Fragmentos De Cuadernos Y Hojas Sueltas I

Entre mis condiscípulos, yo era tonto, pero no el más tonto. Y si a pesar de todo, no pocas veces algunos de mis profesores afirmaban esto último delante de mis padres y de mí mismo, sólo lo hacían por la obcecación de muchas personas que creen ser los amos de medio mundo cuando se atreven a emitir un juicio tan radical.
Pero en general pensaban que yo era tonto y tenían realmente buenas pruebas de ello, pruebas que era fácil suministrar cuando quizás había que informar sobre mi persona a algún extraño que en un primer momento no había tenido mala impresión de mí y no se lo ocultaba a los demás.
Era algo que muchas veces me irritaba y hasta me hacía llorar. Y en aquella época ésas fueron las únicas ocasiones en que me sentía inseguro ante las dificultades de entonces y desesperado por las que vendrían en el futuro; pero teóricamente inseguro, teóricamente desesperado, ya que cuando llegaba el momento de trabajar, inmediatamente estaba lleno de seguridad y desprovisto de dudas, o sea casi igual que el actor que sale impetuosamente de entre bastidores, se detiene un instante a bastante distancia del centro del escenario, con las manos, pongamos por caso, en la frente, mientras el apasionamiento que va a necesitar inmediatamente después se ha vuelto tan grande en él que no puede disimularlo, por mucho que, tensa la mirada, se muerda los labios. La inseguridad actual, ya casi pasada, realza el incipiente apasionamiento y el apasionamiento refuerza la inseguridad. Inevitablemente vuelve a nacer una inseguridad que envuelve a los otros dos y a nosotros. Por eso me ponía de mal humor conocer gente nueva. Ya estaba inquieto cuando algunos me miraban recorriendo con la vista las paredes de la nariz, al modo como desde una casita “ través de los prismáticos se contempla el mar o tal vez la sierra y el mismo aire. Se hacían afirmaciones ridículas, se formulaban embustes estadísticos, errores geográficos, falsas doctrinas, tan prohibidas como absurdas, sólidas opiniones políticas, estimables pareceres sobre sucesos de actualidad, ideas encomiables que sorprendían casi por igual a quien las decía y al grupo de oyentes, y todo se demostraba por la mirada de los ojos, por la manera de agarrar el borde de la mesa o de levantarse de pronto de la silla. Tan pronto empezaban con esas cosas, dejaban al momento de mirarle a uno continuamente con ojos severos, pues la parte superior del cuerpo abandonaba su postura habitual y se inclinaba por sí sola hacia delante o hacia detrás. Algunos se olvidaban literalmente de sus vestidos (doblaban enérgicamente las rodillas para apoyarse sólo sobre la punta de los pies, o arrugaban la chaqueta apretándola con gran fuerza contra el pecho), otros no; muchos se agarraban con los dedos a las lentes, a un abanico, a un lápiz, a un monóculo, a un cigarrillo, y a la mayoría, por muy fuerte que tuviesen la piel, se les encendía el rostro. La mirada que nos dirigían resbalaba hacia abajo, como va cayendo poco a poco un brazo alzado.
A mí me dejaban en mi estado natural, yo era libre de esperar para escuchar después, o de marcharme y tumbarme en la cama, cosa que siempre me gustaba, porque muchas veces tenía sueño, debido a mi timidez. Era como un largo descanso en medio del baile, un descanso en el que pocos deciden marcharse, mientras que la mayoría se quedan, sentados o de pie, aquí y allá, al tiempo que los músicos, en los que nadie piensa, recobran fuerzas en algún sitio para seguir tocando. Sólo que no era todo tan pacífico, y no todos notaban el descanso, sino que en la sala había muchos bailes al mismo tiempo. ¿Podía marcharme yo cuando alguien se excitaba, aunque fuese poco, por mi culpa, por algún recuerdo, por muchas otras cosas y en el fondo por todo lo relacionado conmigo, y se disponía a recorrer esa excitación desde el principio, llevado tal vez por algo que le han contado o con el pensamiento puesto en la patria? Sus ojos, sí, su cuerpo entero con la ropa que llevaba encima se entenebrecía y las palabras salían… [Laguna de unas dos páginas.]
Todo eso hacía que yo notara aún mi miedo, ese miedo a un hombre al que había dado la mano sin pensar en nada, cuyo nombre no conocía, a no ser que alguno de sus amigos le hubiese llamado por su nombre de pila, y frente al cual yo había estado sentado al final varias horas perfectamente tranquilo, sólo un poco abrumado, como lo están los jóvenes, por las miradas de esa persona mayor, por más que raras veces estuviesen dirigidas sólo a mí.
Supongamos que yo había procurado que mi mirada tropezara varias veces con la suya y que, desocupado como estaba, puesto que nadie contaba conmigo, había intentado leer algún tiempo en sus ojos azules y buenos, ya sea… que eso equivale a marcharse de la reunión. Y si aquello había fracasado, eso no demostraba nada, lo mismo que el hecho de intentarlo. Bueno, había fracasado, había mostrado mi incapacidad nada más empezar y tampoco la pude ocultar después un solo instante, pero también los pies de los patinadores poco diestros van cada uno en una dirección distinta y tienden a separarse del hielo. Si hubiera uno hábil… [Laguna.] y uno inteligente que no estaba ni delante ni al lado ni detrás de ese centenar, de forma que se le hubiese visto enseguida y con facilidad, sino que estaba en medio de los otros, de forma que sólo se le podía ver desde un lugar muy elevado, e incluso entonces sólo se veía cómo se marchaba. Ésa es la opinión que sobre mi persona emitió mi padre, que era un hombre de gran prestigio y de mucho éxito, sobre todo en el mundo político de mi país. Oí una vez casualmente lo que dijo cuando yo tenía unos diecisiete años y estaba en mi habitación, con la puerta abierta, leyendo una novela de indios. Ese día me llamaron la atención aquellas palabras, se me quedaron grabadas, pero no me impresionaron lo más mínimo. Tal y como suele ocurrir, que a la gente joven no le importa lo más mínimo la opinión que otros tienen de ellos. Porque, ya sea que todavía descansen por completo en sí mismos o que continuamente se les haga volver a esa concentración interior, ellos sienten su forma de ser con estruendo y alboroto como la música de una banda militar. La opinión general tiene condicionamientos e intenciones que ellos desconocen, por lo que les resulta inaccesible por todas partes; se comporta como uno que pasea por la isla de un estanque en el que no hay ni puentes ni barcas; oye la música pero no le oyen a él.
Con esto no quiero atacar la lógica de la gente joven…

Todo hombre es peculiar y está llamado a actuar con arreglo a su peculiaridad; pero tiene que tomarle el gusto a esa peculiaridad suya. Por lo que he podido saber, tanto en la escuela como en casa se hizo lo posible por que desapareciera esa peculiaridad. De esa manera, se facilitaba el trabajo educacional, y también se le facilitaba al niño la vida, pero por otra parte, ese niño tenía que sufrir previamente con toda su intensidad el dolor que produce la coacción. Por ejemplo, a un niño que por la noche está inmerso en la lectura de un emocionante relato nunca se le podrá hacer comprender, mediante una argumentación adaptada a él, que tiene que interrumpir la lectura e irse a la cama. Cuando a mí me decían en un caso así que ya era tarde, que me estropeaba la vista, que por la mañana tendría sueño y me costaría trabajo levantarme, que aquella historia tan mala y tan tonta no merecía la pena, yo desde luego no podía refutarlo explícitamente, pero en el fondo era sólo porque todo aquello ni siquiera se aproximaba a los límites de las cosas sobre las que valía la pena reflexionar. Porque todo era infinito o acababa en algo tan vago e impreciso que equivalía a lo infinito: el tiempo era infinito, o sea no podía ser tarde, mi vista era infinita, o sea yo no podía estropearla, incluso la noche era infinita, o sea madrugar no era motivo de preocupación, y los libros yo los clasificaba no según que fueran tontos o listos sino según que fueran emocionantes o no, y ése lo era. Todo esto no podía expresarlo, pero la consecuencia era que yo resultaba cargante con mi insistencia en que me dejaran seguir leyendo o que decidía seguir leyendo sin permiso. Ésa era mi peculiaridad. La reprimían cerrando la llave del gas y dejándome sin luz; como explicación me decían: todo el mundo se va a la cama, así que también tú tienes que irte a la cama. Yo eso lo veía y tenía que creerlo, aunque era incomprensible. Nadie quiere llevar a cabo tantas reformas como los niños. Pero aparte de esa opresión, en cierto sentido encomiable, quedaba también en este caso, como en casi todos los demás, un aguijón que por mucho que se recurriera a generalidades no perdía su fuerza. Así que yo quedaba convencido de que, justamente aquella noche, a nadie en el mundo le hubiera gustado tanto seguir leyendo como a mí. Eso, por mucho que se recurriera a generalidades, de entrada no podía rebatírmelo nadie, sobre todo porque me daba cuenta de que nadie creía que yo sintiera esos deseos irreprimibles de leer. Sólo poco a poco, y mucho después, tal vez cuando ya el deseo era menos intenso, me venía como una especie de convicción de que había muchos que tenían las mismas ganas de leer y las reprimían. Pero en aquel entonces yo sólo sentía la injusticia que me estaban haciendo, me iba a la cama lleno de tristeza y así empezó a formarse ese odio que determina mi vida familiar y, a partir de ella, en cierto sentido mi vida entera. La prohibición de leer es sólo un ejemplo, indudablemente, pero un ejemplo significativo, porque esa prohibición tuvo hondas repercusiones. Ellos no aceptaban mi peculiaridad, pero como yo la sentía en mí -y era susceptible y siempre estaba en guardia-, no podía menos que ver una condena en esa actitud que tenían conmigo. Y si les parecía condenable esa peculiaridad mía que yo exhibía sin rebozo, cuánto peores tenían que ser las peculiaridades que mantenía ocultas por la sencilla razón de que yo mismo veía en ellas una cierta falta de justificación. Por ejemplo, había estado leyendo por la noche, aunque aún no había estudiado las lecciones del día siguiente. En sí mismo, en cuanto incumplimiento de un deber, aquello era quizás algo muy malo, pero para mí no se trataba de un juicio absoluto, para mí lo único importante era el juicio comparativo. Juzgada así, aquella negligencia seguramente no era peor que la prolongada lectura como tal, sobre todo porque las consecuencias de esa negligencia, debido al miedo enorme que me infundían el colegio y las instancias superiores, eran muy limitadas. Lo que yo perdía debido a la lectura, lo recuperaba fácilmente, gracias a mi buena memoria de entonces, por la mañana temprano o en el colegio. Pero lo importante era que la condena en que había incurrido esa peculiaridad mía de la lectura prolongada, yo la seguía aplicando con mis propios medios a la peculiaridad, que mantenía oculta, del incumplimiento del deber, llegando así al más deprimente de los resultados. Era como si le rozan a alguien con una vara de mimbre, sólo para darle un aviso y sin intención de hacerle daño, pero él deshace el trenzado de la vara, tira de cada una de las puntas y empieza a clavárselas y a arañarse con ellas, mientras que la mano ajena sigue agarrando tranquilamente el mango de la vara. Pero aunque en aquel entonces yo aún no me infligía un duro castigo cuando sucedían esas cosas, lo cierto es que no les saqué a mis peculiaridades el verdadero provecho que viene a cristalizarse, en definitiva, en una confianza duradera en sí mismo. Antes bien, la consecuencia de poner a la vista una peculiaridad era que, o bien odiaba al opresor, o bien daba por no existente esa peculiaridad, dos consecuencias que también podían asociarse engañosamente. Pero si mantenía oculta una peculiaridad, la consecuencia era entonces que me odiaba a mí mismo o a mi suerte, que me tenía por malo o me consideraba ya condenado. La relación entre esos dos grupos de peculiaridades ha cambiado mucho con el correr de los años. Las peculiaridades que ponía a la vista aumentaban cada vez más, según iba acercándome a la vida que me era accesible. Pero eso no me liberaba, la cantidad de lo que mantenía oculto no disminuía en proporción, observando de un modo más sutil se hacía evidente que nunca podría confesar todo. Incluso de las confesiones de tiempos pasados, completas en apariencia, se veían después las raíces en el interior. Pero aunque no hubiese sido así: con la relajación de toda la organización psíquica que he experimentado sin interrupciones esenciales, bastaba una peculiaridad oculta para perturbarme de tal manera que, con toda mi adaptación, no tenía ningún asidero. Pero la cosa era aún más grave. Aunque no me hubiese guardado para mí ningún secreto sino que hubiese arrojado todo tan lejos de mí que la purificación hubiese sido total, un instante después me habría invadido de nuevo el viejo desorden, porque a mi modo de ver el secreto no había sido reconocido ni valorado plenamente y, por consiguiente, me había sido devuelto por la generalidad y acababa de serme impuesto de nuevo. Eso no era una ilusión, sino una forma especial de conocimiento: el hecho de que, al menos entre los seres vivos, nadie puede liberarse de sí mismo. Si, por ejemplo, alguien le confiesa a un amigo que es avaricioso, durante ese instante y frente a un amigo, o sea frente a uno que juzga de modo competente, se ha liberado aparentemente de la avaricia. Y durante ese instante, da igual cómo lo toma el amigo, o sea, es igual que niegue la existencia de esa avaricia, que dé consejos para liberarse de ella o incluso que la defienda. Tal vez ni siquiera sería decisivo que el amigo, de resultas de esa confesión, retirase su amistad. Decisivo es, por el contrario, que, quizás no como pecador arrepentido pero sí como pecador sincero, uno haya confiado a los demás el propio secreto, esperando así haber reconquistado aquella infancia buena y -esto es lo más importante- libre. Pero sólo se ha conquistado una breve extravagancia y mucha amargura posterior. Pues en algún sitio de la mesa, entre el avaricioso y el amigo, está el dinero del que tiene que apropiarse el avaricioso y hacia el que mueve la mano cada vez con más rapidez. A medio camino, la confesión todavía sigue produciendo su efecto, un efecto cada vez más débil pero liberador aún, pero de ahí en adelante ya no, al contrario, la confesión sólo ilumina la mano que sigue avanzando. Las confesiones eficaces sólo son posibles antes o después del acto. El acto no permite que haya nada a su lado, para la mano que recoge el dinero no hay liberación mediante la palabra o el arrepentimiento. O hay que destruir el acto, o sea la mano, o en la avaricia hay que…

Hacer patente la peculiaridad: desesperación.

Nunca he llegado a conocer la regla.

El mal que te rodea en semicírculo, como la ceja rodea el ojo, desactívalo con la fuerza de tu mirada. Cuando duermes, que vele tu sueño, sin que pueda avanzar ni un paso.

El pensamiento que daba su apreciación se arrastraba a través del dolor, acrecentando el sufrimiento y sin servir de ayuda. Como si en la casa que está siendo destruida definitivamente por el incendio se planteara por primera vez la cuestión arquitectónica de base.

Yo podía morir, soportar los dolores no. Al intentar huir de ellos, los aumentaba sensiblemente. Podía someterme a la muerte, pero no al sufrimiento; me faltaba el movimiento anímico, como cuando ya está hecho todo el equipaje, uno se martiriza apretando aún más las correas ya apretadas y el viaje no acaba de empezar. Lo peor: los dolores que no matan.

Voluntad de nivelación; yo decía: «No es tan grave, todos son así», pero así empeoraba aún más las cosas.
Necesidad de los yerros de mi educación, yo no sabría hacerlo de otra manera.

Tal vez sea buena la nivelación, pero una objetivación tan amplia anula toda posibilidad de vida.

Son muchos los que esperan. Una inmensa muchedumbre que se pierde en la oscuridad. ¿Qué quieren? Parece que vienen con determinadas exigencias. Me enteraré de lo que piden y responderé después. Pero al balcón no voy a salir; tampoco podría, aunque quisiera. En invierno cierran la puerta del balcón y no tengo a mano la llave. Pero tampoco me acercaré a la ventana. No quiero ver a nadie, no quiero ver nada que me perturbe; mi sitio está junto al escritorio, la cabeza entre las manos: ésa es mi posición.

En mi piso hay una puerta a la que hasta ahora no he prestado atención. Está en el dormitorio, en la pared que limita con la casa vecina. Nunca he pensado en ella, más aún, nunca he sabido de ella. Y sin embargo se la ve muy bien; es cierto que su parte inferior está tapada por las camas, pero sobresale mucho por arriba, casi no es puerta, sino portón. Ayer la abrieron. Yo estaba en ese momento en el comedor, que está separado del dormitorio por otra habitación. Había llegado muy tarde a comer, ya no había nadie en casa, sólo la muchacha trajinaba en la cocina. Entonces empezó el ruido en el dormitorio. Al punto me dirijo corriendo hacia allí y veo cómo la puerta se va abriendo poco a poco, moviendo las camas con una fuerza inmensa. Yo grito: «¿Quién es? ¿Qué quieren? ¡Cuidado! ¡Atención!», y me preparo a ver entrar a un tropel de hombres violentos, pero es sólo un joven delgado, que, en cuanto la abertura le permite pasar, se cuela en la habitación y me saluda alegremente.

Nada así, nada así.

Cuando vuelvo por la noche de la torre, caminando junto al agua, qué despacio se mueve cada noche el agua oscura y viscosa, como un cuerpo bajo la luz del farol. Como si yo pasara el farol por encima de una persona dormida y ésta, sólo por obra de la luz, se estirara y se diera la vuelta sin despertarse.

A media noche se me puede encontrar siempre junto al río: o tengo servicio nocturno y voy a la prisión, o he tenido servicio de día y vuelvo a casa. Una vez se aprovecharon de esta circunstancia. Agotado por el trabajo, y sofocado por una rabia casi insoportable contra B., un colega, a causa de un incidente relacionado con el servicio, del que hablaré después, en aquella ocasión volvía yo a casa. Cuando volví la cabeza, vi en lo alto de la torre de la prisión la ventanita iluminada detrás de la cual estaba ahora B., cenando con la botella de ron entre las piernas, y por un instante creí verle muy cerca de mí, sentado con su poderosa figura, hasta llegué a olerle, pero luego escupí y seguí andando.

Un grito, desde el río, se vuelve más fuerte.

Mi hermana tiene un secreto conmigo. Tiene una agenda, que la ha conseguido en parte sólo por mí, porque yo conozco desde hace mucho más tiempo que ella al señor que nos ha dado a cada uno de nosotros una agenda como ésa, y él trajo esa agenda por hacerme a mí un favor. Así que en esa agenda ella ha escrito o ha depositado el secreto, y en cuanto a la agenda, la ha metido en su plumier, que se cierra con llave y la llave…

Alguien me tiraba del vestido pero yo me lo sacudí. Inquieto.

En una sesión de espiritismo, se presentó un nuevo espíritu y tuvo lugar la siguiente conversación con él:

EL ESPÍRITU.-Perdón.
EL PORTAVOZ DEL GRUPO.-¿Quién eres?
ESPÍRITU.-Perdón.
PORTAVOZ.-¿Qué quieres?
ESPÍRITU.-Marcharme.
PORTAVOZ.-Si acabas de llegar.
ESPÍRITU.-Es un error.
PORTAVOZ.-No, no es un error. Has venido y te quedas.
ESPÍRITU.-Me acabo de poner malo.
PORTAVOZ.-¿Mucho?
ESPÍRITU.-Mucho.
PORTAVOZ.-¿Físicamente?
ESPÍRITU.-¿Físicamente?
PORTAVOZ.-Respondes con preguntas, eso no se hace. Tenemos métodos para castigarte, así que más vale que respondas, pues en ese caso te dejaremos marchar pronto.
ESPÍRITU.-¿Pronto?
PORTAVOZ.-Pronto.
ESPÍRITU.-¿Dentro de un minuto?
PORTAVOZ.-No te portes de modo tan lastimoso. Te dejaremos ir cuando nos…

Era al atardecer, en el campo, yo estaba sentado en mi habitación del desván, con la ventana cerrada, y miraba al vaquero que estaba en el campo segado, la pipa en la boca, el cayado clavado en la tierra, aparentemente despreocupado de los animales que, cerca y lejos, pastaban pacíficamente en honda quietud. Entonces oí unos golpes en la ventana, sobresaltado salí de mi letargo, volví en mí y dije en voz alta: «No es nada, el viento sacude la ventana». Al oír otra vez los golpes, dije: «Sé que no es más que el viento». Pero a la tercera vez, una voz pidió permiso para entrar. «Pero si sólo es el viento», dije, cogí la lámpara del armario, la encendí y dejé caer la persiana. Entonces, toda la ventana empezó a temblar y se oyó un lamento, humilde y sin palabras.

