La Fatiga

Me dijeron que instruyera a los niños. La salita estaba colmada. Muchos se apretaban de tal manera contra las paredes que el espectáculo infundía temor; sin duda se defendían de los otros y los repelían, por ese motivo la masa estaba en continuo movimiento. Sólo unos pocos niños mayores que sobresalían de los demás y no tenían nada que temer del resto, estaban tranquilamente sentados al final de la salita y miraban hacia mí.
Los azotadores estaban reunidos. Eran hombres fuertes pero delgados; estaban siempre listos, se llamaban azotadores, pero no tenían látigos sino varas en las manos; formaban una especie de saliente en la pared del fondo del lujoso salón, entre los espejos. Entré con mi novia, era una boda. Los parientes aparecieron a través de una puerta angosta que estaba frente a nosotros. Giraban hacia adelante con pasos cortos, mujeres corpulentas, a la izquierda de ellas hombrecillos enfundados en trajes de gala abotonados hasta el cuello. Algunos de mis parientes levantaron los brazos, azorados ante la novia; sin embargo, aún no se había roto el silencio.
Durante un paseó de domingo, me había alejado de la ciudad más de lo que pensaba. El hecho de estar tan lejos me impulsaba todavía más allá. Sobre un montículo había un roble viejo y retorcido, pero no muy grande. En cierta forma me recordó que ya era tiempo de regresar. Era casi noche cerrada. De pie frente al árbol, pasaba mi mano por su dura corteza y leía dos nombres grabados en ella. Los leía pero no los retenía; una terquedad pueril me mantenía allí y no me dejaba regresar, ya que no debía seguir adelante. A veces uno se encuentra prisionero de tales fuerzas; no es difícil liberarse, pues es casi como una broma que se le hace a un amigo; pero era domingo, no había nada que perder, ya estaba cansado y, por lo tanto, me rendía a todo. Luego descubrí que uno de los nombres era Joseph y recordé a un amigo del colegio que se llamaba así. En mis evocaciones era un muchachito, tal vez el más pequeño de la clase; durante varios años se había sentado en mi mismo banco. Era feo; aun a nosotros que en aquel entonces apreciábamos más la fuerza y la habilidad (y tenía ambas) nos parecía feo.
Corrimos hacia el frente de la casa. Allí estaba un mendigo, de pie, con una armónica. Su traje estaba hecho jirones como si el género para confeccionarlo, en lugar de haber sido cortado, hubiera sido arrancado de la pieza de tela. Y esto coincidía, de alguna manera, con el aspecto desmelenado del mendigo, que parecía despertar de un sueño profundo sin poder, a pesar de todos sus esfuerzos, reencontrarse consigo mismo. Era como si continuamente se durmiera y volvieran a despertarle.
Los niños no nos atrevíamos a pedirle que tocara una canción, tal como lo hacíamos con otros músicos ambulantes. Además, nos observaba todo el tiempo, como si advirtiese nuestra presencia, pero no pudiese percibirla de la manera que hubiese deseado.
Entonces esperamos que llegara nuestro padre; éste estaba en el fondo, en el taller. Transcurrió un buen rato antes de que atravesara el largo pasillo.
— ¿Quién eres?— preguntó con severidad y en voz alta en la habitación de al lado; fruncía el entrecejo, tal vez estaba molesto por nuestro comportamiento hacia el mendigo, pero no habíamos hecho nada malo ni habíamos malogrado nada. Nos quedamos callados más allá de lo concebible. De todos modos todo estaba en silencio, sólo
se oía el rumor del viento en las ramas del tilo que estaba frente a nuestra casa.
—Vine de Italia— dijo el mendigo, pero no a modo de respuesta, sino como confesión de una culpa. Era como si nuestro padre se hubiese convertido en su amo. Aferraba su armónica contra el pecho, como si fuera una protección…
Estaba inmóvil, miraba delante de sí mientras se mordía el labio inferior.
