IX

LA LUCHA CONTRA EL INTERROGATORIO

Y se alejó de allí regresando a la casa, esta vez no a lo largo del muro, sino a través de la nieve; en el pasillo se en-contró al posadero, quien le saludó sin decir una palabra y le señaló la puerta de la taberna. K siguió el gesto del posade-ro porque estaba helado y quería ver personas, aunque se quedó muy decepcionado al encontrar una vista opresiva para él, a una mesita, que en realidad había sido dispuesta a propósito, pues allí se contentaban con los barriles, se sentaba el joven señor y ante él, de pie, estaba la posadera de la posada del puente. Pepi, orgullosa, con la cabeza in-clinada hacia atrás, con la misma sonrisa eterna, consciente de su irrefutable dignidad, oscilando la trenza con cada uno de sus movimientos, corrió de un lado a otro llevando cerve-za, tinta y una pluma, pues el señor había extendido papeles ante sí, comparaba cifras que encontraba en un papel y lue-go en otro al final de la mesa, y quería escribir. La posadera contemplaba muda y tranquila al señor y los papeles como si ya hubiese dicho todo lo necesario y hubiese sido bien re-cibido.
—El señor agrimensor, por fin —dijo el señor cuando K en-tró, lanzándole una mirada fugaz y concentrándose de nue-vo en los papeles. También la posadera dirigió a K una mi-rada, ésta indiferente y carente de sorpresa. Pepi pareció haber reparado en K sólo cuando él se acercó a la barra y pidió un coñac.
K se apoyó allí, presionó los ojos con su mano y no prestó atención a nada. Luego dio unos sorbitos al coñac y lo rechazó porque era imbebible.
—Todos los señores lo beben —dijo brevemente Pepi, va-ció el resto, lavó la copa y la colocó en su sitio.
—Los señores también lo tienen mejor—dijo K.
—Es posible—dijo Pepi—, pero yo no.
Con eso había terminado con K y ya estaba otra vez al servicio del señor, quien, sin embargo, no necesitaba nada, así que pasó una y otra vez por detrás de él con el intento respetuoso de arrojar una mirada a los papeles; pero no era más que burda curiosidad y fanfarronería, que también la posadera desaprobó frunciendo las cejas.
De repente, sin embargo, la posadera oyó algo y se quedó inmóvil, concentrándose en la escucha, mirando al vacío. K se volvió, no oyó nada especial, tampoco los otros parecían oír nada, pero la posadera anduvo de puntillas con pasos cortos hacia la puerta detrás de ella que conducía al patio, miró por el ojo de la cerradura, se volvió hacia los demás con los ojos muy abiertos y el rostro sofocado, hizo un gesto con la mano hacia donde estaban y entonces miraron alternativamente, la posadera la mayor parte del tiempo, también Pepi tuvo su turno, y el señor se mostró en comparación el más indiferente. Pepi y el señor regresaron pronto, sólo la posadera seguía mirando con esfuerzo, muy inclinada, casi de rodillas, parecía como si quisiese conjurar al ojo de la cerradura para que la dejase pasar a través de él, pues ya hacía tiempo que no se podía ver nada. Cuando finalmente se irguió, se pasó las manos por el rostro, se arregló el cabello despeinado, tomó aire y su vista aparentemente se habituó a la habitación y a los presentes,—aunque lo hizo en contra de su voluntad. K, no para que le confirmasen algo que ya sabía, sino para anticiparse a un ataque, que ya temía, tan vulnerable era ahora, dijo:
—¿Entonces ya se ha ido Klamm?
La posadera pasó por su lado sin decir una palabra, pero el señor dijo desde la mesita:
—Sí, claro. Como usted ha abandonado su puesto de vigi-lancia, Klamm ya ha podido partir. Resulta maravilloso lo sensible que es el señor. ¿No notó, señora posadera, lo in-tranquilo que miraba Klamm a su alrededor?
La posadera no pareció haberlo observado, pero el señor continuó:
—Bueno, afortunadamente, ya no se podía ver nada más, el cochero borró las huellas en la nieve.
—La señora posadera no ha advertido nada—dijo K—, pe-ro no dijo eso a causa de alguna esperanza, sino sólo irrita-do por la afirmación del señor que había querido sonar tan conclusiva e inapelable.
