IV

CONVERSACIÓN CON LA POSADERA

Le habría gustado hablar confidencialmente con Frieda, pero los ayudantes, con quienes, por lo demás, Frieda reía y bromeaba de vez en cuando, se lo impedían con su imperti-nente presencia. Desde luego no se podía decir que fuesen exigentes, se habían instalado en el suelo, sobre dos faldas viejas; su ambición, como le repitieron a Frieda, consistía en no molestar a K y en ocupar el mínimo espacio posible; a este respecto, si bien es cierto que sin dejar de susurrar y soltar risitas medio ahogadas, doblaban brazos y piernas, se acurrucaban el uno junto al otro y en la penumbra sólo se veía un gran ovillo. Sin embargo, se apreciaba muy bien que con la luz del día se convertían en observadores atentos, siempre mirando fijamente a K, ya fuese empleando sus manos como telescopios al igual que los niños en sus jue-gos y realizando otras cosas absurdas, o sólo parpadeando mientras parecían ocupados en el cuidado de sus barbas, a las que atribuían una gran importancia, comparándolas in-numerables veces en su longitud y densidad y dejando que Frieda las juzgase. K miraba frecuentemente desde su cama con completa indiferencia los manejos de los tres.
Cuando se sintió lo suficientemente fuerte para abandonar la cama, los tres se apresuraron a servirle. No obstante, aún no estaba tan fuerte como para poderse defender de su celo, notó que por ello se veía sometido a cierta dependencia que podía tener consecuencias perjudiciales, pero no tenía más remedio que dejarlo estar. Tampoco fue muy desagradable tomarse en una mesa bien puesta el buen café que Frieda había traído, calentarse al lado de la calefacción que Frieda había encendido, hacer que los ayudantes impulsados por su celo e ineptitud bajasen y subiesen las escaleras diez veces para traer agua, jabón, un peine y un espejo, y, una última vez, porque K había expresado el deseo en voz baja de querer un vasito de ron.
En medio de todo ese ordenar y servir, K, más como resul-tado de su bienestar que de la esperanza de éxito, dijo:
—Salid ahora los dos, por el momento no necesito nada y quiero hablar a solas con la señorita Frieda.
Y cuando no vio en sus rostros ninguna señal de resisten-cia, aún les dijo para resarcirlos:
—Luego nos iremos los tres a ver al alcalde, me podéis esperar abajo en la taberna.
Por extraño que parezca le obedecieron, sólo que antes de salir dijeron:
—También podríamos esperar aquí.
K respondió:
—Lo sé, pero no quiero.
A K le pareció enojoso, aunque también, en cierto sentido, favorable, que Frieda (quien, una vez que habían salido los ayudantes, se había sentado sobre las rodillas de K), le dije-se:
—¿Qué tienes, cariño, contra los ayudantes? Ante ellos no debemos tener ningún secreto. Son fieles.
—¡Ah!, conque fieles —dijo K—, me espían continuamente, su conducta es absurda y repugnante.
—Creo entenderte —dijo ella, se colgó de su cuello y quiso decir algo más pero no pudo seguir hablando y, como el sillón estaba cerca de la cama, oscilaron sobre ella y cayeron. Allí yacieron, pero no tan entregados como la noche anterior. Ella buscaba algo y él buscaba algo, furiosos, dibujándose extrañas muecas en sus rostros; buscaban horadando el pecho del otro con la cabeza, y sus abrazos y sus cuerpos violentamente entrelazados no les hacían olvidar, sino que les recordaban el deber de buscar; como perros desesperados que escarban en el suelo, así escarbaban en sus cuerpos e, irremediablemente decepcionados, para sacar algún resto más de felicidad, deslizaron sus lenguas por el rostro ajeno. Sólo el cansancio logró calmarlos y que se mostrasen mutuamente agradecidos. Entonces llegaron las criadas.
—Mira cómo están echados ahí —dijo una de ellas, y arro-jó un trapo sobre ellos por compasión.