¿De qué te quejas, alma abandonada? ¿Por qué aleteas en torno a la casa de la vida? ¿Por qué no diriges tu mirada a la lejanía, que te pertenece, en lugar de luchar aquí por lo que te es ajeno? Más valen cien pájaros volando que uno en mano, casi muerto y aleteando angustiosamente.

Extiende tu capa, noble sueño, en torno al niño.

Llegaron dos soldados y me agarraron. Yo me defendí pero ellos me atenazaban. Me llevaron a la presencia de su señor, un oficial. ¡Qué multicolor era su uniforme! Yo dije: «¿Qué queréis de mí? Yo soy un paisano». El oficial sonrió y dijo: «Eres un paisano, pero eso no nos impide apresarte. El poder del ejército se extiende a todo».

El juicio de valor en la sección de variedades.
Es muy difícil llevar a cabo apreciaciones relativamente acertadas, ni siquiera por un tiempo muy breve, en el terreno de las producciones de variedades. Los mejores expertos con las experiencias de una larga vida han fallado en ese ámbito. Un buen ejemplo de ello es la carrera del Rey del Hierro.

La ladera del Belvedere.
Cómo marchaba, aquel hombre del abrigo a grandes pliegues, con una cartera en la mano, la cabeza descubierta, el alambre dorado de las gafas pegado a la oreja, una soleada mañana, el primero de mayo, por el silencioso camino a través de la hierba.

El callejón de la Carpa.
El feo joven por la noche, solo, una naturaleza tosca, fuerte, resistente.

Los dos señores mayores en el Rudolfinum; relato pacífico, largo, digno; las mujeres detrás.

20 de agosto de 1916. ¡Cómo me asalta otra vez de golpe esta locura! Sucede cada vez que aumenta un poco la confianza en mi estado de salud, como ocurrió anteayer, por ejemplo, después de haber ido a la consulta del doctor Mühlstein.

Permanecer puro Estar casado
Soltero Esposo
Permanezco puro ¿Puro?

Mantengo reunidas todas mis fuerzas Te quedas fuera del contexto, te conviertes en un bufón, vuelas en todas las direcciones, pero no avanzas, saco de la circulación sanguínea de la vida humana toda la fuerza que está a mi alcance.
Sólo responsable de mí mismo Tanto más loco por ti (Grillparzer, Flaubert)
Sin preocupaciones Concentración en el trabajo. Como aumentan las fuerzas, cargo con más. Pero en esto hay una cierta verdad.

El refugio del cazador no estaba lejos de la cabaña de los leñadores. Los leñadores, doce, vivían allí, para preparar, ahora que la nieve era buena, los troncos que durante el día arrastraban los trineos al valle. Era mucho trabajo pero para los trabajadores no habría sido demasiado con que sólo les hubiesen dado cerveza suficiente. Pero sólo disponían de un barril de tamaño mediano, que tenían que racionar para toda la semana, una tarea imposible. De eso se lamentaban siempre ante el cazador, cuando éste iba por la tarde a verlos. «Es dura vuestra vida», convenía el cazador, y ellos se lamentaban reclinados en su pecho.

El refugio del cazador está en el monte, solitario. Allí se queda el cazador durante el invierno, con sus cinco perros. ¡Pero qué largo es el invierno en esta tierra! Casi se diría que dura una vida entera.
El cazador está de buen humor, no carece de nada esencial, no se queja de sufrir privaciones, hasta considera que está demasiado bien equipado. «Si viniera aquí un cazador -piensa-, y viera cómo estoy instalado y las provisiones que tengo, eso sería seguramente el final de la caza. ¿Pero no es el final también de esta manera? No hay cazadores.»
Va al rincón donde los perros duermen sobre mantas y cubiertos con mantas. El sueño de los perros de caza. No duermen, sólo esperan que empiece la caza y parece como si durmieran.

Peter tenía una novia rica en el pueblo vecino. Una tarde había ido a verla, había mucho que hablar, pues la boda iba a ser una semana más tarde. La conversación fue positiva en su conjunto. Todo había sido dispuesto a satisfacción suya; plácidamente, con la pipa en la boca, regresaba a casa hacia las diez, sin fijarse en el camino, que conocía bien. Sucedió entonces que en un bosquecillo, sin que supiera al principio exactamente por qué, se asustó. Luego vio dos ojos, que brillaban como el oro, y una voz dijo: «Soy el lobo». «¿Qué quieres?», dijo Peter; en su excitación estaba allí de pie con los brazos abiertos, en una mano la pipa, en la otra el bastón. «Te quiero a ti -dijo el lobo-, llevo todo el día buscando algo que comer.» «Por favor, lobo -dijo Peter-, perdóname por hoy, dentro de una semana voy a casarme, déjame vivir hasta la boda.» «No me atrae la idea -dijo el lobo-. ¿Qué ventaja me va a reportar la espera?» «Cógenos entonces a los dos, a mí y a mi mujer», dijo Peter. «¿Y qué va a pasar hasta que llegue la boda? -dijo el lobo-. No puedo seguir hambriento hasta entonces. Ya ahora sufro mareos de hambre, y si no encuentro algo muy pronto, te devoraré ahora, incluso contra mi voluntad.» «Por favor -dijo Peter-, ven conmigo, no vivo lejos, te daré de comer conejos durante la semana.» «Pero me darás también por lo menos una oveja.» «Bueno, una oveja.» «Y cinco gallinas.»

No había nadie ante la puerta de la ciudad, nadie bajo el arco de la puerta. Se llegaba a ella por un limpio camino de grava, a través de una abertura rectangular se veía la caseta del vigilante, pero la caseta estaba vacía. Eso era extraño, pero para mí muy útil, porque yo no llevaba documentos de identidad, todo lo que poseía era un traje de cuero y el bastón que tenía en la mano.

He hablado hoy con el capitán en su camarote. Me he quejado de los otros pasajeros. Le dije que aquello no podía recibir el nombre de barco de pasajeros, que por lo menos la mitad de los que iban en él eran gentuza de la peor especie. Que mi mujer apenas se atrevía a salir de la cabina, pero que incluso con la puerta cerrada no se sentía segura y yo tenía que quedarme con ella.

Empezó una carrera en los bosques. Todo estaba lleno de animales. Yo intenté poner orden.

Ya había caído la tarde. Su frío soplo nos daba en la cara, agradable por su frescor, fatigante por lo tardío. Nos sentamos en un banco junto a la vieja torre. «Todo ha sido en vano -dijiste-, pero ha pasado, es hora de respirar y éste es el lugar adecuado.»

Está durmiendo. No la despierto. ¿Por qué no la despiertas? Eso es mi desdicha y mi dicha. Soy desdichado por no poder despertarla, por no poder poner el pie en el ardiente umbral de su casa, por no saber el camino de su casa, por no saber la dirección en la que está el camino, por alejarme cada vez más de ella, sin fuerzas, como la hoja se aleja de su árbol con el viento del otoño, y además: yo nunca he estado en ese árbol, he sido una hoja en el viento del otoño, pero de ningún árbol. Soy feliz de no poder despertarla. Qué haría yo si se incorporase, si se levantara del lecho, si yo me levantara del lecho, el león de su lecho, y mi rugido irrumpiera en mi medroso oído.

Pregunté a un caminante que encontré en la carretera si detrás de los siete mares estaban los siete desiertos y detrás de ellos los siete montes, en el séptimo monte el castillo y…

Trepar. Senait. Era una ardilla, era una ardilla, que cascaba afanosamente nueces; saltaba, trepaba, y su frondosa cola era célebre en los bosques. Esa ardilla, esa ardilla estaba siempre de viaje, siempre buscando, no sabía decir nada al respecto, no porque le faltaran las palabras, pero no tenía tiempo en absoluto.

Escenas de la defensa de una granja

Era una valla de madera, sencilla y sin huecos, que no llegaba a la altura de una persona. Detrás de ella había tres hombres, sus rostros sobresalían por encima, el de en medio era el más alto, los otros dos, más de una cabeza más bajos, se arrimaban mucho a él; era un grupo homogéneo. Esos tres hombres defendían la valla, o mejor dicho, la granja que rodeaba la valla. Había más hombres, pero no tomaban parte activa en la defensa. Uno de ellos estaba sentado ante una mesita en medio del patio; como hacía calor, se había quitado la guerrera y la había colgado en el respaldo de la silla. Tenía ante él unos papelitos en los que escribía con unos trazos grandes, amplios, que gastaban mucha tinta. De cuando en cuando miraba un pequeño dibujo, fijado con chinchetas sobre el tablero de la mesa, era un plano de la granja, y el hombre, que era el comandante, tomaba las disposiciones necesarias para la defensa basándose en aquel plano. A veces se incorporaba a medias, para mirar a los tres defensores y hacia el campo abierto, más allá de la valla. Lo que veía allí, también lo utilizaba para las disposiciones que estaba escribiendo. Trabajaba deprisa, como lo exigía lo tenso de la situación. Un muchachito de pies descalzos que jugaba allí cerca en la arena repartía los papeles cuando, llegado el momento, le llamaba el comandante. Pero antes de darle los papeles, el comandante siempre tenía que limpiarle con la guerrera las manos, sucias de arena húmeda. La arena estaba húmeda del agua que salía de una gran cuba en la que un hombre lavaba ropa militar; el hombre también había tendido una cuerda, entre un madero de la valla y un tilo mortecino que se alzaba solitario en medio del patio. En esa cuerda había ropa colgada a secar, y cuando de pronto el comandante se sacó por la cabeza la camisa, que ya se le pegaba al cuerpo húmedo de sudor, y con una breve exclamación se la tiró al hombre de la cuba, éste cogió de la cuerda una camisa seca y se la entregó a su superior. No lejos de la cuba, a la sombra del árbol, un hombre se balanceaba en una silla, indiferente a todo lo que pasaba a su alrededor, la mirada ausente dirigida al cielo y al vuelo de los pájaros, y ensayaba toques militares con un cuerno de caza. Eso era tan necesario como lo demás, pero excesivo a veces para el comandante, que entonces, sin levantar los ojos de su tarea, le hacía un gesto al corneta para que dejara de tocar, y si aquello no surtía efecto se daba media vuelta y le vociferaba, entonces había un breve silencio, hasta que el corneta tornaba a empezar otra vez, muy bajo, sólo en plan de prueba, y si la cosa pasaba, entonces dejaba que el sonido fuera alcanzando progresivamente la intensidad de antes. El estor de la ventana de la buhardilla estaba bajado, lo cual no tenía nada de raro, porque todas las ventanas de esa fachada de la casa estaban tapadas de una manera u otra para defenderlas de las miradas y del ataque de los enemigos, pero detrás de aquel estor estaba acurrucada la hija del aparcero mirando al corneta, y los sones del cuerno de caza le causaban tal deleite que a veces sólo podía oírlos con los ojos cerrados yla mano en el pecho. En realidad, habría tenido que estar en la gran pieza de la parte posterior de la casa vigilando a las criadas que hacían hilas, pero no pudo soportar seguir en aquel lugar, adonde el sonido llegaba débilmente, no procurando nunca satisfacción, sólo despertando siempre el anhelo, y se había deslizado hasta allí a través de la casa desierta y lóbrega. A veces también se inclinaba un poco hacia delante, para ver si su padre seguía trabajando en lo suyo y no había ido a inspeccionar a la servidumbre, pues en ese caso ella no habría podido continuar allí. No, no, allí seguía sentado, fumando su pipa, sobre el escalón de piedra de delante de la casa, cortando ripias; en torno a él había un gran montón de ripias terminadas y a medio terminar, y otro de materia prima. Desgraciadamente, la casa y el tejado iban a resentirse con el combate y había que tomar las precauciones necesarias. De la ventana contigua a la puerta, que estaba recubierta de tablas, salvo un pequeño hueco, salía humo y ruido, aquello era la cocina y la aparcera estaba terminando de hacer el almuerzo junto con los cocineros del ejército. No bastaba para ello el gran fogón, por eso se habían puesto otros dos calderos, pero tampoco eran suficientes, como se estaba comprobando en ese momento: el comandante consideraba importante que la tropa estuviese bien alimentada. Por eso habían decidido echar mano de un tercer caldero, pero como estaba un poco deteriorado, en la parte de la casa que daba al huerto había un hombre ocupado con la soldadura. En un principio había intentado hacerlo delante de la casa, pero el comandante no había podido aguantar el martilleo y tuvieron que llevarse rodando el caldero. Los cocineros estaban muy impacientes, una y otra vez mandaban a alguien a ver si ya estaba terminado el caldero, pero el caldero seguía sin terminar, para la comida de aquel día ya no se podía contar con él y habría que reducir la ración. Primero sirvieron al comandante. Aunque había insistido varias veces, y con toda severidad, en que no le guisaran a él nada especial, el ama de casa no había podido decidirse a darle el rancho normal, ni tampoco había querido dejar que le sirviera otra persona, así que se anudó un bonito delantal blanco, puso sobre una bandeja el plato con un sustancioso caldo de pollo y se lo llevó al comandante al patio, puesto que no podía esperarse que interrumpiera su trabajo y fuese a comer al interior de la casa. Él se levantó al momento con mucha educación cuando vio que llegaba el ama de casa en persona, pero tuvo que decirle que no tenía tiempo de comer, ni tiempo ni sosiego; el ama de casa se lo pidió con la cabeza inclinada y levantando hacia él los ojos llenos de lágrimas, y así logró que el comandante, todavía de pie, tomara sonriendo una cucharada de sopa del plato que el ama de casa seguía teniendo en las manos. Pero así, el comandante ya había cumplido con las exigencias de la más exquisita cortesía, de modo que se sentó para seguir trabajando, probablemente sin notar apenas que el ama de casa continuó a su lado un momento y luego volvió a la cocina suspirando. Muy distinto era el apetito de la tropa. Nada más aparecer en el vano de la ventana de la cocina el rostro barbudo de un cocinero, que dio con un silbato la señal de que se iba a distribuir la comida, todo se llenó de animación, más animación de lo que hubiese querido el comandante. De una barraca de madera, dos soldados sacaron una carretilla de mano que tenía la forma de un gran tonel en el que, por el hueco de la cocina, iba cayendo un grueso chorro de sopa destinada a los soldados que no podían abandonar su puesto y a quienes por tanto había que llevarles la comida. La carretilla se encaminó primero a los que defendían la cerca, seguramente habría sido así aunque el comandante no hubiese hecho una señal con el dedo, pues esos tres hombres eran los que en aquel momento estaban más a merced del enemigo y de eso también se daba cuenta el soldado común, quizás más que el oficial, pero lo que sobre todo quería el comandante era acelerar el reparto y abreviar en lo posible la molesta interrupción de los trabajos de defensa ocasionada por la comida, pues veía en efecto que incluso aquellos tres soldados, normalmente de una conducta ejemplar, ahora estaban más pendientes del patio y de la carretilla que del terreno que se extendía delante de la valla. Así que se les proveyó de su ración y la carretilla continuó su camino a lo largo de la valla, pues aproximadamente cada veinte pasos había tres soldados agachados junto a la valla, preparados para, llegado el caso, ponerse de pie como los otros tres y mostrarse al enemigo. Entretanto, salió de la casa la reserva, y se dirigió en larga fila a la abertura de la cocina, cada soldado con su cuenco en la mano. También se acercó el corneta, sacó el cuenco de debajo de su silla, con gran pesar de la hija del aparcero, que ahora volvió adonde trabajaban las criadas, y en su lugar metió allí su cuerno de caza. Y la copa del tilo empezó a crujir, porque allí estaba apostado un soldado que tenía que observar a los enemigos con un catalejo y que, pese a lo importante e indispensable de su función, había sido olvidado, al menos de momento, por el conductor de la carretilla. Aquello le tenía tanto más exasperado cuanto que algunos soldados, haraganes de la reserva, para saborear mejor la comida, se habían sentado alrededor del tronco y el vapor y el aroma de la sopa subían hasta él. A gritar no se atrevía, pero daba golpes en las ramas y, para llamar la atención sobre su persona, metía una y otra vez el catalejo por entre el ramaje. Todo en vano. Su avituallamiento provenía de la carretilla, así que tuvo que esperar hasta que aquélla terminó su recorrido y regresó a donde él estaba. Lo cual, desde luego, tomó bastante tiempo porque el patio era grande, había que avituallar cuarenta puestos, cada uno de tres hombres, y cuando la carretilla llegó hasta el tilo, arrastrada por los soldados extenuados, quedaba poco en el tonel, y sobre todo escaseaban los trozos de carne. Indudablemente, el vigía aceptó de buen grado el resto, cuando se lo alargaron en un cuenco enganchado en la punta de un palo, pero se deslizó un poco por el tronco del árbol y dio furioso un puntapié -ése fue su agradecimiento- contra el rostro del soldado que le había servido la comida. Éste, descompuesto de rabia, cosa bien comprensible, pidió a su compañero que lo levantara, se encaramó en un instante a la copa del árbol y entonces empezó un combate que, invisible desde abajo, sólo se ponía de manifiesto en el oscilar de las ramas, en gemidos sordos, en el revoloteo de las hojas, hasta que finalmente rodó por tierra el catalejo y de pronto retornó la calma. El comandante, embargado por otras preocupaciones -fuera, en el campo raso, parecía haber diversos movimientos-, afortunadamente no había notado nada el soldado se bajó del árbol sin hacer ruido y tendió hacia arriba el catalejo con la mayor amabilidad; todo volvió a la normalidad, incluso la cantidad de sopa que se había perdido era insignificante, porque antes del combate el vigía había sujetado cuidadosamente el cuenco en las ramas superiores, al abrigo del viento.

Yo voy a transcribir lo que he oído, lo que me han confiado. Pero no me ha sido confiado como un secreto que tenga que guardar, lo único que me confiaron de un modo inmediato fue la voz que habló, el resto no es un secreto, es más bien paja; y lo que vuela en todas direcciones cuando se trabaja es lo que se puede comunicar y lo que pide que se le haga la caridad de ser comunicado, porque no tiene la fuerza de quedarse solo y en silencio cuando aquello que le dio vida se ha extinguido para siempre.
Lo que yo he oído es lo siguiente:
En alguna parte del sur de Bohemia, en una colina cubierta de bosques, a unos dos kilómetros de un río que se podría ver fácilmente desde aquí si el bosque no tapara la vista, hay una casita. Allí vive un viejo. No le ha sido deparada la dignidad exterior de la vejez. Es bajo de estatura, una de las piernas es recta, pero la otra está muy torcida hacia fuera. En el rostro le crece por todas partes una barba escasa, de pelos blancos, amarillos, a veces hasta tirando a negros; la nariz es aplastada y descansa, casi cubriéndolo, sobre el labio superior, que sobresale un poco. Los párpados están caídos sobre el pequeño…

Con esos salvajes de los que se cuenta que no tienen otro deseo que morir, o que más bien ni siquiera tienen ya ese deseo, sino que la muerte los desea a ellos y ellos se entregan o más bien ni siquiera se entregan sino que caen en la arena de la orilla y no vuelven a levantarse jamás, con esos salvajes tengo yo gran semejanza y tengo también a mi alrededor hermanos de raza, pero la confusión es enorme en esos países, las oleadas de gente van y vienen día y noche y los hermanos se dejan llevar por ellas. Eso es lo que llaman aquí «echarle a uno una mano», siempre se está dispuesto a prestar una ayuda de ese género; a uno que pudiese caer al suelo sin motivo quedando tendido allí, se le teme como al diablo, es por el ejemplo, es por el hedor que despediría, el hedor de la verdad. Indudablemente no sucedería nada, podría quedar tirada una persona, diez, un pueblo entero, la poderosa vida continuaría; los desvanes todavía están atestados de banderas que nunca han sido desplegadas, ese organillo sólo tiene un cilindro, pero la eternidad en persona hace girar la manivela. ¡Y sin embargo ese miedo! ¡Cómo lleva la gente siempre consigo a su propio enemigo, por impotente que éste sea! A causa de él, a causa de ese enemigo impotente, están…

«¿Y ahora?», dijo el señor, y me miró sonriente arreglándose la corbata. Yo pude sostener la mirada, pero luego me di la vuelta hacia un lado por mi propia voluntad y contemplé la superficie de la mesa con ojos cada vez más fatigados por el esfuerzo, como si allí se estuviese abriendo y formando un hoyo profundo que arrastrase consigo la mirada. Al mismo tiempo dije: «Usted quiere examinarme, pero todavía no ha demostrado que tiene derecho a hacerlo». Entonces él se echó a reír: «Mi derecho es mi existencia, mi derecho es mi presencia aquí, mi derecho es mi pregunta, mi derecho es que usted me comprende». «Bueno -dije-, supongamos que sea así.» «Entonces voy a examinarlo -dijo-, sólo le ruego que corra un poco hacia atrás la silla, ahí donde está me deja usted poco sitio. También le pido que no baje la vista sino que me mire a los ojos. Quizás sea más importante para mí verle que escuchar sus respuestas.» Cuando hube hecho lo que él quería, empezó: «¿Quién soy yo?» «Mi examinador», dije. «Ciertamente -dijo-. ¿Y qué soy además?» «Mi tío», dije. «Su tío -exclamó-, ¡qué respuesta más absurda!» «Mi tío -dije confirmando mi respuesta-. Nada mejor.»

