Del Servicio En Casa De Brunelda

-¡Arriba! ¡Arriba! -exclamó Robinsón no bien abrió Karl los ojos por la mañana.
La cortina de la puerta aún no estaba descorrida, mas por la uniforme luz solar que penetraba a través de las aberturas se daba uno cuenta de cuán avanzada estaba ya la hora de la mañana. Robinsón corría presuroso de un lado para otro y sus miradas expresaban preocupación; iba y venía llevando ya una toalla, ya un cubo de agua, ya prendas de ropa blanca y de vestir y cada vez, al pasar frente a Karl, trataba de animarlo mediante señas con la cabeza a que se levantara y demostraba, levantando lo que precisamente tenía en la mano, cuánto se afanaba él todavía hoy por Karl, aunque fuera ésta la última vez que lo hacía; porque, naturalmente, el muchacho no podía entender ya desde la primera mañana los pormenores del servicio.
Y pronto vio Karl a quién estaba verdaderamente sirviendo Robinsón. Allí, en un recinto que Karl hasta entonces no había visto todavía, separado del resto del cuarto por dos armarios, se efectuaba un gran lavatorio. Veíase la cabeza de Brunelda, su cuello desnudo -en ese momento el cabello le caía sobre la cara- y el nacimiento de su nuca, que sobresalían por encima del armario, y de vez en cuando la mano de Delamarche: sujetaba una esponja de baño que salpicaba todas las cosas a gran distancia y con la cual Brunelda era lavada y friccionada. Oíanse las breves órdenes que Delamarche le daba a Robinsón; éste no alcanzaba las cosas a través del verdadero acceso, ahora obstruido, de ese recinto; debía contentarse con una pequeña abertura que quedaba entre uno de los armarios y un biombo; además tenía que extender mucho el brazo y volver la cara al ejecutar cada uno de esos servicios.
-¡La toalla! ¡La toalla! -exclamó Delamarche.
Robinsón apenas se asustó por ese pedido, pues precisamente estaba buscando alguna otra cosa bajo la mesa y estaba sacando ya la cabeza de allí cuando se oyó:
-¡Dónde quedó el agua, diablos! -y por encima del armario apareció bruscamente el rostro furioso de Delamarche.
Todo lo que, en opinión de Karl, para lavarse yvestirse se necesitaba generalmente una sola vez se pedía y se llevaba allí muchas veces, en todo orden de sucesión imaginable. Encima de un pequeño calentador eléctrico había constantemente un cubo para calentar agua y Robinsón llevaba continuamente entre sus piernas, muy abiertas, la pesada carga hasta aquel recinto destinado a los baños. Si se consideraba la cantidad de trabajo que tenía era fácil comprender que no se atuviera siempre estrictamente a las órdenes y que una vez, al pedírsele de nuevo una toalla, recogiera sencillamente una camisa del gran lecho que estaba en el centro de la habitación y la arrojara por encima de los armarios, aovillada en una gran pelota.
Pero también a Delamarche le tocaba ejecutar un trabajo bien pesado y quizá su irritación contra Robinsón -tan irritado estaba que a Karl, sencillamente, ni siquiera lo veía- se debía al hecho de no poder él mismo satisfacer a Brunelda.
-¡Ay! -lamentóse ella lanzando un grito, y hasta Karl, que por otra parte permanecía impasible, se estremeció-. ¡Cómo me haces daño! ¡Vete! ¡Prefiero lavarme yo sola antes que exponerme a sufrir tanto! Ahora, otra vez, ya no puedo levantar el brazo. ¡Qué mal me siento!, me aprietas tanto. Seguramente mi espalda ya está llena de moretones. Naturalmente tú no me lo querrás decir. Ya verás, haré que me mire Robinsón o nuestro chico. Pero no, si no lo voy a hacer; sólo lo digo para que seas un poco más delicado. Ten consideración, Delamarche. Pero es inútil, ya puedo repetirlo todas las mañanas, tú no tienes y no tienes consideración… ¡Robinsón! -exclamó luego de pronto y agitó sobre su cabeza un pequeño pantalón de encajes-, ¡ven y ayúdame; mira cómo estoy sufriendo! ¡Y este Delamarche llama a esta tortura lavarme! Robinsón, Robinsón, ¿dónde estás?, ¿o es que no tienes corazón tú tampoco?
