Hotel Occidental

5.

Una vez en el hotel, Karl fue conducido inmediatamente a una especie de oficina donde la cocinera mayor con una libreta de apuntes en la mano, dictaba una carta a una joven dactilógrafa. Ese dictado sumamente preciso, el contenido y elástico tableteo de las teclas, pasaba velozmente sobre el tictac del reloj de la pared que sólo llegaba a oírse de cuando en cuando y que señalaba ya casi las once y media.
-¡Bien! -dijo la cocinera mayor y cerró de golpe su libreta de apuntes: la dactilógrafa se levantó de un salto y cubrió rápidamente la máquina con su tapa de madera, sin quitarle a Karl los ojos de encima mientras ejecutaba mecánicamente su tarea. Conservaba el aspecto de colegiala; su delantal estaba esmeradamente planchado, con ondulaciones sobre los hombros, por ejemplo; llevaba un peinado bastante alto, y uno se asombraba un poco si luego de esos detalles, reparaba en su rostro serio. Después de dos reverencias, primero hacia la cocinera mayor y luego hacia Karl, se retiró e involuntariamente dirigió a Karl y a la cocinera mayor una mirada interrogativa.
-Qué bien que haya venido usted, a pesar de todo -dijo la cocinera mayor-. ¿Y sus camaradas?
-No los he traído -dijo Karl.
-Seguramente querrán emprender la marcha muy temprano- dijo la cocinera mayor, como tratando de explicarse el caso.
«¿No pensará ella, entonces, que yo también he de marcharme con ellos?», preguntóse Karl; por lo tanto, para disipar toda duda, dijo:
-Nos hemos separado en discordia.
La cocinera mayor pareció recibir estas palabras como si encerrasen una grata noticia.
-Pues entonces, ¿está usted libre? -preguntó.
-Sí, estoy libre -dijo Karl, ¡y nada en el mundo le pareció más fútil!
-Bueno, dígame entonces, ¿no quisiera usted aceptar un empleo aquí, en el hotel?
-Con muchísimo gusto -dijo Karl-, pero los conocimientos que yo tengo son tremendamente reducidos. Así, por ejemplo, ni siquiera sé escribir a máquina.
-No es eso lo que más importa -dijo la cocinera mayor-. En este caso le ofrezco a usted por el momento un empleo de escasa importancia, y luego, tratará usted de ir levantándose, trabajando con ahínco y atención. De todas maneras creo que sería mejor y más conveniente para usted echar raíces en alguna parte en vez de andar vagando por el mundo de esta manera. No me parece usted hecho para semejante vida.
«Todo esto también lo suscribiría mi tío», díjose Karl a la vez que asentía con la cabeza. Al mismo tiempo se acordó de que él, por quien tanto se preocupaban, hasta ese momento no se había presentado siquiera.
-Perdone usted, se lo ruego -dijo-, que todavía ni siquiera me haya presentado: me llamo Karl Rossmann.
-¿Es usted alemán, verdad?
-Sí -dijo Karl-, hace muy poco que estoy en los Estados Unidos.
-¿Y de dónde es usted?
-De Praga, Bohemia -dijo Karl.
-¡Qué me dice! -exclamó la cocinera mayor en alemán, con un fuerte acento inglés, y casi levantó los brazos al cielo-. Somos compatriotas, entonces: yo me llamo Grete Mitzelbach y soy de Viena. Y conozco muchísimo Praga, como que estuve empleada durante medio año en El Ganso de Oro, en el Wenzelplatz. ¡Quién lo dijera!
-¿Cuándo fue eso? -preguntó Karl.
-Ya hace muchos, muchísimos años.
-El antiguo Ganso de Oro -dijo Karl- fue demolido hace dos años.
-Pero, claro -dijo la cocinera mayor, abismada por completo en sus recuerdos de épocas pasadas.
Mas reanimándose de pronto y cogiendo las manos de Karl exclamó:
-Ahora que hemos descubierto que es usted compatriota mío, ya no puede usted irse de aquí, de ningún modo. No querrá usted hacerme eso. ¿Le gustaría a usted ser, por ejemplo, ascensorista? Sólo tiene usted que decir que sí, yya lo es. Si ha corrido usted un poco de mundo sabrá que no es del todo fácil encontrar empleos así, pues ofrecen el mejor comienzo que uno pueda imaginarse. Se topa usted con todos los huéspedes, éstos lo ven siempre, le dan pequeños encargos; en pocas palabras, se le ofrece a usted a diario la oportunidad de llegar a algo mejor. Y deje usted que yo me ocupe de todo lo demás.
-Me gustaría bastante ser ascensorista -dijo Karl después de una breve pausa. Hubiera sido muy absurdo tener escrúpulos contra el empleo de ascensorista a causa de aquellos cinco años de estudios clásicos que él había cursado en el gymnasium. Más bien habría motivo aquí, en los Estados Unidos, para abochornarme de aquellos cinco años de estudios clásicos. Por otra parte los ascensoristas siempre le habían gustado a Karl; habíanle parecido algo así como el adorno del hotel-. ¿Y no hacen falta conocimientos de idiomas? -indagó todavía.
-Usted habla alemán, y un inglés muy bueno: con eso basta.
-El inglés lo he aprendido sólo ahora, estando ya en América, en dos meses y medio- dijo Karl, pues creía que no era necesario callar su única ventaja.
-Eso ya es testimonio suficiente en favor de usted -dijo la cocinera mayor-. ¡Si me pongo a pensar en las dificultades que me creaba el inglés! Claro que desde entonces ya han pasado unos treinta años bien contados. Justamente ayer, durante una conversación, lo recordé. Pues debe usted saber que ayer he cumplido cincuenta años. -Y, sonriendo, trató de leer en el semblante de Karl la impresión que tan digna edad le causaría.
-Le deseo entonces muchas felicidades -dijo Karl.
-Esto nunca viene mal -dijo ella estrechando la mano de Karl y poniéndose de nuevo medio taciturna por ese viejo giro de su patria que ahora, al hablar alemán, se le había ocurrido-. Pero aún lo retengo aquí -exclamó luego- y usted seguramente estará muy cansado; además podremos hablar acerca de todo y mucho mejor, durante el día. La alegría de haber encontrado a un compatriota me pone en este estado, atolondrada. Venga usted, lo llevaré a su cuarto.
-Quisiera pedirle aún un favor, señora cocinera mayor -dijo Karl al ver la caja del teléfono sobre la mesa-; es posible que mañana, tal vez muy temprano, mis compañeros me traigan una fotografía que yo necesito urgentemente. ¿Tendría usted la amabilidad de avisar por teléfono al portero que hiciera pasar a esa gente; o, si no, que me mandara llamar?
-Ciertamente -dijo la cocinera mayor-. Pero, ¿no sería suficiente que recibiera él la fotografía? ¿Y qué clase de fotografía es, si no es indiscreta la pregunta?
-Es la fotografía de mis padres -dijo Karl-. No, tengo que hablar con esa gente yo mismo.
La cocinera mayor no dijo nada más y dio por teléfono la orden correspondiente a la portería, mencionando con el número 536 el cuarto de Karl. Salieron luego a un pequeño pasillo, opuesto a la puerta de entrada, donde, apoyándose en la reja de un ascensor, dormía de pie un muchacho ascensorista.
