III

FRIEDA

Donde se servían las bebidas, en una habitación grande, vacía en el centro, se sentaban cerca de la pared, al lado de barriles y sobre ellos, algunos campesinos, que, sin embar-go, presentaban un aspecto diferente a los de la posada de K. Eran más limpios y uniformes, vestidos con un paño bas-to de color amarillo grisáceo, las chaquetas eran holgadas, los pantalones ceñidos. Eran hombres pequeños, a primera vista muy parecidos, con rostros angulosos y planos, pero al mismo tiempo de mejillas redondeadas. Todos parecían tranquilos y apenas se movían, sólo con la mirada perseguí-an a los que habían entrado, pero lentamente y con actitud indiferente. Sin embargo, como eran tantos y reinaba tanto silencio, ejercieron en K cierto efecto. Volvió a tomar el bra-zo de Olga para así aclarar a aquellos hombres su presen-cia. En una esquina se levantó un hombre, un conocido de Olga, y quiso aproximarse a ella, pero K la obligó a volverse en otra dirección con el brazo con el que se apoyaba. Nadie salvo Olga lo pudo notar; ella lo toleró con una sonriente mi-rada de soslayo.
Una jovencita de nombre Frieda les sirvió la cerveza. Una pequeña, rubia e insignificante muchacha, con rasgos tristes y mejillas hundidas, que, sin embargo, sorprendía por su mi-rada, una mirada de especial superioridad. Cuando esa mi-rada recayó en K, le pareció como si esos ojos hubiesen so-lucionado ya asuntos que le concernían y cuya existencia ni siquiera conocía, pero de cuya existencia esa mirada le convenció. K no dejó de mirar de reojo a Frieda, tampoco cuando habló con Olga. No parecían ser amigas, sólo inter-cambiaron algunas palabras indiferentes. K quiso contribuir algo a la conversación y preguntó cuando menos se espe-raba:
—¿Conoce al señor Klamm?
Olga se rió.
—¿Por qué te ríes? —preguntó K enojado.
—Pero si no me río —dijo, y siguió riéndose.
—Olga es aún una joven muy infantil —dijo K, y se inclinó sobre el mostrador para atraer una vez más la mirada fija de Frieda.
Sin embargo, ella la mantuvo baja y dijo en voz baja:
—¿Quiere ver al señor Klamm?
K se lo pidió. Ella señaló hacia una puerta situada a la iz-quierda, cerca de donde se encontraban.
Allí hay un pequeño agujero, puede mirar a través de él.
—¿Y esta gente? —preguntó K.
Ella levantó el labio inferior y se llevó a K hacia la puerta con una mano increíblemente suave. A través del agujero, que se había realizado ostensiblemente con objeto de ob-servar, pudo abarcar casi toda la habitación. A un escritorio en el centro de la habitación, en un redondo y cómodo sillón, estaba sentado el señor Klamm iluminado intensamente por una bombilla que colgaba ante él. Era un hombre de media-na estatura, gordo y torpe. El rostro aún estaba terso, pero las mejillas caían un poco por efecto de la edad. Lucía un largo bigote. Unos quevedos torcidos que reflejaban la luz ocultaban sus ojos. Si el señor Klamm hubiese estado sen-tado completamente frente a la mesa, K sólo habría podido ver su perfil, pero como había adoptado una posición obli-cua, le podía ver toda la cara. Klamm apoyaba el codo iz-quierdo en la mesa; la mano derecha, que sostenía un ciga-rro, descansaba sobre la rodilla. Sobre la mesa había una jarra de cerveza; como el borde de la mesa estaba elevado, K no pudo ver bien si allí había documentos, a él le parecía que estaba vacía. Para mayor seguridad le pidió a Frieda que mirase por el agujero y que le informase. Como ella ha-bía estado hacía poco en la habitación, pudo confirmarle sin más que no había ningún escrito. K le preguntó a Frieda si ya tenía que irse, pero ella le dijo que podía seguir mirando todo el tiempo que quisiese. K se había quedado solo con Frieda. Olga, como comprobó fugazmente, había encontra-do el camino hacia su conocido, estaba sentada sobre un barril y pataleaba.