Cuando más tarde K se liberó del trapo y miró a su alrede-dor, comprobó —no le asombró nada— que sus ayudantes volvían a estar en su esquina, amonestándose mutuamente con seriedad mientras señalaban a K con el dedo y le salu-daban, pero, además, la posadera estaba sentada al lado de la cama y remendaba un calcetín, una pequeña labor que no se compaginaba con su figura enorme que casi oscurecía la habitación.
—Estoy esperando desde hace tiempo —y alzó su rostro ancho y surcado de arrugas, aunque en general daba la ex-traña sensación de ser liso y quizá, en otro tiempo, hermo-so. Las palabras sonaron como un reproche, un reproche inconveniente, pues K no había solicitado que acudiese. Se limitó a constatar con la cabeza sus palabras y se incorporó. También Frieda se levantó, pero abandonó a K y se apoyó en el sillón donde estaba sentada la posadera.
—Señora posadera —dijo K distraído—, ¿no puede espe-rar eso que me quiere decir hasta que regrese de ver al al-calde? Tengo una importante entrevista con él.
—Esto es más importante, créame señor agrimensor —dijo la posadera—, allí se trata probablemente sólo de un trabajo, aquí de un ser humano, de Frieda, mi querida sirvienta.
—¡Ah, ya! —dijo K—, entonces no entiendo por qué no nos deja ese asunto a nosotros dos.
—Por amor e inquietud —dijo la posadera, y atrajo hacia sí la cabeza de Frieda, quien, de pie, sólo llegaba al hombro de la posadera sentada.
—Como Frieda tiene tanta confianza en usted —dijo K—, no puedo hacer otra cosa. Y como Frieda ha llamado hace poco fieles a mis ayudantes, estamos entre amigos. Así que le puedo decir, señora posadera, que considero lo mejor que Frieda y yo nos casemos y, además, lo más pronto posible. Por desgracia no podré compensar a Frieda de lo que ha perdido: el puesto en la posada de los señores y la amistad de Klamm.
Frieda levantó su rostro, sus ojos estaban llenos de lágri-mas, en ellos no había nada de un sentimiento de victoria.
—¿Por qué yo? ¿Por qué he sido yo la elegida?
—¿Cómo? —preguntaron K y la posadera a un mismo tiempo.
—Está confusa, pobre hija —dijo la posadera—, confusa por la coincidencia de tanta felicidad y desgracia.
Y como confirmación de esas palabras Frieda se precipitó sobre K, le besó con pasión, como si no hubiese nadie más en la habitación y cayó después de rodillas, llorando y abra-zándole. Mientras acariciaba el cabello de Frieda, K pregun-tó a la posadera:
—¿Me da usted la razón?
—Usted es un hombre de honor —dijo la posadera, también a ella se le notaba la emoción en la voz, parecía algo decaída y respiraba con dificultad; no obstante, aún encontró la fuerza para decir:
—Ahora habrá que pensar en algunas garantías que usted debe dar a Frieda, pues por muy grande que sea el respeto que le tengo, usted sigue siendo un forastero, no puede re-mitirse a nadie, su situación doméstica es aquí desconocida, así que las garantías son necesarias, eso lo comprenderá, señor agrimensor, usted mismo ha destacado lo que Frieda perderá al unirse a usted.
—Por supuesto, garantías, naturalmente —dijo K—, lo me-jor es que todo se haga ante un notario, pero quizá otros or-ganismos administrativos del condado también se inmiscu-yan. Por lo demás, antes de la boda tengo un asunto que resolver. Tengo que hablar con Klamm.
—Eso es imposible —dijo Frieda, levantándose un poco y apretándose contra K—. ¡Qué ocurrencia!
—Tiene que ser —dijo K—, si me resulta imposible a mí, tendrás tú que conseguirlo.