-Podemos subir nosotros solos -dijo la cocinera mayor en voz baja e hizo que Karl pasara al ascensor-. Una jornada de trabajo de diez o doce horas es demasiado para un muchacho tan joven -dijo luego mientras iba subiendo-. Pasan realmente cosas raras en los Estados Unidos. Ahí está este chiquillo, por ejemplo; llegó hace sólo medio año con sus padres; es italiano. Ahora parece que ya no podrá soportar de ningún modo el trabajo: ni siquiera le quedan carnes en el rostro y duerme durante las horas de servicio a pesar de ser muy aplicado por naturaleza; sin embargo, bastará con que trabaje aún sólo medio año más en los Estados Unidos -en este hotel o en cualquier otra parte- para que lo soporte todo fácilmente. En cinco años se tornará hombre fuerte. Durante horas podría yo contarle cosas y cosas con ejemplos semejantes. Y no vaya a creer que todo esto se me ocurre a propósito de usted, pues usted es un chico fuerte; diecisiete años, ¿no es así?
-Cumpliré dieciséis el mes que viene -respondió Karl.
-¡Tan poco! ¡Dieciséis nada más! -dijo la cocinera mayor-. ¡Valor, pues!
Una vez arriba condujo a Karl a un cuarto que, si bien era una buhardilla -tenía por cierto inclinada una de las paredes-, mostraba por otra parte, al quedar iluminado por dos lamparillas eléctricas, un aspecto muy acogedor.
-No se asuste usted por el mobiliario -dijo la cocinera mayor-, pues éste no es un cuarto de hotel, sino una habitación de mi propia vivienda, que consta de tres cuartos, de manera que usted no me molestará en absoluto. Cerraré la puerta de comunicación y usted podrá quedarse aquí y disponer de la habitación con toda tranquilidad. Mañana, como nuevo empleado del hotel, se le destinará a usted un cuarto propio, desde luego. Si hubiera venido con sus compañeros, le habría mandado hacer las camas en el dormitorio común de los criados, pero, ya que está usted solo, pienso que así le agradará más, aunque tenga usted que dormir en un sofá. Le deseo, pues, que duerma y descanse usted bien; así tendrá nuevas fuerzas para el servicio, que mañana no será aún demasiado severo.
-Muchísimas gracias por su amabilidad.
-Espere usted -dijo deteniéndose; ya estaba junto a la salida-. Es cierto que así bien pronto lo despertarán.
Se acercó a una de las puertas laterales del cuarto, golpeó y llamó:
-¡Therese !
-Sí, señora cocinera mayor -respondió la voz de la pequeña dactilógrafa.
-Cuando por la mañana vengas a despertarme, tienes que tomar por el pasillo; pues aquí, en el cuarto, duerme un visitante. Está muerto de cansancio. -Mientras decía estas palabras sonreía a Karl-. ¿Has comprendido?
-Sí, señora cocinera mayor.
-¡Buenas noches, entonces!
-Buenas noches tenga usted.
-Desde hace algunos años -dijo la cocinera mayor a modo de explicación- duermo muy mal. Ahora, por cierto, ya puedo estar bien contenta con mi empleo y no tengo por qué preocuparme de nada. Pero deben de ser las consecuencias de mis preocupaciones de antes las que me causan este insomnio. Si logro conciliar el sueño a las tres de la mañana, puedo darme por satisfecha. Pero como ya a las cinco, a más tardar a las cinco y media, es necesario que esté en mi puesto, tengo que hacerme despertar, y es preciso que lo hagan con suma cautela, para que no me torne más nerviosa aún de lo que ya soy. Es precisamente Therese quien me despierta. Ahora ya lo sabe usted todo y todavía permanezco aquí. ¡Buenas noches! -Y, no obstante su peso, abandonó el cuarto deslizándose casi, con gran agilidad.
Karl esperaba ansioso el momento de entregarse al sueño, pues las andanzas del día lo habían fatigado mucho. Y en verdad no podía desear un ambiente más confortable para lograr un sueño prolongado y tranquilo. Ciertamente no era un cuarto destinado a servir de dormitorio, era más bien un pequeño aposento que la cocinera mayor solía usar como sala de recibo y al que sólo por esa noche se había provisto de un lavabo. No obstante, Karl no tenía la sensación de ser allí un intruso; al contrario, se sentía muy cómodo. Su baúl había sido dejado efectivamente allí, y ya hacía mucho tiempo sin duda que Karl no gozaba de la seguridad de tenerlo a buen recaudo.
Sobre un armario bajo, con cajones, sobre el que se extendía una carpeta grande de lana, de un tejido muy abierto, había diversas fotografías con sus marcos y bajo vidrio; al inspeccionar el cuarto, allí se detuvo Karl y las miró. Eran en su mayor parte fotografías antiguas y representaban casi todas a muchachas que, con sus vestidos fuera de moda e incómodos, tocadas sólo ligeramente con sombreritos que, aunque pequeños, eran de alta copa, daban la cara al espectador, si bien evitando sus miradas. Entre los retratos de señores llamó la atención de Karl, especialmente, el de un joven soldado que había colocado su quepis sobre una mesita, y que permanecía de pie, en actitud rígida, con su cabello salvaje, negro, y lleno el rostro de una risa orgullosa, aunque reprimida. Los botones de su uniforme habían sido dorados ulteriormente sobre la fotografía.
Todas esas fotografías provenían sin duda de Europa, y probablemente esto hubiera podido establecerse con exactitud buscando las inscripciones que llevarían al dorso; pero Karl no quiso tocarlas. Tal como esas fotografías se hallaban colocadas, hubiera podido colocar él también la fotografía de sus padres en su futura habitación.
Precisamente se desperezaba Karl, después de haberse lavado todo el cuerpo -en consideración a su vecina trataba de ejecutarlo todo en el mayor silencio posible- y se estiraba ya sobre su sofá, cuando creyó percibir unos débiles golpecitos en una puerta. No se podía establecer inmediatamente de qué puerta se trataba, sin contar que tal vez fuera un ruido casual. Pasaron unos instantes antes de que se repitieran los golpes y Karl ya estaba casi dormido cuando sonaron nuevamente. Pero ahora no cabía la menor duda de que llamaban a la puerta y de que los golpecitos provenían de la dactilógrafa. Karl corrió de puntillas hasta la puerta y en voz tan baja que, si a pesar de todo estaban durmiendo allí al lado, no hubiera podido despertar a nadie preguntó:
-¿Desea usted algo?
Al instante y en voz idénticamente baja llegó la respuesta:
-¿No quisiera usted abrir la puerta? La llave está del lado suyo.
-Por cierto -dijo Karl-, sólo que antes debo vestirme. Se produjo una pequeña pausa, y luego se oyó:
-No es necesario. Abra usted y acuéstese en la cama; esperaré un poco antes de entrar.
-Bueno -dijo Karl, e hizo lo que le habían pedido, sólo que antes iluminó además la habitación con la luz eléctrica-. Ya estoy acostado -dijo luego levantando un poco la voz.
Y en efecto ya entraba desde su cuarto, que estaba a oscuras, la pequeña dactilógrafa, vestida exactamente como cuando la había visto en la oficina; de seguro no había pensado siquiera, en todo ese tiempo, en acostarse.
-Le ruego que me perdone -dijo, y se quedó de pie ante el lecho de Karl, inclinándose ligeramente hacia él-. No me traicione usted por favor. No es tampoco mi intención molestarle por mucho tiempo, sé qué está usted muerto de cansancio.
-No es para tanto -dijo Karl-. Pero tal vez habría sido mejor, de todas maneras, que me hubiese vestido.
Se vio obligado a quedarse allí tendido cuan largo era para poder taparse hasta el cuello, ya que no tenía camisa de dormir.
-Sólo me quedaré un momento -dijo ella cogiendo una silla-. ¿Me permite sentarme al lado del sofá?
