La Mudanza De Brunelda

Cierta mañana empujó Karl fuera del portón el vehículo para enfermos en que iba sentada Brunelda. Ya no era tan temprano como él esperara. Habían convenido realizar el éxodo en horas de la noche a fin de no llamar la atención por las calles, cosa que de día hubiera sido inevitable, por más que Brunelda pensara cubrirse, muy humildemente, con una manta gris. Pero el transporte por la escalera había llevado demasiado tiempo, pese a la colaboración sumamente solícita del estudiante, el cual era mucho más débil que Karl, según quedó demostrado en esa oportunidad. Brunelda se condujo muy valerosamente; apenas suspiraba y de todos los modos posibles trataba de facilitar el transporte a sus portadores. Sin embargo, no había otro modo de llevarla sino haciéndola sentar cada cinco peldaños, para brindarse a sí mismos y a ella el tiempo necesario para el descanso.
Era una mañana fresca, por los pasillos corría un aire frío como aire de sótanos y, sin embargo, tanto Karl como el estudiante estaban empapados de sudor y, durante las pausas de descanso, cada uno de ellos para enjugarse la cara se veía obligado a tomar un cabo de la manta de Brunelda que ella, por otra parte, les tendía amablemente. Y así fue como sólo a las dos horas llegaron abajo, donde ya desde la noche anterior esperaba el carrito. Costó cierto trabajo todavía levantar a Brunelda y meterla dentro, pero, una vez conseguido esto, bien se podía creer que todo estaba logrado con éxito, pues la tarea de empujar el carretón, gracias a sus altas ruedas, no debía de ser difícil y sólo quedaba el temor de que el carruaje se desvencijara bajo el peso de Brunelda. Ciertamente había que correr ese riesgo; no se podía llevar un carro de repuesto, aunque el estudiante, medio en broma, se había ofrecido a ponerlo a su disposición y a conducirlo. Luego se llevó a cabo la despedida del estudiante, que por cierto llegó a ser hasta muy cordial. Toda desavenencia entre Brunelda y el estudiante parecía olvidada; éste hasta se disculpó reconociéndose culpable de la antigua ofensa que había infligido a Brunelda cuando estuvo enferma, pero ella dijo que todo estaba olvidado hacía mucho y que se sentía más que resarcida. Finalmente rogó al estudiante que aceptara en señal de amistad y como recuerdo de ella un dólar que extrajo trabajosamente de entre sus muchas faldas.
Semejante regalo era muy significativo, si se consideraba la notoria avaricia de Brunelda. El estudiante, en efecto, sintió una gran alegría por ello y arrojó su gorra bien alto al aire. Luego, por cierto, tuvo que buscarla por el suelo y Karl le ayudó en su búsqueda; finalmente fue Karl quien la encontró: estaba debajo del carro de Brunelda.
La despedida entre el estudiante y Karl fue desde luego mucho más sencilla: solamente se estrecharon la mano y expresaron su convencimiento de que, seguramente, volverían a verse alguna vez y que entonces por lo menos uno de ellos -el estudiante lo decía por Karl, Karl por el estudiante- habría logrado algo loable, cosa que hasta ese momento, por desgracia, no había sucedido. Luego, Karl cogió animosamente la manija del carrito y lo empujó fuera del portón. El estudiante se quedó mirándolos y haciendo señas con un pañuelo, mientras aún se los podía ver. Karl se volvió muchas veces, saludando con la cabeza; también a Brunelda le hubiera gustado volverse, pero tales movimientos le resultaban demasiado fatigosos. Para facilitarle a pesar de todo una última despedida todavía, Karl, al final de la calle, giró con el carro en círculo, de manera que también Brunelda pudo ver al estudiante, el cual aprovechó esta oportunidad para agitar el pañuelo con celo especial.
Después, eso sí, dijo Karl que desde ese momento no podían permitirse ya ninguna parada, pues el camino era largo y partían mucho más tarde de lo que había sido su intención. En efecto, de vez en cuando ya se veían carruajes, como también, aunque muy aisladamente, alguna gente que se dirigía a su trabajo. Karl, con su observación, no había querido decir otra cosa que lo que realmente dijo, pero Brunelda, en su delicadeza de sentimientos, lo entendió de otra manera y se cubrió totalmente con su manta gris. Karl no objetó nada contra ello. Aquel carretón de mano, cubierto con una manta gris, resultaba por cierto muy llamativo; pero sin duda incomparablemente menos de lo que hubiera resultado con Brunelda descubierta.
