Discurso Sobre La Lengua Yddisch

Distinguidas señoras y señores, antes. de que comiencen a recitarse los primeros versos de los poetas judío-orientales, quisiera decirles que us-tedes entienden mucho más jargon de lo que creen.
Estoy seguro de que la velada de hoy les causará una bellísima impre-sión, pero deseo que se manifieste en cuanto lo haya merecido. Sin embargo, mientras algunos de ustedes temen tanto el jargon, tanto que casi se les lee en los rostros, esa magnífica impresión no podrá suce-der: No quiero molestarme en hablar de los que tienen tantos prejuicios contra el jargon; pero ese recelo, aún con una cierta resistencia; es, si se quiere, comprensible.
Las circunstancias de nuestra vida europea occidental están, si las ob-servamos furtivamente, ordenadas de esta manera; todo sigue una se-rena marcha. Vivimos en verdadera y feliz concordia; cuando es nece-sario, nos entendemos mutuamente; nos arreglamos sin el otro cuando nos conviene, e incluso entonces nos entendemos; ¿quién podría, –proviniendo de un tal ordenamiento de la vida–, entender el intrincado jargon; o quién tendría aún ganas de hacerlo?
El jargon es el idioma europeo más nuevo, sólo tiene cuatrocientos, años de vida y, en realidad, es mucho más moderno todavía. Aún no ha moldeado formas idiomáticas de la claridad que nosotros necesita-mos. Su expresión es breve y rápida.
Carece de reglas gramaticales. Los aficionados intentan construir una gramática, pero el jargon se habla constantemente; no descansa. El pueblo no lo abandona a los gramáticos.
Sólo está constituido por vocablos extranjeros. Pero éstos no descansan en él, sino que conservan la celeridad y vivacidad con que se han adop-tado. Las emigraciones recorren el jargon de uno a otro extremo. Todo ese alemán, hebreo, francés, inglés, eslavo, holandés, rumano y aun la-tín, está incluido en el jargon, por curiosidad y despreocupación; re-quiere bastante poder el retener juntos estos idiomas en ese estado. Por lo mismo, ninguna persona sensata pretende hacer del jargon una lengua universal, por más cerca que lo esté. Sólo saca la jerga con gus-to, pues necesita menos relaciones idiomáticas que palabras aisladas. Además, porque el jargon ha sido despreciado durante mucho tiempo.
Sin embargo, partes de reglas sintácticas conocidas imperan en este ejercicio de la lengua. Por ejemplo, el jargon se origina en la época de transición del alto alemán de la Edad Media al alto alemán moderno. Hubo entonces formas optativas; el alto alemán tomó una, el jargon, la otra. O el jargon derivaba formas del alto alemán de la Edad Media de manera más lógica que el mismo alto alemán moderno; así, por ejem-plo, el jargon mir seien (alemán moderno wir sind) está tornado del alto alemán de la Edad Media, sin lo que es más natural que el wir sind del alto alemán moderno. O el jargon se quedó con las formas del alto ale-mán de la Edad Media, a pesar de la evolución de éste hacia el moder-no. Lo que entraba en el guetto, no salía tan fácilmente de allí. De esta manera perduraron formas como Kerzlach, Ulümlath, Liedlach.

