II

BARNABÁS

Los tres estaban sentados juntos ante una mesita en la taberna de la posada, bebían cerveza y guardaban silencio. K en el centro, a derecha e izquierda sus ayu-dantes. Había otra mesa ocupada por campesinos, como en la noche anterior.
—Resulta difícil con vosotros —dijo K, y comparó sus rostros como había hecho frecuentemente con anterio-ridad—, ¿cómo os voy a distinguir? Sólo os diferenciáis en los nombres, en lo demás sois idénticos como… —se interrumpió y continuó maquinalmente—, como ser-pientes.
Ellos se rieron.
—Se nos diferencia bien —dijeron como justificación.
—Lo creo —dijo K—; yo mismo he sido testigo de ello, pero yo sólo veo con mis ojos y con ellos no puedo dis-tinguiros. Por eso os trataré como a un solo hombre y os llamaré a los dos Artur, así se llama uno de vosotros ¿quizá tú? —preguntó K a uno de ellos.
—No —dijo éste—, yo me llamo jeremías.
—Bueno, da igual —dijo K—, os llamaré Artur a los dos. Si envío a Artur a algún lado, os vais los dos jun-tos, si le encargo a Artur un trabajo, lo hacéis los dos, aunque eso tiene para mí la gran desventaja de que no os puedo emplear en trabajos distintos; sin embargo, tiene la ventaja de que los dos tenéis una responsabili-dad indivisible sobre todo lo que os encargue. Cómo os repartáis el trabajo que os encargue, me resulta indife-rente, pero no me podéis hablar uno después del otro, para mí sois un solo hombre.
Ellos meditaron un instante y dijeron:
—Para nosotros sería muy desagradable.
—Cómo no —dijo K—; es natural que os resulte des-agradable, pero así lo haré.
Ya desde hacía un rato había observado K que uno de los campesinos rondaba la mesa: finalmente se de-cidió, se acercó a uno de los ayudantes y quiso susu-rrarle algo en el oído.
—Disculpe —dijo K, golpeó con la mano en la mesa y se levantó—, éstos son mis ayudantes y ahora tene-mos una entrevista. Nadie tiene derecho a molestar-nos.
—¡Oh!, perdone, perdone —dijo el campesino atemo-rizado y regresó a su grupo.
—Esto tenéis que tenerlo muy presente —dijo K vol-viéndose a sentar—, no podéis hablar con nadie sin mi permiso. Yo soy aquí un forastero y si sois mis antiguos ayudantes, también vosotros sois forasteros. Nosotros, los tres forasteros, tenemos, por consiguiente, que mantenernos juntos; estrechadme entonces vuestras manos.
Con demasiada docilidad estrecharon la mano de K.
—Me habéis dado vuestra palabra —dijo—, tenéis que cumplir mis órdenes. Ahora me iré a dormir, os aconsejo que hagáis lo mismo. Hoy hemos perdido un día de trabajo, mañana tendremos que comenzar muy temprano. Tenéis que conseguir un trineo para ir al castillo y estar aquí, ante la casa, con él, a las seis de la mañana, dispuestos para partir.
—Bien —dijo uno, pero el otro se inmiscuyó:
—Dices «bien», pero sabes que es imposible.
—Silencio —dijo K—, ya queréis comenzar a distin-guiros.
Pero entonces también habló el primero:
—Tiene razón, es imposible, sin autorización ningún forastero puede ir al castillo.
—¿Dónde se consigue esa autorización?
—No lo sé, tal vez del alcaide.
—Entonces intentaremos hablar con él por teléfono. Llamad en seguida al alcaide, los dos.
Corrieron hacia el aparato, pidieron la conexión —por el modo en que se afanaban aparentaban ser ridícula-mente obedientes— preguntaron si podía ir al castillo con ellos al día siguiente. El «no» pudo oírlo K desde su mesa, pero la respuesta fue aún más detallada: «ni mañana ni ningún otro día».
—Yo mismo telefonearé —dijo K, y se levantó. Mien-tras que hasta ese momento, salvo el incidente con el campesino, los presentes apenas habían reparado en K y sus ayudantes, sus últimas palabras despertaron el interés general. Todos se levantaron al mismo tiempo que K y, aunque el posadero intentó echarlos hacia atrás, se agruparon alrededor del aparato formando un semicírculo. Entre ellos predominó la opinión de que K no recibiría ninguna respuesta. K tuvo que pedirles que permaneciesen en silencio: no quería oír su opinión.
En el receptor escuchó un zumbido, como nunca lo había oído al telefonear. Era como si ese zumbido es-tuviese compuesto de innumerables voces infantiles, pero en realidad tampoco era un zumbido, sino un can-to de voces lejanas, extremadamente lejanas, como si de ese zumbido se formase una única voz elevada y fuerte que golpeaba el oído como si quisiese penetrar más en el pobre aparato auditivo. K escuchaba sin de-cir nada, había apoyado el brazo izquierdo en el sopor-te del teléfono y escuchaba en esa postura.
