Paralipomenos

[Sobre la serie «Él»]

Él ha encontrado el punto de Arquímedes, pero lo ha utilizado contra sí mismo, parece que sólo con esa condición se le ha permitido encontrarlo.

14 de enero de 1920. Se conoce a sí mismo pero cree al otro, esa contradicción se lo destruye todo.

Él no es ni temerario ni imprudente. Pero tampoco es pusilánime. No le daría miedo una vida en libertad. Ahora bien, no se le ha presentado una vida así, pero eso tampoco le preocupa, como tampoco se preocupa por su propia persona. Sin embargo hay un Alguien, totalmente desconocido para él, que se preocupa muchísimo, e incesantemente, de él, sólo de él. Esa preocupación que tiene por él ese Alguien, sobre todo lo incesante de esa preocupación, a veces, en momentos de tranquilidad, le produce rabiosos dolores de cabeza.

Él vive en la diáspora. Sus elementos, una horda que vive en libertad, vagan por el mundo. Y sólo porque su habitación es parte del mundo, los ve a veces a lo lejos. ¿Cómo va a ser él responsable de ellos? ¿Sigue siendo eso responsabilidad?

Él tiene una puerta de entrada muy curiosa; cuando cae el pestillo, ya no es posible abrirla, hay que desmontarla. Debido a ello no cierra jamás la puerta, sino que la deja siempre entreabierta y pone delante un caballete de madera para que no se cierre. Como es natural, así se ha terminado que se sienta a gusto en su casa. Aunque sus vecinos son de confianza, tiene que llevar todo el día en un bolso de mano los objetos de valor, y cuando está echado en el sofá de su habitación en el fondo es como si estuviera tumbado en la galería, en verano le entra por allí el aire sofocante, en invierno el aire helado.

Todo, hasta lo más común y corriente, por ejemplo que le sirvan en un restaurante, él tiene que obtenerlo por la fuerza, con la ayuda de la policía. Eso le quita todo su deleite a la vida.

Él tiene muchos jueces, son como una bandada de pájaros posada en un árbol. Sus voces se entremezclan unas con otras, las cuestiones relativas a rango y competencia no se pueden poner en claro, además continuamente cambian de sitio. Sin embargo, hay entre ellos algunos que se destacan individualmente, por ejemplo se puede distinguir a uno que opina que basta con pasarse un día al bien y ya está uno salvado, sin tener en cuenta el pasado e incluso sin tener en cuenta el porvenir. Una opinión que, evidentemente, induce al mal, a no ser que esa transición al bien tenga una interpretación muy estricta. Y sí la tiene, en efecto, ese juez no ha reconocido todavía como de su competencia ni un solo caso. Pero sí tiene en torno a él una multitud de aspirantes, gente que no para de charlar y que le imita. Ellos le oyen siempre…

2 de febrero de 1920. Él se acuerda de un cuadro que representaba un domingo de verano en el Támesis. El río, en toda su extensión, estaba prácticamente repleto de barcas que esperaban a que abrieran una esclusa. En todas las barcas había gente joven y alegre, con ropa ligera y de colores claros, estaban casi tumbados, expuestos plenamente al aire cálido y al frescor del agua. Debido a tantas cosas en común, su sociabilidad no quedaba dentro de los límites de cada barca, sino que las bromas y las risas se transmitían de una barca a otra. Él se imaginaba entonces que en un prado de la orilla -las orillas apenas estaban insinuadas en el cuadro, todo estaba dominado por aquella concentración de barcas- estaba él. Observaba la fiesta, que no era una fiesta, pero que se le podría dar ese nombre. Él tenía por supuesto muchas ganas de tomar parte en ella, tendía literalmente la mano hacia ella, pero no tuvo más remedio que decirse a sí mismo sinceramente que estaba excluido de aquello, que era imposible que él encajase allí, eso habría requerido una preparación tan grande que en esa preparación no sólo habría pasado aquel domingo, sino muchos años y hasta él mismo, y aun suponiendo que el tiempo hubiese querido detenerse allí, ya no se habría logrado otro resultado; el conjunto de sus orígenes familiares, su educación, su formación física, todo se habría tenido que llevar de otra manera.
De modo que así de lejos estaba él de aquellos excursionistas, pero al mismo tiempo cerquísima también, y eso era lo más difícil de entender. Ellos eran seres humanos como él, nada humano podía serles completamente ajeno, de modo que si se indagaba en ellos resultaría forzosamente que el sentimiento que le dominaba a él y que le excluía de la excursión por el agua también estaba vivo en ellos, sólo que desde luego distaba mucho de dominarlos, únicamente erraba como un espectro por algún tenebroso rincón.
Mi calabozo: mi plaza fuerte.