Karl calladamente le hizo a Robinsón una seña con el dedo para que fuese allí, pero Robinsón meneó la cabeza con aire de superioridad y bajando la vista; él sabía mejor lo que pasaba.
-¿Cómo se te ocurre? -dijo agachándose hasta el oído de Karl-. No es éste su propósito. Una sola vez he ido allí y nunca más luego. En aquella ocasión me agarraron los dos y me sumergieron en la bañera; casi me ahogo. Y durante días y días me reprochaba Brunelda mi conducta diciendo que era un desvergonzado y lo hacía repitiendo siempre las mismas frases: «Hace mucho ya que estuviste conmigo en el baño», o «Pero, ¿cuándo vendrás a mirarme otra vez en el baño?» Sólo cuando varias veces le hube pedido perdón de rodillas cesó. No lo olvidaré.
Y mientras Robinsón contaba estas cosas, Brunelda llamaba una y otra vez:
-¡Robinsón! ¡Robinsón! ¡Pero dónde se quedó Robinsón!
Mas a pesar de que nadie acudía en su ayuda y ni siquiera le daban respuesta -Robinsón se había sentado junto a Karl y los dos se quedaron mirando calladamente hacia los armarios, por encima de los cuales aparecían de vez en cuando las cabezas de Brunelda o de Delamarche-, no cesó Brunelda, sin embargo, de quejarse de Delamarche a gritos.
-¡Pero, Delamarche! -exclamó-. Pero si ahora no sé si me estás lavando. ¿Dónde tienes la esponja? ¡Agárrala, pues! ¡Si sólo pudiera agacharme; si sólo pudiera moverme! Ya te enseñaría yo cómo se lava. ¡Ay, los tiempos de muchacha cuando allá en la finca de mis padres nadaba yo todas las mañanas en el Colorado! Era la más ágil entre todas mis amigas. ¡Y ahora! ¡Cuándo aprenderás a lavarme, Delamarche! Tú sólo agitas la esponja, te afanas y yo no siento nada. Si dije que no apretaras hasta lastimarme, no quería decir con ello que mi deseo era quedarme aquí de pie para resfriarme. ¡Ya verás, voy a saltar de la bañera y me voy a escapar tal como estoy!
Sin embargo, no ejecutó luego esta amenaza -por otra parte ni siquiera habría sido capaz de hacerlo-; Delamarche, temiendo que se resfriara, parecía haberla metido en la bañera, pues se oía chapotear violentamente.
-Sólo esto sabes hacer, Delamarche -dijo Brunelda en voz un poco más baja-. Adular y adular, siempre y siempre, cuando has hecho mal alguna cosa.
-Ahora la está besando -dijo Robinsón, y arqueó las cejas.
-¿Qué trabajo viene ahora? -preguntó Karl. Ya que había decidido quedarse, deseaba comenzar con su servicio inmediatamente. Dejó a Robinsón, que no respondió, solo en el canapé, y comenzó a deshacer el lecho, que aún seguía como prensado por la carga de los durmientes que habían yacido en él durante la larga noche, para plegar luego ordenadamente cada una de las piezas de esa masa, cosa que sin duda no se había hecho ya desde semanas atrás.
-Ve y mira, Delamarche -dijo Brunelda entonces-, creo que están tirando abajo nuestra cama. Hay que estar pensando en todo, jamás se puede estar tranquila. Y tú debes ser más severo con esos dos, pues de otro modo harán lo que quieran.
-Seguramente es ese chico con su maldita diligencia -exclamó Delamarche probablemente dispuesto a precipitarse fuera del recinto del baño. Karl arrojó en el acto todo lo que tenía en la mano; pero por suerte dijo Brunelda:
-No te vayas, Delamarche, no te vayas. ¡Ay!, ¡qué caliente está el agua!, ¡cómo me fatigo! Quédate conmigo, Delamarche.
En realidad sólo en ese momento se dio cuenta Karl de cómo el vapor subía incesantemente tras los armarios.
Robinsón, asustado, puso una mano sobre su mejilla como si Karl hubiese cometido algo grave.
