Preparativos De Boda En El Campo

[MANUSCRITO A]

I

Cuando Eduard Raban llegó, procedente del pasillo, al vano de la puerta del inmueble, vio que estaba lloviendo. Llovía poco.
En la acera, justo delante de él, había muchas personas caminando a ritmos diferentes. A veces alguien se separaba y cruzaba la calzada. Una niña llevaba un perrillo cansino en las manos extendidas. Dos señores se decían algo el uno al otro. Uno de ellos tenía vueltas hacia arriba las palmas de las manos y las movía acompasadamente, como si sostuviera algo en peso. Por allí venía una señora, cuyo sombrero estaba sobrecargado de cintas, alfileres y flores. Y pasaba presuroso un joven con un delgado bastón, la mano izquierda, como paralizada, aplastada contra el pecho. De vez en cuando venían hombres que fumaban, con unas nubecillas verticales y alargadas delante de ellos. Tres señores -dos de los cuales llevaban en el doblado antebrazo abrigos ligeros- avanzaban desde el muro que formaban las casas hasta el bordillo de la acera, observaban lo que pasaba allí y luego retrocedían de nuevo, conversando.
A través de los huecos que quedaban entre los peatones, se veían las piedras de la calzada, uniformemente ensambladas. Y había coches que avanzaban sobre ruedas altas y ligeras, tirados por caballos de tenso cuello. La gente recostada en los acolchados asientos contemplaba en silencio a los peatones, las tiendas, los balcones y el cielo. Cuando un coche adelantaba a otro, los caballos se arremolinaban y el correaje se aflojaba bamboleándose en el aire. Las bestias tiraban del timón del coche, que rodaba ligero con un movimiento oscilatorio, hasta que, acabado de rodear el coche delantero, los caballos volvían a separarse, inclinando sólo el uno en dirección al otro las esbeltas y apacibles cabezas.
Algunas personas se acercaban apresuradamente a la puerta del edificio, se detenían sobre el mosaico seco, se daban despacio la vuelta y miraban la lluvia, que caía confusamente, comprimida en aquella calle estrecha.
Raban se sentía cansado. Sus labios estaban pálidos, como el rojo descolorido de su gruesa corbata, que llevaba un estampado con arabescos. La señora que estaba junto al quicio de la puerta de enfrente y que hasta entonces había estado mirándose los zapatos, perfectamente visibles bajo la falda que mantenía apretada contra el cuerpo, levantó ahora los ojos hacia él. Lo hizo con indiferencia y además puede que sólo quisiera mirar la lluvia que le caía delante o los pequeños rótulos de empresas comerciales, fijados en la puerta, por encima de su cabello. Raban creyó que miraba con extrañeza. «Bueno -pensó-, si pudiera contárselo a ella, no se extrañaría. Es un trabajo tan excesivo el de la oficina, que luego está uno cansado hasta para disfrutar de las vacaciones. Pero por mucho que se trabaje no se puede esperar que lo trate a uno cariñosamente todo el mundo, sino que se está solo, y se es un perfecto desconocido, mero objeto de curiosidad. Y mientras digas se en lugar de yo, no tiene importancia y se puede soltar de corrido la historia, pero en cuanto te confiesas a ti mismo que eres tú, es como una punzada que te traspasa y estás horrorizado.»
Puso en el suelo el maletín reforzado con tela a cuadros y al hacerlo dobló las rodillas. El agua de lluvia corría ya por el borde de la calzada, formando bandas que casi se tensaban al dirigirse a los canales situados a un nivel inferior.
«Pero si yo mismo distingo entre se y yo, cómo voy a quearme de los demás. Probablemente no son injustos, pero yo estoy demasiado cansado para comprenderlo todo. Estoy incluso demasiado cansado para caminar sin esfuerzo hasta la estación, aunque el trayecto sea corto. ¿Por qué no me quedo, pues, estas cortas vacaciones en la ciudad, para descansar? Soy un insensato. El viaje me pondrá enfermo, eso bien lo sé. Mi habitación no tendrá comodidades suficientes, en el campo es imposible esperar otra cosa. Además, apenas estamos en la primera quincena de junio, en el campo el aire suele ser aún muy frío. Y aunque me he pensado mucho la ropa que me pongo, tendré que tratar con gente que sale a pasear por la noche. Allí hay estanques, se darán paseos a orillas de esos estanques. Seguro que cogeré un resfriado. En cambio, en las conversaciones voy a lucirme poco. No podré comparar el estanque con otros estanques de un país lejano, puesto que nunca he viajado, y para hablar de la luna y caer en éxtasis y trepar entusiasmado sobre un montón de ruinas, tengo demasiados años para hacer eso sin que se rían de mí.»
Las gentes pasaban de largo con las cabezas un poco inclinadas, por encima de las cuales llevaban con desenvoltura los oscuros paraguas. También pasó un coche de carga, en cuyo asiento delantero, lleno de paja, un hombre dejaba caer las piernas tan descuidadamente que un pie casi tocaba el suelo, mientras que el otro descansaba sobre la paja y los trapos. Parecía como si estuviese sentado en un sembrado un día de sol. Sin embargo sostenía atentamente las riendas, de manera que el coche, con barras de hierro que chocaban unas con otras, circulaba bien por entre el gentío. En la humedad del suelo se veía el reflejo del hierro, deslizándose lenta y tortuosamente por el empedrado. El niño pequeño que iba con aquella señora de enfrente estaba vestido como un viejo viñador. Su vestido de pliegues formaba un gran círculo por abajo y, ya casi a la altura de las axilas, estaba sujeto sólo por un cinturón de piel. Su gorra hemisférica le llegaba hasta las cejas y una borla le caía desde el vértice hasta el oído izquierdo. Estaba alegre por la lluvia. Salió corriendo del portal y miró al cielo con los ojos abiertos para recibir aún más lluvia. A menudo daba saltos, de forma que el agua salpicaba mucho y los transeúntes le criticaban severamente. Entonces la señora lo llamó y desde ese momento lo llevó cogido de la mano; pero él no lloraba.
Raban se asustó. ¿No era ya tarde? Como llevaba abierto el gabán y la chaqueta, sacó a toda prisa el reloj. Estaba parado. Irritado, le preguntó la hora a un vecino que estaba en el mismo pasillo, un poco más al fondo. El vecino estaba en plena conversación y, en medio de la risa que formaba parte de ella, dijo: «Las cuatro pasadas», y se dio media vuelta.
Raban abrió apresuradamente el paraguas y agarró el maletín. Pero cuando quiso poner el pie en la calle, le cortaron el camino unas mujeres que iban deprisa, por lo que él las dejó pasar. Al hacerlo miraba el sombrero de una niña, tejido con paja teñida de rojo y con una pequeña guirnalda verde en el borde ondulado.
Seguía recordándolo cuando ya estaba en la calle, que era un poco empinada por la parte hacia donde él quería ir. Luego lo olvidó, pues tenía que hacer un cierto esfuerzo; el maletín le pesaba y el viento soplaba completamente en contra, levantándole el abrigo y deformando por delante las varillas del paraguas.