No supo cuánto tiempo estuvo allí escuchando, al ca-bo el posadero le tiró de la chaqueta y le dijo que aca-baba de llegar un mensajero para él.
—¡Fuera! —gritó perdiendo el dominio de sí mismo, quizá en el auricular del teléfono, pues entonces se anunció alguien. Se desarrolló la siguiente conversa-ción:
—Aquí Oswald, ¿quién es? —gritó una voz severa y arrogante con lo que a K le pareció un pequeño defecto en la articulación que intentaba compensar con un su-plemento de severidad. K dudó en identificarse, estaba indefenso ante el teléfono: el otro podía fulminarle, col-gar el auricular y K se habría cerrado un camino quizá no carente de importancia. El titubeo de K acabó con la paciencia del hombre.
—¿Quién es? —repitió, y añadió—: Me agradaría que no se telefonease tanto desde allí: hace sólo un instan-te se ha telefoneado.
K no se ocupó de esa indicación y anunció con una decisión repentina:
—Soy el ayudante del señor agrimensor.
—¿Qué ayudante? ¿Qué señor? ¿Qué agrimensor?
K se acordó de la conversación telefónica del día an-terior.
—Pregúntele a Fritz —dijo brevemente.
Para su sorpresa surtió efecto. Pero más por el hecho de que surtiera efecto, se asombró de la centralización del servicio.
La respuesta fue:
—Ya sé, el eterno agrimensor, ja, ja. ¿Qué más? ¿Qué ayudante?
—Josef —dijo K.
Le molestaba algo el murmullo de los campesinos a sus espaldas, en apariencia no estaban de acuerdo en que no se presentase correctamente. Pero K no tenía tiempo de ocuparse de ellos, pues la conversación ne-cesitaba de toda su concentración.
—¿Josef? —preguntaron—. Los ayudantes se lla-man… —una pequeña pausa, al parecer reclamaba los nombres a otra persona—, Artur y jeremías.
—Ésos son los nuevos ayudantes —dijo K.
—No, ésos son los antiguos.
—Son los nuevos, yo, sin embargo, soy el antiguo, el que ha llegado hoy después del agrimensor.
—¡No! —gritaron.
—Entonces, ¿quién soy yo? —preguntó K con la misma tranquilidad.
Y después de una pausa la misma voz con el mismo defecto de articulación, aunque con otro tono más pro-fundo y respetable, dijo:
—Tú eres el antiguo ayudante.
K escuchó el timbre de la voz y casi pasó por alto la pregunta: «¿Qué quieres?»
Hubiese querido colgar el auricular. De esa conversa-ción ya no esperaba nada más. Sólo forzándose pre-guntó rápidamente:
—¿Cuándo puede ir mi señor al castillo?
—Nunca —fue la respuesta.
—Bien —dijo K, y colgó el auricular.
Detrás de él los campesinos se habían aproximado mucho a su persona. Los ayudantes intentaban dete-nerlos lanzándole a él miradas de soslayo. Pero sólo parecía ser una comedia; además, los campesinos, sa-tisfechos con el resultado de la conversación, comen-zaban a ceder lentamente. Entonces el grupo fue divi-dido desde atrás por un hombre con paso rápido que se inclinó ante K y le dio una carta. K mantuvo la carta en la mano y miró al hombre, ya que en ese instante le parecía más importante que la carta. Se daba una gran similitud entre él y los ayudantes, era tan delgado como ellos, con el mismo traje ceñido, también tan ágil y lige-ro como ellos y, sin embargo, tan diferente. ¡Ojalá K le hubiese tenido como ayudante! Le recordaba un poco a la dama con el lactante que había visto en la casa del maestro curtidor. Vestía casi por entero de blanco, el traje no era de seda, era un traje de invierno como cualquier otro, pero tenía la suavidad y solemnidad de un traje de seda. Su rostro era claro y sincero, los ojos demasiado grandes. Su sonrisa era enormemente es-timulante; se pasó la mano por el rostro como si quisie-se ahuyentar esa sonrisa, pero no lo logró.
—¿Quién eres? —preguntó K.
—Me llamo Barnabás —dijo—, soy un mensajero.
Sus labios se abrían y cerraban al hablar con mascu-linidad y, sin embargo, con suavidad.
