El Mundo Urbano

Oskar M., un estudiante de cierta edad -al mirarlo de cerca, lo espantaban a uno sus ojos- se detuvo una tarde de invierno en medio de la nieve, en una plaza vacía, con sus ropas de invierno, el gabán encima, una bufanda en torno al cuello y una gorra de piel en la cabeza. Parpadeó al reflexionar. Se había abandonado hasta tal punto a sus pensamien-tos, que de improviso se quitó la gorra y se acarició la cara con su rizada piel. Finalmente pareció llegar a una conclusión y, con un giro de bailarín, se volvió para regresar a casa.
Al abrir la puerta de la sala de estar de su casa paterna, vio a su padre, un hombre pul-cramente afeitado, con un pesado rostro carnoso, dirigido hacia la puerta; estaba sentado ante una mesa vacía. «Al fin», dijo éste, apenas Oskar hubo puesto el pie en la habitación, «quédate, te lo ruego, junto a la puerta, porque estoy tan furioso contigo que no respondo de mí.»
«Pero, padre», dijo Oskar, y sólo al hablar notó que se había cansado corriendo.
«Silencio», gritó el padre y se levantó, cubriendo una ventana.
«Silencio, te ordeno. Y no me vengas con tus “peros”, ¿entiendes?» Entonces agarró la mesa con ambas manos y la acercó un paso a Oskar. «No soporto ya por más tiempo tu vida de crápula. Soy un anciano. Pensaba que en ti tendría un consuelo para mi vejez, pe-ro me resultas peor que todas mis enfermedades. ¡Vaya un hijo que con su pereza, su prodigalidad, su maldad y (por qué no decirlo francamente) su estupidez, está llevando a la tumba a su propio padre!» Aquí, el padre enmudeció, pero movía el rostro como si aún continuase hablando.
«Querido padre», dijo Oskar, y avanzó con precaución hacia la mesa, «tranquilízate, todo se arreglará. Hoy he tenido una idea que me convertirá en un hombre tan activo co-mo puedas desear.»
«¿Cómo?», preguntó el padre, y miró hacia una esquina de la habitación.
«Confia en mí; durante la cena te lo explicaré todo. En mi interior he sido siempre un buen hijo, pero nunca pude demostrarlo en lo exterior; esto me amargaba de tal modo, que prefería disgustarte, si no podía darte satisfacciones. Pero ahora, permíteme que dé un pequeño paseo, para que se me aclaren las ideas.»
El padre, que en el primer momento, al prestar atención, se había sentado en el borde de la mesa, se levantó. «No creo que lo que ahora me has dicho tenga mucho sentido; más bien lo considero pura charlatanería. Pero al fin y al cabo eres mi hijo. No tardes, cena-remos en casa y entonces podrás exponerme el asunto.»
«Esta pequeña confianza me basta y te la agradezco de todo corazón. Pero ¿no se ve en mi simple forma de mirar que estoy completamente ocupado en un asunto serio?»
«Por el momento no veo nada», dijo el padre. «Pero puede que sea culpa mía, porque he perdido incluso el hábito de mirarte.» Al propio tiempo, como era su costumbre, hacía notar cómo pasaba el tiempo dando unos golpes regulares en la mesa. «Pero lo funda-mental es que ya no tengo la menor confianza en ti, Oskar. Si alguna vez te grito -cuando entraste, te he gritado, ¿no es así?-, no lo hago con la esperanza de poder mejorarte, lo hago sólo pensando en tu pobre y buena madre, que tal vez no siente ahora una pena in-mediata por ti, pero a quien destruye lentamente el simple esfuerzo de ahuyentar esta pe-na, pues ella cree que con ello te presta alguna ayuda. Aunque, en definitiva, son cosas que tú sabes muy bien y que, por simple consideración hacia mí mismo, no habría vuelto a recordarte, si no me hubieses incitado a ello con tus promesas.»