Yo estaba de pie en el balcón de mi habitación. Estaba a mucha altura, conté las hileras de ventanas, era en el sexto piso. Abajo había zonas de césped, era una pequeña glorieta cerrada por tres lados, seguramente era en París. Entré en la habitación, dejé abierta la puerta, parecía ser marzo o abril, pero el día era caluroso. En un rincón había un escritorio, pequeño y muy ligero, habría podido levantarlo con una mano y hacerlo girar en el aire. Pero ahora me senté delante de él, había pluma y tinta, quería escribir una postal. Me metí la mano en el bolsillo, no sabiendo bien si tenía alguna postal, oí entonces un pájaro y cuando miré en derredor vi en el balcón, en la pared de la casa, una jaula. Al punto volví a salir, tuve que ponerme de puntillas para ver el pájaro, era un canario. Me alegré mucho de tenerlo. Empujé más hacia dentro un trocito de lechuga que estaba encajado entre los alambres y se lo di a picar al pájaro. Luego me volví otra vez hacia la plaza, me froté las manos y me asomé un poco por la baranda. Al otro lado de la plaza, en una buhardilla, me pareció que alguien me observaba con unos gemelos, probablemente por ser yo un nuevo inquilino, eso era innoble, pero tal vez fuese un enfermo para quien lo que ve desde su ventana equivale al mundo entero. Como había encontrado en los bolsillos una postal, me fui a la habitación para escribirla, pero la postal no era una vista de París, sino sólo un cuadro, se llamaba Oración vespertina, se veía un tranquilo lago, en primer plano muy pocos juncos, en el centro una barca y en ella una joven madre con su hijo en los brazos.

Jugábamos a «tapar la calle», se eligió un trecho que uno tenía que defender y el otro atravesar. Al agresor se le ponía una venda en los ojos, pero el defensor no tenía otro método de cortarle el paso al agresor que tocarle en el brazo en el momento mismo en que cruzaba la línea; si lo hacía antes o después, había perdido. Quien nunca haya jugado a ese juego creerá que el ataque resulta muy difícil y la defensa muy fácil, y sin embargo es al revés, o en cualquier caso es más frecuente la predisposición natural para la agresión. Sólo uno de nosotros sabía defender, pero eso sí, sabía de un modo casi infalible. Yo le observaba muchas veces, y el espectáculo era muy poco entretenido, pues sin correr gran cosa él estaba siempre donde tenía que estar, y tampoco habría podido correr muy bien, pues cojeaba un poco; el chico tampoco tenía vivacidad ninguna: los otros, cuando hacían de defensores, se agachaban en posición de acecho mirando como locos a todas partes, pero él miraba tan tranquilo como siempre con sus ojos de un azul opaco. Lo que significaba una defensa de ese género se comprendía cuando se era agresor.

La quiero y no puedo hablar con ella, la acecho para no encontrarme con ella.

Yo amaba a una muchacha que me amaba también, pero tuve que dejarla.
¿Por qué?
No sé. Era como si estuviese rodeada de un círculo de hombres armados, que apuntasen con sus lanzas hacia fuera. Siempre que me acercaba, daba contra las puntas, quedaba herido y tenía que retroceder. Sufrí mucho.
¿No era culpa de la muchacha?
Creo que no, o mejor dicho, lo sé. El símil anterior no ha sido completo, también yo estaba rodeado de hombres armados, que apuntaban con las lanzas hacia el interior, o sea contra mí. Cuando quería abrirme paso hacia la muchacha, lo primero era quedar enganchado entre las lanzas de mis hombres y ya no pasaba de allí. Tal vez yo no haya llegado nunca hasta los hombres que rodeaban a la muchacha, y si acaso logré llegar, lo hice ensangrentado por mis lanzas y perdido ya el conocimiento.
¿Se quedó sola la muchacha?
No, otro llegó hasta ella, fácilmente y sin trabas. Extenuado por mis esfuerzos, fui testigo de ello con tanta indiferencia como si yo fuese el aire a través del cual sus rostros se juntaron en el primer beso.

Dos hombres estaban sentados ante una mesa toscamente labrada. Sobre ellos pendía una lámpara de petróleo, de vacilante llama. Era muy lejos de mi tierra natal.
-Estoy en vuestras manos -dije.
-No -dijo uno de los hombres, que se tenía muy derecho, con la mano izquierda crispada en su barba-, estás libre y por eso estás perdido.
-¿Así que puedo irme? -pregunté.
-Sí -dijo el hombre, y le susurró algo a su vecino mientras le acariciaba amistosamente la mano. Era un hombre viejo, aunque todavía erguido y muy robusto…

Era una puertecilla extraordinariamente baja, que daba al jardín, no mucho más alta que los arcos de alambre que se clavan en la tierra en el juego del croquet. Por eso no pudimos pasar juntos al jardín, sino que tuvimos que entrar arrastrándonos, uno detrás del otro. Marie me lo puso aún más difícil al empezar a tirarme de los pies justo cuando los hombros se me habían quedado encajados en la puertecilla. Pero por fin lo superé y, cosa asombrosa, también Marie logró pasar, aunque sólo con mi ayuda. Estábamos tan atareados con todo aquello que no habíamos notado que desde el principio el anfitrión había estado allí cerca, mirándonos. Eso le resultó muy desagradable a Marie, porque su ligero vestido se había quedado muy arrugado al arrastrarse ella por el suelo. Pero ahora ya no tenía remedio, porque el anfitrión nos estaba saludando, a mí me estrechó efusivamente la mano, a Marie le dio unas palmaditas en la mejilla. Yo no recordaba la edad de Marie, probablemente era una niña pequeña, para ser saludada así, pero yo no era seguramente mucho mayor. Pasó corriendo un criado, casi volaba, en la mano derecha levantada -la izquierda la tenía apoyada en la cadera- llevaba una fuente grande y llena hasta rebosar, por la prisa no pude identificar el contenido, sólo vi que sobresalían y colgaban en torno a ella, ondeando al aire detrás del criado, como unas largas cintas o tal vez fueran hojas, o algas. Le llamé a Marie la atención sobre el criado, ella me hizo un gesto con la cabeza, pero no estaba tan asombrada como yo hubiese esperado. En realidad era su primera aparición en el gran mundo, ella pertenecía a una familia modesta de la pequeña burguesía, tenía que sentirse como quien siempre ha vivido en el llano y de pronto se abre delante un telón y está al pie de una cadena montañosa. Pero ella no mostró nada de eso, ni siquiera en su actitud frente al anfitrión; escuchó tranquilamente sus palabras de bienvenida mientras se ponía despacio los guantes grises que yo le había comprado la víspera. En el fondo yo estaba encantado de que ella aprobara el examen de esa manera. El anfitrión nos invitó después a seguirle, nosotros fuimos hacia el sitio por donde había desaparecido el criado, el anfitrión iba siempre a un paso por delante de nosotros pero siempre medio vuelto hacia nosotros.

¿Quién es? ¿Quién camina bajo los árboles del malecón? ¿Quién está completamente perdido? ¿Quién no puede ya salvarse? ¿De quién es la tumba donde crece la hierba? Sueños han llegado, han venido bajando el río, escalan la pared del malecón sirviéndose de una escalerilla. Nos quedamos parados, hablamos con ellos, saben muchas cosas, pero lo que no saben es de dónde vienen. El aire es tibio en esta tarde de otoño. Se dirigen al río y alzan los brazos. ¿Por qué alzáis los brazos en lugar de abrazarnos con ellos?

Siempre rondas en torno a la puerta, entra con fuerza. Dentro hay dos hombres sentados ante una mesa toscamente labrada, y te están esperando. Están cambiando impresiones sobre las causas de tu vacilación. Son caballeros, vestidos como en la Edad Media.

Es muy robusto y cada vez lo es más. Parece vivir a costa de otros. Uno podría imaginárselo como un animal del desierto que solo, lento, mesurado, va por la noche al abrevadero a beber, con paso cimbreante. Tiene los ojos opacos, muchas veces no se tiene la impresión de que esté viendo de verdad a quien está mirando. Pero en tal caso no es distracción, ocupación, lo que se lo impide, sino una cierta apatía. Son los ojos opacos de bebedor de un hombre que visiblemente no es un bebedor. Puede que le traten injustamente, puede que eso le haya convertido en un ser tan hermético, puede que siempre le hayan tratado injustamente. Parece ser ese género de injusticia imprecisa que con tanta frecuencia creen los jóvenes que pesa sobre ellos, pero que acaban quitándose de encima mientras todavía tienen fuerzas para hacerlo; él desde luego ya es viejo, aunque tal vez no tan viejo como parece, con ese aspecto torpe y pesado, con esos surcos casi llamativos que descienden por su rostro y con un vientre sobre el que se abomba el chaleco.

Era la primera palada, era la primera palada,
la tierra yacía a migajas, deshecha por mi pie.
Sonó una campana, tembló una puerta.

Era una asamblea política. Lo extraño es que la mayoría de las asambleas se celebren en la Plaza de los Establos, a orillas del río, contra cuyo bramido apenas puede competir la voz humana. Aunque yo estaba sentado junto al parapeto, cerca de los oradores -hablaban desde lo alto de un pedestal de piedra tallada, cuadrado y sin adornos-, entendía poco. Por otra parte, sabía por anticipado de qué se trataba, y todos lo sabían. También estaban todos de acuerdo, nunca he visto una más completa unanimidad, yo también opinaba exactamente lo mismo, el asunto estaba clarísimo, cuántas veces lo habíamos discutido ya y seguía estando tan claro como el primer día; ambas cosas, la unanimidad y la claridad, oprimían el pecho, el intelecto quedaba paralizado de tanta unanimidad y claridad, a veces uno hubiera querido oír el río y nada más.

Cuando hoy día quiero hacer examen de conciencia sobre mi amigo y sobre mi relación con él, no se trata sino de un impulso casi siempre sin esperanza, de los muchos que uno toma repetidas veces durante una larga vida, impulso para dar un salto del que no se sabe si nos llevará a la vida o nos sacará de ella. Pero es un impulso sin esperanza, o sea, sin peligro.

Le conozco desde mi más tierna juventud. Tiene siete u ocho años más que yo, pero esa diferencia de edad, en sí considerable, no se ha notado mucho, hoy hasta parezco yo el de más edad, y él no lo ve de otra manera. Sin embargo, ha sido un proceso lento.
Me acuerdo de nuestro primer encuentro. Yo volvía de la escuela, era una oscura tarde de invierno, yo era un niño de primer grado. Cuando estaba doblando una esquina, lo vi, era robusto, de baja estatura y tenía un rostro huesudo y sin embargo carnoso, su aspecto era muy distinto al de hoy, físicamente ha cambiado desde la infancia hasta hacerse irreconocible.
Iba tirando de un perro joven y arisco, atado a una cuerda. Yo me quedé parado mirando, no por malicia, sólo por curiosidad, era muy curioso, todo me interesaba. Pero él me tomó a mal que le mirase y dijo: «¡Ocúpate de tus asuntos, imbécil!»

Unos dicen que es vago, otros que le tiene miedo al trabajo. Estos últimos son los que aciertan en su juicio. Tiene miedo al trabajo. Cuando empieza un trabajo, se siente como quien se ve obligado a abandonar su país natal. No un país querido, pero sí un lugar conocido, seguro, habitual. ¿Adónde le llevará ese trabajo? Siente que se lo llevan fuera, como un perro muy joven y arisco al que arrastran por la calle de una gran urbe. No es el ruido lo que le excita; si pudiese oír el ruido y descomponerlo en sus elementos, eso reclamaría al punto toda su atención, pero él no lo oye; arrastrado por en medio del ruido, no oye nada, sólo un silencio especial, que se dirige literalmente a él de todos lados y que le escucha con atención, un silencio que quiere alimentarse de él, sólo ese silencio oye. Eso es inquietante, es a la vez excitante y aburrido, apenas puede soportarse. ¿Llegará muy lejos? Dos pasos, tres pasos, más no. Y luego, cansado del viaje, deberá volver, tambaleante, a la patria gris por la que no siente amor. Eso le hace odiar cualquier trabajo.

Se ha encerrado en la segunda habitación, he llamado con los nudillos, he sacudido la puerta, no ha reaccionado. Está enfadado conmigo, no quiere saber nada de mí. Pues entonces yo también estoy enfadado y ya no me importa nada de él. Corro la mesa hacia la ventana y voy a escribir la carta por la que hemos reñido. Qué mezquina es toda esta pelea, qué estrechamente unidos tenemos que estar para que se llegue a notar un tal objeto de litigio, una tercera persona no lo comprendería, eso no es comunicable, todos creerían que estamos totalmente de acuerdo, y estamos de acuerdo.
Es una carta a una chica, en la que me despido de ella, como es razonable y correcto. No hay nada más razonable y más correcto. Esto se puede comprobar sobre todo imaginando una carta que dice lo contrario, una carta así sería horrible e inaceptable. Quizás escriba yo una carta así y la lea delante de la puerta cerrada, entonces tendrá que darme la razón. Por otra parte me da la razón, también él considera correcta la carta de despedida, pero está enfadado conmigo. Así suele ser él, hostil a mi persona, pero falto de recursos; cuando me mira con sus ojos tranquilos es como si me pidiera la explicación de su hostilidad. «Amigo -pienso-, ¿qué quieres de mí? ¡Y qué no habrás hecho ya de mí!» Y como siempre, me levanto, voy a la puerta y llamo otra vez. No hay respuesta, sin embargo esta vez resulta que está abierta, pero la habitación está vacía, se ha marchado, ése es el verdadero castigo que le gusta imponerme, después de una pelea así se marcha, días y noches no vuelve a aparecer.

He estado invitado en casa de los muertos. Era un panteón grande y limpio, había algunos ataúdes, pero todavía quedaba mucho sitio, dos ataúdes estaban abiertos, por dentro parecían camas sin hacer, como si alguien acabara de levantarse. Había un escritorio, un poco a un lado, de forma que no lo vi enseguida, detrás de él estaba sentado un hombre de fuerte complexión fisica. Tenía una pluma en la mano derecha, era como si hubiese estado escribiendo y acabara de dejar de hacerlo en ese momento, la mano izquierda, puesta en el chaleco, jugueteaba con una reluciente cadena de reloj, y la cabeza estaba muy inclinada hacia ella. Una sirvienta estaba barriendo, pero no había nada que barrer.
Llevado de una cierta curiosidad, le tiré del pañuelo que llevaba en la cabeza y que dejaba el rostro completamente en sombra. Sólo ahora la vi. Era una joven judía que yo había conocido en tiempos. Su rostro era blanco y exuberante, y los ojos rasgados y oscuros. Entonces, al mirarme ella riendo, envuelta en sus harapos que la convertían en una vieja, dije: «¡Es comedia lo que estáis haciendo aquí, supongo!». «Sí -dijo-, un poco. ¡Qué bien me conoces!» Pero luego señaló al hombre del escritorio y dijo: «Ahora ve y saluda a ése, él es el amo. En realidad, mientras no le hayas saludado, no puedo hablar contigo». «¿Y quién es?», pregunté bajando la voz. «Un noble francés -dijo-, se llama de Poitin.» «¿Cómo es que está aquí?», pregunté. «Eso no lo sé -dijo-, esto es un lío formidable. Estamos esperando a uno que va a poner orden. ¿Eres tú?» «No, no», dije. «Eso es muy sensato -dijo-, pero ahora ve a saludar al dueño.»
Así que me acerqué e hice una inclinación. Como él no levantaba la cabeza -yo sólo veía su pelo, canoso y revuelto-, dije buenas noches, pero él seguía sin reaccionar, un gatito pequeño recorrió el borde de la mesa, había saltado hasta allí literalmente desde el regazo de su dueño y volvió a hundirse en él, puede que el dueño no estuviese mirando la cadena del reloj, sino debajo de la mesa. Yo sólo quería explicar cómo había llegado hasta allí, pero mi antigua conocida me tiró de la chaqueta por detrás y susurró: «Ya basta».
Con ello me quedé muy satisfecho, me volví hacia ella y seguimos caminando por el panteón, cogidos del brazo. La escoba me molestaba. «Tira esa escoba», dije. «No, te lo ruego -dijo-, déjame quedarme con ella. Tú mismo ves que barrer aquí no da ningún trabajo, ¿no es cierto? Bueno, pero me procura ciertas ventajas a las que no quiero renunciar. Por cierto ¿vas a quedarte aquí?», preguntó cambiando de tema. «Por ti me quedo de buen grado», dije despacio. Ahora caminábamos muy apretados, como una pareja de enamorados. «Quédate, por favor, quédate -dijo ella-, qué anhelo tenía de ti. No se está tan mal aquí como quizás hayas temido. Y qué nos importa a los dos lo que pasa a nuestro alrededor.» Caminamos un rato en silencio, habíamos desenlazado los brazos, ahora íbamos completamente abrazados. Marchábamos por el camino central, había ataúdes a derecha e izquierda, el panteón era muy grande, en cualquier caso muy largo. Estaba oscuro, aunque no del todo, era una especie de crepúsculo, pero había un poquito más de luz en el sitio donde estábamos y en un pequeño círculo alrededor. De pronto dijo ella: «Ven, voy a enseñarte mi ataúd». Aquello me sorprendió. «Pero tú no estás muerta», dije. «No -dijo-, pero si te digo la verdad, no conozco bien esto, por eso estoy tan contenta de que hayas venido. Dentro de poco tiempo lo comprenderás todo, probablemente ya ahora lo ves todo con más claridad que yo. Sea como fuere: yo tengo un ataúd.» Nos metimos por la derecha en un camino lateral, otra vez entre dos hileras de ataúdes. Por el trazado, aquel lugar me recordaba una gran bodega que yo había visto una vez. Recorriendo ese camino pasamos también un pequeño riachuelo de rápida corriente y de apenas un metro de anchura. Pronto llegamos al ataúd de la joven. Estaba adornado con bonitos almohadones guarnecidos de encajes. La joven se sentó dentro de él y me atrajo hacia abajo, menos con el gesto del dedo índice que con la mirada. «Niña querida -dije, le quité de la cabeza el pañuelo y le puse la mano sobre la suave y abundante cabellera-. Todavía no puedo quedarme contigo. Aquí en el panteón hay alguien con quien tengo que hablar. ¿No quieres ayudarme a buscarlo?» «¿Qué tienes que hablar tú aquí con nadie? ¡Si aquí no cuentan obligaciones!», dijo ella. «Pero yo no soy de aquí.» «¿Crees que vas a poder salir de aquí?» «Desde luego», dije. «Entonces deberías derrochar mucho menos el tiempo que tienes -dijo ella. Luego buscó debajo del almohadón y sacó una camisa-. Ésta es mi mortaja -dijo, y me la pasó hacia arriba-, pero no la llevo puesta.»

Entré en la casa y cerré detrás de mí el postigo del gran portón cerrado con llave. A la salida del largo pasillo abovedado, la mirada iba a dar a un cuidado jardincillo interior con un macizo de flores en el centro. A mi izquierda había una garita acristalada donde estaba sentado el portero, tenía la frente apoyada en la mano y estaba inclinado sobre un periódico. Pegada a un cristal delantero y tapando un poco al portero había una gran fotografía recortada de un revista, me acerqué, era un pueblo que parecía italiano, la mayor parte de la foto la ocupaba un impetuoso torrente con una formidable cascada, las casas del pueblo, a sus orillas, quedaban apelotonadas en los bordes de la fotografia.
Saludé al portero y dije señalando la foto: «Una bonita foto, conozco Italia, ¿cómo se llama el pueblo?» «No sé -dijo-, los niños del segundo la han pegado aquí en mi ausencia, para fastidiarme. ¿Qué desea usted?», preguntó después.