—¿Te gusta este lugar? —preguntó K, y señaló a los campesinos, que aún no habían perdido el interés por él, y que miraban con sus rostros atormentados —el cráneo parecía como si hubiese sido aplanado desde arriba y los rasgos faciales se hubiesen formado por el dolor al ser golpeados—, sus labios gruesos, sus bocas abiertas, pero al mismo tiempo tampoco miraban, pues a veces su mirada erraba y permanecía fija en algún objeto antes de regresar; luego K señaló a los ayudan-tes, que se mantenían abrazados, mejilla con mejilla, y sonreían, no se sabía si humilde o burlonamente, se los señaló como si le presentase un séquito que le habían impuesto por circunstancias especiales, espe-rando —en ello residía la confianza y a eso era a lo que K daba importancia— que Barnabás distinguiera razo-nablemente entre él y ellos. Pero Barnabás —si bien con completa inocencia, como se podía reconocer— no admitió la pregunta, la dejó pasar como un criado bien educado deja pasar las palabras sólo en apariencia di-rigidas a él por su señor, y se limitó a mirar a su alre-dedor en el sentido de la pregunta, saludando a sus conocidos entre los campesinos e intercambiando al-gunas palabras con los ayudantes, todo eso libre y es-pontáneamente, sin mezclarse con ellos. K, desairado, pero no avergonzado, volvió a la carta que tenía en la mano y la abrió. Decía lo siguiente:

«Muy señor mío:
Como usted ya sabe, ha sido aceptado en el servicio condal. Su superior más próximo es el alcalde del pueblo, quien le comunicará los detalles acerca de su trabajo y sus condiciones salariales y a quien también tendrá que dar cuenta de su trabajo. Sin embargo, no le perderé de vista. Barnabás, el portador de esta carta, le preguntará de vez en cuando para conocer sus deseos y comuni-cármelos a mí. Siempre me encontrará dispuesto, en cuanto sea posible, a complacerle. Deseo tener trabaja-dores satisfechos».

La firma era ilegible, pero impreso se podía leer: «El director de la oficina X».
—¡Espera! —le dijo K a Barnabás, quien obedeció con una ligera inclinación. A continuación, K llamó al posadero para que le mostrase su habitación, ya que deseaba permanecer un tiempo a solas con la carta. Al hacerlo recordó que Barnabás, a pesar de la simpatía que sentía hacia él, no era más que un mensajero y pi-dió que le sirvieran una cerveza. Prestó atención a la forma en que la aceptó, aparentemente la aceptó en-cantado y se la bebió en seguida. En la casa sólo habí-an podido poner a disposición de K una habitación en el ático, e incluso eso había creado dificultades, pues había dos criadas que habían dormido hasta entonces en ella y que habían tenido que ser alojadas en otro lu-gar. En realidad no se había hecho otra cosa que sacar a las criadas, en lo restante la habitación había queda-do intacta, nada de sábanas nuevas en la única cama, sólo un par de almohadas y una manta de caballerizas en el mismo estado en que habían quedado después de la última noche; en la pared había algunas imáge-nes de santos y fotografías de soldados; ni siquiera habían aireado la habitación, al parecer no se esperaba que el huésped permaneciese allí mucho tiempo y tampoco se hacía nada para retenerlo. K, sin embargo, se mostró conforme con todo, se rodeó con la manta, se sentó a la mesa y comenzó a leer de nuevo la carta a la luz de una vela.
No era una carta uniforme, había pasajes en los que se hablaba con él como si fuese una persona indepen-diente, a quien se le reconoce una voluntad propia, así era el encabezamiento, al igual que el pasaje que se refería a sus deseos. Sin embargo, había otros pasajes en que era tratado abierta o encubiertamente como un trabajador inferior apenas digno de la atención de ese director; éste parecía tener que esforzarse para no «perderle de vista», su superior sólo era el alcalde del pueblo, a quien incluso tenía que rendir cuentas, era probable que su único colega fuese el policía del pue-blo. Ésas eran sin duda contradicciones, tan visibles que debían de ser intencionadas. Pues el pensamiento absurdo, referido a una administración como ésa, de que había actuado con indecisión, ni siquiera fue toma-do en cuenta por K. Más bien advertía en ello el ofre-cimiento de una elección, se dejaba a su consideración lo que quería hacer con las instrucciones de la carta: si quería ser un trabajador del pueblo con una conexión, así y todo, distinguida, pero aparente con el castillo, o un trabajador del pueblo aparente que en realidad hacía depender toda su relación laboral de las indica-ciones de Barnabás. K no dudó al elegir, tampoco habría dudado sin las experiencias que ya había teni-do. Sólo como trabajador del pueblo, lo más alejado posible del señor del castillo, estaba en condiciones de alcanzar algo en el castillo; esa