-Le impide levantarse una cierta pesantez, una sensación de estar seguro frente a cualquier eventualidad, la intuición de un lecho que está preparado para él y que sólo a él le pertenece; pero le impide estar tranquilamente acostado una desazón que lo arroja fuera del lecho, se lo impide la conciencia, el corazón que late sin fin, el miedo a la muerte y el violento deseo de desvirtuarla, todo eso no le deja seguir echado y se levanta otra vez. Ese ir y venir y varias fortuitas, pasajeras, singulares observaciones hechas en esas caminatas son su vida.
-Tu exposición es desconsoladora pero sólo en cuanto al análisis cuyo error básico presenta. Es cierto que el hombre se levanta, vuelve a caer, se alza de nuevo y así sucesivamente, pero al mismo tiempo, y con mucha mayor verdad, eso no es cierto en absoluto: pues el hombre es unidad, o sea en el volar está también el descansar, en el descansar el volar, y ambas cosas están unidas a su vez en cada individuo, y esa unión está en cada cual y la unión de la unión en cada cual y así sucesivamente hasta, sí, hasta la vida verdadera, siendo también por otra parte esta exposición igual de falsa y tal vez más engañosa aún que la tuya. De estos parajes no hay, efectivamente, ningún camino que lleve a la vida, mientras que de la vida sí tiene que haber habido un camino hasta aquí. Tan extraviados estamos.

[Sobre la lengua yiddish]