—Tu comportamiento es ridículo. ¿Qué te ha ocurrido? Tu negocio no es excelente, pero tampoco marcha mal; aun si fueras a la quiebra (v esto es imposible) te será fácil salir adelante de otra manera; eres joven, sano, fuerte, tienes instrucción y aptitudes comerciales, sólo debes preocuparte por ti y por tu madre. Por lo tanto, hombre, te ruego que te controles y me expliques por qué me has llamado en pleno día y por qué estás sentado así.
Hubo una breve pausa, yo estaba sentado sobre el marco de la ventana, él en un sillón, en el centro del cuarto. Finalmente continuó:
-Bien, te lo explicaré todo. Lo que has dicho era correcto, pero reflexiona: desde ayer llueve sin parar; alrededor de las cinco de la tarde —echó una mirada a su reloj— comenzó a llover y hoy a las cuatro aún llueve. Esto bien puede hacerle reflexionar a uno. En general sólo llueve en las calles, no en las habitaciones; sin embargo, esta vez parece ser al revés. Por favor, mira por la ventana; afuera todo está seco, ¿verdad? Bien. Pero aquí el agua sube sin cesar. Que suba, que suba. Es terrible, pero lo aguanto. Con un poco de buena voluntad puede tolerarse; el sillón flota un poco más alto, las circunstancias no se alteran mayormente, todo nada, y uno flota cada vez más arriba. Pero lo que no aguanto es el repiqueteo de las gotas de lluvia sobre mi cabeza. Parece una tontería, pero justamente no aguanto esa tontería, o tal vez sí, sólo que no soporto estar indefenso frente a ella. Y estoy indefenso; me pongo un sombrero, abro el paraguas, sostengo una tabla sobre mi cabeza; nada me ayuda, quizá la lluvia penetra a través de todo eso, o quizás una nueva lluvia comienza debajo del sombrero, paraguas o tabla, golpeando con la misma fuerza.
Estaba de pie frente al ingeniero de minas, en su oficina. Era una cabina de tablas, sobre un suelo yermo, barroso y toscamente nivelado. Una bombilla desnuda brillaba sobre el centro del escritorio.
— ¿Quiere usted que le acepten? —preguntó el ingeniero, apoyando la frente sobre la mano izquierda y sosteniendo con la derecha la pluma sobre el papel. No era una pregunta, lo decía como para sí mismo, era un hombre joven, débil, de estatura menor que mediana; debía estar muy cansado; los ojos, que por naturaleza serían pequeños y estrechos, tenían la apariencia de carecer de la fuerza suficiente como paa abrirse totalmente—. Tome asiento —dijo entonces. Pero sólo había un cajón, que tenía una parte arrancada, del cual se habían sacado rodando pequeñas piezas de máquinas. Me senté sobre el cajón. El se había separado casi por completo del escritorio, sólo la mano derecha permanecía inmóvil allí; por otra parte, se había reclinado en el sillón, y tenía la mano izquierda en el bolsillo del pantalón, y me observaba—. ¿Quién lo envía? —preguntó.
—He leído en un periódico del ramo que aquí emplean gente —dije.
—Aja —dijo, y sonrió—, así que es eso lo que ha leído. Pero usted lo presenta de una manera muy tosca.
— ¿Que quiere decir? —pregunté—. No le entiendo. —Lamento decirle que aquí no se emplea a nadie. Y si no
se emplea a nadie, tampoco puede aceptárselo a usted.
—Naturalmente, naturalmente —dije y me puse de pie irritado—; para saber eso no me hubiera hecho falta sentarme. -Pero luego medité y pregunté:— ¿No podría pasar la noche aquí? Está lloviendo, y el pueblo queda a una hora de camino.
—No tengo cuarto de huéspedes —dijo el ingeniero.