gente del pueblo, que aún se mostraba tan recelosa frente a él, comenzaría a hablar cuando él, aunque no se hubiese convertido en su amigo, sí fuese un conciudadano, y una vez que ya no se diferenciase de un Gerstäcker o Lasemann —y esto tenía que ocurrir con gran rapidez, de ello depen-día todo—, entonces se le abrirían de golpe todos los caminos que, si hubiese dependido de los señores de arriba y de su indulgencia, no sólo habrían quedado ce-rrados para él, sino invisibles. Es cierto que había un peligro y se había acentuado suficientemente en la car-ta, se había descrito con cierta alegría, como si fuese inevitable. Era la condición de trabajador. Servicio, di-rector, superior, trabajo, condiciones salariales, dar cuenta, trabajador, la carta abundaba en todos estos términos laborales e incluso cuando se decía algo dife-rente, más personal, se decía desde esa perspectiva. Si K quería convertirse en un trabajador, podía hacerlo, pero entonces con terrible seriedad, sin ninguna otra in-tención. K sabía que no le habían amenazado con una obligación real, no la temía y aquí menos, pero sí que temía la violencia del ambiente desalentador, la habi-tuación a las decepciones, la violencia de las influen-cias imperceptibles que se producirían a cada momen-to, pero tenía que atreverse a enfrentarse con ese peli-gro. La carta tampoco silenciaba que, si se llegaba a la lucha, K sería quien habría tenido la osadía de comen-zarla, se había dicho con sutileza y sólo una conciencia inquieta —inquieta, no mala— podía advertirlo, eran las palabras «como usted ya sabe» respecto a su admisión en el servicio. K se había anunciado y desde ese mo-mento sabía, como se expresaba en la carta, que había sido admitido.
K retiró una foto de la pared y colgó la carta en un clavo; en esa habitación viviría, ahí debía colgar la car-ta.
Luego bajó a la taberna de la posada; Barnabás esta-ba sentado con los ayudantes a una mesita.
—¡Ah!, estás ahí —dijo K sin motivo, sólo porque se alegró de ver a Barnabás. Éste se levantó de inmedia-to. Apenas entró K, los campesinos se levantaron para acercarse a él, se había convertido en una costumbre estar siempre detrás de sus talones.
—¿Qué queréis continuamente de mí? —exclamó K.
No se lo tomaron a mal y regresaron lentamente a sus asientos. Uno de ellos, mientras se retiraba, dijo como explicación y con una indefinible sonrisa, que otros imi-taron:
—Siempre se entera uno de algo nuevo —y se lamió los labios como si lo «nuevo» fuese comida.
K no dijo nada reconciliador, estaba bien si recibía al-go de respeto, pero apenas acababa de sentarse al la-do de Barnabás, cuando ya notó el aliento de un cam-pesino en la nuca; venía, según dijo, a coger el salero, pero K dio, enojado, una patada en el suelo, y el cam-pesino se alejó corriendo sin el salero. Era fácil moles-tar a K, sólo había que incitar a los campesinos contra él: su obstinada participación le parecía más perversa que la reserva de los otros y, además, también se tra-taba de reserva, pues si K se hubiese sentado a su mesa, con toda seguridad no se habrían quedado sen-tados. Sólo la presencia de Barnabás le impidió formar un escándalo. Pero se dio la vuelta hacia ellos con acti-tud amenazadora, y también ellos le miraron. Al verlos así sentados, cada uno en su puesto, sin hablar entre ellos, sin un vínculo visible entre ellos, teniendo sólo en común que todos le miraban fijamente, le pareció que no se trataba de maldad lo que les impulsaba a perse-guirle, tal vez querían realmente algo de él y no lo po-dían decir, y si no era eso, quizá se tratase sólo de in-fantilismo; un infantilismo que parecía abundar en esa casa, ¿acaso no era también infantil el posadero, que sostenía una jarra de cerveza para un cliente con las dos manos, permaneciendo en silencio, mirando a K y haciendo caso omiso de una llamada de la posadera, quien se había asomado por la ventana de la cocina?
K, más tranquilo, se volvió hacia Barnabás: le hubiese gustado alejar a los ayudantes, pero no encontró nin-guna excusa, por lo demás . se limitaban a mirar en si-lencio sus cervezas.
—He leído la carta —comenzó K—. ¿Conoces su contenido?
—No —dijo Barnabás. Su mirada pareció decir más que sus palabras. Tal vez K se equivocaba para bien como con los campesinos para mal, pero siguió sin-tiéndose bien en su presencia.
—También se habla de ti en la carta, de vez en cuan-do tienes que transmitir informaciones entre la direc-ción y yo, por eso había pensado que conocerías el contenido.
—Sólo recibí el encargo —dijo Barnabás— de entre-gar la carta, esperar a que se haya leído y, si lo consi-derases necesario, llevar una respuesta oral o escrita.
—Bien —dijo K—, no necesita ser escrita, comunícale al señor director, ¿cómo se llama? No pude leer el nombre.
