Primer Cuaderno

Cada hombre lleva en sí una habitación. Es un hecho que nos confirma nuestro propio oído. Cuando se camina rápido y se escucha, en especial de noche cuando todo a nuestro alrededor es silencio, se oyen, por ejemplo, los temblores de un espejo de pared mal colgado.
Se queda ahí, con el pecho hundido, los hombros caídos, los brazos colgantes, incapaz de levantar las piernas, la mirada fija en un punto. Un fogonero. Toma el carbón con la pala y lo arroja por la boca de la caldera encendida. Un niño se ha deslizado por los veinte patios de la fábrica y le tironea el delantal.
-Papá —le dice-, te traje la sopa.
Estimado W.
Infinitas gracias por el libro sobre Beethoven. Hoy empiezo a leer a Schopenhauer. Qué monumento, este libro. Que podáis, con vuestra delicadísima mano, con mirada agudísima para lo que constituye la verdadera realidad de las cosas, con el poderoso y sin embargo controlado fuego central de vuestra naturaleza poética, con vuestra inmensa, increíble erudición, destacar a otros, para inexpresable alegría mía.
Viejo, corpulento, con algún ligero malestar del corazón, estaba echado, después del almuerzo, sobre el diván, con un pie en el suelo, y leía un texto de historia. Entró la mucama y, poniéndose dos dedos sobre los labios salientes, anunció un visitante.
-¿Quién es? -pregunté, fastidiado por el hecho de tener que recibir a alguien justamente mientras esperaba el café.
-Un chino -dijo la mucama y, volviéndose, reprimió turbada una carcajada que el visitante, del otro lado de la puerta, no debía oír-
- ¿Un chino? ¿A verme? ¿está vestido de chino?
La sirviente asintió, luchando aún con sus deseos de reír. -Dile mi nombre, pregúntale si quiere verme precisamente a mí, que soy desconocido en la casa de al lado, con mayor razón en la China-La sirvienta se deslizó a mi lado y susurró:
- Tiene una tarjeta donde dice que solicita ser recibido. No sabe alemán, habla un idioma incomprensible, no me animo a tomar la tarjeta.
- ¡Hazlo pasar! -dije entonces, atacado por la agitación que suele provocarme mi afección de corazón, tiré el libro al suelo maldiciendo la torpeza de la sirvienta. Me puse de pie, y después de haber estirado mi cuerpo gigantesco, con el cual debía poder intimidar a cualquiera en aquella pequeña habitación, me dirigí hacia la puerta. En efecto, apenas me vio el chino se escabulló. Estiré una mano por el corredor y tomando a aquel hombre por el cinturón de seda, lo arrastré despacio hacia adentro- Era evidentemente un estudioso, pequeño, delicado, con anteojos de carey, una rala barba aguda, tiesa, color sal y pimienta. Un hombrecito amable, que sostenía la cabeza un poco inclinada y sonreía con los ojos entornados.
El doctor Bucéfalo, abogado, llamó una mañana a su ama de llaves a su cabecera y le dijo:
- Hoy comienza el gran debate del proceso de mi hermano Bucéfalo contra la firma Trollhátra. Yo conduzco la acusación, y como Ira audiencia durará por lo menos unos días, sin verdaderas interrupciones, no volveré a casa en los próximos. Apenas termine la audiencia o pOr lo menos apenas se prevea su fin, le telefonearé. Por ahora no puedo decir más ni contestar ninguna pregunta, ya que tengo que conservar toda la voz. De manera que tráigame de desayuno dos huevos crudos y un té con miel.-Y, recostándose despacio en las almohadas, enmudeció.