—Frieda —dijo K con un susurro—, ¿conoce bien al señor Klamm?
—Ah, sí, muy bien —dijo.
Se inclinó hacia K y arregló con actitud juguetona su blusa color crema que, como ahora comprobaba K, era ligeramen-te escotada y colgaba de su pobre cuerpo como algo ajeno. Entonces ella dijo:
—¿No se acuerda de la risa de Olga?
—Sí, la muy malcriada —dijo K.
—Bien —dijo ella reconciliadora—, había motivos para re-írse, usted preguntó si yo conocía a Klamm, y soy… —aquí se enderezó involuntariamente y volvió a dirigir su mirada victoriosa hacia K, aunque no guardase ninguna relación con lo que se estaba hablando—, soy su amante.
—La amante de Klamm —dijo K.
Ella asintió con la cabeza.
—Entonces usted es para mí —dijo K sonriendo para que no hubiese demasiada seriedad entre ellos— una persona muy respetable.
—No sólo para usted —dijo Frieda amigablemente, pero sin imitar su sonrisa.
K tenía un remedio contra su altanería y lo empleó, al pre-guntarle:
—¿Ha estado alguna vez en el castillo?
Pero no resultó, porque ella respondió:
—No, pero ¿acaso no es suficiente con estar aquí en el despacho de bebidas?
Era evidente que su orgullo se había desbordado y preci-samente quería cebarse en K.
—Cierto —dijo K—, aquí, en la taberna, usted desempeña las funciones del posadero.
—Así es —dijo ella—, y comencé como criada en la posa-da del puente.
—Con esas manos tan suaves —dijo K con un tono medio interrogativo y no supo si se limitaba a lisonjear o realmente había sido obligado por ella a hacerlo. Sus manos, sin em-bargo, eran realmente pequeñas y suaves, aunque también podría haberse dicho que eran delgadas e indiferentes.
—Nadie se ha fijado nunca en ellas —dijo ella—, ni siquie-ra ahora…
K la miró con actitud interrogadora, ella sacudió la cabeza y no quiso seguir hablando.
—Usted tiene, naturalmente —dijo K—, sus secretos y no hablará de ellos con alguien a quien sólo conoce desde hace una hora y que aún no ha tenido la oportunidad de contarle cuál es su situación.
Ésa fue, como se demostró en seguida, una indicación in-adecuada, era como si hubiese despertado a Frieda de una agradable ensoñación, ella sacó de su cartera de piel, que colgaba de su cinturón, un trozo de madera y tapó con él el agujero en la pared, a continuación, y para ocultar su cam-bio de humor, le dijo visiblemente forzada:
—En lo que a usted concierne, lo sé todo, usted es el agrimensor.
Después de una pausa añadió:
Ahora tengo que trabajar.
Y ocupó su puesto detrás del mostrador, mientras entre la gente se levantaba de vez en cuando alguno para que ella le llenase la jarra vacía. K quería volver a hablar con ella de forma discreta, así que tomó una jarra vacía de un estante y se aproximó a ella.
—Sólo una cosa más, señorita Frieda —dijo—. Resulta ex-traordinario, y se necesita una gran energía para ascender de criada a camarera, pero ¿se puede decir que una perso-na así ha alcanzado ya su meta? Ésta es una pregunta ab-surda. En sus ojos, y no se ría de mí, señorita Frieda, no habla tanto la lucha pasada como la futura. Pero las resis-tencias del mundo son grandes, se tornan más grandes cuanto más grandes son los objetivos, y no supone ninguna vergüenza asegurarse la ayuda de un hombre sin influencia pero igual de combativo. Tal vez podamos hablar con tran-quilidad, no aquí, donde se fijan en nosotros tantas miradas.
—No sé qué pretende usted —dijo, y en el tono esta vez, contra su voluntad, no parecían reflejarse las victorias de su vida, sino las infinitas decepciones—. ¿Acaso desea sepa-rarme de Klamm?
