Descripción De Una Lucha

…la gente se mece
y en la grava se pasea
bajo este vasto cielo
que de lomas lejanas
a lejanas lomas llega.

I

Algunas personas se levantaron casi a las doce; después de hacer reverencias, darse las manos y decir que todo había sido muy agradable, salieron al vestíbulo por el gran portal. La dueña de la casa, en el centro, se inclinaba con volubilidad, mientras se agitaban los bonitos pliegues de su vestido.
Yo, sentado a una mesita con tres patas finas y tensas, en ese momento tomaba un sorbo de mi tercera copa de Benedictine, y al beber miraba la pequeña provisión de pastelillos que yo mismo había elegido y apilado.
Entonces, en la puerta de una habitación contigua apareció mi nuevo conocido, un poco agitado y desordenado; como no me interesaba gran cosa, quise apartar la mirada. El, en cambio, se me acercó, y riéndose distraídamente de lo que me ocupaba, dijo:
- Disculpe que me dirija a usted, pero he estado hasta ahora sentado con mi novia en la habitación contigua desde las diez y media. ¡Esta sí que ha sido una noche, compañero! Comprendo: no está bien que se lo cuente; apenas nos conocemos. ¿No es así? Apenas si al llegar hemos cambiado unas palabras en la escalera. Con todo, le ruego que me disculpe, pero no soportaba ya la felicidad, era más fuerte que yo. Y como aquí no tengo conocidos en quienes confiar…
Miré con tristeza su bello rostro arrebolado -el pastelillo de fruta que me había llevado a la boca no era gran cosa- y le dije:
- Desde luego que me agrada parecerle digno de confianza, pero no me interesa ser su confidente. Y usted, si no estuviese tan alterado, se daría cuenta de lo tonto que es hablar de una muchacha enamorada a un bebedor solitario…
Cuando callé, se desplomó sobre el asiento y echándose hacia atrás dejó colgar los brazos. Luego los cruzó y habló en voz bastante alta:
- Hace un momento Anita y yo estábamos solos en ese cuarto. Yo la besaba, la besaba, ¿entiende?, en la boca, en las orejas, en los hombros. ¡Dios mío!
Algunos invitados, suponiendo una animada conversación, se acercaron bostezando. Me levanté y dije para que todos lo oyeran:
- Bien; si usted lo desea voy, pero insisto en que es una locura ir al Laurenzi en una noche de invierno. Hace frío y la nieve hace que los caminos parezcan pistas de sky. Pero si se empeña…
Primero me miró con sorpresa, entreabriendo sus húmedos labios, pero luego, cuando vio a los otros, muy próximos, se echó a reír y dijo al tiempo que se levantaba:
- ¡Oh!, el fresco nos sentará bien; tenemos las ropas transpiradas e impregnadas en humo; además, sin haber bebido precisamente con exceso, estoy un poco mareado. ¿Vamos?
Buscamos a la anfitriona quien, mientras él besaba su mano, le dijo:
-Me siento muy contenta; ¡parece usted tan feliz esta noche!…
La bondad de sus palabras lo emocionó y se inclinó nuevamente sobre la mano; entonces ella sonrió. Tuve que arrastrarlo. En el vestíbulo había una criada que veíamos por primera vez. Nos ayudó con los abrigos y tomó una pequeña lámpara para alumbrarnos la escalera. Una cinta de terciopelo casi pegada a la barbilla rodeaba su cuello desnudo; dentro de sus ropas sueltas, el cuerpo ondulaba al precedernos con la lámpara. Sus mejillas estaban rojas; había bebido vino, y al débil resplandor que llenaba la escalera, se advertía el temblor de sus labios.
Una vez abajo, puso la lámpara en un escalón, avanzó hacia mi compañero; lo abrazó y besó y lo volvió a abrazar. Sólo cuando le puse una moneda en la mano se desprendió como adormilada, abrió con lentitud la pequeña puerta y nos dejó salir.
Sobre las calles vacías, uniformemente iluminadas, había una luna enorme que brillaba en el cielo ligeramente nublado y que por ello se veía más extenso. Sólo se podían dar saltitos sobre la nieve congelada.
De inmediato comencé a sentirme muy despabilado. Flexioné las piernas, hice crujir las coyunturas, grité un nombre como si alguien hubiese escapado doblando la esquina; arrojé el sombrero al aire y lo recogí con jactancia.
Mi compañero no se preocupaba por lo que yo hacía. Iba con la cabeza inclinada, mudo. Me extrañó; había supuesto que al sacarlo de la reunión se pondría a hablar ansiosamente. No fue así, también yo podía comportarme con más calma. Acababa de darle un golpecito animador en la espalda cuando, de pronto, dejé de comprenderlo y retiré la mano y la metí en el bolsillo del abrigo. Continuamos, pues, en silencio. Yo, atento al ruido de nuestros pasos, no llegaba a comprender cómo no me era posible conservar el paso de mi acompañante. Sin embargo, el aire era diáfano y veía nítidamente sus piernas. Alguien nos contemplaba acodado en una ventana.
Al entrar en la calle Ferdinand noté que mi compañero comenzaba a tararear una melodía de "La Princesa del Dólar"; lo hacía muy quedo, pero alcanzaba a oírlo bien. ¿Qué se proponía? ¿Ofenderme? Bien; estaba dispuesto a prescindir de la música y del paseo. ¿Y por qué no hablaba? Si no me necesitaba ¿por qué no me había dejado en paz con las golosinas, y al calor del Benedictine? Desde luego que yo no había tenido mucho interés en dar este paseo. Por otra parte, podía divertirme sin él. Regresaba de una velada, acababa de salvar del oprobio a un joven ingrato y me paseaba ahora a la luz de la luna. De acuerdo. Durante el día, en el trabajo, después en sociedad y, por la noche, en las calles, y sin medida. Un modo de vivir atolondrado… en su naturalidad. Pero mi compañero aún me seguía; hasta aceleró el paso al notar que se había retrasado. No hablábamos; tampoco podía decirse que camináramos. Me pregunté si no me convenía coger una calle lateral, ya que en el fondo no tenía ninguna obligación de pasear con él. Podía regresar a casa solo, nadie podía impedírmelo. Luego lo vería, desorientado, irse por la bocacalle. ¡Adiós, querido! Me acogerá la tibieza del cuarto, encenderé la lámpara de pie de hierro que hay sobre la mesa, y luego, ¡por fin!, me arrojaré en mi sillón, sobre la raída alfombra oriental. ¡Hermosas perspectivas! ¿Y por qué no? ¿Y después? Ningún después. La claridad de la lámpara caerá sobre mi pecho en la cálida habitación. Luego me abandonará el calor y las horas pasarán en una soledad de paredes pintadas; sobre el suelo, que en el espejo de marco dorado de la pared trasera se refleja oblicuamente.
Mis piernas comenzaban a fatigarse y estaba decidido a regresar a casa de cualquier modo para meterme en cama, cuando me asaltó la duda de si, al separarnos, debía saludarlo o no. Era demasiado tímido para alejarme sin saludar y me faltaba valor para hacerlo con una simple exclamación. Me detuve, pues, y apoyándome en una pared iluminada por la luna, esperé.
Mi compañero se deslizaba hacia mí por la acera, rápido, como si yo debiera recibirlo en brazos. Me hacía un guiño en señal de inteligencia, por algo que yo probablemente no recordaba.
- ¿Qué pasa? -pregunté- . ¿Qué pasa?
- Nada, nada -dijo-, sólo quería conocer su opinión sobre la criada que me besó en el zaguán. ¿Quién es esa muchacha? ¿La ha visto antes? ¿No? Yo tampoco. ¿Era en realidad una criada? Quise preguntárselo desde que bajamos la escalera detrás de ella.
- Era una criada, y creo que ni siquiera de las principales: lo noté por sus manos enrojecidas; cuando le di el dinero sentí la aspereza de la piel.
- Eso probaría que hace algún tiempo que sirve.
- Tal vez tenga razón; en la penumbra no se distinguía bien; pero al mismo tiempo su cara me recordaba a una muchacha bastante madura, hija de un oficial al que conozco.
- A mí no - dijo él.
- Eso no me impedirá marcharme a casa; es tarde, y mañana tengo que ir al trabajo; se duerme mal allí.
Le tendí la mano.
- ¡Qué espanto! ¡Qué mano más fría! -exclamó- . No quisiera irme a casa con una mano así. También usted debiera haberse hecho besar. Omisión, por otra parte, fácilmente subsanable. ¿Dormir? ¿En semejante noche? ¡Qué ocurrencia! Considere cuántos pensamientos felices se ahogan bajo las mantas al dormir solo y cuántos sueños desdichados arropa con ellas.
- Yo no ahogo ni arropo nada -dije.
- ¡Bah! Déjeme usted; es un gracioso -concluyó. Comenzó a alejarse, y yo, preocupado por sus palabras, lo seguí maquinalmente.
Deduje de su modo de hablar que él suponía algo que se relacionaba conmigo, algo que tal vez no existía, pero cuya mera presunción me elevaba a sus ojos. Era mejor que no hubiese vuelto a casa. Tal vez este hombre, a mi lado, con la boca humeante por el frío y pensando en criadas, se hallara en condiciones de valorizarme ante la gente, sin esfuerzo de mi parte. ¡Que no me lo malogren las muchachas! -me decía-. Que le besen y le abracen, bueno; al fin y al cabo es la obligación de ellas y el derecho de él, pero que no me lo arrebaten. Cuando lo besan también me besan un poco a mí, si se quiere; con los ángulos de la boca, en cierto modo; pero si lo seducen me lo quitan. Y él debe permanecer siempre conmigo, siempre; ¿quién sino yo lo protegerá? Porque el pobre diablo es bastante tonto: en pleno febrero le dice uno: "Vamos al monte Laurenzi”y viene. Además puede caerse, resfriarse, algún hombre celoso puede salir del callejón del Correo, y asaltarlo. ¿Que sería de mí después? Sería como proscrito del mundo. No; ya nunca se librará de mí.
Mañana conversará con Ana. al principio de cosas vulgares, como es natural, pero de pronto no pudiendo contenerse dirá: "Anoche, Anita, después de la velada, estuve con un hombre, un hombre como con seguridad nunca has visto. Tiene el aspecto - ¿cómo podría describirlo?- de un junco, con un pelo negro que le hace rizos en la nuca. Sobre su Cuerpo pendían tiras de género amarillento que lo cubrían por completo, y que, con la calma que reinaba anoche, se le adherían al cuerpo. ¡Cómo!, Anita, ¿pierdes el apetito? Creo que la culpa es mía por habértelo contado tan mal. ¡Ah, si lo hubieras visto, caminaba con timidez a mi lado, adivinando que te amaba, lo cual, desde luego, no era nada difícil! Para no turbar mi felicidad se me adelantó durante un buen rato. Creo que te habrías reído y tal vez te hubieras asustado un poco, pero a mí me agradaba su presencia. Y tú ¿dónde estabas, Anita? Durmiendo, y el África no estaba más lejos que tu cama. A veces me parecía que con la simple expansión de su pecho, se elevaba el cielo estrellado. ¿Crees que exagero? ¡No!, ¡no!, por mi alma, que te pertenece, te juro que no.
Y no perdoné a mi compañero -precisamente dábamos los primeros pasos sobre el muelle Francisco- ni la mínima parte de la vergüenza que debía sentir durante semejante discurso. Sólo que en aquel entonces mis pensamientos se enmarañaban, ya que el Moldava y los barrios de la orilla opuesta yacían inmersos en una misma oscuridad; a pesar de todo allí había algunas luces que jugaban con los ojos del espectador.
Cruzamos la carretera hasta la barandilla del río y allí nos detuvimos. Encontré un árbol en que apoyarme. Soplaba frío desde el agua y me puse los guantes; suspiré sin motivo, como suele hacerse de noche junto al río, y de inmediato quise continuar. Pero él miraba el agua y no se movía. Luego se acercó a la barandilla y, con las piernas junto al hierro, se acodó y se apoyó la frente en las manos. ¿Y qué más? Sentí frío y tuve que subirme el cuello del abrigo. Se distendió; la espalda, los hombros, el cuello, manteniendo el busto, que descansaba sobre los brazos estirados, más allá de la barandilla.