En estas creaciones libres y reguladas del idioma, todavía fluyen los dialectos del jargon. Hasta se puede afirmar que todo él se compone de dialectos, incluso la parte escrita, a pesar de haberse llegado a un acuerdo respecto de la escritura.
Con todo esto creo haber convencido a la mayoría de ustedes, distin-guidas señoras y señores, que no entenderán ni una palabra del jargon.
No esperen una ayuda en la explicación de las obras. Si ni siquiera son capaces de entender el jargon, no puede serles de utilidad cualquier explicación circunstancial. En el mejor de los casos comprenderán la explicación, y notarán que se aproxima algo difícil. Eso será todo. Pue-do decirles, por ejemplo:
El señor Lowy representará ahora tres obras. Primero, Die Grine, de Rosenfeld. Grine son los "verdes", los recién llegados a América. En es-te poema, emigrantes judíos de esta clase van formando un grupito, con sus maletas de viaje sucias por una calle de Nueva York. El público, como es de suponer, se amontona, los mira con asombro, los sigue y se ríe. El poeta, fuera de sí en su excitación por este espectáculo, pasa de estas escenas callejeras al judaísmo y a la humanidad. Se tiene la im-presión, mientras el poeta habla, de que el grupo de emigrantes se de-tiene, a pesar de estar lejos y no poder escucharle.
La segunda obra es de Frug y se llama Arena y estrellas.
Es una amarga interpretación de una promesa bíblica. Dice: seremos como las arenas del pilar y las estrellas del cielo. Y bien, ya estamos pi-soteados como la arena, ¿cuándo se hará realidad lo referente a las es-trellas?
La tercera obra es de Frischmann y se llama La noche está quieta.
Una pareja de enamorados se encuentra de noche con un sabio piado-so, que va a rezar. Se asustan, temen que los delaten, luego se calman recíprocamente.
Como ven, estas explicaciones no aportan demasiado.

En la representación buscarán aquello que relacionado con las explica-ciones, ya saben, y lo que realmente está no lo verán. Por fortuna, todo el que conozca el idioma alemán, comprenderá el jargon. Pues, cuando se lo contempla a distancia, la comprensibilidad exterior de éste está formada por la lengua alemana; es esta una ventaja sobre las demás lenguas del mundo. Corno es equitativo, también tiene una desventaja con respecto a ellas. Consiste en que no se puede traducir el argonal idioma alemán. Las conexiones entre ambos son tan tenues y significa-tivas. que no pueden sino desgarrarse cuando se vuelca el jargon al alemán; es decir, ya no se vierte jargon, sino algo insustancial. Tradu-ciéndolo al francés, por ejemplo, el jargon puede transmitirse a los franceses; con la traducción al alemán, se lo aniquila, Toit, por ejemplo, no es tot (muerto), y Blüt de alguna manera es blut (sangre).
Pero no sólo desde esa distancia del idioma alemán, distinguidas damas y caballeros, pueden entender el jargon; pueden acercarse un paso más. Hace muy poco tiempo apareció el habla que constituye la comu-nicación coloquial de los judíos alemanes, distinta según viviesen en la ciudad o en el campo, más hacia el este o el oeste, como antecedentes más lejanos o cercanos del jargon, y han quedado aún muchos matices. Por lo tanto, la evolución histórica del jargon podría estudiarse en la superficie del presente, casi tan bien como en la profundidad de la his-toria.
Muy cerca de él llegarán si consideran que, aparte de los conocimien-tos, hay en ustedes fuerzas en actividad y encadenamiento de fuerzas que les hace posible comprender el jargon con los sentimientos. Sólo ahora puede ayudarles el expositor, que les tranquiliza a fin de que no se sientan excluidos de antemano y reconozcan, al mismo tiempo, que no deben quejarse ya de no entender el jargon. Esto es lo fundamental, pues con cada queja se aleja la comprensión. Pero si permanecen quie-tos, se encontrarán repentinamente en medio del jargon. Y cuando éste se ha apoderado de ustedes (y jargon es todo; palabra, melodía causí-dica y el espíritu mismo de este actor judío oriental) no recuperarán ya la calma anterior. Sentirán entonces la unidad real del jargon, tan fuer-te, que tendrán temor, pero ya no de él sino de ustedes mismos. No se sentirán capaces de soportar solos ese temor, si no les infundiese si-multáneamente una confianza en sí mismos, que se opone a ese temor y es aún más fuerte. ¡Gástenlo cuanto puedan! Cuando luego se pierda, mañana y más tarde (¡como podría también quedar grabado en la me-moria como una única representación!), les deseo que hayan olvidado también el temor. Porque no deseábamos castigarles.

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