—Klamm —dijo Barnabás.
—Comunícale entonces al señor Klamm mi agradeci-miento por la admisión y por su amabilidad, agradeci-miento y amabilidad que, como una persona aún no adaptada a este lugar, sé valorar en lo que se mere-cen. Me comportaré según sus instrucciones. Por aho-ra no tengo ningún deseo especial.
Barnabás, que había escuchado atento, pidió a K po-der repetir el mensaje. K lo permitió y Barnabás lo repi-tió literalmente. Luego se levantó para despedirse.
Durante todo ese tiempo K había examinado su ros-tro, ahora lo hizo por última vez. Barnabás era tan alto como K, sin embargo parecía como si inclinase la mi-rada hacia K, eso ocurría casi con humildad, pero era imposible que ese hombre pudiese avergonzar a al-guien. Cierto, no era más que un mensajero, no cono-cía el contenido de la carta que debía entregar, pero también su mirada, su sonrisa y su paso parecían ser un mensaje, por más que no quisiera saber nada de ellos. Y K le extendió la mano, lo que pareció sorpren-derle, pues él sólo hubiese querido inclinarse.
En cuanto se hubo ido —antes de abrir la puerta se había apoyado un instante con el hombro en ella y había abarcado la sala con una mirada que no dirigió a nadie en particular—, K se dirigió a sus ayudantes:
—Voy a traer de mi habitación los planos, entonces hablaremos de nuestro próximo trabajo.
Quisieron acompañarle.
—¡Quedaos aquí! —dijo K.
Pero no cejaron en su empeño. K tuvo que repetir la orden con más severidad. Barnabás ya no estaba en el pasillo, acababa de irse. Tampoco lo vio ante la casa, y volvía nevar. Gritó:
—¡Barnabás!
No hubo respuesta. ¿Acaso se encontraba aún en la casa? No parecía haber otra posibilidad. No obstante, K volvió a gritar su nombre con todas sus fuerzas: el nombre estalló en la oscuridad de la noche. Y desde la lejanía llegó una débil respuesta, tan lejos se encontra-ba ya Barnabás. K respondió y fue a su encuentro; en el lugar donde se encontraron ya no podían ser vistos desde la posada.
—Barnabás —dijo K, y no pudo evitar un temblor en su voz—, quería decirte algo más. Me he dado cuenta de que no funcionaría bien si tuviese que depender de tus visitas casuales si necesito algo del castillo. Si no te hubiese alcanzado ahora por pura casualidad —aún creía que estabas en la casa—, quién sabe cuánto ten-dría que haber esperado a tu próxima aparición.
—Puedes pedirle al director —dijo Barnabás— que me envíe regularmente a las horas que tú indiques.
—Tampoco eso sería suficiente —dijo K—, tal vez no quiera decir nada en todo un año, pero un cuarto de hora después de tu partida se me puede ocurrir algo inaplazable.
—¿Debo comunicar entonces a la dirección —dijo Barnabás— que entre ella y tú establezca otra co-nexión además de la mía?
—No, no —dijo K—, de ningún modo, menciono este asunto sólo de pasada, esta vez he tenido suerte y he logrado alcanzarte.
—¿Quieres que regresemos a la posada —dijo Bar-nabás— para que me puedas dar allí el nuevo mensa-je?
Ya había dado un paso en dirección a la posada.
—Barnabás —dijo K—, no es necesario, te acompa-ñaré un poco.
—¿Por qué no quieres ir a la posada? —preguntó Barnabás.
—La gente me molesta allí —dijo K—. Ya has visto la impertinencia de los campesinos.
—Podemos ir a tu habitación —dijo Barnabás.
—Es la habitación de las criadas —dijo K—, sucia y mal ventilada, para no quedarme allí quería acompa-ñarte un poco, sólo tienes que dejar —añadió K para superar definitivamente sus dudas— que me apoye en ti, tú caminas con más seguridad.
Y K se cogió de su brazo. Había una profunda oscuri-dad, no veía su rostro, su figura era imprecisa, ya con anterioridad había intentado Palpar su brazo.
Barnabás cedió y se alejaron de la posada. Sin em-bargo, K sintió que él, a pesar del gran esfuerzo, no era capaz de mantener el paso de Barnabás, que impedía la libertad de sus movimientos y que incluso en circuns-tancias normales todo tenía que fracasar por ese deta-lle, y precisamente en una de las callejuelas como aquella en la que K se había hundido en la nieve por la mañana y de la que sólo podría salir llevado por Bar-nabás. Pero alejó esas preocupaciones y se consoló con el silencio de Barnabás; si continuaban en silencio, entonces seguir caminando podría constituir también para Barnabás la finalidad de su compañía.