-¡A dejar todo como estaba! -resonó la voz de Delamarche-. ¿Acaso no sabéis que siempre después del baño descansa Brunelda una hora más? ¡Miserable desorden! ¡Esperad a que os caiga yo encima! ¡Robinsón, tú seguramente ya estás soñando otra vez! A ti, sólo a ti te hago responsable por todas las cosas que sucedan. Tú tienes que contener al chico. ¡Aquí no se llevarán las cosas según su cabeza! Cuando uno precisa algo, nada se puede obtener de vosotros, y cuando no hay nada que hacer vosotros os aplicáis. ¡Meteos en algún rincón y esperad hasta que se os necesite!
Pero acto seguido todo esto estaba olvidado, pues Brunelda, cansadísima, como si estuviera completamente sumergida en el agua caliente, susurró:
-¡El perfume! ¡Traed el perfume!
-¡El perfume! -gritó Delamarche-. ¡Moveos!
Bueno, ¿dónde estaba, pues, el perfume? Karl miró a Robinsón; Robinsón miró a Karl. Karl se dio cuenta de que allí él debía encargarse del asunto con sus propias manos: Robinsón no tenía la menor idea acerca de dónde se hallaba el perfume; se limitó a acostarse en el suelo y a agitar constantemente los dos brazos debajo del canapé, pero sin lograr sacar a luz otra cosa que pelotitas de polvo y cabellos de mujer. Karl fue corriendo primero hasta el tocador que estaba junto al lado de la puerta, pero en sus cajones había únicamente viejas novelas inglesas, revistas y partituras, y todo estaba tan repleto que no se podían cerrar los cajones una vez abiertos.
-El perfume -suspiraba entretanto Brunelda-, ¡cuánto tardan! Quisiera saber si hoy todavía tendré el perfume.
Con semejante impaciencia de Brunelda no podía permitirse Karl, claro está, buscar a fondo en ninguna parte; debía confiar tan sólo en sus primeras impresiones superficiales. En el tocador no estaba el frasco; encima del tocador había sólo frasquitos viejos con medicamentos y pomadas; todo lo demás ya había sido llevado, sin duda, al recinto donde se efectuaba el lavatorio. Tal vez el frasco estuviera en el cajón de la mesa de comedor. Pero dirigiéndose a ella -Karl sólo pensaba en el perfume y en nada más- chocó violentamente con Robinsón, el cual, por fin, había abandonado la búsqueda debajo del canapé y corría como ciego al encuentro de Karl, presa de un incipiente y vago presentimiento con respecto al paradero del perfume. Se oyó claramente el choque de las cabezas: Karl se quedó mudo y Robinsón, aunque no se detuvo en su carrera, se puso a gritar ininterrumpidamente y con fuerza exagerada a fin de aliviarse el dolor.
-En vez de buscar el perfume, están luchando -dijo Brunelda-. Enferma esta manera de llevar la casa, Delamarche, y con toda seguridad moriré en tus brazos. Yo necesito ese perfume -exclamó luego juntando fuerzas-, ¡lo necesito sin falta! No saldré de la bañera hasta que me lo traigan, aunque tenga que quedarme aquí hasta la noche. -Dio un puñetazo en el agua y se oyó cómo saltaba ésta.
Pero el perfume no estaba tampoco en el cajón de la mesa de comedor, pues aunque allí se encontraban exclusivamente objetos de tocador de Brunelda, tales como viejas borlas para polvos, botecillos de colorete, cepillos de cabeza, rizos y muchas pequeñeces deshechas, enmarañadas y pegadas unas a otras, el perfume no estaba allí. Y tampoco Robinsón, que seguía gritando y abría y revolvía, uno tras otro, un centenar de cajas y estuches amontonados en un rincón -generalmente la mitad del contenido, casi siempre cosas de costura y correspondencia, se caía al suelo y allí quedaba- podía encontrar nada, según le indicaba a Karl de tiempo en tiempo por meneos de cabeza y encogimientos de hombros.
Y entonces Delamarche salió de un salto y en paños menores del recinto del baño, mientras se oía el llanto convulsivo de Brunelda. Karl y Robinsón cesaron en la búsqueda y miraron a Delamarche, el cual totalmente empapado -hasta de la cara y de los cabellos le chorreaba el agua- exclamó:
-¡Y ahora hacedme el favor y empezad a buscar! ¡Aquí! -le ordenó primero a Karl, y luego-: ¡Allí! -a Robinsón.