—Quizá no estaba en ese preciso instante en el ojo de la cerradura —dijo la posadera al principio para proteger al se-ñor, pero después también quiso otorgarle su derecho a Klamm y añadió:
—Por lo demás, no creo que Klamm sea tan sensible. Es cierto que tememos por él e intentamos protegerle y por eso partimos de una extremada sensibilidad de Klamm. Eso está bien así y con seguridad también es la voluntad de Klamm. Pero cómo sea en realidad, no lo sabemos. Está claro que Klamm jamás hablará con alguien con quien no quiera hablar, por mucho que se esfuerce ese alguien y por muy insoportable que sea su intromisión, pero sólo ese hecho, que Klamm jamás hablará con él, que jamás dejará que aparezca en su presencia, basta, ¿por qué no podría sopor-tar en realidad la mirada de cualquiera?
El señor asintió con insistencia.
—Esa es también, naturalmente, mi opinión —dijo—, si me he expresado de un modo algo diferente ha sido para que el señor agrimensor me comprendiese. Cierto es, sin embargo, que Klamm, en cuanto salió, miró varias veces a su alrede-dor.
—Quizá me ha buscado —dijo K.
—Es posible —dijo el señor—, en eso no había caído.
Todos se rieron, Pepi, que apenas entendía de qué habla-ban, con más fuerza que los demás.
—Ahora que estamos todos reunidos y tan alegres —dijo entonces el señor—, le pediría al señor agrimensor que me ayudase a completar mis actas con algunos datos.
—Aquí se escribe mucho —dijo K, y miró desde la lejanía hacia el acta.
—Sí, una mala costumbre —dijo el señor, y volvió a reír-se—, pero quizá aún no sepa quién soy yo. Soy Momus , el secretario municipal de Klamm.
Después de estas palabras la seriedad volvió a la habita-ción; aunque la posadera y Pepi, naturalmente, conocían bien al señor, quedaron afectadas por la mención del nom-bre y de su cargo. E incluso el señor mismo, como si hubie-se dicho demasiado para su capacidad receptiva, y como si quisiera al menos huir de toda solemnidad adicional implícita en sus palabras, se concentró en sus expedientes y comen-zó a escribir de tal modo que en la habitación sólo se oía la pluma.
—¿Qué es eso de secretario municipal? —preguntó K después de un rato.
En vez de Momus, que ahora, después de haberse presentado, ya no consideraba adecuado proporcionar ese tipo de explicaciones, fue la posadera quien contestó:
—El señor Momus es el secretario de Klamm como cual-quier otro de los secretarios de Klamm, pero su residencia oficial y, si no me equivoco, sus competencias…
Momus sacudió vivamente la cabeza mientras escribía y la posadera mejoró sus palabras.
—Bueno, su residencia oficial, no sus competencias, que-da limitada al pueblo. El señor Momus se encarga de los es-critos de Klamm referentes al pueblo y es el primero que re-cibe todas las peticiones a Klamm procedentes del pueblo.
Cuando K, aún poco afectado por esas cosas, contempló a la posadera con la mirada vacía, añadió ella casi confusa:
Así está dispuesto, todos los señores del castillo tienen sus secretarios municipales.
Momus, que había escuchado con más atención que K, completó lo dicho por la posadera:
—La mayoría de los secretarios municipales sólo trabajan para un señor; yo, sin embargo, para dos, para Klamm y pa-ra Vallabene.
—Sí —dijo la posadera, recordándolo en ese momento, y se dirigió a K:
—El señor Momus trabaja para dos señores, para Klamm y para Vallabene, por tanto es doble secretario municipal.
—Incluso doble —dijo K asintiendo con la cabeza hacia Momus, como se asiente ante un niño del que se acaban de oír elogios. Mientras, el secretario municipal, inclinado hacia adelante, le miraba directamente.
Si en esas palabras había cierto desprecio, o no se notó o, por el contrario, se supuso. Precisamente ante K, que ni siquiera era lo suficientemente digno para ser visto por Klamm, aunque sólo fuera casualmente, se detallaban los méritos de un hombre perteneciente al estrecho círculo de Klamm con la intención sin disimulo de obligarle a mostrar reconocimiento y alabanzas. Y, sin embargo, K no se daba cuenta; él, que se esforzaba con todas sus energías por conseguir una mirada de Klamm, no valoraba lo suficiente el puesto de un Momus, que podía vivir ante Klamm; lejos estaban de él la admiración o incluso la envidia, pues no consideraba su proximidad lo más deseable, él, sólo él, con sus deseos y con los de nadie más, era quien tenía que acercarse a Klamm, y acercarse, no para descansar a su lado, sino para adelantarle en su camino hacia el castillo.