—No puedo, K, no puedo —dijo Frieda—, Klamm no habla-rá nunca contigo. ¿Cómo puedes creer que Klamm hablará contigo?
—¿Hablaría contigo? —preguntó K.
—Tampoco —dijo Frieda—, ni contigo ni conmigo, eso es imposible.
Se volvió hacia la posadera con los brazos extendidos.
—Vea, señora posadera, lo que reclama.
—Usted es una persona peculiar, señor agrimensor —dijo la posadera, y K quedó horrorizado al ver cómo estaba sen-tada, recta, con las piernas abiertas, las poderosas rodillas marcándose en la fina falda—. Usted pide algo imposible.
—¿Por qué es imposible? —preguntó K.
—Se lo explicaré —dijo la posadera en un tono como si esa aclaración no fuese un último favor sino ya la primera pena que imponía—, estaré encantada de explicárselo. Cier-to, yo no pertenezco al castillo, y soy sólo una mujer, y sólo una posadera, aquí, en una posada de última categoría —bueno, no es de última categoría, pero casi—, y así es posi-ble que no atribuya mucha importancia a mi aclaración, pero durante toda mi vida he mantenido los ojos bien abiertos y he conocido a mucha gente y yo sola he llevado todo el pe-so de la economía, pues mi esposo es un buen hombre, pe-ro no un posadero, y jamás comprenderá lo que significa asumir la responsabilidad. Usted, por ejemplo, debe a su negligencia —en aquella noche yo estaba completamente agotada que siga en el pueblo, que esté aquí sentado tan cómoda y pacíficamente en la cama.
—¿Cómo? —dijo K, despertando de su distracción, más excitado por la curiosidad que por el enojo.
—Sólo lo debe a su negligencia —exclamó una vez más la posadera señalando a K con el dedo índice.
Frieda intentó apaciguarla.
—¿Qué quieres tú? —dijo la posadera con un rápido giro de todo su cuerpo—, el señor agrimensor me ha preguntado y debo responderle. No hay otra forma de que comprenda lo que a nosotros nos resulta evidente: que el señor Klamm jamás hablará con él, pero qué digo, que jamás podrá hablar con él. Escúcheme, señor agrimensor, el señor Klamm es un señor del castillo, eso ya significa por sí mismo, al mar-gen de su otra posición, un rango muy elevado. Pero, ¿qué es usted, cuyo consentimiento para la boda buscamos tan humildemente? Usted no pertenece al castillo, no es del pueblo, usted es un don nadie. Por desgracia, sin embargo, usted es algo: un forastero, uno que siempre resulta super-fluo y siempre está en camino, uno por quien siempre se producen trastornos, por cuya causa hay que esconder a las criadas, cuyas intenciones son desconocidas, uno que ha seducido a nuestra pequeña y querida Frieda y al que hay que dársela, por desgracia, como esposa. A causa de todo esto no le hago en el fondo ningún reproche. Usted es lo que es; ya he visto mucho en mi vida como para no soportar ahora esta situación. Sin embargo, imagínese lo que está pidiendo. Un hombre como Klamm debe hablar con usted. Con dolor he oído que Frieda le ha dejado mirar por el agu-jero de la pared, ya cuando lo hizo había sido seducida por usted. Dígame, ¿cómo ha podido soportar la mirada de Klamm? No tiene por qué responder, lo sé, la ha soportado muy bien. Usted no es capaz de ver realmente a Klamm, esto no es envanecimiento por mi parte, pues yo tampoco soy capaz. Klamm debería hablar con usted, pero él ni siquiera habla con la gente del pueblo, nunca ha hablado con alguien del pueblo. La gran distinción de Frieda, que será mi orgullo hasta la muerte, consistía en que al menos solía pronunciar su nombre, en que ella podía dirigirle la palabra cuando quería y recibía el permiso para mirar por el agujero de la pared, pero él tampoco ha hablado con ella. Y que llamase a Frieda de vez en cuando, no debe tener el significado que a uno le gustaría atribuirle, él se limitaba a pronunciar el nombre de Frieda. Pero ¿quién conoce sus intenciones? Que Frieda, naturalmente, acudiese deprisa, era asunto suyo, y que la dejasen presentarse ante él sin oponerse, se debía a la bondad de Klamm, pero no se puede afirmar que la hubiese llamado. Ahora es cierto que todo eso se ha acabado para siempre. Tal vez Klamm vuelva a pronunciar el nombre de Frieda, es posible, pero ya no la dejarán entrar, a ella, a una muchacha que es su prometida. Y hay una cosa, una sola cosa que no comprendo con mi pobre cabeza, que una joven, de la que se decía era la amante de Klamm —dicho sea de paso, considero esta expresión algo exagerada— se dejase rozar por usted.