Avanzaron, pero K no sabía en qué dirección, no po-día reconocer nada, ni siquiera sabía si ya habían pa-sado la iglesia. Debido al esfuerzo que le causaba el simple hecho de caminar, ocurrió que no podía dominar sus pensamientos. En vez de permanecer fijos en su objetivo, se confundían. Una y otra vez emergió su lu-gar de origen y los recuerdos de él le colmaron. Tam-bién allí había una iglesia en la plaza principal, en parte estaba rodeada por un viejo cementerio y éste a su vez por un elevado muro. Pocos niños habían escalado ese muro, tampoco K había sido capaz de escalarlo. No les impulsaba la curiosidad, el cementerio ya no tenía para ellos ningún secreto, muchas veces habían entrado por su puerta enrejada, era el elevado muro lo que querían superar. Una mañana —la plaza, silenciosa y vacía, es-taba inundada de luz, K nunca la había visto así y ja-más la volvería a ver—, le resultó sorprendentemente fácil; en un lugar donde otras veces había fracasado con frecuencia, escaló el muro a la primera con una bandera entre los dientes. Aún se desprendían piedras bajo él cuando ya estaba arriba. Desenrolló la bandera, el viento desplegó el paño, miró hacia abajo y a su al-rededor, también sobre el hombro hacia las cruces hundidas en la tierra, nadie estaba en ese momento y allí más alto que él. Casualmente pasó el maestro, obligó a K a bajar con una mirada enojada y, al saltar, K se lesionó en la rodilla; sólo con esfuerzo pudo re-gresar a casa, pero había estado en el muro, el senti-miento de esa victoria le proporcionó seguridad para una larga vida, lo que no era del todo absurdo, pues ahora, después de muchos años, vino en su ayuda en la noche nevada caminando del brazo de Barnabás.
Se sujetó a él con más fuerza, Barnabás casi le arras-traba, el silencio no se interrumpió; del camino K sólo sabía que por el estado de la calle no se habían des-viado hacia una de esas callejuelas laterales. Se alabó por no detenerse debido a la dificultad del camino o a la preocupación de tener que regresar; para que, final-mente, le arrastrasen, aún alcanzarían sus fuerzas. ¿Podía ser el camino infinito? Durante el día el castillo se había presentado ante él como un fácil objetivo y el mensajero conocía con toda seguridad el camino más corto.
Entonces Barnabás se detuvo. ¿Dónde estaban? ¿No se podía seguir? ¿Se despediría Barnabás de K? No le sería posible, K se sujetaba con tal fuerza del brazo de Barnabás que casi le hacía daño. ¿O podía haber ocu-rrido lo increíble y se encontraban ya en el castillo o an-te sus puertas? Sin embargo, por lo que K sabía, no habían ascendido en ningún momento. ¿O Barnabás le había conducido por un camino que subía impercepti-blemente?
—¿Dónde estamos? —preguntó K en voz baja, más a él mismo que al otro.
—En casa —respondió Barnabás de la misma mane-ra.
—¿En casa?
—Ahora ten cuidado, no vayas a resbalar. El camino desciende.
—¿Desciende?
—Sólo son unos pasos —añadió, y ya estaba llaman-do a una puerta.
Abrió una joven, se encontraban ante el umbral de una gran sala, casi en plena oscuridad, pues sólo bri-llaba una diminuta lámpara de aceite sobre una mesa en la parte trasera de la izquierda.
—¿Quién viene contigo, Barnabás? —preguntó la muchacha.
—El agrimensor —dijo él.
—El agrimensor —repitió ella en voz alta mirando hacia la mesa. A continuación, se levantaron de allí dos ancianos, hombre y mujer, y otra joven. Saludaron a K, Barnabás le presentó a todos, eran sus padres y sus hermanas Olga y Amalia. K apenas se fijó en ellos, le quitaron la chaqueta empapada para secarla en la cale-facción y K dejó que lo hicieran.
Así pues, no ellos, sino Barnabás era quien estaba en su casa. Pero, ¿por qué estaban allí? K se llevó a Bar-nabás aparte y dijo:
—¿Por qué has venido a tu casa? ¿O es que vivís en el recinto del castillo?
—¿En el recinto del castillo? —repitió Barnabás, co-mo si no comprendiese a K.
—Barnabás —dijo K—, tú querías ir de la posada al castillo.
—No, señor —dijo Barnabás—, yo quería ir a casa, al castillo iré por la mañana temprano, nunca duermo allí.
—Así que —dijo K— no querías ir al castillo, sólo aquí —su sonrisa le pareció lánguida, su apariencia desluci-da—. ¿Por qué no me has dicho nada?
—No me has preguntado —dijo Barnabás—. Querías darme un mensaje, pero ni en la taberna ni en tu habi-tación, entonces pensé que me lo podrías dar en casa de mis padres sin que nadie te molestase; se alejarán en seguida, si se lo ordenas, también podrías pernoctar aquí si esto te gusta más. ¿No he hecho bien?