-Los recuerdos, ¿no es así? -continúe-. Si ya el recuerdo es triste, ¡cómo será lo que se evoca! No se entregue a tales evocaciones, no son para usted ni para mí. Con ellas sólo se debilita la actual posición, sin consolidar la anterior que, por otra parte, ya no necesita ser consolidada. ¿Cree usted que yo tengo recuerdos? Diez por cada uno de los suyos. En este mismo momento, por ejemplo, podría acordarme de cómo estaba en L., sentado en un banco. Era de noche y a la orilla de un río; en verano. En una noche así acostumbro a encoger las piernas y rodearlas con los brazos. Había apoyado la cabeza en el respaldo de madera y miraba las montañas nebulosas de la otra orilla. Un violín tocaba suavemente en el hotel de la playa. En ambas márgenes pasaban de vez en cuando trenes envueltos en humo brillante. Mi compañero me interrumpió, se volvió de pronto, casi como asombrado de verme todavía con él.
- ¡Ah, todavía podría contar mucho más! -agregué. -Piense que siempre sucede así -comenzó él-. Cuando hoy salía por la escalera de mi casa para dar una vuelta antes de la reunión, me asombré de que mis manos bailaran alegremente dentro de los puños de la camisa. Me dije: "Espera, hoy ha de suceder algo. Y sucedió efectivamente."
Ya había empezado a caminar cuando dijo esto; y se volvía para mirarme con sus grandes ojos, sonriente. Así estaban las cosas, pues. Podía contarme tales aventuras, sonreír y mirarme con sus grandes ojos. Y yo, yo debía contenerme para que mi brazo no rodeara sus hombros, para no besarle los ojos, como premio por poder prescindir de mí hasta ese punto. Lo peor era que ya tampoco importaba nada, que nada podía cambiar, porque yo debía necesariamente irme.
Mientras buscaba afanosamente algún medio para quedarme por lo menos un rato más, se me ocurrió que tal vez mi gran estatura, al hacerle parecer más bajo, le era desagradable. Y esta circunstancia me torturó de tal forma -ya era noche avanzada y no encontrábamos casi a nadie-, que me encorvé hasta tocar las rodillas con las manos. Pero para que él no lo notara mi posición la fui cambiando poco a poco, durante el camino, mientras trataba de desviar su atención. Incluso, una vez lo hice volver dirección al río y le señalé los árboles de la isla de los tiradores, para que notara cómo se reflejaban los focos de los puentes.
Yo no había terminado por completo, cuando, volviéndose de repente, me miró y dijo:
- ¿Qué lo ocurre? Está usted completamente encorvado. ¿Qué le ocurre?
-Muy bien -dije, con la cabeza junto a la costura de su pantalón, lo que me impedía levantar los ojos-, su vista parece muy buena.
- ¡Vamos, vamos! Enderécese. ¡Qué tontería!
-No -dije y miraba el suelo muy próximo-, me quedo así.
- Realmente, conseguirá que me enfade. Nos estamos retrasando inútilmente. ¡Vamos! ¡Terminemos!
-¡Cómo gritas! ¡Y en una noche tan tranquila! -dije.
-Como usted quiera -agregó, y después de un rato-: La una menos cuarto.
Evidentemente, veía la hora en la torre del molino. Yo estaba tieso como si me hubieran levantado por los pelos. Mantuve un rato los labios entreabiertos para que la excitación pudiera abandonarme por la boca. Entonces comprendí: me estaba echando. Junto a él no había sitio para mí, y si existía era inhallable. ¿Por qué -dicho sea de paso- me empeñaba en estar con él? No; sólo quería irme, y al instante, para ver a mis parientes y amigos. Y aunque no tuviera parientes y amigos tendría que arreglármelas de cualquier modo (¿de qué serviría quejarse?), y cuanto antes mejor. Junto a él ya nada podía ayudarme, ni mi estatura, ni mi apetito, ni mi mano helada. Pero si yo llegaba a opinar que debía quedarme a su lado, esa opinión sería realmente peligrosa.
- Su indirecta está de más - dije.
- ¡Gracias a Dios que se ha enderezado! Lo único que dije es que ya es la una menos cuarto.
-Está bien -dije e introduje las uñas de dos dedos entre los dientes castañeteantes- . No necesito su indirecta y menos aún su explicación. Sólo necesito su compañía. Se lo ruego: retire lo que ha dicho.
- ¿Lo de la una menos cuarto? Con mucho gusto, sobre todo porque esa hora ya pasó hace rato.
Levantó el brazo derecho, agitó la mano y se puso a escuchar el tintineo de sus gemelos.
Ahora llegaba evidentemente el asesinato. Permaneceré pegado a él; levantará el puñal, cuya empuñadura ya sujeta en el bolsillo, y lo dirigirá contra mí. No es probable que se asombre de lo fácil que resulta todo, pero a lo mejor sí, no se puede saber. No gritaré, sólo lo miraré mientras pueda.
-¿Y? -dijo.
Frente a un lejano café de cristales negros un policía resbalaba sobre el pavimento como un patinador. Tropezaba con el sable, lo cogió en la mano, se deslizó un gran trecho y al final giró casi en una curva. Por fin, soltó un gritito exultante y, con la cabeza llena de melodías, volvió a hacer eses.
Este policía, que a doscientos metros de un inminente asesinato se ocupaba tan sólo de sí mismo, me produjo miedo. Era el fin de cualquier modo, aunque huyera o me dejara apuñalar. Sin embargo, ¿no era preferible huir y liberarme de ese final complicado y doloroso? No veía las ventajas de tal género de muerte, pero no podía desperdiciar mis últimos instantes en averiguarlas. Para eso tendría tiempo más tarde; ahora se imponía decidirse. Y me había decidido.
Debía huir aunque no era fácil. Al doblar a la derecha, hacia el puente Carlos, podía saltar a la izquierda, metiéndome en el callejón. Este era sinuoso, con portales oscuros y tabernas aún abiertas; no debía desesperar.
Cuando abandonamos el arco al final del muelle para avanzar hasta la plaza de los Caballeros de la Cruz, corrí con los brazos en alto hacia el callejón. Pero frente a una pequeña puerta de la iglesia del Seminario, caí, pues había allí un escalón con que no contaba. Hice bastante ruido, el primer farol estaba lejos, me hallaba tendido, salió en la oscuridad. De una taberna de enfrente una mujer gorda con un farol salió a ver qué había sucedido. La música del piano, en el interior, continuaba más débilmente, se conocía que tocaban con una sola mano y que el pianista se había vuelto hacia la puerta, primero solamente entornada, luego abierta del todo por un hombre de chaqueta abotonada. Escupió y estrujó a la mujer con tal fuerza, que ésta tuvo que levantar el farol para protegerlo.
-No ha pasado nada -gritó el hombre hacia el interior; los dos se volvieron, entraron y la puerta se cerró.
Al intentar levantarme, caí de nuevo.
- Hay hielo -me dije, y sentí dolor en la rodilla. Con todo, me alegraba de que la gente de la taberna no me hubiese visto, pues de esa manera podría seguir allí hasta el amanecer.
Mi acompañante habría llegado probablemente hasta el puente sin percatarse de mi alejamiento, pues llegó sólo después de un rato. No parecía sorprendido cuando se inclinó sobre mí -inclinaba solamente el cuello, como una hiena- y me acarició blandamente. Pasó su mano por mis hombros, subiéndola y bajándola y apoyó después la palma en mi frente.
-Se ha lastimado, ¿no? Está helado y hay que andar con cautela. ¿No me lo ha dicho usted mismo? ¿Le duele la cabeza? ¿No? ¿Ahí, la rodilla. Sí, es muy desagradable.
Pero se veía que no pensaba levantarme. Apoyé la cabeza en mi mano derecha -el codo descansaba contra un adoquín- y dije:
-Bien, de nuevo juntos -y como volvía a experimentar aquel miedo de antes, empujé con fuerza sus piernas, para apartarlo.
-Vete, vete -decía.
El tenía las manos en los bolsillos, miró el callejón vacío, luego, la iglesia del Seminario y el cielo. Por fin, el bullicio de un coche en una calle próxima le recordó mi presencia.
- ¿Por qué no habla, querido? ¿Se siente mal? ¿Por qué no se levanta? ¿No será mejor buscar un coche? Si quiere le traigo un poco de vino de la taberna. No debe continuar echado aquí con este frío. Además, íbamos a ir al monte Laurenzi.
-Naturalmente -dije, y con fuertes dolores me levanté por mis propios medios. Vacilaba y tenía que mirar la estatua de Carlos IV para estar seguro de dónde me encontraba. Ni aun eso me habría ayudado si no se me hubiera ocurrido que una muchacha que llevaba una cinta de terciopelo negro en el cuello me amaba si no fogosamente, por lo menos con fidelidad. Y constituía sin duda una amabilidad por parte de la luna querer alumbrarme; por modestia iba a colocarme bajo la arcada de la torre; pero luego comprendí que era natural que la luna lo alumbrara todo. Abrí los brazos con alegría para gozar de ella por completo. Todo me resultó más fácil cuando haciendo débiles movimientos natatorios con los brazos, conseguí avanzar sin dolor y sin esfuerzo. ¡No haberlo intentado antes! Mi cabeza hendía el aire fresco y precisamente mi rodilla derecha era lo que volaba mejor; le expresé mi satisfacción con unos golpecitos. Me acordaba de que había tenido un conocido al que no toleraba bien, sin embargo lo que más me alegraba era que mi memoria fuera lo suficientemente buena como para retener tales cosas. Pero no debía pensar tanto, ya que tenía que seguir andando si no quería hundirme más aún. Con todo para que luego no se me pudiera decir que en el pavimento nadaba cualquiera, y que no merecía la pena contarlo, me levanté un rato por sobre la barandilla y nadé alrededor de todas las imágenes que encontraba.
Al llegar a la quinta -justamente me sostenía con imperceptibles golpes encima de la acera- mi compañero me tomó de la mano. De nuevo me hallaba de pie sobre el pavimento y sentía dolor en la rodilla. Mi acompañante, sujetándome con una mano y señalando con la otra la estatua de Santa Ludmila, dijo:
- Siempre he admirado las manos de este ángel de la izquierda. ¡Observe qué suaves son! ¡Verdaderas manos de ángel! ¿Ha visto alguna vez algo semejante? Usted no, pero yo sí, porque esta noche he besado unas manos…
Para mí ahora una tercera posibilidad de aniquilamiento. No era forzoso dejarme apuñalar, no era forzoso huir; sencillamente podía arrojarme al aire. Que se vaya al Laurenzi, no lo molestaré, ni siquiera huyendo lo molestaré.
- ¡Adelante con las historias! -grité-. No me contento con fragmentos. ¡Cuéntelo todo, del principio al fin! Y le advierto que no toleraré que suprima ni una coma. Ardo en deseos de saberlo todo.
Me miró, y yo me fui calmando.
-Puede confiar en mi reserva. Cuéntemelo todo; alivie su corazón; jamás ha tenido un oyente tan reservado como yo.
Y a media voz, cerca de su oído, agregué:
-No tenga miedo de mí, está completamente fuera de lugar.
Aún lo oí reír.
-Ya lo creo, ya lo creo -dije- ; no me cabe ninguna duda. -Y con dedos que sustraía a la presión de sus manos tanto como me era posible, le pellizcaba las pantorillas. Pero el no lo sentía. Entonces me dije: "¿Por qué andas con este hombre? Ni le amas, ni le odias; su dicha no tiene más objetivo que una muchacha que a lo mejor ni siquiera usa un vestido blanco. Luego este hombre te es indiferente -lo repito-, indiferente. Pero también es inofensivo, como has podido comprobarlo. Sigue, pues, con él hasta el Laurenzi, ya que te has puesto en camino en esta hermosa noche, pero déjale hablar y diviértete a tu manera, que es -dilo despacio-la mejor forma de protegerte."