Karl buscó realmente y examinó también los sitios a los cuales ya había sido enviado Robinsón, pero encontró el perfume tanto como lo había hallado Robinsón, el cual buscaba con más celo que él y miraba de soslayo a Delamarche. Éste, en cuanto lo permitía el espacio, se paseaba por el cuarto dando fuertes patadas; sin duda habría preferido a todo dar una buena zurra tanto a Karl como a Robinsón.
-¡Delamarche! -exclamó Brunelda-. ¡Ven por lo menos a secarme! Esos dos, de todas maneras, no van a encontrar el perfume; sólo van a desordenar todas las cosas. Que dejen de buscar inmediatamente. ¡Pero en seguida! ¡Y que dejen ahí todo lo que tengan en las manos! ¡Y que no toquen nada más! Si fuera por ellos, harían del departamento un establo. ¡Cógelos del cuello Delamarche, si es que no terminan! ¡Pero si todavía están trabajando!, acaba de caerse una caja. ¡Que no la levanten, que dejen todo como está y que se vayan de la habitación! Echa tras ellos el cerrojo y ven a mi lado. ¡Ya hace demasiado tiempo que estoy acostada en el agua, más que demasiado; ya tengo completamente frías las piernas!
-¡En seguida, Brunelda, en seguida! -exclamó Delamarche y fue corriendo hasta la puerta con Karl y Robinsón. Pero antes de despedirlos les dio orden de traer el desayuno y de conseguir prestado en cualquier parte, si fuera posible, un buen perfume para Brunelda.
-¡Qué desorden y qué mugre hay en vuestra casa! -dijo Karl cuando estuvieron en el pasillo-, no bien volvamos con el desayuno, tendremos que empezar a poner orden.
-¡Si no estuviera yo tan enfermo! -dijo Robinsón-. ¡Y semejante modo de tratarme!
Sin duda le ofendía a Robinsón el hecho de que Brunelda no hiciera la menor distinción entre él, que ya venía sirviéndola durante meses, y Karl, que sólo ayer había entrado a su servicio. Pero en verdad no merecía otra cosa, y Karl dijo:
-Tienes que hacer un pequeño esfuerzo. -Mas para no abandonarlo totalmente, dejándolo a merced de su desesperación, añadió-: Será de todas maneras un trabajo único, de una sola vez. Luego yo te daré un lecho detrás de los armaríos y, una vez que todo esté un poco arreglado, podrás quedarte allí acostado el día entero sin preocuparte por nada; y así muy pronto sanarás.
-Pues ahora reconoces tú mismo en qué estado me encuentro -dijo Robinsón apartando de Karl la cara para quedarse a solas consigo y con su pena-. Pero, ¿acaso alguna vez me dejarán ellos quedarme tranquilamente acostado?
-Si quieres, yo mismo hablaré de esto con Delamarche y Brunelda.
-¿Acaso tiene Brunelda alguna consideración? -exclamó Robinsón, y de un puñetazo abrió una puerta a la que acababan de llegar, sin que hubiese preparado a Karl previamente para ello.
Entraron en una cocina de cuyo hogar, que parecía exigir reparaciones, se levantaban en verdad negras nubecillas. Arrodillada ante la portezuela del hogar estaba una de las mujeres que Karl había visto la víspera en el pasillo; la cual, valiéndose tan sólo de sus manos, ponía grandes trozos de carbón en el fuego que examinaba desde todos los ángulos. La postura en que estaba era muy incómoda para una mujer de su edad y por eso suspiraba mientras observaba el fuego.
-Claro, y ahora viene también esta plaga -dijo al reparar en Robinsón; se levantó penosamente apoyando una mano en la carbonera y cerró la portezuela del hogar, cuya manija agarraba envolviéndola con su delantal-; ahora, a las cuatro de la tarde -Karl miró asombrado el reloj de la cocina-. ¿Tienen que desayunarse ustedes todavía? ¡Pandilla de inútiles!… Siéntense -dijo luego- y esperen hasta que tenga tiempo para ustedes.
Robinsón arrastró a Karl hasta una banqueta que estaba cerca de la puerta y le dijo cuchicheando:
-Tenemos que obedecerle: dependemos de ella. Alquilamos de ella nuestro cuarto y naturalmente puede echarnos en cualquier momento. Y nosotros no podemos mudarnos de casa, ¡cómo habríamos de sacar de nuevo todas aquellas cosas!, y, ante todo, ya ves que ni siquiera es posible transportar a Brunelda.