Karl asintió. Sentóse entonces tan cerca, tan pegada al sofá la silla, que Karl, a fin de poder mirarla, tuvo que retroceder hasta la pared. Tenía ella cara redonda, regular, sólo la frente era insólitamente ancha, pero esto, por cierto, podía deberse al peinado que, verdaderamente, no le quedaba bien. Su traje estaba muy limpio y cuidado. Con la mano izquierda estrujaba un pañuelo.
-¿Se quedará usted mucho tiempo aquí? -preguntó ella.
-Todavía no lo he decidido -respondió Karl-; sin embargo, creo que me quedaré.
-Realmente estaría muy bien si usted se quedase -dijo ella pasándose el pañuelo por la cara-, ¡estoy tan sola aquí!
-Me extraña -dijo Karl-. La señora cocinera mayor es ciertamente muy amable con usted. No la trata en absoluto como suele tratarse a una empleada. Ya casi pensé que sería usted una pariente suya.
-¡Oh, no! -dijo-; me llamo Therese Berchtold, soy de Pomerania, ¿sabe usted?
También Karl se presentó a su vez. Tras lo cual lo miró por primera vez francamente a la cara como si al decir su nombre se hubiese tornado un poco más extraño para ella. Se callaron durante unos instantes. Luego dijo ella:
-No crea usted que soy desagradecida. Claro está que sin la señora cocinera mayor estaría yo mucho peor. Antes fui ayudanta de cocinera de este hotel y me vi ante el grave riesgo de ser despedida porque no podía cumplir un trabajo tan pesado. Aquí le exigen a una muchísimo. Hace un mes una muchacha de la cocina llegó a desmayarse debido sólo a la fatiga excesiva, y tuvo que guardar cama durante quince días en el hospital. Y yo no soy muy fuerte. He sufrido ya muchos trabajos; por eso no me he desarrollado cabalmente. Usted no creerá, con toda seguridad, que ya tengo dieciocho años. Pero ahora sí; ahora ya voy tornándome más fuerte.
-El servicio en esta casa debe de ser realmente abrumador -dijo Karl-. Acabo de ver en la planta baja a un ascensorista que dormía de pie.
-Sin embargo, los ascensoristas gozan de la mejor situación entre todos -dijo ella-; ganan un dineral en propinas y, al fin y al cabo, no tienen que afanarse ni remotamente como la gente de la cocina. Así, pues, yo he tenido suerte una vez realmente; la señora cocinera mayor necesitó en cierta ocasión una muchacha que preparara las servilletas para un banquete y mandó por una de las muchachas de la cocina; hay en la casa unas cincuenta de esas muchachas y a mí precisamente me tenían a mano abajo. La dejé muy satisfecha, porque en cuanto a la disposición de las servilletas tenía yo bastante experiencia. Y así, desde entonces, me ha conservado cerca de ella y ha ido formándome poco a poco, hasta convertirme en su secretaria. He aprendido muchísimo con ella.
-¿Acaso hay tanto que escribir? -preguntó Karl.
-¡Oh, muchísimo! -contestó ella-; usted seguramente no puede imaginárselo. Lo ha visto usted mismo; he trabajado hoy hasta las once y media, y el de hoy no es ningún día extraordinario. Ciertamente no sólo estoy escribiendo: tengo que hacer también muchas diligencias en la ciudad.
-¿Cómo se llama esa ciudad? -preguntó Karl.
-¿No lo sabe usted? -dijo ella-. Ramsés.
-¿Es una gran ciudad? -preguntó Karl.
-Muy grande -respondió ella-, no me gusta ir allá. Pero, ¿verdaderamente no quiere usted dormir ya?
-No, no -dijo Karl-, ni siquiera me ha dicho todavía para qué ha entrado usted.
-Porque no tengo a nadie con quien hablar. No soy quejumbrosa, pero si realmente no se tiene a nadie, se siente una feliz de que alguien la escuche. Ya lo había visto abajo en el salón; venía yo precisamente en busca de la señora cocinera mayor, cuando ella se lo llevaba a usted a la despensa.
-Es un salón terrible -dijo Karl.
-Ya ni siquiera me doy cuenta de ello -respondió ellaPero yo solamente quise decir que la señora cocinera mayor es tan buena y amable conmigo como sólo lo ha sido mi madre y, sin embargo, hay una diferencia de posición demasiado grande entre nosotras para que yo pueda hablarle con entera libertad. Antes, entre las muchachas de la cocina, tenía yo buenas amigas; pero hace mucho ya que no están en la casa y a las muchachas nuevas apenas si las conozco. Después de todo, a veces se me ocurre que mi trabajo actual me fatiga más que el de antes, y que ni siquiera lo hago tan bien como el de la cocina, y que la señora cocinera mayor me conserva en el empleo por pura compasión. Después de todo, es realmente necesario tener mejor preparación escolar para llegar a ser secretaria. Es un pecado decirlo: tantas y tantas veces tengo miedo de volverme loca… Pero por el amor de Dios -dijo de repente mucho más ligero y tocando fugazmente el hombro de Karl, ya que él retenía las manos debajo de la colcha-, no vaya usted a decirle nada de esto; ni una palabra a la señora cocinera mayor, pues entonces sí que estaría perdida. Si además de las molestias que ya le estoy causando con mi trabajo, todavía le infligiera yo alguna pena, ya sería realmente el colmo de los colmos.
-Se sobreentiende que no le diré nada -contestó Karl.
-Entonces está bien -dijo ella-, y quédese usted aquí. Me gustaría mucho que se quedara usted en la casa, y, si le parece, podríamos ayudarnos y llevarnos bien. Apenas lo vi a usted le he tomado confianza. Y, sin embargo, ¡imagínese usted qué mala soy!, sin embargo, tenía miedo, por otra parte, de que la señora cocinera mayor lo tomara a usted como secretario y me despidiera. Sólo después de quedarme largo rato allí sentada, sola, mientras usted estaba en la oficina, he reflexionado y entiendo que hasta sería excelente que usted se hiciera cargo de mis trabajos, porque usted seguramente sabrá hacerlos mejor. Si usted no quisiera hacer las diligencias en la ciudad, bien podría yo quedarme con ese trabajo. Y después de todo, seguramente sería yo mucho más útil en la cocina, más aún ahora, ya que me he robustecido un poco.
-El asunto ya está arreglado -dijo Karl-, yo seré ascensorista y usted seguirá siendo secretaria. Pero con que sólo le insinúe usted sus proyectos a la señora cocinera mayor, revelaré yo también lo demás, todo lo que usted me ha dicho hoy, por más que yo mismo tendría que lamentarlo.
Semejante tono excitó tanto a Therese que se arrojó junto al lecho y, gimoteando, hundió la cara en la ropa de la cama.
-Pero si no revelaré nada -dijo Karl-, sólo que usted tampoco debe decir nada.
Y ahora ya no podía permanecer escondido totalmente bajo la colcha; acarició un poco el brazo de la muchacha; no se le ocurría nada apropiado que pudiera decirle y sólo pensó que era una vida amarga la que allí se llevaba. Por fin ella se tranquilizó, a lo menos tanto que se avergonzó de su llanto; miró a Karl con gratitud, trató de persuadirlo de que durmiera hasta tarde y prometió que, de tener un momento libre, subiría hacia las ocho a despertarlo.
-Cierto, tiene usted mucha habilidad para despertar -dijo Karl.
-Sí, algunas cosas sé hacerlas -dijo ella; pasó la mano suavemente sobre la colcha de Karl en señal de despedida y se fue corriendo a su cuarto.