Y después de mirar la hora en su reloj, dijo:
—Ahora debo irme a casa.
En ese momento cambió de inmediato la situación a favor de Momus.
—Sí, es cierto —dijo éste—, los deberes del bedel de la escuela le llaman. Pero antes me tendrá que dedicar un mi-nuto. Se trata de unas preguntas cortas.
—No tengo ganas —dijo K, y quiso irse hacia la puerta.
Momus golpeó una de las actas contra la mesa y se levan-tó:
—En nombre de Klamm le conmino a responder mis pre-guntas.
—¿En nombre de Klamm? —repitió K—, ¿acaso le pre-ocupan mis asuntos?
—Sobre eso —dijo Momus— no puedo juzgar y usted mu-cho menos, dejémoslo a su discreción. Pero le exijo en el ejercicio del cargo que ocupo, concedido por Klamm, que permanezca y responda.
—Señor agrimensor —se injirió la posadera—, me guarda-ré mucho de seguir aconsejándole; con mis anteriores con-sejos, los más benevolentes que puede haber, he sido re-chazada por usted con la mayor grosería y he venido ha hablar con el secretario —no tengo nada que ocultar para in-formar a la administración de su conducta y de sus intencio-nes, así como para impedir en el futuro que usted sea aloja-do de nuevo en mi posada; así están las cosas entre noso-tros y ya no se puede cambiar nada, y si ahora digo mi opi-nión, no lo hago para ayudarle a usted, sino para facilitar en algo la difícil tarea del señor secretario consistente en tratar con un hombre como usted. No obstante, y debido a mi completa sinceridad—con usted no puedo hablar sino con sinceridad y aun así ocurre en contra de mi voluntad—, también usted puede sacar provecho de mis palabras, siempre que quiera. En este caso le advierto de que el único camino que conduce a Klamm pasa por las actas del señor secretario. Pero no quiero exagerar, quizá el camino no conduzca a Klamm, quizá se interrumpa antes de llegar a él, sobre eso decide el secretario según su arbitrio. En todo ca-so es el único camino que, al menos para usted, va en la di-rección de Klamm. ¿Y usted quiere renunciar a este único camino por ningún otro motivo que por obstinación?
—Ay, señora posadera —dijo K—, no es ni el único camino hacia Klamm ni posee más valor que los demás. Y usted, señor secretario, es quien decide sobre si lo que diré aquí llegará hasta Klamm o no.
—Cierto —dijo Momus, y miró orgulloso, con los ojos hun-didos, hacia la derecha y la izquierda, donde no había nada que mirar—. ¿Para qué sería en otro caso secretario?
—Ahora puede ver, señora posadera —dijo K—, que no necesito un camino para llegar a Klamm, sino uno para lle-gar al señor secretario.
—Ese camino se lo pretendía abrir yo —dijo la posadera—, ¿no le pedí esta mañana que me dejase canalizar su peti-ción a Klamm? Eso habría ocurrido a través del señor secre-tario. Usted, sin embargo, lo rechazó y ahora no le va a quedar otro remedio que este camino. Ciertamente, después de su actuación de hoy, de su intento de asaltar a Klamm, con menos perspectivas de éxito. Pero esta última y diminu-ta esperanza que desaparece, casi inexistente, es lo único que tiene.
—¿Cómo es posible, señora posadera —dijo K—, que en un principio haya intentado impedirme que llegase hasta Klamm y que ahora torne tan en serio mi solicitud y, en cier-to modo, me considere perdido después del fracaso de mis planes? Si al principio se me desaconsejó con toda sinceri-dad que intentase llegar a Klamm, ¿cómo es posible que ahora se me impulse hacia adelante, al parecer con la mis-ma sinceridad, en el camino hacia Klamm, por más que no conduzca hasta él?
—¿Le impulso hacia adelante? —preguntó la posadera—. ¿Acaso significa impulsarle hacia adelante decirle que sus intentos carecen de esperanza de éxito? Sería, verdadera-mente, lo máximo en osadía, si así quisiese descargar sobre mí una responsabilidad que le concierne a usted. ¿Es quizá la presencia del señor secretario lo que le motiva a ello? No, señor agrimensor, yo no le impulso a nada. Sólo puedo re-conocer una cosa, que yo, cuando le vi por primera vez, qui-zá le estimé demasiado. Su rápida victoria sobre Frieda me asustó, no sabía de lo que aún podría ser capaz, yo quería impedir males mayores y creí poder conseguirlo si le con-mocionaba con amenazas y súplicas. Mientras tanto he aprendido a pensar con más tranquilidad sobre todo. Puede hacer lo que quiera, sus actos podrán dejar, a lo mejor, afuera, en la nieve del patio, profundas huellas, pero nada más.