-¿Y aquí, en este pasillo, no puede conseguirse ningún otro cuarto? -preguntó Karl.
-Pero si nadie nos quiere -repuso Robinsón-; en toda la casa nadie nos quiere.
Y así se quedaron esperando tranquilamente sentados en la banqueta. La mujer corría constantemente yendo y viniendo entre dos mesas, una batea y el hogar. De sus exclamaciones se desprendía que su hija no se sentía bien y que por lo tanto quedaba a su solo cargo el atender y alimentar a treinta inquilinos. Y para colmo ahora no funcionaba bien la cocina y la comida no acababa de cocinarse. En dos ollas gigantescas hervía una espesa sopa, y la mujer, por más que la examinara con ayuda de un cucharón haciéndola caer desde lo alto, no lograba que mejorara; seguramente tenía la culpa aquel fuego tan malo, de modo que casi se sentó en el suelo delante de la portezuela del hogar y se puso a hurgonear trabajosamente con el atizador. El humo que llenaba toda la cocina le provocaba una tos que se hacía a veces tan intensa que la obligaba a sentarse en una silla y, durante minutos, no hacer otra cosa que toser. A menudo decía, como al pasar, que de ningún modo prepararía el desayuno, puesto que no tenía ni tiempo ni ganas de hacerlo. Como Karl y Robinsón por un lado tenían orden de llevar el desayuno y, por el otro, no tenían ninguna posibilidad de obtenerlo por la fuerza, no contestaban a tales advertencias; permanecían, como antes, tranquilamente sentados.
En derredor, sobre sillas y banquillos, sobre las mesas y debajo de ellas, hasta amontonada en un rincón del suelo, estaba todavía sin lavar la vajilla del desayuno de los inquilinos. Había allí jarrillas en las cuales se encontraría aún un poco de café o de leche, en algunos platitos había restos de manteca y de una lata grande, volcada, habían salido rodando a gran distancia los bizcochos. Era muy posible componer con todas estas cosas un desayuno contra el cual nada pudiera objetar Brunelda, si no se enteraba de su origen. En el preciso momento en que Karl reflexionaba acerca de todo esto -dándose cuenta por una mirada al reloj de que ya hacía media hora que estaban esperando allí y de que tal vez Brunelda ya estaría furiosa e instigaría a Delamarche contra la servidumbre-, exclamó la mujer en medio de un ataque de tos y mientras clavaba los ojos en Karl:
-Pueden ustedes quedarse sentados, pero el desayuno no lo recibirán; en cambio, dentro de dos horas les daré la cena.
-Ven, Robinsón -dijo Karl-, nos prepararemos nosotros mismos el desayuno.
-¿Cómo? -exclamó la mujer levantando la cabeza.
-Sea usted razonable, por favor -dijo Karl-; ¿por qué no quiere usted darnos el desayuno? Hace ya media hora que estamos esperando; ya es bastante. Creo que se le paga a usted todo, y seguramente nosotros pagamos precios más altos que todos los demás. El hecho de que nos desayunemos tan tarde le resulta a usted sin duda incómodo, pero nosotros somos sus inquilinos, tenemos la costumbre de desayunarnos tarde y debe usted tomar en consideración eso también. Hoy, naturalmente, debido a la enfermedad de su señorita hija le resulta todo esto especialmente molesto; mas por eso mismo estamos dispuestos a prepararnos el desayuno utilizando esos restos, si de otra manera no es posible y si no nos da usted cosas frescas.
Pero la mujer no estaba dispuesta a cambiar ideas amablemente con nadie; si a esos inquilinos les parecían suficientemente buenos aun los restos del desayuno general, allá ellos, mas por otra parte ya la cansaba la insistencia de los dos sirvientes. Tomó por lo tanto una bandeja y empujó con ella a Robinsón, el cual sólo al cabo de un rato comprendió, con semblante torturado, que debía sostenerla a fin de recibir la comida que la mujer eligiera. Ahora bien, con la mayor prisa cargó ella la bandeja con una cantidad de cosas, pero todo aquello tenía más bien el aspecto de un montón de vajilla sucia que el de un desayuno que estaba para servirse. Mientras la mujer todavía los empujaba hacia fuera, corrían ellos agachados hacia la puerta, como si temiesen insultos o empujones; Karl tomó la bandeja de manos de Robinsón, pues no le parecía bastante segura en su poder.