II
ENTRETENIMIENTOS O DEMOSTRACIÓN DE QUE ES IMPOSIBLE VIVIR

1.CABALGATA

Tomando impulso salté sobre los hombros de mi compañero como si no fuera la primera vez y, hundiéndole los puños en las costillas, lo hice trotar. Cuando aminoró la marcha con visibles muestras de desagrado, llegando hasta a detenerse, le clavé las botas en el vientre para espolearlo. Dio buen resultado y rápidamente llegamos al interior de una región extensa pero inconclusa. Cabalgaba por una carretera pedregosa y bastante empinada, pero precisamente eso me agradaba y dejé que se volviera aún más pedregosa y empinada. Cuando mi cabalgadura tropezaba la levantaba de un tirón en el cuello y si se quejaba le azotaba la cabeza. En tanto, encontré saludable esta cabalgata por el aire puro, y para hacerla todavía más salvaje, hice que soplaran a través de nosotros fuertes ráfagas de viento contrario.
Exageré el movimiento de vaivén sobre los anchos hombros de mi compañero y, agarrado a su cuello con ambas manos, eché la cabeza hacia atrás, para contemplar las multiformes nubes que, más débiles que yo, se dejaban arrastrar pesadamente por el viento. Reía y temblaba de coraje. Mi abrigo se desplegaba y me daba fuerzas. Apretaba con firmeza una mano contra la otra, estrangulando a mi compañero. Sólo cuando el cielo fue cubriéndose gradualmente con las ramas de los árboles que yo dejaba crecer en los bordes de la calle, volví en mí.
-No sé, no sé -grité sin entonación-. Si no viene nadie, entonces nadie viene. A nadie he hecho mal, nadie me ha hecho mal, pero nadie me quiere ayudar, nadie en absoluto. Pero, sin embargo, no es así. Sólo que nadie me ayuda, de lo contrario sería absolutamente hermoso; y con gusto quisiera -¿qué me dice de ello?- hacer una excursión con una sociedad de absolutos nadies. Desde luego que a la montaña; ¿adonde si no? ¡Cómo se aprietan estos nadie, estos numerosos brazos atravesados y enganchados, estos muchos pies separados por pasos minúsculos! Se comprende, todos de etiqueta. Marchamos tan así, así; un excelente viento pasa por los huecos que dejamos entre nuestros miembros. Las gargantas se abren en la montaña. Es un milagro que no cantemos.
Entonces mi compañero cayó y comprobé que se hallaba seriamente lesionado en la rodilla. Como ya no podía serme útil lo dejé sin pena sobre las piedras; y luego silbé, llamando a unos buitres, que, obedientes se posaron sobre él para custodiarlo con sus picos oscuros.

2. PASEO

Seguí con despreocupación. Pero como peatón temía las dificultades de la montaña, por lo que hice que la senda se suavizara cada vez más hasta descender a un valle en la lejanía. Las piedras desaparecieron por mi voluntad y el viento se esfumó.
Marchaba a buen paso y como bajaba por una pendiente, levanté el rostro, erguí el cuerpo y crucé los brazos tras la cabeza. Como amo los montes de pinos -iba cruzando por ellos- y como me place mirar silenciosamente a las estrellas, éstas se abrieron en forma gradual para mí, según es costumbre. Se veían sólo unas pocas nubes alargadas, que el viento, confinado en las capas superiores, arrastraba y estiraba para asombro del paseante.
Bastante lejos de la carretera que tenía enfrente de mí probablemente más allá de un río, hice incorporarse una montaña de generosa altura, cuya cima cubierta de arbustos rozaba el cielo. Alcanzaba a divisar las menores ramificaciones de los más empinados gajos y sus movimientos. Semejante espectáculo, por vulgar que sea, me produjo tanta alegría que convertido en pequeño pájaro sobre las varas de estos lejanos matorrales, olvidé hacer salir la luna, que ya esperaba, tras la montaña, seguramente indignada por el retraso. En ese momento se extendía sobre la montaña el fresco resplandor que precede al ascenso de la luna, y repentinamente, ella misma se elevó tras uno de los inquietos arbustos. Yo, que miraba en otra dirección, al volver la vista al frente y ver de pronto cómo lucía en su casi plena redondez, me detuve con ojos turbios: la pendiente de mi calle parecía conducir directamente al interior de esa luna de espanto.
Sin embargo, al cabo de un momento me acostumbré a ella y, pensativo, me puse a contemplar su trabajoso ascenso; por fin, luego de haberlos aproximado un trecho, sentí gran somnolencia, que atribuí a las fatigas del desacostumbrado paseo. Seguí unos momentos con los ojos cerrados; sólo lograba mantenerme despierto golpeando sonora y regularmente las manos.
Pero más tarde, cuando el camino amenazó escurrírseme bajo los pies, y el contorno todo, agotado como yo, comenzaba a desvanecerse, me apresuré a trepar en un supremo esfuerzo por el muro, sobre el lado derecho de la calle. Quería llegar a tiempo al alto y enmarañado pinar y pasar la noche que seguramente se avecinaba.
Corría prisa. Las estrellas se oscurecían ya y la luna se sumergía débilmente en el cielo como si cayera en aguas agitadas. La montaña pertenecía a la oscuridad, la carretera se desintegraba, en el punto donde la había abandonado y desde el interior del bosque se acercaba cada vez más el fragor de árboles derrumbándose. Hubiera podido echarme a dormir sobre el musgo pero, como en general temo hacerlo en el suelo, trepé -el tronco se deslizó rápidamente por los anillos que yo formaba con brazos y piernas- a un árbol, que también se bamboleaba sin que hubiera viento; me acosté en una rama con la cabeza contra el tronco y dormí con apresuración mientras que una ardilla, hija de mi capricho, se columpiaba con la cola tiesa en el final tembloroso de la rama.
Dormí profundamente y sin sueños. No me despertó ni la desaparición de la luna ni la salida del sol. Y cuando ya estaba por despertar volví a tranquilizarme.
-Ayer te cansaste mucho -me dije- cuida ahora tu sueño -y volví a dormirme.
Y si bien no soñaba, dormí con continuas y leves turbaciones. Durante toda la noche alguien hablaba cerca de mí. Apenas si distinguía las palabras, salvo algunas como "banco en la ribera", "montañas nebulosas", "trenes envueltos en humo brillante", pero sí la forma de la pronunciación; todavía recuerdo que me frotaba las manos dormido, satisfecho por no tener la obligación de reconocer las palabras, precisamente porque dormía.
- Tu vida era demasiado monótona -dije en alta voz para convencerme-. Era realmente necesario que te condujeran a otra parte. Puedes estar contento, hay alegría aquí. El sol brilla.
Entonces salió el sol y las nubes cargadas de lluvia se hicieron blancas, leves y pequeñas en el cielo azul. Brillaron y se empinaron. Vi un río en el valle.
-Sí, era monótona, mereces esta diversión -seguí diciendo como obligado-, pero ¿no era también arriesgada?
Entonces oí gemir a alguien, horrorosamente cerca.
Me apresuré a descender, pero la rama temblaba como mi mano; y caí al vacío, rígido. Apenas si hubo golpe; no me dolió, pero me sentí tan débil y desdichado que hundí el rostro en el suelo; no podía soportar el esfuerzo de ver el mundo que me rodeaba. Estaba convencido de que cada movimiento y pensamiento eran forzados, había que pensar en ellos. En cambio, era natural yacer aquí en la hierba, los brazos pegados al cuerpo y la cara oculta. Y me decía que debía congratularme por estar ya en esta posición natural, pues de lo contrario tendría que soportar todavía para alcanzarla muchos y dolorosos espasmos, como lo exigen las palabras y los pasos.
El río era ancho y sobre las pequeñas ondas rumorosas caía la luz. También en la otra orilla había prados, que luego se convertían en matorrales, y más allá de éstos, en la más profunda lejanía, claras líneas de frutales conducían a colinas cubiertas de verde.
La belleza del espectáculo me anegó de felicidad; me acosté y pensé, tapándome los oídos contra posibles llantos, que aquí podría estar contento. Era un lugar solitario y bello. No se necesitaba mucho valor para vivir en este paraje. Había que torturarse como en otros sitios, pero sin necesidad de moverme tanto. No, no sería necesario. Aquí sólo hay montañas y un gran río y soy lo bastante cuerdo como para considerarlos inanimados. Y si en la soledad de la noche tropiezo al andar con los ascendentes caminos del prado, no estaré por ello más solo que la montaña, aunque yo sí lo sentiré. Pero también eso pasará. Así jugaba con mi vida futura y trataba de olvidar con obstinación. Parpadeando, miraba el cielo, de extraña coloración feliz. Hacía mucho que no lo veía tan bello y, emocionado, me acordé de los días solitarios en que me había parecido verlo así. Retiré las manos de los oídos y extendí los brazos, dejándolos caer sobre la hierba.
Oí sollozos débiles y lejanos. Se levantó viento y grandes masas de hojas secas que antes no había notado volaron rumorosas. De los árboles se desprendía la fruta verde y golpeaba alocadamente el suelo. Detrás de una montaña ascendían nubes oscuras. En el río crujían las olas, retrocediendo ante el viento.
Me levanté aprisa. Me dolía el corazón: ahora me parecía imposible superar mi pena. Quería volverme y tornar a mi antiguo género de vida, cuando tuve esta ocurrencia: "Qué curioso es que todavía en la actualidad haya personas distinguidas que pasan al otro lado del río en forma tan complicada. Lo único que lo explica es que siguen practicando un uso muy antiguo.”Sacudí la cabeza; estaba en verdad asombrado.