Antes de estos primeros versos de poetas judíos orientales quisiera decirles, señoras y señores, que ustedes comprenden el yiddish mucho mejor de lo que creen.
En el fondo no estoy preocupado por el efecto que esta velada lleva implícito para cada uno de ustedes, pero quiero que ese efecto se produzca enseguida, si es que lo merece. Pero esto no puede ocurrir mientras muchos de ustedes tengan tal miedo de esta lengua que casi se les nota en la cara. No hablo de los que desprecian el yiddish. Pero miedo al yiddish, miedo unido, en el fondo, a una cierta aversión, eso al fin y al cabo hasta se comprende.
En Europa occidental, si le echamos una mirada prudentemente fugaz, reina un orden extraordinario; todo sigue su curso tranquilo. Vivimos en una casi alegre concordia, nos entendemos unos con otros si hace falta, prescindimos unos de otros siempre que nos viene bien, y aun entonces seguimos entendiéndonos; ¿quién, partiendo de una ordenada situación de esa índole, podría entender esa confusa jerga o quién tendría tan siquiera ganas de comprenderla?
El yiddish es el más joven de los idiomas europeos, sólo tiene cuatrocientos años y en realidad es más joven aún. Todavía no ha desarrollado formas lingüísticas dotadas de la claridad que necesitamos. Su expresión es breve y rápida.
No tiene gramáticas. Hay aficionados que intentan escribir gramáticas, pero el yiddish es una lengua que siempre se está hablando, que no descansa. El pueblo no se la deja a los gramáticos.
Consta únicamente de voces extranjeras. Pero éstas no descansan en ella sino que conservan el apresuramiento y la vivacidad con la que fueron tomadas. Migraciones de pueblos recorren el yiddish de un extremo a otro. Todo ese alemán, hebreo, francés, inglés, eslavo, holandés, rumano e incluso latín dentro del yiddish está como atacado por la curiosidad y la despreocupación, se necesita verdaderamente energía para mantener aglutinadas esas lenguas en tal estado. Por eso ninguna persona sensata piensa convertir el yiddish en un idioma universal, por lógico que eso pudiese parecer. Sólo la jerga del hampa toma préstamos de él, porque más que un lenguaje coherente necesita palabras sueltas. Y también porque el yiddish fue mucho tiempo una lengua menospreciada.
Pero en ese lenguaje a la deriva imperan también fragmentos de conocidas leyes lingüísticas. El yíddish tiene sus orígenes en la época en que el medio alto alemán se transformaba en alto alemán moderno. Había formas facultativas, el medio alto alemán tomaba unas, el yiddish otras. O bien el yiddish desarrollaba formas del medio alto alemán de manera más consecuente que incluso el alto alemán moderno. Por ejemplo el mir seien del yiddish (alto alemán moderno wir sind: «nosotros somos») se desarrolló a partir del medio alto alemán sin de modo más natural que el wir sind del alto alemán moderno. O bien el yiddish siguió empleando formas del medio alto alemán haciendo caso omiso del alto alemán moderno. Lo que llegaba al gueto no se marchaba de él tan deprisa. Por eso siguen existiendo formas como Kerzlach, Blümlach, Liedlach.
Y luego, en esa configuración lingüística, mezcla de arbitrariedad y de ley, penetran además los dialectos del yiddish. Es más, todo el yiddish es dialecto, incluso como lenguaje escrito, aunque en gran parte se haya unificado la forma escrita.
Con todo esto creo que de momento he convencido a la mayoría de ustedes, señoras y señores, de que no van a comprender ni una palabra de yiddish.
No esperen ayuda de la presentación de los poemas. Pues si ni siquiera son capaces de comprender el yiddish, no podrá ayudarles ninguna explicación pasajera. En el mejor de los casos comprenderán ustedes la explicación y notarán que se les viene encima algo difícil. Eso será todo. Por ejemplo, puedo decirles:
El señor Löwy va a recitar tres poesías, como va a suceder, en efecto. Primero «Die Grine», de Rosenfeld. «Grine» son los «Grüne», los «Verdes», los «Cuernos verdes», los recién llegados a América. En esta poesía, un pequeño grupo de emigrantes judíos va con su sórdido equipaje por una calle de Nueva York. Naturalmente, la gente se aglomera para verlos, los mira asombrada, va detrás de ellos riéndose. El poeta, sumamente irritado por tamaño espectáculo, abandona esa escena callejera y habla al judaísmo y a la humanidad. Se tiene la impresión de que el grupo de emigrantes se queda inmóvil mientras habla el poeta, aunque estén lejos y no puedan oírle.
La segunda poesía es de Frug y se llama «Arena y estrellas». Es una amarga exégesis de una promesa bíblica. Dice la Biblia que seremos como la arena del mar y como las estrellas del firmamento. Bueno, pisoteados como la arena ya estamos, ¿cuándo se cumplirá lo de las estrellas?
La tercera poesía es de Frischmann y se llama «Es tranquila la noche».
Una pareja de enamorados se encuentra por la noche con un piadoso doctor de la ley que va a la sinagoga. Se asustan, temen haber sido traicionados, más tarde se tranquilizan mutuamente.
Pero, como ustedes ven, tales explicaciones no bastan. Limitados por el horizonte de estas explicaciones, durante la recitación buscarán ustedes lo que ya saben y no verán lo que realmente hay. Pero afortunadamente, todo aquel que conoce la lengua alemana también está capacitado para entender el yiddish. Porque, visto de lejos -de muy lejos-, es la lengua alemana la que, exteriormente, hace comprensible el yiddish; esto le da al alemán una ventaja frente a todos los idiomas de la tierra. Pero, en justa compensación, tiene una desventaja frente a todos. A saber: el yíddish no puede ser traducido al alemán. Las vinculaciones entre el yiddish y el alemán son tan sutiles y tan sustanciosas que al punto quedarían deshechas si el yiddish tuviera que ser trasladado de nuevo al alemán, es decir, lo que se traslada ya no es yiddish sino algo insustancial. Por ejemplo, traduciéndolo al francés, el yiddish puede ser hecho accesible a los franceses, traduciéndolo al alemán, queda destruido. Toit, por ejemplo, no es tot (muerto) yBlüt no es en absoluto Blut (sangre).
Pero no sólo desde la lejanía del idioma alemán, señoras y señores, les resulta posible a ustedes comprender el yíddish; pueden acercarse un poco más. Hace todavía no mucho tiempo, según que los judíos alemanes viviesen en la ciudad o en el campo, que viviesen más al este o más al oeste, la lengua familiar en la que se entendían parecía un estadio previo, más cercano o más lejano, del yíddish, y se han conservado muchos matices. Por eso, la evolución histórica del yiddish habría podido ser observada en la superficie del presente casi igual de bien que en la profundidad de la historia.
Y ya están muy cerca del yíddish si tienen en cuenta que en ustedes no sólo actúan conocimientos sino también fuerzas y fuerzas en cadena que les capacitan para comprender con la sensibilidad. Aquí por fin puede ayudar el que explica, tranquilizándoles a ustedes, de manera que ya no se sientan marginados y comprendan también que ya no pueden quejarse de que no entienden el yíddish. Esto es lo más importante, porque con cada queja se escapa la comprensión. Pero si guardan silencio, entonces de pronto están ustedes en medio del yíddish. Y una vez que el yiddish ha prendido en ustedes -y yíddish es todo: palabra, melodía hasídica y la misma idiosincrasia de este actor judío oriental-, entonces ya no reconocerán su tranquilidad de antes. Entonces notarán la verdadera unidad del yiddish, lo notarán con tal fuerza que tendrán miedo, pero ya no será miedo del yíddish sino de ustedes mismos. Y no serían capaces de soportar solos ese miedo si el yíddish no les infundiera la confianza en sí mismos que opone resistencia a ese miedo y es incluso más fuerte que él. ¡Disfrútenla todo lo que puedan! Cuando haya desaparecido, a partir de mañana -¡cómo va a mantenerse del recuerdo de una única velada de recitación!-, les deseo sin embargo que también hayan olvidado el miedo. Porque lo que no queríamos era castigarles.

