Quinto Cuaderno

Podría estar muy contento. Estoy empleado en el ayuntamiento. ¡Qué importante ser empleado del ayuntamiento! Poco trabajo, sueldo suficiente, mucho tiempo libre, y gran consideración a los ojos de toda la ciudad. Si considero bien la situación de un empleado del ayuntamiento no puedo dejar de envidiarlo. Y sin embargo, ahora lo soy yo mismo, soy empleado del ayuntamiento… y quisiera, si pudiese, arrojar esta dignidad mía al gato de la oficina, que todas las mañanas va de cuarto en cuarto recogiendo los restos de nuestros almuerzos.
Si debiera morir en algún momento del futuro cercano o quedar incapacitado del todo para la vida —cosa nada improbable, dado que en las últimas noches he tenido fuertes expectoraciones de sangre— podría decir que me maté solo. Si mi padre solía decirme, en un tiempo, en sus furibundas pero inútiles amenazas: "Te mataré como a un perro" —en realidad ni siquiera me tocaba- , ahora esa amenaza opera independientemente de él. El mundo —F. es su representante— y mi Yo matan a mi cuerpo en un conflicto irreconciliable.
Debía estudiar en la gran ciudad. Tía me esperaba en la estación. La había visto una vez en que había ido acompañado por mi padre a visitarla en la ciudad. Casi no la reconozco.
¡Eh!, cuervo, dime, viejo cuervo de mal agüero, ¿qué haces siempre en mi camino? Dondequiera que me vaya estás tú erizando tus cuatro plumas. ¡Deja de molestarme!
Ya, dijo él y con la cabeza inclinada, se puso a andar de un lado a otro como un maestro en la clase; es cierto, hasta yo siento casi malestar.
Había llegado finalmente a la ciudad en la que debía estudiar. Hallada una habitación, deshechas las valijas, se hizo llevar de paseo por un coterráneo que vivía allí desde hacía tiempo. En la esquina, digamos en una calle lateral, se encontraban, como quien no quiere la cosa, monumentos famosos reproducidos por todos los libros escolares. Ante su vista le faltaba casi el aliento, mientras el coterráneo se los señalaba con la mano.
Di, viejo sinvergüenza, ¿qué dirías si pusiéramos finalmente las cosas en su lugar?
No, no, me defendería con uñas y dientes.
No lo dudo. Y sin embargo habría que eliminarte.
Iré a llamar a mis padres.
Eso también lo tengo previsto. Habrá que poner a ellos también contra la pared.
Sea cual fuere la cosa que me saca de entre los dientes del molino que me trituran todo el tiempo, la siento como un beneficio, a condición de que no acarree demasiado dolor físico.
La pequeña galería oculta al sol, el pacífico aguacero cerrado, ininterrumpidamente.
Nada me retiene. Abiertas puerta y ventana las terrazas amplias y vacías.
K. era un gran prestidigitador. Su programa era un poco uniforme, pero, dado el valor indiscutible de su trabajo, no dejaba de atraer público. Recuerdo aún muy bien, es lógico, el espectáculo en el que lo vi por primera vez, aunque han pasado veinte años y yo no era entonces más que un muchachito. Llegó a nuestra pequeña ciudad sin aviso previo y dio el espectáculo en la noche misma de su llegada. En el gran comedor de nuestro hotel se había dejado un poco de espacio libre alrededor de una mesa puesta en el centro: esa era toda la puesta en escena. Por lo que recuerdo, la sala estaba atestada, pero hay que tener en cuenta que a un niño le parece atestado todo ambiente en el que brillan luces, se oye rumor de voces adultas, hay un camarero que va de aquí para allá, etcétera, por otro lado, no explicaría cómo podía afluir tanta gente a un espectáculo montado de pronto, como aquel. De todas maneras, es cierto que ese presunto lleno del salón tiene un peso decisivo en la impresión global que me quedó de aquel espectáculo.
Aquel a quien toco se derrumba.
El año de luto había transcurrido,
las alas de los pájaros eran frágiles.
La luna se descubría en las noches frescas.
El almendro y el olivo estaban maduros hacía tiempo.
El beneficio de los años.
Estaba sentado frente a sus cuentas. Largas columnas. Cada tanto las abandonaba y apoyaba el rostro en la mano. ¿Cuál era el resultado de aquellas cuentas? Turbias, turbias, cuentas.