Avanzaba Karl con sumo cuidado; antes de doblar por una esquina observaba la calle siguiente y, si eso le parecía necesario, hasta dejaba el carro y se adelantaba solo unos pasos y si preveía algún encuentro que podía ser desagradable se quedaba esperando hasta que fuera posible evitarlo y aun llegaba a elegir otro camino por una calle totalmente distinta. Ni aun así, puesto que había estudiado con anticipación todos los caminos posibles, corría el riesgo de dar algún rodeo de importancia.
Ciertamente aparecieron obstáculos que, si bien habían sido de temer, no habían podido preverse en sus detalles. Por ejemplo, surgió de pronto -en una calle que ascendía levemente, fácil de abarcar con la mirada y que además, por suerte, se veía completamente desierta: una ventaja que Karl trataba de aprovechar apresurándose especialmentedel rincón oscuro de una puerta principal un agente de policía que preguntó a Karl qué era lo que conducía en aquel carro tan cuidadosamente tapado. Pero por más severo que mirase a Karl, tuvo que sonreír, sin embargo, al levantar ligeramente la manta y reparar en la cara acalorada y temerosa de Brunelda.
-¿Cómo? -dijo-, yo pensé que llevabas ahí diez bolsas de papas, y resulta que es una sola mujer. ¿A dónde van? ¿Quiénes son ustedes?
Brunelda ni siquiera osó mirarle la cara al agente, sólo fijaba sus ojos, constantemente, en Karl expresando su duda manifiesta de que ni él siquiera pudiera salvarla. Sin embargo, Karl ya tenía bastante experiencia en el trato con los agentes de policía y a él no le pareció muy peligroso todo ese asunto.
-Bueno -dijo-, muestre usted, señorita, el documento que le han dado.
-¡Ah, claro! -dijo Brunelda y se puso a buscarlo de una manera tan desesperante que entonces sí ya debía de parecer realmente sospechosa.
-La señorita -dijo el agente con ironía indudable- no encontrará el documento.
-¡Oh, sí! -dijo Karl con calma-; lo tiene con toda seguridad; sólo que se le ha extraviado.
Comenzó a buscar ahora él mismo y lo extrajo efectivamente tras la espalda de Brunelda. El agente de policía tan sólo le echó una mirada fugaz.
-Aquí está, pues -dijo el agente sonriendo-, ¿de manera que esta clase de señorita es la señorita? ¿Y usted, chico, hace de intermediario y se encarga del transporte? ¿No sabe usted, realmente, buscarse una ocupación mejor?
Karl no hizo más que encogerse de hombros; ya aparecían una vez más las conocidas intromisiones de la policía.
-Bueno, feliz viaje -dijo el agente al no recibir respuesta. En las palabras de ese agente de policía había probablemente desprecio, y por eso Karl siguió sin saludar; era preferible el desprecio de la policía a su atención.
Poco después tuvieron un encuentro acaso más desagradable aún, pues se le acercó un hombre que venía empujando un carretón cargado con grandes cántaros de leche y al que, por lo visto, le hubiera gustado muchísimo saber qué había bajo aquella manta gris en el carro de Karl. No era de suponer que llevara el mismo camino que Karl, mas no obstante se quedaba a su vera por sorprendentes que fueran las vueltas que Karl ejecutaba. Al principio se contentó con exclamaciones, como por ejemplo: «¡Qué carga pesada has de tener!», o bien: «¡Cargaste mal, allí arriba se va a caer algo!» Pero luego preguntó directamente:
-Pero, ¿qué llevas debajo de esa manta?
Karl dijo:
-¿Qué te importa? -pero ya que esto aumentó más aún la curiosidad del hombre, dijo Karl finalmente-: Son manzanas.
-¡Tantas manzanas! -dijo el hombre asombrado y no cesaba de repetir esa exclamación-. Pero si es toda una cosecha -dijo luego.