3. EL GORDO
a. Invocación al paisaje

De los arbustos de la otra orilla surgieron vigorosamente cuatro hombres desnudos que llevaban sobre los hombros un palanquín de madera. En él iba sentado con las piernas cruzadas un hombre extraordinariamente gordo. Aunque era conducido a través del matorral, no apartaba las ramas espinosas, sino que las desviaba tranquilamente con su cuerpo inmóvil. Sus masas de grasa estaban extendidas con tanto cuidado que, además de cubrir totalmente el palanquín, caían a los costados como los pliegues de un tapiz amarillento; pero no le molestaban. Su cráneo, desnudo, era pequeño, amarillo y brillante. Su cara tenía la cándida expresión de un hombre que reflexionaba sin molestarse en ocultarlo. A veces cerraba los ojos; cuando volvía a abrirlos se le torcía la mandíbula.
-El paisaje no me deja pensar -dijo en voz alta-. Hace oscilar mis ideas como puentes colgantes sobre un torrente. Es bello y merece ser contemplado. Cierro los oíos y digo: '¡Oh, tú, montaña verde junto al río, dueña de piedras que ruedan hacia el agua! ¡Eres bella!'
"Pero toda esta alocución no la satisface, quiere que abra los ojos.
"Con todo, si digo con los ojos cerrados: 'Montaña, no te amo porque me recuerdas las nubes, el crepúsculo rosado y el cielo en la altura, cosas todas que me colocan al borde del llanto y que no se pueden alcanzar jamás si uno se hace conducir en una pequeña litera. Y mientras tú, pérfida montaña, me muestras eso, me ocultas la lejanía de bellas cosas alcanzables. Por eso no te amo, montaña junto al río, no, no te amo.'
"Pero este discurso le sería indiferente como el anterior si no se lo dijera con los ojos abiertos.
"Y ya que tiene tan caprichosa predilección por la papilla de nuestros sesos, hay que conservar su disposición amistosa, mantenerla erecta. Pues podría arrojar sombras dentadas, interponer en silencio horrorosas paredes desnudas y hacer tropezar a mis conductores en los guijarros del camino. Pero no sólo la montaña es vanidosa, exigente y vengativa; todo lo demás también lo es. Con los ojos redondos - ¡oh, cómo duelen!- debo pues repetir constantemente:
'Sí, montaña, eres hermosa y los bosques de tu ladera occidental me alegran… También tú, flor, me satisfaces y tu rosado color entona mi alma… Y tú, hierba del prado, ya has crecido y eres fuerte y refrescas… Y tú, matorral desconocido, pinchas de manera tan inesperada que haces brincar nuestro pensamiento… Pero tú, río, tú eres el que me produces más placer tanto que me entregaré confiado a tus aguas flexibles.'"
Después de haber gritado diez veces esta vibrante loa, que acompañaba humildemente con pequeñas sacudidas de su cuerpo, dejó caer la cabeza y dijo con los ojos todavía cerrados:
-Pero ahora, os ruego, montaña, flor, hierba, matorral y río, dejadme un poco de espacio para respirar.
Entonces se produjeron rápidos deslizamientos de las montañas, que se ocultaron tras amplias colgaduras de niebla. Las arboledas quisieron resistir y proteger el sendero, pero se diluyeron en seguida. Delante del sol pendía una nube húmeda con leve borde translúcido; en su sombra se deprimía la tierra y todas las cosas perdían sus bellos contornos.
Las pisadas de los servidores se me hacían perceptibles a través del río, y sin embargo nada podía distinguir con claridad en los oscuros cuadrados de los rostros. Vi solamente cómo ladeaban las cabezas y curvaban las espaldas ante el extraordinario peso de la carga. Me preocupaba por ellos, porque los notaba cansados. Observé fascinado cómo hollaban la hierba de la orilla, cómo cruzaban con paso llano la arena mojada, cómo por fin se hundían en el juncal fangoso, donde los dos de atrás tuvieron que inclinarse más aún, para mantener el palanquín en posición horizontal. Yo retorcía las manos. Ahora, a cada paso debían levantar mucho los pies, de modo que sus cuerpos brillaban sudorosos en el aire de la tarde cambiante.
El gordo estaba tranquilo, las manos sobre las piernas; las puntas de las cañas lo rozaban, cuando tornaba a enderezarse detrás de los conductores delanteros.
Los movimientos de los cuatro hombres se hicieron más desacompasados a medida que se aproximaban al agua. A veces la litera oscilaba como mecida por las olas, porque se encontraban con pequeños charcos entre los juncos, que debían bordear o saltar, ya que podían ser profundos.
En una oportunidad una bandada de patos salvajes ascendió gritando directamente hacia el nubarrón. Entonces, gracias a uno de los movimientos del palanquín, vi el rostro del gordo; estaba inquieto. Me levanté y corrí en zigzag por el pedregoso declive que me separaba del agua. No reparaba en que era peligroso, sólo pensaba en que quería ayudar al gordo cuando sus sirvientes no pudieran seguir llevándolo. Corrí tan irreflexivamente que no me pude detener a tiempo y penetré hasta las rodillas en las aguas, que se abrieron salpicándome.
Los conductores, en la otra margen, a fuerza de retorcerse, habían depositado la litera en el río y mientras con una mano se sostenían sobre el agua, cuatro brazos velludos empujaban la litera hacia arriba; se veían los músculos desmesuradamente tensos.
El agua golpeó primero la barbilla y les lamió la boca; las cabezas de los conductores se inclinaron hacia atrás, las varas cayeron sobre los hombros. El agua les llegaba a la nariz pero no cejaban en sus esfuerzos, y eso que apenas habían llegado a la mitad del río. Entonces una ola baja cayó sobre las cabezas de los delanteros y los cuatro hombres se ahogaron en silencio, arrastrando en sus manos la litera. El agua se precipitó a raudales sobre ellos.
En ese momento el chato resplandor de sol poniente surgió de los bordes de la gran nube, aclarando las colinas y las montañas hasta el último confín del campo visual, mientras el río y toda la zona que cubría la nube permanecían las penumbras.
El gordo se volvió lentamente con la corriente y fue llevado río abajo como un dios de madera clara que, ya superfluo, hubiese sido arrojado al río. Se deslizaba mansamente sobre el reflejo del nubarrón. Largas nubes lo arrastraban y otras le empujaban encorvándose, lo que producía bastante agitación en el agua, perceptible en los golpes de las olas en mis rodillas y contra las piedras de la ribera.
Trepé vivamente por el talud para poder acompañar al gordo desde el camino, un poco porque realmente lo amaba, porque tal vez pudiera averiguar algo sobre los peligros de este país aparentemente seguro. Así fui andando sobre la franja de tierra, tratando de habituarme a su angostura, las manos en los bolsillos y el rostro vuelto en ángulo recto hacia el río, de modo que la barbilla casi venía a quedar sobre el hombro.
Sobre las piedras de la orilla había golondrinas.
El gordo dijo:
-Querido señor de la orilla, no intente salvarme. Es la venganza del agua y del viento; estoy perdido. Sí: venganza; cuántas veces no habremos atacado estas cosas yo y mi amigo el orante, con la música de nuestros aceros, con el brillo de los címbalos, con la amplia magnificencia de los trombones y los destellos saltarines de los timbales.
Un mosquito pequeño, de alas extendidas, voló a través de su barriga sin aminorar la velocidad.
El gordo contó lo que sigue:

b. Comienzo de conversación con el orante

- Hubo un tiempo en que iba a la iglesia todos los días, porque una muchacha, de la que me había enamorado, se arrodillaba allí a rezar media hora al atardecer; así podía contemplarla con tranquilidad.
Una vez que ella no había ido miré con disgusto a los orantes y me llamó la atención un joven delgado que se había arrojado al suelo. De tiempo en tiempo, gimiendo intensamente, estrellaba el cráneo con todas sus fuerzas contra las palmas de las manos, apoyadas en las piedras.
En la iglesia había sólo algunas viejas que a veces giraban sus cabecitas cubiertas, mirando hacia el orante. Esto parecía hacerle feliz, pues antes de cada uno de sus estallidos de contrición volvía los ojos para comprobar si los espectadores eran numerosos.
Como su actitud me pareció indecorosa, resolví hablarle al salir de la iglesia y preguntarle directamente por qué oraba de ese modo. Porque desde mi llegada a esta ciudad ver claro era lo que me importaba por sobre todas las cosas, aunque en ese momento lo que más me contrariaba era no haber visto a mi muchacha.
El hombre se levantó sólo después de una hora y se sacudió los pantalones durante tanto tiempo que tuve ganas de gritarle: "¡Basta, basta, ya vemos que tiene pantalones!", se santiguó muy cuidadosamente y con paso lento, como de marinero, se dirigió hacia la pila de agua bendita.
Me coloqué entre ésta y la puerta; sabía con certeza que no lo dejaría pasar sin pedirle una explicación. Torcí la boca, lo que constituye el mejor preparativo para ciertos discursos: adelanté la pierna derecha y cargué el cuerpo sobre ella, apoyando sólo la punta del pie izquierdo: esta posición me da mucho aplomo, como a menudo he podido comprobar.
Es posible que el hombre me hubiera observado de soslayo, mientras se salpicaba el rostro con agua bendita, o que mi mirada le preocupaba ya con anterioridad, el caso es que inesperadamente, corrió hacia la puerta y salió. Salté para sujetarlo. La puerta vidriera golpeó. Y cuando salí ya no pude dar con él, en tantos callejones estrechos y de gran movimiento como los que allí había.
No lo vi, en los días siguientes, pero en cambio apareció la muchacha, que tornaba a rezar en el rincón de una capillita lateral. Llevaba un vestido negro; en los hombros y la espalda era todo de encaje, lo que transparentaba el escote en media luna de la camisa; la parte de seda del vestido terminaba en el borde inferior del encaje formando un cuello bien cortado. Al acudir la muchacha, me olvidé con gusto de aquel hombre, y aun cuando más tarde volvió y tornó a rezar de la misma manera, no volví a ocuparme de él.
Siempre pasaba a mi lado con súbita prisa y desviando el rostro, pero en cambio me observaba con frecuencia mientras rezaba. Era casi como si estuviese enfadado conmigo por no haberle dirigido la palabra en aquella oportunidad y como si por aquel intento hubiera contraído realmente la obligación de hablarle. Creí notar que sonreía cuando después de un sermón, y siempre siguiendo a la muchacha, tropezaba con él en la penumbra.
Claro que no existía tal obligación, y tampoco tenía yo deseos de hacerlo. Una vez llegué a la plaza de la iglesia cuando el reloj daba ya las siete, la muchacha hacía rato que se había ido; sólo aquel hombre se contorsionaba cerca de la barandilla del altar. Todavía entonces vacilé, pero por fin me deslicé de puntillas hasta la salida, di una moneda al mendigo ciego de allí sentado y me acurruqué junto a él, detrás de la puerta abierta. Gocé por anticipado, durante media hora, de la posible sorpresa del orante. Pero la alegría pasó. Soporté con disgusto las idas y venidas de las arañas sobre mis ropas y la molestia de hacer reverencias cada vez que salía alguien, respirando hondo, de la oscuridad de la iglesia.
Por fin salió. El tañido de las grandes campanas que había comenzado hacía un momento lo molestaban evidentemente. Se veía obligado a tantear ligeramente el suelo con las puntas de los pies antes de pisar.
Me levanté, di un gran paso hacia delante y lo sujete con fuerza.
-Buenas noches -dije, y agarrándolo por el cuello lo empujé por la escalinata hacia la plaza iluminada.
Cuando llegamos abajo se volvió, mientras yo seguía sujetándolo por detrás, de manera que ahora estábamos pecho contra pecho.
- ¡Suélteme! -dijo-, no sé qué sospecha, pero soy inocente. -Y luego repitió:- No sé qué sospecha.
-No se trata de sospechas ni de inocencias. Le ruego que no hable más de ello. Somos extraños, nuestra relación es más breve que la escalinata de la iglesia. ¿Adonde iríamos a parar si en seguida comenzáramos a hablar de nuestra inocencia?
-Completamente de acuerdo -dijo él-. Por lo demás, decía usted "nuestra inocencia", ¿quería significar con ello que una vez que yo hubiese demostrado mi inocencia usted demostraría la suya? ¿Quería significar eso?
- Eso u otra cosa -dije-. Pero tenga presente que sólo le he dirigido la palabra para preguntarle algo.
-Quisiera irme a casa -dijo él e inició un débil retroceso.
- ¡Ya lo creo! ¿Para qué le he hablado entonces? ¿O cree que le he dirigido la palabra por su cara bonita?
- Bastante franco, ¿en?
- ¿Debo repetirle que no se trata de eso? ¿Qué tiene que ver aquí la franqueza? Yo pregunto, usted contesta y en seguida, adiós. Por mí puede irse después a su casa, a toda prisa.
- ¿No sería mejor que nos encontráramos en otra oportunidad? ¿A una hora más apropiada, en un café, por ejemplo? Además, su señorita novia se fue hace sólo unos minutos, podría alcanzarla: la pobre esperó tanto tiempo…
- No -grité en medio del estrépito del tranvía que pasaba-. Usted no se me escapa. Me gusta cada vez más. Es una verdadera pesca milagrosa y me felicito por ello.
- ¡Por Dios! -dijo entonces-, usted tiene, como suele decirse, un corazón sano y una cabeza de una sola pieza. Me llama pesca milagrosa. ¡Qué dichoso ha de ser usted! Porque mi desdicha es una desdicha inestable; cuando se la toca cae sobre quien ha formulado la pregunta. ¡Buenas noches!
-Bien -dije yo, y me apoderé de su diestra por sorpresa-. Si no contesta voluntariamente, lo obligaré. Lo seguiré adonde vaya, a derecha a izquierda, subiré la escalera hasta su habitación, y allí me sentaré en cualquier parte. Es inútil que me mire así, porque lo haré. -Y me acerqué aún más, hasta hablar casi pegado a su cuello, pues era una cabeza más alto que yo.- ¿De dónde sacará valor para impedírmelo?
Entonces, retrocediendo, me besó alternativamente ambas manos y las humedeció con sus lágrimas.
-No puedo negarle nada. Así como usted sabía que yo deseaba ir a casa, sabía yo, y desde mucho antes, que no le podría negar nada. Pero, por favor, entremos en esa calle lateral.
Asentí y lo seguí. Un coche nos separó, quedando yo atrás, y él agitó ambas manos para que me diera prisa.
Pero no se conformó con la oscuridad y casi a la altura del primer piso, sino que me condujo al zaguán de una casa antigua, bajo una lamparilla, que pendía rezumante al comienzo de la escalera de madera.
Extendió su pañuelo sobre el hueco de un escalón desgastado y me invitó a sentarme:
-Sentado puede preguntar mejor; yo me quedo de pie; de pie puedo contestar mejor. Pero no me torture.
Ya me tomaba el asunto con tanta seriedad, me senté, pero dije:
-Usted me conduce a este rincón como si fuéramos conspiradores, cuando en realidad yo estoy ligado a usted sólo por la curiosidad y usted a mí sólo por el temor. En el fondo lo único que quiero preguntarle es por qué reza así en la iglesia. ¡Qué forma de comportarse! ¡Parece un loco! ¡Qué ridículo, qué desagradable para los espectadores y qué insoportable para los creyentes!
Había apretado el cuerpo contra la pared; sólo movía libremente la cabeza.
- Nada más erróneo, pues los creyentes consideran natural mi conducta, y los demás la consideran devota.
-Mi disgusto prueba lo contrario.
-Su disgusto, en el supuesto de que se trate de un verdadero disgusto, sólo revela que usted no se cuenta entre los devotos ni entre los demás.
-Tiene usted razón; he exagerado un poco al decir que su comportamiento me había disgustado; no, despertó mi curiosidad como le dije al principio. Pero usted ¿entre cuáles se cuenta?
- Tan sólo me divierte que la gente me mire y, por así decirlo, arrojar de vez en cuando una sombra sobre el altar.
- ¿Le divierte? -dije y se me arrugó la cara.
-Bueno, no, por si le interesa saberlo, no es ése el caso. No se enoje porque me haya expresado mal. No, no me divierte; es una necesidad para mí. Necesidad de hacerme azotar por esas miradas durante una breve hora, mientras toda la ciudad alrededor de mí…
- ¡Qué me dice! -exclamé con demasiado énfasis para tan insignificante observación y para un pasillo tan pequeño, pero luego temí enmudecer o que se me debilitara la voz-. Realmente, ¿qué dice usted? ¡Por Dios!, adiviné desde el principio su estado. ¿No es esa fiebre, ese mareo en tierra firme, una especie de lepra? ¿No siente un exceso de calor que le impide conformarse a los verdaderos nombres de las cosas, como si no pudiera saciarse con ellos, y se viera obligado a volcar sobre ellas, apresuradamente, una cantidad de nombres casuales? ¡Aprisa, aprisa!, pero apenas se aleja ya ha vuelto a olvidar los nombres. Ese álamo de los campos que usted llamó "la torre de Babel", porque no quería saber que era un álamo, oscila de nuevo innominado y usted tiene que bautizarlo: "Noé, cuando estaba ebrio".
Me interrumpió:
-Me alegro de no entender lo que usted dice.
Excitado, dije con prisa:
-Al decir que se alegra, demuestra que me ha entendido.
- ¿No se lo he dicho? A usted no se le puede negar nada. Puse las manos en el escalón más alto; me recosté hacia atrás y en esa posición casi inexpugnable, que constituye la última salvación de los luchadores, pregunté:
-Dispense, pero no creo que sea de lucha franca volver a arrojarme las explicaciones que he acabado de dar.
Con esto se animó. Juntó las manos para comunicar armonía al cuerpo y dijo:
-Desde el principio usted excluyó las discusiones sobre la franqueza. Y, en verdad, lo único que me importa es hacerle comprender perfectamente mi manera de rezar. ¿Sabe ahora por qué rezo así?
Me ponía a prueba. No, no lo sabía ni lo quería saber. Entonces me dije que tampoco había querido venir aquí, pero que él casi me había obligado a escucharlo. De modo que sólo necesitaba sacudir la cabeza para que todo estuviera bien, pero eso era precisamente lo que no podía hacer por el momento.
El sonreía; luego se acurrucó hasta quedar casi de rodillas y me explicó con aire soñoliento:
-Al fin ahora puedo confiarle lo que me movió a permitir que me hablara: la curiosidad, la esperanza. Hace mucho que me consuela su mirada. Y espero saber por usted algo de las cosas que se hunden alrededor de mí como una nevada, mientras que para otros un simple vaso de aguardiente sobre la mesa constituye de por sí algo tan sólido como un monumento.
Como yo callara -sólo cruzó por mi rostro un involuntario estremecimiento- preguntó:
- ¿No cree que a otros les sucede lo mismo? ¿Realmente no? Escuche, pues: una vez, siendo muy niño, al abrir los ojos de una siesta, oí, todavía aturdido por el sueño, que mi madre preguntaba desde el balcón en tono natural: "¿Qué hace usted, querida? ¡Qué calor!”Una señora contestó desde el jardín: "¡gozo entre las plantas!”Lo decían sin pensar y no muy claramente, como si aquella señora hubiera esperado la pregunta y mi madre la respuesta.
Yo creía que él también me preguntaba algo, por eso llevé la mano al bolsillo posterior del pantalón, como buscando algo. Pero no buscaba nada, sólo quería cambiar mi aspecto exterior para demostrar el interés que tenía la conversación. Entretanto dije que el suceso era extraño y que no lo comprendía. Agregué que no creía que fuera verdadero, que probablemente había sido inventado con algún propósito determinado que escapaba a mi comprensión. Luego cerré los ojos, cansados por la poca iluminación.
- ¿Ve? Anímese; por lo menos una vez nuestras opiniones coinciden y me ha detenido generosamente para decírmelo. Pierdo una esperanza y gano otra.
- ¿No es verdad? ¿Había de avergonzarme porque no camino erguido y a grandes pasos, porque no golpeo el pavimento con el bastón y no rozo los vestidos de la gente que pasa bulliciosamente? Por el contrario, ¿no tendría derecho a quejarme por tener que ir saltando a lo largo de las casas como una sombra ilimitada y porque a veces desaparezco tras los cristales de los escaparates?
“¡Qué días debo soportar! ¿Por qué estará todo tan mal construido? Altas casas se derrumban a veces sin que se pueda encontrar un motivo visible. Trepo después por los montones de escombros y pregunto a todo el que encuentro: '¿Cómo ha podido ocurrir esto? ¡Una casa nueva! ¡En nuestra ciudad! ¿Cuántas van ya? Imagínese.' Y nadie puede responderme.
A menudo se desploma alguien en la calle y permanece allí muerto. Entonces todos los comerciantes abren sus puertas, tapizadas de mercaderías en exhibición, se acercan ágiles, entran al muerto en una casa, regresan con una sonrisita alrededor de la boca y de los ojos, y comienza la charla:
-Buenos días… el cielo está descolorido… vendo muchos pañuelos… sí, la guerra.
Yo entro corriendo en la casa y después de levantar varias veces la mano y encorvando un dedo temerosamente, golpeo por fin la ventanita del portero:
-Buenos días -digo-, tengo la impresión de que hace poco han traído aquí a un hombre muerto. ¿Sería tan amable de mostrármelo? -Y cuando él mueve la cabeza como si no pudiera decidirse, agrego: -¡Tenga cuidado! Soy de la policía secreta y quiero ver al muerto en seguida.- su indecisión ha desaparecido.
- ¡Fuera! -grita-, esta gentuza ha tomado por costumbre arrastrarse todos los días por aquí. Aquí no hay ningún muerto. Tal vez en la casa de al lado.
Yo saludo y me voy.
Pero luego, cuando tengo que cruzar una gran plaza, lo olvido todo. Si se construyen plazas tan amplias por puro capricho, ¿por qué no se las provee de una barandilla para atravesarlas? Hoy sopla viento del sudoeste. La aguja de la torre del ayuntamiento traza pequeños círculos. Todos los vidrios de la ventana crujen y los postes del alumbrado se doblan como bambúes. El manto de la virgen sobre la columna se retuerce y el viento la envuelve. ¿No lo ve nadie? Los caballeros y las damas que debieran marchar sobre las piedras, flotan. Si el viento para, se detienen, se hablan, se inclinan y se saludan; pero si arrecia no pueden resistirlo y todos levantan simultáneamente los pies. Por cierto que deben sujetar los sombreros, pero les bailan los ojos y no tienen nada que objetar al tiempo. Sólo yo tengo miedo. Entonces pude decir:
-No encuentro nada de particular en la historia que me ha contado de su madre y la mujer del jardín. No sólo porque he escuchado muchas de ese tipo, sino también porque incluso he intervenido en algunas. Es completamente natural. ¿No cree que si yo hubiera estado en verano en ese balcón no habría podido preguntar lo mismo o contestar lo mismo desde el jardín? El suceso era en realidad muy común.
Por fin, cuando hube dicho esto, pareció tranquilizado. Dijo que yo estaba bien vestido, que le gustaba mi corbata. Y que tenía una piel muy fina. Agregó que las confesiones eran más claras cuando uno podía retractarse de ellas.