K no pudo responder. Había resultado ser un malen-tendido, un vulgar y banal malentendido y K se había abandonado a él. ¿Se había dejado encantar por la chaqueta sedosa, brillante y ajustada de Barnabás, que éste ahora se desabrochaba y debajo de la cual apare-cía una camisa basta, de un color gris sucio, llena de remiendos sobre el poderoso y anguloso pecho de un siervo? Y todo lo que le rodeaba no sólo estaba en sin-tonía con eso, sino que llegaba a superarlo: el viejo pa-dre gotoso, que avanzaba más gracias a sus manos que a sus piernas rígidas; la madre con las manos do-bladas en el pecho que, debido a su volumen sólo po-día dar pasos minúsculos; los dos, el padre y la madre, habían abandonado su esquina desde que K había en-trado y aún no le habían alcanzado. Las hermanas, ru-bias, muy similares y también parecidas a Barnabás, pero con rasgos más duros que él, jóvenes altas y fuer-tes, rodeaban a los recién llegados y esperaban de K algunas palabras de saludo, él, sin embargo, no podía decir nada, había creído que en aquel pueblo todos te-nían importancia para él y así era, sólo esa gente no le importaba en lo más mínimo . Si hubiese sido capaz de regresar solo a la posada, se habría ido en seguida. La posibilidad de ir con Barnabás por la mañana temprano al castillo no le tentaba. Ahora, en la noche, inadverti-do, habría querido penetrar en el castillo, conducido por Barnabás, pero con el Barnabás que se le había apa-recido al principio, un hombre que le estaba más próximo que cualquier otro de los que había visto allí hasta entonces, y del que había creído al mismo tiem-po que poseía estrechas conexiones con el castillo que iban más allá de su rango visible. Sin embargo, con el hijo de esa familia, a la que pertenecía por completo y con la que ya estaba sentado a la mesa, con un hom-bre que significativamente ni siquiera podía dormir en el castillo, era imposible ir al castillo en pleno día y co-gido de su brazo, era un intento ridículo y desesperado.
K se sentó en un banco situado debajo de una venta-na, decidido a pasar allí la noche y a no reclamar de la familia ningún otro servicio. La gente del pueblo, que le había echado o que tenía miedo de él, le parecía me-nos peligrosa, pues le impulsaba a depender de sí mismo, le ayudaba a mantener concentradas sus fuer-zas; esos ayudantes aparentes, sin embargo, que en vez de al castillo le conducían, gracias a una pequeña mascarada, a su familia, le apartaban de su camino; lo quisieran o no, trabajaban en la destrucción de sus fuerzas. Ignoró una llamada de invitación procedente de la mesa familiar, permaneciendo en el banco con la cabeza hundida.
En ese instante se levantó Olga, la más afable de las hermanas y, mostrando una huella de confusión juvenil, se acercó a K y le pidió que le acompañase a la mesa, en ella habían dispuesto pan y tocino e iría a traer cer-veza.
—¿De dónde? —preguntó K.
—De la posada —dijo ella.
Eso le convenía a K. Le pidió que no trajera cerveza pero que le acompañara hasta la posada, pues aún te-nía importantes trabajos que concluir. Sin embargo, re-sultó que no quería ir tan lejos, a su posada, sino a otra más cercana, a la señorial. A pesar de ello, K le pidió que le dejara acompañarla; tal vez, pensó, podría en-contrar allí una posibilidad para pernoctar; en todo caso lo habría preferido a la mejor cama en esa casa. Olga no respondió en seguida, se limitó a mirar hacia la me-sa. El hermano se había levantado, asintió con la ca-beza y dijo:
—Si el señor así lo desea.
Con ese consentimiento, K casi estuvo a punto de re-tirar su petición, pues sólo podía consentir algo carente de valor. Pero cuando a continuación se habló sobre la posibilidad de que la posada admitiese a K y todos du-daron, insistió en ir sin ni siquiera hacer el esfuerzo de fundamentar razonablemente su petición; esa familia tenía que aceptarle tal como era: en cierto modo no sentía ninguna vergüenza ante ellos. Sólo le descon-certaba un poco Amalia con su mirada seria, directa e impávida, quizá también algo abúlica.
Durante el corto camino a la posada —K se asió del brazo de Olga y ella le arrastró, no podía ayudarse de otra manera, como lo había hecho su hermano—, supo que esa posada sólo estaba destinada a los señores del castillo, que allí podían comer o incluso pernoctar cuando tenían algo que hacer en el pueblo. Olga habló con K en voz baja y confidencial: era agradable ir con ella, casi como con su hermano; K se resistió a esa sensación de bienestar, pero terminó plegándose a ella.