Teníamos una pequeña discusión. Karl aseguraba que me había devuelto los pequeños gemelos de teatro; le hubiera encantado, en efecto, que fueran suyos, decía, los había tenido bastante tiempo dándoles vueltas en las manos, tal vez incluso se los había llevado a casa unos días, pero me los había devuelto de todas todas. Yo, por mi parte, trataba de recordarle la situación, decía cómo se llamaba la calle donde había ocurrido aquello, el restaurante por el que acabábamos de pasar, enfrente del monasterio, le expliqué cómo quiso primero comprarme los gemelos, las diversas cosas que me había ofrecido a cambio de ellos y cómo, al cabo, salió pidiéndome que se los regalara. «¿Por qué me los quitaste?», pregunté dolido. «Mi querido Josef -dijo-, todo eso ocurrió hace mucho tiempo. Desde luego estoy convencido de que te he devuelto esos gemelos, pero aunque me los hubieses regalado, ¿por qué te haces mala sangre ahora con eso, y a mí también? ¿Necesitas en este momento los gemelos? ¿O su pérdida ha influido tanto en tu vida?» «Ni lo uno ni lo otro -dije-, sólo me fastidia que me quitaras en aquella ocasión los gemelos. Me los habían regalado, me gustaban mucho, eran un poco dorados, ¿te acuerdas?, y tan pequeños que uno siempre podía llevarlos en el bolsillo. Y sin embargo, los cristales eran de una gran nitidez, se veía por ellos mejor que por muchos gemelos grandes.»

Me encontraba cerca de la puerta de la gran sala, lejos de mí, en la pared posterior, estaba el lecho del rey; una joven monja, de frágil complexión y extraordinariamente ágil, se ocupaba de él, alisaba los almohadones, acercaba una mesita con refrescos de los que elegía algo para el rey, llevando al mismo tiempo bajo el brazo un libro que había estado leyéndole hasta ese momento. El rey no estaba enfermo, si no, se habría retirado a su habitación, pero tenía que guardar cama, ciertas emociones le habían abatido y habían agitado su corazón delicado. Un criado acababa de anunciar a la hija del rey y a su esposo, por eso había interrumpido la monja la lectura. A mí me resultaba violento tener que oír tal vez conversaciones íntimas, pero como estaba allí y nadie me decía que me marchase, quizás de propósito, quizás porque, dada mi insignificancia, me habían olvidado, me consideré obligado a quedarme y sólo retrocedí hasta el extremo de la sala. Se abrió una puertecilla en la pared, cerca del rey, y entraron agachados, uno después de otro, la princesa y el príncipe, una vez en la sala, la princesa se colgó del brazo del príncipe y así enlazados se presentaron ante el rey. «No puedo seguir haciéndolo más tiempo», dijo el príncipe. «Te comprometiste solemnemente a ello antes de la boda», dijo el rey. «Lo sé -dijo el príncipe-, sin embargo no puedo seguir haciéndolo.» «¿Por qué no?», preguntó el rey. «No puedo respirar el aire de fuera -dijo el príncipe-, no puedo soportar ese ruido, sufro de vértigo, en las alturas me da todo vueltas, en resumen, no puedo seguir.» «Eso último tiene un sentido, aunque negativo -dijo el rey-, todo lo demás es hablar por hablar. ¿Y qué dice mi hija?» «El príncipe tiene razón -dijo la princesa-, una vida como la que lleva ahora es una carga, una carga para él y para mí. Es posible que no tengas una idea muy clara de ello, padre. Él tiene que estar siempre preparado, en realidad ocurre aproximadamente una vez por semana, pero siempre tiene que estar dispuesto. Puede suceder a las horas más absurdas del día. Por ejemplo, estamos con un grupo en una cena íntima, uno ha olvidado un poco todas las desgracias y se disfruta de un placer inocente. De pronto entra el guardián y llama al príncipe; y como es natural, todo ha de suceder deprisa y corriendo; tiene que quitarse el vestido, embutirse en el uniforme de reglamento: estrecho, repugnantemente llamativo, casi de comediante, casi infamante, y el pobre se marcha volando. El grupo se ha disuelto, los invitados se dispersan, afortunadamente, porque cuando el príncipe vuelve, es incapaz de hablar, incapaz de aguantar a su lado a otra persona que a mí, a veces sólo puede justo entrar por la puerta y ya se derrumba sobre la alfombra. Padre, ¿es posible seguir viviendo así?» «Palabras de mujer -dijo el rey-, no me asombran, pero que a ti, príncipe, las palabras de una mujer (porque eso lo veo ahora con claridad) te hayan llevado a negarme tus servicios, eso me duele…»

Éste es el recinto, cinco metros de largo, cinco de ancho, o sea, no es grande, pero en cualquier caso es terreno propio. ¿Quién lo ha dispuesto así? No se sabe exactamente. Una vez llegó un forastero, llevaba mucha piel sobre el vestido: correas, cinturones, tirantes y bolsos. De un bolso sacó una libreta, apuntó algo y preguntó después: «¿Dónde está el solicitante?» El solicitante dio un paso adelante. La mitad de los vecinos de la casa estaban reunidos en torno a él formando un gran semicírculo, yo era entonces un niño pequeño, de unos cinco años, lo vi y lo oí todo, pero si no me lo hubiesen explicado detalladamente mucho después, apenas sabría nada. Era muy poco inteligible para que yo hubiera estado muy atento en aquel entonces, sin embargo lo que me contaron otros ganó mucha vida gracias a lo que yo recordaba confusamente. Así, todavía hoy estoy viendo delante de mí cómo el desconocido contemplaba al hombre con mirada penetrante. «No es poco lo que pides -dijo el desconocido-, ¿eres consciente de ello?»

Mis progresos, sobre todo en los primeros cursos de bachillerato, eran escasos. Para mi madre, aquella mujer altiva y silenciosa que con un esfuerzo inmenso dominaba todo el tiempo su carácter vehemente, eso era un martirio. Tenía un elevadísimo concepto de mi capacidad, pero por pudor no se lo confesaba a nadie ni tampoco tenía ningún confidente con quien comentar y confirmar esa opinión suya; así que tanto mayor era el sufrimiento que le causaban mis fracasos, los cuales, por otra parte, no podían ser silenciados, se confesaban en cierto modo por sí solos y originaban una cantidad odiosa de confidentes, a saber, todo el claustro de profesores y los condiscípulos. Yo me convertí para ella en un triste enigma. No me castigaba, no me reñía; veía que por lo menos aplicación no me faltaba; al principio creía que los profesores se habían conjurado contra mí y nunca perdió del todo esa convicción, pero cuando cambié de instituto y allí las cosas iban casi peor, se tambaleó un poco esa seguridad suya relativa a la hostilidad de los profesores, pero no su fe en mí. Yo, por mi parte, seguía viviendo mi despreocupada infancia bajo sus miradas tristemente interrogantes. No tenía amor propio; si no me suspendían, estaba contento, y si me hubieran suspendido, una amenaza que no desaparecía durante todo el año escolar…

En la ciudad no paran de construir. No con intención de agrandarla, pues basta a nuestras necesidades, hace algún tiempo que no ha variado su demarcación, parece incluso que tienen miedo de agrandarla y prefieren ceñirse a sus límites, cubrir de edificios plazas y jardines, añadir más pisos a los inmuebles antiguos, pero la verdad es que las casas nuevas tampoco constituyen la parte esencial de esa perpetua actividad constructora. Ésta se propone más bien, para definirlo así provisionalmente, conservar lo ya existente. No es que antes se hubiese construido peor que hoy y que haya que corregir continuamente las faltas anteriores. Aunque entre nosotros siempre ha habido una cierta negligencia -es difícil averiguar lo que hay en ella de desidia y de melancólica inquietud-, justamente en la construcción es donde esa negligencia ha tenido menos ocasión de ponerse de manifiesto. Pues estamos en un país de canteras, casi sólo construimos en piedra, poseemos incluso mármol, y los errores que los hombres puedan cometer al construir quedan subsanados por la solidez y la estabilidad del material. Ni tampoco hay diferencias entre una época y otra en cuanto a la construcción, de tiempos inmemoriales rige el mismo reglamento para la edificación, y si no se cumple siempre estrictamente debido a la idiosincrasia de nuestro pueblo, eso sigue ocurriendo hoy y es aplicable tanto a las construcciones más antiguas como a las más modernas. Por ejemplo, en el Monte de Roma, fuera de la ciudad, hay una ruina, son los restos de una casa de campo construida al parecer hace más de mil años. Dicen que la mandó construir un rico comerciante cuando envejeció y se quedó solo, y que se desmoronó ya poco después de su muerte, entre nosotros no es fácil encontrar a nadie que quiera vivir tan lejos de la ciudad. De esa manera, el edificio fue presa de la destrucción a lo largo de los siglos y éstos han trabajado más cuidadosamente que los constructores. Si hoy en día subimos hasta allí cualquier domingo apacible -en nuestra marcha por la falda del monte cubierto de maleza es improbable que nos topemos con nadie que nos moleste- y contemplamos las ruinas, sólo encontraremos algunos muros de base, el más alto no llega a la altura de una persona, luego, en alguna parte, hundida en la dura tierra por el peso de los tiempos, hay una esbelta columnilla rota por muchas partes, y, cubierto de vieja y casi negra yedra, reluce, más adivinado que visto realmente, el torso sin valor de una estatua. Eso seguramente es todo, aparte de dos o tres montoncillos de escombros, duros como la piedra y literalmente amalgamados, y aquí y allá, en la falda del monte, algunas piedras enterradas en el suelo. Todo lo demás se lo han llevado de allí. Y sin embargo, por el trazado se ve -y la tradición lo confirma- que fue una vasta construcción, una especie de palacio, y allí donde apenas se puede avanzar por los matorrales, bajos pero espesos, y las espinas lastiman hasta hacer saltar la sangre, allí había un hermoso parque que con sus árboles y terrazas dicen que sobrevivió mucho tiempo a la casa.

Me había extraviado completamente en un bosque. Un extravío incomprensible, porque hacía poco tiempo que yo había caminado, no por un sendero pero sí cerca de él, y lo tuve todo el tiempo a la vista. Pero lo cierto es que me había extraviado, el sendero había desaparecido, todos los intentos de volverlo a encontrar habían fracasado. Me senté en un tronco y quise reflexionar sobre mi situación, pero estaba distraído, siempre pensaba en algo que no era lo esencial, fantaseaba y dejaba de lado las preocupaciones. Entonces me di cuenta de que estaba rodeado de arándanos cargados de frutos, cogí algunos y comí.

Me alojaba en el hotel Edthofer, Albian o Cyprian Edthofer o algo así, ya no me acuerdo del nombre completo, ni probablemente volvería a encontrar el hotel, aunque era grandísimo y estaba, además, muy bien puesto y funcionaba perfectamente. Tampoco sé ya por qué cambié de habitación casi a diario, aunque sólo pasé allí una semana o poco más; por eso muchas veces no me sabía el número de la habitación y cada vez que volvía al hotel durante el día o por la noche tenía que preguntar a la camarera cuál era mi número. Por otra parte, todas las habitaciones que podían servirme de alojamiento estaban en un piso y además en el mismo pasillo. No eran muchas habitaciones, yo no tenía que deambular de un lado a otro. ¿Sería que sólo aquel pasillo se utilizaba como hotel, y el resto de la casa se destinaba a pisos de alquiler o a cualquier otra cosa? Ya no lo sé, puede que tampoco lo supiera entonces, eso no me importaba. Pero era improbable; en grandes caracteres metálicos no muy brillantes, más bien de un rojo mate, muy separados unos de otros, aquel gran edificio ostentaba la palabra «hotel» y el apellido del propietario. ¿O era sólo el apellido del propietario, sin especificar que era un hotel? Es posible, y eso sí que explicaría entonces muchas cosas. Pero partiendo de lo que recuerdo vagamente hoy, optaría más bien por afirmar que allí estaba puesta la palabra «hotel». Se alojaban muchos militares en aquel establecimiento. Yo, como es lógico, estaba casi todo el día en la ciudad, tenía mucho que hacer y que ver y por eso no me restaba mucho tiempo para fijarme en lo que pasaba en el hotel, pero por. allí aparecían a menudo oficiales del ejército. Por otra parte, al lado había un cuartel, es decir, no exactamente al lado, la comunicación entre el hotel y el cuartel tuvo que ser diferente, más directa y más libre a la vez. Eso, hoy ya no es fácil describirlo, e incluso ya entonces no hubiera sido fácil, yo no me he preocupado en serio de saberlo, aunque esa falta de claridad a veces me ha causado dificultades. Por ejemplo, cuando a veces regresaba al hotel distraído por el jaleo de la gran urbe, no encontraba enseguida la entrada. Indudablemente, la entrada al hotel parece que era muy pequeña, es más, quizás -por extraño que esto haya podido ser- no había una entrada propiamente dicha, sino que si se quería ir al hotel había que pasar por la puerta del restaurante. Bueno, posiblemente haya sido así, pero yo ni siquiera podía encontrar siempre la puerta del restaurante. A veces, cuando creía estar delante del hotel, estaba en realidad delante del cuartel, era sin duda una plaza muy distinta, más silenciosa, más limpia que la del hotel, mortalmente silenciosa y de una distinguida limpieza, pero de manera que las dos podían confundirse. Había primero que doblar una esquina y sólo entonces estaba uno delante del hotel. Pero ahora me parece que a veces -eso sí, sólo a veces- era distinto, que también desde aquella silenciosa plaza, con ayuda por ejemplo de algún oficial que hacía el mismo trayecto, se podía encontrar enseguida la puerta del hotel, y no otra puerta, no una puerta diferente, sino la misma puerta por la que también se entraba en el restaurante, una puerta estrecha y altísima, cubierta por dentro con una bonita cortina blanca adornada de cintas. Y sin embargo, el hotel y el cuartel eran dos edificios radicalmente distintos, el hotel en ese estilo común a todos los hoteles, aunque recordando un poco una casa de vecindad, el cuartel, en cambio, un pequeño castillo románico, bajo pero espacioso. El cuartel explica la constante presencia de oficiales, sin embargo nunca vi soldados rasos. Ya no recuerdo cómo llegué a saber que lo que parecía un pequeño castillo era un cuartel; sin embargo, como ya he dicho, muchas veces tuve motivos para ocuparme de tal cuartel, cuando iba y venía por la silenciosa plaza buscando, malhumorado, la puerta del hotel. Pero una vez arriba en el pasillo, me sentía a gusto y seguro. Allí estaba como en mi propia casa y era feliz por haber encontrado en aquella ciudad grande y desconocida un lugar tan confortable.

¿Por qué me haces reproches, hombre malo? Yo no te conozco, te estoy viendo ahora por primera vez. ¿Que me has dado dinero para que te comprara dulces en esa tienda? No, eso es seguro una equivocación, tú no me has dado dinero. ¿No me confundes con Fritz, mi compañero? Por otra parte, él no se parece a mí. Lo que no me da ningún miedo es que se lo digas en la escuela al maestro. Él me conoce y no va a creerse la acusación. Y ten por seguro que mis padres no te van a reembolsar ese dinero, ¿por qué iban a hacerlo, si yo no tengo nada tuyo? Pero si ellos quieren darte algo, les pediré que no lo hagan. Y ahora déjame marcharme. No, no me sigas, si no, se lo digo al policía. Ah, no quieres ir a la policía…

¡Vámonos de aquí, vámonos de aquí como sea! No tienes que decirme adónde me llevas. Dónde está tu mano, ¡ay!, no la encuentro en esta oscuridad. Si lograra coger tu mano, creo que no me rechazarías. ¿Me oyes? ¿Estás en la habitación? A lo mejor no estás aquí. Qué atractivo iban a tener para ti estos hielos y nieblas del norte, donde nadie pensaría que hay seres humanos. Tú no estás aquí. Has evitado estos parajes. Pero en cuanto a mí, yo dependo totalmente de la decisión de si estás o no estás aquí.

¡Que la gente que cojea crea que está más próxima a volar que la gente que anda normalmente! Aunque a decir verdad, hay bastantes cosas que hablan a favor de esa opinión. ¡A favor de qué no hablarán algunas cosas!

¡Pobre casa abandonada! ¿Has estado habitada alguna vez? La tradición no dice nada. Nadie investiga en tu historia. Qué frío hace en ti. Cómo sopla el viento por tu corredor gris, nada le pone obstáculos. Si estuviste habitada alguna vez, las huellas de ello han quedado inconcebiblemente bien borradas.

He sepultado mi inteligencia en la mano, la cabeza la llevo alegre, erguida, pero la mano cuelga desmayada, la inteligencia la atrae hacia la tierra. Mira bien esta pequeña mano, de cinco dedos, de abultadas venas y dura piel, una mano surcada de venas y deteriorada por arrugas, ¡qué bien haber puesto a salvo la inteligencia en ese insignificante recipiente! Lo mejor de todo es que yo tenga dos manos. Como en el juego infantil, pregunto: ¿En qué mano tengo mi inteligencia? Nadie puede adivinarlo, porque, cruzando las manos, en un instante puedo pasar la inteligencia de una mano a otra.

Otra vez, otra vez, desterrado lejos, desterrado lejos. Hay que recorrer montes, desiertos, dilatadas regiones.

Soy un perro de caza. Me llamo Karo. Odio todo y a todos. Odio a mi dueño, el cazador, le odio aunque él, esa persona de dudosa reputación, no lo merezca.

Absorta, pendía la flor del alto tallo. El atardecer la envolvía.

No había balcón, sólo, en lugar de ventana, una puerta que allí, en el tercer piso, daba directamente al exterior. Estaba abierta en esa tarde de primavera. Un estudiante iba y venía por la habitación, estudiando; al llegar a la puerta-ventana, rozaba siempre la parte exterior, al otro lado del umbral, con la suela, como se pasa ligeramente la lengua por una golosina que uno tiene reservada para más tarde.

Las diversidades que suceden diversamente en las diversidades del instante único en que vivimos. ¡Y todavía no ha terminado el instante, no tienes más que mirar!

Lejos, lejos camina la historia universal, la historia universal de tu alma.

Nunca más, nunca más vuelves a las ciudades, nunca más suena por encima de ti la gran campana.

Di, ¿cómo te va en ese mundo?
A tal pregunta sobre mi estado de salud respondo, en contra de lo acostumbrado, con franqueza y objetividad. Me va bien, porque a diferencia de antes vivo en sociedad, entre mucha gente, con múltiples relaciones, y gracias a mi saber, a mis respuestas, puedo atender a la muchedumbre que acude en masa para tener contacto conmigo, en cualquier caso, vienen con el mismo entusiasmo de la primera vez. Y yo también repito: Venid todos a mí, siempre me encontraréis dispuesto. Aunque no siempre entienda lo que queréis saber, probablemente no hace falta entenderlo. Mi existencia os resulta importante y por eso también mis palabras, puesto que ellas confirman mi existencia. Probablemente no me equivoco en estas suposiciones, por eso no me preocupo gran cosa de mis respuestas y espero que os procuren contento.
En tu respuesta hay algunas cosas que no entendemos, ¿quieres explicárnoslas una por una?
¡Oh gente pusilánime y cortés, oh niños, preguntad, preguntad!
Tú hablas de la sociedad de mucha gente entre la que te mueves, ¿qué clase de sociedad?
Sois vosotros, vosotros mismos. El pequeño grupo en torno a la mesa, y en otra ciudad, otro grupo, y así en muchas ciudades.
Así que a eso lo llamas tú moverse-en-sociedad. Pero espera: tú eres, como dices, nuestro antiguo condiscípulo Kriehuber. ¿Lo eres o no?
Sí, lo soy.
Bueno, entonces vienes a vernos como antiguo amigo y nosotros, que no podemos olvidar que te hemos perdido, te atraemos con nuestra añoranza y te facilitamos el camino. ¿Es así?
Sí, sí, por supuesto.
Pero has llevado una vida retirada, no creemos siquiera que hayas tenido amigos o conocidos fuera de nuestra ciudad. Por tanto, ¿a quién vas a ver en esas ciudades y quiénes son los que te llaman?