Ayer estuve por primera vez en la oficina de suministros de la dirección. Los del turno de la noche me habían elegido hombre de confianza, y dado que la estructura y el suministro de nuestras lámparas es insuficiente, debía ir a insistir para que cesaran tales abusos. Me indicaron la oficina respectiva, golpeé y entré. Un joven delicado, palidísimo, me sonrió desde el otro lado de su gran escritorio. Hacía muchos, demasiados gestos con la cabeza. No sabía si debía sentarme: había, sí, una silla, pero pensé que quizás, en mi primera visita, no era correcto sentarse enseguida, de manera que conté mi historia de pie. Fue precisamente esa actitud modesta mía, sin embargo, lo que provocó una cierta molestia al joven, ya que, para mirarme, se vio obligado a levantar la cabeza y echarla algo hacia atrás, cosa que no parecía querer hacer. Pero, por otra parte, por más que intentaba no conseguía doblar completamente el cuello, así que, mientras yo hablaba, se quedó mirando a mitad de camino, oblicuamente hacia arriba, en dirección del techo, mientras yo seguía su mirada. Cuando terminé se levantó de a poco, me palmeó la espalda.
- Ya veo, ya veo - dijo, y me empujó hacia la oficina de al lado, que tenía una puerta vidriera abierta de par en par que daba a un jardincito lleno de flores y arbustos.
Allí ya nos esperaba, evidentemente, un señor de barba descuidada, pues sobre su mesa no había el menor rastro de trabajo, mientras una breve información, consistente en pocas palabras susurradas por el joven, bastó a aquel señor para darse cuenta de nuestras diferentes quejas. Se puso de pie inmediatamente y dijo:
—Entonces, mi estimado… —se interrumpió, yo creí que quería saber mi nombre, de manera que estaba por abrir la boca para presentarme otra vez, pero él no me dejó hablar—. Sí, sí, está bien, está bien, te conozco muy bien. Entonces, tu solicitud o la solicitud de ustedes está completamente justificada, por cierto que yo y los señores de la dirección seremos los últimos en negarlo. Créeme que el bienestar de los trabajadores lo tenemos mucho más en cuenta que el bien de la mina. ¿Cómo podría ser de otro modo? La mina se puede arreglar siempre, no se trata más que de dinero, al diablo el dinero, pero si muere un hombre muere un hombre, quedan la viuda, los hijos. ¡Dios del cielo! Es por eso que cualquier propuesta que tienda a lograr una mayor seguridad, nuevas facilidades, nuevas comodidades y nuevos lujos, la recibimos con entusiasmo. Quien nos la trae es de los nuestros. Deja entonces aquí tus sugerencias, las consideraremos atentamente, si se pudiera aportar alguna pequeña espléndida innovación lo haremos sin más, y apenas esté todo en orden les enviaremos las lámparas nuevas. Pero di esto a tus compañeros de allá abajo: no nos daremos paz hasta que hayamos hecho de la galería de ustedes un salón, y ustedes morirán con zapatos de charol o nada. Así que, ¡muchos saludos!
Trota, caballito,
llévame al desierto
se sumen las ciudades, los pueblos y los amables ríos.
Venerables escuelas, irreflexivas tabernas,
se sumen, rostros de niñas,
arrasados por la tempestad de Oriente.

Había mucha gente y yo no conocía a nadie. Por eso me propuse quedar callado al principio, para individualizar de a poco a aquellos que podría abordar con más facilidad, e insertarme lentamente, con su ayuda, en el resto de la concurrencia. La habitación, que tenía una sola ventana, era más bien chica, sin embargo contenía una veintena de personas. Yo estaba junto a la ventana abierta, seguía el ejemplo de los demás, que iban a servirse cigarrillos de una mesita lateral, y fumaban plácidamente. Sin embargo, a pesar de mi atención, no entendía de qué se hablaba. Una vez, si no me equivoco, hablaron de un hombre y de una mujer, después otra vez de una mujer y de dos hombres, pero ya que se trataba siempre de las mismas tres personas, era sólo culpa de mi torpeza mental que no llegara a distinguir siquiera las personas de que se trataba, y menos a entender su historia. Se nos había planteado el problema - eso me parecía indudable— de si el comportamiento de una de ellas era moralmente aprobable o no. En la historia en sí, que era conocida por todos, nadie se extendió más.
Anochecer a lo largo del río. Una barca en el agua. El sol se pone entre las nubes.
Cayó frente a mí. Les digo que cayó delante mío, tan cerca como está esta mesa contra la que me apoyo.
— ¿Estás loco? —grité.