El ama de llaves, mujer charlatana pero que tenía mucho miedo a su patrón, quedó muy impresionada. ¡Aquella orden extraordinaria había llegado tan de improviso! El patrón había hablado con ella la misma noche anterior, pero sin ninguna referencia a lo que debía suceder. No era posible que la audiencia la hubieran decidido durante la noche. Además, ¿acaso existen sesiones judiciales que duren días enteros, ininterrumpidamente? ¿Y por qué el patrón le nombraba las partes en litigio, cosa que no había hecho nunca? ¿Y qué gran proceso podía llegar a tener el hermano del patrón, el pequeño verdulero Adolf Bucéfalo, con quien, por otra parte, el patrón parecía estar desde hacía tiempo en malas relaciones? ¿Y cómo conciliar el esfuerzo inconcebible que enfrentaba el patrón con ese quedarse en cama tan extenuado, cubriéndose con la mano - si la luz de la mañana no engañaba- el rostro macilento? ¿Y había que llevarle solamente té y huevos, ni siquiera, como de costumbre, un poco de vino y de jamón para restablecerle del todo la vitalidad? El ama de llaves volvió a la cocina con estos pensamientos, se sentó sólo un momento en su lugar preferido junto a la ventana, al lado de las flores y el canario, miró hacia el otro lado del patio, donde, detrás de las rejas de una ventana, dos criaturas casi desnudas luchaban y jugaban, después se volvió suspirando, sirvió el té, fue a tomar dos huevos de la despensa, ordenó todo sobre una bandeja, no pudo resistir el impulso de agregar también la botella de vino, como benéfico estímulo, y llevó todo al dormitorio.
La habitación estaba vacía. ¿Cómo era posible? El patrón no podía haberse marchado ya. ¿Cómo podía haberse vestido en un minuto? Sin embargo, había desaparecido el traje y la otra ropa. ¿Pero, por el amor del cielo, qué le pasa al patrón? ¡Pronto, a la antecámara! Pero han desaparecido también el abrigo, el bastón y el sombrero. ¡A la ventana! Por Satanás, allí va el abogado saliendo por el portal, el sombrero en la nuca, el abrigo desabrochado, la cartera apretada contra el cuerpo, el bastón colgando de un bolsillo del sobretodo.
¿Conocen el Trocadero de París? En aquel edificio, de cuyas dimensiones no hay imagen que les pueda dar la más pálida idea se desarrolla actualmente la parte final de un gran proceso. Ustedes se preguntarán, quizá, cómo es posible calefaccionar suficientemente un edificio así, en este invierno terrible. Pues bien, no se lo calienta. Pensar de pronto en la calefacción en un caso así es algo que se da únicamente en una linda finca de campo como la que viven ustedes. El Trocadero no se calienta por lo tanto, durante todo el curso del proceso, en medio del frío que circula por todas partes por arriba y por abajo se procesa con el mismo ritmo, a lo largo y a lo ancho, por derecha e izquierda.
Ayer me visitó una apoplegía. Vive en la casa de al lado la he visto mas de una vez, por la noche, desaparecer curvada por aquel pequeño portón. Es una señora alta, de largo vestido ondulante y gran sombrero adornado de plumas Se me metió en la habitación murmurando, agitada como un médico que teme haber llegado demasiado tarde a la cabecera de un enfermo que agoniza.
-Antón -exclamó con voz hueca pero no sin un toque de euforia- he venido, ¡aquí estoy!
Y se dejó caer en el sillón que le señalé. -Vives muy arriba, muy arriba - dijo gimiendo Hundido en mi silla de brazos, asentí. Desfilaron ante mis ojos los interminables escalones que llevaban a mis habitaciones, uno tras otro, pequeños y por eso incansables
-¿Por qué estás tan frío? -me preguntó, se quitó los largos guantes, los arrojó sobre la mesa y, con la cabeza inclinada a un costado, me miró parpadeando.
Me pareció que era un gorrión que daba pequeños saltos por la escalera mientras me desordenaba las delicadas abundantes plumas grises.