Mientras pronunciaba estas últimas palabras, entró la criada a vigilar el fuego de la chimenea. Apenas hubo salido de nuevo, Oskar exclamó: «¡Pero, padre! No podía espe-rarlo. Si hubiese tenido únicamente una pequeña idea, digamos una idea sobre mi tesis, que ya lleva diez años en el cajón y necesita ideas como las comidas necesitan sal, es po-sible, aunque no probable, que yo, como ha ocurrido hoy mismo, hubiese regresado a ca-sa de mi paseo, y te hubiese dicho: Padre, por suerte he tenido esta idea o esta otra. En-tonces, si tú, con tu venerable voz, me hubieses lanzado a la cara los reproches de antes, yo habría eliminado de un soplo mi idea e inmediatamente me habría tenido que largar con cualquier excusa o sin ella. ¡Ahora, en cambio! Todo lo que dices contra mí favorece mis ideas, no cesan de llenarme la cabeza cada vez más fuertes. Me iré, porque única-mente la soledad me permitirá ponerlas en orden.» Al respirar, tragó el aire de la cálida habitación.
«También puede tratarse de alguna canallada que se te haya metido en la cabeza», dijo el padre con los ojos muy abiertos, «y en tal caso no creo que te suelte. En cambio, si al-go bueno anda perdido en tu interior, se te esfumará durante la noche. Te conozco.»
Oskar hizo girar la cabeza como si alguien le agarrase por el cuello. «Déjame ahora. Es-tás hurgando en mí sin fundamento alguno. La simple posibilidad de predecir correcta-mente cómo voy a acabar, no debería realmente inducirte a perturbarme en mis buenos pensamientos. Puede que mi pasado te dé derecho a ello, pero no deberías aprovecharte de él.»
«Tú, mejor que nadie, ves lo grande que debe de ser tu inseguridad, puesto que te obli-ga a hablar así contra mí.»
«Nada me obliga», dijo Oskar, y sintió una sacudida en la nuca. Luego se acercó tanto a la mesa que no se supo ya a quién pertenecía. «Lo que he dicho, lo he dicho por respeto e incluso por amor hacia ti, como podrás ver más adelante, porque en mis decisiones tiene una parte fundamental la consideración hacia ti y hacia mamá.»
«Entonces tendré que agradecértelo ahora mismo», dijo el padre, «porque es muy pro-bable que tu madre y yo no estemos en condiciones de hacerlo cuando llegue el momen-to.»
«Por favor, padre, deja que el futuro siga todavía durmiendo como merece. Ya que si uno lo despierta antes de tiempo, tiene entonces un presente dormido. ¡Que sea tu hijo el primero que tenga que decírtelo! Por lo demás, tampoco quería convencerte aún, sino darte simplemente la noticia. Y esto, al menos, lo he conseguido, como tú mismo debes admitir.»
«Ahora, Oskar, hay otra cosa que también me sorprende: que no hayas venido a verme más a menudo con un asunto semejante al de hoy. Concuerda con la personalidad que has tenido hasta el presente. No, de veras que lo digo muy en serio.»
«Sí, y entonces me habrías molido a palos en lugar de escucharme. Dios sabe que he acudido a ti corriendo para darte una alegría. Pero nada puedo revelarte hasta que mi plan esté completamente listo. ¿Por qué me castigas, pues, por mis buenas intenciones y me pides unas explicaciones que, en este momento, sólo . podrían perjudicar la realización de mi proyecto?»
«Calla, no quiero saber nada. Pero debo responderte con toda celeridad, porque retroce-des hacia la puerta y, al parecer, te propones algo muy urgente: con tu treta, has aplacado mi primera explosión de ira, pero he aquí que ahora me siento aún más triste que antes y por esta razón te suplico -si insistes puedo incluso juntar las manos- que al menos no di-gas nada a tu madre de tus ideas. Que te baste conmigo.»
«No es mi padre el que habla así», gritó Oskar, que ya había apoyado el brazo en el pi-caporte. «Desde este mediodía, algo te ha ocurrido, o eres un desconocido a quien en-cuentro por primera vez en la habitación de mi padre. Mi verdadero padre», Oskar se ca-lló unos instantes con la boca abierta, «me habría dado sin duda un abrazo y habría lla-mado a mi madre. ¿Qué te pasa, padre?»
