimentación se leían en el exterior. "Si forma parte de la familia de las cigüeñas", se me ocurrió entonces, "le gustará seguramente el pescado. Bien, estoy dispuesto a conseguirle hasta pescado. Claro que no por nada. Mis medios no me permiten tener en casa un pájaro. De manera que si tengo que hacer tales sacrificios, exijo que me proporcione un servicio equivalente. Dado que es una cigüeña, que me lleve con ella a las tierras del Sur, cuando, gracias a mis pescados, sea adulta. Hace mucho tiempo que quiero ir allá y no lo he hecho porque me faltaban las alas de una cigüeña." Tomé enseguida papel y tintero, sumergí el pico del pájaro y escribí, sin que el animal opusiera la mínima resistencia, la declaración siguiente: "Yo, el firmante, pájaro de la familia de las cigüeñas, me comprometo, en caso de que me alimentes con pescado, ranas y gusanos (estos dos últimos alimentos los agrego por razones de justicia) hasta que haya echado plumas, a llevarte en el lomo a las tierras del Sur." Después le limpié el pico y le hice examinar una segunda vez el documento antes de plegarlo y metérmelo en la cartera. Después de lo cual, fui enseguida en busca de pescado; aquella primera vez debí pagarlo caro, pero el comerciante me prometió que en adelante me guardaría siempre los pescados que se echaban a perder y una gran cantidad de lombrices, todo a bajo precio. Tal vez aquel viaje al Sur no me saliera caro. Vi con alegría que al pájaro le gustaba mucho lo que le había llevado. Con un pequeño sonido gutural se mandó un pescado tras otro, llenándose el buche rosado. Día tras día, más que cualquier criatura humana, el pájaro hizo rápidos progresos en su desarrollo. Es cierto que el olor insoportable del pescado podrido no abandonó más mi habitación y que no era fácil descubrir y barrer las heces del pájaro, ni el frío del invierno ni el precio elevado del carbón permitían ventilar la habitación como hubiera sido necesario; pero qué importaba, apenas llegada la primavera volaría hacia el luminoso Sur con alas ligeras. Crecieron las alas, se cubrieron de plumas, los músculos se fortalecieron, ya era tiempo de hacer un poco de ejercicio de vuelo. Desdichadamente no había mamá cigüeña, y si el pájaro no hubiera demostrado tanta buena voluntad, la enseñanza que podía brindarle yo tal vez no hubiera bastado. Pero sin duda se daba cuenta de que debía compensar mis carencias de maestro con una atención extrema y el máximo esfuerzo por su parte. Comenzamos por el vuelo a vela. Yo subía, él me seguía, yo saltaba con los brazos extendidos, él bajaba flotando. Más tarde pasamos a la mesa y finalmente al ropero, y nuestros vuelos se repetían siempre, muchas veces, sistemáticamente.

El genio atormentador
El genio atormentador vive en el bosque, en una cabaña que en un tiempo servía a los carboneros, pero que está abandonada desde hace rato. El que entra no advierte otra cosa que un persistente olor a moho y nada más. Más pequeño que el más pequeño ratoncito, invisible aun para quien lo observa de cerca, el genio atormentador se esconde en un rincón. No se percibe nada, el bosque rumorea tranquilo por la ventana sin vidrios. Qué soledad aquí dentro, justo lo que te conviene. Dormirás en aquel rincón. ¿Por qué no en el boque, al aire libre? Porque ya estás aquí dentro, a cubierto en una cabaña, aunque la puerta la hayan arrancado y se la hayan llevado hace tiempo. Pero tú igual manoteas en el vacío, como si quisieras cerrar la puerta, y después te tiendes en el suelo.
Finalmente salté sobre la mesa y rompí la lámpara con el puño. Enseguida entró un criado con un farol, se inclinó y me sostuvo la puerta abierta. Salí con prisa de mi habitación y corrí escaleras abajo, seguido por el criado. Abajo, un segundo criado me puso un abrigo de piel, y puesto que se lo había permitido, exhaustivo, me cerró también el cuello de piel y me lo abotonó en el cuello. Era necesario porque el frío era mortífero. Subí el gran trineo que me aguardaba, y se me cubrió con una montaña de mantas tibias, y, con un alegre tintineo de campanillas, comenzó el viaje.
—Friedrich - oí susurrar desde un rincón.
- ¿Estás ahí, Alma? —dije y le tendí la mano impertinentemente enguantada.
Algunas palabras más de alegría por el encuentro, después nos quedamos callados, ya que la carrera vertiginosa cortaba el aliento. Caído en un estado de somnolencia, había olvidado ya a mi acompañante, cuando nos detuvimos frente a una hostería. Frente a la portezuela apareció el posadero, escoltado por mis criados, todos en posición servil, listos para recibir órdenes. Salté fuera y grité solamente:
- ¿Qué hacen ahí clavados? ¡Vamos, vamos, nada de pararse!'
Y piqué al cochero con un bastón que encontré a mi lado.

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