-Sí, pues -dijo Karl.
Pero ya fuera porque no le creyera a Karl, ya porque quisiera fastidiarlo, seguía andando junto a él y comenzaba -todo esto durante la marcha- a tender la mano hacia la manta, como en broma; finalmente se atrevió hasta a tirar de ella. ¡Cómo sufriría Brunelda! Por consideración a ella no deseaba Karl trabarse en riña con aquel hombre y se metió en el primer portón abierto, como si ésta fuera su meta.
-He llegado -dijo-; gracias por la compañía.
El hombre se detuvo asombrado ante el portón y siguió a Karl con la vista, pero éste, si era necesario, estaba dispuesto a atravesar tranquilamente todo el primer patio. El hombre ya no podía dudar, pero, a fin de satisfacer su malicia por última vez, dejó su carro, corrió de puntillas tras Karl y tiró de la manta tan fuertemente que poco faltó para que descubriera la cara de Brunelda.
-Para que tus manzanas tengan más aire -dijo mientras se volvía corriendo.
Karl aceptó también eso sin inmutarse, ya que lo libraba definitivamente del hombre. Condujo luego el carro a un rincón del patio, donde había unos grandes cajones vacíos, bajo cuya protección pensaba decirle a Brunelda unas palabras tranquilizadoras. Pero tuvo que quedarse hablándole largo rato, pues ella estaba completamente bañada en lágrimas y le suplicaba muy seriamente que permaneciesen todo el día allí; es decir, detrás de los cajones, y que prosiguiesen el viaje sólo cuando llegara la noche.
Quién sabe si hubiera podido persuadirla él solo de cuán equivocado era tal proceder; pero cuando allí, en el otro extremo del montón de cajones, alguien arrojó un cajón vacío al suelo, con tal estrépito que resonó tremendamente en el patio desierto, se asustó ella tanto que, sin atreverse ya a pronunciar una sola palabra, se cubrió con la manta y se sintió probablemente dichosa porque Karl, en rápida decisión, había echado a andar en seguida.
Ya se iban animando las calles cada vez más; y, sin embargo, el carretón no llamaba la atención tanto como Karl temiera. Tal vez hubiera sido más prudente elegir otra hora para el transporte. Si un viaje semejante se hiciera necesario otra vez, Karl se atrevería a realizarlo al mediodía. Sin que lo molestaran gran cosa, dobló finalmente por la calle angosta, oscura, en la cual se encontraba la empresa número 25. El bizco administrador estaba de pie delante de la puerta con el reloj en la mano.
-¿Eres siempre tan poco puntual? -preguntó.
-Hubo diversos obstáculos -dijo Karl.
-Es sabido que siempre los hay -dijo el administrador-, pero en esta casa no valen. ¡Recuérdalo!
Karl apenas prestaba ya atención a tales discursos; todos aprovechaban su poder y escarnecían al humilde. Una vez que se había uno acostumbrado a ello, ya no sonaba sino como el tictac regular de los relojes. Lo que sí lo espantó al ir empujando el carro hacia el interior del zaguán fue la mugre que allí reinaba y que, por cierto, había esperado. Si bien se miraba, no era ésa una suciedad palpable que pudiera definirse. El piso embaldosado del zaguán estaba casi perfectamente barrido, la pintura de las paredes no era vieja, sólo un poco polvorientas las palmeras artificiales, y, sin embargo, todo allí resultaba grasiento y repelente; era como si de todas las cosas se hubiera hecho un mal uso y como si ya ninguna limpieza fuera capaz de remediarlo. Cuando Karl llegaba a alguna parte se complacía en reflexionar qué cosa se podía mejorar allí y cuánto placer experimentaría uno interviniendo inmediatamente sin considerar el trabajo -interminable quizá- que eso exigiría. Pero en el presente caso no sabía qué era lo que habría que hacer. Con lentitud retiró la manta de Brunelda.
-Bienvenida, señorita -dijo remilgadamente el administrador. No cabía duda de que Brunelda le había causado una buena impresión. En cuanto se dio cuenta de esa circunstancia, supo ella aprovecharla sin demora, cosa que Karl se complació en comprobar. Y toda la angustia de las últimas horas se desvaneció.

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