Una vez en el pasillo, y habiéndose alejado un buen trecho de la puerta de la patrona, sentóse Karl en el suelo para limpiar, ante todo, la bandeja y juntar las cosas correspondientes, esto es, verter en un solo recipiente la leche, reunir raspándolos los diversos restos de manteca en un solo plato y eliminar luego todas las señales del uso, es decir, limpiar cuchillos y cucharas, recortar los panecillos ya mordidos y dar así al conjunto un mejor aspecto. A Robinsón esa labor le parecía innecesaria; afirmaba él que el desayuno, a menudo, ya había tenido un aspecto mucho peor aún, pero Karl no se dejó disuadir y estaba bastante contento con que Robinsón no quisiera intervenir en ese trabajo, pues tenía los dedos sucios. Para que se quedara tranquilo, Karl le asignó en seguida -si bien, según le dijo expresamente en calidad de entrega única y definitiva- algunos bizcochos y el poso espeso de una cacerolita que había estado llena de chocolate.
Cuando llegaron a su habitación y Robinsón sin más puso la mano sobre el picaporte, Karl lo retuvo, puesto que no era cosa segura que ellos pudieran entrar.
-Pero sí -dijo Robinsón-, si ahora sólo está peinándola
Y en efecto, en el cuarto, que aún seguía sin airear y cerrado por la cortina, estaba Brunelda sentada en el sillón muy esparrancada, y Delamarche, tras ella, peinaba, con la cara profundamente agachada, sus cabellos cortos, y probablemente muy enredados. Brunelda llevaba nuevamente un vestido muy suelto, aunque esta vez de color rosa pálido; era quizá un poco más corto que el del día anterior; al menos se veían las medias blancas, de rústico tejido, casi hasta la rodilla. Impaciente porque llevaba tanto tiempo el peinarla, agitaba Brunelda su lengua roja, gruesa, entre los labios, meneándola de un lado para otro y a veces hasta se desprendía totalmente de Delamarche exclamando:
-¡Pero, Delamarche!
Éste operaba tranquilamente, con el peine en alto, hasta que ella recostara de nuevo la cabeza.
-Ha tardado mucho esto -dijo Brunelda en general; y dirigiéndose especialmente a Karl-: Tienes que moverte un poco más si quieres que estemos satisfechos de ti. No debes tomar como ejemplo a ese Robinsón, que es haragán y comilón. Seguramente entretanto ya os habéis desayunado en alguna parte y os digo que la próxima vez no lo toleraré.
Esto era muy injusto y, en efecto, Robinsón meneaba la cabeza y movía los labios, aunque por cierto sin pronunciar una sílaba, pero Karl, en cambio, comprendió que sólo se podía influir en los amos mostrándoles el trabajo que innegablemente habían cumplido. Extrajo por lo tanto de un rincón una baja mesita japonesa y colocó sobre ella las cosas traídas. Quien conociera el origen del desayuno podía estar contento con el resultado; pero de otra manera, según tuvo que admitir Karl para sí, mucho había que objetar.
Por suerte Brunelda tenía hambre. Benévolamente le hacía señas a Karl mientras éste disponía todas las cosas y lo estorbaba a menudo sacando antes de tiempo algún bocado con su mano blanda, grasienta, que de pronto lo estrujaba todo.
-Bien, muy bien lo ha hecho -dijo chasqueando la lengua, y atrajo a Delamarche, que dejó el peine enredado en su cabello para continuar luego el trabajo, y lo sentó junto a sí en una silla. También Delamarche se volvió amable al ver la comida; los dos tenían mucha hambre; sus manos se movían presurosas sobre la mesita, a troche y moche.
Karl comprendió que allí, para satisfacer, había que llevar la mayor cantidad posible y recordando que en la cocina había dejado en el suelo diversos comestibles que todavía podrían utilizarse dijo:
-La primera vez no supe cómo debía prepararse todo esto; la próxima vez lo haré mejor.
Pero no había terminado aún de hablar cuando recordó la clase de individuos a quienes hablaba; en exceso le había preocupado el asunto. Brunelda, mirando a Delamarche, asintió satisfecha y alcanzó a Karl, por recompensa, un puñado de bizcochos.

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