c. Historia del orante

Luego se sentó a mi lado, pues yo, confundido, le había hecho sitio, ladeando la cabeza. Sin embargo, no se me escapaba que él también estaba turbado y que procuraba conservar entre él y yo una cierta distancia. Dijo con esfuerzo:
- ¡Qué días estoy pasando!
Anoche estuve en una reunión. Me inclinaba, a la luz del gas, frente a señorita a quien decía: "Me alegra realmente que se aproxime el invierno… " Precisamente me inclinaba diciendo estas palabras, cuando noté con desagrado que me había dislocado una pierna y que la rótula también se había aflojado un poco.
Me senté, y ya que siempre trato de controlar mis frases dije:
-Si el invierno resulta algo penoso, uno puede conducirse con mayor soltura, no necesita esforzarse tanto con las palabras. ¿No es así, estimada señorita? Creo que tengo razón en este punto.
Entretanto la pierna derecha me fastidiaba. Al principio creía que se había desarmado por completo; sólo poco a poco, apretándola, y con masajes adecuados, pude arreglarla a medias.
La muchacha, que por solidaridad también se había sentado, dijo en voz baja:
-No; usted no me impresiona en absoluto, porque…
-Espere -dije satisfecho y expectante-. Usted no debe malgastar ni cinco minutos en conversar conmigo, estimada señorita. Coma, por favor, entre palabra y palabra.
Extendí los brazos y tomé un grueso racimo de uvas de una fuente sostenida por un alado efebo de bronce, lo levanté un poco y luego lo deposité en un platillo de borde azul. Con movimiento tal vez no exento de elegancia, se lo alcancé a la joven.
-No me impresiona en absoluto -dijo ella-; todo lo que usted dice es tedioso e incomprensible, y falso también. Lo que yo creo, señor (¿por qué siempre me dice estimada señorita?), lo que yo creo es que usted no se ocupa de la verdad porque exige grandes esfuerzos.
Sus palabras me agradaron.
-Sí, señorita, sí -grité casi-. ¡Cuánta razón tiene! Es una dicha ser comprendido así sin habérselo propuesto.
-La verdad es demasiado pesada para usted, señor; observe su aspecto; está usted recortado todo a lo largo en papel de seda; papel de seda amarillo, como una silueta, y cuando camina se deben de oír los crujidos. Por eso sería injusto tomar demasiado en serio sus posturas o sus opiniones, porque usted no tiene más remedio que doblarse según la corriente de aire que hay en la habitación.
-No la comprendo. Nos rodean unas cuantas personas que dejan caer los brazos sobre los respaldos de las sillas o se apoyan en el piano o que, indecisas, se llevan la copa a los labios, o van temerosas a la habitación contigua, y después de golpearse en la oscuridad el hombro izquierdo y piensan: 'Allí está Venus, el lucero vespertino.' Y yo formo parte de esta reunión. Pero no sé si tiene algún sentido, no lo encuentro. Pero no sé ni siquiera si tiene algún sentido… Y vea usted, querida señorita, entre toda esta gente que, respondiendo a su propia vaguedad, se comporta en forma tan indecisa y hasta ridícula, sólo yo parezco digno de escuchar un juicio completamente claro sobre mi persona. Y para que hasta eso tenga algo de agradable, usted lo expresa con sorna, para dar a entender que algo se salva, como sucede con las paredes de un edificio destruido por dentro por un incendio. La mirada apenas encuentra obstáculos; por los amplios huecos de las ventanas se ven de día las nubes, parecen talladas en piedra gris y las estrellas forman dibujos sobrenaturales… ¿Qué tal si, en agradecimiento, le confiara a usted que vendrá un tiempo en que todos los que quieran vivir tendrán el mismo aspecto que yo; recortados en papel de seda amarillo, en forma de siluetas (como usted ha hecho notar) y que cuando caminen se oirá su crujido? Y usted no será distinta de lo que es ahora, pero tendrá ese aspecto, querida señorita…
Noté que la muchacha ya no estaba sentada a mi lado. Probablemente, se había ido después de sus últimas palabras, pues ahora la veía, no lejos de mí, cerca de una ventana, rodeada por tres jóvenes que hablaban, riendo desde la altura de sus blancos cuellos.
Lleno de alegría bebí una copa de vino y me acerqué al pianista que, completamente aislado y cabeceando, tocaba algo triste. Me incliné con cuidado sobre su oído, para no asustarlo, y dije en voz baja:
-Tenga usted la amabilidad, estimado señor, de permitirme tocar a mí ahora, porque estoy en vías de ser feliz.
Como parecía no escucharme, permanecí un rato confuso, de pie, pero luego, sobreponiéndome a mi timidez, recorrí uno a uno los grupos de invitados y les dije:
-Esta noche tocaré el piano.
Todos parecían saber que no podía hacerlo, pero sonreían con amabilidad porque había interrumpido agradablemente sus conversaciones. Pero sólo prestaron realmente atención cuando dije al pianista, en voz alta:
-Tenga la amabilidad, estimado señor, de permitirme tocar ahora. Estoy en vías de ser feliz. Hay que celebrar un triunfo.
El pianista, si bien dejó de tocar, no parecía comprenderme y no se movió de su banco color castaño. Suspiró y se cubrió el rostro con los largos dedos.
Me compadecí de él, e iba a instarle a seguir tocando, cuando se me acercó la dueña de casa con otras personas.
- ¡Qué casualidad! -decían y soltaban la risa como si yo fuese a emprender algo extraordinario.
La joven también se acercó, me miró despectivamente y dijo:
-Por favor, señora, déjele tocar. Tal vez quiera contribuir así al entretenimiento de todos. Es digno de aplauso. Se lo ruego, señora.
Todos se rieron porque, evidentemente, creían, como yo, que esas palabras tenían un sentido irónico. Sólo el pianista estaba mudo. Mantenía la cabeza baja y pasaba el índice de la mano por la madera del banco como si dibujara en la arena. Yo temblaba, y para ocultarlo, metí las manos en los bolsillos del pantalón. No podía ya hablar con claridad porque todo mi rostro quería llorar. Por eso tenía que elegir las palabras en tal forma que la idea de que quería llorar pareciera ridícula a mis oyentes.
-Señora -dije-, tengo que tocar ahora porque…
Como había olvidado el motivo, me senté inopinadamente al piano. Entonces volví a comprender mi situación. El pianista se levantó y pasó delicadamente por encima del banco, pues yo le cerraba el camino.
-Apague la luz, por favor, sólo puedo tocar en la oscuridad.
Me incorporé.
Dos caballeros levantaron el banco y me llevaron en volandas hasta la mesa, mientras silbaban una canción y me columpiaban ligeramente.
Todos parecían entusiasmados y la señorita dijo:
- ¿Ve, señora? Ha tocado bastante bien. Yo ya lo sabía. ¿Ve que su temor era infundido?
Comprendí y agradecí con una reverencia que ejecuté correctamente.
Se me sirvió limonada y una señorita de labios rojos me sostuvo el vaso para que bebiera. La dueña de casa me alcanzó pastelillos en una bandejita de plata y una muchacha de vestido completamente blanco me los introducía en la boca. Una exuberante joven de cabello rubio sostenía un racimo de uvas que yo no necesitaba más que arrancar: me miraba a los ojos, que la eludían. Como me trataban tan bien, me sorprendió que todos, unánimemente, me retuvieran cuando pretendí acercarme de nuevo al piano.
-Ya es suficiente -dijo el dueño de casa, cuya presencia no había notado. Salió y regresó de inmediato con un descomunal sombrero de copa y un abrigo floreado de color castaño cobrizo-. Ahí tiene sus cosas.
Realmente, no eran mis cosas, pero no quería ocasionarle la molestia de salir nuevamente. El mismo me ayudó a ponerme el abrigo, que me sentaba a la perfección, aunque tal vez resultara un poco estrecho, a pesar de mi delgadez. Una dama de rostro benévolo me lo abrochó y al hacerlo se fue inclinando insensiblemente.
-Que siga usted bien -dijo la dueña de casa-, y vuelva pronto. Su visita siempre será grata. -Todos se inclinaron como si ello fuera indispensable. Yo lo intenté también, pero el abrigo me lo impedía. Entonces cogí el sombrero y, creo que desmañadamente fui hacia la puerta.
Pero cuando con pasos cortos crucé la puerta de la calle, la gran concavidad el cielo con la luna y las estrellas, la plaza con el Ayuntamiento, la columna de la Virgen y la iglesia se me vinieron encima.
Pasé tranquilamente de la sombra al claro de la luna, me desabroché el abrigo y traté de entrar en calor; luego, levantando las manos, hice callar el rumor de la noche y comencé a reflexionar:
- ¿Qué? ¿Fingís que existís? ¿Pretendéis hacerme creer que soy irreal, cómicamente plantado en el verde pavimento?. Sin embargo, hace ya mucho tiempo que dejaste de ser real, oh cielo, y tú plaza, no lo fuiste jamás.
"Os concedo que todavía sois superiores a mí, pero sólo cuando os dejo en paz.
"Gracias a Dios, luna, ya no eres la luna, pero quizá sólo por pereza te sigo nombrando luna, como te llamabas antes. ¿Por qué disminuye tu orgullo cuando te designo olvidado farolito japonés de color extraño? ¿Y por qué estás a punto de retirarte cuando te designo Columna de María? ¿Y por qué ya no reconozco tu actitud amenazadora, Columna de María, cuando te nombro: Luna, que irradia luz amarilla?
"Creo, en verdad, que no os sienta bien que uno haga reflexiones sobre vosotras; disminuye vuestro ánimo y vuestra salud.
"¡Gran Dios, qué beneficioso sería que el contemplativo aprendiera del borracho!"
¿Por qué ha callado todo? Creo que ya no hay viento. Y las casitas que a menudo se deslizan por la plaza como sobre ruedecillas, se han atascado. Silencio, silencio…, ni siquiera se ve el fino trazo negro que ordinariamente las separa del suelo.
Eché a correr. Sin dificultad, di tres vueltas a la plaza, y como no encontré ningún borracho, me dirigí, sin disminuir la rapidez y sin experimentar fatiga, hacia el callejón Carlos.
Mi sombra me acompañaba y a veces corría sobre la pared, más pequeña que yo, como si se hubiera introducido en una zanja entre la pared y la calle.
Al pasar por el Cuartel de Bomberos oí ruidos en dirección a la pequeña plaza, y al doblar, vi a un borracho de pie junto a la verja de la fuente, los brazos en posición horizontal y golpeando el suelo con zuecos de madera.
Me detuve para recobrar el aliento; luego me acerqué a él, me quité el sombrero de copa y dije, presentándome:
-Buenas noches, tierno caballero; he llegado a los veintitrés años, pero todavía no tengo nombre. Pero usted seguramente viene con un apelativo asombroso y musical de esa gran ciudad llamada París. El sobrenatural perfume de la frívola corte de Francia le envuelve.
"Con toda seguridad que, con sus ojos coloreados, ha visto a esas grandes damas que están de pie sobre la alta y amplia terraza, girando irónicamente sobre su talle estrecho, mientras el extremo de su cola pintada, extendida ampliamente también sobre la escalera, yace aún en la arena del jardín. ¿No es cierto que una multitud de criados, de fraques grises de corte atrevido y pantalón blanco, trepan por largas pértigas, distribuidas por todas partes, y con las piernas alrededor de los postes, el torso frecuentemente echado hacia atrás y hacia el costado, deben tirar de gruesas sogas para izar y extender en lo alto gigantescas lonas grises, porque la señora desea una mañana neblinosa?
Eructó y dijo alarmado:
-Realmente, ¿es verdad que usted viene, señor, de nuestro París, del turbulento París, de esa granizada de entusiasmo?
Cuando volvió a eructar, dije con embarazo:
-Sé que se me depara un gran honor.
Con ágiles dedos me abroché el abrigo y dije con fervorosa timidez:
-Ya sé, señor, que no me considera digno de una contestación, pero si hoy no le preguntara, tendría que llevar una existencia por demás triste.
"Le ruego, pues, elegante caballero, me diga si es verdad lo que me han contado. ¿Hay gente en París que no tiene más que ropas adornadas y hay allí casas que son sólo portales: ¿Y en verdad que en los días de verano el cielo sobre la ciudad es fugitivamente azul, sólo adornado con blancas nubéculas en forma de corazón? ¿Y que existe allí un panóptico muy concurrido, en que sólo hay árboles y tablillas con los nombres de los más célebres héroes, delincuentes y amantes?
"Y después todavía esta noticia, seguramente falsa, ¿no es verdad?, de que las calles de París se ramifican de pronto, inquietas. ¿Que no siempre todo está en orden? Pero claro, ¿cómo podría estarlo? Sucede alguna vez un accidente, la gente se reúne saliendo de las calles laterales, con ese paso urbano que apenas roza el pavimento; todos sienten curiosidad, pero al mismo tiempo temen ser defraudados; respiran con prisa y adelantan sus cabecitas. Pero si llegan a chocar entre sí, hacen profundas reverencias y piden perdón: 'Lo siento., ha sido sin querer… hay demasiada gente, disculpe, por favor… qué torpe soy… lo reconozco. Mi nombre es… mi nombre es Jerome Faroche, comerciante en especias en la rué de Cabotin… permítame que lo invite a almorzar mañana… mi señora estará encantada…' Así hablan mientras la calle está sumida en gran confusión y el humo de las chimeneas cae sobre las casas. Y hasta sería posible que en algún bulevar animado de un barrio distinguido se detuvieran dos coches, que los criados abrieran gravemente las puertas y ocho perros lobos siberianos, de raza, bajaran bailoteando y se lanzaran a saltos a través de la calzada. Y entonces se diría que son petimetres disfrazados.
El borracho había entrecerrado los ojos. Cuando callé, se introdujo ambas manos en la boca y empujó la mandíbula hacia abajo. Su ropa estaba manchada; era probable que lo hubieran arrojado de una taberna y aún no lo había advertido.
Seguramente era esa pausa completamente tranquila entre el día y la noche, en que la cabeza, sin que uno se percate, cuelga hacia la nuca y en que todo, sin que uno se dé cuenta, se detiene porque no lo contemplamos y luego desaparece. Con los cuerpos arqueados y quemados solos, miramos a nuestro alrededor, sin ver nada, y no percibimos la resistencia del aire, sino que nos aferramos íntimamente al recuerdo de que a cierta distancia de nosotros se levantan edificios con techos y chimeneas angulosas, por las que la oscuridad fluye de las casas y pasa necesariamente a través de las buhardillas, antes de llegar a las distintas habitaciones. Y es una suerte que mañana sea un día en que, por más increíble que parezca, todo podrá ser visto de nuevo.
Entonces el borracho levantó las cejas, en forma tal que se vio entre ellas y los ojos un destello y explicó con intermitencias:
- Es así…, tengo sueño, me iré a dormir… Tengo un cuñado en la Plaza Wenzel… Iré hacia allá, vivo allá, allá tengo mi cama… vete ahora… No sé cómo se llama ni dónde vive… me parece que lo he olvidado… pero eso no importa, porque ni siquiera sé si tengo cuñado… Ahora me voy… ¿Cree usted que lo encontraré?
-Desde luego -dije sin vacilar-. Pero usted viene de lejos y sus criados casualmente no están con usted. Permítame que lo acompañe.
No contestó y le ofrecí el brazo.