Su respiración se hizo más honda; al fondo de una plaza, un reloj daba las cuatro y cuarto, por debajo del paraguas veía los pasos cortos y ligeros de la gente que venía en dirección contraria, ruedas de coches chirriaban al ser frenadas y rodar más despacio, los caballos estiraban las delgadas patas delanteras, audaces como gamuzas de montaña.
Entonces, a Raban le pareció que aguantaría también ese largo y difícil período de las dos semanas siguientes. Pues no son más que quince días, o sea un tiempo limitado, y aunque las molestias sean cada vez mayores, el tiempo que hay que soportarlas se va reduciendo. Eso hace que se tenga más valor. «Todos los que quieren atormentarme y que tienen ocupado por entero el espacio que me rodea se verán obligados a retroceder debido al indulgente transcurso del tiempo, sin que yo haya tenido que ayudarles ni lo más mínimo. Y yo podré ser débil y silencioso, como es lógico que sea, y dejar que hagan conmigo lo que quieran, y no obstante todo acabará bien, por el simple hecho de que los días pasan.
»Y además, ¿no puedo hacer lo que hacía siempre de pequeño ante un asunto peligroso? Ni siquiera tengo que ir al campo, no hace falta. Mando allí mi cuerpo vestido. Si sale con paso inseguro por la puerta de mi habitación, ese paso inseguro no denota temor sino su inanidad. Tampoco es nerviosismo si tropieza en la escalera, si viaja sollozando al campo y cena allí llorando. Porque yo, yo estoy acostado durante ese tiempo en mi cama, bien cubierto con una manta de color pardo, expuesto al aire que entra por la habitación poco abierta. Los coches y la gente ruedan y caminan vacilantes sobre el suelo brillante, pues aún estoy soñando. Cocheros y paseantes son tímidos y para cada paso que quieren dar hacia delante me piden permiso con la mirada. Yo les animo, ellos no encuentran obstáculo alguno.
»Tengo, tal y como estoy en la cama, la forma de un gran coleóptero, de un ciervo volante o de un abejorro, creo.»
Delante de un escaparate, en el que detrás de una vidriera húmeda, colgados de unas barritas, había pequeños sombreros de caballero, se quedó parado mirándolos con los labios fruncidos. «Bueno, mi sombrero bastará para las vacaciones -pensó mientras reanudaba el camino-, y si nadie me aguanta a causa de mi sombrero, tanto mejor.
»Un coleóptero de gran tamaño, sí. Yo hacía como si se tratara de un letargo invernal y apretaba las patitas contra mi abombado cuerpo. Y murmuro un pequeño número de palabras, son instrucciones a mi triste cuerpo, que está de pie muy cerca de mí, inclinado. Pronto he terminado: él hace una reverencia, se marcha deprisa y todo lo llevará a cabo inmejorablemente mientras yo descanso en la cama.»
Llegó a una gran puerta abovedada, que estaba al final de la calle en cuesta y por la que se pasaba a una plazuela circundada de numerosas tiendas ya iluminadas. En el centro de la plaza, un poco en tinieblas por la luz situada en los bordes, estaba el monumento poco elevado de un hombre sentado en actitud meditativa. La gente se movía como delgadas pantallas ante las luces y, como los charcos prolongaban el brillo en anchura y profundidad, el aspecto de la plaza variaba sin cesar.
Raban se adentró mucho en la plaza, pero iba sorteando los carruajes que circulaban por ella, saltaba de piedra seca en piedra seca, levantando mucho la mano que sostenía el paraguas abierto, para ver todo lo que pasaba en torno a él. Hasta que se detuvo junto a un poste con farol -era una parada de tranvía-, colocado sobre una pequeña elevación del pavimento.
«Me están esperando en el pueblo. ¿No estarán ya preocupados? Pero no le he escrito en toda la semana que ella lleva en el campo, sólo esta mañana. Al final acaban imaginándome con un aspecto distinto. Puede que piensen que yo me abalanzo sobre la gente cuando les dirijo la palabra, o que me pongo a abrazarles a la llegada; tampoco hago tal cosa. Los voy a enfadar si intento calmarlos. ¡Oh, ojalá pudiera enfadarlos bien al intentar calmarlos!»
En aquel momento, un coche sin cortinas pasó a poca velocidad, tras los dos faroles encendidos se veía a dos señoras sentadas en banquetas de cuero oscuro. Una de ellas estaba recostada en el asiento, y el velo del sombrero y la sombra de éste le ocultaban el rostro. Pero el busto de la otra señora estaba erguido; su sombrero era pequeño, bordeado de delgadas plumas. Cualquiera podía verla. Su labio inferior se hundía un poco en la boca.
Tan pronto hubo pasado el coche al lado de Raban, una barra de hierro hizo desaparecer de su vista el caballo de reserva de aquel coche, luego un cochero -llevaba un gran sombrero de copa- montado en un pescante de una altura insólita se deslizó por delante de las señoras -eso ya era mucho más lejos-, y el coche de éstas dio luego la vuelta a la esquina de una casa pequeña que ahora era claramente visible, y se perdió de vista.
Raban lo siguió con los ojos, inclinando la cabeza, y apoyó el bastón del paraguas en el hombro para ver mejor. Se había metido en la boca el pulgar de la mano derecha y se frotaba los dientes con él. Su maleta estaba a su lado, puesta en el suelo sobre una de las superficies laterales.
Los coches corrían de una calle a otra cruzando la plaza, los cuerpos de los caballos volaban horizontalmente como lanzados por una catapulta, pero la breve y repetida inclinación de la cabeza y el cuello denotaban el brío y el esfuerzo que hacían al moverse.
Alrededor, en los bordillos de las aceras de las tres calles que allí convergían, había mucha gente ociosa, que golpeaba el pavimento con pequeños bastones. Entre los grupos que formaban, había torrecillas en las que unas muchachas servían limonada, luego pesados relojes, colocados sobre delgadas barras, luego hombres que llevaban sobre el pecho y la espalda grandes carteles en los que con letras multicolores se anunciaban espectáculos, luego recaderos,_ [Laguna de dos páginas.] … un pequeño grupo de gente. Dos lujosos coches, que atravesando la plaza se dirigían a la calle en cuesta, obligaron a detenerse a algunos señores de aquel grupo, pero detrás del segundo coche -ya lo habían intentado tímidamente detrás del primero- esos señores volvieron a reunirse con los demás, caminando después con ellos por la acera, en larga fila, para meterse después en montón por la puerta de un café, inundada de luz por las bombillas colocadas en lo alto de la entrada.
Varios tranvías eléctricos circulaban pesadamente muy cerca, otros estaban al fondo de las calles, confusamente inmóviles.