[Un discurso oficial]

Este nombramiento merece un aplauso. Pues, en efecto, un hombre acepta un puesto perfectamente adecuado a él y ese puesto recibe al hombre que necesita.
La inagotable capacidad de trabajo del doctor Marschner le ha puesto al frente de una actividad tan amplia y tan diversificada que una persona sola no puede apreciarlo todo en lo justo, ya que sólo ve siempre una parte de esas actividades. En su calidad de secretario de la empresa, tarea que ha venido desempeñando muchos años, el doctor Marschner conoce a fondo su funcionamiento, si se tiene en cuenta además que ha colaborado en su perfeccionamiento, en la medida en que lo permitía la influencia de que disponía hasta ahora; pone a disposición de la empresa sus dotes de abogado y su amplio saber en el campo de la abogacía; en los círculos especializados se le conoce y se le aprecia como sólido escritor; que no se subestime tampoco su influencia en los proyectos de legislación social de los últimos años (sobre todo, en las leyes sobre responsabilidad civil); ha actuado como orador en grandes congresos internacionales de seguros, y en las salas de conferencias de Praga también hemos oído sus explicaciones, siempre oportunas, instructivas y fácilmente asequibles, sobre problemas de importancia y actualidad relativos al mundo de los seguros; en su calidad de docente de la Universidad Politécnica emplea sus conocimientos y experiencias -en mutuo perfeccionamiento- para preparar a la juventud estudiosa a afrontar los problemas, cada vez más urgentes, del seguro social; ha sido él quien ha organizado en la Universidad Politécnica los cursos de técnica del seguro, y estaba especialmente capacitado para ello por haberse especializado en matemáticas de seguros; sus dotes pedagógicas, que se acreditaron el año pasado ante círculos más amplios, en las clases sobre seguros que impartió en la Academia de Comercio de Praga, fueron reconocidas oficialmente con su nombramiento como miembro de la comisión para el Examen de Estado. Resumiendo: es una persona que ha trabajado y trabaja con gran provecho y tesón en todos los campos de su especialidad y que, en lo profesional, vive vinculado activamente a todas las generaciones de nuestro tiempo.
Todo esto es, claro, muy importante, y pone tan de relieve la importancia del doctor Marschner en su especialidad, que en Bohemia nadie que no tenga, digamos, una cierta osadía, podría medirse con él en su campo.
Pero a la vista del cargo tan lleno de responsabilidad y tan de cara al público que acaba de aceptar el doctor Marschner, el de director de una tan complicada entidad, el lado humano de su quehacer científico y social es, en verdad, aún más importante.
Hasta ahora no ha dado un solo paso que no haya ido acompañado de una honrada objetividad; el actuar abiertamente es una necesidad para él; seguro de sí mismo, no ha buscado otra recompensa -en eso seguramente un caso bastante único- que la que le ofrece su trabajo; su única ambición ha consistido en alcanzar el radio de acción en el que se le necesitaba; su imparcialidad, su sentido de la justicia, nunca han vacilado, y cabe esperar que el funcionariado de nuestro establecimiento sabrá apreciar la suerte de que sea precisamente él su nuevo director; quienes conocen sus escritos, su trabajo profesional, su carácter, quedan impresionados por su sensibilidad para la situación de la clase trabajadora que tiene en él un amigo lleno de celo, el cual sin embargo siempre respetará los límites que pongan a sus afanes en ese sentido la ley y las condiciones económicas actuales; nunca ha hecho promesas, eso se lo deja a otros (que son ellos así, que lo necesitan y que, finalmente, tienen tiempo para eso), pero el verdadero trabajo, ése lo ha hecho siempre él, sin ruido, sin poner intencionadamente en movimiento a la opinión pública y sin guardar consideraciones con su propia persona; por eso, salvo quizás en el campo de la ciencia, nunca ha tenido enemigos; si tuviese alguno, sería una triste enemistad.
La común gratitud de todos -del gobierno, de los empresarios, los obreros y el funcionariado- es garantía de que la dirección de la empresa, expuesta a las más diversas influencias, sólo se ha dejado llevar por razones objetivas llegando así a realizar este feliz nombramiento.
En el transcurso de los años se han ido acumulando quejas, justas e injustas, contra la empresa, pero a partir de ahora hay una cosa segura: se hará buen trabajo y lo que, en el marco de la legislación actual, sea posible en cuanto a reformas deseadas y útiles, se hará.