— ¿No podría quedarme en el despacho? —Aquí trabajo y allí —señaló un rincón— duermo. Evidentemente, se veían algunas mantas, y también se había amontonado un poco de paja, pero estaban colocadas, además, tantas otras cosas apenas identificables, en especial herramientas, que hasta ese momento no había advertido que era una cama.
… guardármelo. Lo hice y dijo:
—Estoy de viaje, no me moleste, abra su camisa y acérquese con el cuerpo.
Lo hice, dio un paso grande y desapareció dentro de mí, como en una casa. Me estiré como si me sintiese más estrecho, casi sufrí un vahído, dejé caer la pala y regresé a casa. Allí los hombres estaban sentados ante la mesa y comían de la fuente común, las dos mujeres se encontraban al lado del fogón y pileta de lavar. En seguida relaté todo lo que me había ocurrido, y al hacerlo caí sobre el banco más cercano a la puerta, todos estaban alrededor de mí. Se mandó llamar a un anciano muy famoso, de una granja cercana. Mientras se le esperaba, los niños se aproximaban, nos tendíamos las manos, entrelazábamos los dedos…
Era una corriente de aguas turbias, muy rápidas, y sin embargo algo adormecida, demasiado regular, con olas bajas y mudas. Quizá no era posible de otra forma, porque estaba tan colmado…
Un jinete cabalgaba por el sendero de un bosque; delante de él corría un perro. Detrás de él venían unos gansos; una niña con una vara los arreaba delante de sí. A pesar de que todos, desde el perro hasta la niñita avanzaban tan velozmente como podían, no era muy rápido, cada uno mantenía con relativa facilidad el paso del otro. Además, los árboles, a ambos lados del sendero, también corrían con ellos, en cierto modo a disgusto, cansados, esos árboles viejos. A la niña se unió un atleta joven, un nadador; nadaba con braceo vigoroso, la cabeza hundida bien en el agua, pues se levantaban olas alrededor de él, y así como nadaba se deslizaba la corriente; después vino un carpintero que debía entregar una mesa, la llevaba sobre la espalda, sujetando las dos patas delanteras con las manos; le seguía el correo del zar, se sentía desdichado por la mucha gente que había encontrado aquí en el bosque, estiraba el cuello sin cesar y averiguaba la situación de la vanguardia y por qué todo iba tan desagradablemente despacio, pero debía resignarse, al carpintero podría haberle adelantado, pero cómo iba a poder pasar a través del agua que rodeaba al nadador. Por casualidad, detrás del correo venía el propio zar, un hombre joven todavía, de barba puntiaguda rubia y rostro delicado, pero mas bien redondo, que reflejaba el goce de la vida. Aquí se demostraban las desventajas de imperios tan enormes, el zar conocía a su correo, pero el correo no le conocía a él, el zar estaba dando un paseo para distraerse y no avanzaba más rápidamente que el correo, por lo que también podría haberse ocupado él mismo de la correspondencia.
Había burlado al primer guardia. Posteriormente me asusté, corrí de regreso y le dije:
—Me he evadido de aquí, en un descuido suyo.
El guardián miró delante de sí y permaneció en silencio.
—No debía haberlo hecho —dije.
El guardián seguía callado.
— ¿Tu silencio significa el permiso para pasar?…
Habían pedido tres trilladores, estaban pasados en el granero oscuro, llevaban sus mayales.
—Ven —dijeron, y me acostaron sobre la era. El aldeano estaba apoyado contra la puerta, medio afuera medio adentro.
El animal arranca el látigo del amo y se castiga a sí mismo para convertirse en amo, y no comprende que no es más que una ilusión producida por un nuevo nudo del látigo del amo.*
El hombre es una enorme superficie pantanosa. Cuando le arrebata la exaltación, en la vista de conjunto es como si, en algún rincón de ese pantano, cayera un pequeño sapo en el agua verde.
Si hubiese uno solo capaz de quedarse atrás una palabra antes de la verdad; todos (también yo, en este aforismo) la atropellamos con centenares.
