Segundo Cuaderno

Un muchachito heredó de su padre solamente un gato y gracias a ese gato se convirtió en alcalde de Londres. ¿En qué me convertiré yo, gracias a mi animal, a mi herencia? ¿Dónde se extiende la ciudad ilimitada?
La historia universal, tanto la escrita como la transmitida, no suelen servirnos de nada; en cambio, la intuición humana suele apartarnos del camino, pero de cualquier manera nos guía, no nos abandona. Así, por ejemplo, la tradición relativa a las siete maravillas del mundo ha estado siempre acompañada de rumores de que existía una octava y hasta se han contado cosas sobre esta octava maravilla que llegan a contradecirse, pero cuya inseguridad se atribuía a la oscuridad de aquellos tiempos remotos.
Señoras y señores (aquí, más o menos, el discurso que el árabe, vestido a la europea, dirigió a la comitiva turística, la cual apenas lo escuchaba, absorta en cambio, casi disminuida por el espanto, en la contemplación de la construcción increíble que se levantaba ahí delante, sobre un desnudo piso de piedra, en estos momentos seguramente estarán dispuestos a admitir que mi empresa supera en mucho a todas las demás agencias de viajes, aun a aquellas que gozan de un nombre justa y largamente afamado. Mientras, nuestra competencia lleva a sus clientes, en realidad según la buena y vieja costumbre, a visitar las siete maravillas del mundo de las que hablan los viejos libros de historia, nuestra empresa les hace ver la octava maravilla del mundo.
Algunos dicen que es un hipócrita, otros que no es más que la apariencia. Mis padres conocen a su padre; cuando éste vino a visitarnos el domingo pasado, le pregunté inmediatamente por el hijo. Pero el anciano es muy astuto, es difícil ponerlo de espaldas contra la pared y yo, en especial, carezco de habilidad para esta clase de astucias. La conversación era animada, pero apenas lancé mi pregunta, todos callaron. Mi padre se puso a juguetear nervioso con su barba, mi madre se alejó para vigilar el té, pero el anciano me miró, sonriendo con sus ojos azules e inclinó hacia un lado la cabeza pálida y arrugada, de espesa cabellera blanca.
- Áh, sí, el muchacho —dijo, volviendo la mirada hacia la lámpara de la mesa, que en aquella prematura noche de invierno estaba ya encendida—. ¿Habló con él alguna vez? - preguntó después.
- No - dije- , pero he oído hablar mucho de él y me gustaría conversar yo también, si quisiera recibirme alguna vez.
- ¿Qué pasa? ¿Qué pasa? —grité, oprimido aún contra la cama por el sueño, y estiré los brazos en alto.
Después me levanté, todavía inconciente de la realidad, con la sensación de que debía apartar algunas personas que se me ponían delante, ejecuté también los movimientos necesarios con la mano y así alcancé por fin la ventana abierta.
Qué desolación, un granero en primavera, un tísico en primavera.
Suele suceder - y es muy difícil conocer las causas— que el más ilustre de los toreros elija para su exhibición el decadente ruedo de una plaza de toros apartada, cuyo nombre era hasta entonces casi desconocido para el público en Madrid. Un ruedo perdido en el tiempo, reducido a terreno baldío donde juegan los niños, lugar incandescente de piedras desnudas, lugar de descanso para lagartos y serpientes. Las gradas, allá arriba, están demolidas hace rato, cantera de piedras para todas las casas del lugar, y la arena reducida a un pequeño anillo circular que podrá albergar quinientas personas como máximo. Ninguna construcción anexa, ni siquiera un corral, pero lo peor es que el ferrocarril no llega aún hasta aquí: la estación más próxima está a tres horas de carruaje, a siete horas de camino a pie.
Mis dos manos iniciaron una lucha. Cerraron con un golpe el libro que leía hasta entonces y lo hicieron a un lado, para que no estorbara. Después me hicieron un aplauso y me eligieron arbitro del encuentro. Y ya estaban con los dedos entrelazados, empujándose a lo largo del borde de la mesa, hacia la derecha, hacia la izquierda, según la mayor presión de una o de otra. Yo no las perdía de vista en ningún momento. Si son mis manos debo ser un arbitro imparcial, de otra manera cargo con los remordimientos de un fallo injusto. Pero mi tarea no es nada fácil, en la oscuridad, las dos palmas recurren a diversos trucos que no puedo dejar pasar, de manera que aplico el mentón a la mesa, y entonces ya no se me escapa nada. Desde siempre, sin ánimo de perjudicar a la izquierda, prefiero a la derecha. Si la izquierda hubiera protestado, sumiso y justo como soy yo, habría por cierto abolido toda parcialidad. Pero ella, callada, colgaba a lo largo de mi costado y mientras, por ejemplo, la derecha agitaba mi sombrero en la calle, la izquierda se limitaba a tocar mi muslo intimidada. Resultó una mala preparación para la lucha que se desarrolla ahora. ¿Cómo esperas, pulso izquierdo, resistir mucho al derecho, tan poderoso? ¿Lograr, con tus dedos de muchacha, atenazar a los otros cinco? Esta no me parece ya una lucha, sino la inevitable derrota de la izquierda. Está ya expulsada al lado izquierdo de la mesa, mientras la derecha, estrujándola, sube y baja regularmente, como un pistón. Si, ante esa situación desesperada, no me viniese en mente que son mis propias manos las que combaten entre sí y que, con un ligero movimiento, puedo separarlas, terminando así crisis y lucha, si no se me ocurriese esto, la izquierda sería arrancada de la muñeca y arrojada de la mesa, y entonces, tal vez la derecha, en el regocijo desenfrenado de la victoria, como el Cerbero de las cinco cabezas, se volvería contra mi mismo rostro preocupado. En cambio, ahora yacen una sobre la otra, la derecha acaricia el dorso de la izquierda y yo, arbitro deshonesto, asiento aprobando con la cabeza.
Nuestras tropas lograron finalmente irrumpir en la ciudad por la puerta meridional. Mi sección estaba estacionada en un jardín de la periferia, a la sombra de cerezos calcinados, y esperaba órdenes. Pero cuando oímos la estridencia de los clarines en la puerta meridional, nada pudo detenernos. Empuñamos las primeras armas que nos cayeron sobre los hombros del compañero más próximo, aullando nuestro grito de guerra: "Kahira Kahira", galopamos en largas filas por los charcos de la ciudad. En la puerta meridional, no encontramos ya más que cadáveres y un gran humo amarillo que pesaba sobre el suelo y lo cubría todo. Pero no queríamos ser sólo la retaguardia y por eso nos metimos enseguida por algunos estrechos callejones laterales que hasta entonces se habían visto libres de lucha. La puerta de la primera casa voló en astillas al primer golpe de mi pica, e irrumpimos en el pasillo con tal furia que al principio chocamos entre nosotros. Un viejo nos vino al encuentro por un largo corredor vacío. Viejo extraño: tenía alas. Grandes alas desplegadas, cuyos bordes externos superaban su propia estatura.
-Tiene alas - grité a mis camaradas, y los que estábamos al frente retrocedimos un poco, todo lo que nos lo permitieron los que teníamos a la espalda.
Ustedes se maravillan -dijo el viejo-, pero todos nosotros tenemos alas, pero no nos han servido de nada y, si pudiésemos nos las arrancaríamos.
-¿Por qué no huyen volando? —pregunté.
- ¿Huir volando de nuestra ciudad? ¿Abandonar la patria? ¿Nuestros muertos, nuestros dioses?

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