- Lamento que te consumas por mí. Más de una vez he contemplado con verdadera tristeza tu rostro demacrado cuando te parabas en medio del patio y levantabas la mirada hasta mi ventana. Es cierto, no me desagradas, y aunque mi corazón no late todavía por ti, siempre puedes conquistarlo.
A qué grado de indiferencia pueden llegar ciertas personas, a qué profunda certeza de haber perdido para siempre el verdadero camino Un error. No era mi puerta, de aquel largo corredor, la que había abierto. "Un error" dije y quise salir enseguida. Pero en ese instante vi al inquilino, un hombre flaco y sin barba de labios apretados, que estaba sentado a una mesita sobre la que ardía sólo una lámpara de petróleo.
En nuestra casa, en este inmenso edificio de las afueras, un verdadero conventillo mezclado con indestructibles ruinas medievales, se difundió esta mañana, el comunicado siguiente:
A todos mis coinquilinos.
Poseo cinco fusiles de juguete. Están colgados en mi armario, uno en cada gancho. El primero me pertenece, por los demás puede presentarse cualquiera. Si se presentan más de cuatro personas, aquellas demás deberán traer sus fusiles personales y depositarlos en mi armario. Es necesario la unidad de acción, sin la cual no se adelanta. Por otra parte, mis fusiles son completamente inservibles para cualquier otro uso, el mecanismo está deteriorado, el corcho se soltó, sólo los caños disparan ahora. De manera que no será difícil llegar a conseguirse otros fusiles como los míos. Pero, en realidad, en los primeros tiempos sirven también personas sin fusiles. Nosotros, que estamos armados, formaremos en el momento decisivo una barrera en torno de los inermes. Método que rindió buenos resultados en las luchas de los primeros colonos norteamericanos contra los pieles rojas, ¿por qué no habría de funcionar también aquí, donde la situación es análoga? Por consiguiente, a la larga se podría hasta renunciar a los fusiles y hasta los cinco de mi propiedad no son absolutamente indispensables, y se usarán solamente ya que están. Si ustedes no quieren sin embargo armarse con los otros cuatro, dejen no más. Quiere decir que sólo yo llevaré uno, en calidad de jefe. Pero nosotros no debemos tener un jefe, de manera que también yo romperé o abandonaré mi fusil.
Este fue el primer comunicado. Pero en nuestra casa nadie tiene ganas de leer o, menos aún, de pensar en comunicados. Muy pronto aquellas hojas nadaban en el torrente de basura que, cayendo desde el techo, alimentado por todos los pasillos, fluye por las escaleras, donde lucha contra la corriente contraria, que surge desde abajo. Pero, después de una semana emití una segunda proclama:
¡Coinquilinos!
No se ha presentado nadie hasta ahora. Durante todas las horas en que no me veo obligado a trabajar para vivir no me he movido de casa, y durante mi ausencia, cuando dejaba siempre abierta la puerta de mi habitación, sobre mi mesa había una cantidad de hojas de papel, donde cualquiera que lo deseara podía escribir su nombre. Nadie lo hizo.
A veces creo expiar todas las culpas pasadas y futuras a través de los dolores de mis huesos, cuando por la noche, o de pronto por la mañana, vuelvo a casa después de un turno pasado en la fábrica. No soy suficientemente fuerte para este trabajo, lo sé ya desde hace rato, y sin embargo no cambio.