«Mejor será que cenes con tu verdadero padre, digo yo. Resultará más divertido.»
«Ya vendrá. A la larga, no puede dejar de venir. Y mi madre tiene que estar presente. Y Franz, a quien voy a buscar ahora mismo.» E inmediatamente Oskar empujó con el hom-bro la puerta, que se abría con facilidad, como si se hubiese propuesto hundirla.
Una vez en casa de Franz, saludó con una inclinación a la diminuta patrona y le dijo: «El señor ingeniero duerme, lo sé, pero no importa», y sin ocuparse de la mujer que, des-contenta de la visita, andaba sin objeto de un lado a otro del vestíbulo, abrió la puerta vi-driera que, como si la hubiesen tocado en un punto muy sensible, tembló en su mano, y gritó sin que le preocupase el interior de la estancia, que apenas veía aún: «A levantarse, Franz. Necesito tu consejo profesional. Pero aquí en tu cuarto no lo soporto, tenemos que salir a dar un pequeño paseo, y además debes quedarte a cenar con nosotros. Venga, rápi-do.»
«Con mucho gusto», dijo el ingeniero desde su sofá de piel, «pero ¿qué es lo primero que hay que hacer? ¿Levantarse, cenar, pasear, dar un consejo? Y aún debe de haber algo más que se me ha pasado por alto.»
«Ante todo, no bromear, Franz. Es lo más importante, y lo había olvidado.»
«Este favor puedo hacértelo en seguida. ¡Pero levantarme! Por ti, preferiría cenar dos veces antes que levantarme una sola.»
«¡Pues ya te estás levantando! No me repliques.» Oskar agarró al débil individuo por las solapas de la chaqueta y lo hizo sentar.
«Estás loco de atar. Con todos mis respetos. ¿Alguna vez te he arrancado así del sofá?» Se frotó los ojos cerrados con ambos meñiques.
«Pero, Franz», dijo Oskar con el rostro contraído, «vístete ya. No soy tan necio como para haberte despertado sin motivo.»
«Tampoco yo dormía sin motivo. Ayer tuve turno de noche, y hoy pierdo la siesta, también por tu causa… »
«¿Qué?»
«Que ya empieza a fastidiarme la poca consideración que tienes conmigo. No es la pri-mera vez. Naturalmente, eres un estudiante libre y puedes hacer lo que quieras. No todo el mundo tiene tanta suerte. Pero al menos podrías tener más consideración, ¡diablos! Es verdad que soy amigo tuyo, pero no por ello me han desposeído aún de mi trabajo.» Para demostrarlo, movía de un lado a otro las manos abiertas, mostrando las palmas.
«Después de toda esta palabrería, ¿no he de creer que has dormido ya más de lo sufi-ciente?», dijo Oskar, que se mantenía de pie, pegado a uno de los postes de la cama, des-de donde contemplaba al ingeniero como si tuviera un poco más de tiempo que antes.
«Bueno, en realidad, ¿qué quieres de mí? O mejor dicho, ¿por qué me has desperta-do?», preguntó el ingeniero, y se frotó el cuello con energía bajo su barba de chivo, con esa relación más íntima que uno tiene con su cuerpo después de dormir.
«¿Qué quiero de ti?», dijo Oskar en voz baja, y dio a la cama un golpe con el tacón. «Muy poca cosa. Te lo dije ya desde el vestíbulo: que te vistas.»
«Si con ello pretendes insinuar, Oskar, que tu noticia me interesa muy poco, estás en lo cierto. »
.«Tanto mejor. Así el incendio que provocará en ti arderá por su propia cuenta, sin que intervenga para nada nuestra amistad. Además, la información será más clara. Necesito una información clara, no lo pierdas de vista. Por otra parte, si buscas tu cuello y tu cor-bata, están ahí, en aquella silla.»
«Gracias», dijo el ingeniero, y empezó a ponerse el cuello y la corbata, «después de to-do, uno puede confiar en ti. »

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