Tocamos tierra. Desembarqué, era un pequeño puerto, una pequeña localidad. Había algunas personas deambulando por el enlosado de mármol, les hablé pero no entendí lo que decían. Probablemente era un dialecto italiano. Llamé a mi timonel, él entendía el italiano, pero a aquella gente tampoco la entendía, y dijo que aquello no era italiano. A mí, sin embargo, todo eso no me preocupaba gran cosa, mi único deseo era descansar un poco de la larguísima travesía, y para eso aquel lugar servía igual que cualquier otro. Volví al barco para dar las instrucciones necesarias. Toda la gente debía quedarse a bordo, sólo me acompañaría el timonel, hacía muchísimo tiempo que yo había perdido la costumbre de andar por tierra firme y la echaba de menos, pero al mismo tiempo sentía un cierto miedo de ella, un miedo que no lograba quitarme de encima, por eso era mejor que me acompañara el timonel. Bajé también a la cabina de las mujeres. Allí, mi mujer estaba dando el pecho a nuestro benjamín, yo le acaricié el suave y acalorado rostro y la puse al corriente de mis planes. Ella levantó la cabeza con una sonrisa de aprobación.

Aunque mucho me hubiese gustado no seguir con las molestias que he empezado a causarle a usted con mi oposición a Schweiger -no ha sido oposición, a tanto no llego, era sólo resistencia-, me veo obligado a volver otra vez sobre el tema. La conversación de aquella tarde fue después una enorme carga para mí, durante toda la noche, y si a la mañana siguiente no me hubiese distraído un poco una inesperada casualidad, seguro que habría tenido que escribirle a usted inmediatamente.
Lo que me hizo sufrir tanto aquella tarde -desde el primer instante, desde que se abrió la puerta, vi aproximarse esa conversación, fue horrible y casi me privó por completo del deleite que me causaba su visita- fue que yo, en el fondo, no dije nada contra el Schweiger, que sólo hablé un poco por hablar y que, aparte de eso, no quise dar mi brazo a torcer, mientras que lo que usted dijo defendiendo puntos concretos fue buenísimo, inesperado para mí y perfectamente exacto. Sin embargo, no podía convencerme, en eso no había quien me convenciera, ya mucho antes de entrar en puntos concretos. Pero si pese a todo no puedo hacer inteligibles mis objeciones (ni yo mismo las entiendo bien), la razón está en mi debilidad, que no sólo se manifiesta en el pensar y en el hablar, sino también en una especie de ataques en los que me sobreviene un desfallecimiento pero sin perder la conciencia. Por ejemplo, intento decir algo contra esa obra y ya a la segunda frase el desfallecimiento empieza a entrometerse con preguntas como «¿De qué estás hablando? ¿De qué se trata? ¿Qué es la literatura? ¿Cuál es su origen? ¿Qué utilidad tiene? ¡Qué cosas más poco claras! Añade a esa falta de claridad la falta de claridad de tus palabras y lo que resulta es un engendro. ¿Cómo has llegado tú a esos excelsos e inútiles caminos? ¿Merece eso preguntas serias, respuesta seria? Tal vez, pero no la tuya, eso es asunto de gente más importante que tú. ¡Vuelve atrás!» Y ese volver atrás significa que al punto estoy en la más completa oscuridad, de la que no me puede sacar la ayuda del que discute conmigo ni la ayuda de nadie. A usted parece que no le ocurre nada similar, pese a haber escrito Spiegelmensch («El hombre del espejo»). Por otra parte, yo le doy la razón a mi oponente, incluso cuando he recobrado la calma, usted fue a veces demasiado severo con él: en realidad él no es otra cosa que el viento que juguetea con las existencias ligeras, él prolonga la vida de las hojas caídas.
A pesar de todo voy a intentar no guardar completo silencio y decir brevemente qué es lo que me escandaliza de Schweiger.
Sobre todo me parece que hay mistificación en el hecho de que Schweiger se vea degradado a «caso aislado», aunque trágico; la actualidad de esa obra prohibe tal cosa. Cuando se cuenta un cuento, todos saben que uno se entrega a poderes ignotos y que los tribunales de hoy están descartados. Pero en esta obra no se sabe eso. La obra quiere dar la impresión de que el caso Schweiger se está tratando solamente hoy, justamente esta noche, más por casualidad que con intención; y que, por ejemplo, los hechos habrían podido ocurrir en una casa vecina muy diferente. Pero yo no puedo dar crédito a ese aserto de la obra; si vive alguien en las otras casas de esa ciudad católica austríaca construida en torno a Schweiger, entonces en cada una de las casas vive Schweiger, y nadie más. Los otros personajes de la obra tampoco tienen domicilio propio, viven con Schweiger y son sus síntomas secundarios. Schweiger y Anna ni siquiera tienen la posibilidad de referirse de alguna manera a algún matrimonio feliz, eso se admite honrada y tácitamente, quizás sea imposible en general lo que ellos quieren, ningún personaje de la obra tendría fuerza para refutar eso; en cuanto a todos esos niños que están en el vapor del Danubio, es un enigma de dónde han salido. ¿Por qué, entonces, esa pequeña ciudad, por qué Austria, por qué ese pequeño caso aislado perdido allí?
Pero usted lo aísla más aún. Es como si no pudiera aislarlo bastante. Usted inventa la historia del asesinato de los niños. Yo lo considero una degradación de los sufrimientos de una generación. Quien en este tema no tiene que decir más de lo que dice el psicoanálisis, no debería entrometerse. No es un placer meterse en el psicoanálisis y yo me mantengo alejado de él en la medida de lo posible, pero está por lo menos tan presente como esta generación. Desde siempre, el judaísmo saca a la luz sus sufrimientos y sus alegrías casi al mismo tiempo que el correspondiente comentario de Raschi : como también en este caso.

He estado hace poco en M. Fue para entrevistarme con K. No era un asunto de verdadera urgencia, se habría podido despachar muy bien por escrito, aunque hubiese tomado más tiempo -sin embargo, como no era urgente, eso no hubiera causado estropicio alguno-, pero daba la casualidad de que tenía tiempo libre y me apeteció aclarar la cosa con K. rápidamente y sin formalidades, y por otra parte, todavía no conocía M., cuya visita me habían aconsejado una vez, de manera que me decidí sin más a viajar hasta allí, por desgracia -no quedó tiempo para ello- sin asegurarme antes de que K. estaría entonces en M. Efectivamente, K. no estaba en su casa. Casi nunca se marchaba, era un hombre -eso me explicaron en M.- extraordinariamente sedentario, pero precisamente por eso se habían ido acumulando una serie de cosas que tenían que gestionarse no lejos de M., pero en cualquier caso sobre el terreno, había por fin que llevar a cabo unos viajes pendientes hacía tiempo, así que la víspera de mi llegada, K., con un humor de perros -como me contó una hermana suya medio suspirando, medio sonriendo-, se decidió a mandar enganchar los caballos para el gran viaje. A fin de no verse obligado a volver a viajar en un plazo previsible, K. había decidido que, en un gran recorrido de varias etapas, aunque aquello tuviese que durar varios días, abordaría todo lo que había que resolver, sin omitir nada, y que incluso, en lo posible, adelantaría viajes que pendían como una amenaza futura, y también había intercalado en ese viaje el asistir a la boda de una sobrina. No se podía decir con certeza cuándo regresaría K., se trataba sólo de un recorrido por una amplia zona en torno a M., pero el programa era muy grande y además, cuando K. se ponía por fin en camino, era una persona imprevisible. Tal vez, después de haber dormido una o dos noches por esos pueblos, se le atragantara de tal manera el viaje que llegara a interrumpirlo, que dejase estar todos esos asuntos tan urgentes y estuviese de vuelta aquel día o el siguiente. Pero era igualmente posible que, una vez puesto en camino, le gustara el cambio, que incluso los numerosos amigos y parientes que tenía en los alrededores le obligaran a prolongar el viaje más allá de la duración mínima indispensable, porque en el fondo era una persona conversadora y alegre, a quien le gustaba tratar con mucha gente, una persona que disfrutaba con el prestigio que había adquirido con su trabajo honrado, y sobre todo en determinados pueblecitos se le dispensaría un recibimiento verdaderamente grandioso, aparte de eso tenía la capacidad de lograr en un momento con dos palabras, sólo con su ascendiente personal y su experiencia humana, cosas que a distancia no se conseguían ni poniendo el mayor empeño. Si él notaba esos éxitos, deseaba tener más, y eso también podía prolongar el viaje.

[Segunda versión:] Efectivamente, K. no estaba en su casa. Lo supe en su tienda y fui después al domicilio particular para enterarme de los detalles. Para ser un piso de provincia, era grandísimo, por lo menos la primera habitación, en la que fui introducido por la criada. Era casi un salón, pero acogedor, sin estar recargado de chucherías, todos los muebles a conveniente distancia, distribuidos de forma clara y distinta y formando todo una unidad armónica, y el conjunto dejaba traslucir también una cierta decorosa tradición familiar. Y la habitación contigua, que se veía a través de los fulgurantes cristales de una puerta vidriera, daba una impresión semejante. Allí apareció enseguida la hermana de K., se puso rápidamente, casi sin aliento, un delantal de los de hacer la limpieza, blanco y tableado, y entró después en la pieza donde estaba yo. Era una solterona metida en años, bajita y frágil, muy educada y amable; lamentó extraordinariamente la mala suerte de que mi llegada hubiese coincidido con el viaje de su hermano -éste había salido justamente la víspera-, le dio varias vueltas al asunto, no pudo encontrar solución, lógicamente habría informado al punto a su hermano, pero no tenía ninguna posibilidad, puesto que se trataba de un breve viaje de negocios, limitado a pocos días, por los pueblecitos de la zona, y su hermano organizaba el itinerario según las necesidades inmediatas y por eso no había podido dar una dirección precisa. Respondía también al carácter de su hermano, añadió con una sonrisa, el hecho de que de vez en cuando le gustara moverse un poco por el mundo fuera del alcance de la gente.

En el puño del bastón de Balzac: Rompo todos los obstáculos.

En el del mío: Me rompen todos los obstáculos.
Común es el «todos».

Confesión, necesaria confesión, portal que se abre de golpe, en el interior de la casa aparece el mundo, cuyo difuso reflejo estaba fuera hasta ahora.
Él comprende que en el mundo haya temor, tristeza y vacío, pero sólo en la medida en que son sentimientos difusos, generales, que sólo rozan la superficie. Todos los demás sentimientos los niega, lo que nosotros designamos con ese nombre no es para él sino apariencia, cuento, imagen-reflejo de la experiencia y la memoria.
Cómo va a ser de otra manera, dice, si los hechos reales nunca pueden ser alcanzados ni, menos aún, sobrepasados por nuestro sentimiento. Nosotros los vivimos antes y después del hecho real, que pasa de largo con ímpetu y rapidez inconcebibles, son vagas fantasías limitadas a nosotros. Vivimos en el silencio de la media noche y vivimos la salida y la puesta de sol volviéndonos hacia levante o hacia poniente.

Escasa energía vital, educación equívoca, soltería: su resultado es el escéptico, pero no necesariamente; para salvar el escepticismo, algunos escépticos se casan, por lo menos mentalmente, y se hacen creyentes.

En la oscuridad de la calle, bajo los árboles, una noche de otoño. Te pregunto, no me respondes. ¡Si me respondieras, si se abrieran tus labios, se llenaran de vida los ojos muertos y sonara la palabra a mí destinada!

Se abrió la puerta y el dragón verde, suculento, con los flancos voluptuosamente redondeados, sin patas, deslizándose con el bajo del cuerpo, entró en la habitación. Saludos de cumplido. Le pedí que entrara del todo. Él lamentó no poder hacer eso, por ser demasiado largo. Así que la puerta tuvo que quedarse abierta, lo que era bien molesto. Sonrió medio abochornado medio malicioso, y dijo: «Atraído por tu deseo, vengo arrastrándome desde lejos, estoy ya completamente escoriado por debajo. Pero lo hago gustoso. Gustoso vengo, gustoso me ofrezco a ti».

La luz lanzó sus rayos con una fuerte descarga, desgarró el tejido que se dispersó en todas direcciones, brilló implacablemente a través de lo que quedaba, una red vacía y de gruesas mallas. Abajo temblaba la tierra y permanecía inmóvil, como un animal recién capturado. Mutuamente fascinados, se miraron los dos. Y el tercero, temiendo el encuentro, se apartó.

Una vez me rompí la pierna, fue la más hermosa experiencia de mi vida.

Una media luna, una hoja de arce, dos cohetes.

Sólo heredé de mi padre una cajita de plata para especias.

Cuando empezó el combate y del desmonte saltaron a la carretera cinco hombres armados hasta los dientes, yo me escabullí por debajo del coche y en la más completa oscuridad corrí hacia el bosque.

Era después de la cena, todavía estábamos sentados a la mesa, mi padre, recostado en su sillón, uno de los muebles más grandes que he visto nunca, fumaba la pipa medio dormido, mi madre zurcía uno de mis pantalones, inclinada sobre la labor no prestaba atención a otra cosa, y el tío, con la espalda muy derecha, vuelto hacia la lámpara, los quevedos sobre la nariz, leía el periódico. Yo había pasado la tarde jugando en la calle, sólo después de la cena me había acordado de un deber para el colegio, y había llegado a sacar el cuaderno y el libro, pero estaba demasiado cansado, sólo tenía fuerzas para adornar la tapa del cuaderno con garabatos, me fui desmoronando cada vez más y, olvidado por las personas mayores, estaba ya casi echado sobre mi cuaderno. Entonces Edgar, el niño de los vecinos, que en realidad habría tenido que estar ya hace tiempo en la cama, entró sin hacer ningún ruido por la puerta, a través de la que yo, curiosamente, no veía nuestro oscuro vestíbulo sino la luna que brillaba sobre un dilatado paisaje de invierno. «Ven, Hans -dijo Edgar-, el maestro está esperando fuera, en el trineo. ¿Cómo quieres hacer la tarea sin la ayuda del maestro?» «¿Es que me quiere ayudar?», pregunté. «Sí -dijo Edgar-, es una ocasión inmejorable, se marcha en este momento a Kummerau, está de muy buen humor por el viaje en trineo, no te dirá que no a lo que le pidas.» «¿Me dejarán mis padres?» «No les preguntarás…»

Era una tarea muy difícil y yo temía no poderla resolver. Además era ya muy de noche, me había puesto a ella demasiado tarde, había dejado pasar la tarde entera jugando, a mi padre, lue acaso habría podido ayudarme, le había ocultado mi negligencia, y ahora todos dormían y yo estaba solo sentado delante del cuaderno. «¿Quién va a ayudarme ahora?», dije por lo bajo. «Yo», dijo un hombre desconocido sentándose pausadamente en una silla, a mi derecha, por la parte estrecha de la mesa, lo mismo que en el bufete de mi padre toman asiento a un lado del escritorio las partes litigantes; apoyó luego el codo en la mesa y estiró las piernas hasta casi el centro de la habitación. Yo hubiera querido levar tarme de un salto, pero era mi maestro y sabría resolver me) ,)r que nadie el problema que él mismo había puesto. Y él confirmó esa opinión, haciendo con la cabeza un gesto de asentimiento, un gesto amable, orgulloso o irónico, no pude descifrarlo. ¿Pero era de verdad mi maestro? Exteriormente y de una manera general, lo era sin duda alguna, pero si uno se metía en detalles, la cosa se volvía problemática. Tenía, por ejemplo, la barba de mi maestro, esa barba larga, tiesa y rala, un poco salediza y de un negro grisáceo, que recubría el labio superior y toda la barbilla. Pero si uno se inclinaba hacia él se tenía la impresión de que era un aderezo artificial, y esa sospecha no disminuía por el hecho de que el pretendido maestro se inclinara hacia mí con la mano puesta debajo de la barba y me la presentase para que la examinara.

El señor de los sueños, el gran Isacar, estaba sentado delante del espejo, con la espalda muy pegada a la superficie de éste, la cabeza doblada hacia atrás y metida hasta muy dentro del espejo. Llegó entonces Hermana, el señor del crepúsculo, y se hundió en el pecho de Isacar hasta que desapareció por completo en su interior.

En nuestro pueblo estamos completamente en familia: está perdido en plena sierra, casi imposible de encontrar. Sólo un angosto sendero lleva hasta allí, e incluso ese sendero está interrumpido muchas veces por desnudas e intransitables masas de piedras, sólo la gente del pueblo lo vuelve a encontrar.

Cuando fui a confesar, no supe qué decir. Todas las preocupaciones se habían disipado; alegre, tranquila, sin el menor temblor en sus brillantes manchas de sol, vista a través de la puerta entreabierta de la iglesia, se extendía la plaza. Yo sólo pude recordar los sufrimientos de los últimos tiempos, quise avanzar hasta sus malignas raíces, fue imposible, no recordaba sufrimientos, éstos no tenían raíces en mí. Las preguntas del confesor apenas las entendía, entendía las palabras, pero, por mucho que me empeñaba, no les encontraba la menor relación conmigo. Le pedí que repitiera algunas preguntas, pero no sirvió de nada, eran como gente a la que uno cree conocer y respecto a la cual nos está engañando la memoria.

En el huracán, desatino de las hojas, puerta pesada, ligera llamada con los nudillos, acogida del mundo, introducción de los invitados, asombro extraordinario, cómo charla, extraña boca, imposibilidad de resignarse a ella, trabajar mirando hacia atrás, golpes y golpes de martillo, ¿están llegando los ingenieros? No, hay un cierto retraso, el director los está obsequiando, se oye un «viva», la gente joven, por en medio murmura el riachuelo, un viejo está mirando cómo vive, cómo perfuma el aire; pero tengo la celestial, la divina juventud, para sentir eso, excelso mosquito que revolotea en torno a la lámpara, sí, mi pequeño, mi diminuto compañero de mesa, como un saltamontes, sentado derecho en su silla…

Nuestro director es joven, tiene muchos proyectos, continuamente nos apremia, es infinito el tiempo que emplea en eso, y tanto le importa uno solo como todos juntos. Es capaz de pasar días enteros junto a cualquier empleadillo insignificante, alguien en quien apenas hemos reparado hasta ahora, se sienta con él en una silla, lo tiene abrazado, pone la rodilla sobre la rodilla del otro, se apodera de su oído, al que ya no tiene acceso nadie más, y entonces empieza a trabajar.

Nuestro jefe mantiene mucho las distancias con el personal, hay días en que no le ponemos la vista encima, en esos casos está en la oficina; ésta se encuentra también en el local comercial pero tiene cristales opacos hasta la altura de una persona y se puede acceder a ella no sólo por la tienda sino por el pasillo de la casa. Probablemente esa actitud reservada no se debe a ninguna intención precisa, ni tampoco se siente él un extraño entre nosotros, pero responde por completo a su forma de ser. No considera ni necesario ni útil apremiar al personal; quien por propia convicción no trabaja con el máximo rendimiento, ése en su opinión no será nunca un buen empleado, no podrá conservar su puesto en una tienda llevada fría y serenamente y que aprovecha -que aprovecha exhaustivamente- las posibilidades de que dispone, él mismo se sentirá tan ajeno que no esperará a que le despidan sino que se despedirá voluntariamente. Y eso sucederá con tanta rapidez que no causará mayor perjuicio ni a la empresa ni al empleado. Ahora bien, una relación de este género no se da con frecuencia en el mundo de los negocios, pero en el caso de nuestro jefe es evidente que da resultado.

Conservar la calma; estar a mucha distancia de lo que quiere la pasión; conocer el río, por eso nadar contra la corriente; nadar contra la corriente por el placer de sentirse llevado.