En nuestra casa, en este inmenso edificio de las afueras, un verdadero conventillo mezclado, con indestructibles ruinas medievales, vive, en mi mismo corredor, con una familia de obreros, un empleado público. Es cierto que lo llaman funcionario, pero no puede ser más que un pequeño escribiente quien pasa la noche en el suelo, sobre un jergón de paja, en casa de aquella pareja ajena y de sus niños. Y si no es más que un oscuro empleado, ¿a mí qué me importa? En esta misma casa, donde se acumula también toda la miseria de la ciudad, hay seguramente más de cien personas…
En mi mismo corredor vive un sastre, más bien zurcidor. A pesar del cuidado que pongo, mis trajes se gastan demasiado rápido, de manera que últimamente tuve que llevar otra chaqueta a aquel hombre. Era una hermosa, tibia noche de verano. El sastre vive - él, su mujer y seis hijos— en una sola habitación, que sirve también de cocina. Además, tiene incluso un inquilino: un empleado público. El hecho de tanta gente amontonada en una sola habitación es un tanto insólito aun en nuestra casa, la que no se queda corta en ese aspecto. De todos modos, se permite que cada uno se conduzca como quiera, el sastre tendrá razones irrefutables para tanta economía y a ningún extraño se le ocurrirá jamás discutirlas.

19 de febrero de 1917.
Hoy leí Hermann y Dorotea y algunas páginas de las Memorias de Richter, he visto algunos cuadros suyos, y finalmente leí una escena de la Griselda de Hauptmann. Por el lapso de la próxima hora soy otro hombre. Todas las perspectivas nebulosas como siempre, pero nebulosamente distintas. En los pesados borceguíes que me calcé hoy por primera vez (estaban originalmente destinados al servicio militar), hay otro hombre.
Vivo en casa del señor Krummholz y comparto mi habitación con un empleado público. En el cuarto, duermen además, en una sola cama, dos hijas de Krummholz, criaturas de seis y siete años. Desde el primer día en que el escribiente entró en casa -yo vivía desde hacía años en lo de Krummholz- sospeché de él, al principio bastante vagamente. Es un hombre más pequeño que lo normal, débil, de pulmones tal vez un poco consumidos, que anda con amplios trajes grises, una cara arrugada de edad indefinible, el pelo rubio ceniza algo largo atrás, sobre las orejas, un par de lentes caídos sobre la nariz, y una barba incipiente, también camino de encanecer.
No era una vida alegre la que llevaba entonces, cuando construíamos el ferrocarril en el Congo central.
Me sentaba en mi cabaña de madera, en la galería cubierta. En vez de pared, había colgado un gran mosquitero de malla finísima que había comprado a uno de los capataces, el jefe de una tribu cuyo territorio debía atravesar nuestro ferrocarril. Una red de cáñamo, sólida y delicada al mismo tiempo, como no sabrían fabricarla en Europa. Era mi orgullo, y muchos me lo envidiaban. Sin aquel mosquitero no me hubiera sido posible sentarme tranquilamente en la galería por la noche, encender la luz, como lo hacía, sacar un viejo periódico europeo y, mientras leía, fumarme una enorme pipa.
Mi pulso - ¿quién puede aún hablar tan libremente de su disposición?— es el de un viejo, afortunado, incansable pescador. Por ejemplo, estoy sentado en mi casa antes de ir de pesca y con ojo atento, muevo la mano derecha, de acá para allá. Eso basta para revelarme, mediante la vista y el tacto, el resultado de la futura pesca, a veces hasta en el más mínimo detalle. Una verdadera facultad profética, de la que está dotada esta flexible articulación mía, a la que, en momentos de descanso, pongo una apretada pulsera de oro para que pueda recoger energía. Veo entonces el agua de mi lugar de pesca con la corriente precisa de esa hora precisa, se me aparece un corte transversal del río, en el que se destacan, clarísimos por su cantidad y naturaleza, diez, veinte, hasta cien peces, de manera que ya sé cómo maniobrar el sedal: algunos rompen la superficie del sector sólo con la cabeza, y a esos les dejo colgar el* anzuelo frente al hocico y ya están enganchados, la brevedad de este momento fatal me exalta hasta en la mesa de mi casa; otros sacan aun el vientre, y entonces no hay tiempo que perder; llego a alcanzar algunos, pero otros superaron ya la superficie peligrosa con la cola y puedo darlos por perdidos por esa vez, pero solamente por esa vez, porque a un verdadero pescador no hay pez que se le escape.

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