[Borrador para «Richard y Samuel»]

Samuel conoce perfectamente al menos todas las intenciones y capacidades superficiales de Richard, pero como está habituado a pensar con precisión y sin lagunas, ya le dejan sorprendido pequeñas irregularidades -con las que no contaba, al menos no con todas- en las palabras de Richard y le dan que pensar. Para Richard, lo penoso de su amistad radica en que Samuel nunca necesita un apoyo que no haya sido proclamado públicamente, por eso nunca quiere, ya por sentido de la justicia, que se note un apoyo de su parte y por consiguiente no tolera subordinación alguna en la amistad. Su principio inconsciente es que lo que por ejemplo se admira en un amigo, en el fondo no se admira en el amigo sino en el prójimo, y que por tanto la amistad tiene que empezar abajo del todo, por debajo de todas las diferencias. Eso ofende a Richard, que muchas veces se sometería de buen grado a Samuel, el cual muchas veces tiene ganas de hacerle comprender qué persona tan excelente es él, pero que solamente podría empezar a hacerlo si supiera por anticipado que tiene permiso para no dejar nunca de hacerlo. En cualquier caso esta situación que le impone Samuel tiene para él la dudosa ventaja de, consciente de su independencia, exteriormente conservada hasta ahora, elevarse por encima de Samuel, verle encogerse y tener -aunque sólo exteriormente- exigencias con él, mientras que por lo demás a él le hubiera gustado pedirle a Samuel que le exigiera algo a él. Así, por ejemplo, si Samuel necesita el dinero de Richard, eso, al menos en la medida en que él es consciente de ello, no tiene nada que ver con su amistad, mientras que para Richard esa opinión constituye de por sí algo admirable, puesto que la necesidad de dinero que tiene Samuel, a él por un lado le deja perplejo, pero por otro lo convierte en un ser valioso, y ambas cosas en el núcleo de su amistad. De ahí viene también que Richard, aunque su pensamiento sea más premioso que el de Samuel, arropado como está en la plenitud de su inseguridad, en el fondo juzgue a Samuel más certeramente que Samuel a él, puesto que éste, aunque dotado de buena capacidad combinatoria, cree que la manera más segura de juzgarlo debidamente es ir por el camino más corto sin esperar a que se calme hasta encontrar su verdadera configuración. Por eso, en esta relación, Samuel es quien habla en auténticos apartes, quien camina hacia atrás. A lo que parece, cada vez le resta más a la amistad, mientras que, por su parte, Richard aporta cada vez más, de manera que la amistad avanza continuamente, curiosa pero evidentemente en dirección a Samuel, hasta que se detiene en Stresa, donde Richard está cansado de puro sentirse a gusto, mientras que Samuel tiene tantas fuerzas que es capaz de todo, incluso de ponerle cerco a Richard, hasta que en París llega el golpe final, previsto por Samuel, pero no esperado en absoluto por Richard, que por eso lo recibe con ansias de muerte, un golpe que por fin hace descansar la amistad. Pese a esta situación que excluiría eso exteriormente, Richard es el más consciente en la amistad, al menos hasta Stresa, puesto que se puso en viaje con una amistad completa pero falsa, Samuel en cambio con una amistad recién empezada (un comienzo, eso sí, de larga duración) pero verdadera. Por ese motivo, durante el viaje Richard se hunde más, y casi más cómodamente, en sí mismo, con miradas de medio lado, pero con un sentimiento más intenso de la relación, mientras que Samuel, debido a su verdadera naturaleza interior -lo exige su carácter y también su amistad-, puede y debe, o sea llevado de un doble impulso, ver rápida y correctamente y muchas veces cargar literalmente con Richard. Por muy consciente (hasta Stresa) que sea Richard en cuanto a su amistad -obligado reiteradamente por cada pequeño suceso- y por mucho que pueda dar siempre a este respecto explicaciones que nadie pide y él menos que nadie, ya que sufre ya bastante con los simples fenómenos de su cambiante amistad: frente a todas las demás implicaciones del viaje, él es sensato, aguanta mal los cambios de hotel, no entiende las más simples asociaciones que en casa tal vez no le costaría nada entender, con frecuencia está muy serio, pero en modo alguno por aburrimiento, ni siquiera porque desee que Samuel le dé golpecitos en la mejilla, tiene una enorme necesidad de música y de mujeres. Samuel sólo sabe francés, Richard francés e italiano, y a ello se debe que en Italia, sin que ninguno de los dos lo haya querido así y aunque sepa Richard que lo contrario sería más probable, él se convierta, siempre que se trata de pedir informaciones, en una especie de sirviente de Samuel. Por otra parte, Samuel sabe muy bien francés, mientras que Richard no domina a la perfección ninguno de sus dos idiomas.