Al día siguiente pidió Karl con insistencia que le permitieran entrar en funciones inmediatamente, a pesar de que la cocinera mayor deseaba darle franco ese día, para que fuese a visitar la ciudad de Ramsés. Mas Karl declaró abiertamente que no faltarían oportunidades para eso y que ahora lo más importante para él era comenzar a trabajar, pues ya había interrumpido sin provecho otro trabajo, con distinta finalidad, en Europa, y ahora iba a empezar como ascensorista a una edad que seguramente otros muchachos, al menos los más capaces, estarían ya próximos a hacerse cargo, por natural consecuencia, de alguna tarea superior. Le parecía muy bien empezar de ascensorista, pero no estaría mal tampoco, sin duda, que se diese la mayor prisa posible. En las presentes circunstancias no le causaría ningún placer esa visita a la ciudad. Ni siquiera podía resolverse a hacer una diligencia rápida que le pedía Therese. No lo abandonaba la idea de que, si no se aplicaba, llegaría finalmente a lo que habían llegado Delamarche y Robinsón.
En la sastrería del hotel le probaron el uniforme de ascensorista, adornado con gran gala de botones y cordones dorados, y sin embargo, se estremeció un poco al ponérselo, pues la chaquetilla, especialmente en los sobacos, era fría, dura y al mismo tiempo húmeda por el sudor de los ascensoristas que la habían usado antes que él. El uniforme, por otra parte, hubo de ser agrandado especialmente para Karl, en el pecho sobre todo, pues ni uno sólo de los diez que allí había le quedaba bien, aunque sólo fuese aproximadamente. Pese al trabajo de costura que se hizo necesario y aunque el sastre parecía muy minucioso -por dos veces volvió al taller el uniforme ya entregado- todo quedó listo en apenas cinco minutos, y Karl abandonó el salón del sastre convertido ya en ascensorista, con pantalones ajustados y una chaquetilla que, a pesar de la firme aseveración contraria del sastre, le quedaba muy estrecha y lo tentaba continuamente a practicar ejercicios de respiración, pues tenía deseos de comprobar si todavía le era posible respirar.
Luego se presentó al camarero mayor, a cuyas órdenes quedaría: un hombre esbelto, hermoso, narigudo, que seguramente ya tenía unos cuarenta años. Ni siquiera tuvo tiempo de entablar la menor conversación y lo único que hizo fue llamar, mediante un timbre, a un muchacho ascensorista; era, por casualidad, precisamente el que Karl había visto la víspera. El camarero mayor sólo lo llamaba por su nombre de pila, Giácomo, pero de esa particularidad se enteró Karl sólo más tarde, puesto que a través de la pronunciación inglesa, el nombre quedaba tan desfigurado que era imposible reconocerlo. Ahora bien, ese chico recibió orden de enseñarle a Karl todo lo necesario para el servicio de los ascensores, pero era tan esquivo y se daba tanta prisa que Karl apenas pudo enterarse siquiera de lo poco que en el fondo había que aprender. Seguramente Giácomo estaba disgustado porque debía abandonar el servicio de los ascensores, evidentemente por Karl, para ser colocado como ayudante de camareras; lo cual, de acuerdo con ciertas experiencias que con todo no quiso revelar, le parecía infamante. El hecho de que la relación de un ascensorista con la maquinaria del ascensor consistiera únicamente en ponerla en movimiento mediante la simple presión del botón, fue lo primero que desilusionó a Karl, pues hasta para la reparación de los motores se utilizaba tan exclusivamente a los mecánicos del hotel que por ejemplo Giácomo, a pesar de que su servicio en el ascensor llevaba ya medio año, no había visto con sus propios ojos ni los motores del sótano ni la maquinaria del interior del ascensor; si bien, por lo que decía él expresamente, eso le hubiese gustado mucho.
Era, en general, un servicio monótono y, debido a la jornada de doce horas -los turnos se relevaban una vez por día y otra para la noche-, tan abrumador que, según las referencias de Giácomo, resultaba del todo insoportable si no se lograba dormir algunos minutos de pie.
Karl no dijo nada, pero comprendió que era precisamente esa habilidad de Giácomo la que le había costado el puesto.
A Karl le convenía mucho la circunstancia de que el ascensor que quedaba a su cuidado fuese uno destinado sólo a los pisos últimos, por lo cual él no tendría que habérselas con los más exigentes de entre la gente rica. Ciertamente no podría aprenderse allí tanto como en otra parte y por eso era una circunstancia favorable sólo para comenzar.
Ya al cabo de la primera semana se dio cuenta Karl de que estaba perfectamente a la altura del servicio. Los bronces de su ascensor eran los que estaban mejor pulidos, ninguno de los otros treinta ascensores podía compararse en ese punto con el suyo, y acaso habrían quedado más relucientes aún si el muchacho que servía en el mismo ascensor se hubiese aplicado otro tanto, aunque fuese tan sólo en medida aproximada; pero se sentía más bien apoyado en su dejadez por ese ahínco de Karl. Era norteamericano de nacimiento y se llamaba Renell; un muchacho vanidoso, de ojos oscuros y mejillas lisas, un poco ahuecadas. Poseía un elegante traje, y las noches que no le tocaba servicio se apresuraba a ponérselo y a dirigirse, ligeramente perfumado, a la ciudad; de vez en cuando también le rogaba a Karl que lo reemplazase por la noche, alegando que debía ausentarse por asuntos familiares, y poco se preocupaba de que su aspecto contradijese un pretexto semejante. Sin embargo, Karl lo estimaba y veía con gusto que Renell, en tales noches, se estuviese de pie, unos momentos antes de salir, luciendo su hermoso traje, junto al ascensor, se excusase todavía un poco mientras se calzaba los guantes y que luego partiese por el corredor. Por otra parte Karl, al reemplazarlo, sólo quería hacerle un favor que frente a un colega más antiguo le parecía natural al comienzo; mas esto, pensaba, no debía convertirse en una costumbre permanente. Pues, en efecto, aquel eterno subir y bajar en el ascensor era bastante fatigoso, y más aún en las horas vespertinas, ya que en esas horas casi no había interrupción alguna.
Bien pronto aprendió Karl a ejecutar también esas reverencias breves y profundas que se exigen de un ascensorista y ya recogía la propina al vuelo. Desaparecía ésta en el bolsillo de su chaleco y nadie hubiera podido decir, guiándose por la expresión de su semblante, si era grande o pequeña. Ante las damas abría la puerta con una leve añadidura de galantería y con un movimiento airoso y elegante entraba lentamente en el ascensor tras ellas que, preocupadas por sus faldas, sombreros y adornos colgadizos, solían subir más vacilantes que los hombres. Durante el viaje se quedaba, puesto que era ésta la forma menos llamativa, pegado a la puerta y dando la espalda a sus pasajeros y sostenía la manija de la puerta del ascensor a fin de empujarla hacia un costado en el momento preciso de la llegada, de una manera súbita y a la vez nada alarmante.
Sólo en raras oportunidades le tocaba alguno en el hombro durante el viaje para pedirle una pequeña información cualquiera, y entonces se volvía él rápidamente, como si lo hubiese esperado, y en voz alta daba la respuesta. A menudo, a pesar de los muchos ascensores y especialmente a la hora de terminar las funciones de los teatros o después de la llegada de determinados trenes expresos, producíase tal hacinamiento que, después de haber dejado apenas a los pasajeros en los pisos altos, debía precipitarse ya de nuevo hacia abajo, a fin de recoger a los que allí esperaban. Quedábale también la posibilidad de aumentar la velocidad normal tirando de un cable metálico que atravesaba toda la caja del ascensor, mas ciertamente esto estaba prohibido por el reglamento de los ascensores y se decía, además, que era peligroso. Karl, en efecto, jamás usó ese procedimiento llevando pasajeros; pero una vez que los había depositado arriba y habiendo abajo otros que esperaban, él no se guardaba consideraciones: con movimientos vigorosos, rítmicos, maniobraba con el cable como si fuera un marinero. Sabía por lo demás que así obraban los otros ascensoristas, y él no deseaba perder sus pasajeros cediéndoselos a otros muchachos. Algunos de los huéspedes que se alojaban en el hotel por una temporada, cosa que además era bastante usual, demostraban de vez en cuando, con una sonrisa, que reconocían en Karl a su ascensorista y éste aceptaba esa amabilidad con semblante serio, si bien con agrado.