Es una tienda pequeña, pero hay mucha vida en ella, no se accede por la calle, hay que atravesar el pasillo, cruzar un pequeño patio, sólo entonces se llega a la puerta del establecimiento, encima de la cual hay un rótulo con el nombre del propietario. Es una lencería, venden ropa blanca, pero más aún lienzo crudo. Quien no está iniciado, quien entra por primera vez en la tienda, no puede creer en absoluto que se venda allí tanta ropa y tanta tela, o dicho de un modo más preciso, puesto que no se puede formar una idea del resultado de los negocios, no puede creer que se comercie en tales proporciones y con tanta diligencia. Como ya he dicho, no hay una entrada directa por la calle, pero no sólo eso, tampoco se ve entrar a ningún cliente por el patio y sin embargo el local está lleno de gente y se ve continuamente gente nueva, y la otra desaparece, no se sabe por dónde. Hay también grandes estanterías en la pared, pero en general las estanterías están puestas en torno a unos pilares que sostienen la bóveda múltiple, ramificada en sectores muy pequeños. Debido a esa disposición, desde ningún sitio se sabe exactamente cuánta gente hay en la tienda, todo el tiempo surgen otras personas en torno a los pilares, y los gestos de asentimiento con la cabeza, los enérgicos movimientos de manos, los pasitos cortos por entre el gentío, el crujir de los géneros expuestos para la venta, los inacabables tratos y discusiones, en los que, aunque sólo conciernan a un vendedor y a un cliente, parece intervenir toda la tienda, todo eso hace que el movimiento comercial parezca mayor de lo que es. En un rincón hay una garita de madera, ancha, pero sólo con la altura justa para que quepan en ella personas sentadas, es la oficina. Los tabiques de madera parecen muy fuertes, la puerta es pequeñísima. Se ha evitado poner puertas, sólo un ventanillo, pero está tapado por dentro y por fuera; pese a todo es asombroso que en esa oficina haya alguien que pueda concentrarse para escribir, con el ruido que entra de fuera. A veces se descorre la oscura cortina que hay detrás de la puerta, y entonces se ve allí, ocupando todo el hueco de la puerta, a un escribiente bajito que, con la pluma detrás de la oreja y la mano encima de los ojos, observa llevado de la curiosidad o cumpliendo órdenes el barullo de la tienda. Pero no pasa mucho tiempo y ya vuelve a meterse, corriendo la cortina tan rápidamente detrás de él que no se puede echar una mínima ojeada al interior de la oficina. Hay una cierta conexión entre la oficina y la caja. Ésta se halla justo al lado de la puerta de la tienda y se encarga de ella una chica joven. No tiene tanto trabajo como en un primer momento podría parecer. No toda la gente paga en metálico, incluso son muy pocos los que lo hacen, por lo visto hay otros modos de abonar la factura.

Entrelaza el sueño en las ramas del árbol. El corro infantil. La amonestación del padre inclinado hacia abajo. Romper el trozo de leña sobre la rodilla. Medio desmayado, pálido, apoyarse en la pared del cobertizo, mirar al cielo buscando la salvación. Un charco en el patio. Detrás, viejos e inservibles utensilios de labranza. Un sendero que, con rápidos y múltiples recodos, serpentea por la falda del monte. Llovía a intervalos, pero también a intervalos salía el sol. Un bulldog apareció tan súbitamente que los que llevaban el ataúd retrocedieron.

Hacía tiempo, mucho tiempo, que yo quería ir a aquella ciudad. Es una ciudad grande y animada, viven allí muchos millares de personas, se deja entrar a todos los forasteros. El siguiente bando militar fue encontrado en la avenida, en
tre las dispersas hojas del otoño, es imposible averiguar quién lo hizo y a quién va dirigido:
Esta noche empieza el ataque. Todo lo habido hasta ahora, la defensa, la retirada, la huida, la dispersión…

A través de la avenida una figura incompleta, un trozo de impermeable, una pierna, el ala anterior de un sombrero, lluvia que pasa fugazmente de un lugar a otro.

Los amigos estaban en la orilla. El hombre que había de llevarme a remo hasta el barco cogió mi maleta para transportarla hasta el bote. Yo le conocía desde hacía muchos años, siempre andaba muy encorvado, alguna dolencia deformaba a aquel hombre, que de por sí era fuerte y altísimo.

¿Qué te incomoda? ¿Qué tira con violencia del asidero de tu corazón? ¿Qué es lo que manosea el picaporte de tu puerta? ¿Qué te llama desde la calle sin entrar por la puerta abierta? Ay, no es sino aquel a quien tú incomodas, a quien tú tiras con violencia del asidero de su corazón, a quien tú manoseas el picaporte de su puerta, a quien tú llamas desde la calle sin querer entrar por su puerta abierta.

Llegaron por la puerta abierta y nosotros les salimos al encuentro. Hicimos intercambio de noticias. Nos miramos a los ojos.

El coche era completamente inservible. Faltaba la rueda derecha delantera, debido a ello estaba sobrecargada y deformada la rueda derecha trasera, el pértigo se había partido, un trozo estaba sobre el techo del carruaje.

Nos trajeron un pequeño y viejo armarito de pared. El vecino lo había heredado de un pariente lejano -su única herencia-, había intentado abrirlo de muchas maneras y por fin, como no lo conseguía, se lo trajo al maestro de mi taller. La tarea no era fácil. No sólo no había llave, tampoco se veía cerradura alguna. O había en algún sitio un mecanismo secreto, cuyo manejo sólo podía averiguarlo una persona muy experta en tales cosas, o el armario no se podía abrir de un modo normal, sólo por la fuerza, lo que por otra parte sería facilísimo de conseguir.

El señor Ohmberg, maestro de la escuela municipal de la pequeña localidad, fue a recibirnos a la estación. Era el jefe del comité que se había propuesto explorar la cueva. Un hombre bajito, ágil, medianamente robusto, con una barba en punta de un rubio por así decir incoloro. Nada más pararse el tren, Ohmberg estaba en la escalerilla de nuestro vagón, y nada más bajarse el primero de nosotros, ya estaba pronunciando un pequeño discurso. Parece que quería cumplir con todas las formalidades de rigor, pero la importancia de la causa que defendía aplastaba con su peso, hasta la ridiculez, todas las formalidades.

Los alegres camaradas bajaban en barca por el río. Un pescador de domingo. Inalcanzable plenitud de la vida. ¡Destrúyela! Madera en el agua muerta. Olas que avanzan nostálgicamente. Suscitando nostalgia.

Correr, correr. Perspectiva desde una calle lateral. Casas altas, una iglesia aún más alta.

Lo característico de la ciudad es lo vacía que está. Por ejemplo, la gran Ringplatz siempre está desierta. Los tranvías que se cruzan allí siempre están vacíos. Su tintineo suena alto, claro, libre de la necesidad del instante. El gran bazar, que comienza en la Ringplatz y a través de muchos edificios lleva hasta una calle muy lejos de allí, está siempre vacío. En los numerosos veladores que hay ante el café que se extiende a ambos lados de la entrada del bazar, no se ve un solo cliente. La gran puerta de la vieja iglesia en el centro de la plaza está abierta de par en par, pero por ella no entra ni sale nadie. Las gradas de mármol que conducen hasta la puerta reverberan con una fuerza casi indomable a la luz del sol que cae sobre ellas.
Es mi vieja ciudad natal y despacio, parándome una y otra vez, deambulo por sus calles .

Es otra vez el viejo combate con el viejo gigante. Claro que él no lucha, sólo yo lucho, él sólo se echa sobre mí, como un mozo de cuadras en la mesa de la taberna, cruza los brazos en lo alto de mi pecho y aprieta el mentón contra los brazos. ¿Podré resistir esa carga?

A través de la niebla de la ciudad. En una calle estrecha, limitada en uno de los lados por una pared recubierta de yedra.

Estoy delante de mi antiguo maestro. Me sonríe y dice: «¿Qué pasa? Hace ya muchísimo tiempo que dejaste de asistir a mis clases. Si no tuviese una memoria inhumanamente buena para recordar a todos mis alumnos, no te habría reconocido. Pero así te reconozco claramente, eres mi alumno. Pero ¿por qué vuelves?»

Es mi vieja ciudad natal y he vuelto a ella. Soy un ciudadano acomodado yen el barrio antiguo poseo una casa con vistas al río. Es una casa antigua de dos pisos con dos grandes patios. Tengo una empresa de construcción de carruajes y en ambos patios trabajan todo el día las sierras y los martillos. Pero en las salas de estar que hay en la fachada anterior del edificio no se oye nada de ese ruido, allí reina profundo silencio, y el pequeño espacio delante de la casa, que está cerrado todo en derredor y sólo se abre por la parte que da al río, siempre está vacío. En esas salas, grandes, con suelo de tarima y un poco en penumbra por las cortinas, hay muebles antiguos; envuelto en un batín guateado me gusta pasear entre ellos.

Nada de eso, a través de las palabras llegan restos de luz.

El cuerpo fortalecido comprende lo que tiene que hacer. Cuido el animal con creciente alegría. El brillo de los ojos pardos me lo agradece. Estamos de acuerdo.

Lo declaro aquí explícitamente: todo lo que cuentan de mí es mentira, si parten del supuesto que yo he sido el primer ser humano que se ha hecho íntimo amigo de un caballo. Es curioso que propaguen tan monstruoso aserto y que le den crédito, pero es aún más extraño que se tome ese asunto a la ligera, que lo propaguen y lo crean, pero que luego, con poco más que un leve gesto de asombro, pasen a hablar de otra cosa. Hay en ello un misterio que sería en sí más atractivo investigar que la cosa insignificante que he hecho realmente. Lo que he hecho es sólo lo siguiente: durante un año he vivido con un caballo a la manera como viviría un hombre con una muchacha -a la que él admira pero por la que se ve rechazado- si no tuviera exteriormente ningún impedimento para poner en marcha todo lo que pudiese llevarle a su meta. O sea, he metido en una cuadra al caballo Leonor y a mí mismo y sólo he dejado ese domicilio común para dar las clases con las que ganaba el dinero necesario para nuestras propias clases. Desgraciadamente, quieras que no, eran cinco o seis horas diarias y no está excluido del todo que esa merma de tiempo tenga la culpa del fracaso definitivo de todos mis esfuerzos: que me permitan esos señores, a los que tantas veces pedí inútilmente que me ayudaran en mi empresa y que sólo habrían tenido que dar un poco de dinero para algo por lo que yo estaba dispuesto a sacrificarme, como se sacrifica una gavilla de cebada que se mete entre las muelas de un caballo, que esos señores me permitan que se lo diga.

Un gato había capturado un ratón. «¿Qué harás ahora? -preguntó el ratón-, tienes unos ojos horribles.» «Oh -dijo el gato-, yo tengo siempre estos ojos. Te acostumbrarás a ellos.» «Prefiero marcharme -dijo el ratón-, mis hijos me están esperando.» «¿Están esperando tus hijos? -dijo el gato-, entonces márchate cuanto antes. Sólo quería preguntarte una cosa.» «Entonces, por favor, pregunta, es realmente tardísimo.»

Un ataúd estaba terminado, y el carpintero lo puso en el carro de mano para llevarlo a la tienda. El tiempo era lluvioso, un día gris. Llegó un viejo que salió por una bocacalle, se paró delante del ataúd, le pasó el bastón por encima y trabó con el carpintero una breve conversación sobre la industria del ataúd. Una mujer que bajaba por la calle principal con la bolsa de la compra tropezó ligeramente con el hombre, vio enseguida que era amigo suyo y también se quedó parada un momento. Salió del taller el empleado, que tenía que hacerle al maestro unas preguntas relativas a otros trabajos. Por la ventana que había arriba del taller apareció la mujer del carpintero con el niño pequeño en los brazos, desde la calle el carpintero empezó a bromear un poco con el niño, el señor y la mujer con la bolsa de la compra también alzaron la vista sonrientes. Un gorrión, creyendo que allí encontraría algo de comer, se había posado sobre el ataúd y daba saltitos encima de él. Un perro olfateaba las ruedas del carro de mano.
De pronto, dieron por dentro un golpe violento contra la tapa del ataúd. El pájaro levantó el vuelo y, atemorizado, empezó a volar en círculo por encima del carro. El perro ladró furiosamente, de todos era el que estaba más excitado, como desesperado por no haber cumplido con su deber. El señor y la mujer saltaron a un lado, y esperaron con los brazos abiertos. Tomando de pronto una determinación, el empleado se había subido encima del ataúd y ya estaba sentado allí, aquel asiento le parecía menos horrible que la posibilidad de que se abriese el ataúd y saliese al autor de los golpes.
Por lo demás, es posible que ya estuviese arrepentido de su precipitada acción, pero ahora que estaba allí no se atrevía a bajar y todo el empeño del maestro para que bajara era inútil. La mujer que estaba en la ventana y que probablemente había oído también los golpes pero no podía saber de dónde venían, y que en cualquier caso no se imaginaba que pudiesen venir del ataúd, no comprendía nada de lo que pasaba abajo y miraba llena de asombro. Un guardia, atraído por un vago deseo, retenido por un vago temor, se acercaba a pasos lentos y vacilantes.
Entonces, la tapa se abrió con tal fuerza que el ayudante cayó hacia un lado, hubo un grito breve y simultáneo de todos los que allí estaban, la mujer desapareció de la ventana, era evidente que bajaba a saltos la escalera con el niño.

Búscale con afilada pluma, haciendo girar firme y sólidamente la cabeza con el cuello, para mirar en derredor, sentado tranquilamente. Eres un fiel servidor, gozas de prestigio dentro de los límites de tu posición, un señor dentro de los límites de tu posición, fuertes son tus muslos, ancho el pecho, ligeramente inclinado el cuello, cuando empieces a buscar. Eres visible desde lejos, como en los pueblos la torre de la iglesia, hay algunos que por los caminos, por valles y colinas, vienen de lejos en tu busca.
Es la comida que me alimenta. Exquisitos manjares, exquisitamente preparados. Por la ventana de mi casa veo a los repartidores, una larga fila, muchas veces se queda parada, cada uno aprieta la cesta contra su cuerpo para preservarlo de todo daño. También hacia mí levantan la vista, amablemente, algunos con embeleso.
Es la comida que me alimenta. Es el dulce jugo que sube desde mi tierna raíz.
Levantándome de la mesa de un salto, todavía con la copa en la mano, persigo a la carrera al enemigo que saliendo de debajo de la mesa ha aparecido ante mí.

Cuando se escapó y llegó al bosque y se extravió, había anochecido. Bueno, la casa estaba en el bosque. Una casa de ciudad, construida por entero como en un espacio urbano, con un mirador al estilo de los que hay en las ciudades o en sus inmediacionoes, por delante un jardincillo rodeado de una valla, finos visillos bordados detrás de las ventanas, una casa de ciudad, y sin embargo, en todo lo que alcanzaba la vista, completamente aislada. Y era una noche de invierno y hacía mucho frío en aquel descampado. Pero no era un descampado, sino que había tráfico urbano, pues por la esquina aparecía un tranvía, pero no era en la ciudad, porque el vehículo no se movía, sino que estaba allí desde siempre, en esa posición, como si doblase la esquina. Y siempre había estado vacío y no era un tranvía sino un vehículo sobre cuatro ruedas, y a la luz de la luna, que se filtraba difusamente a través de la niebla, podía recordar cualquier cosa. Y era un pavimento urbano, en el suelo se dibujaban las lineas de un empedrado, un empedrado de una lisura modélica, pero eran sólo las sombras indecisas de los árboles, que se proyectaban sobre la carretera cubierta de nieve.

Es, según se quiera, emotivo o terrible o atroz, ver cómo se esfuerza el joven Borcher por venir a mi casa. Un loco lo ha sido siempre; inepto para cualquier trabajo, precariamente alimentado por su familia, que se había desentendido de él, vagabundeaba todo el día, sobre todo por el pantano. A veces estaba tumbado días y noches en un rincón de la casa, luego otra vez se quitaba de en medio durante muchas noches.

En los últimos tiempos sufro el acoso del tonto del pueblo. Tonto lo ha sido siempre, sólo que a mí eso no me concernía más que a cualquier otra persona.

De nuevo alguien que merodea abajo junto a la puerta del jardín. Miro por la ventana. Otra vez él, claro.

Si quieres introducirte en una familia extraña, buscas un amigo común y le pides el favor. Si no encuentras a nadie, te armas de paciencia y esperas una ocasión favorable.
En la pequeña localidad en que vivimos, no faltará la ocasión. Si no se presenta hoy, seguro que se presenta mañana. Y si no se presenta, por eso no vas a sacudir las columnas del universo. Si la familia soporta el verse privada de ti, tú, desde luego, no vas a llevarlo peor que ellos.
Todo esto es evidente, pero K. no lo entiende. Últimamente se le ha metido en la cabeza que tiene que introducirse en la familia del propietario de la hacienda, pero no lo intenta a través de las relaciones sociales, sino por vía directa. Tal vez le parezca muy difícil la vía normal, y en eso tiene razón, pero la que él intenta seguir es desde luego impracticable. Con esto no es que yo quiera dar excesiva importancia al hacendado. Un hombre honorable, sensato y trabajador, pero nada más. ¿Qué quiere K. de él? ¿Quiere un empleo en su finca? No, eso no es lo que quiere, él tiene también una posición desahogada y carece de preocupaciones materiales. ¿Ama a la hija del hacendado? No, no, de esa sospecha está completamente libre.

Ha intervenido la Oficina de la Vivienda, había muchísimas disposiciones oficiales, y una de ellas no la habíamos tenido en cuenta, resulta que había que dar en alquiler una habitación de nuestro piso, el caso no estaba muy claro y si nosotros hubiésemos declarado en la Oficina esa habitación exponiendo al mismo tiempo nuestras objeciones contra la obligación de alquilarla, nuestro asunto hubiera tenido perspectivas muy favorables, pero ahora nos acusaban de haber ignorado las disposiciones oficiales, y la sanción era que no podíamos apelar contra las decisiones de la Oficina. Un caso desagradable. Tanto más desagradable cuanto que la Oficina tenía ahora la posibilidad de imponernos un inquilino a su gusto. Pero nosotros esperábamos poder hacer algo para librarnos al menos de eso. Yo tengo un sobrino que estudia Derecho en la Universidad de aquí; sus padres, parientes en sí cercanos pero en realidad muy lejanos, viven en una pequeña localidad de provincia, apenas los conozco. Cuando el chico llegó a la capital, vino a presentarse a nuestra casa, un muchacho débil, tímido, miope, cargado de espaldas y con gestos y expresiones de una cortedad desagradable. Puede que su fondo sea estupendo, pero nosotros no tenemos tiempo ni ganas de penetrar en él, un joven así, esa pequeña planta temblorosa sobre su largo tallo, necesitaría observación y cuidados sin fin, y eso a nosotros nos resulta imposible y por eso es mejor no hacer nada y evitar todo trato con un chico así. Podemos ayudarle un poco con dinero y recomendaciones, eso es lo que hemos hecho, pero por lo demás no le hemos dado pie para que nos siga haciendo visitas inútiles. Pero ahora, ante la carta de la Oficina de la Vivienda, nos hemos acordado del joven. Vive en no sé qué distrito de la parte norte, seguro que en condiciones bastante deplorables, y lo que come, seguro que apenas es suficiente para mantener derecho ese cuerpecillo tan poco capacitado para la vida. ¿Y si lo trajésemos a casa? No sólo por compasión, por compasión habríamos podido -y quizá debido- traerlo hace ya mucho tiempo; no, no sólo por compasión; y sin embargo no hace falta que eso sea tenido por mérito incontestable, para nosotros ya sería una gran recompensa el hecho de que nuestro sobrinillo nos preservase en el último minuto de la imposición de la Oficina de la Vivienda, de la intrusión de quién sabe qué inquilino, de un inquilino absolutamente desconocido que insistiese en tener todo en regla. En la medida en que hemos podido informarnos, la cosa sería perfectamente posible. Si uno pudiese aducir ante la Oficina de la Vivienda que ya vive en casa un estudiante pobre, si se pudiese probar que si dicho estudiante pierde la habitación no sólo pierde una habitación sino casi sus posibilidades de existencia; si finalmente (el sobrino no se negará a colaborar en esta pequeña maniobra, de eso ya nos encargaremos nosotros) se pudiese hacer creer que, al menos periódicamente, ya se alojaba antes en esa habitación y que sólo vivía en el pueblo con sus padres durante los períodos -largos, eso sí- en que preparaba exámenes, si todo eso sale bien, entonces no tenemos nada que temer. Así que ahora, rápido, a buscar al sobrino en coche. En el cuarto piso, en una habitación interior, pequeña y fría, va y viene envuelto en ropa de invierno y estudia. Todo en él y en torno a él es tan espantosamente sucio y destartalado que hay que apretar bien en el bolsillo la carta de la Oficina de la Vivienda para convencerse una vez más de que la cosa es absolutamente necesaria.

Frescor y plenitud. Agua que brota. Un crecer que se va extendiendo, alto, impetuoso, apacible. Oasis de felicidad. Mañana después de una noche de desenfreno. Con el cielo frente por frente. Paz, reconciliación, inmersión.

Creativo. ¡Avanza! ¡Ven por el camino! ¡Dame explicaciones! ¡Pídeme explicaciones! ¡Juzga! ¡Mata!