En realidad, no me preocupa mucho el asunto. Estoy echado en un rincón, observo todo lo que en esa forma puede verse, escucho tanto como puedo; por otra parte, vivo ya desde hace meses en un crepúsculo y espero la noche. Distinto es mi compañero de celda, un hombre irreductible, un ex capitán. Puedo imaginarme su composición de lugar. Opina que su situación se asemeja quizás a la de un expedicionario polar que se ha helado sin consuelo en parte alguna, pero a quien con toda seguridad se salvará, o más bien que ya se ha salvado, como puede leerse en las historias de las expediciones polares. Y ahora se produce el siguiente desacuerdo: para él es indudable que se le salvará, sin que eso dependa de su voluntad, simplemente por el peso victorioso de su personalidad, pero, ¿debe desearlo? Su deseo o no deseo no modificará nada, habrán de rescatarlo, pero queda el interrogante de si, además, debe desearlo. Está preocupado con esta pregunta, en apariencia tan lejana; la medita, me la expone, la discutimos. No comprende que la formulación de esa pregunta convierte su destino en definitivo. No hablamos de la salvación en sí. Para ella le basta al parecer el martillito que ha conseguido de alguna manera, un pequeño martillo para clavar chinches en un tablero de dibujo; más no podría realizar, pero tampoco le pide más, la sola posesión le hace feliz. A veces se hinca de rodillas a mi lado y me pone ese martillo, ya mil veces visto, ante la nariz; o toma mi mano, la extiende sobre el suelo y martilla sucesivamente todos los dedos. Sabe que con ese martillo no sacará ni una astilla de la pared, tampoco quiere hacerlo, sólo lo desliza a veces por las paredes, como si pudiera con ello dar la señal que pondría en movimiento la gran maquinaria de salvación. No será así, el rescate se producirá a su debido tiempo, sin depender del martillo, pero siempre es algo, algo concreto, una garantía, algo que puede besarse, como no podrá besarse jamás ni a la salvación misma.
Ahora bien, mi respuesta a su pregunta es sencilla:
—No, la salvación no es deseable.
No quiero establecer leyes generales, ese es problema del alcalde. Sólo hablo de mí. Y en lo que a mí concierne, la libertad, esa misma libertad que debiera ser ahora nuestra salvación, apenas he podido soportarla, pues ahora estoy en la celda. Sin duda no he aspirado a una celda, sino a un alejamiento en general, quizás hacia otra estrella, en principio hacia otra estrella. Pero, ¿el aire sería respirable allí ? ¿y no me asfixiaría como aquí en la celda? Por lo tanto, de la misma manera podría haber aspirado a la celda.
A veces vienen dos carceleros a nuestra celda para jugar a los naipes. No sé por qué lo hacen; en realidad es una especie de atenuación del castigo. La mayoría de las veces al anochecer, entonces yo tengo siempre un poco de fiebre, no puedo mantener los ojos bien abiertos y los veo sólo en forma imprevista a la luz del farol grande que han traído. Pero ¿será realmente todavía la celda, si les basta incluso a los carceleros? No siempre me alegra esta reflexión, a veces despierta en mí un sentimiento de clase de los penados, ¿qué buscan aquí, entre los presos? Desde luego que me alegra que estén, me siento seguro por la presencia de estos hombres poderosos, también me siento elevado por ellos sobre mí mismo, pero nuevamente no lo deseo, quiero abrir la boca y arrojarlos con la sola fuerza de mi aliento.
Con seguridad puede decirse que el capitán ha enloquecido por el cautiverio. Su capacidad de raciocinio está tan limitada que apenas tendría espacio para un pensamiento más. También ha terminado de elucubrar la idea de la salvación, no ha quedado más que un resto, tanto como era imprescindible para mantenerlo en forma convulsa de pie; pero también a veces abandona este recurso para atraparlo luego de nuevo y entonces jadear de alegría y orgullo. Pero no lo aventajo por ello, sino quizás en el método, quizás en algo insustancial, pero en nada más.