d. Prosecución de la conversación entre el gordo y el orante

Hacía ya tiempo que trataba de despabilarme. Me frotaba el cuerpo y me decía:
"Es hora de que hables. Si ya estás confundido. ¿Sientes opresión? Espera. Tú conoces estas situaciones. ¡Piénsalo sin prisa! Los que te rodean también esperarán.
"Sucede como en la reunión de la semana pasada. Alguien lee algo en voz alta. Yo mismo he copiado una hoja a petición suya. Cuando veo la letra que aparece a continuación de las hojas escritas por él, me asusto. Es insoportable. La gente se inclina sobre ellas desde los tres lados de la mesa. Aseguro llorando que no es mi letra.
"¿Pero por qué había de parecerse a lo de hoy? Sólo depende de ti que se origine una conversación limitada. Todo está en paz. ¡Haz un esfuerzo, querido!… Ya encontrarás una objeción… Puedes decir: 'Tengo sueño. Me duele la cabeza. Adiós.' Conque, ¡rápido, rápido! Hazte notar. ¿Que es eso? ¿Otra vez obstáculos y obstáculos? ¿Qué recuerdas?… Recuerdo una meseta que se alzaba contra la grandeza del cielo como un escudo de la tierra. La vi desde una montaña y me prepare para atravesarla. Comencé a cantar."
Mis labios estaban secos y desobedientes cuando dije:
- ¿No será posible vivir en otra forma?
- No - dijo él, sonriendo, interrogante.
- ¿Pero por qué reza a la tarde en la iglesia? -pregunté entonces, mientras se derrumbaba entre nosotros todo cuanto yo había apuntalado entre sueños.
- ¿Por qué habríamos de hablar de ello? Al anochecer, nadie que viva solo es responsable. Hay muchos temores. Que se desvanezca la corporeidad, que los nombres sean realmente como parecen en el crepúsculo, que no se pueda andar sin bastón, que tal vez fuera conveniente ir a la iglesia y rezar a gritos, para ser mirado y obtener un cuerpo.
Como hablara así y después callara, saqué del bolsillo mi pañuelo rojo y lloré doblado sobre mí mismo. Se puso de pie, me besó y me dijo:
- ¿Por qué lloras? Eres alto y eso me gusta; tienes largas manos que casi se conducen según tu voluntad. ¿Por qué no te alegras por ello? Usa siempre bordes oscuros en las mangas, te lo aconsejo… No…. ¿te mimo y sigues llorando? Sin embargo, soportas con bastante cordura la vida.
"Construimos máquinas de guerra en el fondo inútiles, torres, murallas, cortinas de seda y, si tuviéramos tiempo, nos asombraríamos de ello. Y nos mantenemos en suspenso, no caemos, aleteamos a pesar de ser más repelentes que murciélagos. Y ya casi nadie nos puede impedir que en un día hermoso digamos: 'Gran Dios, hoy es un hermoso día', pues ya estamos instalados en nuestra tierra y vivimos conformes a ella y a nosotros mismos.
"Porque somos como troncos derribados de la nieve. Parecen apoyarse ligeramente y se debería poder desplazarlos con un empujón. Pero no, no se puede, están fuertemente unidos al suelo. Pero mira, hasta eso es sólo aparente.
Las reflexiones contuvieron mis lágrimas:
-Es de noche y nadie podrá echarme en cara mañana lo que pueda decir ahora, porque puede haber sido dicho en sueños.
Luego dije:
-Sí, eso es. Pero ¿de qué hablábamos? No podíamos hablar de la iluminación del cielo, ya que estamos en la profundidad de un zaguán. No…, sin embargo, hubiéramos podido hablar de ello, porque, ¿no somos acaso completamente independientes en nuestra conversación? No buscamos ni fin ni verdad, sólo diversión y esparcimiento. Pero ¿no podría contarme de nuevo la historia de la señora del jardín? ¡Qué admirable, qué sabia es esta mujer! Debemos comportarnos según su ejemplo. ¡Cómo me agrada! Y además está bien que me encontrara con usted y lo atrapara. Ha sido para mí un gran placer conversar con usted. He oído algunas cosas que (tal vez deliberadamente) ignoraba. Me alegro.
Parecía satisfecho. Aunque el contacto con un cuerpo humano siempre me es desagradable, tuve que abrazarlo.
Luego salimos del zaguán y miramos el cielo. Mi amigo acabó de dispersar con el aliento algunas nubes ya deshechas, y se nos ofreció la ininterrumpida extensión de las estrellas. Caminaba penosamente.