«Qué inclinada va -pensó Raban mirando ahora la fotografía-, nunca está realmente derecha, y puede que tenga la espalda encorvada. Tendré que ocuparme a fondo de eso. Y su boca es anchísima, y aquí sobresale el labio inferior, sin duda alguna, sí, ahora también recuerdo eso. ¡Y el vestido! Por supuesto, yo no entiendo de vestidos, pero esas mangas tan estrechas son feas, eso desde luego, parecen un vendaje. Y el sombrero, con el borde que se aparta de la cara, combándose hacia arriba de un modo diferente en cada sitio. Pero los ojos son bonitos, son marrones, si no me equivoco. ¡Todos dicen que tiene unos ojos bonitos!»
Cuando por fin se detuvo un tranvía delante de Raban, pasó mucha gente a su lado en dirección a la escalerilla, con paraguas puntiagudos, poco abiertos, bien sujetos en las manos apretadas contra el hombro. Raban, que llevaba el maletín bajo el brazo, se vio empujado fuera de la acera y pisó con fuerza un charco invisible. En el interior del tranvía, un niño estaba arrodillado sobre el banco y apretaba contra los labios las puntas de los dedos de ambas manos, como si se despidiera de alguien que se marchaba. Algunos pasajeros se apearon y tuvieron que andar unos pasos a lo largo del tranvía para salir de las apreturas. Luego una señora subió al primer escalón, la cola de su vestido, arremangada con ambas manos, le llegaba a la altura de los tobillos. Un señor estaba agarrado a una barra metálica y, con la cabeza erguida, le contaba algo a la señora. Todos los que querían subir se impacientaban. El conductor vociferaba.
Raban, que ahora estaba en el extremo del grupo que esperaba, se dio la vuelta, pues alguien había gritado su nombre.
-Ah, Lement -dijo despacio, tendiéndole a un joven que se acercaba el dedo meñique de la mano que sostenía el paraguas.
-Así que aquí está el novio que viaja a ver a su novia. Parece enamorado hasta los tuétanos -dijo Lement sonriendo con la boca cerrada.
-Sí, tienes que perdonarme que me vaya hoy -dijo Raban-. Te he escrito esta tarde. Me hubiera encantado viajar contigo mañana, claro, pero mañana es sábado, todo estará hasta los topes, el viaje es largo.
-No importa. Me lo has prometido, pero cuando se está enamorado… Tendré que viajar solo. -Lement había puesto un pie en la acera, el otro en la calzada y apoyaba el cuerpo ora sobre una pierna, ora sobre la otra-. Ahora querías subir al tranvía; se marcha en este momento. Ven, vamos a pie, te acompaño. Hay tiempo de sobra.
-Pero oye, ¿no es tarde ya?
-No es de extrañar que te preocupes, pero de verdad que tienes tiempo. Yo no me angustio tanto, por eso no he llegado a la cita que tenía ahora con Gillemann.
-¿Gillemann? ¿No se va también a vivir al campo?
-Sí, él y su mujer, se marchan la semana que viene y precisamente por eso le había prometido a Gillemann encontrarme con él hoy, a la salida de la oficina. Quería darme varias instrucciones sobre la instalación de su casa, por eso tenía que verle. Pero me he retrasado, tenía varias cosas que hacer. Y cuando estaba pensando en ir a su casa, te he visto, me extrañó enseguida ver el maletín y te llamé. Y ahora ya está la tarde demasiado avanzada para hacer visitas, es bastante imposible ir a estas horas a casa de Gillemann.
-Por supuesto. Así que voy a tener por allá gente conocida. A la señora Gillemann no la conozco, por cierto.
-Y muy guapa que es. Es rubia, y ahora, después de su enfermedad, también pálida. Tiene los ojos más bonitos que he visto nunca.
-Dime, por favor, ¿cómo son unos ojos bonitos? ¿Es la mirada? A mí los ojos nunca me han parecido bonitos.
-Bueno, puede que haya exagerado un poco. Pero es una mujer guapa.
Por la cristalera de un café situado a la altura de la calle se veía a unos señores que leían y comían sentados muy cerca de la ventana, en torno a una mesa triangular. Uno había puesto el periódico sobre la mesa y sostenía en el aire una tacita, mirando de reojo hacia la calle. Detrás de esas mesas adosadas a la ventana, todos los muebles y enseres de aquel salón estaban tapados por los clientes, sentados en pequeños grupos unos junto a otros. [Laguna de dos páginas.] … «Pero, casualmente, no es un negocio desagradable, verdad. Muchos asumirían esa carga, creo yo.»
Llegaron a una plaza bastante oscura que empezaba antes por el lado de la calle donde ellos estaban, pues por el lado de enfrente la calle continuaba. En el lado de la plaza por donde ellos iban había una hilera ininterrumpida de casas, de cuyos extremos salían dos filas de edificios que, muy separados al principio unos de otros, se prolongaban hasta una borrosa lejanía, donde parecían juntarse. Delante de lag casas, pequeñas en su conjunto, había una acera estrecha, no se veían tiendas, por allí no pasaban coches. En un poste de hierro situado casi al extremo de la calle de donde ellos venían, había algunas lámparas fijadas en el interior de dos anillas que colgaban horizontalmente una encima de otra. Entre placas de cristal ensambladas, la llama trapezoidal ardía como en una pequeña cámara, bajo un amplio cono de oscuridad, dejando que a pocos pasos todo siguiera en sombras.
-Pero ahora seguro que es tarde, no me lo has querido decir y yo perderé el tren. ¿Por qué? [Laguna de cuatro páginas.]
… -Sí, todo lo más Pirkershofer, y ése.
-El nombre aparece en las cartas de Betty, creo, es aspirante a funcionario de ferrocarriles, ¿no?
-Sí, aspirante a funcionario y una persona desagradable. Me darás la razón en cuanto hayas visto esa nariz pequeña y gruesa. Te digo que caminar con él por esos campos aburridos… Por cierto, que ya ha conseguido el empleo y la semana que viene, eso creo y espero, se marchará de allí.
-Espera, dijiste antes que era mejor que me quedara aquí esta noche. He pensado que eso va a ser difícil. Les he escrito que llego esta noche, me estarán esperando.
-Es bien sencillo, les pones un telegrama.
-Sí, posible sería, pero quedaría mal que no fuera; además estoy cansado, creo que voy a tomar el tren; si llegara un telegrama, se asustarían. ¿Y todo para qué, adónde íbamos a ir?
-Entonces es mejor realmente que te marches. Sólo había pensado… Además, no podría ir contigo hoy, estoy con mucho sueño, había olvidado decírtelo. Me voy a despedir ya, no quiero seguir acompañándote por este parque húmedo, porque además quiero pasar a ver a los Gillemann. Son las seis menos cuarto, todavía se puede hacer una visita alas buenas amistades. Addio. Que tengas buen viaje y saluda a todos de mi parte.
Lement se volvió hacia la derecha tendiendo la mano para despedirse, de manera que durante un instante anduvo en dirección opuesta a su brazo extendido.
-Adiós -dijo Raban.
Todavía a poca distancia exclamó Lement: «Eh, Eduard, me oyes, cierra el paraguas, hace mucho que ha dejado de llover. No he tenido ocasión de decírtelo».
Raban no respondió, cerró el paraguas y el cielo se cerró pálido y oscuro sobre él.
