El Ataud De La Reina Victoria

Nos felicitarnos de no haber revelado, antes de que hubiera pasado todo Peligro, la terrorífica noticia que va a leerse ahora. Hemos contribuido así a evitar un desastroso pánico. Por poco Europa hubiera debido lamentar la muerte, causada por el más inaudito de los atentados, de varios soberanos y una infinidad de oficiales superiores, reunidos con motivo del entierro de la reina Victoria. La catástrofe ha sido evitada gracias a la intrépida discreción de los organizadores de los funerales.
Quizás el público no haya podido comprender por qué el coche fúnebre era un carruaje de artillería, ni la razón de las maniobras, deportivas pero extrañas, de los portadores del ataúd real -cuyo peso estaba evaluado en trescientos kilos-, que "se entrenaron" previamente con otro ataúd de quinientos kilos. Que ese público sepa hoy que acaba de escapar a la más audaz de las tentativas de los anarquistas londinenses: en el ataúd, actualmente empotrado en una bóveda para preservar su eterna seguridad, ¡el cadáver de la Reina había sido sustituido por trescientos kilos de dinamita! Si todo peligro quedó conjurado, se lo debemos a las perfectas condiciones, metódicamente adquiridas, de los músculos de los portadores. Pero inquiriremos tímidamente, ¿era realmente necesario que en el ataúd de entrenamiento, ahora olvidado entre accesorios fuera de uso en algún campo de fútbol o de golf, y aun aceptando la legítima excusa de que era necesario completar rápidamente y con cualquier material el peso de quinientos kilos, era ne- cesario, insistimos, introducir en él justamente los venerables restos de la Reina?

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