Barullo

Quiero escribir con un temblor constante en la frente. Estoy sentado en mi habitación, que es el cuartel general del ruido de toda la casa. Oigo golpear todas las puertas; con su estrépito, sólo me libro de oír los pasos de quienes corren entre ellas; oigo incluso el gol-pe de la puerta del horno de la cocina. Mi padre abre brecha en las puertas de mi habita-ción y la cruza arrastrando su batín; en la estufa de la habitación vecina están rascando las cenizas; Valli pregunta a alguien indeterminado, a través del vestíbulo, gritando como si estuviera en una calle de París, si ya han limpiado el sombrero de papá; un siseo que está a punto de serme amistoso suscita el griterío de una voz que le replica. Descorren el ce-rrojo de la puerta principal y su chirrido parece salir de una garganta acatarrada; luego se sigue abriendo la puerta con el breve canto de una voz femenina y se vuelve a cerrar con un sordo arrebato masculino, que resulta de lo más desconsiderado. El padre ha salido, y ahora se inicia el sonido más suave, más disperso, más desesperante, presidido por las voces de dos canarios. Ya lo había pensado antes, pero, al oír los cantos de los canarios, se me vuelve a ocurrir que podría abrir la puerta dejando únicamente una pequeña rendi-ja, arrastrarme como una serpiente a la habitación de al lado y así, desde el suelo, pedirles a mis hermanas y a su institutriz que se callen.

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