—¡Cielo santo! Me ha leído el pensamiento —dijo K can-sado de tanto recelo—. Precisamente ésa era mi intención secreta. Usted debería abandonar a Klamm y ser mi aman-te. Y ahora ya me puedo ir. ¡Olga! —exclamó K—. Nos va-mos a casa.
Obediente, Olga descendió del barril, pero no pudo des-embarazarse en seguida de los amigos que la rodeaban. Entonces dijo Frieda en voz baja, mirando a K con un aire amenazador:
—¿Cuándo puedo hablar con usted?
—¿Puedo pernoctar aquí? —preguntó K.
—Sí —dijo Frieda.
—¿Puedo permanecer aquí?
—Salga con Olga para que me deshaga de la gente. Des-pués de un rato puede volver.
—Bien —dijo K, y esperó impaciente a Olga.
Pero los campesinos no la dejaban, habían inventado un baile cuya protagonista era Olga; danzaban a su alrededor en corro y al lanzar un grito común salía uno del corro, afe-rraba la cadera de Olga con una mano y la remolineaba; el corro giraba cada vez más deprisa, los gritos, como resue-llos hambrientos, se tornaron paulatinamente en uno solo; Olga, que al principio había querido romper el corro sonrien-te, se tambaleaba de mano en mano con el pelo suelto.
—Ésa es la gentuza que me envían —dijo Frieda, y se mordió con ira sus finos labios.
—¿Quiénes son? —preguntó K.
—Los criados de Klamm —dijo Frieda—; una y otra vez los trae consigo y su presencia me trastorna. Apenas sé de qué he hablado hoy con usted, señor agrimensor, si fue de algo malo, perdóneme, la presencia de esa gente es la culpable: es lo más despreciable y repugnante que conozco y a ellos les tengo que servir cerveza. Cuántas veces le he tenido que pedir a Klamm que los envíe a casa; si tengo que sopor-tar a los criados de otros señores, al menos podría tener consideración conmigo, pero todo ha sido en vano, una hora antes de su llegada se abalanzan como el ganado en el es-tablo. Pero ahora deben irse realmente al establo, que es el sitio al que pertenecen. Si usted no estuviese aquí, abriría violentamente la puerta y el mismo Klamm tendría que sa-carlos de esta habitación.
—Pero, ¿no los oye? —preguntó K.
—No —dijo Frieda—, duerme.
—¿Cómo? —exclamó K—. ¿Duerme? Cuando miré en la habitación aún estaba despierto y sentado a la mesa.
—Así se sienta siempre —dijo Frieda—, también cuando usted le vio estaba durmiendo. ¿Le hubiera dejado mirar en otro caso? Ésa era su posición para dormir, los señores duermen mucho, apenas se puede comprender. Por lo de-más, si no durmiese tanto, ¿cómo podría soportar a esa gente? Pero ahora tendré que expulsarlos de aquí yo mis-ma. Cogió un látigo de una esquina y se acercó con un úni-co salto, elevado y algo inseguro, a los danzantes. Primero se volvieron hacia ella como si fuese una nueva danzarina y, efectivamente, en un primer instante pareció como si Frieda quisiese dejar caer el látigo, pero lo volvió a alzar.
—¡En el nombre de Klamm —gritó—, al establo, todos al establo!
Entonces comprobaron que iba en serio; con un miedo in-comprensible para K comenzaron a aglomerarse en la parte trasera, con el golpe del primero se abrió una puerta, el aire nocturno penetró en la habitación, y todos desaparecieron con Frieda, que al parecer los llevó por el patio hasta el es-tablo. Pero en el silencio repentino que invadió la sala, K oyó pasos en el pasillo. Para protegerse saltó detrás del mostrador, era el único lugar donde podía esconderse; aun-que no le estaba prohibido permanecer en esa zona, quería pernoctar allí, así que debía evitar que le vieran. Cuando la puerta se abrió, se deslizó en el interior. Que le descubrie-sen allí no dejaba de ser peligroso, en todo caso la excusa de que se había escondido allí de la furia de los campesinos no era inverosímil. Era el posadero.