—Cierto, eso es extraño —dijo K, y colocó a Frieda, que se sometió con la cabeza inclinada, sobre sus rodillas—, eso demuestra, según creo, que no toda la situación es como usted la describe. Así, por ejemplo, usted tiene razón cuan-do dice que yo ante Klamm soy un don nadie, y si ahora exi-jo hablar con Klamm y no me dejo influir por sus explicacio-nes, con eso aún no se ha dicho que sea capaz de soportar la mirada de Klamm sin la puerta interpuesta y que no corre-ré en cuanto esté en su presencia. Pero ese temor, aunque fundado, para mí no supone un motivo para no aventurarme a afrontarlo. Si me resulta posible soportarlo, entonces es necesario que hable conmigo, me basta si puedo comprobar la impresión que le hacen mis palabras y si no le hacen nin-guna o ni siquiera las escucha, habré sacado el beneficio de haber hablado libremente ante un poderoso. Usted, sin em-bargo, señora posadera, con todos sus conocimientos humanos y de la vida, y Frieda, que aún ayer era la amante de Klamm —no veo ningún motivo para cambiar de térmi-no—, me podrían facilitar la entrevista con Klamm, si no es posible de otra manera, entonces en la posada de los seño-res, quizá aún siga hoy allí.
—Es imposible —dijo la posadera—, y ya veo que le falta la capacidad de comprenderlo. Pero díganos, ¿de qué quie-re hablar con Klamm?
—Sobre Frieda naturalmente —dijo K.
—¿Sobre Frieda? —dijo la posadera con incomprensión y se volvió hacia Frieda—. ¿Has oído, Frieda? Sobre ti quiere hablar con Klamm, ¡con Klamm!
—¡Ay! —dijo K—, usted es, señora posadera, una mujer tan lista y respetable y, sin embargo, la asusta cualquier pe-queñez. Así es, quiero hablar con él de Frieda, eso no es tan terrible, sino más bien evidente. Pues se equivoca con toda seguridad si cree que Frieda, desde el instante en el que yo aparecí, se ha convertido en algo insignificante para Klamm. Le menosprecia si es eso lo que cree. Pienso que resulta presuntuoso por mi parte querer instruirla a este res-pecto, pero lo tengo que hacer. Por mi causa no ha podido alterarse nada en la relación de Klamm con Frieda. O no existía ninguna relación esencial —eso es lo que dicen aquellos que no le quieren dar el nombre honorífico de amante a Frieda—, por lo que hoy tampoco existiría, o sí existía, entonces ¿cómo podría perturbarla una persona como yo, quien, como ha dicho certeramente, es un don na-die a los ojos de Klamm? Esas cosas se creen en el primer instante del susto, pero la más pequeña reflexión debe po-nerlas en su sitio. Por lo demás, dejemos que Frieda expre-se su opinión sobre el asunto.
Con una mirada perdida en la lejanía, la mejilla apoyada en el pecho de K, Frieda dijo:
—Es como madre dice: Klamm no quiere saber nada más de mí. Pero, ciertamente, no porque llegaras tú, querido, nada parecido podría haberle conmocionado. Creo que fue obra suya que nos encontrásemos bajo el mostrador, esa hora fue bendecida y no maldita.