A veces, cuando el movimiento mermaba un poco podía aceptar pequeños encargos especiales también: ir, por ejemplo, a buscar alguna cosa que un huésped del hotel había olvidado en su habitación, al no querer molestarse él mismo en ir hasta allí; y entonces volaba Karl hacia arriba, solo en su ascensor que en tales momentos le resultaba mucho más familiar; entraba en el cuarto ajeno, donde generalmente veía desparramadas sobre los muebles o colgadas de las perchas cosas que nunca había visto, y percibía el olor especial de un jabón de otra persona, de un perfume, de un agua dentífrica, y sin detenerse para nada, regresaba presuroso con el objeto pedido, encontrado las más de las veces a pesar de las indicaciones inexactas. Lamentaba a menudo no poder aceptar encargos de mayor importancia, pues para ello había ordenanzas especiales y mensajeros que hacían sus diligencias en bicicletas y hasta en motocicletas. Sólo para llevar pequeños recados desde las habitaciones hasta los comedores o las salas de juego, podía utilizársele a Karl, si la ocasión le era favorable.
Cuando después de la jornada de doce horas regresaba del trabajo, durante tres días a las seis de la tarde y los otros tres a las seis de la mañana, sentíase tan cansado que se dirigía derechamente a la cama, sin preocuparse por nadie. Tenía su cama en el dormitorio común de los chicos ascensoristas; por cierto, la señora cocinera mayor, cuya influencia acaso no era, pese a todo, tan grande como él la creyó aquella noche, habíase esforzado por conseguirle un cuartito propio, y sin duda también lo habría logrado; pero viendo cuántas dificultades le causaba esto y también las veces que la cocinera mayor llamaba por ese asunto al superior de Karl, aquel camarero mayor tan atareado, desistió Karl y persuadió a la cocinera mayor de que verdaderamente renunciaba al cuarto propio alegando que no deseaba él que los otros chicos le envidiasen una ventaja que en verdad no había conseguido por sus propios méritos.
Ciertamente no era un dormitorio tranquilo el de los ascensoristas; pues ya que cada uno repartía de manera diversa su tiempo libre de doce horas entre los ratos dedicados a la comida, al sueño, a las diversiones y a alguna ganancia ocasional, en el dormitorio reinaba sin interrupción el mayor movimiento. Algunos dormían cubriéndose con sus colchas hasta las orejas para no oír nada; si no obstante se despertaba a alguno, lanzaba éste gritos tan furiosos por la gritería de los otros, que ya no podían soportarlo tampoco los demás durmientes, por muy dormilones que fuesen.
Casi todos los muchachos poseían su pipa; era ésta una manera de abandonarse a una especie de lujo; Karl también había adquirido una y bien pronto comenzó a tomarle gusto. Ahora bien, durante el servicio se prohibía fumar, y el resultado era que, en el dormitorio, todo el que no dormía a pierna suelta, fumaba. Por consiguiente, cada una de las camas quedaba envuelta en su propia humareda y el todo era una bruma general. Era imposible conseguir, a pesar de que en principio la mayoría estaba de acuerdo, que durante la noche quedara encendida la luz de un solo extremo de la habitación. Si esta proposición hubiera logrado imponerse, entonces aquellos que desearan dormir habrían podido hacerlo tranquilamente, al abrigo de la oscuridad que reinaría en una de las mitades de la sala -era una habitación grande con cuarenta camas-; mientras que los otros, en la parte alumbrada, hubieran podido jugar a los dados o a los naipes y entregarse a todas las demás ocupaciones que exigieran luz. Si alguno cuya cama estuviese en la mitad alumbrada de la sala hubiera querido dormir, habría podido acostarse en una de las camas libres de la parte oscura, pues siempre había bastantes camas desocupadas y nadie objetaba nada contra semejante uso pasajero de su cama por otro. Mas la disposición de mantener una única zona iluminada no se observó siquiera una sola noche. Continuamente dábase el caso, por ejemplo, de dos muchachos que, después de haber aprovechado la oscuridad para dormir un poco, sentían deseos de jugar a los naipes en sus camas, sobre una tabla colocada en medio, y naturalmente encendían con ese fin una lámpara eléctrica adecuada, cuya luz punzante sobresaltaba a los durmientes sobre cuyas caras daba directamente. Cierto que todavía se revolcaba y se retorcía uno un poco, mas finalmente no encontraba nada mejor que hacer sino jugar con su vecino, despertado a su vez, una partida bajo la iluminación reciente. Y de nuevo, como era natural, echaban humo todas las pipas.
Ciertamente había también algunos que deseaban dormir a toda costa -Karl generalmente estaba entre ellos-, y éstos, en vez de apoyar la cabeza sobre la almohada, la cubrían o la envolvían con la misma; pero cómo podía conservarse el sueño si el vecino más próximo se levantaba, a altas horas de la noche, para dirigirse a la ciudad en busca del placer; si se lavaba ruidosamente, rociándolo todo con agua, en el lavabo que estaba instalado a la cabecera de la propia cama; si no sólo se calzaba las botas con estrépito, sino que además intentaba asentárselas mejor golpeando el suelo con el tacón -casi todos, a pesar de la horma americana de su calzado, gastaban zapatos demasiado estrechos-, si hasta terminaba por alzar finalmente, en busca de algún detalle de su atavío, la almohada del durmiente, debajo de la cual éste, claro es que ya despierto, sólo aguardaba el momento de lanzarse sobre el importuno. Ahora bien, todos ellos eran deportistas, muchachos jóvenes y en su mayor parte fuertes, que no perdían oportunidad alguna que pudiesen aprovechar para sus ejercicios deportivos. Y si durante la noche se incorporaba uno de un salto, despertado de su profundo sueño por un tremendo estrépito, podía estar seguro de encontrar en el suelo, junto a su cama, a dos luchadores; y de pie sobre todas las camas a la redonda, bajo una luz penetrante, a los peritos, en camisa y calzoncillos.
Cierta vez, a raíz de una demostración nocturna de boxeo de este tipo, uno de los púgiles fue a caer sobre Karl; éste estaba durmiendo y lo primero que vio al abrir los ojos fue la sangre que al muchacho le salía de la nariz y que se derramaba sobre toda la ropa de la cama antes de que nada pudiera hacerse para evitarlo.
A menudo se pasaba Karl las doce horas, casi íntegramente, intentando lograr unas horas de sueño, aunque por otra parte también implicaba para él un atractivo grande el poder participar de las diversiones de los demás; pero continuamente se le figuraba que los otros todos ellos, le llevaban ventaja en la vida, una ventaja que él debía compensar mediante una aplicación mayor en el trabajo, y también con pequeñas renuncias. A pesar de que, por lo tanto, le importaba principalmente dormir en prc vecho de su trabajo, no se quejaba él de las condiciones que reinaban en el dormitorio, ni ante la cocinera mayor ni ante Therese; pues en primer lugar, considerándolo bien, todos los muchachos sobrellevaban esas condiciones penosamente, sin que jamás se quejaran seriamente; y en segundo lugar, porque consideraba las molestias del dormitorio como una parte inseparable de su tarea de ascensorista, tarea que por lo pronto había recibido con gratitud de manos de la cocinera mayor.