Canta en el coro. Nos reíamos mucho. Éramos jóvenes, el día era hermoso, las altas ventanas del corredor daban a un jardín inmenso y floreciente. Nos asomábamos a las ventanas abiertas, que llevaban a la lejanía nuestra mirada y a nosotros mismos. A veces, el criado que iba a grandes zancadas detrás de nosotros decía alguna frase para exhortarnos al silencio. No le veíamos casi, no le entendíamos casi, sólo recuerdo su paso, que resonaba sobre las baldosas de piedra, el sonido que avisaba desde lejos.
En realidad no sabíamos si teníamos el deseo de ver a un dibujante oculto. Y así como sucede que un deseo que se ha tenido siempre de modo ligero e imperceptible casi quisiera marcharse cuando la atención se vuelve más intensa y sólo al aparecer pronto una realidad siente que le mantienen fijo en el lugar que le corresponde, así también hacía tiempo que teníamos una leve curiosidad por ver ante nosotros a una de aquellas señoras que, movida por fuerzas internas pero ajenas, le dibujan a uno una flor de la luna, luego plantas del fondo del mar, luego cabezas deformadas y contorsionadas, con grandes peinados y cascos, y otras cosas justo como tienen que hacerlo.

15 de septiembre de 1920. La cosa empieza con que, en lugar de comida, quisiste meterte en la boca, con gran sorpresa de ésta, un montón de puñales, tantos como caben en la boca.

Bajo cada intención yace agazapada la enfermedad, como debajo de la hoja del árbol. Si te inclinas para verla y ella se siente descubierta, aparece de un salto, la maldad delgada y silenciosa, y en lugar de que la aplastes, lo que quiere es que la fecundes.

Es un mandato. De acuerdo con mi carácter, yo sólo puedo aceptar un mandato que no me haya dado nadie. No puedo vivir sino en esa contradicción, siempre y sólo en contradicción. Pero eso seguramente vale para todos, pues viviendo se muere, muriendo se vive. Como pasa por ejemplo con el circo, que está rodeado de una lona, o sea que quien no esté dentro de esa lona no puede ver nada. Pero he aquí que alguien descubre un agujerito en la lona y así puede ver desde fuera. Pero para eso tienen que permitir que se quede allí. A todos nosotros se nos permite eso por un instante. Pero -segundo pero- a tra-
vés de un agujero así no suele verse otra cosa que la espalda del público que tiene entrada de pie. Pero -tercer pero- en cualquier caso se oye la música, y también el rugir de los animales. Hasta que finalmente, uno cae desmayado de horror en los brazos del policía que está haciendo su ronda en torno al circo y que sólo te ha dado con la mano unos ligeros golpecitos en el hombro para llamarte la atención sobre la inconveniencia de mirar con tanto interés sin haber pagado entrada.

Las fuerzas del hombre no están concebidas como una orquesta. Antes bien, todos los instrumentos tienen que sonar sin interrupción, con toda la fuerza. Pues no están destinados a los oídos humanos y no se tiene a disposición una dilatada velada musical, durante la cual cada instrumento espera poder sobresalir entre los demás.

16 de septiembre de 1920. A veces las cosas parece que funcionan de la siguiente manera: tienes una tarea precisa, para llevarla a cabo tienes las fuerzas necesarias (ni demasiadas ni demasiado pocas, es cierto que tienes que mantenerlas reunidas, pero no hay que angustiarse), se te ha dado tiempo suficiente, también tienes voluntad de trabajo. ¿Dónde está el obstáculo que te impide realizar esa enorme tarea? No pierdas el tiempo buscándolo, puede que no haya ningún obstáculo.

17 de septiembre de 1920. Sólo hay meta, no hay camino. Lo que llamamos camino es vacilación.

Jamás he estado bajo el peso de otra responsabilidad que la que me han impuesto la existencia, la mirada, la opinión de otras personas.

21 de septiembre de 1920.
Recogidos los restos.
Los miembros felizmente relajados
bajo el balcón, a la luz de la luna.
Al fondo, un poco de follaje,
negruzco, como cabellos.

Un objeto cualquiera procedente de un naufragio, nuevo y hermoso cuando cayó al agua, anegado e indefenso durante años, finalmente en descomposición.

En el circo representan hoy una gran pantomima, una pantomima acuática, quedará anegada toda la pista, Posidón atravesará las aguas con su séquito, aparecerá la nave de Ulises y cantarán las sirenas, luego Venus saldrá desnuda de las ondas, lo que constituirá la transición a una escena de familia en un balneario moderno. El director, un anciano de pelo cano, pero todavía disciplinado jinete circense, tiene puestas grandes esperanzas en esta pantomima. Además es urgente que haya un éxito, el año anterior fue pésimo, algunas giras fallidas acarrearon grandes pérdidas. Pero esto es una pequeña ciudad de provincias.

Vino gente a verme pidiéndome que les construyera una ciudad. Yo les dije que eran muy pocos, que tenían cabida en una casa, que para ellos yo no iba a construir una ciudad. Pero ellos dijeron que después vendrían más y que entre ellos había matrimonios que acabarían teniendo hijos, y que tampoco hacía falta construir la ciudad de una vez, sino que se podía establecer el trazado e irla haciendo poco a poco. Les pregunté dónde querían edificar esa ciudad, ellos dijeron que enseguida me enseñaban el sitio. Caminamos a lo largo del río hasta que llegamos a un promontorio bastante alto, muy escarpado por la parte del río, y por las otras vertientes muy dilatado y de suave caída. Ellos dijeron que era allí arriba donde querían ver construida la ciudad. Aquel lugar sólo tenía un poco de hierba dispersa, no había árboles, eso me gustó, pero la pendiente que daba al río me pareció muy escarpada y se lo hice ver. Pero ellos dijeron que eso no era un inconveniente, que la ciudad se extendería por las otras vertientes y que habría suficientes posibilidades de acceder al agua, quizás con el paso del tiempo hasta se encontraría la manera de superar de un modo u otro aquella pendiente tan abrupta, en cualquier caso eso no debía ser un obstáculo que impidiera fundar la ciudad en aquel lugar. Además ellos eran jóvenes y fuertes y trepaban con facilidad, cosa que me demostrarían enseguida. Así lo hicieron; como lagartijas serpenteaban sus cuerpos monte arriba entre las hendiduras de la roca, y pronto estuvieron en lo alto. Yo también subí y pregunté por qué querían ver construida la ciudad precisamente allí. Aquel lugar no parecía muy apropiado desde el punto de vista de la defensa, protección natural sólo tenía por la parte del río y justamente allí era donde menos hacía falta defenderse, más oportuno habría sido que existiese la posibilidad de salir fácilmente y sin impedimentos; por todas las otras vertientes se podía acceder a la plataforma de arriba sin ningún esfuerzo, y por eso -y también por su gran extensión- era difícil de defender. Aparte de eso, aún no se había examinado aquel suelo desde el punto de vista de su fertilidad, y depender siempre de las tierras bajas y no poder prescindir del suministro por carretera siempre era peligroso para una ciudad, más aún cuando los tiempos andan revueltos. Tampoco se había comprobado aún si arriba había suficiente agua potable, el pequeño manantial que me enseñaron no inspiraba mucha confianza.
«Estás cansado -dijo uno de ellos-, no quieres construir la ciudad.» «Cansado sí que estoy», dije yo sentándome sobre una piedra junto al manantial. Ellos metieron un paño en el agua y me refrescaron el rostro con él; yo les di las gracias. Entonces les dije que quería recorrer solo el perímetro de la plataforma y me marché; el camino era largo; cuando volví ya había anochecido, todos estaban echados en torno al manantial y dormían; caía una lluvia fina.
A la mañana siguiente repetí mi pregunta; al principio no comprendieron cómo podía repetir por la mañana la pregunta de por la noche. Pero luego dijeron que no podían especificarme exactamente los motivos por los que habían elegido ese lugar, que había viejas tradiciones que lo recomendaban. Ya los antepasados quisieron construir allí la ciudad, pero por determinadas razones que la tradición no les había transmitido con exactitud no empezaron las obras. De modo que no era una imprudencia frívola la que les había llevado hasta aquel lugar, al contrario, el sitio tampoco les gustaba tanto y las razones en contra que yo había aducido, ellos ya las habían encontrado antes por sí solos, y admitían que eran irrefutables, pero lo cierto es que existía aquella tradición y quien no obedece a la tradición es aniquilado. Por eso ellos no podían comprender por qué vacilaba yo y cómo no había empezado las obras ya la víspera.
Yo decidí marcharme y bajé por la vertiente del río. Pero uno de ellos se había despertado y había avisado después a los demás, y ahora estaban allí arriba, al borde de la plataforma, y yo sólo había hecho la mitad del camino y ellos llamaban y suplicaban. Entonces me di media vuelta, ellos me ayudaron y tiraron de mí para arriba. Les prometí entonces edificar la ciudad. Ellos estaban agradecidísimos, me dirigieron discursos, me besaron .

Un campesino me paró en la carretera y me pidió que fuese a su casa con él, que a lo mejor podía ayudarle, pues se peleaba con su mujer y eso le amargaba la vida. También tenía unos hijos tontos y descastados, que o estorbaban y eran unos inútiles o sólo hacían barrabasadas. Yo dije que iría de buen grado con él pero que era muy poco seguro que siendo yo una persona extraña pudiese ayudarle, que a los hijos tal vez pudiese darles algunas líneas de conducta pero que en la mujer probablemente no podría influir en absoluto, pues si una mujer es pendenciera la causa suele estar en la forma de ser del marido, y como a él no le gustaba pelear, seguramente ya se habría esforzado por cambiar, pero no lo había conseguido, entonces ¿cómo iba a conseguirlo yo? Todo lo más, yo podría desviar hacia mí las ganas de pelea de su mujer. Así hablé, más para mí que para él, pero luego le pregunté abiertamente cuánto me pagaría por mi trabajo. Él dijo que en ese punto nos pondríamos enseguida de acuerdo, que si yo le resultaba útil podía llevarme lo que quisiera. Yo me paré entonces y dije que esas promesas tan generales no me bastaban, que había que fijar exactamente lo que me daría al mes. Él se quedó asombrado de que yo pidiera un sueldo mensual. Yo me asombré de su asombro. ¿Se creía que yo iba a arreglar en dos horas lo que dos personas habían hecho mal toda una vida, y se creía él que al cabo de dos horas yo iba a tomar en pago una bolsita de garbanzos, besarle agradecido la mano, envolverme otra vez en mis harapos y seguir caminando por la carretera helada? ¡No! El labrador escuchaba en silencio, con la cabeza inclinada, pero atentamente. Al contrario, le dije: tendré que quedarme mucho tiempo en su casa, para tomar bien nota de todo y saber lo que hay que hacer exactamente para que mejoren las cosas, luego tendré que volver a quedarme mucho tiempo para poner las cosas verdaderamente en orden, en la medida de lo posible, y luego estaré viejo y cansado y ya no me marcharé en absoluto, sino que descansaré y disfrutaré del agradecimiento de todos.
«Eso no va a ser posible -dijo el campesino-, lo que quieres seguramente es instalarte en mi casa y al final hasta echarme de ella. Ésa sería, de todas las cargas que tengo que llevar, la mayor de todas.» «Sin confianza mutua, desde luego, no lograremos ponernos de acuerdo -dije-. ¿No tengo yo también confianza en ti? Lo único que quiero es que me des tu palabra, y esa palabra tú también podrías no cumplirla. Después de haber obrado en todo conforme a tus deseos, tú podrías echarme de tu casa pese a todas las promesas.» El campesino me miró y dijo: «Tú no te dejarías echar». «Haz como quieras -dije-, piensa de mí lo que quieras, pero no olvides (te digo esto amistosamente, de hombre a hombre) que, aunque no me lleves contigo, no vas a aguantar mucho tiempo más la situación que tienes en casa. ¿Cómo quieres seguir viviendo con esa mujer y esos hijos? Si no te atreves a llevarme contigo, entonces más vale que renuncies enseguida a tu casa y al sufrimiento que aún te iba a causar, ven conmigo, caminamos juntos, yo no voy a guardarte rencor por tu desconfianza.» «No soy un hombre libre -dijo el campesino-, llevo viviendo con mi mujer más de quince años, ha sido difícil, no comprendo en absoluto cómo ha sido posible, y sin embargo no puedo marcharme de su lado sin haber intentado antes todo lo que pueda hacerla soportable. Entonces te vi a ti en la carretera, y pensé que ahora podría hacer contigo el último gran intento. Ven, te doy lo que quieras. ¿Qué quieres?» «No quiero nada -dije-, no quiero en modo alguno aprovecharme de tu difícil situación. Tómame simplemente de por vida como mozo de labranza, entiendo de toda clase de trabajos y te seré muy útil. Pero no quiero ser un criado como todos los criados, tú no puedes darme órdenes, yo tengo que trabajar conforme a mi voluntad, a veces esto, a veces esto otro y luego otra vez nada, según me apetezca. Me puedes pedir que haga un trabajo, pero no con insistencia; si notas que no quiero hacer ese trabajo, tienes que conformarte y no decir nada. Dinero no necesito, pero siempre que haga falta habrá que reponer la vestimenta, la ropa interior y las botas, todo igual que lo que llevo ahora; si no encuentras esas cosas en el pueblo, tienes que ir a la ciudad a buscarlas. Pero no tengas miedo de eso, lo que llevo puesto ahora aguantará varios años. Me basta con la comida normal de los criados, pero tengo que comer carne a diario.» «¿A diario?», interrumpió él, como si estuviese de acuerdo con todas las demás condiciones. «A diario», dije. «Tú tienes también una dentadura especial -dijo él intentando así justificar mi extraño deseo, hasta metió la mano en la boca para tocarme la dentadura-. Muy afilada, casi como los dientes de un perro.» «Para abreviar: quiero carne cada día -dije-. Cerveza y aguardiente quiero tanto como tú.» «Pues eso es mucho -dijo-, yo tengo que beber mucho.» «Tanto mejor -dije-, pero puedes moderarte, en ese caso yo también me moderaré. Es posible, por cierto, que sólo bebas tanto a causa de tu desdicha doméstica.» «No -dijo-, ¿qué relación va a haber entre una cosa y otra? Pero tú tendrás tanta bebida como yo; beberemos juntos.» «No -dije-, no beberé ni comeré con nadie. Siempre comeré y beberé solo.» «¿Solo? -preguntó asombrado el campesino-, ya me tienes mareado con tus exigencias.» «No es para tanto -dije-, además ya casi he terminado. Sólo me queda por pedir aceite para una lamparilla que estará encendida toda la noche a mi lado. Tengo esa lamparilla en la alforja, es pequeñísima y necesita muy poco aceite. No vale la pena hablar de ello, lo menciono sólo para no dejar suelto ningún cabo, para que después no haya discusiones; porque no soporto las discusiones en cosas de salario. Si me niegan lo estipulado, yo, que soy normalmente el ser más bondadoso, me vuelvo terrible, toma nota de ello. Si no me dan lo que me corresponde, por insignificante que sea, soy capaz de pegar fuego, mientras que estás durmiendo, a la casa en que vives. Pero tú no tienes por qué negarme lo que hemos convenido con toda claridad, y entonces -más aún si alguna que otra vez añades por afecto algún regalillo, por insignificante que sea- soy fiel y constante y muy útil en todo. Y aparte de lo que he dicho no exijo nada, sólo el 24 de agosto, día de mi santo, un pequeño barril con cinco litros de ron.» «¡Cinco litros!», exclamó el campesino juntando las manos. «Sí, cinco litros -dije yo- no es tanto. Lo que tú quieres es que yo pida menos. Pero he limitado ya tanto mis necesidades, en consideración a ti, claro, que me daría vergüenza que un tercero estuviera escuchando. Delante de un tercero me sería imposible hablar así contigo. Ni tampoco debe saberlo nadie. La verdad es que nadie se lo creería.» Pero el campesino dijo: «Más vale que sigas tu camino. Me iré solo a casa y trataré de aplacar yo solo a mi mujer. En los últimos tiempos le he dado muchas palizas, voy a moderarme un poco a partir de ahora, quizás me esté agradecida por ello, también he pegado mucho a los niños, voy al establo a por la fusta y les vapuleo con ella, dejaré de hacerlo un poco, tal vez mej oren las cosas. Por otra parte, ya lo he dejado muchas veces y las cosas no han mejorado. Pero lo que tú quieres, eso no puedo hacerlo, y aunque tal vez pudiese, pero no, mi situación económica no lo permite, imposible, todos los días carne, cinco litros de ron, pero aunque fuese posible, mi mujer no lo consentiría, y si ella no lo consiente, yo no puedo hacerlo». «A qué viene entonces tanto discutir -dije…

Estaba en el palco, al lado de mi mujer. Daban una obra emocionante, el tema eran los celos, justo en aquel momento, en una sala brillantemente iluminada y rodeada de columnas, un hombre alzaba el puñal contra su mujer, que se dirigía despacio hacia la salida. Llenos de ansiedad nos inclinamos sobre el antepecho del palco, notaba en mi sien el cabello rizado de mi mujer. De pronto dimos un salto hacia atrás, algo se movía sobre el antepecho, lo que habíamos tomado por el forro de terciopelo del remate de la baranda era la espalda de un hombre largo y delgado que, exactamente igual de estrecho que ese reborde, había estado allí boca abajo hasta entonces, y ahora se daba despacio la vuelta como si buscara una postura más cómoda. Mi mujer se agarró a mí temblando. El rostro del hombre estaba justo delante de mí, más estrecho que mi mano, escrupulosamente limpio como una figura de cera, con una perilla negra. «¿Por qué nos ha asustado usted así? -exclamé-, ¿qué hace usted aquí?» «Perdone -dijo el hombre-, soy un admirador de su mujer; sentir sus codos sobre mi cuerpo me hace feliz.» «¡Emil, por favor, protégeme!», gritó mi mujer. «Yo también me llamo Emil», dijo el hombre, y apoyando la cabeza en una mano siguió echado, como en un sofá. «Ven conmigo, dulce mujercita.» «¡Sinvergüenza! -dije-, una palabra más y está usted ahí abajo, tendido en el parterre», y como si ya estuviese seguro de que la palabra iba a llegar, quise darle el empujón, pero eso no fue tan fácil, el hombre parecía formar parte del antepecho, estaba como incrustado en él, quise apartarlo dándole la vuelta, pero no lo conseguí, él se rió y dijo: «Deja eso, tontorrón, no malgastes tus fuerzas antes de tiempo, aún no ha empezado el combate, que terminará desde luego con que tu mujer tendrá que ceder a mis deseos». «Jamás -gritó mi mujer, y luego, vuelta hacia mí-: Venga, por favor, dale un empujón.» «No puedo -exclamé-; estás viendo cómo me esfuerzo, pero aquí hay algún truco, y no es posible.» «Dios mío, Dios mío -se lamentó mi mujer-, ¿qué va a ser de mí?» «Cállate -dije-, te lo ruego, con tus nervios sólo empeoras las cosas; ahora tengo otro plan, con esta navaja voy a rajar el terciopelo y después tiraré abajo todo el conjunto, con el tío este incluido.» Pero yo no encontraba la navaja. «¿Sabes dónde tengo la navaja? -pregunté-. ¿La habré dejado en el abrigo?» Ya estaba a punto de ir al vestuario cuando mi mujer me hizo entrar en razón. «Ahora quieres dejarme sola, Emil», gritó. «Pero si no tengo la navaja», grité yo a mi vez. «Toma la mía», dijo ella buscando con dedos temblorosos en su bolsillo de mano, pero sacó, naturalmente, sólo una diminuta navajita de nácar ..

Una tarea delicada, un ir-de-puntillas por una viga resquebrajada que hace de puente, no tener nada debajo de los pies, acumular trabajosamente con los pies el suelo sobre el que se va a caminar, no andar más que sobre el propio reflejo que uno ve abajo en el agua, mantener unido el mundo con los pies, arriba en el aire, contraer convulsivamente las manos para poder aguantar el esfuerzo.
En la escalinata del templo está arrodillado un sacerdote y todas las súplicas y quejas de los fieles que van a verle las transforma en oraciones, o mejor dicho, no transforma nada sino que repite muchas veces en voz alta lo que le dicen. Por ejemplo, llega un comerciante y se queja de que hoy ha tenido una gran pérdida y de que debido a ello se hunde su negocio. Entonces el sacerdote se arrodilla sobre una grada, ha puesto sobre otra grada más alta las palmas de las manos y mientras reza se balancea en una y otra dirección: «A. ha tenido hoy una gran pérdida, su negocio se hunde. A. ha tenido hoy una gran pérdida, su negocio se hunde», y así sucesivamente.