«¡Si por lo menos -pensó Raban- me equivocara de tren! Entonces me parecería como si la cosa ya hubiera empezado, y si después, una vez aclarado el error, hiciera el viaje inverso y llegara otra vez a esta estación, entonces me encontraría mucho más a gusto. Pero si al final la región es tan aburrida como dice Lement, eso no tiene por qué ser en absoluto una desventaja. Al contrario, uno se quedará más en la habitación y nunca sabrá propiamente dónde está todo el resto de la gente, porque si hay alguna ruina por los alrededores, seguro que se dará un paseo en común a esa ruina, como probablemente ya ha sido acordado algún tiempo antes. Pero en ese caso uno tiene que alegrarse de poder hacer la excursión, por eso no se debe dejar pasar la ocasión. Y si no hay ningún sitio que visitar, entonces tampoco hay que acordar nada antes, porque se espera que todos se reúnan fácilmente cuando de pronto, en contra de lo acostumbrado, se considere bueno hacer una excursión más larga, pues sólo hay que mandar a la muchacha a casa de los otros, que están allí con sus libros o escribiendo una carta y que acogerán la noticia con alegría. Bueno, precaverse contra tales invitaciones no es difícil. Y sin embargo no sé si podré, pues no es tan fácil como a mí me lo parece porque aún viva solo y tenga libertad para hacer lo que me parezca, libertad para volver sobre mis pasos; allí no tendré a nadie a quien hacer visitas cuando quiera, a nadie con quien hacer excursiones fatigosas, que me enseñe el estado de sus mieses o una cantera que está explotando allí. Porque no se está a salvo ni siquiera de los viejos amigos. ¿No ha estado Lement hoy bien amable conmigo? Me ha explicado varias cosas y me ha descrito todo tal como va a presentarse ante mis ojos. Se acercó a hablarme y luego me ha acompañado, aunque no quería nada de mí e incluso tenía otra cosa que hacer. Pero ahora se ha marchado de pronto aunque no he querido ofenderle en modo alguno. Es cierto que me he negado a pasar la tarde por ahí, en la ciudad, pero eso era lógico, eso no puede haberle ofendido, es una persona sensata.»
El reloj de la estación dio las seis menos cuarto. Raban se detuvo porque sentía palpitaciones, luego marchó deprisa por el estanque del parque, llegó a un camino estrecho y mal iluminado bordeado de grandes arbustos, fue a dar a una plaza en la que había muchos bancos vacíos apoyados en arbolillos, ya más despacio salió por una abertura de la verja a la calle, la cruzó, llegó de un salto a la puerta de la estación, encontró al poco rato la taquilla y tuvo que llamar con los nudillos en la chapa metálica que hacía de cierre. Apareció entonces el empleado, dijo que el tren estaba a punto de salir, cogió el billete de banco y echó ruidosamente sobre la bandeja de madera el billete solicitado y el dinero de vuelta. Raban quería hacer él la cuenta, porque le parecía que le tenían que haber devuelto más dinero, pero un mozo que iba por allí le empujó por una puerta de cristal hacia el andén. Raban echó una ojeada en derredor, mientras le decía al mozo «¡ Gracias, gracias! », y como no encontró ningún revisor, se montó él solo en el tren por la escalerilla más próxima, poniendo la maleta cada vez sobre el escalón superior y subiendo él detrás, apoyado en el paraguas con una mano y agarrando con la otra el asa de la maleta. El vagón en que se metió tenía mucha claridad por la intensa luz del andén donde estaba parado; delante de algunas ventanas -todas tenían los cristales subidos- colgaba cerca y a la vista una lámpara de arco que hacía un cierto ruido, y las abundantes gotas de lluvia del cristal eran blancas, a veces se movían algunas. Raban oía el ruido del andén, incluso después de haber cerrado la puerta del vagón y haber tomado asiento en el último pequeño espacio libre de un banco de madera de color pardo. Veía muchas espaldas y nucas, y entre ellas, en el banco de enfrente, los rostros reclinados en el respaldo. En algunos sitios salían de pipas y cigarros volutas de humo, una de ellas, ya casi deshecha, pasó rozando el rostro de una muchacha. A menudo, los pasajeros cambiaban de sitio y hablaban entre ellos de esos cambios, o ponían el equipaje, que estaba en una estrecha rejilla azul arriba de un banco, en otra rejilla. Si sobresalía un bastón o el borde guarnecido de metal de una maleta, se le llamaba la atención al propietario. Éste se levantaba y restablecía el orden. Raban también reflexionó y metió su maleta debajo del asiento.
A su izquierda, junto a la ventanilla, estaban sentados uno frente a otro dos señores que hablaban de precios de mercancías. «Son viajantes de comercio», pensó Raban, y, respirando con regularidad, los contempló. «El comerciante los envía a las zonas rurales, ellos obedecen, viajan en tren y en cada uno de los pueblos van de tienda en tienda. A veces se trasladan de un pueblo a otro en coche. En ningún sitio pueden quedarse mucho tiempo, porque hay que hacerlo todo a un ritmo acelerado, y no pueden hablar de otra cosa que de los géneros. ¡Con qué alegría va a trabajar uno cuando se tiene un oficio tan agradable!»
El de menos edad había sacado de pronto una libreta del bolsillo del pantalón; humedeciendo rápidamente el índice con la lengua, pasó las hojas y leyó después una página entera, pasando por ella de arriba abajo el dorso de la uña. Al levantar la vista miró a Raban, y ahora, al hablar de los precios del torzal, tampoco desviaba de él su rostro, como cuando se fija la mirada en algún punto para no olvidar nada de lo que se quiere decir. Al mismo tiempo bajaba con fuerza las cejas en dirección a los ojos. En la mano izquierda sostenía la libreta semicerrada, con el pulgar en la página leída, para volver a mirarla si hacía falta. La libreta le temblaba en la mano, pues no tenía ese brazo apoyado en ningún sitio y el vagón en marcha golpeaba las vías como un martillo.
El otro viajero se había recostado en el banco, escuchaba y asentía a intervalos regulares con la cabeza. Se veía que no estaba de acuerdo en absoluto con todo aquello y que después iba a decir lo que pensaba.
Raban ahuecó sobre las rodillas la palma de la mano e inclinándose hacia delante vio la ventana por entre las cabezas de los viajeros, y por la ventana luces que pasaban vertiginosamente, unas por delante de él, otras adentrándose en la lejanía. No entendía nada de lo que decía aquel viajante, ni tampoco entendería nada de la respuesta del otro. Para eso hacía falta mucha preparación, pues era gente que desde joven se dedicaba a comerciar con esos géneros. Cuando se ha tenido tantas veces en la mano una devanadera y se la ha entregado uno tantas veces a la clientela, entonces se sabe el precio y se puede hablar de él mientras los pueblos se nos vienen encima y pasan después de largo, adentrándose en la campiña donde desaparecen para nosotros. Y sin embargo, esos pueblos están habitados, y es posible que los viajantes de comercio vayan allí de tienda en tienda.