—Si es así —dijo K lentamente, pues las palabras de Frieda habían sido dulces y él había cerrado los ojos unos segundos para dejarse invadir por esas palabras—, si es así, aún hay menos motivos para temer una entrevista con Klamm.
—Verdaderamente —dijo la posadera mirándolo desde arriba—, me recuerda a veces a mi esposo, usted es tan obstinado e ingenuo como él. Lleva dos días en el pueblo y ya cree saberlo todo mejor que sus habitantes, mejor que yo, una mujer ya mayor, y que Frieda, que tanto ha visto y oído en la posada de los señores. No niego que alguna vez sea posible lograr algo contra los reglamentos o contra la costumbre, por mi parte no he visto algo parecido, pero se-gún dicen hay ejemplos de ello, puede ser, pero entonces con toda certeza no ocurre de la manera en que usted pre-tende hacerlo: diciendo continuamente que no, guiándose sólo por su propia tozudez y pasando por alto los consejos bienintencionados. ¿Acaso cree que usted es el objeto de mi inquietud? ¿Me he ocupado de usted mientras estaba so-lo? ¿A pesar de que hubiese sido conveniente y se hubiese podido evitar algo? Lo único que le dije entonces a mi espo-so fue: «Mantente alejado de él». Estas palabras deberían haber mantenido su validez también para mí en el día de hoy, si el destino de Frieda no estuviese involucrado. A ella le debe —le guste o no— mi atención, sí, incluso mi consi-deración. Y no puede simplemente rechazarme ya que us-ted es responsable ante mí, la única que cuida a la pequeña Frieda con atención maternal. Es posible que Frieda tenga razón y que todo lo que ha ocurrido haya sido la voluntad de Klamm, pero de Klamm no sé nada, jamás hablaré con él, para mí es completamente inalcanzable. Usted, sin embar-go, se sienta aquí, tiene en sus manos a mi Frieda y —por qué debería callarlo— también está en mis manos. Sí, en mis manos, pues intente si no, joven, si le echo de casa, buscar un alojamiento en el pueblo, aunque sea en una ca-seta de perro.
—Gracias —dijo K—, ésas son palabras sinceras y las creo. Tan insegura es entonces mi posición y, por tanto, la de Frieda.
—¡No! —gritó la posadera furiosa—. La posición de Frieda no tiene a ese respecto nada que ver con la suya. Frieda pertenece a mi casa y nadie tiene el derecho de llamar inse-gura su posición aquí.
—Bueno, bueno —dijo K—, también le doy la razón en eso, especialmente porque Frieda, por motivos desconoci-dos, parece tenerle demasiado miedo para injerirse. Siga-mos tratando provisionalmente sólo mi caso. Mi posición es extremadamente insegura, eso no lo niega, sino que más bien se esfuerza en demostrarlo. Como ocurre con todo lo que dice, esto es en su mayor parte cierto, pero no del todo. Así, sé de un buen alojamiento que estaría dispuesto para mí.
—¿Dónde? ¿Dónde? —exclamaron Frieda y la posadera tan simultáneamente y con tanta codicia como si tuviesen los mismos motivos para sus preguntas.
—En casa de Barnabás —dijo K.
—¡Esas granujas! —exclamó la posadera—. ¡Esas taima-das granujas! ¡En casa de Barnabás! ¿Lo habéis oído? —y se volvió hacia la esquina donde se encontraban los ayu-dantes, pero éstos ya hacía tiempo que se habían levantado y estaban detrás de la posadera cogidos del brazo; ella, ahora, como si necesitase un apoyo, cogió la mano de uno de ellos—. ¿Habéis oído dónde las corre el señor? ¡En la familia de Barnabás! Es cierto, ahí recibirá un alojamiento, ¡ay!, habría sido mejor que lo hubiese conseguido allí y no en la posada de los señores. Y ¿dónde pasasteis vosotros la noche?