Un día de lluvia. Estás parado frente al brillo de un charco. No estás cansado, ni triste, ni pensativo; sólo estás de pie allí, con todo el peso del mundo, y esperas a alguien. Entonces oyes una voz, cuyo sonido, aun sin palabras, te hace sonreír.
—Ven conmigo— dice la voz. Pero alrededor de ti no hay nadie con quien podrías ir.
—Yo iría —contestas—, pero no te veo.
Después, ya no oyes más nada. Pero viene el hombre a quien esperabas, un hombrón vigoroso, con ojos pequeños, cejas tupidas, mejillas gruesas y algo fláccidas y una barbita. Te parece que ya lo has visto en otra ocasión. Y es natural, porque es viejo compañero de oficina, con quien habías convenido reunirte aquí para discutir a fondo una cuestión de negocios, pendiente desde hacía mucho tiempo. A pesar de que está parado frente a ti, y del ala de su bien conocido sombrero gotea lentamente la lluvia, sólo le reconoces con dificultad. Hay algo que te lo impide, deseas apartarle, ponerte en relación directa con el hombre, y por ello le tomas del brazo. Pero en seguida sientes tanta náusea que te produce arcadas. Inventas una disculpa que quizá no es tal, pues mientras la dices la has olvidado, y te alejas, entrando directamente en una pared de casa (el hombre te grita, quizás una advertencia, pero le despides agitando la mano), la pared se abre ante ti, un criado lleva un candelabro muy alto, le sigues. Pero no te guía a una habitación sino a una farmacia. Es una farmacia grande, de paredes altas y forma semicircular, que tiene centenares de cajones idénticos. También hay muchos compradores, la mayoría llevan bastones largos y delgados, con los cuales golpean sobre el cajón del que desean algo. En seguida, los dependientes trepan, con movimientos cortos y muy rápidos (uno no ve sobre qué se apoyan, uno se pasa la mano por los ojos y, sin embargo, tampoco lo ve), y buscan .lo pedido. Sea hecho con fines de entretenimiento o congénito de los vendedores, de todos modos tienen atrás, sobresaliendo del pantalón, colas empenachadas, como si fueran de ardillas, pero mucho más largas, que al trepar acompañan las sacudidas de todos estos movimientos cortos. El ir y venir de la corriente de compradores por la farmacia impide ver la conexión de la misma con la calle; en cambio se divisa una ventanita cerrada, a la derecha de la que posiblemente es la salida principal. A través de esta ventana se ven afuera tres personas; tapan la visual en forma tan completa que no podría decirse si detrás de ellos la calle está llena de gente o quizá desierta. Un hombre, en especial, atrae la mirada, a cada uno de sus lados hay una mujer, pero apenas se las distingue, están agachadas o hundidas, o están hundiéndose oblicuamente contra el hombre, hacia abajo; son del todo secundarias, mientras que el hombre también tiene algo de femenino. Es vigoroso, viste una blusa azul de obrero, su cara es ancha y franca; la nariz achatada, es como si sé la hubiera apretado recientemente, y las fosas nasales lucharan, retorciéndose, para subsistir; las mejillas tienen mucho color vital. Todo el tiempo mira hacia el interior de la farmacia, mueve los labios, se inclina de derecha a izquierda, como si buscara algo adentro. En la tienda llama la atención un hombre que no pide nada, ni a quien se atiende; yendo erguido de uno a otro lado trata de observarlo todo, apretando el labio inferior inquieto con los dos dedos, y a veces mira el reloj de bolsillo. Evidentemente es el propietario, los compradores le señalan entre sí, es fácil reconocerle por las numerosas correas delgadas, redondeadas y alargadas que cuelgan sobre su busto, ni muy tensas ni muy flojas. Un muchacho rubio, de más o menos diez años de edad, está cogido a su chaqueta, de