La posada era exteriormente muy similar a la posada en que K vivía; en el pueblo no había grandes diferen-cias externas, pero sí que podían advertirse en seguida pequeñas: la escalera de entrada, por ejemplo, tenía una barandilla, habían fijado un pequeño farol sobre la puerta, cuando entraron ondeó un paño sobre sus ca-bezas, era una bandera con los colores condales. En el pasillo les salió al encuentro el posadero, que al pare-cer se encontraba realizando una ronda de inspección; con los ojos pequeños, examinadores o somnolientos, no se sabía muy bien, miró fugazmente a K y dijo:
—El señor agrimensor sólo puede llegar hasta el des-pacho de venta de consumiciones.
—Claro —dijo Olga, intercediendo en seguida—, sólo me acompaña.
K, sin embargo, desagradecido, se desprendió de Ol-ga y se apartó con el posadero. Olga, mientras tanto, esperó pacientemente al final del pasillo.
—Desearía pernoctar aquí —dijo K.
—Por desgracia, eso es imposible —dijo el posade-ro—. Parece desconocer que la casa está exclusiva-mente destinada a los señores del castillo.
—Eso lo puede decir el reglamento —dijo—, pero tie-ne que ser posible dejarme dormir en algún rincón.
—Me encantaría poder satisfacer su deseo —dijo el posadero—, pero aparte de la severidad del reglamen-to, del que usted habla como un forastero, su deseo re-sulta imposible de cumplir porque los señores son ex-tremadamente sensibles; estoy convencido de que son incapaces, al menos tomándolos desprevenidos, de soportar la mirada de un extraño; si yo le dejase dormir aquí y por una casualidad —y las casualidades siempre se producen del lado de los señores— le descubrieran, no sólo estaría yo perdido, también usted lo estaría.
Sonaba ridículo, pero era cierto. Ese señorón, aboto-nado hasta el cuello, que, con una mano apoyada en la pared y la otra en la cadera, con las piernas cruzadas y un poco inclinado hacia K, le hablaba en confianza, pa-recía no pertenecer al pueblo, por más que su oscuro traje tuviese un aspecto solemne y pueblerino.
—Le creo perfectamente —dijo K— y tampoco me-nosprecio la importancia del reglamento: he debido de expresarme con imprecisión. Sólo quiero llamarle la atención sobre algo, en el castillo tengo valiosas co-nexiones y las tendré aún más valiosas, las cuales le aseguran contra todo peligro que pudiese ocasionar mi estancia aquí y le garantizo que estoy en condiciones de agradecerle con creces un pequeño favor.
—Lo sé —dijo el posadero, y repitió una vez más—: Eso lo sé.
Ahora K tendría que haber expresado su deseo con más intensidad, pero precisamente esa respuesta del posadero le confundió, por eso se limitó a preguntar:
—¿Pernoctan hoy aquí muchos señores del castillo?
—En ese aspecto ésta es una noche ventajosa —dijo el posadero tentador en cierta manera—, sólo se queda un señor.
K no podía seguir insistiendo, pero tenía la esperanza de que lo admitiesen, así que preguntó por el nombre del huésped.
—Klamm —dijo el posadero de pasada, mientras se volvía hacia su esposa que apareció en ese momento con un vestido extrañamente envejecido y usado, lleno de arrugas y pliegues, pero de un estilo fino, de la ciu-dad. Quería llevarse al posadero, pues el señor director deseaba algo. Pero antes de irse, el posadero se volvió hacia K, como si no fuese él sino K quien tuviese que decidir sobre la posibilidad de pernoctar allí. K, sin em-bargo, no pudo decir nada; precisamente la circunstan-cia de que se hallase allí su superior lo había descon-certado; sin poder aclarárselo a él mismo, no se sentía tan libre ante Klamm como frente al castillo; ser descu-bierto por él no habría supuesto un susto en el sentido del posadero, pero sí una situación desagradable, algo así como si le ocasionase algún dolor a alguien a quien le debía agradecimiento; al mismo tiempo le oprimió severamente advertir que en esa irresolución se mos-traban las temidas consecuencias de ser un subordina-do, un trabajador, y que no era capaz, ni siquiera allí, donde surgían, de luchar con ellas hasta eliminarlas. Permaneció de pie, se mordió los labios y no dijo nada. Una vez más, antes de que el posadero desapareciese por una puerta, éste le miró y K le devolvió la mirada, pero no se movió de su sitio hasta que Olga vino y se lo llevó.
—¿Qué querías del posadero? —preguntó Olga.
—Quería pasar aquí la noche —dijo K.
—Pero si vas a pernoctar en nuestra casa —dijo Olga maravillada.
—Sí, claro —dijo K, y le confió la interpretación de esas palabras.

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