—Me parece que aún no ha logrado aclarar la contradic-ción —dijo K—, pero me doy por satisfecho habiéndole lla-mado la atención sobre ella. Ahora le pido, señor secretario, que me diga si la opinión de la señora posadera es acerta-da, me refiero a si el acta que quiere completar conmigo po-dría conducir como consecuencia a que pudiese aparecer ante Klamm. Si es así, estoy dispuesto a responder a todas las preguntas. A ese respecto, estoy dispuesto a todo.
—No —dijo Momus—, no existe esa vinculación. Aquí se trata sólo de redactar una correcta descripción de lo aconte-cido esta tarde para el registro municipal de Klamm. Esa descripción ya está terminada, sólo tiene que rellenar dos o tres espacios en blanco por cuestión de orden, no existe ninguna otra finalidad y tampoco se puede alcanzar.
K miró en silencio a la posadera.
—¿Por qué me mira? —preguntó la posadera—. ¿Acaso he dicho algo diferente? Así ocurre siempre, señor secreta-rio, así ocurre siempre. Falsea las informaciones que se le dan y luego afirma que ha recibido informaciones falsas. Le vengo diciendo desde el principio, hoy y siempre, que no tiene ninguna posibilidad de ser recibido por Klamm, si no hay ninguna posibilidad, tampoco la recibirá por esta acta. ¿Puede haber algo más claro? Además, le digo que esta ac-ta es la única conexión oficial que puede tener con Klamm, también eso es lo suficientemente claro y no da lugar a du-das. Como no me cree, sigue con la esperanza —no sé por qué ni para qué— de poder llegar hasta Klamm, entonces sólo se le puede ayudar, si se logra insertar en su proceso mental que la única conexión oficial que tiene con Klamm es esta acta. Eso es lo que me he limitado a decir, y quien afirme otra cosa diferente tergiversa maliciosamente mis pa-labras.
—Si es como dice, señora posadera, entonces le pido dis-culpas, entonces la he interpretado mal; yo creía, errónea-mente, como ha resultado ahora, que de sus palabras se podía deducir una ínfima esperanza para mí.
—Cierto —dijo la posadera—, ésa es mi opinión, usted vuelve a tergiversar mis palabras, aunque ahora en el senti-do contrario. Para usted, según mi opinión, existe una espe-ranza así y, además, se basa únicamente en esta acta, pero puede ser que asalte al señor secretario con la pregunta «¿podré ver a Klamm si respondo a las preguntas?» Cuan-do un niño pregunta así, uno se ríe, cuando lo hace un adul-to resulta una ofensa contra la administración, lo que el se-ñor secretario ha ocultado indulgentemente con la elegancia de su respuesta. La esperanza, sin embargo, a la que me refiero, consiste en que a través del acta posee una suerte de conexión, quizá una suerte de conexión con Klamm. ¿No es esa una esperanza suficiente? ¿Si le preguntaran sobre los méritos que le hacen digno de esa esperanza, podría mencionar algo? Cierto, no se puede decir nada más con-creto acerca de esa esperanza, y especialmente el señor secretario, en el ejercicio de sus funciones, jamás podrá dar-le la mínima indicación al respecto. Para él se trata, como ya le dijo, de una descripción de la tarde de hoy, por cuestión de orden, más no le dirá, ni siquiera si ahora mismo le pre-gunta respecto a mis palabras.
—¿Entonces, señor secretario —preguntó K—, leerá Klamm esa acta?
—No —dijo Momus—, ¿para qué? Klamm no puede leer todas las actas, en realidad no lee ninguna. «¡Dejadme en paz con vuestras actas!», suele gritarnos.
—Señor agrimensor—se quejó la posadera—, me agota con esas preguntas. ¿Acaso es necesario o siquiera desea-ble que Klamm lea esa acta y tome conciencia literal de las naderías de su vida? ¿No preferiría pedir humildemente que ocultasen ese expediente a Klamm, una petición, por lo de-más, tan irrazonable como la primera —quién puede ocultar algo a Klamm— algo que, sin embargo, revelaría en usted un carácter más simpático? ¿Y es necesario para eso que usted denomina su esperanza? ¿No ha declarado que que-daría satisfecho, si sólo tuviese la oportunidad de hablar de-lante de Klamm, aun en el caso de que él no le viera y ni si-quiera le escuchara? ¿Y no alcanza mediante este expe-diente al menos eso, aunque quizá mucho más?