Una vez por semana, con motivo del cambio de turno, tenía franco durante veinticuatro horas, y las empleaba, en parte, para hacer una o dos visitas a la cocinera mayor; o, si no, aguardaba el escaso tiempo libre de Therese para estar con ella unos momentos en algún rincón del pasillo y sólo rara vez en su cuarto, para cambiar así unas palabras fugaces. A veces también la acompañaba cuando hacía sus diligencias en la ciudad que debían llevarse a cabo con la mayor premura. Iban entonces casi corriendo, llevándole Karl el bolso, hasta la primera estación del tren subterráneo; el viaje pasaba en un santiamén como si el tren fuese arrastrado sin ofrecer la menor resistencia y apenas adentro ya lo abandonaban, traqueteando escaleras arriba, en lugar de esperar el ascensor, que les resultaba demasiado lento. Aparecían luego las grandes plazas desde las cuales las calles eran irradiadas como veloces rayos estelares, plazas que aportaban una aglomeración en ese tránsito que en línea recta afluía desde todas partes; pero Karl y Therese corrían, muy juntos, a las distintas oficinas, lavaderos, depósitos y comercios, donde había que hacer pedidos o presentar quejas, cosas de bien escasa importancia por cierto, pero que no se podían negociar, sin más, por teléfono.
Therese cayó pronto en la cuenta de que la ayuda de Karl no resultaba nada despreciable sino que, por el contrario, aceleraba notablemente una cantidad de cosas. Jamás, cuando él la acompañaba, tenía que quedarse esperando, tal como otras veces le ocurría a menudo, hasta que la gente de los comercios, más que atareada, la atendiese. Él se aproximaba al mostrador y tanto golpeaba con los nudillos que finalmente el procedimiento daba resultado; por encima de murallas humanas lanzaba él sus exclamaciones en ese inglés que aún seguía teniendo ese acento un poco exagerado que se distinguía fácilmente entre cien voces, se acercaba a la gente sin vacilación, por más que se retirasen, arrogantes, al fondo de los más extensos salones de comercio. No lo hacía con arrogancia y justipreciaba toda resistencia, pero se sentía respaldado por una posición segura que le confería derechos: el Hotel Occidental era un cliente que no admitía bromas, y al fin y al cabo, Therese, pese a su experiencia comercial, veíase bastante necesitada de ayuda.
-Debería usted venir conmigo siempre -decía a veces, riendo dichosa, al regresar de alguna empresa llevada a cabo con particular éxito.
Sólo tres veces durante ese mes y medio de su permanencia en Ramsés se quedó Karl durante un rato prolongado, más de un par de horas, en el cuartito de Therese. Naturalmente, era más pequeño que cualquiera de los cuartos de la cocinera mayor; las cosas que contenía rodeaban en cierto modo sólo la ventana, pero Karl ya apreciaba bastante, por sus experiencias del dormitorio, el valor de un cuarto propio y relativamente tranquilo, y aunque no lo manifestase en forma expresa, Therese notaba, sin embargo, cuánto le gustaba su cuarto. No tenía ella secretos para él; no hubiera sido fácil por otra parte, después de aquella visita de la primera noche, tener todavía secretos ante él. Era hija natural; su padre, capataz de obras, luego de emigrar, las había hecho venir, a la madre y a la hija, desde Pomerania; mas como si con ello hubiese cumplido su deber o como si hubiese esperado a personas distintas y no a esa mujer agotada por el trabajo y a esa niña débil,+que había ido a recoger en el desembarcadero, siguió viaje bien pronto y sin grandes explicaciones hacia Canadá. Ellas se quedaron y no recibieron de él ni una carta ni otra noticia alguna, lo que, por otra parte, no era para asombrarse, pues se hallaban perdidas en los grandes alojamientos colectivos del Este neoyorquino, cosa que excluía toda posibilidad de dar con ellas.
Cierta vez Therese se puso a referirle -Karl permanecía a su lado junto a la ventana y miraba a la calle- la muerte de su madre; cómo corrían la madre y ella, cierta noche de invierno -tendría ella a la sazón unos cinco años- por las calles, cada una con su hatillo, en procura de un echadero para pasar la noche; cómo la madre la llevaba primero de la mano -arreciaba un temporal de mucha nieve y no era nada fácil avanzar- hasta que se le entumeció la mano y soltó a Therese, sin volverse siquiera para mirarla; y ella entonces, con grandes esfuerzos, tuvo que sujetarse por sí misma de las faldas de su madre. Therese tropezó a menudo y hasta llegó a caerse, pero la madre seguía adelante como presa de una obsesión, y no se detenía. ¡Y qué nevascas aquéllas, en las largas y rectas calles de Nueva York! Karl aún no había pasado ningún invierno en Nueva York. Si camina uno contra el viento, y éste gira en círculo, entonces no pueden abrirse los ojos ni un instante; y el viento, sin cesar, le frota a uno la cara con nieve, y uno corre, pero sin adelantar nada; es en verdad desesperante. Y con todo, un niño, claro está, aventaja siempre a los adultos, ya que corre por debajo del viento y hasta siente un poco de alegría y placer en todo eso. Y así, aquella vez, Therese no podía comprender del todo a su madre, y estaba físicamente convencida de que, si aquella noche se hubiese conducido con más inteligencia -era todavía una niña muy pequeñita- frente a su madre, ésta no hubiera tenido que sufrir aquella muerte tan miserable.
La madre ya llevaba entonces dos días sin trabajar, ya no poseían ni la más ínfima moneda, habían pasado el día a la intemperie y sin probar bocado y en sus hatillos sólo arrastraban unos trapos inservibles que, acaso por superstición, no se atrevían a tirar. Ahora bien, para la mañana siguiente creía la madre que podría obtener una ocupación en una obra en construcción, pero temía -cosa que trató de explicar a Therese durante todo el día- no poder aprovechar esa ocasión favorable, pues se sentía muerta de cansancio ya por la mañana y para espanto de los transeúntes había tosido y arrojado mucha sangre; su único anhelo era llegar a calentarse en alguna parte y descansar. Y precisamente aquella noche resultaba imposible hallar el más insignificante rincón. Allí donde el casero no comenzaba ya por arrojarlas del zaguán, refugio en el que, de todas maneras, hubiera sido posible reponerse algo del temporal, atravesaban corriendo los estrechos y helados pasillos e iban subiendo afanosamente los altos pisos, rodeando las estrechas terrazas de los patios, llamando a las puertas a la buena de Dios, ya sin atreverse a hablarle a nadie, ya rogándole a cada uno de los que encontraban, y una o dos veces hasta llegó la madre a arrodillarse sin aliento, en el peldaño de una escalera soledosa y atraía hacia sí violentamente a Therese que casi se defendía, y la besaba con dolorosa presión de sus labios. Si luego se piensa que eran éstos los últimos besos, no se concibe cómo, aun siendo una pequeña criatura, se ha podido ser tan ciega para no comprenderlo.
Algunos de los cuartos por los que pasaban tenían las puertas abiertas para dar salida al aire sofocante y en medio de aquel humo brumoso que, como causado por un incendio, llenaba los cuartos, no surgía sino la figura de alguien que aparecía en el marco de la puerta, demostrando, ya por su muda presencia, ya por una breve palabra, la imposibilidad de un albergue en dicho cuarto.