En una esquina, al otro extremo del vagón, había un hombre alto, que tenía unos naipes en la mano y que gritaba: «Oye, María, ¿has metido también en la maleta las camisas de céfiro?» «Sí, sí», dijo la mujer que estaba sentada enfrente de Raban. Había estado durmiendo un poco, y cuando ahora le despertó la pregunta, respondió con aire de ausencia, como si se lo dijera a Raban. «Usted va a la feria de Jungbunzlau, ¿verdad?», le preguntó el viajante charlatán. «Sí, a Jungbunzlau.» «Esta vez la feria es grande, ¿no es cierto?» «Sí, una gran feria.» Ella tenía sueño, apoyó el codo izquierdo en un hatillo azul y la cabeza descansó con todo su peso sobre la mano, que oprimía la carne de la mejilla hasta el pómulo. «¡Qué joven es!», dijo el viajante.
Raban sacó del bolsillo del chaleco el dinero que le habían dado en la ventanilla y lo volvió a contar. Cada moneda la mantenía derecha largo tiempo entre el pulgar y el índice y la hacía girar con la punta del índice sobre el lado interior del pulgar. Contempló largo tiempo la efigie del Káiser, entonces le llamó la atención la corona de laurel y la manera como, con nudos y lazos, mantenía sujeta una cinta en la nuca. Comprobó por fin que la suma era correcta y metió el dinero en un gran portamonedas negro. Pero cuando quiso decirle al viajante: «Es un matrimonio, ¿no cree usted?», el tren se detuvo. Cesó el traqueteo, los revisores anunciaron el nombre de una localidad y Raban no dijo nada.
El tren arrancó tan despacio que era posible imaginarse el giro de las ruedas, pero al punto se precipitó por una cuesta abajo y bruscamente, por delante de las ventanillas, las largas barras del parapeto de un puente parecieron separarse violentamente y volverse a juntar con fuerza unas con otras.
A Raban le gustaba ahora que el tren fuera tan deprisa, pues no hubiera querido quedarse en el último pueblo. «Cuando está oscuro, cuando no se conoce a nadie y cuando se está tan lejos de casa… Pero de día eso tiene que ser también horrible. ¿Y será diferente en la estación próxima o en las anteriores o en las siguientes o en el pueblo al que me dirijo?»
Ahora, el viajante hablaba de pronto más alto. «Es que todavía falta mucho para llegar», pensó Raban. «Caballero, usted lo sabe tan bien como yo, esos fabricantes envían a sus viajantes a los poblachones más abominables, se arrastran hasta los tenduchos más siniestros, ¿y cree usted que les ponen otros precios que a nosotros, los mayoristas? Caballero, escuche lo que le digo: exactamente los mismos precios, ayer, sin ir más lejos, lo he visto con mis propios ojos. Yo a eso lo llamo trabajar como un negro. Nos hunden, en las condiciones actuales es para nosotros sencillamente imposible hacer negocios, nos están hundiendo.» De nuevo miró a Raban; no se avergonzaba de tener lágrimas en los ojos; las falanges de la mano izquierda las apretaba contra la boca, porque le temblaban los labios. Raban se recostó en el asiento y con la mano izquierda se atusó suavemente el bigote.
La tendera que estaba delante de él se despertó y, sonriendo, se pasó las manos por la frente. El viajante había bajado la voz. La mujer se acomodó otra vez como para dormir, medio tumbada se recostó en su hatillo y suspiró. La falda se desplegó sobre su cadera derecha.
Detrás de él estaba sentado un señor con una gorra de viaje en la cabeza, leyendo un periódico de gran tamaño. La chica que tenía enfrente, y que probablemente era pariente suya, le pidió -inclinando al mismo tiempo la cabeza sobre el hombro derecho- que abriese por favor la ventana, pues hacía mucho calor. Dijo, sin levantar la vista, que lo iba a hacer enseguida, pero que tenía que terminar de leer antes un párrafo del periódico, y le mostró de qué párrafo se trataba.
La tendera ya no podía dormirse, se incorporó y miró por la ventana, luego contempló largo tiempo la llama de petróleo que ardía en el techo del vagón. Raban cerró los ojos un rato.
Cuando alzó la vista, la tendera estaba mordiendo un trozo de bizcocho, recubierto de mermelada marrón. El hatillo que tenía al lado estaba abierto. El viajante fumaba silenciosamente un puro y todo el tiempo hacía como si sacudiese la ceniza de la punta. El otro pasaba la punta de una navaja por el juego de ruedas de un reloj de bolsillo, de forma que se oía el ruido.
Con los ojos casi cerrados, Raban todavía vio borrosamente cómo el señor de la gorra tiraba de la correa de la ventana. El aire fresco se coló en el compartimiento, de una percha cayó al suelo un sombrero de paja. Raban creyó que se despertaba y que por eso sentía ese frescor en las mejillas, o que abrían la puerta y lo metían en la habitación, o que de algún modo estaba confundido, y, respirando hondo, se durmió enseguida.

II

La escalera del vagón todavía temblaba un poco cuando Raban bajó ahora por ella. La lluvia le golpeaba el rostro -un rostro habituado al ambiente del vagón- y cerró los ojos. Sobre el tejado de chapa, delante de la estación, llovía ruidosamente, pero en el campo raso la lluvia caía sólo de forma que uno creía estar oyendo el soplo uniforme del viento. Llegó corriendo un chiquillo descalzo -Raban no vio de dónde venía- y le pidió, sofocado, que le dejara llevarle la maleta, porque estaba lloviendo, pero Raban dijo que estaba lloviendo, en efecto, y que por eso viajaría en ómnibus. Que no tenía necesidad de él. El chico hizo una mueca, como si le pareciera más fino caminar bajo la lluvia con alguien que le lleve a uno la maleta que viajar en un vehículo, se dio al punto media vuelta y se marchó corriendo. Cuando Raban quiso llamarle, ya era tarde.
Se veían dos farolas encendidas y un empleado de la estación salió por una puerta. Sin vacilar caminó a través de la lluvia hasta la locomotora, se detuvo allí con los brazos cruzados y esperó hasta que el maquinista se inclinó por el antepecho de la locomotora y habló con él. Llamaron a un mozo, que acudió y otra vez lo mandaron irse. Junto a algunas ventanillas los viajeros se habían puesto de pie, y, como lo único que podían ver era una estación común y corriente, su mirada era indudablemente opaca, sus párpados estaban muy juntos, como durante el viaje. Una muchacha, que llevaba una sombrilla de flores llegó precipitadamente al andén, procedente de la carretera, puso la sombrilla abierta en el suelo, se sentó, separó con fuerza las piernas para que la falda se secara mejor y pasó las yemas de los dedos por la falda estirada. Sólo había encendidas dos farolas, no se distinguía bien su rostro. El mozo que pasó por allí se quejó de que se formaban charcos debajo de la sombrilla, formó un círculo delante de él con los brazos para indicar el tamaño de esos charcos, y luego movió las manos en el aire, una detrás de la otra, como peces que se meten en lo hondo del agua, para explicar que aquella sombrilla también obstaculizaba la circulación.