—Señora posadera—dijo K antes de que respondiesen los ayudantes—, se trata de mis ayudantes, pero así los trata como si fueran sus ayudantes y mis vigilantes. En cualquier otra cosa estoy dispuesto, al menos, a discutir cortésmente sobre sus opiniones, pero no respecto a mis ayudantes, pues aquí el asunto está claro. Por esto le pido que no hable con mis ayudantes, y si mi solicitud no bastase les prohibo a mis ayudantes que la contesten.
—Así que no puedo hablar con vosotros —dijo la posade-ra, y los tres se rieron, la posadera, sin embargo, de forma burlona y con más suavidad de la que K había esperado; los ayudantes en su forma acostumbrada, significándolo todo y nada, rechazando cualquier responsabilidad.
—No te enojes —dijo Frieda—, tienes que comprender co-rrectamente nuestra excitación. Si se quiere, en realidad de-bemos nuestro encuentro a Barnabás. Cuando te vi por pri-mera vez en el mostrador —entraste del brazo de Olga— ya sabía algo sobre ti, pero en general me eras por completo indiferente. Pero no sólo tú me eras indiferente, casi todo, casi todo me era indiferente. Estaba insatisfecha con mu-chas cosas y algo me producía enojo, pero ¿qué clase de insatisfacción y de enojo? Por ejemplo, uno de los huéspe-des me molestó en el mostrador—siempre estaban detrás de mí, ya viste a aquellos tipos, pero venían más enojosos, el servicio de Klamm no era de lo peor—, así pues, uno de ellos me molestó, ¿qué significaba eso para mí? Para mí era como si hubiese ocurrido hace muchos años o como si no me hubiese ocurrido a mí o como si hubiese escuchado có-mo lo contaban o como si ya lo hubiese olvidado. Pero no lo puedo describir, ni siquiera me lo puedo imaginar más, tanto han cambiado las cosas desde que he abandonado a Klamm.
Y Frieda interrumpió su relato, inclinó con tristeza la cabe-za y mantuvo las manos dobladas sobre el regazo.
—Ve usted —exclamó la posadera, y lo hizo como si no hablase ella misma sino que prestase su voz a Frieda, luego se acercó más y se sentó al lado de ella—, se da cuenta ahora, señor agrimensor, de cuáles han sido las consecuen-cias de su comportamiento; y también sus ayudantes, con los que no puedo hablar, pueden aprender de esta situación. Usted ha arrancado a Frieda del estado de máxima felicidad que se le podía dar y le ha sido posible porque Frieda, con su exagerada e infantil compasión, no pudo soportar que en-trase colgado del brazo de Olga y que pareciese entregado a la familia de Barnabás. Le ha salvado y al hacerlo se ha sacrificado. Y ahora que ya ha ocurrido y que Frieda ha cambiado todo lo que tenía por la felicidad de sentarse so-bre sus rodillas, ahora viene usted y presenta como su gran triunfo que una vez tuvo la posibilidad de poder pernoctar en la casa de Barnabás. Con eso quiere demostrar que usted es independiente de mí. Cierto, si realmente hubiese per-noctado en casa de Barnabás, sería tan independiente de mí que tendría que abandonar mi casa al instante y de la forma más rápida.