—¿Mucho más? —preguntó K—. ¿De qué manera?
—Si no quisiera tenerlo siempre todo en forma comestible —dijo la posadera—, como si fuera un niño. ¿Quién puede dar respuesta a esas preguntas? El acta se guarda en el re-gistro municipal de Klamm, eso ya lo ha escuchado, mas no se puede decir con seguridad. ¿Conoce ya toda la impor-tancia de lo que redacta el señor secretario para el registro municipal? ¿Sabe lo que significa cuando el señor secretario le interroga? Tal vez, o es muy probable, ni siquiera lo sepa él mismo. Está aquí tranquilamente sentado y cumple con su deber, por cuestión de orden, como dijo. Pero piense que Klamm le ha nombrado, que trabaja en nombre de Klamm, que lo que hace, aunque nunca llegue hasta Klamm, cuenta desde un principio con la aprobación de Klamm. Y ¿cómo puede tener algo la aprobación de Klamm si no está inspira-do por su espíritu? Muy lejos está de mí la intención de adu-lar toscamente al señor secretario, él mismo tampoco lo to-leraría, pero no hablo de su personalidad independiente, si-no de lo que él es cuando cuenta con la aprobación de Klamm, como ahora mismo. Entonces es un instrumento en el cual se posa la mano de Klamm, y ay de aquel que no se someta a él .
K no temía las amenazas de la posadera, ya estaba can-sado de las esperanzas con las que intentaba hacerle caer en la trampa. Klamm estaba lejos, una vez la posadera había comparado a Klamm con un águila y eso le había parecido a K ridículo; ahora ya no, pensaba en su lejanía, en su inexpugnable morada, en su silencio continuo, quizá sólo interrumpido por gritos que K jamás había oído, en su mira-da penetrante que nunca se dejaba contrariar ni poner en evidencia, en sus círculos, indestructibles por la profundidad de K, que trazaba arriba según leyes incomprensibles, sólo visibles en algún instante, todo eso tenían en común Klamm y el águila. El acta no tenía nada que ver con todo eso, esa acta sobre la cual Momus despedazaba en ese momento una rosquilla con la que iba a acompañar la cerveza y con la que cubrió todos los papeles de sal y comino.
—Buenas noches —dijo K—, siento aversión contra todos los interrogatorios.
Y realmente se fue hacia la puerta.
—Pues se va —dijo Momus casi atemorizado a la posade-ra.
—No se atreverá —dijo ella.
Pero K no pudo oír nada más, ya se encontraba en el pasi-llo. Hacía frío y soplaba un fuerte viento. De la puerta de en-frente salió el posadero, parecía como si detrás de ella, por un agujero, hubiese vigila do el pasillo. Se sujetaba los fal-dones de la chaqueta, tan fuerte soplaba el viento en el pa-sillo.
—¿Ya se va, señor agrimensor? —dijo.
—¿Se asombra de ello? —preguntó K.
—Sí —dijo el posadero—. Entonces, ¿no le han interroga-do?
—No —dijo K—, no me dejo interrogar.
—¿Por qué? —preguntó el posadero.
—No sé por qué razón me debería dejar interrogar, por qué me tengo que someter a una broma o a un capricho admi-nistrativo. Tal vez lo hubiese hecho en otra ocasión para matar el tiempo, pero hoy no.
—Sí, claro —dijo el posadero, pero era una anuencia cor-tés, carente de convicción—. Tengo que dejar entrar al ser-vicio en la taberna —dijo después—, ya hace tiempo que ha pasado su hora. No quería importunar el interrogatorio.
—¿Lo consideraba tan importante? —preguntó K.
—Oh, sí —dijo el posadero.
—Entonces, ¿no tendría que haberme negado? —preguntó K.
—No —dijo el posadero—, no lo debería haber hecho.
Como K callaba, ya fuese para consolarle o para salir del paso con más rapidez, añadió:
—Bueno, bueno, no por eso se va a caer el cielo.
—No —dijo K—, por el tiempo que hace, no creo.
Y se separaron sonriendo.

Unless otherwise stated, the content of this page is licensed under Creative Commons Attribution-ShareAlike 3.0 License