Hacía rato que había pasado la medianoche, yo salía de una recepción, tenía ganas de caminar un poco solo, y de pronto aquél se me cae delante de los pies. No podía levantarlo, de gigantesco que era, ni podía abandonarlo allí en el suelo, en aquel lugar por donde no pasaba un alma.
Por encima mío corrían sueños, estaba en cama cansado y abatido.
Yacía enfermo. Como era una enfermedad grave, habían sacado los jergones de mis compañeros de habitación, y así, estaba solo día y noche.
Mientras estuve bien, nadie se preocupó por mí. En realidad no me disgustaba del todo, no quiero entregarme a lamentaciones póstumas, quiero únicamente destacar la diferencia: apenas me enfermé comenzaron las visitas a mi cabecera, que siguen ininterrumpidamente y aún no han cesado del todo.
El señor Sinesperanza navegaba en una pequeña barca rodeando el Cabo de Buena Esperanza. Era de mañana temprano, soplaba un viento fuerte. Sinesperanza izó una pequeña vela y se recostó, en paz. ¿Qué podía temer en aquella barquita, que, con su pequeño calado, se deslizaba como un ser vivo sobre todos los escollos de aquellas aguas peligrosas?
Tengo tres perros: Tenlo, Tómalo y Jamás. Tenlo y Tómalo son pinscher chinos comunes y nadie los advertiría si estuviesen solos. Pero está Jamás. Jamás es un dogo bastardo, y una crianza de siglos no habría logrado darle su aspecto actual. Jamás es un gitano.
Todas mis horas libres - y serían verdaderamente muchísimas si no tuviera que pasar tantas durmiendo para saciar el hambre- las paso con Jamás. En un diván Récamier. No sé cómo habrá llegado este mueble a mi buhardilla, tal vez iría a algún cuarto de trastos, pero, cansado, se quedó en mi habitación.
Jamás opina que así no se puede seguir y que hay que encontrar algún camino de salida. Hasta yo, en realidad, soy de la misma opinión, pero frente a él finjo pensar de otra manera. El corre de aquí para allá por la habitación, cada tanto brinca sobre la süla, tironea con los dientes el pedazo de salchichón que he puesto allí para él, después lo lanza hacia mí con la pata y vuelve a correr en círculos.
A. Aquello que se proponen hacer es, de cualquier forma que se la considere, una empresa muy difícil y peligrosa. Claro que no hay que exagerar, hay empresas aún más difíciles y peligrosas. Y tal vez allí donde menos se lo espera se nos pone, por lo mismo, a la obra, sin esperarlo, sin estar preparados. Esta es, en realidad, mi opinión, con la cual, naturalmente, no quiero disuadirlos de sus proyectos ni minimizarlos. Nada de eso. Lo que ustedes desean requiere, sin duda, una gran fuerza, y lo vale. ¿Sienten en ustedes, esa fuerza?
B. No. No puedo afirmarlo. Siento el vacío en mí, pero ninguna fuerza.
Entré por la puerta de atrás. Justamente junto a la puerta hay una gran posada, donde decidí pernoctar. Llevé mi mulo al establo, que estaba ya casi lleno de animales, pero conseguí un lugarcito. Después subí a una de las galerías, tendí en tierra mi manta y me eché a dormir.
Dulce serpiente, por qué estás tan lejos, acércate, un poco más, basta, no más, detente. ¡Ay de mí!, para ti no hay límites. ¿Cómo podré llegar a dominarte si no reconoces límites? Será un esfuerzo atroz. Comienzo por rogarte que te enrosques. He dicho que te enrosques y tú te extiendes. ¿Es que no me entiendes? No me entiendes. Y eso que hablo tan claro: ¡enróscate! No, no me entiendes. Mira, te lo muestro con esta vara. Primero debes describir una gran circunferencia, después, junto a la primera, otra y así en adelante. Después mantienes bien alta la cabecita, la mueves despacio según la melodía de la flauta que te tocaré ahora, y si yo me interrumpo, lo haces tú también, con la cabecita en la circunferencia interior.
Me trajeron mi caballo, pero estaba aún demasiado agotado. Miré aquella bestia delgada, que temblaba de fiebre vital.
—Este no es mi caballo -dije cuando el sirviente de la posada me acercó un caballo aquella mañana.
—Su caballo es el único que hubo en nuestro establo esta noche - dijo el sirviente y me miró sonriendo, o, si se quiere, sonriendo con aire de desafío.

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