—¡Frieda! —gritó, y se paseó varias veces por la habita-ción. Afortunadamente, Frieda regresó pronto y no mencio-nó a K, sólo se quejó de los campesinos y se dirigió al mos-trador con la intención de encontrar a K, allí pudo K rozar su pie y a partir de ese momento se sintió seguro. Como Frieda no mencionó a K, al cabo tuvo que hacerlo el posadero.
—Y ¿dónde está el agrimensor? —preguntó.
Era un hombre cortés y bien educado por el trato duradero y relativamente libre con personas muy superiores a él, pero con Frieda hablaba empleando un tono especialmente res-petuoso, que llamaba la atención porque, a pesar de ello, en la conversación no dejaba de ser el empleador frente a su empleada, además frente a una empleada bastante audaz.
—He olvidado por completo al agrimensor —dijo Frieda, y puso su pequeño pie en el pecho de K—. Se ha debido de ir hace tiempo.
—Pero yo no le he visto —dijo el posadero— y he estado casi todo el tiempo en el pasillo.
Aquí no está —dijo Frieda con indiferencia.
—A lo mejor se ha escondido —dijo el posadero—, des-pués de la impresión que me ha dejado, le considero capaz de eso y de otras cosas.
—No creo que tenga esa osadía —dijo Frieda, y presionó aún más su pie contra K.
Había algo alegre y libre en su ser que K no había adverti-do antes y ese rasgo se apoderó increíblemente de ella cuando de repente, y riéndose, dijo:
—A lo mejor está escondido aquí debajo —se agachó hacia K y lo besó fugazmente para levantarse al instante y decir con un tono triste:
—No, no está aquí.
Pero también el posadero dio motivo de sorpresa cuando dijo:
—Para mí es muy desagradable no poder decir con segu-ridad que se ha ido. No sólo se trata del señor Klamm, sino del reglamento. Pero el reglamento, señorita Frieda, me afecta a mí tanto como a usted. Usted se hace responsable de esta sala, yo mismo registraré el resto de la casa. ¡Bue-nas noches! ¡Que duerma bien!
Aún no había salido de la habitación, cuando Frieda apagó la luz y ya estaba al lado de K debajo del mostrador.
—¡Amado mío! ¡Mi dulce amado! —susurró, pero ni siquie-ra rozó a K, como inconsciente de amor yacía sobre la es-palda con los brazos extendidos; el tiempo era infinito para su amor afortunado y suspiró, más que cantó, una canción. Luego se sobresaltó, pues K estaba sumido en sus pensa-mientos, y comenzó a arrastrarse hacia él como si fuera una niña:
—Ven, aquí se asfixia uno.
Se abrazaron, el pequeño cuerpo ardía en las manos de K, rodaron sumidos en una inconsciencia de la que K intentó en vano liberarse; unos metros más allá chocaron con la puerta de Klamm provocan do un ruido sordo y allí yacieron sobre un charco de cerveza y rodeados de otra basura de la que el suelo estaba cubierto. Allí transcurrieron horas, horas de un aliento común, de latidos comunes, horas en las que K tuvo la sensación de perderse o de que estaba tan lejos en alguna tierra extraña como ningún otro hombre antes que él, una tierra en la que el aire no tenía nada del aire natal, en la que uno podía asfixiarse de nostalgia y ante cuyas disparatadas tentaciones no se podía hacer otra cosa que continuar, seguir perdiéndose. Y para él, al menos en un principio, no supuso ningún susto, sino un consolador ama-necer, cuando alguien llamó a Frieda desde la habitación de Klamm con una voz profunda, entre indiferente y autoritaria.
—Frieda —dijo K en el oído de Frieda y transmitió la lla-mada.
Con una obediencia innata Frieda quiso levantarse de un salto, pero entonces se acordó de dónde estaba, se estiró, rió en silencio y dijo:
—No, no iré, nunca más iré con él.
K quiso contradecirla, quiso impulsarla a que fuese con Klamm, comenzó a buscar con ella los restos de su blusa, pero no pudo decir nada, estaba demasiado feliz de tener a Frieda en sus brazos, demasiado feliz y a un mismo tiempo asustado, pues le parecía que si Frieda le abandonaba, le abandonaba todo lo que tenía. Y como si Frieda se hubiese fortalecido con la aquiescencia de K, golpeó con su puño en la puerta y gritó:
—¡Estoy con el agrimensor! ¡Estoy con el agrimensor!