El tren arrancó, desapareció como una larga puerta corredera, y detrás de los álamos, más allá de las vías, estaba la masa del paisaje, que cortaba la respiración. ¿Era un calvero en sombras o era un bosque, era un estanque o una casa en la que ya dormía la gente, era la torre de una iglesia o una estrecha garganta entre las colinas? Nadie podía atreverse a ir hasta allí, ¿pero quién podía dejar de ir?
Y cuando Raban vio al empleado -ya estaba ante el escalón por donde se accedía a su oficina-, corrió hacia él y le detuvo:
-Por favor, dígame si está lejos el pueblo; quiero ir allí.
-No, un cuarto de hora; pero en ómnibus -ya ve que está lloviendo- llega usted en cinco minutos. No hay de qué.
-Está lloviendo. No hace una primavera agradable -respondió Raban.
El empleado había apoyado la mano derecha en la cadera, y, a través del triángulo que formaba el brazo con el cuerpo, Raban vio a la muchacha, que ya había cerrado la sombrilla, sentada en su banco.
-Quien vaya ahora de veraneo para quedarse en el pueblo, tiene mala suerte. La verdad es que yo pensaba que me estarían esperando. -Y miró en derredor, para hacerlo plausible.
-Me temo que va a perder usted el ómnibus. No espera mucho tiempo. No me dé las gracias. Se llega por ahí, por entre los setos.
La calle de la estación no estaba iluminada, sólo de tres ventanas de un piso bajo salía una difusa claridad que no llegaba muy lejos. Raban caminó de puntillas a través del barro y gritó varias veces: «¡Cochero!» y «¡Oiga!» y «¡ómnibus!» y «¡Aquí estoy!» Pero cuando, a través de una serie casi ininterrumpida de charcos, llegó a la parte oscura de la calle, tuvo que continuar el camino pisando con la suela entera, hasta que de pronto le rozó la frente el hocico húmedo de un caballo.
Era el ómnibus; subió deprisa al vehículo vacío, tomó asiento junto al cristal que había detrás del pescante y apoyó la espalda en el rincón, pues todo lo necesario estaba hecho. Porque si el cochero está dormido, se despertará al amanecer, si está muerto, vendrá otro cochero o el dueño, pero si tampoco ocurre eso, llegarán viajeros en el tren de la madrugada, gente con prisa, que hacen ruido. En cualquier caso uno puede estar tranquilo, puede incluso correr las cortinillas y esperar a notar el estirón con que arrancará este coche.
«Sí, después de toda la actividad que he desarrollado, mañana iré seguro a ver a Betty y a mamá, eso no puede impedirlo nadie. Pero lo cierto es que mi carta no llegará hasta mañana, como era de suponer, así que muy bien podría haberme quedado en la ciudad y haber pasado una noche agradable en casa de Elvy , sin agobios pensando en el trabajo del día siguiente, cosa que me estropea cualquier diversión. Pero vaya, tengo los pies mojados.»
Encendió un cabo de vela que había sacado de un bolsillo del chaleco, y lo puso en el banco de enfrente. Daba bastante claridad, la oscuridad de fuera hacía que se vieran las paredes del ómnibus como revocadas de negro, sin cristales. No se pensaba enseguida que hubiera ruedas debajo del suelo y que por delante estuviese enganchado un caballo.
Raban restregó cuidadosamente los pies contra el banco, se puso unos calcetines limpios y se incorporó en el asiento. Oyó entonces a alguien que gritaba desde la estación:
-¡Eh! ¡Si hay un viajero en el ómnibus, que lo diga!
-Sí, sí, y además ya querría estar saliendo -respondió Raban asomándose por la puerta abierta, agarrado a la barra con la mano derecha, la izquierda abierta, cerca de la boca.
El agua de lluvia le corría abundantemente por entre la camisa y el cuello.
Envuelto en una tela hecha con los recortes de dos sacos, se acercó el cochero, a sus pies el reflejo de su farol brincaba por los charcos. Malhumorado se aventuró en una explicación: Oiga, sí, había estado jugando a las cartas con Lebeda y la cosa había empezado justo a animarse cuando llegó el tren. Le había sido imposible acercarse a ver, pero si alguien no lo entendía, él no iba a meterse con esa persona. Por cierto, aquello era, sin paliativos, una porquería de pueblo, y no
se podía comprender lo que hacía allí un caballero como él, siempre llegaría demasiado pronto, tan pronto que no iba a tener más motivo de queja. Acababa de llegar en aquel momento el señor Pirkershofer -sépalo usted, es el señor Adjunto- diciendo que le parecía que un señor bajito y rubio quería viajar en el ómnibus. Entonces, él había ido a preguntar al momento, ¿o no era cierto que había preguntado al momento?
El farol fue amarrado a la punta del timón del coche, el caballo arrancó, arreado por un grito sordo, y el agua del techo, ahora en movimiento, goteó despacio por una rendija penetrando en el interior del coche.
Puede que el camino fuese accidentado, seguramente el barro saltaba a los radios, las ruedas, al girar, levantaban detrás del coche ruidosos abanicos de agua de los charcos, el cochero conducía el caballo, empapado en sudor, con riendas casi siempre flojas. ¿No se podía utilizar todo esto como reproche contra Raban? Con el farol que temblaba en el timón del coche, inesperadamente muchos charcos quedaban iluminados y se dispersaban formando ondas bajo las ruedas. Eso sólo sucedía porque Raban viajaba a ver a su novia, Betty, una bonita muchacha, ya entrada en años. Y, puestos ya a hablar de eso, quién iba a saber apreciar los méritos de Raban en el asunto, aunque sólo fuera el tener que aguantar esos reproches, que, por otra parte, nadie podía hacerle abiertamente. Por supuesto que él iba a verla encantado, Betty era su novia y él la quería, sería repugnante que ella le diese las gracias por eso, pero de todas maneras.
Involuntariamente, se golpeaba a menudo con la cabeza en la pared en la que estaba recostado, después se puso un rato a mirar el techo. Una vez, desde el muslo en el que descansaba, su mano derecha resbaló hacia abajo. Pero el codo siguió en el ángulo que formaban el vientre y la pierna.
El ómnibus ya viajaba entre casas, de vez en cuando el interior del coche participaba de la luz de una habitación, una escalera -para ver sus primeros escalones Raban habría tenido que ponerse de pie- llevaba hasta una iglesia, ante la puerta de entrada de un parque ardía una lámpara con fuerte llama, pero la imagen de un santo sólo alcanzaba a distinguirse, negra, gracias a la luz de una pequeña tienda de comestibles, ahora Raban veía la consumida vela, cuya cera había goteado y colgaba, inmóvil, del mostrador.