vez en cuando también quiere tomarse de las correas, pide algo que el dueño no quiere concederle. En ese momento suena la campanilla de la puerta. ¿Por qué suena? Tantos compradores vinieron y se fueron sin que sonara, pero ahora suena. La muchedumbre se aparta de la puerta, es como si se hubiera esperado el campanilleo, hasta parecería que la multitud supiese más de lo que confiesa. Ahora se ve también la puerta de vidrio grande, de dos hojas. Afuera está la estrecha calle vacía, empedrada pulcramente con ladrillos, es un día nublado que presagia lluvia, pero aún no llueve. Un hombre ha abierto la puerta desde la calle y puesto la campanilla en movimiento, pero ahora duda, retrocede de nuevo, relee el nombre en el cartel, sí, está bien, y entonces entra. Es el médico Herodias, todos lo conocen. Con la mano izquierda en el bolsillo avanza hacia el farmacéutico, que ahora está solo, de pie en el espacio libre; hasta el niño, si bien en primera fila, se ha quedado atrás y observa con los grandes ojos azules abiertos. Herodias tiene una manera de hablar sonriente, y con aire de superioridad, la cabeza echada para atrás, y aun cuando sea él mismo quien habla produce la impresión de estar escuchando. Con todo, es muy distraído, a veces hay que repetirle las cosas, es trabajoso penetrar hasta él, y también por eso parece sonreír. Cómo no iba un médico a conocer la farmacia, y sin embargo mira a su alrededor, como si estuviera allí por primera vez y sacude la cabeza ante las colas de gente y los vendedores. Luego se dirige hacia el dueño, lo rodea con el brazo derecho a la altura de los hombros, lo hace girar, y entonces ambos siguen
caminando, muy juntos, por entre la multitud que retrocede a un lado, hacia el interior del negocio, el niño delante de ellos, mirando otra vez tímidamente hacia atrás. Llegan tras los mostradores hasta una cortina, que el niño levanta, luego continúan a través de las salas del laboratorio y por último a una puertita que, como el muchacho no se atreve a abrir, debe franquear el médico. Existe el riesgo de que la multitud que ha llegado hasta allí, también quiera seguirles a esa habitación. Pero los vendedores, que entre tanto se han abierto paso hasta la primera línea, se vuelven contra la multitud sin esperar hacia atrás a la muchedumbre que, por otra parte, sólo se ha desplazado hasta allí por su peso y no con intención de molestar. De todos modos se hace sentir un movimiento contrario: lo origina el hombre con las dos mujeres; ha abandonado el lugar en la ventana, ha entrado en la tienda y ahora quiere llegar aún más lejos. Precisamente la docilidad de la multitud, que por lo que se ve, respeta ese lugar, se lo permite. A través de los vendedores, a quienes aparta más con la mirada que con los codos, ya se ha acercado con sus dos mujeres hasta donde se encuentran los dos señores, y a través de sus cabezas él, más grande que ambos, mira hacia la oscuridad del cuarto.
— ¿Quién viene?— pregunta débilmente una mujer desde la habitación.
—Quédate tranquila, es el médico— contesta el farmacéutico, y entran en el cuarto. Nadie piensa en encender la luz. | El médico ha dejado al farmacéutico y se dirige solo hacia la cama. El hombre y las mujeres se apoyan en el respaldo de la cama, a los pies de la enfermera, como sobre un parapeto. El farmacéutico no se atreve a acercarse; el niño nuevamente se ha tomado de él. El médico se siente estorbado por la presencia de los tres extraños.
— ¿Quiénes son ustedes?— pregunta, en voz baja, por consideración hacia la enferma.
—Vecinos— dice el hombre.
— ¿Qué quieren?
—Queremos— dice el hombre, hablando en voz mucho más alta que el médico…

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