—No conozco los pecados de la familia de Barnabás —dijo K mientras Frieda, que estaba como inánime, se incorporaba cuidadosamente, se sentaba en la cama y terminaba por levantarse—. Quizá tenga usted razón en lo que dice, pero con certeza tenía yo razón cuando le pedí que nos dejase a Frieda y a mí resolver nuestros propios asuntos. Usted mencionó algo de amor y preocupación, de ello no he vuelto a notar nada, sí, sin embargo, de odio, escarnio y expulsión de la casa. Si se le había ocurrido apartar a Frieda de mí o a mí de Frieda, lo ha intentado con gran habilidad, pero me parece que no lo logrará y, si lo lograse —permítame por una vez pronunciar una oscura amenaza—, lo lamentará amargamente. En lo que se refiere al alojamiento que me ha brindado —con esas palabras parece referirse a este repugnante agujero— no resulta del todo seguro que lo haya puesto a mi disposición por propia voluntad, más bien me parece que existe una instrucción al respecto de la administración condal. Comunicaré allí que me han desahuciado de la posada y si me conceden otro alojamiento entonces podrá ya respirar con libertad, y yo con mayor profundidad. Y ahora me voy a ver al alcalde con motivo de éste y de otros asuntos. Ocúpese al menos, por favor, de Frieda, a quien ya ha maltratado lo suficiente con sus sermones maternales.
A continuación, se volvió hacia sus ayudantes.
—Venid —dijo, quitó la carta del clavo y se dispuso a salir.
La posadera había permanecido en silencio, pero en cuan-to K Puso la mano en el picaporte, dijo:
—Señor agrimensor, aún me queda algo por decirle antes de que se ponga en camino, pues diga lo que quiera y me insulte como me insulte, a mí, a una mujer ya anciana, sigue siendo el futuro esposo de Frieda. Sólo por eso le digo que ignora por completo la situación que se le presenta aquí; a una le zumba la cabeza cuando le oye y cuando compara lo que dice y piensa con la realidad. No se puede arreglar esa ignorancia de una vez y quizá no se pueda nunca, pero hay muchas cosas que pueden mejorar si me cree aunque sólo sea un poco y mantiene presente el hecho de esa ignoran-cia. Entonces, por ejemplo, se volverá en seguida más justo conmigo y comenzará a sospechar la magnitud del susto que he sufrido —cuyos efectos aún padezco— cuando me he dado cuenta de que mi querida pequeña ha abandonado, en cierta manera, al águila, para unirse a la culebra ciega, aunque la relación real sea mucho peor y tenga que intentar olvidarla continuamente, sino no podría hablar con usted una palabra con tranquilidad. Pero ahora se ha enfadado otra vez. No, no se vaya todavía, escuche aún esto, por fa-vor: adonde quiera que vaya sepa que sigue siendo el más ignorante y tenga cuidado, aquí en nuestra casa, donde la presencia de Frieda le protege de daños, puede decir lo que quiera, aquí nos puede mostrar, por ejemplo, cómo pretende hablar con Klamm, pero, por favor, por favor se lo pido, no se atreva a decir esas cosas en la realidad.
Se levantó algo tambaleante por la excitación, se acercó a K, tomó su mano y le miró con gesto suplicante.
—Señora posadera —dijo K—, no comprendo por qué se humilla para suplicarme una cosa así. Si, como usted dice, resulta imposible hablar con Klamm, entonces no lo podré lograr, me lo supliquen o no. Pero si fuese posible, ¿por qué tendría que renunciar a hacerlo, especialmente cuando con la refutación de su principal reproche el resto de sus temo-res resultan cuestionables? Es cierto, soy ignorante; sin em-bargo, la verdad prevalece, y eso es muy triste para mí, pero también tiene la ventaja de que el ignorante osa más, así que prefiero portar conmigo aún un poco más la ignorancia y sus malas consecuencias, al menos mientras alcancen mis fuerzas. Esas consecuencias, en lo esencial, sólo me afec-tan a mí, y por eso ante todo no comprendo por qué me su-plica. Usted siempre cuidará de Frieda y, si desaparezco completamente de su círculo, eso significará, según su opi-nión, una suerte para ella. ¿Qué teme entonces? ¿Acaso teme que al ignorante le parece todo posible? —aquí K abrió la puerta—. ¿No temerá acaso por Klamm?
La posadera miró en silencio cómo salía y bajaba deprisa las escaleras con sus ayudantes detrás.

Unless otherwise stated, the content of this page is licensed under Creative Commons Attribution-ShareAlike 3.0 License