Cuando se detuvo el coche delante de la fonda, oyéndose el fuerte ruido de la lluvia y -probablemente estaba abierta una ventana- también las voces de los clientes, Raban se preguntó qué sería mejor, apearse enseguida o esperar a que el dueño se acercara al coche. No sabía las costumbres de aquel pueblo, pero seguro que Betty ya había hablado de su prometido, y según que él entrara pisando fuerte o lleno de timidez, el prestigio de ella aumentaría o disminuiría en aquel sitio y, al mismo tiempo, el suyo popio. Ahora bien, él no sabía de qué fama gozaba ella allí ni lo que habría contado sobre él: tanto más desagradable y difícil. ¡Qué hermosa era la ciudad y qué hermoso el camino de vuelta a casa! Cuando llueve, allí uno va a casa en tranvía, por un pavimento húmedo, aquí uno va a una fonda en un carricoche por un suelo cenagoso. «La ciudad está lejos de aquí, y si yo estuviese ahora a punto de morir de pura añoranza, hoy ya nadie podría volverme a llevar allí. Bueno, tampoco iba a morirme; pero allí me ponen en la mesa la comida prevista para esta noche, a la derecha, detrás del plato, el periódico, a la izquierda la lámpara, aquí me van a dar una comida terriblemente grasienta -no saben que tengo el estómago delicado, y aunque lo supieran-, un periódico desconocido, habrá conmigo mucha gente, a la que ya estoy oyendo hablar, y arderá una sola lámpara para todos. ¿Qué clase de luz dará? Para jugar a las cartas ya bastará, pero ¿para leer el periódico?
»No viene el fondista, no le importan los clientes, probablemente es un hombre desagradable. ¿O sabrá que soy el novio de Bettyy eso es motivo bastante para que no se preocupe de mí? Esto encajaría con el hecho de que el cochero me haya hecho esperar tanto tiempo en la estación. Betty me ha contado varias veces cuánto ha sufrido por la lascivia de los hombres y cómo ha tenido que defenderse de sus avances, quizás sea esto también aquí…

[MANUSCRITO B]

Cuando Eduard Raban llegó, procedente del pasillo, al vano de la puerta del inmueble, vio que estaba lloviendo. Llovía poco.
Por la acera, justo delante de él, ni más arriba ni más abajo, pasaba mucha gente a pesar de la lluvia. A veces alguien se separaba y cruzaba la calzada.
Una niña llevaba en los brazos tendidos hacia delante un perro gris. Dos señores cambiaban información sobre algún tema concreto, de vez en cuando se volvían el uno al otro hasta ponerse frente por frente y luego volvían a separarse otra vez poco a poco; hacían pensar en puertas abiertas al viento. Uno de ellos tenía vueltas hacia arriba las palmas de las manos y las subía y las bajaba acompasadamente, como si sostuviera una cosa en el aire, para sopesarla. Por allí venía una señora esbelta, cuyo rostro se contraía levemente, como la luz de las estrellas, y cuyo sombrero plano estaba repleto hasta los bordes de un amasijo de cosas irreconocibles. Sin quererlo, como obedeciendo a una ley, les parecía una extraña a todos los que pasaban a su lado. Y un joven caminaba presuroso, con un delgado bastón, la mano izquierda como paralizada, aplastada contra el pecho. Muchos iban a su trabajo; aunque iban deprisa, se los veía más tiempo que a los demás, a veces sobre la acera, a veces abajo, la ropa que llevaban no les sentaba bien, el aspecto exterior les importaba poco, la gente les empujaba y ellos empujaban a su vez. Tres señores -dos de los cuales llevaban en el doblado antebrazo abrigos ligeros- fueron desde el muro que formaban las casas hasta el bordillo de la acera para ver cómo estaban la calzada y la acera de enfrente.
A través de los huecos que quedaban entre los peatones se veían, fugazmente a veces, otras veces con toda comodidad, las piedras de la calzada, uniformemente ensambladas, y sobre ellas había coches que avanzaban velozmente, bamboleándose sobre las ruedas, tirados por caballos de tenso cuello. La gente recostada en los acolchados asientos contemplaba en silencio a los peatones, las tiendas, los balcones y el cielo. Cuando un coche adelantaba a otro, los caballos se arremolinaban y el correaje se aflojaba bamboleándose en el aire. Las bestias tiraban del timón del coche, que rodaba ligero con un movimiento oscilatorio, hasta que, acabado de rodear el coche delantero, los caballos volvían a separarse, con las esbeltas cabezas todavía inclinadas una hacia la otra.
Un señor de edad se acercó deprisa a la puerta de la casa, se detuvo sobre el mosaico seco, se dio despacio la vuelta. Y luego miró la lluvia, que caía confusamente, comprimida en aquella calle estrecha.
Raban puso en el suelo el maletín reforzado con una tela negra y al hacerlo dobló un poco la rodilla derecha. El agua de lluvia corría ya por el borde de la calzada, formando bandas que casi se tensaban al dirigirse a los canales situados a un nivel inferior.
El señor de edad estaba de pie cerca de Raban, que se apoyaba un poco en el batiente de madera de la puerta, y de vez en cuando miraba en dirección a Raban, aunque para ello tenía que estirar enérgicamente el cuello. Lo hacía, sin embargo, por la natural tendencia -si se tiene en cuenta que no tenía otra ocupación- a observar todo con exactitud, al menos lo que pasaba a su alrededor. La consecuencia de ese mirar de un lado a otro sin más finalidad era que había muchísimas cosas que no notaba. No vio, por ejemplo, que los labios de Raban estaban muy pálidos, no mucho menos pálidos que el rojo completamente descolorido de su corbata, que llevaba un estampado con arabescos, llamativos en otro tiempo. Pero si lo hubiese notado, eso seguramente casi le habría arrancado un grito interior, lo cual por otra parte tampoco habría sido lo adecuado, pues Raban siempre estaba pálido, si bien es cierto que en los últimos tiempos algunas cosas podían haberle causado especial cansancio.
-Vaya tiempo -dijo en voz baja el señor, sacudiendo la cabeza con convicción pero un poco como un anciano.
-Sí, sí, y si encima hay que irse de viaje -dijo Raban al tiempo que se erguía rápidamente.
-Y no parece que vaya a mejorar -dijo el señor, y, con el fin de volver a examinar todo en el último instante, se inclinó hacia delante y miró primero calle arriba, luego calle abajo, luego al cielo-, esto puede durar días, puede durar semanas. Si mal no recuerdo, no es mejor lo que está anunciado para junio y principios de julio. Eso, desde luego, no alegra a nadie, yo por ejemplo tendré que renunciar a mis paseos, que son importantísimos para mi salud.
Bostezó después y pareció haber perdido la energía, después de haber oído la voz de Raban y, ocupado con esa conversación, ya no se interesaba por nada, ni siquiera por la conversación.
A Raban aquello le causó cierta impresión, ya que era el señor quien le había dirigido la palabra, y por eso intentó darse un poco de importancia, aunque no llegara a notarse.