Ahora, a través de esa visión retrospectiva, parecíale a Therese que sólo en las primeras horas la madre había buscado seriamente algún sitio; pues pasada la medianoche probablemente ya no le había dirigido la palabra a nadie, si bien no había cesado de correr, entre pequeñas pausas, hasta la hora del alba y aunque hubiera en aquellas casas, donde jamás se cierran ni las puertas de calle ni las del interior, un movimiento constante y se topara uno con gente a cada paso. Desde luego aquello no era, en verdad, una carrera y la rapidez de su marcha se debía sólo al esfuerzo extremo de que ellas eran capaces, y en realidad sólo pudo haber sido un lento arrastrarse. Therese no podía tampoco precisar si, desde la medianoche hasta las cinco de la madrugada, habían estado en veinte casas o sólo en dos o siquiera en una sola. Los pasillos de esas casas habían sido construidos astutamente de acuerdo con planos adecuados al mejor aprovechamiento del espacio, pero que no tomaban en consideración la necesidad de poder orientarse fácilmente a través de ellos; ¡cuántas veces, sin duda, habían atravesado los mismos pasillos! Por ejemplo Therese recordaba oscuramente que abandonaron el portón de una casa después de haberla recorrido durante una eternidad; pero también le parecía que, una vez en la calle, se volvieron en seguida, precipitándose de nuevo en el interior de la misma casa.
Para la niña todo aquello implicaba naturalmente sufrimientos inconcebibles: el verse ya sujetada por la madre, ya asida a ella, arrastrada sin una sola palabra de consuelo; y todo esto no parecía tener entonces más que una sola explicación para su corta inteligencia, y era ésta: la madre pretendía huir de ella. Por eso se aferraba Therese cada vez más -aun cuando la madre la llevaba de una mano, aferrábase ella para mayor seguridad también con la otra- a las faldas de la madre, y sollozaba a intervalos. No quería ella que la abandonaran allí, entre las gentes que subían ruidosamente la escalera delante de ellas, que a su espalda, invisibles todavía, se aproximaban tras un recodo; que reñían en los pasillos ante una de las puertas, empujándose mutuamente al interior de los cuartos. Beodos ambulaban por la casa con su sordo canturrear, y la madre conseguía deslizarse felizmente con Therese a través de grupos de tal gente que iban a cerrarles el paso.
Sin duda, a altas horas de la noche, cuando ya no se prestaba atención y ya nadie insistía con rigor absoluto en su derecho, habrían podido meterse siquiera en uno de aquellos dormitorios colectivos, subarrendados por empresarios; ya habían pasado frente a varios, pero Therese no entendía nada de eso y la madre ya no buscaba descanso.
Por la mañana, comienzo de un hermoso día de invierno, estaban apoyadas ambas en el muro de una casa, y allí quizá habían dormido un poco, quizá sólo habían estado mirando las cosas fijamente, con los ojos abiertos. Resultó que Therese había perdido su hatillo y la madre quiso zurrarla para castigar así semejante falta de cuidado, mas Therese ni oyó ni sintió golpe alguno. Siguieron luego a través de las calles que se animaban, la madre junto al muro; pasaron por un puente donde la madre iba quitando con la mano la escarcha del pretil y llegaron por fin -entonces Therese lo tomaba como si fuese lo más natural del mundo, hoy en cambio no podía comprenderlo- precisamente a aquella obra en construcción adonde la madre había sido citada para aquella mañana. No le dijo a Therese que esperara ni que se fuera, y Therese veía en ello una orden de esperar, ya que era esto lo que mejor concordaba con sus propios deseos. Sentóse, pues, sobre un montón de ladrillos y se quedó mirando cómo desataba la madre su hatillo, cómo sacaba de él un trapo de color y se aseguraba un pañuelo que había llevado en la cabeza durante toda la noche. Therese estaba demasiado cansada y por eso ni siquiera se le ocurría ayudar a su madre.
Sin presentarse previamente en la garita del capataz como era lo acostumbrado, sin preguntar a nadie, subió la madre por una escalera, como si ya supiese qué trabajo le habían adjudicado. A Therese le extrañó todo aquello, pues comúnmente se ocupaba a las ayudantas tan sólo abajo y únicamente para preparar y apagar la cal, para alcanzar los ladrillos y otras tareas sencillas. Creyó por lo tanto que la madre pensaba dedicarse ese día a un trabajo mejor pagado, y mirando hacia arriba medio dormida, le sonreía.
La obra aún no era alta, apenas había adelantado en la planta baja aunque las altas vigas de los armazones destinadas a la futura construcción -si bien todavía sin los tirantes de comunicación- se destacaban ya, enhiestas, contra el cielo azul. Allá arriba, la madre eludía hábilmente las dificultades de la marcha entre los albañiles que ponían ladrillo sobre ladrillo y que, cosa inaudita, no le pedían cuentas. Sujetábase cautelosamente, tocándolo apenas, de un tabique de madera, que servía de barandilla, y Therese, en medio de su modorra, miraba asombrada desde abajo esa habilidad, y aun creía recibir de su madre una mirada amable. Pero por entonces la madre, en su marcha, había llegado a una pequeña pila de ladrillos ante la cual concluía la barandilla y probablemente también el camino; mas a ella no le importó, dirigióse derechamente a aquel montón de ladrillos y, pasando sobre él, se precipitó al vacío. Muchos ladrillos rodaron tras ella y finalmente, al cabo de un buen rato, desprendióse en alguna parte una pesada tabla que le cayó encima con gran estrépito.
El último recuerdo que guardaba Therese de su madre, era el de haberla visto yacer esparrancada, aun con su falda a cuadros que procedía de Pomerania; el de haber visto cómo la cubría casi totalmente aquella pesada tabla que yacía sobre ella, y cómo se agolpaban las gentes llegadas de todas partes, y cómo arriba, en lo alto de la obra, lanzaba algún hombre una voz iracunda.
Habíase hecho tarde cuando Therese concluyó su relato. Había desarrollado la narración minuciosamente, cosa que no solía hacer otras veces, y en los momentos indiferentes sobre todo, así al describir las vigas de los armazones, de las que cada una por sí misma se destacaba enhiesta contra el cielo, había tenido que interrumpirse con lágrimas en los ojos. Ahora, a los diez años de ocurrido el hecho, recordaba ella con toda precisión cada detalle de lo que entonces había sucedido; y ya que la visión que conservaba de la madre en lo alto de la apenas terminada planta baja era el último recuerdo que guardaba de la vida de su madre y no lograba transmitírselo con claridad suficiente a su amigo, quiso volver una vez más sobre el particular después del relato; pero se atascó, hundió la cara en ambas manos y no dijo ni una sola palabra más.
Pero también transcurrían horas más alegres en el cuarto de Therese. Ya durante su primera visita vio Karl allí un texto de correspondencia comercial y, accediendo a su pedido, ella se lo prestó. Al mismo tiempo convinieron en que Karl hiciera los ejercicios insertos en el libro y se los presentara a Therese, que ya había estudiado el contenido de ese libro, porque resultaba indispensable para cumplir sus pequeños trabajos. Y ahora permanecía Karl durante noches enteras, con algodón en los oídos, en el dormitorio, sobre su cama, y para no cansarse adoptaba todas las posturas posibles, leía en el texto y garabateaba los ejercicios en un cuadernillo con una estilográfica que le había regalado la cocinera mayor, como premio por haberle preparado en forma muy práctica y con esmerado empeño un gran registro del inventario.
Logró sacar provecho de la mayor parte de las molestias que le causaban los otros muchachos, pidiéndoles reiteradamente consejos en cuestiones relativas al idioma inglés, hasta que se cansaron y lo dejaron en paz. A menudo le asombraba que los demás se hubiesen resignado de tal manera a permanecer en su condición actual, sin sentir siquiera su carácter precario -ascensoristas de más de veinte años de edad ya no eran admitidos-, y sin percibir la necesidad de decidirse acerca de su profesión futura, y que, a pesar del ejemplo de Karl, no leían otra cosa que, en el mejor de los casos, cuentos policíacos que, hechos jirones y sucios, se entregaban de cama en cama.