4. HUNDIMIENTO DEL GORDO

Entonces fue atrapado por la velocidad y empujado a lo lejos. El agua del río fue atraída a un precipicio, quiso retroceder, vaciló en el borde que se desmoronaba, y se derrumbó entre fragmentos y humo.
El gordo no pudo seguir hablando, tuvo que girar y desaparecer en el fragor de la catarata.
Yo, que había asistido a tantos entretenimientos, lo vi todo desde la orilla.
- ¿Qué pueden hacer nuestros pulmones? -grité-. Si al respirar apresuradamente, se asfixian en sus propios venenos; si con lentitud, mueren en el aire irrespirable, por culpa de las cosas en rebelión. Pero si tratan de dar con su propio ritmo, entonces es esa búsqueda lo que los mata.
Entretanto, las márgenes del río se separaban desmesuradamente, y sin embargo yo tocaba con la palma de la mano el hierro de un indicador de caminos empequeñecido por la distancia. No lo entendía muy bien. Yo era pequeño, casi más pequeño que de costumbre; un rosal silvestre de flor blanca era más alto que yo. Lo sabía porque poco antes había estado a mi lado. Y sin embargo me había equivocado, ya que si mis brazos eran tan largos como los nubarrones, los aventajaban en rapidez. No sabía por qué querían aplastar mi pobre cabeza.
Esta era minúscula como un huevo de hormiga y estaba un poco deteriorada, además no era perfectamente redonda. Efectuaba con ella giros suplicantes, pues, por ser mis ojos tan pequeños no se habría notado lo que querían expresar.
Mis piernas, mis imposibles piernas yacían por sobre las montañas boscosas y proyectaban sombra en los valles aldeanos. ¡Crecían! Ya llegaban al espacio carente de paisaje, más allá de mi alcance visual.
Pero no; soy pequeño, pequeño por ahora; ruedo, ruedo, soy un alud. Os lo ruego, ¡oh vosotros, los que pasáis!, sed amables y decidme cuan grande soy; medid estos brazos y estas piernas. Os lo ruego.

III

-Por favor -dijo mi compañero, que volvía conmigo de la reunión y que marchaba tranquilo a mi lado por un camino del monte Laurenzi-, deténgase un poco para que pueda ordenar mis ideas. Tengo algo que hacer. Pero estoy cansado… la noche es fría y radiante, pero este viento descontento a ratos hasta parece hacer cambiar la situación de aquellas acacias.
La sombra lunar de la casa del jardinero se tendía a través del camino ligeramente abovedado, adornada con ribetes de nieve. Cuando distinguí el banco junto a la puerta, lo señalé con la mano, pues no era valiente y esperaba reproches, así que me puse la mano izquierda sobre el pecho.
Se sentó disgustado, sin preocuparse por sus hermosas ropas, y me asombró que apretara los codos contra las caderas, apoyando la frente sobre los dedos crispados.
-Quiero contarle esto. Vivo ordenadamente, ¿sabe? No hay nada que objetar. Todo lo que es necesario y reconocido, sucede. La desdicha, habitual en la sociedad que frecuento, no me respetó, como comprobamos con satisfacción yo mismo y todos los que me rodean; y tampoco esta dicha general se retrajo: podía hablar de él en las reuniones. Bueno, nunca he estado enamorado de veras. Lo lamentaba a veces, pero cuando las necesitaba, usaba aquellas expresiones. Ahora, en cambio, lo tengo que admitir: Sí, estoy enamorado, y probablemente arrebatado por la pasión. Soy un amante fogoso, como los desean las muchachas. Pero ¿no debí considerar que precisamente esta deficiencia anterior originaba un vuelco excepcional y jocoso, sumamente jocoso, en mi situación?
-Calma, calma -dije indiferente, sólo pensando en mí-. Su amada es hermosa, por lo que he oído.
-Sí, es hermosa. Junto a ella sólo pensaba: "Esta audacia… y yo soy tan osado… viajo por mar… bebo litros y litros de vino. Pero cuando ríe no muestra los dientes como es de esperar, sólo se puede ver la oscura, estrecha, arqueada oquedad de su boca. Eso le confiere un aspecto astuto y senil, aunque al reír eche la cabeza hacia atrás.
- No puedo negarlo -dije entre suspiros-. Probablemente yo también lo he visto, pues debe ser notable. Pero no es tan sólo eso. ¡La belleza de las muchachas en general! A menudo, al contemplar los vistosos vestidos con pliegues y volados, pienso que no se conservarán así por mucho tiempo, que se formarán arrugas que nadie podrá alisar, que el polvo se alojará, pertinaz, en los adornos; pienso que nadie desearía ofrecer el espectáculo triste y ridículo de ponerse por la mañana y quitarse por la noche, diariamente, el mismo costoso vestido. Sin embargo, veo muchachas que a pesar de su hermosura y atractivos músculos y huesecillos, tengan piel y grandes matas de cabello sedoso, aparecen diariamente con este mismo disfraz natural, apoyan siempre el mismo rostro en la mano y contemplan idéntica faz en el espejo. Sólo a veces, de noche, cuando regresan de alguna fiesta, advierten, al mirarse en el espejo, que tienen un rostro ajado, hinchado, por todos visto y apenas tolerado.
-Muchas veces, mientras caminábamos, le pregunté si ella le parecía bonita; pero usted siempre se volvió, sin contestarme. Dígame, ¿tiene malas intenciones? ¿Por qué no me consuela?
Afirmé los pies en la sombra y dije atentamente: -Usted no necesita consuelo. Usted es amado. Y para no resfriarme, me cubrí la boca con mi pañuelo estampado de uvas azules.
Ahora se volvió hacia mí y apoyó su gruesa cara contra el bajo respaldo del banco:
- ¿Sabe? En realidad aún tengo tiempo, todavía puedo cortar este amor naciente con una infamia, una infidelidad o con un viaje a un país lejano. Porque, realmente, dudo, no sé si dejarme arrastrar por este torbellino. No hay nada seguro; nadie puede precisar rumbo y duración. Cuando entro en una taberna para emborracharme, sé que esa noche estaré borracho. ¡Pero en mi caso! Dentro de una semana pensaba hacer una excursión con una familia amiga, eso ya supone quince días de agitación para el corazón. Los besos de esta noche me adormecen para obtener espacio de sueños ilimitados. Yo me rebelo, doy un paseo nocturno; me muevo continuamente, mi rostro se hiela y arde como golpeado por el viento, debo tocar continuamente una cinta rosa en el bolsillo, experimento grandes temores por mí, sin poder afrontarlos y hasta superarlo a usted, señor mío, mientras que en otra ocasión seguramente no conversaría tanto.
Yo sentía mucho frío y el cielo adquiría ya poco a poco una coloración blanquecina.
-Ninguna infamia, ninguna infidelidad, ningún viaje a un país lejano le servirá. Tendrá que matarse -dije, y sonreí además.
Enfrente, en el otro borde de la avenida, había dos arbustos y, detrás de ellos, la ciudad. Todavía estaba un poco iluminada.
-Bien -gritó y golpeó el banco con un pequeño y fuerte puño, pero en seguida volvió a quitarlo-. Sin embargo, usted vive. Usted no se mata. Nadie lo ama. Usted no logra nada. Ni siquiera dominar el próximo instante. Por eso habla así, como un vulgar. No puede amar; nada le agita fuera del miedo. Mire, mire mi pecho.
Se abrió rápidamente el abrigo, el chaleco y la camisa. Su pecho era realmente ancho y hermoso.
Yo comencé a susurrar.
- Sí, a veces sobrevienen situaciones rebeldes. Este verano, por ejemplo, estuve en un pueblo, a orillas de un río. Lo recuerdo perfectamente. A menudo me acurrucaba en un banco de la orilla. En la ribera había un puesto de meriendas. A menudo tocaban el violín. Se reunía allí gente joven y fuerte, que bebía cerveza al aire libre; hablaban de caza y de aventuras. Además, detrás de la otra orilla surgían montañas cubiertas de nubes…
Me levanté, la boca débilmente retorcida, y me detuve en el césped, detrás del banco: quebré también algunas ramas cubiertas de nieve. Dije al oído de mi compañero:
-Estoy comprometido; lo reconozco.
No se asombró de que me hubiese levantado.
- ¿Usted está comprometido?
Daba la sensación de estar muy débil, como si sólo lo sostuviera el respaldo. Se quitó el sombrero y vi su pelo cuidadosamente peinado y perfumado, terminado en la nuca en una línea curva y precisa, tal como se usaba en ese invierno.
Me alegré de haberle contestado en forma tan inteligente. "Sí -me dije- ; he aquí un hombre que se mueve a sus anchas en las reuniones, de lengua ágil y brazos libres. Puede conducir a una dama a través de un salón y conversar amablemente con ella sin que le preocupe que afuera llueva o que haya un tímido o que suceda cualquier otra cosa lamentable. Sí, se inclina graciosamente ante las damas. Aquí está ahora."
Se pasó un pañuelo de batista por la frente.
-Póngame la mano sobre la frente -dijo-. Se lo ruego.
No me apresuré a complacerle y entonces cruzó las manos.
Como si nuestra pena lo oscureciese todo, hablábamos en lo alto de la montaña como en una pequeña habitación, a pesar de la luz, y del viento de la mañana. Muy próximos aunque no simpatizábamos, las paredes nos impedían separarnos. Pero podíamos conducirnos ridículamente y sin rigidez humana, sin avergonzarnos de las ramas que nos cubrían y los árboles que nos rodeaban.
Mi compañero sacó una navaja, la abrió pensativo y, como jugando, se la hundió en el brazo izquierdo; pero no volvió a sacarla. La sangre corrió en el acto. Sus redondas mejillas estaban pálidas. Retiré entonces el cuchillo, corté con él las mangas del abrigo y de la chaqueta y rasgué la camisa. Corrí un trecho buscando ayuda. Todo el ramaje se veía ahora nítidamente inmóvil. Chupé un poco la herida; de pronto, me acordé del pabellón. Subí corriendo las escalinatas del lado izquierdo, revisé de prisa las ventanas y puertas, llamé furiosamente, aunque había notado desde el principio que la casa estaba deshabitada. Luego volví a mirar la herida, que continuaba manando sangre. Humedecí el pañuelo en la nieve y le vendé el brazo con torpeza.
-Querido -le dije-, te has herido por mi causa. Estás en buena posición, rodeado de cosas amables. Puedes pasear en días luminosos cuando mucha gente bien vestida circula entre las mesas o en los caminos de las colinas. Piensa que en la primavera podemos ir al bosque, no, nosotros no, viajarás tú, con Anita, alegremente… Sí, créeme, te lo ruego; el sol, brillando sobre nosotros, iluminará esa belleza vuestra y todos la verán. Hay música, los caballos se oyen desde lejos, las penas están de más; la algarabía y los organillos resuenan en las avenidas.
- ¡Gran Dios! -dijo él. Se levantó, y apoyándose en mi nos pusimos en marcha-. Ya no hay salvación. Todo eso ya no podría alegrarme. Discúlpeme. ¿Es tarde? Tal vez mañana tenga algo que hacer. ¡Dios mío!
Un farol, cerca de la pared, acostaba las sombras de los troncos sobre los caminos y la nieve, mientras las sombras del ramaje caían como quebradas, hacia el barranco.

Unless otherwise stated, the content of this page is licensed under Creative Commons Attribution-ShareAlike 3.0 License