-Cierto -dijo-, en la ciudad se puede prescindir muy bien de lo que no le conviene a uno. Si no se prescinde, acabará uno haciéndose a sí mismo reproches por las malas consecuencias. Se arrepentirá uno y de esa manera se verá claramente cómo hay que comportarse la próxima vez. Y si eso, en detalle… [Laguna de dos páginas.] … -Con ello no quiero decir nada. No quiero decir absolutamente nada -se apresuró a decir Raban, dispuesto a disculpar como fuese la distracción del señor, puesto que quería seguir dándose un poco de importancia-. Todo es del libro antes mencionado, libro que he leído últimamente, por la noche, como otros más. He estado casi siempre solo. Debido a ciertas circunstancias familiares. Pero aparte de todo lo demás, para mí no hay nada mejor que un buen libro después de la cena. De toda la vida. Hace poco he leído en un prospecto una cita de no sé qué escritor: «Un buen libro es el mejor amigo», y es verdad, efectivamente, así es, un buen libro es el mejor amigo.
-Sí, cuando se es joven -dijo el señor, sin pensar en nada especial, sino queriendo indicar solamente que estaba lloviendo, que otra vez arreciaba la lluvia y que aquello no llevaba trazas de parar, pero a Raban le sonó como si, a sus sesenta años, el señor se considerase todavía joven y activo, sin dar, en cambio, ninguna importancia a los treinta años de Raban, y como si además quisiera decir, en la medida en que eso era permisible, que a los treinta años él había sido más sensato que Raban. Y que en su opinión, aunque no se tuviera otra cosa que hacer, como le ocurría a él, que era un viejo, se perdía el tiempo si se estaba ahí en el pasillo delante de la lluvia, y si encima se pasaba ese tiempo charlando, la pérdida de tiempo era doble.
Pero Raban creía que desde hacía algún tiempo no le afectaba en absoluto lo que otros dijeran sobre sus aptitudes o sus opiniones; antes bien, pensaba que había dejado literalmente el puesto en el que prestaba oídos resignadamente a todo y que ahora la gente sólo hablaba en el vacío, ya estuviesen a favor o en contra suya. Por eso dijo:
-Estamos hablando de cosas distintas, porque usted no ha esperado a escuchar lo que yo quería decir.
-Perdone, hable, hable -dijo el señor.
-No, si no es tan importante -dijo Raban-, sólo quería decir que los libros son útiles en todos los sentidos y muy especialmente cuando uno no se lo espera. Porque si se quiere acometer una empresa, los libros más útiles son precisamente aquellos cuyo contenido no tiene nada en común con esa empresa. Pues el lector que quiere acometer esa empresa, o sea que está exaltado de una manera u otra (y aunque el efecto del libro fuese lo único que llegase a penetrar hasta esa exaltación), es incitado por el libro a concebir pensamientos relativos a esa empresa. Pero como el contenido del libro es perfectamente neutro, no hay nada que obstaculice esos pensamientos del lector, y éste atraviesa con ellos el libro, como en tiempos atravesaron los judíos el Mar Rojo, diría yo.
La persona entera del viejo tomó ahora para Raban una expresión desagradable. Le parecía como si se hubiese acercado demasiado a él, pero sólo tenía poca importancia… [Laguna de dos páginas.] … -También el periódico. Pero también quería decir que yo sólo voy al campo, quince días únicamente, me he tomado las primeras vacaciones desde hace bastante tiempo, me hacían falta de todos modos, y sin embargo un libro que, como ya le he dicho, leí hace poco, me ha informado sobre mi pequeño viaje más de lo que usted pueda imaginarse.
-Le escucho -dijo el señor.
Raban guardó silencio y, todo erguido como allí estaba, metió las manos en los bolsillos un poco altos del abrigo.
Pasó un rato hasta que el señor mayor dijo:
-Ese viaje parece ser muy importante para usted.
-Ve usted, ve usted -dijo Raban apoyándose otra vez contra la puerta. Ahora veía cómo se había ido llenando el pasillo. La gente estaba incluso delante de la escalera de la casa, y un empleado que también tenía alquilada una habitación en casa de la misma mujer que Raban, al bajar la escalera, tuvo que pedir a la gente que le dejaran pasar. Por encima de algunas cabezas, que se volvieron todas en dirección a Raban, le gritó a éste, que se limitó a señalar la lluvia con la mano, « ¡Feliz viaje! », y renovó la promesa, que por lo visto le había hecho ya antes a Raban, de irle a ver con toda seguridad el próximo domingo.
[Laguna de dos páginas.] … tiene un empleo agradable, con el que está contento y que le estaba aguardando todo el tiempo. Está constantemente tan alegre por dentro que no necesita a ninguna persona para divertirse, y en cambio todos le necesitan a él. Siempre ha gozado de buena salud. Oh, no diga nada.
-No voy a discutir -dijo el señor.
-No discutirá, pero tampoco admitirá su error, por qué si no insiste usted tanto en eso. Y aunque ahora se acuerde usted de eso con tanta precisión, apuesto a que lo olvidaría todo si hablara usted con él. Me haría reproches por no haberle llevado ahora mejor la contraria. Si le oyera usted hablar de libros. Se entusiasma enseguida con todo lo que es hermoso…

[MANUSCRITO C]

Primer fragmento

Raban echó una mirada al reloj de una torre aparentemente cercana y bastante alta, que había en una calle situada a más bajo nivel: delante de la esfera del reloj flameó al viento, sólo por un instante, una pequeña bandera fijada allí arriba. Una bandada de pequeños pájaros, formando una superficie oscilante pero siempre lisa, voló hacia abajo. Eran las cinco pasadas .
Raban puso en el suelo el maletín reforzado con tela negra, apoyó el paraguas en el quicio de una puerta y puso en hora su reloj de bolsillo -un reloj de señora que colgaba de una cinta estrecha y negra que llevaba en torno al cuello- guiándose por el reloj de la torre, para lo que varias veces volvió la mirada de un reloj a otro. Durante un rato estuvo completamente absorto en esa tarea y, ora levantando el rostro, ora bajándolo, no pensó en ninguna otra cosa del mundo.
Al cabo, guardó el reloj y se humedeció los labios, de puro contento por tener tiempo suficiente, o sea, por no tener que caminar bajo la lluvia.

Segundo fragmento

De la mano de la niñera, que tiraba de él, iba corriendo a pasitos cortos un niño, cuyo sombrero, que, como todos podían ver, estaba tejido con paja teñida de rojo, llevaba una guirnalda verde en el borde ondulado.
Raban se lo señaló a un señor de edad, que estaba a su lado para protegerse de la lluvia, la cual, a merced de un viento desigual, a veces caía en chaparrón, luego sin embargo oscilaba indecisa en el aire y caía vacilante.
Raban se echó a reír. A los niños todo les sentaba bien, dijo, a él le gustaban los niños. Claro, cuando se está pocas veces con ellos, eso no tenía nada de extraño, añadió. Él tenía poco contacto con niños.
El señor mayor también se rió. La niñera, dijo, no estaría tan encantada. Cuando se es mayor, tampoco se entusiasma uno tan pronto. De joven uno se entusiasmaba y, como se ve en la vejez, eso no ha servido de nada, por eso incluso se está [Aquí se interrumpe el manuscrito.]

Unless otherwise stated, the content of this page is licensed under Creative Commons Attribution-ShareAlike 3.0 License