Durante los encuentros, corregía luego Therese con minuciosidad excesiva; surgían opiniones que eran objeto de controversias; Karl citaba en calidad de testigo a su gran profesor neoyorquino, pero éste tenía exactamente tan poco valor para Therese como los pareceres gramaticales de los ascensoristas. Ella le quitaba la pluma estilográfica de la mano y tachaba los puntos de cuya imperfección estaba segura; pero en caso de duda, y a pesar de que ninguna autoridad superior a Therese debía ver el ejercicio, volvía Karl a tachar, por pura escrupulosidad, las marcas que había puesto Therese.
A veces, por cierto, aparecía la cocinera mayor y ella decidía siempre a favor de Therese, mas esto tampoco probaba nada, ya que Therese era su secretaria. Pero al mismo tiempo su llegada traía la reconciliación general, pues se preparaba el té y se mandaba a buscar pasteles. Karl tenía entonces que contar cosas de Europa, ciertamente entre muchas interrupciones de la cocinera mayor que volvía a preguntar y a asombrarse de nuevo, por lo cual Karl se daba cuenta de cuánto habían cambiado allá las cosas, fundamentalmente, en un lapso relativamente breve, y cuánto se habrían modificado ya las cosas desde su ausencia y cómo iban modificándose continuamente.
Haría un mes aproximadamente que Karl se hallaba en Ramsés cuando cierta noche le dijo Renell, al pasar que delante del hotel le había dirigido la palabra un hombre que se llamaba Delamarche, preguntándole por Karl. Claro que Renell no había tenido motivo alguno de callar nada, y de acuerdo con la verdad le había referido que Karl era ascensorista, pero que tenía perspectivas de llegar a ocupar puestos mucho más importantes, debido a la protección que le brindaba la cocinera mayor. Karl se dio cuenta de cuán cautelosamente había sido tratado Renell por Delamarche, pues hasta lo había invitado a cenar esa noche con él.
-No tengo la menor relación con Delamarche -dijo Karl-. ¡Y tú cuídate mucho de él!
-¿Yo? -preguntó Renell y, estirándose, se fue presuroso. Era el chico más guapo del hotel y entre los demás muchachos circulaba el rumor (sin que se supiera quién lo había originado) de que una señora distinguida, que se alojaba en el hotel ya hacía cierto tiempo, lo había acometido a besos (eso por lo menos) en el ascensor.
Él, que conocía ese rumor, encontraba sin duda un encanto muy grande en ver pasar a su lado a aquella dama confiada en cuyo aspecto exterior ni la menor cosa revelaba la posibilidad siquiera de semejante conducta, con sus pasos tranquilos y leves, sus delicados velos y su talle muy ceñido. Vivía ella en el primer piso y el ascensor de Renell no era el suyo; pero desde luego, estando los demás ascensores ocupados, no podía prohibirse a huéspedes de esa categoría el acceso a otro ascensor. Y así sucedía que dicha señora viajaba de vez en cuando en el ascensor de Karl y de Renell y, en efecto, sólo cuando estaba de servicio Renell. Quizá fuera pura casualidad; mas nadie lo creía así, y cuando partía el ascensor con los dos, apoderábase de toda la fila de los ascensoristas cierta inquietud que todos se esforzaban por reprimir y que hasta había provocado cierta vez la intervención de un camarero mayor.
Sea cual fuere la causa, ya la dama, ya el rumor, Renell de todas maneras había cambiado, habíase tornado mucho más altivo todavía; abandonaba el trabajo de lustrar los bronces totalmente a Karl -éste ya esperaba una oportunidad para plantear a fondo el asunto-, y en el dormitorio ya no se le veía. Ningún otro se había retirado tan completamente de la comunidad de los ascensoristas, pues por lo general conservaban todos una solidaridad severa, al menos en cuestiones de servicio, y mantenían una organización reconocida por la Dirección del hotel.
Karl dejó que todo esto cruzara por su mente, pensó también en Delamarche y, por otra parte, siguió cumpliendo con su servicio, como siempre. Hacia medianoche tuvo una pequeña distracción, pues Therese, que lo sorprendía a menudo con regalitos, le llevó una gran manzana y una tableta de chocolate. Conversaron un rato y las interrupciones producidas por los viajes del ascensor apenas los molestaron. La conversación llegó a tocar también el tema de Delamarche, y Karl cayó en la cuenta de que, en realidad, se había dejado influir por Therese, y si desde hacía algún tiempo creía que aquél era un hombre peligroso, a eso se debía; pues tal, en efecto, le había parecido a Therese, de acuerdo con los relatos de Karl. Pero Karl, en el fondo, creía que era tan sólo un bribón, que había permitido que la desgracia lo perdiera, y con el cual bien podía uno entenderse. Pero Therese le contradijo muy vivamente y mediante largos discursos le exigió a Karl la promesa de que ya nunca hablaría una sola palabra con Delamarche. En lugar de prometérselo instóla Karl repetidas veces a que se fuera a dormir, puesto que hacía mucho ya que había pasado la medianoche, y como ella se negara, la amenazó con que abandonaría el puesto y la conduciría hasta su cuarto. Cuando finalmente la vio dispuesta a irse le dijo:
-¿Por qué me causas preocupaciones inútiles, Therese? Por si esto te ayudara a dormir, te prometo gustoso que hablaré con Delamarche sólo si no puedo evitarlo.
Luego se produjeron muchos viajes, pues el muchacho del ascensor vecino había sido inutilizado para algún trabajo auxiliar en otra parte y Karl tuvo que atender los dos ascensores. Ya hubo huéspedes que hablaron de desorden y un señor que acompañaba a una dama hasta le tocó a Karl levemente, con un bastón, a fin de que trabajase con mayor prisa, exhortación del todo innecesaria, por otra parte. Si por lo menos los huéspedes, al ver que en uno de los ascensores no había ningún muchacho, se hubiesen acercado en seguida al ascensor de Karl; pero ellos no hacían tal cosa, sino que, bien al contrario, se acercaban al ascensor vecino y allí se quedaban de pie, con la mano sobre la manija; o, si no, lo que era peor aún, entraban ellos mismos en el ascensor, cosa que de acuerdo con el inciso más severo del reglamento de servicio debían evitar los ascensoristas a toda costa. Y así tuvo que correr Karl, en un constante ir y venir que resultaba muy fatigoso, sin que no obstante hubiese obtenido con ello la conciencia de cumplir con rigor su deber.
Para colmo, hacia las tres de la mañana un mozo de cuerda, hombre viejo con quien tenía cierta amistad, pretendía que le ayudase en alguna cosa; pero él no podía brindarle de ninguna manera esa ayuda, pues precisamente en aquel momento había huéspedes esperando ante sus dos ascensores y exigía una gran presencia de ánimo tener que decidirse en el acto y dando grandes pasos por uno de los dos grupos. Se sintió feliz, por lo tanto, al volver el otro chico a su puesto y le dirigió unas palabras de reproche por su prolongada ausencia, aunque él probablemente no tuvo ninguna culpa.
Después de las cuatro de la madrugada todo fue tranquilizándose un poco; Karl ya necesitaba con urgencia de esa tranquilidad. Se quedó pesadamente apoyado en la balaustrada, junto a su ascensor, se puso a comer despacio la manzana, de la que emanaba, ya al primer mordisco, un fuerte aroma y miró hacia abajo, hacia un pozo de luz que se veía rodeado por las grandes ventanas de las despensas, tras las cuales apenas se llegaba a vislumbrar, entre las sombras, unas masas colgantes de plátanos.

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