Somos cinco amigos, un día salimos de una casa, uno después de otro; el primero salió y se colocó junto a la puerta, luego el segundo salió, o mejor dicho se deslizó por la puerta, tan fácilmente como se desliza una bolita de mercurio, y se colocó cerca del primero, luego el tercero, luego el cuarto, luego el quinto. Finalmente, todos estábamos allí en fila. La gente se fijaba en nosotros, nos señalaba con el dedo y decía: «Acaban de salir los cinco de esa casa». Desde entonces vivimos juntos, sería una vida pacífica si un sexto no se entrometiera continuamente. No nos hace nada malo, pero nos molesta, eso basta; ¿por qué se mete donde no le llaman, si ve que no lo queremos? No le conocemos y no queremos admitirle entre nosotros. Nosotros cinco tampoco nos conocíamos antes, y si se quiere, tampoco nos conocemos ahora, pero lo que es posible y se tolera entre nosotros cinco, no es posible ni se tolera con el sexto. Además, somos cinco y no queremos ser seis. Y qué razón de ser tendría ese estar-siempre-juntos, tampoco la tiene en cuanto a nosotros cinco, pero el caso es que ya estamos juntos y juntos nos quedaremos, pero no queremos formar un grupo nuevo, precisamente debido a nuestras experiencias. Pero cómo vamos a explicarle todo esto al sexto, darle largas explicaciones casi equivaldría ya a admitirle en nuestro círculo, así que preferimos no explicarle nada y no admitirle. Aunque él pone cara de enfado, nosotros le echamos a codazos, pero por mucho que le echamos, él vuelve .

Lo mismo que a veces se puede sentir, sólo por la coloración del paisaje y sin mirar siquiera al cielo nublado, que aunque la luz del sol todavía no se ha abierto paso, las nubes están literalmente desgajándose y se disponen a desaparecer, o sea, que sólo por esa razón y sin necesidad de más pruebas, el sol va a brillar enseguida por todas partes.

Remando de pie, llevé la barca hasta el puertecillo, estaba casi vacío, en un extremo había dos veleros, fuera de eso sólo algunas barcas pequeñas dispersas. Encontré con facilidad un sitio para mi barca y bajé a tierra. Era sólo un puerto pequeño, pero con diques sólidos y en buen estado de conservación.
Las barcas se deslizaban por el agua. Llamé a una. El barquero era un hombre viejo, alto y de barba blanca. Titubeé un momento, sobre el escalón del desembarcadero. Él sonreía, yo le miré y monté en la barca. El hombre señaló a un extremo de la barca, y allí me senté. Pero al punto me levanté de un salto diciendo: «¡Qué murciélagos tan grandes tenéis aquí!», porque unas alas grandes habían pasado zumbando en torno a mi cabeza. «Calla», dijo él, atareado ya con el remo, y arrancamos tan súbitamente que casi me di un golpe contra la banqueta. En lugar de decirle al barquero adónde quería ir yo, sólo pregunté si lo sabía; a juzgar por su gesto afirmativo, lo sabía. Eso fue para mí un alivio enorme, estiré las piernas y me recosté en el asiento, pero sin dejar de mirar al barquero, y dije para mí: «Él sabe adónde vas, detrás de esa frente él lo sabe. Y mete en el mar su remo sólo para llevarte hasta allí. Y por casualidad le llamaste a él, de entre todos ellos, y todavía dudabas si subir a la barca». Cerré un poco los ojos de puro contento, pero quería por lo menos oír al hombre, aunque no lo viera, y pregunté: «A la edad que tienes seguro que ya no querrías trabajar. ¿Es que no tienes hijos?» «Sólo a ti -dijo-, tú eres mi único hijo. Sólo por ti hago este último viaje, luego venderé la barca, luego dejaré de trabajar.» «¿Llamáis aquí hijos a los pasajeros?», pregunté. «Sí -dijo-, es una costumbre de aquí. Y los pasajeros nos llaman padre a nosotros.» «Es extraño -dije-, ¿y dónde está la madre?» «Ahí -dijo-, en la garita.» Me incorporé y vi cómo, del ventanuco redondo de la garita que se alzaba en medio de la barca, salía y saludaba una mano, al tiempo que aparecía el enérgico rostro de una mujer, enmarcado por un pañuelo de encaje negro. «¿Madre?», pregunté sonriente. «Si es tu deseo.» «Pero eres mucho más joven que mi padre», dije. «Sí -dijo ella-, mucho más joven, él podría ser mi abuelo y tú mi marido.» «Sabes -dije-, es asombroso, que uno vaya en barca, solo y de noche, y que de pronto aparezca una mujer.»

Yo remaba por un lago. Era en una cueva abovedada y sin luz del día, pero había claridad, una luz clara y uniforme, que bajaba del azul pálido de la piedra. Aunque no se notaba corriente alguna de aire, había oleaje, pero no de forma que fuese un peligro para mi pequeña pero sólida embarcación. Yo remaba tranquilamente a través de las olas, pero apenas pensaba en el remar como tal, ocupado como estaba en inhalar con todas mis fuerzas el silencio que allí reinaba, un silencio como yo no había encontrado en toda mi vida. Era como una fruta que yo nunca hubiese comido y que sin embargo era la más nutritiva de todas las frutas, yo había cerrado los ojos y bebía aquel silencio. Aunque no en perfecta quietud; el silencio era todavía total, pero amenazaba ser alterado en cualquier momento; había algo que seguía deteniendo el ruido, pero el ruido estaba ante la puerta, reventando de ganas de estallar por fin. Lancé miradas de furia contra él, aunque no estaba allí, saqué un remo del soporte, me puse de pie en la barca que se balanceaba y gesticulé amenazadoramente en el vacío con el remo. Aún había silencio y volví a remar.

Corríamos por el suelo resbaladizo, a veces uno de nosotros tropezaba y se caía, otras veces casi se hubiese precipitado al vacío por uno de los lados, en tal caso siempre tenía que ayudar el otro, pero, con mucho cuidado, porque él tampoco pisaba firme. Por fin llegamos a una colina que llaman «La rodilla», pero aunque no es alta, no pudimos remontarla, resbalábamos una y otra vez, estábamos desesperados, así que, como no podíamos remontarla, había que rodearla, lo cual era tal vez igual de imposible, pero mucho más peligroso, porque el fracaso de nuestra tentativa significaba la caída y el fin. Para no estorbarnos mutuamente decidimos que cada uno lo intentase por otro lado. Yo me eché en el suelo y me deslicé despacio hasta el borde, vi que no había ninguna especie de sendero, ninguna posibilidad de agarrarse a nada, sin solución de continuidad todo acababa en el vacío. Estaba convencido de que no llegaría a la otra vertiente. Y si las cosas no estaban algo mejor por el otro lado, lo que en realidad sólo podía saberse haciendo el intento, entonces evidentemente no teníamos salvación. Pero había que correr el riesgo porque allí no podíamos quedarnos y detrás de nosotros, inaccesibles, se elevaban los cinco picos que llaman «Dedos del pie». Consideré otra vez con todo detalle la situación, el trecho a recorrer, que en sí no era largo pero imposible de superar, y cerré después los ojos -en este caso los ojos abiertos sólo me hubiesen perjudicado-, firmemente decidido a no volverlos a abrir, a no ser que sucediese lo increíble y llegase a la otra vertiente. Y entonces, despacio, me dejé caer de lado, casi como si estuviese durmiendo, me paré después y empecé a avanzar. Había abierto mucho los brazos a derecha e izquierda, el hecho de cubrir y, por así decir, de abarcar lo más posible del terreno que me rodeaba parecía darme un poco de equilibrio o, mejor dicho, un poco de consuelo. Pero, en efecto, noté con asombro que, materialmente, aquel suelo me ayudaba de alguna manera, era resbaladizo y sin ningún asidero, pero no era un suelo frío, un cierto calor venía de él a mí e iba de mí a él, había allí una comunicación que no se establecía con ayuda de manos y pies pero que tenía consistencia y solidez.

La debilidad fundamental del hombre no consiste ni mucho menos en que no pueda quedar victorioso, sino en que no sabe sacarle provecho a la victoria. La juventud lo supera todo, la ficción engañosa original y la oculta acción diabólica, pero no hay nadie que pueda agarrar esa victoria y darle vida, porque entonces ya ha pasado la juventud. La vejez ya no se atreve a tocar esa victoria y la nueva juventud, atormentada por el nuevo ataque que enseguida va a comenzar, quiere su propia victoria. De esa manera, el diablo queda vencido una y otra vez, pero nunca eliminado.

Los perpetuamente desconfiados son quienes suponen que junto a la gran ficción original se organiza expresamente para ellos una pequeña ficción especial, o sea, que cuando en el escenario se representa un juego erótico, la actriz, aparte de la sonrisa ficticia que dirige a su amante, tendrá también una sonrisa especialmente alevosa para un espectador muy concreto del último anfiteatro. Necia soberbia. ¿Es que puedes conocer otra cosa que el engaño? Porque, si se destruye el engaño, no debes mirar en esa dirección o te conviertes en estatua de sal.

Tenía quince años cuando entré de aprendiz en una tienda, en la ciudad. No me resultó fácil que me tomaran en algún sitio; tenía buenos informes, eso sí, pero era bajito y enclenque. El jefe, que, en un despacho angosto y sin ventanas, estaba sentado ante el escritorio a la intensa luz de una lámpara eléctrica, uno de los brazos como enganchado en el respaldo de la silla, el pulgar bien metido en el bolsillo del chaleco, la cabeza echada hacia atrás, lo más lejos posible de mí, el mentón en el pecho, me examinó y no me dio el visto bueno: «Eres demasiado débil para llevar paquetes -dijo sacudiendo la cabeza- y lo que yo necesito es un chico que lleve paquetes pesados». «Haré lo posible -dije-, además iré poniéndome cada vez más fuerte.» Por fin me admitieron en una ferretería, en el fondo por compasión. Era una tienda pequeña y oscura, que daba a un patio, y yo tenía que llevar muchísimo peso para mis fuerzas, pero estaba muy contento de haberme colocado.

«¡El gran nadador! ¡El gran nadador!», gritaba la gente. Yo regresaba de la Olimpíada de Amberes, donde había conseguido un récord mundial de natación. Estaba en la escalinata de la estación de mi ciudad natal -¿dónde está?- y miraba a la muchedumbre, que apenas podía distinguirse a la luz del crepúsculo. Una jovencita, a la que acaricié levemente la mejilla, me colocó velozmente una banda, en la que ponía en un idioma extranjero: Al vencedor olímpico. Se acercó un automóvil, unos señores me metieron en él, dos señores viajaron conmigo, el alcalde y otro más. Enseguida llegamos a un salón de fiestas, cuando entré, un coro cantaba en lo alto de la tribuna, todos los invitados, había centenares, se levantaron y gritaron al compás una frase que no entendí bien. A mi izquierda había un ministro, no sé por qué me asustó tanto aquella palabra cuando me lo presentaron, le miré espantado, pero me tranquilicé enseguida, a la derecha estaba la esposa del alcalde, una señora opulenta, todo en ella, especialmente a la altura de la pechera, me pareció lleno de rosas y plumas de avestruz. Frente a mí había un señor grueso, de rostro sorprendentemente blanco, no me enteré del nombre cuando me lo presentaron, había puesto los codos sobre la mesa -le habían dejado más sitio de lo normal-, miraba hacia delante y guardaba silencio, tenía a derecha e izquierda dos guapas muchachas rubias, eran divertidas, no paraban de contar cosas y mi mirada pasaba alternativamente de una a otra. A pesar de la intensa iluminación, no pude distinguir con detalle a otros invitados, quizás por el movimiento que había, criados que corrían de un lado a otro y presentaban fuentes, copas que se alzaban, puede que también estuviese todo demasiado iluminado. Había además un cierto desorden -el único, por lo demás- que consistía en que algunos invitados, señoras sobre todo, estaban sentados de espaldas a la mesa, y de tal manera que el respaldo de la silla no se interponía entre la mesa y ellos, sino que la espalda casi rozaba la mesa. Yo se lo hice notar a las jóvenes que tenía enfrente, pero con ser tan habladoras, esta vez no dijeron nada sino que me dirigieron una sonrisa acompañada de largas miradas. A un toque de campana -los criados se quedaron rígidos en medio de las filas de asientos- se levantó el gordo de enfrente y pronunció un discurso. ¡Por qué estaría aquel hombre tan triste! Durante el discurso se tocaba ligeramente el rostro con el pañuelo; eso aún podía pasar; con su gordura, con el calor de la sala y el esfuerzo de hablar, se habría comprendido, pero yo noté claramente que todo ello no era más que un artificio para encubrir que se estaba secando las lágrimas. Al mismo tiempo me miraba incesantemente, pero de manera que no parecía mirarme a mí sino mi tumba abierta. Cuando hubo terminado de hablar, me levanté yo, como es natural, y también pronuncié un discurso. Tenía verdadera urgencia por hablar, pues me parecía que algunas cosas, allí y seguramente también en otros lugares, necesitaban una explicación pública y clara; por eso empecé así:
¡Distinguidos invitados al acto! Admito que tengo un récord mundial, pero si ustedes me preguntaran cómo lo he conseguido, no podría darles una respuesta satisfactoria. Porque en realidad, yo no sé nadar. Siempre he querido aprender, pero nunca ha surgido la oportunidad de hacerlo. ¿Cómo, entonces, me ha enviado mi país a la Olimpíada? Ésa es también la pregunta que me preocupa. Antes que nada, tengo que dejar claro que esto no es mi país y que pese a todos mis esfuerzos no entiendo una palabra de lo que aquí se habla. Lo inmediato sería creer en una confusión, pero no hay tal confusión, tengo el récord, he viajado a mi ciudad natal, llevo el nombre por el que me conocen ustedes, hasta aquí todo coincide, pero a partir de aquí ya no coincide nada, no estoy en mi ciudad natal, ni les conozco ni les entiendo a ustedes. Pero además hay otra cosa que no contradice exactamente, pero sí en cierto modo, la posibilidad de una confusión: para mí no es un gran trastorno el hecho de no entenderlos a ustedes, ni tampoco parece que sea un gran trastorno para ustedes el que no me entiendan a mí. Del discurso de mi ilustre predecesor en la palabra sólo creo saber que ha sido de una deprimente tristeza, pero ese saber no sólo me resulta suficiente sino hasta excesivo. Y algo semejante sucede con todas las conversaciones que he sostenido desde mi llegada a este lugar. Pero volvamos a mi récord mundial.

Un relato parcial. Ante la entrada de la casa hay dos hombres, parecen vestidos de un modo completamente arbitrario, casi sólo llevan harapos, sucios, rotos, deshilachados, pero algunas prendas están muy bien conservadas, uno de ellos lleva un cuello postizo nuevo con corbata de seda, el otro un fino pantalón de pana, de corte amplio y más estrecho por abajo, delicadamente arremangado por encima de las botas. Están conversando y obstruyen la puerta. Llega un hombre, al parecer un cura rural de mediana edad, alto, fuerte, de cuello potente, vacilando sobre las piernas rígidas. Quiere entrar, es un asunto urgente el que lo lleva allí. Pero los otros dos están vigilando la entrada, uno de ellos saca del pantalón un reloj con una larga cadena de oro -parece que son varias cadenas unidas-, todavía no son las nueve, pero antes de las diez no pueden dejar entrar a nadie. Al clérigo eso le viene muy mal, pero los dos hombres ya están conversando otra vez. El cura los mira un ratito, parece darse cuenta de la inutilidad de seguir preguntando, ya ha dado incluso unos pasos, cuando de pronto tiene una idea y regresa. ¿Sabían los caballeros a quién quiere ver él? A su hermana Rebekka Zoufal, una señora mayor que vive con su sirvienta en el segundo piso. Eso no lo sabían los guardianes, por supuesto, ahora ya no tienen nada en contra de que entre el cura, hasta hacen una especie de reverencia ceremoniosa cuando pasa por en medio de ellos. Cuando el cura está en el pasillo, tiene que sonreír espontáneamente de lo fácil que ha sido engañar a la pareja. Al echar una rápida mirada hacia atrás, ve asombrado que los guardianes se están marchando cogidos del brazo. ¿Habrán estado allí sólo por él? En la medida en que el sacerdote se ha formado una idea de la situación, no habría que descartarlo. Se da media vuelta, la calle está ahora un poco más animada, muchas veces alguno de los transeúntes echa una mirada al interior del pasillo, al cura le parece casi una provocación lo abierta que está la puerta de la casa, con los dos batientes de par en par, hay una tensión en ese estar-abierto, como si la puerta tomase impulso para un portazo furioso y definitivo. Entonces oye que gritan su nombre. «Arnold», grita por el hueco de la escalera una voz débil y forzada, y al punto un dedo le da unos golpecitos en la espalda. Allí estaba una mujer vieja y encorvada, envuelta completamente en un tejido verde oscuro de grandes mallas y le mira literalmente no con los ojos sino con un diente largo y estrecho que, triste y solitario, se yergue en su boca.

Fuera, fuera de allí, cabalgábamos en plena noche. Era oscura, sin luna ni estrellas, aún más oscura de lo que suelen ser las noches sin luna ni estrellas. Teníamos una importante misión, que nuestro guía llevaba consigo en una carta lacrada. Por la preocupación de que tal vez perdiésemos al guía, uno de nosotros se adelantaba de vez en cuando y tanteaba buscando al guía, para comprobar si seguía allí. Una vez, justo cuando fui yo a ver, el guía ya no estaba. No nos asustamos demasiado, pues ése había sido nuestro miedo todo el tiempo. Decidimos volver sobre nuestros pasos.

La ciudad se asemeja al sol, en un círculo central está concentrada toda la luz, deslumbrante, uno se pierde, no se encuentran las calles ni las casas una vez que se ha entrado, literalmente no se vuelve a salir; en otro círculo mucho más amplio, la luz sigue siendo intensa, pero no emite sus rayos ininterrumpidamente, hay callejas oscuras, pasajes ocultos, incluso glorietas pequeñísimas, de luz crepuscular y llenas de frescor; luego otro círculo aún mayor, donde la luz está ya tan dispersa que hay que buscarla, allí hay grandes superficies urbanas con sólo una pálida claridad, fría y gris, y por fin, sin solución de continuidad, el campo raso, sin vegetación, campo de colores apagados, otoñales, iluminado todo lo más, alguna que otra vez, por una especie de relámpago.
En esa ciudad siempre es por la mañana temprano, una mañana que apenas está empezando, el cielo, un gris uniforme que apenas se despeja, las calles desiertas, limpias y silenciosas, en alguna parte se mueve despacio el batiente de una ventana mal cerrada, en alguna parte el viento agita los bordes de un paño colgado del balcón de un último piso, en alguna parte ondea levemente la cortina de una ventana abierta, fuera de eso no hay movimiento.

A Burson, el célebre domador, le trajeron una vez un tigre para que opinara sobre las posibilidades de amaestrar al animal. En la jaula de la doma, que tenía las medidas de una sala -estaba en un gran campo de barracas, lejos de la ciudad-, metieron la jaula pequeña con el tigre dentro. Se alejaron los guardas, en su primer contacto con una fiera Burson siempre quería estar completamente solo. El tigre yacía inmóvil en el suelo, le acababan de dar bien de comer. Bostezó un poco, miró cansinamente el nuevo entorno y se durmió al momento.

En uno de nuestros antiguos escritos se lee:
Quienes maldicen de la vida y consideran por eso que el no nacer o el superar la vida es la mayor o la única felicidad desprovista de ilusiones deben tener razón, porque el juicio sobre la vida…

La vieja historia de nuestro pueblo nos ha transmitido castigos atroces. Eso, sin embargo, no significa que haya que defender el actual sistema penal.

Un hombre ponía en duda el origen divino del emperador, afirmaba que el emperador era, de derecho, nuestro señor supremo, la misión divina del emperador no la ponía en duda, era evidente para él, sólo dudaba del origen divino. Mucho revuelo no produjo aquello, lógicamente; si el oleaje lanza a tierra una gota de agua, eso no perturba el eterno movimiento de las olas del mar, sino que, al contrario, está condicionado por él.

Ante un juez de la ciudad imperial fue llevado un hombre que negaba el origen divino del emperador. Los soldados le habían transportado durante semanas desde su ciudad natal, apenas podía permanecer sentado, de puro cansancio, tenía las mejillas demacradas y…

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