Entonces Klamm se calló. Pero K se levantó, se arrodilló junto a Frieda y miró a su alrededor en la penumbra del amanecer.
¿Qué había ocurrido? ¿Dónde estaban sus esperanzas? ¿Qué podía esperar de Frieda que había traicionado todo? En vez de avanzar con la mayor precaución como corres-pondía a la magnitud del enemigo y del objetivo, se había solazado allí durante toda la noche sobre restos de cerveza, cuyo olor llegaba a aturdir.
—¿Qué has hecho? —dijo ante sí—. Estamos perdidos.
—No —dijo Frieda—, sólo yo estoy perdida, pero te he ga-nado a ti. Tranquilízate, pero escucha cómo se ríen los dos.
—¿Quién? —preguntó K, y se volvió.
En el mostrador estaban sentados sus dos ayudantes, un poco somnolientos, pero alegres: era la alegría que da el fiel cumplimiento del deber.
—¿Qué queréis aquí? —gritó K como si fuesen culpables de todo, y buscó a su alrededor el látigo que Frieda había tenido por la noche.
—Teníamos que buscarte —dijeron los ayudantes—, como no regresaste con nosotros a la posada, te buscamos en casa de Barnabás y finalmente te encontramos aquí: hemos estado aquí sentados toda la noche. El trabajo no es fácil.
—Os necesito durante el día, no por la noche —dijo K—. ¡Largaos de aquí!
—Ya es de día —dijeron, y no se movieron.
Realmente era de día, las puertas del patio se abrieron, los campesinos inundaron la sala con Olga, a la que K había ol-vidado por completo. Olga estaba animada como por la no-che, por más que su pelo y su vestido estuviesen desorde-nados; sus ojos buscaron a K desde que apareció en la puerta.
—¿Por que no viniste a casa conmigo? —dijo ella casi llo-rando—. ¡Por una criada como ésa! —y repitió esa excla-mación varias veces.
Frieda, que había desaparecido por un instante, regresó con un hatillo. Olga se apartó con tristeza.
Ahora ya nos podemos ir —dijo Frieda.
Era evidente que se refería a la posada del puente, ése era el lugar al que quería ir. K iba acompañado de Frieda y, a continuación, los ayudantes: ésa era la comitiva. Los cam-pesinos mostraron desprecio por Frieda, era comprensible porque ella hasta ese momento los había dominado con se-veridad: uno de ellos incluso tomó un bastón e hizo como si no quisiese dejarla irse hasta que no hubiese saltado sobre él, pero su mirada bastó para ahuyentarlo. Afuera, en la nie-ve, K pudo respirar algo: la alegría de estar al aire libre era tan grande que esta vez le pareció soportable la dificultad del camino, aunque si K hubiese estado solo, habría ido me-jor. Al llegar a la posada, se dirigió directamente a su habi-tación y se echó en la cama; Frieda preparó un lecho en el suelo y los ayudantes entraron en la habitación, fueron ex-pulsados, volvieron a entrar por la ventana y K se mostró demasiado cansado para expulsarlos de nuevo. La posade-ra vino en persona para saludar a Frieda y fue llamada «madrecita» por ésta, se produjo un saludo efusivo incom-prensible con besos y largos abrazos. En la habitación no había apenas tranquilidad, con frecuencia entraron también las criadas alborotando con sus botas masculinas ya fuese para traer o para recoger algo. Si necesitaban cualquier co-sa de la cama, llena de los objetos más dispares, no duda-ban en sacarlas sin consideración a K. A Frieda la saludaron como si fuese una de ellas. A pesar de todas esas moles-tias, K permaneció en cama durante todo el día y la noche. De vez en cuando Frieda le tendía la mano. Cuando final-mente se levantó al día siguiente, recuperado por el des-canso, ya era su cuarto día en el pueblo.

Unless otherwise stated, the content of this page is licensed under Creative Commons Attribution-ShareAlike 3.0 License