[Escrito dirigido a una oficina estatal]

Al requerimiento de no he respondido oralmente por estar gravemente enfermo, pero sí lo hice inmediatamente con tarjeta postal. Esa tarjeta llegó a su destino, porque algún tiempo después esa ilustre oficina de impuestos me preguntó qué pretendía yo con aquella tarjeta, ya que en esa oficina no se tenían noticias de un requerimiento con fecha 25 de septiembre de 1922 Rp 38/21. Para no complicar más este asunto totalmente irrelevante tanto para esa ilustre oficina de impuestos como para mí mismo, no respondí a ese segundo requerimiento, también por los gastos del correo; si en esa oficina no se sabía nada de la nota del __, podía darme por satisfecho. Pero como el asunto se reactiva otra vez por la nota del 3 de noviembre y se me amenaza incluso con una multa, aunque ya he respondido correctamente hace tiempo, me permito comunicarles una vez más que desde la entrada de Paul Hermann en la empresa «Erste Prager Asbestwerke» (Primera fábrica de asbesto de Praga) no ha habido más aportaciones de capital por parte de los socios de la empresa, la cual dejó de existir en marzo de 1917. Es de esperar que esta vez mi respuesta llegue a la correspondiente sección.

[Sobre la catalepsia]

Quien ha estado alguna vez en estado de muerte aparente puede contar cosas horribles al respecto, pero lo que no puede decir es qué hay después de la muerte, en el fondo ni siquiera ha estado más cerca de la muerte que cualquier otro, en realidad sólo ha «vivido» algo extraordinario, y la vida no extraordinaria, la vida normal, tiene ahora más valor para él. Algo semejante le ocurre a todo el que ha vivido algo extraordinario. Moisés, por ejemplo, vivió indudablemente algo «extraordinario» en el monte Sinaí, pero en lugar de rendirse ante lo extraordinario, como hace el cataléptico, que no dice nada y se queda tendido en el ataúd, él huyó monte abajo y, naturalmente, tenía muchas cosas importantes que contar y amaba mucho más que antes a los hombres entre los que se había refugiado, y luego sacrificó por ellos su vida, quizás pueda decirse que para darles las gracias. Pero de ambos, del cataléptico que ha regresado y del Moisés que ha regresado, se puede aprender mucho, aunque lo definitivo no puedan decírnoslo, puesto que ellos tampoco han pasado por esa experiencia. Y si hubieran pasado por ella, no habrían vuelto. Pero nosotros tampoco queremos pasarla. Eso se puede comprobar si pensamos que en ocasiones podemos desear vivir lo que vivió el cataléptico, o lo que vivió Moisés, asegurándonos al mismo tiempo la vuelta, o sea con «salvoconducto», o que incluso deseamos la muerte, pero que ni siquiera en la imaginación quisiéramos estar vivos en el ataúd sin ninguna posibilidad de regresar, o en el monte Sinaí…
(Esto no tiene en realidad nada que ver con el miedo a la muerte…)

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